Te quieros

«Ven, ven», le dije,

pero la luciérnaga

se fue volando.


Solo se lo ha dicho una vez, así, con palabras, como se suelen decir las cosas.

Estaban en una cafetería y Kaname estaba enfadado con él porque había asustado a Chizuru y a este se le había caído el café encima de los pantalones nuevos de Kaname. Era el tipo de cosas que solían pasar.

—No sé porque salgo con vosotros, —había dicho Kaname. Lo decía muchas veces, casi como una muletilla, pero esa vez lo había dicho tan serio, fregándose la mancha de los pantalones sin siquiera parecer enfadado, que Yuuki se había asustado sobre la posible sinceridad de la frase.

Yuuki se había apoyado en un de los hombros de Kaname, con la cara al frente, como si estuviera mirando a un punto fijo entre las cabezas de Shuu y Chizuru, pero la mirada puesta en la cara de Kaname.

—Porque en el fondo nos quieres, —le había canturreado, sonando burlón.

Chizuru se levantó de golpe y rápidamente imitó su posición en el otro hombro de Kaname.

—Kaname en el fondo nos quiere, —canturreó también. Mientras, Yuuki cogió unas cuantas servilletas de la mesa y se las tiró a la falda manchada.

—Yuuki, Chizuru, ¡quietos ya!

Chizuru cayó de culo en su silla, pero Yuuki aguantó en su posición. El que sí se levantó fue Kaname:

—Voy a casa a cambiarme.

—Voy contigo para que no te pierdas.

—¿Pero vas a volver, no? —Ese fue Shuu, siempre preocupado.

—Sí, sí.

—Oooh, —continuó canturreando Chiziru. —Si al final será verdad eso de que nos quieres.

Kaname ya estaba a punto de irse, pero paró a darle una colleja.

Con un movimiento brusco, consiguió quitarse a Yuuki de encima cuando ya estaban en la calle.

—¿Y tú que haces siguiendome? ¿Quién os va a querer, con lo pesados que sois?

Yuuki no está seguro como acabó por decirlo, pero con Kaname no está seguro de muchas cosas. A Kaname le vino un escalofrío por la ropa mojada y Yuuki, que había vuelto a apoyar su mentón en el hombro de Kaname, lo notó temblando contra su brazo.

Le hubiera respondido algo como:

—Si nos quieres tú, seguro que encontramos a alguien más.

O también:

—Deberías preocuparte por ti, Kanamegane, ¿cómo vas a encontrar a alguien con esa actitud que tienes?

Y habría continuado reprochándole su gusto por mujeres mayores.

Y le hubiera intentado tranquilizar, mientras él empezaría a gritar, diciendole que no se preocupase, que ellos no le abandonarían nunca.

Se le juntó todo dentro la cabeza mientras él le regañaba, cruzando los brazos y estirando el abrigo para disimular la mancha de café:

—Te quiero, Kaname.

Se le escapó. Esperó por una reprimienda típica de Kaname que no llegaría, pensando en que siempre hacía lo mismo. Decía y actuaba y luego se daba cuenta de las cosas.

Kaname no dijo nada, suspiró, cansado de las tonterías de sus amigos, y hundió las manos en los bolsillos de su abrigo.

Hacía mucho viento, Yuuki pensó que quizás no lo habría oído, con suerte, pero no se lo creyó.

El camino a casa de Kaname fue silencioso y el golpe de la puerta que dió detrás de Yuuki, le aseguró que no solo le había oido, sino que no había ayudado a disminuir su enfado.