Capítulo 7

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—No es tan malo como crees.

Beau alzó la vista. Alice estaba sentada a su lado.

Luego de salir corriendo del comedor, Beau había corrido al estacionamiento. No tenía intenciones de regresar a clases por hoy, de todos modos. No estaba listo para enfrentarse a todos.

—Quiero decir, fue una sorpresa que ese fuera el camino que decidiste tomar, pero… en un par de meses te sentirás aliviado de haberlo hecho. Además, puedes sentarte con nosotros mientras te acostumbras.

Alice le puso una mano en la espalda. Era reconfortante, pensó, tener personas que se preocuparan pro él así. Tiró de las mangas de su sudadera, cubriéndose las manos hasta los nudillos.

—No sé en qué estaba pensando. Estaba tan molesto… Fue un impulso.

—Todo va a estar bien, ya lo verás —dijo ella, con una sonrisa encantadora. —Deberías ver a casa con nosotros. Esme está ansiosa por conocerte.

—¿Quién?

—Oh, nuestra madre. Estoy segura de que conoces la historia, ¿cierto?

Beau había escuchado sobre las adopciones, así que asintió.

—Te gustará. Vengan el fin de semana.

—Oh… uhm. Yo… tengo planes para este sábado, —admitió Beau.

—¡Antes de su cita, entonces! O después. Sea como sea, vendrán. Será divertido, —dijo ella, levantándose.

Beau asintió. Tenía la sensación de que Alice no le estaba preguntando.


Al llegar a casa, Charlie ya estaba ahí. Beau se congeló en la puerta. De inmediato se le ocurrió que alguien de la escuela les había llamado a sus padres con la noticia. Los chismes volaban rápido en los pueblos pequeños.

—¡Beau! ¿Qué tal la escuela? —preguntó Charlie. Nada parecía fuera de lo normal. Quizá su paranoia era infundada, pensó.

—Bien.

—Hoy es mi día libre, estaba pensando que podíamos salir a comer algo en lugar de cocinar.

—…Seguro. Hace tiempo que no salimos, — dijo él, tomando un respiro. Desde que había regresado de Arizona, Charlie tenía momentos en los que casi parecía interesado en su vida. Hacía preguntas sobre sus amigos, sobre sus notas y sobre… chicas. Tenía buenas intenciones, Beau lo sabía, pero siempre que hablaban, Beau no podía dejar de sentir que le estaba mintiendo.

—Todas las chicas lindas ya tienen novio, papá. No pienso meterme en problemas por eso.

En un pueblo tan pequeño como Forks, esa respuesta nunca fallaba.

—Deberías ir a visitar a Jacob en la reserva, quizá haya alguien ahí que…

A veces, había algo oportuno que lo hacía evitar escuchar a Charlie: el agua del café comenzaba a hervir, la mesera llegaba con su comida o incluso fingía que había olvidado algo en la cocina.

Era más fácil cuando sólo hablaban por teléfono de vez en cuando. Entonces, cuando Charlie le preguntaba si tenía novia, él podía decir que sí. En lo que a su padre respectaba, Beau había tenido una relación de dos años y medio en Phoenix con una chica llamada Allison (el nombre lo había sacado de la portada de una revista). Pero ahora, viviendo aquí, era difícil hacer eso, y Beau consideraba que mentir por omisión también contaba como mentir.

Al dejar su mochila y tomar una chaqueta, Beau se preguntó qué pasaría si Charlie se enterara de Edward. Probablemente no muchas cosas cambiarían. Charlie se la pasaba trabajando todo el tiempo, y Beau pasaba mucho tiempo solo en casa. En Phoenix, René se había reusado a dejarlo solo después de su… incidente. Así que Phil se iba a jugar y ella se quedaba en casa, con su hijo inestable, y suspiraba al colgar el teléfono. Beau iba a la escuela para encontrar un platillo nuevo sobre la mesa. A veces, los inventos de su madre funcionaban, pero no siempre. Beau siempre terminaba su plato, de todas formas. No soportaba romperle el corazón a su madre. Fue por eso por lo que decidió ir a Forks. En septiembre cumpliría los dieciocho años y podría conseguir un empleo en alguna parte, quizá iría a alguna universidad comunitaria luego de graduarse y después… ¿qué haría? No se le había ocurrido que no tenía ningún plan para el futuro. Cuando era un niño pequeño, Charlie había esperado que fuera policía. Al cumplir los once, su madre había esperado que fuera un bailarín profesional, pero le faltaba la coordinación suficiente.

