HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
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Tlaxcalteca no parecía contento. Se sentó a la mesa en compañía de España, pero no parecía disfrutar del festín. Algo le preocupaba y no tardó mucho en sacarlo a colación.
— ¿Cuándo cargaréis contra la bruja?
Por supuesto, la "bruja" era Azteca. Cuando alguien captura a su gente, la esclaviza y a menudo la utiliza para ofrecer sus corazones y cabezas a sus dioses, uno no puede decir palabras agradables acerca de ese alguien, y ese era el caso de Tlaxcalteca. España lo comprendía perfectamente.
— Cuando llegue el momento propicio.
— ¿Cuándo llegará ese momento?—Tlaxcalteca se apartó un poco de la mesa, empujando la comida lejos de sí. España creyó que iba a levantarse, pero lo que hizo fue volver la cabeza para toser. No volvió a hablar hasta que sus pulmones volvieron a ponerse en funcionamiento—. Prometisteis...
— Y cumpliré mi palabra—España alzó una mano para apaciguar a su aliado.
— No sé...Parecéis disfrutar demasiado de su compañía...Me preocupa que os convenza de que cambiéis de bando.
— Vos hicisteis juramento de abjurar de vuestros dioses paganos y abrazar la fe verdadera y de convertiros en mi vasallo. Por tanto, sois parte de mi familia y os lo aseguro: la familia es lo más sagrado que hay en este mundo. Mientras forméis parte de ella, no tenéis nada que temer—España estuvo a punto de ponerle por ejemplo el caso de la Malinche, ahora bautizada como doña Marina, una gran dama india gracias a cuyo ingenio y conocimiento de la lengua castellana había pasado de ser una esclava entregada a Cortés a convertirse en su confidente y madre de su hijo, pero probablemente no hubiera servido para que Tlaxcalteca hubiera quedado convencido de su buena intención.
— ¿Entonces?
España sonrió, señalando la comida sobre la mesa.
— ¿Sabéis en qué consiste la fiesta de San Martín?
— Aún no conozco muy bien vuestro santoral.
— Aprenderéis a su debido tiempo. Veréis, en este día, el once de noviembre, el cerdo es el protagonista.
— ¿El cerdo?
— Sí. Sabed que los cerdos son una gran inversión donde yo vivo. Tomáis un cerdo...
(Azteca salió del palacio para ver a qué venía tanto alboroto, por qué sus sacerdotes estaban pidiéndola con tanta insistencia que tenía que salir a ver qué habían encontrado en la jungla. Cuando lo hizo, sintió que su corazón se detenía. Al final de las escaleras, rodeados de personas atónitas, había un grupo de hombres, los hombres más extraños que había visto nunca, de caras pálidas, marcadas por un extraño patrón y armaduras brillantes, montados en monstruos con cascos y crines largas. El más adelantado del grupo era un hombre de cabello castaño, ojos verdes y un atuendo que parecía brillar como el sol. En ese momento supo que la profecía era cierta: el gran héroe mítico Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl había regresado.)
— ...lo cebáis con lo mejor que tengáis, lo protegéis de todo peligro y de los ladrones...
(La india recibió instrucción por parte del mismo España en el uso correcto de las armas. No lo sujetes así, mejor de esta manera. Eso es. Ahora prended la mecha. Cuidado con los ojos y el retroceso. Muy bien. ¿Os habéis hecho daño? No importa. Aprenderéis. Es mejor que usar cuchillos de piedra y cerbatanas, ¿eh?)
— ...lo castráis para que se vuelva dócil y sus fluidos no estropeen el sabor, lo mantenéis en espacios pequeños, con un poco de libertad controlada...
(«No sois dioses, ¿no es cierto?»
«No, no lo somos.»
«¿Por qué me has mentido? ¿Te burlabas de mí?»
«No quería decepcionaros. Y me habéis tratado tan bien...Por favor, decidme que aún podemos seguir siendo aliados. Yo he sido bueno con vos...»
«Hm. Podría perdonarte. Quizás...Si me llevas al lugar de donde vinisteis.»
«¿A Europa? Por supuesto. Un día de éstos. Todos se volverán locos con vos, locos del todo.»)
— ...y cuando llegue el momento oportuno, os tomáis un buen desayuno, invitáis a vuestros amigos y familia, colocáis al cerdo sobre un banco de madera, lo agarráis fuerte y...
(Debería estar celebrando, bailando, alzando la cabeza hacia el cielo para cantar de modo que sus dioses pudieran oírla. Ese sería un buen momento, pues sería vulnerable, estaría distraída. Los tambores dejarían de tocar, cuando aparecieran los españoles. España caminaría en cabeza. Azteca probablemente pida una explicación, pero sus palabras serían silenciadas cuando él alce su arcabuz, directamente hacia ella y...)
¡Pum!, retumbó la jarra de España cuando la dejó sobre la mesa tras dar un largo sorbo.
— Y finalmente sólo tenéis que disfrutar del fruto de vuestro trabajo, la recompensa a vuestra paciencia y cuidado. Chorizo, morcilla, jamón, careta, oreja, rabo, salchichones, longaniza...Incluso jabón. Oh, no dejamos que nada se eche a perder, por insignificante que parezca. Adoramos a los cerdos en mi casa. Para nosotros es el animal más útil. Uno puede comer durante meses de lo que se saca de uno. Por eso el día en que los matamos es fiesta...
España alzó sus brillantes ojos verdes hacia Tlaxcalteca.
— No temáis, amigo mío. A todos los cerdos les llega su San Martín...—a lo cual Tlaxcalteca, tras un segundo de meditación, asintió.
FIN
