Capítulo V
.
El descubrimiento de Alice fue distracción suficiente. Edward no tuvo tiempo para preocuparse por sus sentimientos cuando estaban enfrentando una crisis. Habían hecho una reunión familiar esa misma noche, cuando Carlisle regresó del hospital.
Rosalie, como era natural, estaba furiosa.
—¡Todo esto es culpa tuya! Si te hubieras mantenido alejado de ese humano…
—¿Y qué se suponía que hiciera? ¿Dejarlo ahí?
—¡Sí! ¿No entiendes? Nos has puesto a todos en peligro, —había dicho ella.
Al final Carlisle la había calmado.
—Beau ya tomó la decisión de ocultar nuestro secreto. Por ahora, no tenemos nada de qué preocuparnos. Alice nos dirá si necesitamos tomar acciones más directas, hasta entonces, es mejor mantener un perfil bajo, —dijo él.
Edward lo había visto también: Beau, tomando la manija con la marca de sus manos y escondiéndola en su mochila. Había visto el pánico en su mirada mientras volteaba a ambos lados de la calle, asegurándose que nadie más lo hubiera visto. Edward habría matado por saber qué estaba pensando en ese momento. ¿Creería que Edward era un monstruo? No estaría equivocado. ¿Lo despreciaría? ¿Lo odiaría? Edward no creía que Beau pudiera odiar a nadie, era demasiado amable para eso, por eso la idea de su rechazo era todavía más dolorosa. ¿Por qué tenía que fijarse en él? Beau era una buena persona, lo último que necesitaba era a un monstruo tras de él. El olor de su sangre era dulce, apetitoso: un doloroso recordatorio de que ambos eran demasiado diferentes.
Y, aun así, Beau estaba dispuesto a protegerlos. ¡A todos ellos! ¡A un grupo de vampiros que habían contemplado la idea de matarlo con tal de protegerse a sí mismos!
No era justo. El mundo no era un lugar justo. Era un lugar para el más fuerte, para el más poderoso, para el más dispuesto a hacer daño al inocente. Le hacía sentirse enfermo consigo mismo.
Esa noche, Edward la había pasado frente al piano, tocando las viejas canciones que había compuesto su madre, tratando de recordarse a sí mismo lo que solía ser. Siempre que pensaba en Beau sentía la urgencia de tocar de nuevo. Últimamente había estado comenzando a componer de nuevo. No era la gran cosa, una pieza sencilla, melancólica y dulce, como Beau.
De haberlo conocido cuando él aún seguía con vida… ambos habrían tenido que esconderse del mundo, verse a escondidas: un amor prohibido, clandestino, pecaminoso. Ahora, podrían tomarse de la mano en la calle, ahora podría besarlo sin miedo a las represalias, excepto que no podía. No en este pueblo pequeño en medio del bosque. Quizá en D.C. o en Nueva York, San Francisco siempre había sido más abierto, con sus calles rebosantes de inmigrantes, de cultura. ¿Pero Forks? Y sabes que un chico al que le gustan los chicos es un chico muerto, a menos de que mantenga la boca cerrada. Sí, Beau tenía razón. En este pueblo ser diferente era una sentencia. Quizá no de muerte, pero sí de las miradas, de los susurros.
A Edward no le importaba estar en boca de todos. ¡Adelante, que hablen!, quería decir. Tenía muchas cosas de las que estar avergonzado, ¿pero de amar? Jamás. No cuando amaba a una persona como Beau. No cuando sus ojos se iluminaban al escuchar una melodía que le gustaba, no cuando su sonrisa era tan sublime como el olor de su sangre. Quizá más. Definitivamente más. Las manos de Beau siempre estaban tibias, pero nunca había rechazado las de Edward. Todo él era ternura, empatía, y Edward no podía resistírsele, porque en un mundo tan duro como este, la amabilidad brillaba con más fuerza.
