Capítulo III
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Desde el día que Beau pasó escuchando música con Edward, las cosas comenzaron a cambiar. Para empezar, Edward comenzó a hablar con él fuera de clase. Por las mañanas lo saludaba y, durante el almuerzo, se le acercaba para charlar. Ese no fue el único cambio. Alice, su hermana, de pronto también se portaba muy amistosa con él.
—Tú y yo vamos a ser muy buenos amigos, ya verás, —había dicho ella, y Beau decidió seguirle la corriente. Fuera de su grupo, los Cullen no se les acercaban a los otros alumnos, así que una parte de él se sentía bien por poder ser su amigo. Emmett le sonreía de vez en cuando, saludándolo a la distancia. Beau nunca había hablado con él, pero le parecía un chico agradable. Jasper y Rosalie -Edward había mencionado sus nombres en una ocasión- eran los únicos que no se le habían acercado todavía y, para ser sincero, Beau dudaba que llegara a suceder. Ellos dos parecían estar inmersos en su propio mundo y, honestamente, no podía culparlos. A veces era mejor estar apartado del resto en nombre de la seguridad.
—Ahí estás.
Beau dio un salto, riendo al darse cuenta de que Edward estaba de pie, a su lado.
—Deberías usar una campana, ¿te lo han dicho? — Edward sonrió.
—Estabas distraído, no es mi culpa.
—No puedo discutir en contra de tu lógica, —dijo Beau, riendo mientras alcanzaba el brócoli.
—Anoche me quedé pensando… creí que podrían gustarte.
—¿Eh? —Beau bajó la mirada, para ver lo que sostenía. Eran discos de música: Rachmanianov, Schubert y Debussy. Beau los tomó, sorprendido, no porque alguien todavía comprada CDs, sino porque le estaba confiando una de sus pertenencias. Algo que él disfrutaba.
—Estas empeñado en educarme, ¿huh? —Beau preguntó, pero no podía parar de sonreír. Un amigo, pensó, tengo un amigo.
—Dime qué te parecen, puedes tenerlos el tiempo que quieras.
Beau no sabía cómo decir que los adoraría sin importar cómo sonaran, pero no quería decir algo tan extraño en voz alta.
—Entonces yo te traeré algunos, también, —dijo Beau con un asentimiento. Edward abrió la boca, como para decir algo más, pero en ese momento su hermana apareció a su lado. Alice, se recordó Beau. Su nombre era Alice.
—Yo también te traje algo, —dijo ella, ofreciéndole un libro. —Va a encantarte, estoy segura.
Beau tomó el libro, también. Se sentía feliz, pero la sensación no era la misma. Por alguna razón, la idea de ser amigo de Edward le emocionaba un poco más.
—Avísame cuando termines de leerla, no puedo esperar para hablar sobre ella.
Y con eso, habían regresado a la mesa junto con sus hermanos. Beau tomó su ensalada y regresó a su mesa, sentándose entre Angela y Mike.
—Es como si los tuvieras comiendo de tu mano, ¿qué hiciste para que se te acercaran los Cullen? —Mike dijo.
—Nada, en realidad —dijo Beau, encogiéndose de hombros, guardando las cosas en su mochila. —Supongo que basta con escucharlos y tratarlos como personas, — dijo, tratando con todas sus fuerzas de no ver a nadie en específico. Todos en esta escuela actuaban como si los Cullen fueran intocables; incluso los maestros guardaban su distancia, pero Beau no entendía por qué. Eran bastante agradables y, a pesar de ser adinerados, no se comportaban como niños ricos.
—Los Cullen no son personas. ¡Son robots! —bromeó Eric, moviendo los brazos mecánicamente, haciendo reír al resto de la mesa. Beau suspiró. No tenía caso gastar su energía tratando de convencerlos de lo contrario.
—¿Ya saben qué hacer el fin de semana?
—Deberíamos ir a la playa. La Push, —propuso Eric, encendiendo los ánimos enseguida.
—Podemos llevar las tablas y surfear. ¿Qué dices, Beau, te unes? — preguntó Mike.
Aliviado por el cambio de tema, Beau terminó aceptando. Hacía mucho que no visitaba la playa.
Aparentemente La Push era una playa dentro de la reserva de los Quileute. Era curioso, porque cuando Beau se imaginó que irían a la playa, jamás esperó tener que usar chaqueta todo el tiempo. El viento estaba helado al igual que el agua, pero Mike y Eric decidieron ir a surfear de todas formas. Jake y algunos de sus amigos también estaban ahí ese día.
