Capitulo 12 "Somos casualidad"
"Somo una casualidad, llena de intencion"
̶ Mario Benedetti
Nahia corría a toda prisa por el sinuoso pasillo que desembocaba directamente a la sala de trono. Todos los caminos del gran castillo llegaban allí. Estaba segura de que la muerte los buscaría allí, sabia donde encontrarlos juntos,, pero con suerte solo la hallaría a ella y esperaba que eso fuera suficiente. — La muerte jamás tendrá al Faraon— se dijo así misma— no si podía evitarlo. Ella no cobraría su vida, no tocaría su alma, no iba de ninguna manera a permitir que le hiciera algún daño al Rey, no por sus errores. Si alguien debía partir sería ella. Ella y nadie más. ¡No será él!
Una dolorosa punzada le recorrió el pecho cuando finalmente se detuvó frente al trono. Se miró el pecho por un instante y no pudo creer lo que vió. Sorprendida, observó cómo El filo de una lanza sobresalía de su pecho, negra como el carbón y destellando ligeramente como una estrella moribunda. La lanza subía y bajaba con su respiración agitada y la sangre salía a borbotones en la herida y manchando su ropa. Su vista se redujo a un solitario y oscuro túnel donde solo alcanzaba a ver la silla del trono y se sintió desfallecer. Todo estaba pasando tan rápido, mucho más rápido de lo que procesaba su mente.
¡Nahia! ¡No! ¡No, por favor!, escuchó gritar a alguien, justo antes de darse la vuelta para ver a su atacante por última vez, en su lugar vio al Faraón corriendo hacia ella, sus labios dibujaban su nombre con el miedob y el horroraferrándose a su rostro, ya era demasiado tarde. El suelo abandonó sus pies y La luz se apagó de repente mientras ella se desvanecía en sus brazos.
Nahia se despertó de un tendida sobre la cama con las sábanas enredadas en sus pies y las almohadas desperdigadas en el suelo. Sentía que su corazón estaba a punto de estallar dentro de su pecho. Se levantó con cuidado en la semioscuridad de su habitación y se calzó unas zapatillas. El reloj en su mesita de noche marcaba las seis de la mañana. Había dormido toda la noche o había soñado gran parte de ella. No lo sabia y No quería pensar en el sueño que acababa de tener ni en lo real que había sido.
—Solo es un sueño — murmuró en la oscuridad —solo eso.
Quería salir de allí, la idea de estar atrapada todo el día en la habitación no le ayudaba en nada a pensar. ¿Qué haría ahora? No podía regresar a casa, había decidido terminar sus estudios en Japón porque creía que nada podría pasarle del otro lado del mundo, que sus males no podían perseguirla hasta aquí. Y allí estaban, nuevos lugares para nuevos y especiales horrores. ¿A dónde podía ir? No había lugar donde pudiera esconderse.
Tomo su uniforme y se aventuró fuera de su habitación, si iba a continuar allí al menos haría lo que se suponía vino a hacer. El departamento estaba a oscuras también, apenas iluminado por los primeros rayos del sol.. El viento soplaba aún frío por el amanecer colándose por las ventanas y haciéndolas vibrar. Se apresuró al cuarto de baño y encendió la luz. Un espejo frente a ella le devolvió su propio reflejo. Estaba pálida y ojerosa. Sus ojos verdes parecían saltones en su cara hinchada. Se preguntó si había llorado sin darse cuenta. Desvió su mirada de su reflejo y se metió a la ducha.
Agradecio en silencio el agua caliente que salió de la llave casi inmeaditamente, quitándole el frío nocturno y calentado su cuerpo hasta que le ardió la piel. Estuvo fuera al cabo de unos minutos, y se apresuró a su habitación a recoger sus cosas para sus clases de hoy. Había estado repasando su horario con Tea el día de ayer, justo antes de que llegaran sus amigos. . Pensar en su prima le causó una punzada en el corazón. Aún tenía que enfrentarse a ella. Salió finalmente de su habitación. El departamento brillaba nítidamente con la luz del sol y un olor a café recién hecho y tostadas flotaba en el aire en su camino a la cocina. Tomo aire antes de llegar.
Tea estaba de espaldas a ella, pero podía ver lo que estaba haciendo claramente. Sostenía entre sus manos dos amplías tazas de café al tiempo que las colocaba con cuidado sobre el mesón de la cocina. Tomo una tostada y le dio un mordisco. Entonces fue cuando advirtió su presencia.