Ni siquiera se había dado cuenta cuándo había comenzado a pensar en esos términos. Amor… era una palabra muy grande, pero no podía encontrar una mejor para describir lo que sentía. Sí, definitivamente estaba perdido, Edward ya no iba a luchar más contra lo que sentía. No era resignación, ya no más, era aceptación gustosa, como los monjes que se prendían fuego voluntariamente. Así, Edward estaba aceptando con los brazos abiertos un amor que sólo le haría daño, y Edward quería dejarse consumir por completo.
Un par de meses, eso era todo el tiempo que le había bastado. Las relaciones humanas a veces eran así, estaban basadas en la atracción física y, con el tiempo, esas bases se fortalecían con el apego emocional. A Emmett le había sucedido con Rosalie. Una mirada le había bastado para amarla con locura, para querer conquistarla.
Edward no se sentía tan eufórico como Emmett en aquel entonces. Se sentía más liviano, sin embargo, como si un peso le hubiera levantado de los hombros. Edward siempre era el primero de reírse de todas esas metáforas sobre el amor ingrávido, pero ahora comprendía a lo que se refería todo el mundo. Le bastaba pensar en Beau para sentirse tranquilo.
Esa mañana, Beau llegó a la escuela con sombras debajo de los ojos y abrazaba a su mochila con más fuerza de la necesaria, como si temiera que alguien se la fuera a arrebatar. No había dormido, eso era obvio, pero estaba tratando de mantener la compostura.
"Estoy enloqueciendo, esto no puede ser verdad. Quizá el doc tenía razón y sería mejor cambiar de pastillas. Es un efecto secundario, nada más. Pero Jacob dijo… No, incluso si no es nada, no puedo- no puedo permitir que les pase nada"
Los pensamientos de Beau eran tan potentes que podía escucharlos, aunque estuviera a varios salones de distancia. O, quizá, ya estaba acostumbrado a buscar la mente de Beau a lo largo del día. A veces, cuando estaba cansado, Edward lo buscaba con su mente.
Por lo regular Beau lo hacía sonreír, pero ahora estaba preocupado por él. Sus pensamientos eran frenéticos e inestables, y Edward quería preguntarle a Carlisle a qué medicina se refería. ¿Beau estaba enfermo?
En el estado en el que se encontraba, sería sencillo hacerle creer que estaba loco, mentirle, alegar demencia… pero a medida que lo escuchaba, sentía la necesidad de decirle la verdad. De decirle que no estaba perdiendo la cabeza, que tenía razón. Quizá era Edward el que se estaba volviendo loco, después de todo.
Beau no vio a Edward en todo el día, pero era mejor así. No sabía cómo iba a reaccionar si lo hacía. El otro día Edward había evitado hablar con él, recordó. Había sido ayer, pero se sentía como si hubiera pasado hace meses. No había prestado mucha atención en clase, la manija pesaba en su mochila como un recordatorio. Esperaría en el estacionamiento hasta que todos se fueran a casa y, entonces, se adentraría en el boque. Había tomado una pequeña pala de jardín del garaje para ayudarse con su tarea. Era una suerte que Charlie no se hubiera deshecho de las cosas de su madre cuando se marcharon, pensó.
Por supuesto, fue mucho más sencillo pensarlo que hacerlo. Al caminar en el bosque, Beau se dio cuenta de lo resbaloso que podía llegar a ser el lodo. Tropezó más de dos veces con las raíces de los árboles y una rama le rasgó la sudadera, pero siguió andando. No podía permitir que alguien la encontrara por error.
Con la frente bañada en sudor, Beau decidió hincarse y comenzar a cavar. Iba a ser un poco difícil regresar a su auto, pensó. Debía pensar en una buena excusa por su sudadera. Podía coserla antes de que Charlie llegara de la estación, se dijo mientras enterraba su pequeña pala y comenzaba a cavar un agujero. A veces le ayudaba a su madre en el jardín, pero la tierra húmeda era más pesada de lo que esperaba. Una vez satisfecho, arrojó la manija dentro. Las marcas de la mano de Edward seguían ahí, no las había imaginado. Beau había golpeado la manija contra el pavimento, para comprobar su fuerza, pero el metal no se había dañado en lo absoluto. Las personas normales no podían doblar el metal con sus manos, pensó, sacudiendo la cabeza. Oculta la evidencia, se dijo, mientras comenzaba a rellenar el hueco que había hecho y, sobre la tierra removida, arrastró una roca grande para cubrir el sitio.