—¿Qué tal funciona el auto? ¿No te ha dado problemas? —preguntó Jake. Beau negó con la cabeza.
—Para nada. Funciona de maravilla.
—Me alegro. ¿Cómo te trata la nueva escuela? No necesito preguntar por tus amigos, ya vi que tienes bastantes.
—Sí, yo… no todos están aquí. La verdad, me llevo mejor con Alice y Edward, pero no pude invitarlos, —Beau explicó, llamando la atención de Quil… ¿o se llamaba Jared? Maldición, tenía que prestar más atención a estas cosas.
—Los Cullen no vienen por aquí.
De nuevo esa reacción, pensó Beau, frunciendo el ceño. Con los alumnos de la preparatoria lo entendía, pero la gente de la reserva no podía conocerlos más allá de lo que la gente decía, ¿cierto?
Una vez a solas con Jake, mientras caminaban por la playa, Beau trajo el tema a colación:
—No lo entiendo, no es como si fueran malas personas. ¿Por qué todos odian tanto a los Cullen?
—No les prestes atención, — dijo Jake. —No es personal, es sólo una vieja leyenda de la tribu.
—¿Qué leyenda?, —preguntó Beau, curioso.
Esa fue la primera vez que Beau escuchó hablar sobre "los fríos".
El resto de la tarde, Beau la había pasado con Jacob haciéndole toda clase de preguntas sobre la leyenda, sobre los Cullen, hasta que obtuvo una respuesta a regañadientes: monstruos chupa sangre, había dicho Jacob, entre carcajadas, y Beau tuvo que reír, también.
No sabía qué era más ridículo, que todos odiaran a los Cullen por ser ricos, o pensar que eran "vampiros" y que "inconscientemente", todos estaban aterrados de ellos. Era una idea ridícula, en realidad. Leyenda o no, uno no podía asumir que alguien era un vampiro por tener la piel pálida. Y, de acuerdo, Edward siempre tenía las manos heladas, pero Forks era un lugar muy húmedo y las personas podían tener mala circulación.
Mientras más lo pensaba, más risible le parecía. Los vampiros ni siquiera podían salir de día, pensó, rodando los ojos, mientras se dejaba caer en su cama y tomaba el libro que Alice le había prestado. Era bastante bueno, y ya casi lo terminaba. Debussy sonaba en el fondo, y sobre su mesita de noche, Beau tenía un par de discos que quería prestarle a Edward. Poco a poco, la presencia de los Cullen se había vuelto habitual para él sin darse cuenta. Usualmente, se encontraba a sí mismo pensando en Edward cada vez más. En sus ojos dorados y sus manos frías, en la suavidad de su voz, en lo gentil que era siempre, en la forma en la que sonreía siempre que hablaban de música. Beau se había propuesto escuchar más compositores con el sólo propósito de hablar sobre ellos con Edward.
Era una batalla perdida, por supuesto. Que le gustara Edward era como ponerse una soga en el cuello: era algo que sólo le traería dolor, porque chicos como Edward no se fijaban en personas como Beau. Que no tuviera novia no significaba nada, todos en este pueblo tenían mentes conservadoras, pequeñas, e incluso si los Cullen pensaban diferente, Beau dudaba mucho que Edward pudiera llegar a corresponderle.
Aun así, llegaba temprano a la escuela y lo buscaba con la mirada para saludarlo de lejos, alzando una mano y, a cambio, él le sonreía. Era peligroso fijarse en él, pero Beau no podía evitarlo ni estaba haciendo un esfuerzo por detenerse. Al menos Edward era una persona amable, eso le bastaba. Hablar con él por las mañanas, hacerlo reír de vez en cuando, rozar sus manos por "accidente" durante las prácticas de biología… era suficiente.
"El amor, para ti, es más grande que el amor romántico usual. Es como una religión. Es aterrador. Nadie nunca va a querer dormir contigo".
Beau cerró los ojos. Quizá a Alice le gustaría leer a Siken. Quizá incluso podría mostrarle a Edward unos cuantos poemas sin mencionarlo. Quizá Edward los leería por compromiso y después… después preguntaría quién le había dado el libro, y Alice le diría su nombre, y Edward pensaría que esas palabras eran para él, para ambos, y entonces se daría cuenta de que, en realidad, Beau le gustaba más que como un amigo…
—Para ya de soñar, — Beau murmuró, sacudiendo la cabeza. Era más probable que todos los Cullen fueran vampiros a que Edward se sintiera atraído por él.
