Capítulo VI
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Beau suspiró. Al llegar a casa, Edward le había ofrecido recogerlo al día siguiente, pero Beau había hesitado.
—No estoy seguro de que… sea muy buena idea.
Beau no quería decirlo, pero ahora sabía que eso no importaba, Edward podía ver a través de su miedo: las miradas, los murmullos. Beau odiaba ser el centro de atención y, aún más, no sabía cómo explicarle esto a Charlie.
—¿Tienes miedo de que se moleste contigo? —Edward preguntó.
—No es eso… Sé que no estoy haciendo nada malo, ¿sabes? Es sólo… Charlie tiene algunas ideas que…
—Entiendo, —dijo Edward, solemne. —Al menos… déjame invitarte a salir el sábado. Podemos ir a donde quieras.
—¿Como una cita? —preguntó Beau. Nunca había tenido una cita. No una con un chico que le interesara. En Phoenix había salido con un par de chicas. Incluso las había besado, por el bien de las apariencias, pero eso sólo lo había conducido hasta su límite. Las sirenas resonaron en su cabeza, antes de empujar la idea fuera de su mente. Ahora que sabía que Edward podía escucharlas también, estaba decidido a no mostrarle lo peor de él. Además, no era algo en lo que quería pensar, no cuando estaba tan feliz, no cuando por fin iba a tener una cita.
—Sí, como una cita, —dijo Edward, inclinándose para besar su mejilla antes de irse. En un instante, Edward había desaparecido. Ah, esa clase de rapidez era a la que se refería, pensó Beau, entrando a la casa.
Sus pantalones estaban cubiertos de lodo y, probablemente su cabello no lucía muy bien, pero hacía tiempo que no se sentía tan bien. Edward le había besado la mejilla y, por alguna razón, ese gesto se sintió más íntimo que el beso que se dieron en el bosque. Se sentía como una promesa.
De haber vivido hasta sus veintes, Edward habría cortejado a su futura esposa como era digno de un caballero; habrían paseado por los parques acompañados de un chaperón o asistido a los bailes juntos y, después de unos meses, Edward habría hablado con sus padres, para pedir su mano en matrimonio. Se habría casado con una señorita de sociedad y habrían tenido un par de hijos en sus primeros años de matrimonio. Habría tenido una vida perfecta, pero Edward habría envejecido pensando en que había algo que le faltaba y sin saber qué era.
Desde su transformación, siempre se había visto a sí mismo como un monstruo, pero hoy, mientras corría de regreso a casa, se sintió profundamente agradecido con Carlisle, por ayudarlo a vivir lo suficiente para descubrir este sentimiento.
De acuerdo, la libertad que tendrían sería moderada. Incluso en pleno siglo XXI, Beau estaba preocupado por lo que diría su padre. Había lugares en los que podrían ser libres, lugares en las que incluso podrían casarse. Pero Forks era un pueblo pequeño cuando se trataba de estas cosas, y el prejuicio podía llegar a ser un monstruo aún más grande que su propia especie, porque se propagaba rápidamente y no necesitaba de mucho para encender los ánimos, para provocar la violencia. Tenía que asegurarse de mantenerse alerta, pensó, de tener un oído puesto en Beau, en caso de que estuviera en peligro. Este pueblo era la boca del lobo, era las garras y los dientes, también. Entre Forks y Vancouver había 416 kilómetros de distancia, pero al escuchar las ideas de cierta gente, le hacía pensar que estaban mucho más lejos.
Al entrar, Alice lo recibió con un abrazo. Era raro que algo lo tomara por sorpresa, en especial cuando estaba pensando con tanta fuerza, pero había estado distraído, y el precio era tener los brazos llenos de su pequeña y entusiasmada hermana. Estaba pensando demasiado rápido para que él comprendiera todo, pero al alzar la vista y encontrar a toda la familia esperándolo, pudo intuir de qué se trataba, en especial cuando, al separarse de Alice, fue Esme quien lo abrazó.
Felicidad, eso era lo que había en su mente.
—Alice nos lo dijo, — murmuró ella antes de separarse. Sí, eso podía ver.
