Capítulo II
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Era la primera vez que Edward se sentía tan curioso por una persona, y no estaba seguro de cómo procesarlo. Beau era callado, pero dentro de su cabeza, era hilarante. A menudo hacía bromas o se burlaba de sí mismo, otras veces, recordaba paisajes que le quitaban el aliento y, de vez en cuando, recordaba algún pasaje de un libro o un verso que iba de acuerdo con la situación.
En realidad, Beau no era muy diferente a otros adolescentes con los que había convivido. Con sus jeans viejos y sus chaquetas simples, no había mucho que lo hiciera resaltar en una multitud. Sus facciones eran agradables a la vista, sí, pero era común verlo agachando la cabeza y ocultando su rostro. Era un joven promedio y, aun así, había algo en la gentileza de sus pensamientos que Edward encontraba fascinante.
Justo ahora, por ejemplo, en lugar de prestar atención en la clase, Beau estaba repitiendo una canción en su mente. Una y otra vez, las palabras le llegaban como un oleaje: constantes y tristes: "Adieu mon homme Où tu vas, je n'irai pas Où tu vas ne vas personne Où tu vas, il fait trop froid"
Por lo regular, era molesto escuchar a las personas murmurando canciones desafinadas aquí y allá. A veces Emmett disfrutaba repetir canciones odiosas en su mente, sólo para molestarlo, pero esto era diferente. Edward se sorprendió a sí mismo cerrando los ojos y prestando más atención: era un ritmo lento y melancólico. En una esquina de su cuaderno, Edward hizo un esfuerzo por escribir la letra. Estaba curioso por cómo sonaría el acompañamiento musical, porque Beau sólo estaba cantando la letra en su mente: "Adieu mon homme Je t'embrasse une dernière fois Souviens-toi de mon goût de ponme De cerise et de lilas".
Por un momento, Edward se preguntó si sus labios sabrían a manzana, también. Entonces abrió los ojos y sacudió la cabeza, horrorizado por su propia idea. ¿Por qué estaba pensando esa clase de cosas? Era ridículo. Simplemente estaba pensando en la canción, se dijo, volviendo su cabeza hacia adelante, haciendo un esfuerzo por ignorar la voz de Beau dentro de su cabeza. Era sólo una canción.
Beau estaba comenzando a adaptarse a la vida en su nueva escuela. En el almuerzo se sentaba con Jessica, Mike, Eric y Angela. Eran algo ruidosos, pero en general eran agradables. Jessica era algo… le gustaba tocar a la gente. A menudo se sentaba a su lado y se enganchaba a su brazo o jugaba con sus dedos durante el almuerzo. Beau siempre trataba de quitarla con la mayor discreción posible, levantándose para ir por algo de comer o fingiendo que necesitaba sacar algo de su mochila. Le disgustaba que lo tocaran tan casualmente, y a Jessica le sudaban las manos, pero no tenía el valor de decirle nada de frente.
—Los Cullen te están mirando, —dijo Angela esa mañana, cuando Beau regresó con una manzana.
—¿Qué?, — preguntó Beau, volteando hacia la mesa del rincón, donde los hermanos se sentaban a comer. En efecto, algunos de ellos estaban mirando: Edward, su hermana bajita y Emmett.
—Eres compañero de laboratorio de Edward, ¿verdad? — preguntó Jessica.
—Sí, eso creo.
—No te está causando problemas, ¿o sí? — preguntó Mike. —Ese sujeto es un pesado. Se cree que es demasiado bueno para todos.
—No, él… es muy amable, de hecho. El otro día me dejó ver sus apuntes.
—¿Cómo eran? ¿Eran elegantes? —preguntó Jessica, tomándolo del brazo una vez más. Beau tuvo que reprimir un suspiro.
—¿Te imaginas? De seguro hace esas cosas para adornar cada letra, — dijo Mike antes de soltar una carcajada. Se estaban burlando de él, pensó Beau, frunciendo el ceño. En realidad, no entendía por qué había tanto resentimiento hacia Edward Cullen. Era una persona agradable. Siempre llegaba a tiempo, ponía atención en clase y… y a veces sonreía para sí mismo, como si acabara de escuchar algo gracioso o como si acabara de recordar algo agradable. Era… encantador. Sólo porque él no quería compartir su tiempo con ellos, sólo porque probablemente había rechazado a Jessica y las chicas pensaban que era guapo, eso no les daba derecho a criticarlo así, a burlarse de él sin conocerlo primero. Beau quería decirlo en voz alta, pero en su lugar, sólo dijo:
—Su letra es normal, y sus apuntes eran muy claros. Me ayudaron bastante, en realidad. Además… —Beau volteó a ver a Edward en ese momento, pero se sorprendió al encontrar sus ojos clavados en él, como si algo lo hubiera sorprendido. Beau se sonrojó. ¿Había escuchado lo que dijeron? Mierda, ¿había escuchado?
—Como sea, —dijo Mike, rodando los ojos. —Deberíamos hacer algo el próximo viernes. ¿Qué tienen en mente?
