Capítulo tres; Travesura realizada.

.

.

La plateada luz de la luna se filtraba por los ventanales de cristal. Era tarde, una hermosa noche tranquila plagada de titilantes estrellas, y perfumada por las trepadoras madreselvas, que envolvían los muros de piedra. La ocasión se prestaba al ensueño, alimentando trémulas fantasías de indecentes pretensiones. Un escenario propicio, una circunstancia como caída del cielo, y por supuesto, como guinda del pastel, el deseo. Puro y fogoso deseo.

La sensación de adrenalina, y el miedo por estar haciendo algo prohibido, que nunca en sus vidas hubieran podido imaginar, no los había detenido en absoluto. La boca de Draco devoraba los labios de Hermione, en un exquisito y profundo beso. Firme, candente, deliciosamente placentero. Invitándola a corresponderlo, embriagado sus sentidos, despertando instintos dormidos.

La mantenía fuertemente abrazada, atrapada entre las viejas estanterías y envuelta por el rico peso de su cuerpo. No los separaba ni un centímetro de espacio. Las manos de Draco se habían colado por el interior de la túnica de Hermione, recorriendo suaves, su figura.

Ella no podía evitar tensarse al sentir aquellas manos cálidas, brindando agradables caricias por sus hombros, sus brazos, su cintura, y casi deteniéndose al final de su espalda.

Draco notaba la tensión bajo su tacto, pasó de sus labios a su cuello, derramando una lluvia de besos que servirían para relajarla. Pero si acaso, Hermione se tensó todavía más, sintiendo el aliento abrasador en su piel. Aquella boca hambrienta por ella, su lengua como fuego líquido, sinuosa y terriblemente lenta, tentadora, provocando, haciéndole temblar las rodillas, sintiendo un irremediable cosquilleo en el bajo vientre, y un vergonzoso ardor entre sus piernas.

Draco volvió a su boca, introduciendo la lengua en busca de la suya. Una mano aún dentro de su túnica, bajó hasta meterse por dentro de la falda. Con las yemas de los dedos, acarició como una vaporosa pluma, la sedosa piel de la cara interna de sus muslos.

Un gemido de sobresalto quedó ahogado por sus bocas, todavía unidas. Ella salió tambaleante de ése dulce trance, y lo empujó con las dos manos. Creyó que había perdido la fuerza para poder apartarlo de ella. Sacudió la cabeza meneándola de un lado para otro.

—¡Malfoy…!, ¡no! —susurró alterada, tratando de que no los oyeran —¡Merlín…!, ¿¡qué estamos haciendo!?. ¡Si nos descubren…!

—No lo harán… —respondió despreocupado, pero en tono serio—, yo no diré nada, y estoy seguro de que tú tampoco.

—¡No, Malfoy!, ¡no se trata solo de eso!, ¡cualquier persona podría haber entrado aquí, y habernos visto!.

—Muy poco probable, Granger. ¿A quién se le va a ocurrir venir a una biblioteca, pasada la media noche, y en busca de qué? —Hermione pensó enseguida en Harry y en Ron, siendo un par de mocosos envueltos en la capa de invisibilidad, buscando libros prohibidos. Se llevó la mano a la boca, imaginando lo que habría ocurrido, si sus amigos la hubieran pillado con Malfoy.

—¡No…!, ¡no, no, no!, ¡no puede ser!, ésto… est, ¡ésto no ha pasado!, ¡no ha pasado!, ¡ha sido…! —Sí, ¿qué había sido?— ¡una confusión!, eso es… —trató de convencerse, casi sudando.

—¿Una confusión? —rió Draco, con ironía —. Pues vaya confusión más placentera… —continuó, con una mirada traviesa, y una sonrisa burlona.

—¡Malfoy!, ¡lo estoy intentando arreglar, y no estás ayudando! —se quejó Hermione, que de repente tenía unas atroces ganas de llorar —, ¡ésto no ha pasado!, ¿de acuerdo?, lo olvidaremos y no lo volveremos a mencionar jamás…

Draco había perdido la sonrisa, y con gesto de desagrado volvió a acorralarla contra la estantería, agarró su barbilla y le alzó la cara, obligándola a mirarlo.