—Ahora todo tiene sentido, —fue lo que dijo Rosalie, con una media sonrisa. Edward rodó los ojos. Era difícil mantener secretos en esta casa. Al primero que buscó deliberadamente fue a Carlisle. Después de todo este tiempo, todavía buscaba su aprobación.
—Es un buen muchacho. Me alegra que por fin encontraras a alguien que te haga feliz, —dijo él.
Edward asintió. Jasper no dijo nada, pero sabía que no le molestaba. Emmet estaba sonriendo de oreja a oreja y, francamente, prefería ignorar lo que estaba pensando en ese momento.
Era afortunado, pensó, por tener una familia como esta.
—Deberías traerlo algún día, —dijo Esme. —¡Podríamos cocinar algo para él!
Edward rodaría los ojos si no se sintiera tan conmovido. No todos tenían su suerte, no necesitaba escuchar qué pensaba Beau para saber que Charlie estaba chapado a la antigua. Un jefe de policía blanco en un pueblo pequeño.
—Tal vez, uno de estos días. Le preguntaré, —dijo Edward, porque no era capaz de decirle que no a Esme y, además, una parte de él quería presentarle a sus padres formalmente. También quería presentarse con Charlie, pero eso tomaría más tiempo.
Le había tomado una gran fuerza de voluntad no correr hacia él cuando lo vio en el estacionamiento, pero Beau logró contenerse. Eric estaba repartiendo los volantes sobre el baile y, a pesar de odiar ese tipo de cosas, se le ocurrió que sería agradable poder ir con Edward. Usar un traje, comprarle flores, bailar lento con él…
Edward lo estaba mirando fijamente con una pequeña sonrisa en los labios. "¿Escuchó eso?", se preguntó, pero su asentimiento fue suficiente. Diablos. Tenía que hacerse mejor en esto. "Quiero decir… ¿si tú quieres? ¿Es poco romántico invitar a alguien a un baile vía pensamientos?", preguntó, tratando de ocultar su propia sonrisa.
—¡Arizona! ¡Ahí estas! —Eric apareció frente a él, ofreciéndole un afiche. —Vas a venir al baile, ¿verdad?
—Yo… sí, tal vez vaya, —Beau asintió, tomando la copia.
—Te va a encantar el tema, apuestas, luces, Art Nouveau. Será muy divertido, tú y Jessica se lo pasarán muy bien.
—¿Perdón? —preguntó Beau, frunciendo el ceño.
—Tú y… ¿Jessica? Todo el mundo dice que irán juntos —dijo Eric. Ya había escuchado algo similar antes, pensó. Mike había dicho lo mismo. Seguramente alguien estaba inventando rumores. Como se la pasaba pegada a él durante el almuerzo, era probable que alguien hubiera pensado otra cosa.
No importaba, podía hablar con Jessica más tarde para aclarar el asunto antes de que ella se molestara también. Dentro, la campana sonó y todos comenzaron a entrar a sus salones.
Beau no sabía que una persona podía sentirse tan feliz y tan irritada al mismo tiempo. Por un lado, estaba saliendo con Edward. Cada que lo pensaba, su corazón se aceleraba. Todavía había muchas cosas que no sabía sobre él, y Beau no podía esperar a descubrirlas. Esa era la mejor parte, pensó, llegar a conocer a la persona que te gusta mejor que nadie más, tener el privilegio de conocer cosas que le oculta al resto del mundo, menos a ti.
Por el otro, Beau estaba comenzando a cansarse de escuchar a todos hablar sobre él y Jessica. Era irritante escuchar los murmullos, las preguntas de sus amigos, los comentarios. Le daban ganas de gritar de frustración. Ayer había decidido mantener su relación con Edward un secreto por el bien de los dos. No quería causarle problemas a Edward y, la perspectiva de Charlie escuchando los rumores lo aterraba. Pero esto era demasiado. Ya era suficiente tener que lidiar con los comentarios de su padre todo el tiempo para tener que llegar a la escuela y escuchar la misma basura.
Era una de las muchas cosas que extrañaba de Phoenix. Al menos allá podía hablar con su madre de estas cosas, pero tampoco quería llamarla para quejarse. Le diría que volviera y… Beau no quería volver, no para siempre, no cuando había alguien con quien quería estar.