Toda la mañana había estado lloviendo, pero para cuando Beau llegó a la escuela, los charcos se habían congelado, dejando una fina capa de hielo sobre el pavimento. Charlie acababa de comprarle neumáticos nuevos, así que el auto no se patinó en el camino. Estaba algo nervioso. En la mochila llevaba un par de discos y libros que quería compartir con sus nuevos amigos, pero cuando se estacionó, comenzó a preguntarse si era buena idea. Quizá sería mejor dejar el libro de Siken en el auto. No sabía qué tan conservadores eran los Cullen, en realidad, y un libro de poesía podría ser escandaloso en las manos equivocadas. Era una buena forma de tantear las aguas, de saber qué clase de reacción tendrían, pero al mismo tiempo, Beau no estaba listo para su rechazo. Llevarlo o no llevarlo, ese era el dilema. Tenía más que perder de lo que podía ganar, se dijo, y con eso en mente, se inclinó para sacar el libro de su mochila y meterlo en la guantera. Así era mejor, se dijo, respirando profundamente antes de alcanzar la puerta, pero antes de que pudiera abrir, pasaron dos cosas: la primera, fue el fuerte sonido de un claxon y, lo segundo, fue el impacto contra su camioneta. Beau no registró lo que estaba sucediendo, sólo fue consciente del dolor que sintió al golpearse en la cabeza contra el volante.
Los gritos fueron casi inmediatos, y al abrir los ojos, Edward estaba ahí, abriendo la puerta que no estaba bloqueada por el auto de Tyler y adentrándose para sacarlo.
—¡Llamen a una ambulancia!,— alguien gritó, y a ese grito les siguieron otros. Beau no estaba seguro de lo que estaba pasando, sólo sabía que Edward lo estaba sacando del auto, cargándolo como si no pasara nada.
—Qué fuerte eres, — murmuró Beau, aferrándose al saco de Edward. Le dolía la cabeza y el ruido era demasiado y, de pronto, todo se oscureció.
Al abrir los ojos, Edward estaba ahí. Beau no recordaba cómo había llegado al hospital, pero ahora se encontraba recostado en una camilla. Tyler estaba sentado en la cama de a lado, nervioso, como si estuviera esperando a que abriera los ojos. Probablemente estaba preocupado, pobrecillo, pensó Beau, regresando su atención a Edward. En efecto, no estaba soñando.
—Hey, ¿cómo te sientes? Fue un golpe fuerte.
—Estoy bien, sólo un poco mareado… ¿Qué haces aquí? —preguntó Beau, agradecido con Edward por mantener la voz baja.
—Entré contigo en la ambulancia de camino aquí.
—Oh. Lo lamento.
—¿Por qué te disculpas?
—Siempre estoy causándote molestias. Y las ambulancias no son divertidas.
—¿Has estado en una ambulancia antes? —preguntó Edward, frunciendo el ceño.
Beau suspiró y trató de sentarse. El recuerdo le vino en partes: las sirenas, un paramédico que lucía borroso, y la voz de su madre, llamando su nombre. No había llorado hasta que los doctores le dieron el parte médico: sobreviviría. Era una mujer fuerte.
—Una vez, —dijo Beau, pero no quiso dar más detalles.
Edward abrió la boca, como si fuera a preguntar algo, pero en ese momento las puertas se abrieron de golpe y Charlie entró apresuradamente, vestido de pies a cabeza en su uniforme. Había salido del trabajo para venir aquí, Beau notó, sintiéndose culpable enseguida.
—¡Beau! Me llamaron, dijeron que chocaste. ¿No viste el auto venir? ¿Qué pasó?
—Yo…
—Estaba estacionado, Beau no había salido del auto al momento del impacto, — explicó Edward, llamando la atención de Charlie, quien frunció el ceño.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, volteando a ver a Beau, —¿Amigo tuyo?
Beau no sabía cómo responder. ¿Eran amigos? A Beau le gustaba pensar que sí, pero no quería decirlo en voz alta y ver la sorpresa en el rostro de Edward. El rechazo.
—Así es. Beau y yo somos amigos, y compañeros de laboratorio. Soy Edward, mucho gusto, — dijo él, ofreciéndole su mano a Charlie, y una parte de Beau estuvo aliviado de ver que la gente, de hecho, todavía hacía eso.
—¿Edward? ¿no eres el hijo de…
—Beaufort, — dijo un hombre en bata blanca al entrar en la pequeña sala de urgencias. —Escuché que tuviste un accidente.