—Dime que me aparte… y me aparto—le indicó furioso—. ¡Vamos!, ¡dime qué te deje en paz… y no vuelvo a mirarte, en toda tu vida!, ¡venga…!, porque es eso lo que realmente quieres… ¿¡no!?.

Hermione sintió sus ojos llenarse de lágrimas, y rompió en sollozos. Supo aterrada, que no podía. Los besos de Draco la habían desarmado por completo. No era la primera vez que la habían besado, el primero había sido Víctor Krum. Su formalidad le había gustado, pero resultó demasiado tibio, demasiado indeciso... no sentía con Krum, lo que se tenía que sentir. El segundo había sido Mclaggen, con unas prisas y unas formas demasiado bruscas, había sido evidente su falta de tacto y su poca consideración.

Ahora estaba asustada, Draco Malfoy le había hecho sentir con unos pocos besos, que flotaba en el aire, que se derretía de pasión, que disfrutaba de su boca y sus caricias. Que anhelaba estar entre sus brazos. Se sentía furiosa consigo misma, derrotada, traicionada por su propia mente y las rápidas respuesta de su cuerpo.

Lloró en silencio tapándose la cara, contemplada por Draco, que esperaba paciente a que se tranquilizara un poco.

—Sé que eres lo bastante inteligente… para entender que ésta posibilidad, cabe.

—¡No! —Draco la miró con diversión.

—¿No…?, pues se te da muy mal fingir… que no te agrada.

—¡No seas cínico, Malfoy!, esto no está bien —alzó su dedo acusador, para señalarlo y lo golpeó en el pecho —, ¡tú sabes perfectamente que esto no está bien!.

—¿Porque eres impura y yo no? —contestó, con sorna. La mano de Hermione se asestó en su mejilla, en una sonora bofetada. Draco la observó sin ápice de amabilidad, con la pálida piel marcada, y la mirada oscurecida.

—¡Porque somos enemigos!, ¡porque somos rivales!, ¡porque nos odiamos, Malfoy! —le inquirió con rabia.

—Pues es evidente que somos capaces de odiarnos… con verdadero placer. No te atrevas a negarlo. Los dos lo hemos disfrutado.

—Ha sido un error… —contestó más para ella, que para Draco, sintiendo un horrible remordimiento.

—Pero ha sido un error que te ha gustado —De nuevo la atrapó con su cuerpo, rodeándola con sus brazos, haciendo imposible que pudiera huir. Bajó la cabeza a punto de besarla otra vez, y repitió las mismas palabras a centímetros de sus labios —Dime que me aparte… y te juro que me aparto, Granger…

Sintiendo su corazón latir a mil por hora, y el hecho innegable de haber perdido la batalla, fue incapaz de decir nada. Había enmudecido y supo en ése instante que estaba perdida.

Draco aprovecho ésa debilidad para volver a devorarla, con ansias, con gula, abandonándose a la sensación de triunfo.

La abrazó de una manera distinta, más seguro de lo que hacía sabiendo que ella no lo iba a rechazar. Obtuvo todo lo que quiso, colmó la necesidad que lo estaba volviendo loco, saboreó cada minuto casi robado, entusiasmado con su nuevo trofeo. «No será una más, añadida a mi lista de conquistas» pensó, consciente de la extraña situación. «No, definitivamente no es una más… ésta es una victoria muy diferente»

Se separó un poco de ella, para poder coger aire. La contempló con una expresión reflexiva, intrigado, tratando de descifrar sus pensamientos. Ella mantenía los ojos cerrados, no quería mirarlo. No podía.

—Es tarde —le oyó decir —, será mejor que nos vayamos ya, a dormir. Mañana tendremos que acabar lo que no hemos hecho hoy… —se quejó, contando todas las estanterías que quedaban sin limpiar.

—¿Por qué me haces esto, Malfoy?, ¿por qué a mí…?, nunca te he agradado, nunca me viste con otros ojos que no fueran de desprecio.

