Capítulo IV
.
Por desgracia, el accidente hizo que todos volvieran a prestarle atención de nuevo. Era difícil esconderse en un pueblo con una población de tres mil personas, Beau descubrió rápidamente. Tyler había pasado el día entero disculpándose con él, pero para la hora del almuerzo, la mayoría se había calmado. El baile escolar se estaba acercando, y todos estaban más preocupados con encontrar pareja que con lo demás. Jessica estaba esperando que Beau fuera con él, o al menos eso era lo que Angela le había dicho durante la clase de deportes, así que había optado por desayunar afuera. No le importaba estar solo y, después de todo el alboroto de la mañana, lo prefería.
Sacó una manzana de su mochila y, en el momento en que la mordió, escuchó la voz de Mike.
—Con que aquí estabas. Todos se estaban preguntando a dónde habías ido, — dijo él sentándose a su lado. —Así que… el baile será pronto.
—Sí, lo he notado.
—Algunos dicen que irás con Jessica, —dijo Mike, sacando un emparedado. Beau no estaba esperando almorzar con nadie más, pero esto no estaba tan mal, pensó.
—Sí, eso escuché. No sé de dónde sacaron esa idea.
—¿O sea que no la invitaste? —preguntó él, confundido. Beau negó con la cabeza. —¡Vaya! Qué extraño.
Beau tuvo la impresión de que Mike estaba feliz de escucharlo decir eso, probablemente porque pensaba invitar a Jessica y su camino acababa de abrirse.
—La verdad ni siquiera estoy seguro de ir. Los bailes no son lo mío.
—Sí, tampoco lo mío, pero… puede ser divertido, ¿sabes? Hay muchas chicas que quisieran ir contigo.
Beau no estaba seguro de cómo decir que no estaba interesado en ir con ninguna chica, y, de todos modos, no tuvo que hacerlo. Mike estaba ocupado tomando su mano.
—Ánimo, hermano. No tienes por qué desanimarte, aunque no lleves a nadie, puede ser entretenido. Dicen que el tema será Montecarlo.
Las manos de Mike eran cálidas y rasposas. Si tuviera que elegir, preferiría sus manos a las de Jessica pero, aun así, optaría por que no lo tocaran en lo absoluto. Mike era agradable, pero algo sobre él lo hacía sentirse incómodo. Era porque no confiaba en él, Beau concluyó en el momento en el que Mike lo soltó.
—Está helado aquí afuera. Voy a entrar, trata de no quedarte aquí mucho tiempo.
Beau terminó su manzana y pasó el resto del descanso mirando la lluvia caer.
A veces Edward no podía evitar escuchar los pensamientos de las demás personas. Simplemente le llegaban a él como si estuvieran hablando en voz alta, sobre todo cuando se trataban de pensamientos especialmente fuertes.
La mente de Mike Newton nunca había sido particularmente sutil. Edward siempre podía escucharlo pensar en lo mucho que lo odiaba, en las bromas tontas que pensaba jugarles a sus amigos y en las materias en las que estaba fallando. Hoy, sin embargo, sus pensamientos estaban plagados de Beau. Una sola imagen en realidad: la de sus manos juntas. Edward frunció. Beau no estaba en el comedor, pero Mike no paraba de pensar en sus manos. En lo cálido que era, en el sonido de su voz, una y otra vez, su nombre se repetía dentro de su cabeza como un mantra.
Edward nunca odió tanto la voz de alguien como en ese momento él odió la voz de Mike. Le daban ganas de levantarse y decirle que se callara, que no tenía derecho a pensar en Beau de esa forma. Pero ¿acaso él podía pensar así? Edward se había repetido una y otra vez que Beau no era más que un amigo y, a pesar de eso, le irritaba saber que otras personas pensaban en él a menudo: sus ojos, su cabello ondulado, su risa tímida. Beau estaba en la mente de más de una persona, en especial con el baile tan cerca. Muchas chicas se imaginaban bailando con él, otras pensaban en sus labios, en besarlo mientras bailaban en el quisco. Pensaban en sus manos sujetándoles la cadera suavemente, en la música de fondo y las luces tenues. Y entonces no eran ellas, sino él, sujetando a Beau entre sus brazos, murmurando poesía en su oído y haciéndolo sonrojar. Era Edward con su traje de tres piezas y Beau con un traje formal pero juvenil, tal vez con una flor adornando su chaqueta. Edward usaría un clavel verde, como se hacía en su tiempo, y bailaría con Beau toda la noche.