El subir al auto de su padre, tiró de las mangas de su chaqueta, cubriéndose las manos hasta los nudillos mientras pensaba en qué quería hacer. Sus notas eran buenas, lo suficiente para ganar una beca si se lo proponía, pero fuera de la escuela y cuidar de sus padres, Beau no tenía ningún pasatiempo. No desde hace mucho tiempo. Quizá… algo relacionado con la literatura. Le gustaba leer, después de todo.

Al llegar a la cafetería, Beau pidió patatas fritas y una malteada. Había tenido un largo día y quería comer algo que lo reconfortara. Cuando era niño, su madre le hacía pescado frito con papas, pero Beau no soportaba el sabor de la carne, ya no, al menos.

—Puedo… —comenzó Beau. —¿Puedo salir con un amigo mañana?

—¿Un amigo? ¿Qué amigo? —preguntó Charlie.

—Es… Edward Cullen. Lo conociste el otro día, ¿recuerdas?

—Ah, sí… el hijo del doctor Cullen. Me dijeron que él fue quien te acompañó de camino, ¿no es así? Buen muchacho, —dijo Charlie. Beau trató de ocultar su sonrisa.

—Sí, lo es.

—No veo por qué no. El Dr. Carlisle es uno de los mejores especialistas del país. Es lo suficientemente bueno para trabajar en los hospitales más lujosos del condado, pero él prefiere ayudar a la gente. Si su hijo es la mitad de bueno que él, entonces el hijo es el doble de bueno que cualquier muchacho de preparatoria.

—No sabía que conocías tan bien a los Cullen.

—En mi línea de trabajo, es imposible no tratar con doctores, Beau. Son buenas personas, los Cullen, me da gusto que te hagas amigo suyo. Te mantendrá alejado de los problemas.

Beau pensó que eso no era necesariamente cierto, pero no quiso corregir a su padre.


Edward lo recogió el día siguiente a medio día. Beau se había esforzado en vestirse bien: se puso unos jeans oscuros y una camisa de botones junto con una chaqueta azul. No era elegante, pero era lo mejor que podía hacer. Hoy iba a conocer a los padres de Edward. Era algo… pronto para eso, y estaba tan nervioso que sentía náuseas. Se dijo que no era para tanto, de todos modos, ya conocía a casi toda la familia.

—Será rápido, lo prometo. Esme tiene ganas de conocerte, —había dicho Edward, por teléfono. Beau no se había negado, por supuesto.

Hoy era el día libre de Charlie, así que salió de la casa antes de que viera el Volvo estacionado frente a la casa. Edward estaba de pie, esperando por él fuera del auto, y Beau tuvo que suspirar. Una parte de él se sentía nervioso sólo de verlo, pero la otra quería correr a él y abrazarlo. Charlie estaba ocupado limpiando sus armas del trabajo, así que se lanzó a sus brazos tan pronto estuvo afuera. Sabía que no era seguro, hacer algo como esto a mitad del camino, pero no le importaba. Ayer había sido terrible y ahora… ahora se sentía seguro.

Había evitado a Edward desde que explotó en la cafetería, hasta que recibió su llamada por la noche.

—¿Cómo te sientes? —Fue lo primero que preguntó, su voz sonaba dulce, paciente.

—… Bien, cansado. No esperaba… hacer eso hoy, pero… de cierto modo es un alivio.

—Alice dijo que todo estaría bien, —le recordó, como si eso fuera un consuelo. —Si no quieres salir mañana, lo entendería…

—No, no, quiero salir. Me hará bien distraerme.

—Hablando de distracciones… Alice mencionó que te invitó a venir. ¿Te gustaría conocer a la familia, oficialmente?

Así que aquí estaba, tomando un poco de aire antes de entrar a la pequeña mansión en la que los Cullen vivían. Charlie decía que el Dr. Carlisle no hacía mucho dinero en el hospital, pero este lugar gritaba todo lo contrario. El diseño era mucho más moderno de lo que esperaba para Forks, y se confundía fácilmente con el entorno. Era una construcción agradable, pensó. Edward le tomó la mano y entraron juntos.

Dentro, todo era tan elegante como el exterior. Cuando Beau pensaba en vampiros, imaginaba castillos góticos y telarañas. Esto no se parecía en nada a los libros. El interior tenía un diseño moderno, pero conservador. La sala era amplia y, al atravesarla, una apertura en la pared conducía a la cocina, donde encontró al resto de la familia.

El Dr. Carlisle estaba de pie frente a la estufa mientras una mujer castaña cortaba vegetales. Era contradictorio, pensó, ver a una mujer tan hermosa hacer algo tan ordinario. Como ver a la Ofelia de Millais lavando la ropa. Y, aun así, había algo cálido en la forma en la que se movía, toda ella era delicadeza, elegancia, igual que Edward y el Dr. Cullen. Ella debía de ser Esme, pensó Beau, tragando en seco antes de dar un paso adelante.