—Ahora es diferente. He cambiado de opinión. ¿Por qué lo hago? —Draco pensó su respuesta, antes de encogerse de hombros—, lo hago porque quiero, y porque he descubierto que tú también…, ¿por qué tú? —la contempló detenidamente de la cabeza a los pies— pues no sé porqué, yo tampoco le encuentro mucho sentido, solo sé que me apeteces mucho, y quise darme el capricho de tenerte.

—Eres un cerdo… —le recriminó con desprecio— Draco río

—Y tú, una hipócrita —susurro malévolo, en su oído.

Ésta vez fue Draco quien salió antes que ella, de la biblioteca. Ella se quedó largo rato sola, a oscuras y con una sensación amarga, de abatimiento. Llegó a su habitación agotada, cabizbaja y confusa, se extrañó al escuchar un insistente picoteo en una de las ventanas. La abrió viendo con sorpresa, un cuervo tan negro como el carbón. En la pata llevaba un pequeño pergamino enrollado, y en el pico un ramillete de olorosas madreselvas. Despidió al ave, teniendo cuidado de no despertar a sus compañeras, y se metió en la cama, con el pergamino;

Ésto es entre tú y yo, nadie tiene porqué saberlo, nadie tiene porqué darse cuenta. Tampoco será el fin del mundo. Ya no somos niños, somos perfectamente capaces de decidir por nosotros mismos qué hacer, y con quién. Sé muy bien lo que piensas, es justo lo que yo pensaba en un principio, pero es algo que nos sobrepasa. Sí, nos sobrepasa y no vayas a ser tan ingenua de negártelo, porque desde luego… es imposible que me lo niegues a mí, después de lo que hemos comprobado.

Tenemos dos opciones, la primera y la más conveniente para ambos, es llevar el tema con naturalidad, y por supuesto, la máxima discreción. Si lo hacemos así, te aseguro que no tendremos ningún problema.

La segunda opción, es olvidarlo todo. Puedes pedir a la señora Pince, que te ponga una hora de limpieza diferente, y así no tendrás que coincidir conmigo. Jamás volveremos a tocar el tema, y todo seguirá como siempre.

Seguramente te decantes por ésta opción, y te concedo el honor de elegir por ambos. En cualquier caso, lo que ocurrió, ocurrió Granger… y ni tú, ni nadie, van a poder cambiar ésa realidad.

Te deseo una plácida noche.

.

Hermione cogió el ramillete de flores, sintiendo la dulzura del aroma. Las olió profundamente y se las llevó al pecho presionándolas como si quisiera fundirlas en su piel. Se acostó en su cama sin poder conciliar el sueño. Revivía en su mente una y otra vez, los besos y las caricias recibidas. Quería volver a llorar, pero no podía, no le salía ni una sola lágrima. «No lo haré, no caeré en su juego. ¡No lo aceptaré!» y con ése pensamiento que se contradecía con muchos otros, se quedó dormida.

Al día siguiente, Draco no vio a Hermione por ninguna parte. No la había visto en el desayuno, ni había asistido a clases. Se sintió como un idiota, temiendo que ella lo hubiera rechazado sin más. Nunca le había pasado nada parecido, y la sensación le era amarga. Estuvo atento a la hora del almuerzo por si la veía junto a Harry o Ron, o quizá con alguna de las chicas de su curso. No apareció por el comedor.

Después de pasarse la hora de descanso maldiciendo mentalmente, para no desconcertar a sus compañeros de casa, en la sala común, corrió a la clase de runas antiguas, ella debería estar allí, pero tampoco la vio. Ni en herbología, ni en pociones. Debería de sentirse realmente mal, para faltar todo un día a tantas clases que consideraba importantes.

Por la noche se arrastró con desgana a la biblioteca. Seguramente ya había pedido un cambio de horario a Pince. Se estaba convenciendo, sintiendo rabia por ella, por sí mismo y por todos sus malditos sentimientos, de que había acabado.

Al llegar allí, agarró el plumero y se dirigió a una de las estanterías polvorientas. Se quedó pensativo, observándolas con los brazos cruzados y una expresión de irreverente asco «Inútil» se dijo a sí mismo.

