Capítulo 15 Sangre

El sol comenzaba su rápido descenso cuando abandonaron el instituto sin mirar atrás. Los Altos edificios de la ciudad proyectaban sus largas sombras sobre ellos y las luces nocturnas comenzaba a encenderse. El tráfico aumentaba cada minuto, el ruido de los motores y cláxones inundandaban las calles. Grupos de trabajadores, estudiantes y turistas llenaban las banquetas imposibilitando caminar sin interrupciones, aún así los chicos lograron mantenerse juntos. Joey y Tristan encabezaban la fila, con Tea siguiéndoles de cerca. El Faraón y Yugi —su espíritu — mantenían una conversación disimulada detrás de estos. Y al final estaba Nahia, observándolos a todos.

Atem miró hacia atrás. No sabía cuántas veces lo había hecho en todo el trayecto, pero sabía que la razón era simple: Temía que Nahia desapareciera entre el gentío, que decidiera que todo esto era demasiado para ella, que no quería estar allí y enfrentarlo. Sinceramente, La chica lucia de una forma distante, casi efímera. Sentía que podía esfumarse entre un parpadeo y el siguiente. No le agradaba en absoluto la ansiedad que eso le causaba.

Nahia parecía estar sumergida en sus propios pensamientos. Pensó en rezagarse junto a ella y preguntarle, pero su expresión decía que no quería hablar con nadie. Él había escuchando atentamente su historia, la tristeza en su voz y el infinito cansancio. Sabía el esfuerzo que le tomó decírselo, el miedo y la ira contenida por verse obligada a revelárselo a alguien que probablemente era la personificación de sus temores, todo lo que quería evitar, la razón para alejarse de su hogar y de algún modo todo se hizo añicos frente a ella a causa suya.

Sintió que Alguien le llamaba. Yugi.

—Lo siento —se disculpó él hablando a la mente de su amigo —¿Qué decías?

El chico suspiró.

—No deberías culparte por todo esto — reprendió su amigo y notó algo extraño colándose en su voz — Por lo que entiendo el culpable está más relacionado con Nahia que contigo.

Atem pestañeo. No se había imaginado que su amigo pudiera hablar con tanta amargura.

—¿Qué quieres decir?

—Ese sueño que tuvo… la sombra, estoy seguro de que es la persona que está…

—Fue solo un sueño.

—Tu no crees eso — rechazó el tricolor — puedo saber lo que piensas ¿Recuerdas? Tu sueños no son solo sueños, son memorias de ella. Toda tu cabeza gira en torno a ella. Tu ansiedad es mi ansiedad, tus miedos los míos, todo lo que piensas se queda en mi cabeza. No intentes engañarme.

Atem calló. No había notado cuan fuerte habían calado sus pensamientos en el pequeño Yugi.

—Lo siento Yugi — dijo Atem — yo …

—No importa.

El chico se marchó.

—Supongo que no le agrado mucho —dijo una voz tranquila detrás de él. Atem se sobresaltó y se detuvo— Puedo escucharlo, a Yugi me refiero.

Nahia siguió caminando y él se apresuró a alcanzarla.

—Lo había olvidado.

La chica no dijo nada. Sus ojos verdes fijos en algún punto frente a ella.

—Solo está preocupado —le dijo él — y tiene razón en estarlo, yo … yo no he sido..

—Debe ser difícil compartir tu mente.

—Lo es —coincidió Atem —Creo que he sido muy desconsiderado con él, ha estado siempre conmigo apoyándome y yo… solo pienso en dejarlo atrás, a él y a nuestros a amigos, dejarlos a salvo.

Nahia lo miró. Su rostro carente de expresión. Le resultó extraño lo rápido que habia cambiado la chica, recordaba a la perfección cuando Yugi la vio el día anterior, alegre y totalmente emocionada de conocer a los amigos de Tea. Ahora era diferente, o quizá siempre había sido así; taciturna y reservada. Era difícil escapar de quien habías aprendido a ser. El estaba seguro de que La persona que estaba tras ellos le había robado la posibilidad a Nahia de ser algo diferente, poniéndolo a él en su camino.

—¿Realmente crees que estén a salvo lejos de ti? — preguntó la pelirroja observándolo detenidamente

—No lo se… quizá yo

—¿Qué harías? ¿A dónde irias?

—Iría a Egipto a tratar de detenerlo.

—¿Irías? —cuestionó ella haciendo una mueca — seria muy difícil ir a cualquier sitio sin Yugi ¿no? Ahora entiendo porque se siente ofendido.

Atem guardó silencio.

—Te engañas a ti mismo —continúo ella —sin él no puedes hacer nada, es tu vínculo con este mundo. Por eso estás aquí. Y ellos — señaló a Tea y a los chicos— ellos no dejaran a Yugi. Harás esto con todos ellos, quieras o no.

Atem apretó el puente de su nariz y cerró fuertemente los ojos.

—Estoy cansando de ponerlos en peligro. Todo por cuánto han pasado ha sido por mi, todos han venido por mi poder y siempre les ha afectado a ellos. No puedo hacerles eso más — abrió los ojos y miró a la chica — creí que ya todo había terminado.