—Beau, —corrigió él automáticamente. El doctor era joven, bastante joven. Y atractivo. "Es como el hijo soñado de Matt Bomer y Cillian Murphy", pensó.
—Bueno, Beau, tus radiografías salieron bien. Puede que sientas mareos, pero no hay signos de contusión. Puede que experimentes un poco de estrés postraumático o náuseas. Te prescribiré pastillas para el dolor por una semana y…
—No, —dijo Beau, mordiéndose el labio inferior. —No hacen falta, estoy bien.
El chichó en su frente decía lo contrario. Para mañana saldría un moretón bastante grande y probablemente se inflamaría, pero Beau no sabía cómo decir esto frente a su padre. Le dolía la cabeza y no podía pensar claramente, pero mezclar medicamentos nunca era buena idea.
El doctor frunció el ceño, mirando a Edward de reojo, quien tenía su atención en Beau, como si estuviera concentrado en algo. Entonces alzó la mirada, y le regresó el gesto al doctor.
—Tengo que hacer unas revisiones de rutina, ¿les molestaría salir por un momento? —dijo el doctor, sonriéndole a Charlie.
—Estaré afuera, grita si necesitas algo, —dijo Charlie antes de salir, seguido por Edward.
El doctor… Carlisle Cullen, Beau leyó en su bata, cerró la cortina que separaba su cama de la de Tyler y lo miró por un momento. "Ah," pensó Beau, "son familia".
—La confidencialidad médico-paciente es mi prioridad. Si hay algo que no puedes decir frete a tu padre, puedes confiar en que no se lo diré, —fue lo primero que dijo el doctor. Beau sintió ganas de llorar. La amabilidad, pensó Beau, era más peligrosa que los insultos. Era odioso, ser tan transparente. Su madre solía decir que llevaba su corazón en la manga de la mano. Por suerte, ninguno de sus padres era muy observador. Tomando un largo respiro, Beau dijo:
—Tomo duloxetina.
Carlisle frunció el ceño de nuevo, revistando su tabla de nuevo para escribir algo.
—Eres demasiado joven para tomar eso, ¿tienes prescripción?
—Desde los catorce, — dijo Beau, con un asentimiento. Carlisle se sentó a su lado y bajó su voz, como si estuvieran compartiendo un secreto.
—Beau, voy a decir esto como médico, ¿de acuerdo? Los efectos de la duloxetina son peligrosos para alguien tan joven. Hay estudios que demuestran que un gran porcentaje de los usuarios desarrollan tendencias… a hacerse daño.
Beau lo miró por un momento y asintió.
—Quizá deberías considerar cambiar tus medicamentos, —fue todo lo que Carlisle dijo, dándole una palmada en la mano antes de levantarse. Sus manos estaban igual de frías que las de Edward. —Por ahora, ya puedes volver a casa. Deberías descansar hoy, pero puedes regresar a la escuela mañana.
—No, puedo volver… además, tengo que ir por mi auto…
—Me temo que no es una opción. Ordenes del doctor, —dijo Carlisle con un guiño. —Edward se encargará de recoger tu auto, no te preocupes por eso.
—Usted… es familia de Edward, ¿verdad?
—Es mi hijo, — dijo Carlisle, y entonces recordó la historia de Jessica. Los hermanos adoptivos.
—Oh. Es… mucho gusto.
—El gusto es mío. Ahora, descansa un poco. Iré a hablar con tu padre, así que trata de descansar por un momento.
Beau asintió. Podía confiar en el Dr. Cullen, se dijo a sí mismo, con un suspiro. Rutina, todo era procedimiento de rutina, pensó mientras tiraba de las mangas de su chaqueta hacia abajo.
—¿Cuál es el diagnóstico? —preguntó Edward suavemente, sentándose a su lado.
—Sobreviviré, —dijo Beau, cerrando los ojos por un momento. —Tu papá dijo que te harías cargo de mi auto… no tienes que hacerlo, puedo ir por él.
—No es ninguna molestia, lo prometo, —dijo Edward, apartándole los rizos del rostro. Se sentía bien, pensó, el toque de sus manos frías.
—Anoche escuché a Schubert, —dijo Beau.
—¿Y qué opinas?
—Su música es como una pintura. Como si… fuera algo que se puede ver.
—Esa es una analogía interesante, —dijo Edward, levantándose. —Tu padre ya viene por ti. No te preocupes por tu auto, Alice lo llevará a tu casa más tarde.
N.A. ¿Estoy alterando el orden de los hechos? Oh, pero por supuesto que sí xD ojalá les haya gustado, besitos l3