Se sobresaltó al escuchar que la puerta se abría. Se obligó a controlar la euforia contenida, trató con todas sus fuerzas de no sonreír, viendo a Hermione que avanzaba hacia él.

Estuvo indecisa sobre lo que le iba a decir, pero hizo acopio de valor y le sostuvo la mirada.

—Hoy… no me sentí muy bien, así que pedí permiso para ausentarme. He estado pensando todo éste tiempo en lo que ha pasado entre nosotros… y la nota que me enviaste —suspiró y cogió una bocanada de aire— Yo… acepto el trato —Draco alzó las cejas, y la inmensa sorpresa que sentía se reflejó en su rostro.

—¿Cómo? —preguntó, más a modo de burla, para molestarla un poco. En efecto ella se molestó, y chasqueó la lengua.

—Que acepto, Malfoy.

—Draco —ella abrió la boca, pero no supo qué responder —quiero que me llames por mí nombre. Y de ahora en adelante, cuando estemos solos… yo te llamaré por el tuyo —Los ojos de Draco se habían vuelto cristalinos, sus pupilas dilatadas y brillantes, mostraban un destello de gloria y poder. Hermione asintió lentamente, le pareció que era justo.

—Tenemos mucho trabajo que hacer —se apresuró a decirle, para romper un poco la tensión del ambiente. Se dio la vuelta para ir a buscar un plumero, pero soltó un grito ahogado, sintiendo los brazos de Draco, envolviéndola.

—Puede esperar… —le dijo, rozando su oído con los labios. Aspiró profundamente la fragancia de su pelo, y olió en su cuello, la sutil esencia de las flores que le había regalado. Esbozó una amplia sonrisa, antes de lanzarse a saborear la sensible piel, atrapándola, en el calor ardiente de su boca.

—¡Malf…!, ¡Draco! —susurró, con sorpresa, y las piernas débiles. Él la giró pegándola a su cuerpo, ésta vez, besándola como nunca, con lentos movimientos, luego firmes, con melosa lujuria. Ella correspondió el beso, disfrutándolo tanto como él.

Las manos de Draco volvieron a colarse por dentro de su túnica, pero se sintió más segura, al percibir que no tocaría más allá de lo que ella estaba preparada para darle. Se dejó complacer, lo dejó explorarla extasiado, borracho de gozo.

Ésa noche no limpiaron, llegaron a sus habitaciones pasada la madrugada, con el corazón en un puño, y la emoción desbordando a raudales, por cada uno de sus poros.

Para disgusto de Snape, Draco y Hermione tardaron casi el doble de tiempo que había calculado, cumpliendo el castigo. De vez en cuando, paseaba la mirada por sus mesas, y los había encontrado mirándose de forma extraña. Sólo habían sido instantes, y cuando se sabían observados, apartaban la vista el uno del otro. Sospechaba que tramaban algo, pero luego se recordaba a sí mismo el odio que se tenían, y descartaba las sospechas.

Pansy estaba muy bien informada de los progresos de su mejor amigo. Ella lo escuchaba con burlona curiosidad. De vez en cuando le daba algunos consejos prácticos, que podían servirle de ayuda. A pesar de todas las diferencias existentes, ella también era mujer. Nadie mejor que otra mujer, para entender la psique femenina.

Cuando ya no tuvieron la excusa del castigo de Snape, para verse, fue inevitable que se distanciaran un tiempo. Era peligroso encontrarse a escondidas, los riesgos de que los descubrieran eran altos. A Hermione no se le ocurría ninguna idea que pudiera darles una buena coartada, casi siempre estaba acompañada por Harry, Ron, o algunas de las chicas de su casa. No podía fiarse de que los retratos se quedaran callados si los veían juntos, por los pasillo. El colegio era inmenso, pero el miedo a ser descubiertos, lo era aún más. Ni siquiera se atrevía a sopesar la posibilidad, de ir a la casa de los gritos, era un lugar tétrico y sucio, muy poco agradable para darse el lote con Draco. Desanimada, no le quedaba más remedio que esperar a que algún otro castigo, o proyecto por parejas, los volviera a unir.

