Capítulo I
.
Por un momento, casi no lo escuchó. Durante años, Edward se había enseñado a bloquear a los pensamientos de la mayoría de las personas a su alrededor, como música de fondo en un elevador, en especial cuando estaba en medio de una pequeña multitud, como en el almuerzo.
Así que, cuando el pensamiento rozó su mente, tuvo que voltear para saber de quién provenía. Por lo regular, la cabeza de los adolescentes estaba llena de chismes, de preocupaciones por la tarea e ideas vanidosas o libidinosas. Por eso, cuando el paisaje desértico invadió su mente, tuvo que voltear. Era algo que no había visto en mucho tiempo, dado la naturaleza de su… condición, un lugar tan soleado no era una opción para él o su familia, pero al ver las montañas iluminadas por el sol, los matorrales, las estepas con caminos de tierra, tuvo que voltear. Era una vista hermosa, pero de verla él mismo, era probable que no le pareciera tan impresionante. Era una cuestión de perspectiva, pensó. Por eso sentía curiosidad por saber de quién provenía esa imagen, ese recuerdo, pero era más difícil saber a quién pertenecía un pensamiento cuando este venía en imágenes. Era más sencillo cuando las personas pensaban en palabras, al fin de cuentas, la voz interior suena muy similar a la que se proyecta.
El sol era brillante y el cielo azul como había olvidado que podía verse. Después, una mujer riendo alzó la mano, como saludándolo, pero Edward sabía que no era a él a quien esa persona veía. ¿Quién será ella?, se preguntó. Podría ser un familiar, pero todavía no estaba seguro de dónde provenía ese pensamiento. Entonces, oscuridad. Una idea interrumpida y luego…
"Ah, mierda, olvidé llamarle a mamá"
—¿Qué?,— dijo Edward en voz alta. Aquel pensamiento tan pacífico se había interrumpido por algo tan mundano que no pudo evitar sonreír. Era cotidiano, simple, casi encantador. La voz le había llegado casi como un susurro, pero esta vez pudo identificarla: era suave, y en su tono había algo melancólico. Por lo regular, cuando un adolescente pensaba en esas mismas palabras, había disgusto, molestia o fastidio, pero en esa voz había algo diferente. Nostalgia, se dijo.
—¡Beau! Ven a sentarte con nosotras, — dijo Jessica, llamando su atención. Ah, así que eso era. El chico nuevo, el hijo del jefe de policía Swan. Beaufort Swan. No se parecía mucho a su padre, fue lo primero que pensó: su cabello castaño era más claro y ondulado. Sus facciones eran más finas, también, pero sus ojos eran igual de oscuros.
—¡Sonríe! —dijo Angela, antes de tomarle una fotografía. Unas cuantas chicas a su alrededor rieron, probablemente esperando tener copias de esa fotografía. Edward ni siquiera necesitaba mirar en sus mentes para saber eso. Beau era carne fresca y todos estaban listos para cazarlo.
"Por favor, no," pensó Beau y esta vez su voz fue inconfundible. Inmediatamente después, apareció la imagen de una fotografía en su cabeza: era él, con una expresión caricaturesca y, por segunda vez, Edward sonrió. Por lo menos tenía sentido del humor, pensó.
Como Jessica, Mike y Eric se les aproximaron.
—Veo que ya tienes tu propio club, chico bonito, — bromeó Mike, sentándose frente a Beau.
—Sí, deja algo para nosotros, todas las chicas están detrás de ti, — dijo Eric.
—Ah, no… no es así, para nada, — Beau dijo rápidamente, sonrojándose.
"No por ahora," pensó Jessica, y Edward rodó los ojos, dejando de escuchar. Había estado interesado en los pensamientos de Beau, pero con todo el ruido de la charla trivial de su grupo, era imposible prestar atención más de cinco minutos sin sentirse cansado.
—¿Qué? ¿Escuchaste algo interesante? — preguntó Alice. Edward se encogió de hombros.
—El chico nuevo, — explicó.
"¿Qué con él?" pensó Alice.
—Estabas sonriendo como idiota, — dijo Rosalie.
—Es gracioso, nada más, — dijo él, ignorando la mirada atenta de Alice y la sonrisa que Emmet trataba de ocultar.