—¡Beau! —exclamó ella, limpiándose las manos con un trapo antes de acercársele. —Qué bueno que ya están aquí, los estábamos esperando.

—Nos has dado una excusa para estrenar la cocina, —dijo Carlisle desde la estufa. Beau no podía recordar la última vez que había visto a Charlie cocinar. Su madre a veces preparaba platillos experimentales, pero por lo general Beau prefería encargarse de las comidas. Había aprendido a cocinar desde que se mudó con su madre a Phoenix y ella comenzó a trabajar. Beau había tenido que aprender por necesidad; además, le gustaba ayudar en la casa. Cuando René llegaba cansada del trabajo, Beau estaba orgulloso de servirle un plato de estofado y presentarle la casa limpia.

"No sé qué haría sin ti," le decía su madre, y Beau tampoco sabía qué haría sin ella. Cuando conoció a Phil, las cosas fueron un poco más sencillas, porque ella dejó de trabajar tantas horas, pero Beau sabía que ella no era feliz quedándose en casa con él, vigilándolo.

Ver al doctor Carlisle y a su esposa cocinar para él era… conmovedor. En ese momento, Beau decidió que, sin importar el sabor, se lo comería gustoso y pediría doble porción de todo. Por supuesto, no tenía que preocuparse por eso, porque todo olía delicioso. En la esquina de la cocina, había cajas apiladas de diferentes utensilios: sartenes, un juego de cuchillos, un extractor, una licuadora… no podía leer el resto, pero saber que esta familia que ni siquiera lo conocía se había tomado tantas molestias por él le removió el corazón.

—Espero que tengas hambre, —dijo Esme, trayéndolo de regreso a la realidad. Beau asintió rápidamente.

—Olvidé desayunar.

—Eso no es bueno para ti, pasar largos tiempos de ayuno puede dañar tu estómago.

—Entendido, doc, —dijo Beau, sonrojándose ligeramente, pero tenía una sonrisa en los labios. No había nada de qué estar nervioso, se dijo, ignorando la forma en que Edward lo estaba mirando, como si acabara de descubrir algo que no sabía, algo importante, pero Esme lo notó.

—Pasa, siéntate, —dijo Esme. —Edward nos ha contado mucho sobre ti.


Beau había descubierto ese día que los vampiros no comían.

—La comida humana sabe como arena, es desagradable, y el organismo no puede retenerla mucho tiempo, —explicó Carlisle. Beau asintió. Era extraño, ser el único que comía, pero había algo más en las miradas de la familia, y Beau no pudo evitar preguntarse si esta era, de alguna forma, un modo de revivir su pasado como humanos: ver a alguien comer y tratar de recordar cómo sabía todo. Era una tragedia, en realidad, vivir tanto tiempo y no poder comer nada. Beau jamás podría ser un vampiro, pensó. Ni siquiera era como si le gustara tanto vivir… siendo un alumno de preparatoria. Sería muy aburrido repetir año una y otra vez.

Beau miró a Edward de reojo y suspiró, aliviado. Era difícil, mantener ciertos pensamientos al margen. Todos tenían pensamientos intrusivos de vez en cuando, ¿cierto? No tenía por qué significar nada.

—Lo lamento mucho, —dijo Beau. —No me puedo imaginar lo difícil que debe de ser acostumbrarse a todo eso… Aunque tienen una familia muy grande, ¿no es así? Quiero decir, ¿no es lo que… lo que siempre buscamos? La familia a la que podemos elegir.

Beau estaba esperando entrar a la universidad para poder distanciarse de sus padres, para ser él mismo sin tener que escuchar el mismo discurso de siempre, las mismas preguntas de siempre. ¿Por qué no tienes novia? Deberías invitar a alguien a salir. Era agotador.

—Oh… ¿dije algo malo? —, preguntó Beau, al notar las miradas de todos sobre él.

—No, en lo absoluto. Es sólo que…— dijo Carlisle.

—Es la primera vez que escuchamos algo como eso. Alice tenía la impresión de que… de que esta es la clase de vida que te gustaría tener, —explicó Edward, sin mirarlo a los ojos.