Beau no terminó de escuchar las sugerencias de Mike porque se levantó una vez más, soltándose de Jessica. Demonios, ¿los había escuchado? ¿Y si pensaba que también se estaba burlando de él? ¿Y si dejaba de hablarle? No era como si charlaran mucho, de todos modos, pero era agradable escucharlo hablar sobre el clima o preguntar sobre su vida antes de Forks. En esos cinco minutos antes de que entrara el profesor, Beau podía hablar de Phoenix, del clima, de los profesores. Era todo increíblemente mundano, pero le gustaba.
Salió de la cafetería, abrazando su mochila y se dejó caer al suelo. Afuera estaba lloviendo ligeramente y, por primera vez desde que llegó a Forks, Beau apreció el sonido del suave susurro de la lluvia. Cerró los ojos y descansó la cabeza contra la pared.
"Respira profundo," se dijo al inhalar. Era fácil reconocer el pánico cuando comenzaba a crecer, y Beau había optado por salir huyendo ante de hacer una escena en medio de la cafetería. "Respira," pensó una vez más, pero su aliento estaba entrecortado. Odiaba esta sensación más que nada en el mundo. Era agonizante: tomar aire y sentir que estaba vacío, como si no tuviera oxígeno, sin importar qué tan fuerte ni qué tan rápido inhalara.
Había tenido una buena semana. Tenía unos cuantos amigos e incluso un compañero de laboratorio con el que hablaba de vez en cuando. Charlie lo trataba bien y tenía un auto que ni siquiera había tenido que comprar, porque era un regalo. No había nada particularmente amenazante que lo hiciera reaccionar así, pero la idea de un futuro enfrentamiento lo estaba carcomiendo. ¿Y si Edward estaba molesto? ¿Y si comenzaba a mirarlo con desdén, como a los demás? ¿Y si pensaba que se burló de él, cuando lo único que hizo fue ser amable?
"¿Por qué siempre lo arruino todo?", prensó, y en esa idea había algo desesperado, furioso, y sintió sus ojos llenarse de agua. "Respira".
—Hey… ¿estás bien?
Beau abrió los ojos… y se congeló. De pie, frente a él, Edward Cullen lo estaba mirando. No parecía enojado. Consternado, tal vez. ¿Por qué? ¿Por qué se veía preocupado?
—Yo…— dijo Beau, inhalando. —Sí, estoy bien.
"Vino a golpearme. Me odia y vino a golpearme", pensó precipitadamente. Y de pronto lo inundaron imágenes del pasado, cosas que quería olvidar. Dolores que quería olvidar.
—Hey, tranquilo. Vi que saliste corriendo y creí que algo andaba mal, — dijo Edward, hincándose a su lado. —Y veo que no me equivoqué. ¿Puedo tocarte? Prometo no hacerte daño.
Confundido, Beau asintió, porque no sabía qué más hacer. Las manos de Edward se levantaron y, lentamente, le sostuvo el rostro.
—Lo siento, —dijo Edward, manteniendo su voz baja. —Estoy frío, perdóname. Dime, Beau, ¿qué ves?
—¿Qué?, —preguntó Beau, confundido. Las manos de Edward eran lo suficientemente frías para hacerlo temblar, pero sus dientes ya estaban castañeando mucho antes de que él lo tocara.
—Lo que sea, dime algo que veas.
—Yo… a ti. Te- te veo a ti, —dijo Beau, tratando de respirar.
—Sí, muy bien, lo estás haciendo muy bien, ¿qué más?
"Tu sonrisa. Veo tu sonrisa," pensó Beau.
—Veo… veo las escaleras.
—Sigue.
—Mis tenis. El- el charco de agua. Los- los autos en el estacionamiento.
—Muy bien, lo estás haciendo muy bien, Beau. Ahora, ¿qué puedes escuchar?
—La- ¿la lluvia?
—Sí, muy bien, qué más, sé que puedes hacerlo.
—Tu voz. Las- las voces dentro del comedor… una charola que cae al suelo.
Beau tomó una bocanada de aire entrecortadamente, pero ahora se sentía más sencillo, menos desesperado. El pecho había dejado de dolerle, pero ahora le dolía la garganta y le ardían los ojos. No había pretendido que Edward lo viera así y ahora él… les diría a todos. Se burlaría. Venganza.
—Hey, tranquilo. Casi puedo verte pensar. Está bien, estás bien. Respira profundo, ¿sí? Ya pasó lo peor, —dijo Edward. Y eso fue la gota final. Sin pensar, Beau se quebró. A veces un poco de amabilidad es todo lo que toma.
Mudarse, vivir en un lugar nuevo, adaptarse… había sido difícil para él, incluso cuando no quería admitirlo. Charlie a menudo pretendía que no pasaba nada, y eso había dejado a Beau sin opciones para desahogarse. Pero ahora Edward estaba aquí, frente a él, ofreciéndole palabras de consuelo, alentándolo, y eso fue demasiado. Sin pensarlo, Beau alzó los brazos y rodeó el cuello de Edward, apretándolo con fuerza mientras, por primera vez, se permitió llorar en frente de alguien más desde que era pequeño.