Draco, por su parte, ya había pensado en eso. Sabía que al concluir el trabajo de limpieza, tendrían que dejar de verse un tiempo para no llamar la atención. Pansy le propuso prestarle de vez en cuando, el viejo apartamento de su tío. Se encontraba junto Dervish y Banges, una pintoresca tienda de reparación de artículos mágicos, situada en Hogsmeade. Ella tenía una llave para darse alguna que otra escapada, cuando se saturaba de los estudios. Allí también había llevado a sus conquistas, y recordaba satisfecha, lo bien que lo había pasado.

—No lo pienses más, llévala al apartamento de mi tío, está en un pequeño callejón muy poco transitado. Si tenéis cuidado, y sobre todo, si entráis y salís por separado, nadie se dará cuenta de que estuvisteis juntos allí.

—¿Crees que es seguro? —preguntó, dudoso.

—Desde luego. Llegar no tiene pérdida, es paralelo a Dervish y Banges. Al atardecer, cuando cierra la tienda y se van los clientes, nadie suele merodear por la zona. No hay nada interesante que ver.

—No sé… —respondió preocupado, pero ansioso por poder hacerlo— ¿Y cómo lo hago?.

—Fácil, tú te adelantas un par de horas antes de que Dervish y Banges cierre. Te quedas ahí y esperas. Granger puede quedarse visitando algunas tiendas, o tomando algo en Las Tres Escobas. Cuando veas que pasa un buen rato sin haber nadie por los alrededores, le mandas a tu cuervo, con la dirección de la casa.

—Suena excelente… —Draco le dedicó una espléndida sonrisa, agradeciendo el gesto de su amiga.

—Pero ojo, debes estar pendiente al salir. Mejor que lo haga ella primero, cuando acabéis —Draco soltó una carcajada.

—¿Cuándo acabemos qué? —Pansy arqueó las cejas y meneó la cabeza negativamente, riéndose de él.

—¿Aún no habéis pasado de los besos?, por Merlín… Draco, una cosa es ser considerado con ella, que seguramente jamás en su vida la han si quiera, mirado. Y otra cosa es considerar que llegue virgen al matrimonio —terminó de decir a plena risa.

—Qué graciosa… —se quejó, poniendo los ojos en blanco —pero te recuerdo que hablamos de Granger. Granger, ¿te acuerdas de Granger, la Sangre Sucia, mosquita muerta, ratona de biblioteca?. Sí, Pansy, con ella no puedo correr. Es… distinta.

—Cuidado, Draco —le advirtió cambiando el tono, a uno mucho más serio —cualquiera diría, que te estás empezando a enamorar —. Draco resopló y se burló de ella. Él tenía muy claro cuáles eran los límites, que no se podían cruzar.

La siguiente semana había estado marcada por fuertes lluvias, la niebla había imposibilitado los partidos de Quidditch y los entrenamientos. Los alumnos no tuvieron más remedio que recluirse en el Interior del castillo, para evitar posibles resfriados.

Los profesores decidieron no poner demasiados trabajos, ni deberes en exceso, por lo que la mayoría, al acabar la jornada, optó por quedarse en sus salas comunes. Toda una aburrida y tediosa semana, que les dio pocas opciones de esparcimiento, precedió al esperado descanso. El sábado llegó igual de oscuro y neblinoso, que los días anteriores, pero por fortuna las lluvias habían cesado. Todos los alumnos salieron del encierro, a pasar largo tiempo en los jardines. Los equipos de Quidditch se organizaron para practicar, y muchos a los que les habían dado el permiso, corrieron a Hogsmeade a despejarse. No sabían cuando volverían a tener ésa oportunidad.

—Así que es aquí donde traes a tus ligues… —afirmó Hermione, dando un rápido vistazo al apartamento donde había quedado en encontrarse a escondidas, con Draco.

—No. Es la primera vez que vengo aquí. Nunca salí de Hogwarts, con mis "ligues" —Hermione le dedicó una mirada de cierto reproche. No podía evitar sentir celos de las otras chicas que se habían enrollado con Draco.