—¿Por qué querría eso? — preguntó Beau, curioso. No era algo que había pensado, en realidad, pero le bastaba pensar que no sería capaz de comer sin sentir náuseas para sentirse desalentado por la idea. Ni siquiera había probado su primer trago y no era como si la perspectiva de vivir para siempre le atrajera demasiado. Claro, había la posibilidad de compartir ese tiempo con Edward, pero ni siquiera sabía si iba a funcionar. A penas estaban comenzando a salir y, a pesar de lo mucho que lo quería, no podía dejar de pensar en que… el amor no es para siempre. Ni siquiera es la parte más importante de una relación. Si Carlisle y Esme habían durado tanto tiempo juntos era porque los unía algo más allá del amor, ¿no es así? Se entendían el uno al otro.

Volteó a ver a Edward, pero esta vez había alivio pintado en su rostro y lucía menos tenso. Por impulso, Beau alzó la mano y tomó la de Edward. Estaba fría, como siempre, pero él la estrechó suavemente, llevándosela a los labios para besar sus nudillos. Sus labios estaban fríos, también. Como un muerto.


Después de comer y recorrer la casa, él y Edward habían subido al coche para salir a pasear fuera del pueblo. Hicieron una parada en una librería y después compraron un chocolate caliente para Beau.

Pasearon tomados de la mano y, por primera vez en su vida, Beau se sintió como un joven normal. Como un adolescente en una cita en lugar de un joven adulto, pendiente de su madre o un desperdicio de espacio. Era una sensación nueva, pero le gustaba. Con Edward podía relajarse y dejarse llevar.

—¿Lo extrañas? —preguntó Beau, de pronto.

—¿Mhm?

—Ser humano. Hace un rato… parecías un poco incómodo. ¿Extrañas ser un humano?

—…Sí. Todo el tiempo.

—¿Cómo es que terminaste así, de todos modos? ¿Te atacó alguien o…?

—Carlisle.

Esa respuesta lo tomó por sorpresa.

—¿Perdón?

—Fue Carlisle quien me convirtió.

Eso era… inesperado. Caminaron hasta un parque y se sentaron lejos de la gente, donde nadie más podía escucharlos.

—¿Cómo pasó? Él no parece… no parece una mala persona, —dijo Beau, y Edward negó con la cabeza.

—En ese entonces, él creyó que me estaba salvando. Carlisle nunca convierte a nadie si no está ya al borde de la muerte. El piensa que esta vida es mejor que nada en lo absoluto.

—¿Y… qué piensas tú?

—Pienso que… es una condena ser un monstruo. Mi alma se perdió en el momento en que él tomó la decisión de cambiarme.

—Pero… ¿eso quiere decir… que ibas a morir? — preguntó Beau. La idea era alarmante de por sí. Edward asintió.

—Cuando era joven… mi padre murió durante la epidemia de la fiebre española… después se contagió mi madre y… yo la seguí. No recuerdo mucho además de la cama del hospital y la voz de Carlisle, prometiéndome que el dolor terminaría pronto.

—La fiebre… pero, eso fue hace…

—Un siglo, sí. En ese entonces tenía diecisiete años.

Beau se cubrió los labios, como para contener un grito. Edward era demasiado joven. La imagen de él, recostado en una cama de hospital, pálido y moribundo… Era trágico. Ver morir a alguien tan joven era realmente trágico, pensó, alcanzando su mano.

—Lo siento mucho…— dijo Beau, sacudiendo la cabeza.

—Hey… tranquilo. ¿Por qué lloras?

—¿Eh? —Beau no se había dado cuenta, pero estaba llorando. Pensar que Alice, Rosalie, Emmet, Esme, Jasper… todos habían tenido una muerte así. Todos ellos, dolorosamente jóvenes, habían muerto y sido traídos de vuelta a la vida. Tenían la edad de Beau y todos estuvieron a punto de morir, y esa idea le revolvía el estómago. Todos ellos parecían buenas personas. Todos ellos habían tenido padres, quizá hermanos. Y lo habían perdido todo.

—Es sólo… la idea de que tuviste que sufrir… que odies tanto haber sido traído de vuelta…— Beau escondió su rostro sobre el pecho de Edward. A su mente venían recuerdos lejanos: agujas en el brazo y camas blancas, el lejano chillido de la ambulancia, la mano calidad de René sobre la suya, y el suave susurro de su llanto.

—Nunca he resentido a Carlisle. Él es más un padre para mí que el hombre que me vio crecer —dijo Edward, suavemente, abrazándolo de vuelta. —Pero ahora sé que, de no haber sido por Carlisle, jamás te habría conocido. Quizá esta no es la vida que elegí, pero… estoy feliz de pasarla contigo.

Beau sonrió, limpiándose el rostro con la manga de su sudadera y alzó la mirada.

Desde la banca en que compartían, ninguno de los dos notó al grupo de rostros familiares que también habían venido a Port Angels, mirándolos fijamente mientras se besaban.