Listo, pensó. Ahora nadie podría encontrarla. Eran casi las cuatro, notó, mirando su reloj. Tenía que apresurarse o no sería capaz de regresar al auto antes de que oscureciera, y eso sería peligroso. Había toda clase de animales en el bosque y…
—No lo entiendo.
Beau saltó, mirando tras de sí. Edward estaba ahí, de pie, apoyado contra un árbol, prístino, sin una gota de lodo en sus zapatos.
—Yo…— Beau murmuró, sorprendido. ¿Cuánto tiempo había estado ahí? —¿Edward? —preguntó él, tirando de las mangas de su sudadera, cubriéndose los nudillos.
—Tenías en tus manos el arma perfecta. Fue mi culpa, fui descuidado. Podrías habernos ahuyentado de aquí para siempre. Podrías haber pedido dinero por tu silencio… lo habrías conseguido. Una buena suma, también, —dijo él, despegándose del árbol y caminando hacia él tranquilamente, como si el suelo no fuera tan resbaloso como una pista de hielo. —Pero, en lugar de eso, decides tomar tu única evidencia y correr al bosque a esconderla, poniendo tu vida en peligro en el proceso, por cierto. No lo entiendo.
—No necesito dinero, —dijo Beau, aun sorprendido por verlo aquí. —Y no quiero que se vayan.
—Pero entiendes lo que somos, ¿no es así? No vale la pena jugar al tonto conmigo.
Beau sólo pudo asentir. Tenía la sospecha de que esto podría, potencialmente, enviarlo a un manicomio, sí.
—Si lo sabes… ¿por qué? ¿Por qué protegernos? —preguntó de nuevo. Sus ojos eran dorados y brillantes, notó Beau. ¿Por qué lo hacía?, se preguntó a sí mismo. Lo cierto es que no quería que les pasara nada malo. No eran malas personas, a pesar de lo que todos decían. Pero no estaba actuando por mero altruismo. Beau no era tan generoso, aunque le gustara fingir que sí. Había un motivo oculto detrás de sus acciones. Algo personal, que no podía decir en voz alta. Un sentimiento egoísta que no se podía arriesgar a revelar. "Porque me gustas," pensó Beau. "Porque no puedo permitir que nada malo te pase".
Edward lo estaba mirando intensamente, como si pudiera ver a través de él, como si pudiera escuchar sus pensamientos. Sus ojos se tornaron gentiles, de pronto, y antes de darse cuenta, Edward ya estaba de pie frente a él, alzando la mano para acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus manos estaban frías. Beau no se movió. No había a dónde ir, a dónde correr.
Entonces Edward sonrió a medias.
—¿Por qué debías tener un corazón tan puro? Todo habría sido más fácil si fueras un idiota, un vanidoso vacío — dijo él, y antes de que Beau pudiera contestar, sus labios fríos se posaron sobre los suyos. Era… sencillo, gentil, pero Beau no había sentido nada mejor en su vida. Su corazón estaba latiendo con fuerza y sus manos temblaban cuando las alzó para tomar la chaqueta de Edward en sus puños.
—¿Ahora estarás a salvo? ¿Es suficiente? —preguntó Beau, sin abrir los ojos.
—Sí, es suficiente… Gracias, Beau.
Beau creía que, en cuanto abriera los ojos, Edward ya no estaría ahí, pero no fue así. "Si despierto en este momento voy a estar tan enojado," pensó Beau. En ese momento, Edward rio suavemente, mostrando sus dientes. Eran blancos y afilados. Era como estar en los brazos de un tigre domesticado, pensó. Había una posibilidad muy amplia de que lo atacara, de convertirse en su presa, si las leyendas eran ciertas, pero la recompensa de su afecto era demasiado alta para retractarse.
Edward lo había acompañado de regreso hasta su camioneta. Para entonces, el estacionamiento de la escuela estaba completamente vacío.