Para la hora del almuerzo Beau estaba decidido a hablar con Jessica para que ambos terminaran con los rumores juntos. Mike se veía tenso, pero eso era comprensible, después de todo, él había querido salir con Jessica.
El problema fue que, cuando llegó al comedor, escuchó algo que le revolvió el estómago:
—No sé, creo que sería mejor si Beau y yo usáramos azul, no creo que el púrpura sea su color.
En primer lugar, Beau se veía fantástico en púrpura, en segundo, la persona que estaba esparciendo los rumores, para su sorpresa, era Jessica. Sentada en medio de la mesa, rodeada de varias chicas que compartían risas y opiniones sobre sus vestidos, Jessica estaba abiertamente sobre cómo Beau la había invitado la semana pasada, al salir de clases.
Beau estaba furioso. Si se tratara de un chico, Beau lo habría abofeteado, pero eso sólo le traería muchos más problemas en esta situación, así que decidió acercarse. "Respira," se dijo, podía sentir su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho.
—¿Disculpa? —dijo Beau, abriéndose paso entre el grupo de personas.
—¡Beau! ¡Ahí estás! Les estaba contando a todos sobre los colores que deberíamos usar para la graduación. Quiero combinar contigo.
—¿Quién dijo que íbamos a ir juntos?
—Yo lo decidí, bobito. Sé que eres demasiado tímido para preguntarme tú mismo, así que ya me he encargado de todo por ti, sólo tienes que comprarme un corsage bonito y…
—¿…Estás loca?
De pronto, todo el comedor guardó silencio. Beau no se había dado cuenta de que había alzado la voz más de la cuenta. Su rostro estaba pálido y nunca se había sentido tan enojado.
—¿Beau? —preguntó Jessica, como si le sorprendiera que estuviera molesto.
—No te pregunté porque no quería ir contigo, —dijo él, firme.
—¡Que no querías…! ¿Entonces por qué siempre me estás tomando de la mano durante el almuerzo?
—¡Tú eres la que se pasa tocándome todo el tiempo!
Esto era ridículo. No podía creer que estaba escuchando esto. ¿Qué tan inmadura podía ser una persona?
Unas mesas más allá, Edward y sus hermanos estaban levantándose. No necesitaban ver el futuro para saber que algo malo estaba a punto de pasar, todos menos Beau. Él estaba demasiado ocupado abriendo y cerrando los puños.
—¿Qué tan egoísta puedes ser? No puedes hacer eso, tratarme… tratarme como un pedazo de carne. Sólo porque somos amigos, no significa que estoy obligado a hacer todo lo que tú quieras. ¡Ni siquiera me gustan las mujeres!
Todos a su alrededor guardaron un silencio tenso. La única voz audible fue la de Jessica:
—Beaufort… ¿qué quieres decir?
—¡Que soy gay! ¡Soy gay, maldita sea! Y mi nombre es Beau, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? —exclamó, sacudiendo la cabeza.
Todo este endemoniado pueblo, todo era igual. Cuando Billy iba de visita le preguntaba si ya tenía novia, cuando estaba con Jacob y los muchachos, todos hablaban de chicas… en el restaurante, en la estación de policía, en la escuela. En todas partes. Todos eran iguales, preguntándole si le gustaba alguna chica, si necesitaba concejos para conquistar a alguien. Estaba harto. Antes podía quedarse callado, pero ahora… esto no era un insulto sólo para él, sino para Edward, también. ¿Cómo se atrevía ella a decir que él la había invitado cuando ya tenía a alguien? ¿Cómo pretendía que aguantara esa- esa falta de respeto?
—Me largo de aquí… —murmuró Beau. Estaba tan enojado que podría llorar, pero se reusaba a dejarlos ver. Se reusaba a mostrarles a todos su corazón desnudo, así que salió corriendo de la cafetería mientras podía. No quería quedarse a verlos despertar del shock, no quería escuchar los murmullos, los insultos.
"Por favor, no me sigas. No me sigas. No me sigas. Quiero estar solo. No vengas" Pensó Beau, una y otra vez.
