Se quedó de pie, congelado, contemplando la enorme mansión que alguna vez se sintió más como una prisión que un hogar. Para ese entonces ya era de día y apenas podía sostenerse en pie debido al cansancio y la cantidad de drogas que había consumido en un desesperado intento por calmar los nervios.

- Vamos Klaus, puedes hacerlo – se dijo a sí mismo, frotando las palmas de sus manos en un gesto de decisión. No era como si su padre estuviera esperando sentado en su sillón, dispuesto a reprenderlo por haber escapado de casa. No, en realidad lo que Klaus temía era el rechazo de sus hermanos.

Al cruzar la puerta se encontró con las mismas viejas paredes, la misma chimenea, los mismos muebles y las mismas pinturas colgadas en la pared; nada en absoluto había cambiado desde su partida, casi esperaba ver a los mismos niños corriendo y discutiendo por los pasillos.

Caminó como sonámbulo, tocando todo a su paso, temiendo que de pronto todo desapareciera ante sus ojos, como si sólo se tratara de una más de sus pesadillas o una alucinación causada por las drogas; pero la sensación fría en sus dedos y los escalofríos en su piel le recordaban que todo era real.

Decidió que necesitaba un trago y caminó hacia la barra esperando encontrar algo de buen licor allí, esta vez no habría nadie para detenerlo.

Sin embargo habían dos personas allí sentadas, dos personas que reconoció de inmediato: Número Cinco, bebiendo un margarita, apenas pudo reconocerlo por los hoyuelos en sus mejillas y su profundo ceño fruncido, definitivamente había crecido para convertirse en un hombre bastante atractivo; a su lado se hallaba Diego, imposible no reconocerle cuando hacía apenas unas semanas había visto su rostro en el periódico.

- Veo que comenzaron la fiesta sin mí – dijo a modo de saludo para hacerse notar.

- ¿De qué hablas? Sabes que esto es un funeral – respondió Diego de manera hostil, sin mostrar la más mínima sorpresa al verlo.

- Y sabes que amo los funerales, especialmente si es el de Papá.

Los dos hermanos se miraron con el entrecejo fruncido antes de que Cinco se atreviera a hablar - ¿Y tú quién rayos eres?

Klaus se echó a reír aunque debía admitir que eso había dolido un poco. Pensó que quizás se debía al maquillaje oscuro en sus ojos, a las prendas extravagantes o a los casi 14 años que habían transcurrido desde que se vieron por última vez.

- ¿Me voy de paseo por un par de días y ustedes hermanos ya no me reconocen? – se llevó las manos al pecho en un gesto dramático, que los demás parecieron reconocer, pues sus ojos se abrieron con sorpresa al instante.

- ¿Klaus? – preguntó Diego, casi escupiendo su bebida no alcohólica.

- El mismo.

Diego saltó de su asiento en la barra para abrazar a Klaus con entusiasmo – no te ofendas hermano, pero llegué a pensar que habías muerto.

- No me ofende, de hecho también me sorprende que siga vivo. Pero míranos ¿soy yo o todos estamos más sexys?

Diego sonrió, dando una palmadita amistosa en la espalda de Klaus – me alegra tenerte de vuelta, hermano.

- Aaw, también me alegra verlos, chicos. Sin embargo tú no pareces muy feliz de verme – dijo dirigiéndose a Cinco, quien seguía mirándolo con recelo desde su asiento.

- Simplemente no es un buen momento para celebrar.

- Vamos, sé que odiabas al viejo tanto como yo.

Pero ninguna de sus palabras sacaría una sonrisa de Número Cinco, el tipo parecía ser inmune a sus encantos.

- ¿En dónde has estado todo este tiempo, Klaus? – preguntó Cinco, aunque por su mirada podía darse cuenta de que ya sabía la respuesta. Sintió la sangre hervir dentro de su cuerpo y se sintió increíblemente vulnerable ante aquella mirada escrutadora, sin embargo no se permitiría mostrar ningún signo de debilidad frente a sus hermanos.

- No es de tu incumbencia.

- ¿En serio, Cinco? basta con ver su atuendo para darte cuenta – dijo Ben haciendo su entrada, viendo con desaprobación la camiseta transparente bajo el abrigo felpudo de Klaus y sus pantalones de cuero demasiado ajustados, revelando su piel blanca a través de cientos de cordones.

- ¿No te gusta mi atuendo, Benny? – fingió sentirse indignado por ello.

- Tu atuendo es lo que menos me preocupa de ti.