Beau odiaba los primeros días de escuela y, en especial, odiaba ser el nuevo. Todos aquí tenían tan pocas cosas que hacer, que alguien mudándose era un gran acontecimiento. Beau había estado rodeado de gente toda la mañana y, francamente, se sentía algo mareado. No estaba acostumbrado a esa clase de atención y sabía que, tarde o temprano, todo esto le iba a explotar en la cara. Ya se había ido de Phoenix, así que, si las cosas no salían bien aquí, no tendría a donde más huir. Con un suspiro, Beau revisó su horario una vez más y frunció el ceño.
"Dios, ¿por qué me diste tanto estilo y tan poco sentido de la orientación?", pensó escondiendo su mano libre en el bolsillo de su vieja sudadera.
—Ahí estás, Arizona, ¿perdido?
Era uno de los chicos que había conocido hoy, Mike.
—Ah, sí… me toca biología, pero todas las puertas se ven iguales.
—Hey, descuida, B. Yo también tengo biología a esta hora, podemos ir juntos, —dijo él, rodeando sus hombros con un brazo. Mike era una persona muy amigable, pensó Beau, nervioso.
Caminaron así por unos cuantos pasillos antes de entrar al salón. Mike fue rápido en soltarlo al entrar, y se apresuró a su lugar. Todos los asientos estaban ocupados, excepto uno.
Era la mesa de uno de los chicos que había visto hoy en el almuerzo, notó. Cullen algo.
"Dios, ¿por qué me diste tanto sentido de la orientación, y tan mala memoria?" pensó, tomando asiento junto a… Emmet. No, no, Emmet era el chico alto. E—Evan. No, no. Comenzaba con E, estaba seguro.
—Hola, — dijo él y vaya, su voz era agradable. —Mi nombre es Edward Cullen. Tú eres Beau, ¿cierto?
¡Edward! ¡Eso era!
—Sí, mucho gusto, — contestó, sonriéndole y extendiendo su mano. ¿La gente todavía hacía eso? En todo el día, Beau había recibido muchas palmadas en la espalda y muchos golpes en el brazo. Edward, para su alivio, le sonrió también, estrechando su mano de regreso. Estaba helada, pero no comentó nada. Charlie también era de manos frías.
Después del intercambio, la lección comenzó, pero Beau tuvo problemas para concentrarse. Extrañaba Arizona. Pasear por el desierto, tomar el sol. En la ventana de su cuarto, había puesto un pequeño cactus que tomó del jardín de su madre, pero en este clima, probablemente moriría pronto, pensó. "Marchitará la rosa el viento helado. Todo lo mudará la edad ligera por no hacer… demonios, ¿cómo terminaba?"
El chico- Edward, lo estaba mirando de reojo, notó. No había anotado nada en su cuaderno, pero sostenía una pluma en la mano. "Allá va mi oportunidad de pedirle a alguien sus notas," pensó. Quizá Mike podría prestarle su cuaderno, consideró, volteando discretamente para ver si él estaba tomando apuntes, pero parecía más ocupado usando su celular.
"Eso es un no," pensó y comenzó a anotar todo lo que podía ver en el pizarrón. Llegando a casa googlearía todos los términos que no entendiera.
Beau estaba tan ocupado copiando que no se dio cuenta que Edward había comenzado a escribir toda la lección en su cuaderno.
—¿Cómo les fue en su primer día?
La voz de Esme los recibió en la sala de estar, alegre y melodiosa, como siempre. De ser humana, los habría esperado con la comida lista, pensó Edward, usando un delantal elegante, y el olor a galletas inundaría la casa. Pero, de nuevo, ninguno aquí era humano y la cocina estaba como nueva.
—Tediosa, como siempre, — respondió Rosalie.
Jasper no dijo nada, pero era comprensible. Había pasado una semana desde la última vez que salieron a cazar y, para él, el hambre había sido casi insoportable. Edward no tenía idea por qué seguía probando sus límites así. Era peligroso, no era su culpa no estar acostumbrado a una dieta animal como el resto.
"¿En qué piensas?" la voz de Esme llegó a su mente.
—No es nada. Hoy… supongo que no estuvo tan mal, — dijo él.
—Edward conoció a un chico lindo, — explicó Emmet, riendo mientras se dejaba caer en un sofá.
—¿Un muchacho? — preguntó Esme, curiosa.
—No es nada, es el chico nuevo. Sus ideas son… entretenidas.
—Se la pasó riéndose como tonto toda la mañana y de regreso, — dijo Rosalie, rodando los ojos.