Me estoy volviendo loco, fue lo que Edward pensó, sacudiendo la cabeza. Nunca había pensado este tipo de cosas y era todo culpa de Beau. Desde el accidente, no podía dejar de pensar en él, yaciendo inconsciente entre sus brazos: pálido y herido. Edward nunca se había sentido tan impotente. Lo único que había podido hacer era sacar a Beau de ahí y acompañarlo al hospital. Alice se había encargado de llevar su camioneta hasta su casa, pero Carlisle se había negado a contarle qué había pasado cuando él y Charlie se fueron de la habitación. Incluso estaba siendo cuidadoso con sus pensamientos frente a él, y eso sólo podía ser una mala señal. A pesar del golpe en su cabeza, Beau había ido a clases al día siguiente usando una tela elástica en la frente, probablemente para ocultar el golpe.
En clase, para su alivio, Beau no estaba pensando en Mike. En cambio, estaba preocupado… ¿por un libro? Sus ideas eran confusas el día de hoy, y Edward se preguntó si era a causa del golpe. La imagen de un libro era frecuente, también.
"Espero que le guste. Le voy a pedir que se lo regrese a Alice, al final dejé el otro en la guantera. Cobarde. Eres un cobarde. Es mejor así. Es más seguro así…" pensaba.
Edward no tenía idea a lo que se refería, pero al sentarse, Beau le sonrió.
—Buenos días, —dijo Edward, sonriéndole de regreso. —¿Cómo te sientes?
—Ah, bien, no fue nada. Sólo me pegué contra el volante, no sé por qué todos hicieron un alboroto, — contestó Beau, tratando de reír, jalando su camisa para cubrirse las manos hasta los nudillos. —Pero… gracias. Por ir conmigo.
—¿Duele mucho? —preguntó Edward, alzándole los rizos castaños que le cubrían la frente. En efecto, estaba inflamado y, en las orillas del vendaje, podía ver los indicios de un cardenal.
Beau tragó, pero no lo apartó. Su corazón comenzó a latir con fuerza, pero no parecía asustado. En su mente comenzaron a aparecer recuerdos del otro día: la cabeza de Beau oculta contra su hombro, el roce de sus manos, su voz. Y entonces, un cambio: Beau estaba mirando sus labios y pensando en ellos, imaginando cómo sería acercarse un poco más y… El pensamiento cambió de nuevo, abruptamente. "Para ya, no puedes pensar así" y Edward no estaba seguro quién de los dos lo había pensado primero.
—No, estoy bien, —dijo Beau. Edward lo soltó. El profesor acababa de entrar, pero Beau no le estaba prestando atención. Su mirada estaba en el pizarrón, pero su mente estaba en otra parte. Hoy los pensamientos de Beau no eran comentarios ingeniosos sobre la clase o juegos de palabras para recordar los nombres de las especies vistas en la lección. Era un verso, como muchos otros, excepto que este no se parecía a los que Beau solía repetir en su cabeza: "El chico rubio en el bañador rojo te está sujetando la cabeza debajo del agua porque está tratando de matarte". La primera oración lo tomó por sorpresa, pero también lo hizo prestar más atención. "Y te lo mereces, lo haces, y lo sabes, y estás listo para morir en esta piscina porque querías tocar sus manos y sus labios, y eso significa que tu vida está acabada de todos modos". La idea se interrumpió, una vez más, por la imagen borrosa de un viaje en ambulancia. La sirena sonaba aguda, a lo lejos, como la voz de la mujer que llamaba por él. "Estás en octavo grado. Sabes de estas cosas. Sabes cómo andar en una moto de tierra, y sabes cómo resolver una división larga. Y sabes que…" La imagen de Charle Swan atravesó su mente. "Los hombres no lloran" decía él, "voy a trabajar hasta tarde, así que, si traes a una chica, asegúrate de usar protección", "Tu madre llamó, se escuchaba feliz…". Beau suspiró. "Y sabes que un chico al que le gustan los chicos es un chico muerto, a menos de que mantenga la boca cerrada, lo cual tú no hiciste, porque eres débil y estás vacío, y ya no importa más".