—Nahia — dijo algo sobresaltada — yo… hice el desayuno. Hay huevos, tostadas, café y …
—Tomaré una tostada — la interrumpió Nahia acercándose al mesón — y me marcharé enseguida.
—¿Marcharte? ¿A dónde?
Nahia le echo un vistazo a su prima al tiempo que se preguntaba a qué se refería con marcharse. ¿Irse de Japón definitivamente? ¿Mudarse a un departamento lejos de tea y sus amigos? ¿Regresar con sus padres? Ella lucía esa sincera mirada de preocupación que la caracterizaba, todo en Tea era teatralmente sincero, por lo que desvió su mirada.
—Tengo clases en el instituto — respondió evasiva y le dio un sonoro mordisco a la dio la vuelta dirigiéndose a la puerta.
—Nahia — llamó la castaña, su voz queda — Nahia, de verdad lo siento mucho.
Nahia se dio la vuelta enseguida.
—¿Qué es exactamente lo que sientes? ¿Mentirme? ¿Ocultarme todo esto? ¿O el hecho de que no confías en mí tal como mi madre?
La ojiazul palideció. Nahia notó cómo las lágrimas se estaban acumulando en los ojos de su prima y se maldijo por haber hablado.
¿Sabes? Lo cierto es que me tiene sin cuidado…me iré pronto de tu casa.
No, no quiero que te vayas — negó velozmente tea.
No veo por qué deba importarme lo que tú quieras.
Tienes razón, yo no debí…—se detuvo cuando Nahia le restó importancia a lo que decía — por favor, Nahia. No evitare que te marches si es lo que deseas, pero permite … permíteme que te explique porqué lo hice.
No estoy segura de querer escuchar tus motivos —murmuró la chica mirando fijamente a Tea.
Se lo qué pasó con tu hermano — dijo finalmente — mamá me dijo.
Nahia no se inmutó, pero se vio obligada a desviar la mirada por la mención de su hermano. No quería hablar sobre él.
Se que no quisiste hacerle daño — continuó ella —se que es la razón por la que estás aquí y se que mis tíos … ellos no te querían en casa.
No veo que tenga que ver eso con ocultarme lo que estaba sucediendo aquí.
Yo… pasaron muchas cosas entre Yugi, los chicos, el Faraon y yo. Estuve a punto de perder a Cada uno de mis amigos por diversas situaciones, entre ellas magia oscura y ansias de poder. Tuvimos que ir lejos para recuperar las memorias de un rey, luchar contra un monstruo y no perder la vida en el intento — miró a Nahia por un largo segundo — yo no podía hacerte eso.
Entonces ¿Qué? — preguntó Nahia — ¿crees que eso explica algo?
Sabía todo lo que estaba pasando, Nahia, sabía que yo era la única persona a quien le confiabas tus secretos, sabía que sufrías cada día, que odiabas cada instante que no podía controlar lo que sucedía a tu alrededor, por eso yo no podía decirte que nada era normal desde que el abuelo de Yugi le entregó el artículo del no quería hacerte daño Nahia, yo no podía involucrarte y ser responsable de lo que causaría.
La pelirroja miró a su prima por un momento. Sus ojos claros y azules reflejaban la misma tristeza que ella sentía.
—¿Causaría que? —inquiriio en un susurro.
—Que te desvanecieras.
Nahia se apoyó de la pared y miró al techo.
—¿Qué te hace pensar que eso sucedería?
—Tu misma me lo dijiste — contestó la castaña — me dijiste que no sorportarias… pensé que con Sebastián tú…
—¿Moriría? — río secamente — seria un alivio ¿no?
–No para mí — replicó Tea — y se que tus mis tíos te quieren…
—¡No digas eso! — le cortó enfurecida — Tu mas que nadie sabes que no es cierto. Me odian. Me han odiado toda la vida.
—Te temen…
—Vaya, no sabía qué temer fuera sinónimo de querer.
—Nahia…
—No, no quiero escuchar nada más sobre mis padres — se despegó del muro dirigiéndose de nuevo hacia la puerta y se detuvo — ¿Qué quisiste decir ayer? Cuando dijiste "de todas las personas tenías que ser tú…"
Tea miró a su prima, la conocía desde hace tanto que sabía cuan pesada era su carga y cuan difícil era llevarla sobre sus hombros. Lo sabía con solo verla.
—Nahia…
—Solo dilo
—No creo en las casualidades — dijo firmemente. La vio enderezarse sin mirar atrás y salió por la puerta decidida.