—Quieres… ¿Necesitas un aventón? —preguntó Beau, sonrojándose. ¿A esto se refería Charlie con llevar a un chico lindo? Probablemente no. Semánticas, pensó. Edward sonrió de nuevo, sacudiendo la cabeza.
—Preferiría acompañarte a la tuya. Yo puedo regresar a pie… camino rápido.
—Claro. Sí. Entiendo, —Beau asintió. Claro, porque los homosexuales cantamos womanizer mientras caminamos, pensó. Por tercera vez en el día, Edward rio de repente. —¿Qué? —preguntó Beau, sonriendo también.
—No es nada, sólo… entra al auto, te explicaré en el camino.
Beau abrió la puerta del conductor y entró, estirándose para abrirle la puerta por dentro. Edward entró y cerró la puerta, haciéndole preguntar si habría sido mejor abrirle la puerta. Debo recordar mis modales, pensó Beau, ¿qué clase de novio era? No que… fueran novios ni nada. Un beso raramente significa el inicio de una relación. Podía haber sido una cosa del momento, un impulso. ¿Y si era un experimento? Algunos sujetos besaban a chicos sólo para saber si les gustaba antes de descartarlo. Edward no era así, pero no podía evitar pensar en esa posibilidad, después de todo, ¿qué tenía para ofrecerle? Ya había cometido el error de mostrarle lo peor de él. De pronto, su cabeza se inundó con imágenes de su ataque, cuando Edward lo había calmado. Dios, qué vergonzoso. Había llorado enfrente de él, como un niño tonto. ¿Qué pensaría ahora de él?, pensó Beau mientras arrancaba el auto y alcanzaba la palanca de velocidades.
Edward puso su mano sobre la de Beau. Estaba helada, como siempre.
—Me gustas, —dijo Edward. —Por favor, deja de preocuparte tanto.
—¿Pero cómo…?
—Eso es de lo que quería hablarte. Los… algunos- las personas como yo… algunos de nosotros tienen ciertos… dones.
—¿Dones?
—Sí, poderes que son raros, incluso dentro de nuestra especie. Yo… digamos que puedo leer los pensamientos de las personas.
—¿Cómo un psíquico?
—Más o menos.
—¿En qué color estoy pensando? —preguntó Beau, de inmediato.
—Azul, rojo, verde, morado… ¿vas a enlistar todos los colores que conoces?
—Lo siento. Es sólo… vaya. Puedes- puedes saber lo que pienso.
"No pienses en ti desnudo. No pienses en ti desnudo… o piensa que eres muy atractivo, eso puede funcionar. Espera, ¿eso quiere decir que puede escucharme justo ahora? ¿Me estás escuchando justo ahora?"
Edward rio.
—Sí, lo estoy.
—Maldición. Debe haber sido una tortura sentarte junto a mí en clase, — dijo Beau, gruñendo, alegre de tener que ver el camino. Lo último que quería era ver qué clase de expresión había puesto Edward.
—En realidad, —dijo Edward, y su voz sonaba suave, tierna, incluso. —Me gusta. Sé que es una violación de tu privacidad, créeme que me detendría si pudiera controlarlo, pero… tu mente es fascinante.
—¿Mi mente?
—Es… no sé cómo explicarlo. Eres divertido; cuando por fin siento que te entiendo, siempre me tomas por sorpresa. Es… nuevo para mí. Es raro conocer a personas tan sinceras.
—¿Crees que soy sincero? —preguntó Beau.
—Sé que lo eres.
—Oh.
La mano de Edward todavía estaba sobre la suya, en la palanca de velocidades, y la dejó ahí todo el camino. Era agradable. Jamás le había gustado tanto el frío como en ese momento. Quizá, pensó, Forks no estaba tan mal. La constante lluvia, el frío… había algo magnífico en todo eso. Edward le dio un pequeño apretón.
NA. El poema que he estado citando es "A primer for small weird loves" de Siken. Ojalá les haya gustado el cap! Recuerden cuidarse mucho y usar cubre bocas uwu