Edward tuvo que contener un jadeo. Eso lo tomó por sorpresa y, de haber podido, se habría sonrojado porque, a pesar de que siempre escuchaba los pensamientos íntimos de todos a su alrededor, esto se sentía como algo que no debía saber.
El camino a casa fue silencioso. Por lo regular, Alice y Edward charlaban en el auto, pero esta vez él no dijo ni una palabra. Parecía tenso y, al llegar a casa, no dijo palabra más que para contestar brevemente a las preguntas de Esme.
Él sabía que esa clase de personas existía. Más de una ocasión, Edward encontró en los pensamientos de otros hombres fantasías y cumplidos por su apariencia y, honestamente, no era algo que le molestara. Edward creía firmemente en el amor, y que cualquier persona podría amar a quien quisiera, siempre y cuando existiera consentimiento. Ese no era el problema. El problema era que Edward jamás había considerado ser uno de ellos. Cuando Carlisle lo convirtió, Edward había estado ocupado alimentándose y, posteriormente, sintiéndose culpable por ello. Se había sentido como un monstruo por mucho tiempo… aun lo sentía, de hecho. Era difícil, aceptar que esta era su vida ahora.
Así que, durante décadas, Edward no considero poder enamorarse de alguien más, mucho menos de un humano. Mucho menos de un hombre. A sus 117 años, Edward no esperaba descubrir cosas nuevas sobre sí mismo, pero aparentemente estaba equivocado.
Resignación, pensó, era lo único que le quedaba. No tenía sentido entrar en pánico, no cuando sabía que no estaba haciendo nada malo, cuando sabía que lo que sentía no era… malo. La atracción estaba basada en los cánones de belleza de una sociedad: de acuerdo con las modas de las clases elevadas se dictaba qué era elegante, qué era apropiado, qué era aceptable. El mundo había cambiado en este tiempo, pero no lo suficiente como para no poder entenderlo. En realidad, pocas cosas eran diferentes. Claro, las leyes en algunos países eran mejores, pero el odio aun corría por las venas de la sociedad, lo disimularan mejor o no.
Era más fácil, pensó, navegar en este mundo si se tenía compañía. La cuestión era que, de ser atracción, Edward podría hacerla a un lado fácilmente. La lujuria era universal y fácil de evadir. Pero a Edward no sólo le gustaba el rostro de Beau: le gustaba su forma de pensar, le gustaba cómo, a pesar de parecer un chico común y corriente, llevaba una tormenta dentro de su cabeza. A menudo, lo bello chocaba con un muro de ansiedades dentro de su mente y, por si fuera poco, era un joven genuino y poseía una compasión que no había visto desde que conoció a Carlisle. Se preocupaba por los sentimientos de los demás y siempre ponía a otros por encima de él. Era considerado, gentil y extrañamente melancólico. Beau le gustaba porque no lo entendía. Algunas personas eran extremadamente fáciles de descifrar, pero había algo en Beau que no podía terminar de comprender. A veces pasaba horas con una canción en la cabeza; otras, miraba a su alrededor y se sentía mal por el profesor al que casi nadie hacía caso, entonces él sentía la necesidad de levantarse y agradecerle por la lección al final. Últimamente pasaba su tiempo pensando en música. Hoy, por ejemplo, había buscado la forma correcta para hablar del disco que Edward le había prestado. Beau quería hacerlo sonreír. Pero, como un tonto, Edward había entrado en pánico y se había ido corriendo.
Con un suspiro, Edward tomó su mochila y sacó sus contenidos. El disco era para él; el libro, para Alice, recordó. Sería mejor dárselo antes de que lo olvidara, pensó, tomando el libro para bajar las escaleras. Todos estaban abajo, hablando de su día. En este pueblo, Esme había encontrado nuevos pasatiempos: pasaba sus días diseñando cuando no estaba ocupada cazando.