"Los hombres no lloran," escuchó la voz de Charlie en su mente, un recuerdo. "Levántate muchacho, no te ha pasado nada. Sécate el rostro, ya no eres un niño". Con un raspón en la rodilla, Beau se había levantado, tratando de contener el llanto y asintió. En ese entonces tenía once años, quizá doce, y fue el último verano que pasó con Charlie. Ahora tenía diecisiete y aquí estaba, llorando en los brazos de un chico que apenas y conocía.
Después de un momento, se tranquilizó lo suficiente para soltarlo.
—Perdón… tu chaqueta. La arruiné, ¿verdad? —preguntó Beau,
—En lo absoluto, no te preocupes por eso, —dijo Edward, pero Beau podía ver las marcas húmedas en su hombro.
—La campana ya sonó. Deberíamos- tenemos clase.
—Estaba pensando en saltármela. No soporto el olor de la sangre.
—¿Sangre? —preguntó Beau, distraído con el cambio de tema.
—Sí, me dijeron que hoy van a tomar muestras para ver en el microscopio.
Beau odiaba la sangre. El olor le daba náuseas.
—Quizá- quizá sea buena idea saltarla, después de todo, —dijo Beau, y Edward le sonrió de nuevo. El corazón de Beau dio un salto, pero esta vez fue por motivos diferentes.
—Estaba pensando ir a mi auto a escuchar algo de música, ¿quieres acompañarme?
Beau asintió. No quería quedarse solo.
Edward no estaba seguro de lo que estaba haciendo. Esto era una mala idea, se dijo, pero luego de escuchar a Beau pensar así, no quería dejarlo solo. Por lo regular su mente era un lugar tranquilo, entretenido. Cuando se sentía agobiado, Edward se encontraba a sí mismo buscando los pensamientos de Beau. Eran como un bálsamo: Beau pasaba la mañana pensando en poesía, en viejas pinturas, en un parque que vio cuando todavía era un niño. Era pacífico poder ver dentro de su cabeza y, hoy en la mañana, cuando Mike se había burlado de él, Beau lo había defendido. Eso lo había tomado por sorpresa y, de haber tenido un corazón, de haber tenido sangre corriendo por sus venas, probablemente habría dado un brinco. Entonces Beau había volteado y… todo se vino abajo. El lugar pacifico que solía ser su mente, pronto se transformó en un huracán. Sus ideas eran caóticas y Edward podía escuchar el cambio en sus latidos, cómo la sangre desapareció de su rostro mientras se levantaba y salía corriendo del comedor.
Le tomó un momento reaccionar, al principio. Lo había tomado por sorpresa, ver lo complicados que podían ser los pensamientos de Beau. Todo rastro de humor se había desvanecido en una nube de ansiedad y recuerdos agridulces y, cuando lo sostuvo entre sus brazos… nada. Completo silencio. Oscuridad.
Dentro del auto, Edward encendió el radio y la calefacción. Por supuesto, no le serviría de nada, pero sabía que Beau apreciaría el calor.
—¿Chopin?
—¿Perdón? —dijo Edward, regresando a la realidad.
—Es Chopin, ¿verdad?
—Sí. ¿Cómo supiste? —preguntó, impresionado.
—No te rías, —le advirtió —. Cuando era chico tomé clases de ballet, así que… al principio escuchábamos mucha música clásica. Tchaikovski, sobre todo. Pero siempre me han gustado los románticos, en especial después de que escuché "La muñeca enferma". Él y Chopin son los únicos compositores que puedo reconocer.
—¿Y qué te parece Debussy? —preguntó Edward, con renovado interés.
—¿Mhm? Me gustan sus Arabescos.
—¿Liszt?
—¿A quién no le gusta Liszt?
—¿Rachmaninov?
—¿Ra- quién?
Edward rio. Uno de cinco no estaba mal.
—Estás lleno de sorpresas, ¿verdad?
Beau se encogió de hombros, y así fue como pasaron una hora escuchando algunos de los discos que Edward llevaba en la guantera. Cada uno de sus hermanos había concentrado su vida alrededor de algo: para Rosalie era la moda y el maquillaje, para Emmett era Rosalie, para Jasper los libros y para Alice… un poco de todo. Para Edward estaba la música. Durante años, pasó sus noches tocando música y componiendo, porque era una de las pocas conexiones que aún compartía con el resto del mundo, con su lado humano. La música le recordaba a su madre, al fuego de la chimenea y a la cama del hospital en la que había dormido por última vez, antes de que Carlisle lo trajera de vuelta como algo distinto. Como un monstruo. Hacía años desde la última vez que había tocado el piano, pero, al pasar tiempo con Beau, le daban ganas de componer de nuevo.
Esa tarde, al llegar a casa, todos menos Alice estuvieron sorprendidos de escuchar a Edward tocar de nuevo.
N.A. La canción se llama "Adieu mon homme", de Pomme, pero el male cover es maravilloso, por si les da curiosidad y quieren escucharlo uwu Ojalá les haya gustado, muchas gracias por leer 3 Recuerden lavarse las manitas y usar cubrebocas.