—¿Oh? ¿Y quién es? ¿Lo conocemos?
—No, es el hijo del Oficial Swan, Beaufort, —dijo Alice, sentándose
—Beau, — corrigió Edward.
"Quizá podrías invitarlo a casa un día," pensó Esme. Edward sacudió la cabeza.
—No es como si fuéramos amigos, simplemente… sus pensamientos son entretenidos, nada más.
—Aún así, te vendría bien hacer un amigo, — dijo ella, maternal como siempre, pero Edward sabía que no era una opción. Hacer amigos humanos era un riesgo para todos.
—¿A qué hora volverá Carlisle? — preguntó Edward, cambiando de tema. Él también estaba hambriento, después de todo. Esta noche irían a cazar.
Beau estacionó la camioneta frente a la patrulla de Charlie y esperó antes de entrar a casa. Tenía que llamar a su madre y no quería arriesgarse a que Charlie escuchara desde su habitación. La casa lucía como un museo, nada había cambiado: las fotografías en las paredes, la mesa raspada, ni siquiera su habitación.
Cuando llegó a Forks, Charlie había mencionado que podrían ir el fin de semana a jugar con los muchachos de la reserva. Beau no sabía cómo decirle que no estaba interesado en jugar básquetbol tanto como le interesaban los chicos que irían. Era… frustrante. Cada comentario que él hacía era un recordatorio de lo que no era. Como cuando le compró esta camioneta. Jacob le había dado las llaves y le había enseñado cómo arrancar y, apenas bajaron del auto, su padre dijo: "así podrás llevar a pasear a las chicas de la escuela". Beau sólo había asentido con la cabeza y trató de sonreírle, pero sabía que iba a escuchar esas cosas todo el tiempo.
—¿Beau? Cariño, estaba preocupada. ¿Por qué tardaste tanto en llamar?
—Estaba un poco ocupado, lo siento, mamá.
—¿Cómo lo estás pasando? Nadie te está molestando, ¿o sí? No tienes por qué soportar a la gente del pueblo…
—No, no, estoy bien. Todo está bien. La gente es amable.
—Menos mal. ¿Qué tal tu primer día? ¿Ya hiciste amigos?
—Algo así. Me senté con un grupo en el almuerzo y… en biología un muchacho me veía de reojo. No sé. Quizá me estoy imaginando cosas.
—¿Un muchacho? ¿Es guapo? Quizá le gustas…
—Mamá, no… no, no creo que le guste en lo absoluto. Sólo- me pareció curioso. Probablemente en una semana comenzará a ignorarme.
—Bueno… no es el único muchacho del mundo. Cuídate, Beau. Recuerda que siempre puedes regresar, ¿sí?
—Sí, lo sé. Debo irme. Hablamos más tarde, ¿sí? Tengo que entrar a casa.
Charlie, como era de esperarse, ya estaba sentado frente al televisor con una cerveza en la mano, viendo el futbol.
—Ya llegué, —dijo Beau, dejando caer su mochila.
—¿Qué tal tu primer día, hijo? — preguntó Charlie con una media sonrisa.
—No estuvo mal. Las clases aquí no son muy diferentes.
—¿La camioneta funciona bien?
—Sí, excelente.
Y eso fue todo. Sus charlas con Charlie siempre eran así: breves, concisas e impersonales. A veces Charlie hacía un esfuerzo por conectar con él, pero hacía tiempo que las charlas de deportes habían probado ser insuficientes. Después de pasar toda su adolescencia lejos, Beau se había convertido en un extraño en su antiguo hogar. Charlie también había cambiado en formas en las que un hijo no debería notar: se había vuelto más triste, melancólico, pero también ansioso, como si tratara de recuperar el tiempo perdido. Beau no tenía el corazón para decirle que él también había cambiado.
Así que regresó a su habitación y, después de cenar y terminar la tarea, se fue a la cama para repetir lo mismo mañana. Así era la vida en Forks: monótona, repetitiva. Raramente pasaban cosas interesantes.
N.A. Yo sé, yo sé, es ese momento de la pandemia en el que todos estamos regresando a crepúsculo. Pero ahora, al final de mi vida, me doy cuenta de lo problemático que era y quiero arreglarlo (y hacerlo homosexual en el proceso, porque dejaría de ser yo). Así que... ojalá les guste, aunque sea muy diferente de lo que suelo hacer ^^ Manténganse a salvo, usen cubrebocas uwu