Como lo esperaba, Alice estaba en la sala, en brazos de Jasper.
—Beau te mandó esto, — dijo él, ofreciéndole la novela.
—¡Gracias! Me habló mucho de ella, es una pena que no pudiera dármela el otro día… ¿cómo sigue?
—Mejor. Pero a veces siente dolor.
—¿El muchacho del accidente? —preguntó Esme, acercándoseles.
—Carlisle dijo que estaría bien, ¿te dijo algo a ti? —preguntó Edward, curioso, pero ella negó con la cabeza.
—Sólo lo que tú nos dijiste, que un amigo tuyo se golpeó la cabeza.
—Sí, un amigo…— Alice comenzó, con una risita, pero de inmediato se interrumpió. Edward rodó los ojos. La otra noche Alice le había mostrado algo que no sabía cómo digerir; después de cazar, ella lo había tomado del brazo y le dijo:
—¿Sabes que todos te amamos, cierto? Sin importar qué.
Edward había asentido, mirando lo que Alice quería mostrarle. Eran ellos dos: Beau, sentado en un claro, recargado sobre el hombro de Edward. Era una imagen… pacifica. Tierna, incluso. Edward no sabía que su propio rostro podía verse tan relajado. Pero, de nuevo, las visiones de Alice nunca eran definitivas, no todas, al menos. Esta era sólo una posibilidad de muchas. Además, había cosas que Alice le estaba ocultando deliberadamente.
No valía la pena ilusionarse en vano. Beau merecía a alguien mejor, a alguien normal. No un…
La voz de Alice interrumpió su hilo de ideas.
—Ya lo sabe— dijo Alice. Su voz era distante, pero había una pequeña sonrisa en su rostro.
—¿Quién, a qué te refieres? —preguntó Esme, frunciendo el ceño. Jasper la miró con interés, esperando su respuesta, pero Edward también lo había visto.
—Beau. Descubrió lo que somos… piensa guardar el secreto, — dijo Alice, regresando poco a poco a la realidad. Edward estaba perdido. Beau sabía que eran monstruos, y pensaba ayudarlos.
Esa tarde, al llegar a casa, Beau estaba decaído. Todo había ido bien, pero al final de biología, cuando Beau le devolvió las cosas a Edward, él apenas y lo miró a los ojos. Sólo tomó todo y salió corriendo. Quizá tenía prisa, no tenía por qué tomarlo tan apecho. Aun así, eso afectó su humor el resto del día.
Al salir de la camioneta, sus llaves se cayeron debajo del auto. Maldición, como si el día no pudiera empeorar, pensó, asomándose por debajo del coche. Por suerte habían resbalado hacia el otro lado, así que sólo tuvo que rodear la camioneta. Estaban mojadas, pero al menos no había tenido que hincarse en el suelo mojado, pensó, tomando la manija de la puerta para levantarse… y sintió algo curioso. Eran marcas. La silueta de cuatro dedos marcados sobre el metal.
—¿Pero qué demonios? — murmuró Beau, tomando la manija. En efecto, era la marca de una mano, como si alguien la hubiera apretado con mucha fuerza, pero… eso era imposible. Las manijas eran de acero inoxidable. ¿Era una broma de alguien de la escuela? Beau no recordaba haber visto a nadie cerca de su auto. El único que había abierto esa puerta había sido Edward, cuando lo sacó después del accidente.
De pronto, la voz de Jacob resonó en su cabeza: "…se supone que descienden de un clan enemigo. Mi gran bisabuelo los encontró cazando en nuestras tierras, una vez…".
¿Era posible? Los Cullen acababan de mudarse, pero Jacob había dicho, "o acaban de regresar", ¿cierto?
Beau se rio de sí mismo; sin embargo, las marcas estaban ahí. Corriendo al otro extremo del auto, tomó la manija que seguía intacta y la apretó con fuerza. El auto era viejo, podía ser un defecto. Manijas de goma, se dijo, pero por más que trató, el metal no cedió. ¿Entonces cómo…?