Klaus sintió el dolor del desprecio clavarse en su pecho – Me recuerdas a alguien… a ver… – fingió meditar unos instantes antes de continuar – ¡Oh sí! Suenas igual que papá, debí saber que crecerías justo para convertirte en Papá.

El rostro de Ben se contrajo por la ira y Klaus se dio cuenta con satisfacción de que había dado en el blanco.

- Chicos, por favor, no es momento para discutir, justo ahora debemos mantenernos unidos – dijo Diego, intentado tomar el papel de mediador.

- Como sea. ¿Sabes? Estoy muy cansado para esto, sólo…. Necesito una buena cama y dormir como si no hubiera un mañana – respondió antes de alejarse, pasando de largo junto a Ben.

- Hogar, dulce hogar – murmuró para sí mismo mientras subía las escaleras. No tenía idea de por qué había esperado que su encuentro familiar fuese diferente, cuando nunca se había llevado del todo bien con sus hermanos en primer lugar.

Una dulce melodía de violín llegó a sus oídos, avisándole de la presencia de Vanya. Hubiese querido saludarla, pero estaba demasiado cansado y definitivamente no estaba listo para recibir más críticas o responder preguntas personales, así que en su lugar se encerró en su habitación como en los viejos tiempos, apenas dejando la puerta entreabierta, pues gracias a su padre ni siquiera podía cerrar la puerta del baño sin arriesgarse a un ataque de pánico.

Le sorprendió encontrar su habitación intacta y completamente limpia. Quizás había sido Grace quien se había tomado el tiempo de limpiarla en su ausencia – pensó con una sonrisa y se recordó a sí mismo agradecerle más tarde, en cuanto se hubiese calmado y en cuanto hubiese descansado lo suficiente.

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Se despertó con el sonido de la lluvia golpeando contra el tejado, abrió los ojos lentamente para ver el cielo gris a través de la ventana, al menos aún era de día. Bostezó ruidosamente y se estiró, escuchando con satisfacción el crujido de sus vértebras al acomodarse en su lugar.

- Klaus – escuchó el suave susurró cerca de su oído y tuvo miedo de darse la vuelta y ver algo realmente aterrador, necesitaba drogarse cuanto antes, por suerte aún le quedaban algunas drogas en los bolsillos.

Extrajo una pequeña píldora con sus manos temblorosas y aún con los ojos cerrados la puso en su boca, apresurándose a tragar y en cuestión de segundos las voces habían desaparecido. Suspiró con alivio y sonrió, en un intento por calmar su corazón que latía de manera acelerada.

- ¿Klaus? – escuchó la suave voz provenir de la puerta y supo de inmediato que esta vez era real.

Klaus sólo levantó su mano derecha, enseñando su tatuaje y le ofreció una sonrisa cansada – buenos días, cariño.

Vanya le devolvió la sonrisa tímidamente – Ha sido un tiempo, me alegra ver que estás de vuelta.

Vanya seguía igual a como la recordaba, tan pequeña, delgada y pálida como cuando eran niños, usaba prendas holgadas, sin una gota de maquillaje.

- También me alegra estar de vuelta – respondió sin energía.

- Pensamos hacer unas exequias en el patio, ya sabes, decir algunas palabras, esparcir las cenizas de Papá… pensé que tal vez querrías estar presente.

- Por supuesto, no me lo perdería por nada en el mundo – respondió quizás con demasiado entusiasmo, pues Vanya frunció el ceño con desaprobación, sin embargo no dijo nada al respecto.

- De acuerdo, te veré abajo.

A veces Klaus olvidaba que Vanya había querido al viejo como a un verdadero padre, porque ella quizás era la única que no tenía nada que reprocharle al hombre… al menos no tanto como los demás.

No le sorprendió que ella y Pogo fuesen los únicos en decir algunas palabras antes de esparcir las cenizas. Mamá probablemente también hubiese dicho algo, pero la pobre estaba demasiado desorientada para darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor.

Para hacer más ridículo aquel funeral, las cenizas en lugar de esparcirse en el aire, cayeron al suelo, quedándose pegadas en la tierra debido a la lluvia y la falta de viento. Klaus quería reír a carcajadas, pero sabía que no sería bien visto por sus hermanos, como todo lo que siempre hacía.

Luego vino la brutal pelea entre Vanya y Diego, siendo apenas detenidos por Número Uno. A Klaus no podía importarle menos, aunque estaba de acuerdo con Diego, el viejo en vida había sido un monstruo, había sido un padre terrible y todo lo malo que había sucedido en sus vidas, sería siempre su culpa.

- El mejor funeral de la historia – dijo entre risas sarcásticas antes de clavar su cigarro en las cenizas y entrar de regreso a la mansión.