—¿Ésto es de tu familia? —preguntó con curiosidad.

—No. Es un favor que me están haciendo — Hermione estaba de espaldas a él, observando a través de la ventana, la ligera llovizna que empezaba a caer. Giró la cabeza para ver con más detalle, en dónde estaba.

No era un lugar lujoso. Tampoco pobre. Tenía una cocina abierta, básica, con la hoguera apagada y el caldero en el medio, sin usar desde hacía años. Un salón medianamente amplio, con pocos muebles, un sofá y un sillón antiguos, sobre una alfombra que parecía haber sido costosa en su época. En el medio del salón estaba la chimenea, rebosante de maderas que ardían y chisporroteaban, dándole a la casa, un acogedor toque hogareño. Había un baño pequeño, y ninguna habitación. En un rincón entre a la ventana y la chimenea, había un colchón amplio, bastante cuidado, sobre una espesa piel de oso polar.

Hermione sintió pena al verla, no pudo evitar sentirse compungida por el oso a quién se la habían quitado, pero estaba claro que a pesar de estar bien mantenida, llevaba décadas allí. Las sábanas y el grueso edredón de plumas, lucían nuevos, como si los hubieran comprado a última hora. Cerca del sillón había una pequeña mesita de centro, dorada, con la forma de una estrella de ocho puntas. En ella, unas velas encendidas, un par de copas, y una botella de vino. «Muy romántico… » pensó ella, abrumada. No sabía qué pensar, ni qué decir.

—Me agrada que hayas aceptado venir —le comentó Draco, con esa mirada hambrienta de ella, que empezaba a conocer muy bien. Ella no contestó, volvió a girarse y a observar por la ventana. No sabía cómo sentirse estando verdaderamente a solas con él, en un espacio escogido para estar juntos.

No podía quitarse de la mente, la mirada profunda de Draco, parado frente a ella, esperando su siguiente movimiento. La visión de la cama, confortable y mullida. Los nervios la empezaban a traicionar.

Sintió el cuerpo de Draco en su espalda. Respiró soltando el aire, despacio. Draco le desabrochó la túnica, que cayó al suelo. Una mano se posó en su vientre y la pegó a su cuerpo. Olió su pelo, su cuello y la estrechó con fuerza.

—Me alegro de verte… —susurró, en un tono meloso.

—Yo también me alegro de verte, Draco… —contestó con los ojos cerrados, sujetando los brazos de él, a su cintura.

Draco le dio la vuelta, bajó a sus labios y los devoró en un magistral beso. Hermione rodeó su cuello con los brazos, mientras sentía las manos cálidas del chico, vagar atrevidas por todo su cuerpo, rozando y tocando aquello que hasta ése momento, no se había atrevido.

Ella se sintió arder. Sintió el cosquilleo inconfundible que la hacía temblar y desear más, era demasiado agradable para ignorarlo. Sintió su respiración agitada, y la humedad entre sus piernas.

Pero estaba demasiado nerviosa, no sabía qué esperar, qué aceptar o a qué negarse. Era una ocasión completamente nueva para ella. Necesitaba sentirse segura, saber que podía manejarlo.

—Draco… —pronunció, mientras la seguía besando— ¿qué esperas de mí?.

—Nada que no estés dispuesta a darme —respondió comprendiendo su preocupación. Agarró su cara con las dos manos, y la hizo mirarlo a los ojos—. Todo lo que quieras. Y sólo lo que me quieras dar.

La tarde helada tiñó el cielo de azul oscuro, dando paso a la noche. La calle estaba desierta, sólo iluminada por una media luna y algunos faroles encendidos. Pocos transeúntes se encontraban en el lugar, se dirigían apresurados al calor de sus hogares. Todo estaba en calma en un silencio reinante, interrumpido de tanto en tanto por el silbido del viento.

Desde una ventana se podía ver a través del cristal opaco, la sombra de una pareja que se besaba. Se entregaban el uno al otro, ajenos al mundo que los rodeaba sin importarles nada más. Simplemente eran ellos dos, en una exquisita intimidad, besándose. Amándose…

...