Esto no significaba nada. Sólo porque había marcas no significaba que Edward era… lo que Jacob decía que era. Los dos se habían reído de la idea ese día en la playa, pero Beau ya no estaba riendo. Entonces recordó otras cosas: Edward, al igual que el resto de sus hermanos, era extremadamente pálido y frío… como un muerto. Además, siempre era silencioso, y siempre parecía saber dónde estaba. Le daría escalofríos si no supiera de quién estaba hablando. Edward era una buena persona, se repitió, rodeando el auto una vez más.
El jueves pasado, durante su excursión al invernadero, él lo había acompañado durante el viaje. Lo había sostenido del brazo cuando estuvo a punto de resbalar y le había preguntado en todo casi confidencial:
—¿Cuál es tu flor favorita?
—Los jacintos, —dijo Beau. —¿Qué hay de ti?
—A mi madre le gustaban las violetas, —había dicho él, con la mirada perdida más allá de las plantas, como si estuviera recordando algo muy lejano. Edward era adoptado, recordó. Debía ser muy difícil, perder a tus padres tan joven. —Pero supongo que a mí me gustan las adelfas.
—¿No son esas flores venenosas? —preguntó Beau, frunciendo el ceño. Edward parecía más un tipo al que le gustaban las rosas: elegante, refinado, caballeroso.
—Lo son. Supongo que no puedo evitar simpatizar con ellas. Lo bello puede ser muy peligroso, Beau, deberías tener eso en mente siempre.
Eso le había dicho Edward ese día y, ahora que lo recordaba, se le ocurría que, tal vez, estaba tratando de decirle otra cosa. Que, quizá, él mismo era peligroso.
Beau tragó en seco. Tomando un profundo aliento antes de regresar su atención a la puerta del coche. Esto era un problema. Se sentía como algo íntimo, algo que él no debía saber pero había descubierto por accidente.
La tribu había guardado el secreto, eso era lo que Jacob le había dicho. Evidencia, pensó Beau. Esto podría ser evidencia y, por alguna razón, su corazón comenzó a latir con rapidez. Tenía que ocultarla, pensó, abriendo la puerta, pero el seguro estaba roto. Edward lo había sacado después del accidente, se dijo a sí mismo, mientras buscaba el desarmador que llevaba en la guantera. ¿Cuánta fuerza habría usado para poder abrir una puerta que estaba cerrada con llave?, se preguntó, mordiéndose el labio.
Edward.
Edward.
Edward.
Probablemente esto podía ser explicado de una forma lógica. La adrenalina. A veces las madres se volvían muy fuertes al ver a sus hijos en peligro. El calor. Quizá su manija se había derretido con el calor y Edward la había moldeado sin usar fuerza alguna. Cada explicación sonaba más ridícula que la anterior, pero de nuevo, ¿vampiros? Era una locura. Quizá estaba teniendo un breve episodio de psicosis. El golpe del accidente estaba afectando su cabeza, eso tenía que ser.
Fuera su imaginación o no, Beau tenía que hacer algo, porque había una minúscula probabilidad de que esto pusiera a Edward y al resto de su familia en peligro. Las manos del Dr. Carlisle eran igual de frías, pensó mientras desatornillaba la manija con manos temblorosas. Alice, Jasper, Emmett, incluso Rosalie… todos eran increíblemente pálidos, enlistó. ¿Podría ser posible? Quizá estaba enloqueciendo.
El último tornillo cayó al suelo y sacó la manija de un tirón. Ya pensaría en una excusa de por qué le faltaba una pieza a su puerta. Rápidamente, abrió su mochila y arrojó la manija dentro. Tendría que encontrar un buen lugar donde esconderla. El bosque detrás de la escuela, tal vez. Mañana, a la salida, caminaría a lo más profundo del bosque y la enterraría lo más hondo que pudiera.
Estaba siendo ridículo, lo más probable es que estuviera imaginando cosas, pero si había la más mínima posibilidad de poner a Edward en peligro, Beau quería deshacerse de ella.
N.A. Subiré todos los viernes, dijo ella, como una mentirosa TT-TT lo sientooooo ya tengo los caps escritos pero a veces me pesa tanto subirlos hahaha ojalá les guste! Besitos! Recuerden salir con cubre bocas uwu