—No ha…

—Hemos llegado— Anunció Tea deteniéndose.

Los chicos miraron por encima de la muchedumbre hacia la estructura que se alzaba sobre ellos, iluminado por los últimos rayos del sol. El museo era majestuoso, extendiéndose más allá de donde alcanzaban a ver. Sus paredes blancas rodeadas de enormes pilares de mármol blanco y los techos abovedados le daba un aspecto conservador al lugar. La entrada estaba enmarcada por dos amplios muros con farolas enganchadas a cada lado, arrojando sobre ellos chorros de luz amarilla intensa.

Atem notó las sombras que se movían en el interior de la puerta abierta y supo que aún había acceso al público. Suspiró. El museo Domino le traía demasiados recuerdos del día en el que descubrió quién era y quien había sido. Las lápidas con su imagen en ellas, los artículos del milenio, toda su historia grabada en fría y dura piedra. Pensó en sus sueños, en la chica que tenía al lado con su cabello rojo incandescente, en la certeza de que ella pertenecía a su pasado. ¿Por qué no había ninguna referencia a ella en la historia? ¿Por qué Ishizu nunca la mencionó? ¿Dónde estaba ella cuando viajo a su pasado y venció a Zorc? Necesitaba saberlo, necesitaba fervientemente saber quién era ella.

—Aquí vamos —dijo la pelirroja en voz baja y siguió a los chicos que entraban ya al museo.

Atem los siguió. Entrecerró los ojos al cruzar el umbral de la puerta, la luz era más intensa en el interior del museo, lastimándole los ojos. Vio a Nahia mover su cabeza de un lado a otro, trantando de absorber todo lo que veía. El lugar era más impresionante por dentro, con su variedad de artilugios antiguos con historias interesantes detrás, pinturas, obras de arte y uno que otro objeto desenterrado de alguna vieja pirámide. Un grupo de chicos tomaban notas en sus cuadernos frente a una estatua, mientras que una mujer daba algunos datos importantes sobre la obra. Tea sorteó a cada joven y adulto sin perder el tiempo en detenerse a ver absolutamente nada, dirigiéndose al lugar donde habían encontrado a Ishizu por primera vez.

Atravesaron un largo y conocido corredor con antiguas piedras labradas exhibidadas en la paredes, hasta toparse con las dobles puertas blancas al final del pasillo. La primera vez que había estado allí cintas rojas indicaban que estaba prohibido el acceso, el había entrado de todas formas guiado por su instinto y la convicción de que allí había algo algo que lo llamaba. Ya no estaban las cintas, y una de las puertas estaba abierta.

—Debemos bajar —anunció la castaña

—¿¡Por allí!? ¿Al sótano?— preguntó Joey escandalizado — Está oscuro, quizá Ishizu no está. Será mejor que regresemos mañana.

—Cobarde — cuchicheó Tristán, no tan bajo como creía.

—¿¡Qué dijiste!?

—Chicos, ya vamos …—Tea comenzó, luego miró a Atem —Es por aquí.

El asintió. Y la vio bajar empujando a Joey y Tristán delante de ella.

Buscó a la chica pelirroja como solía hacer cada tanto, se había quedado atrás nuevamente. Sus ojos fijos en él. La mirada cauta de alguien que debía hacer algo que no quería, pero tenía que. La chica tomo aire y avanzó hacia las escaleras, bajando y perdiéndose en la oscuridad. El la siguió.

La estancia abajo estaba iluminada tal cual la recordaba. Frente a él se encontraba la piedra con dibujos de los Dioses egipcios grabados a detalle representado el antiguo duelo de monstruos. Luego estaba su propia imagen con el rompecabezas atado a su cuello, enfrentando al alma antigua de Kaiba. Recordó la sorpresa que le causó verse cincelado en aquellas losas de piedra con su historia en ellas. Una historia que estaba destinada a repetirse y que pensó había acabado.

—Mi Faraón — llamó alguien detrás de ellos sorprendiendo a la mayoría — Estaba esperándote.

Todos giraron sobre sus pies para ver a la persona que se hayaba tras ellos. Lucia una túnica amplia del color del pergamino, con múltiples joyas doradas colgando de su cuello. Tenía el cabello negro como el ébano, con adornos en oro cubriendo dos solitarios mechones frente a su rostro. La piel Morena y tostada de alguien que se exponía continuamente al sol, y los ojos profundamente azules e inteligentes.

—Ishizu — reconoció Atem, había dado un paso adelante enfrentado a la mujer— estábamos buscándote.

—Lo se, mi Faraón —afirmó con la tranquila que la caracterizaba — Has venido en el tiempo justo, tengo cosas que mostrarte.

Hizo una señal para que la siguieran. Atem fue el primero en hacerlo, seguido de Tea, Joey, Tristan y Nahia. Ishizu los condujo por otro tramo del sótano, muy lejos del lugar por el que habían entrado en un principio. Una bombilla parpadeaba al final de un pasillo, alumbrando apenas una sencilla puerta marrón que rechinó cuando Ishizu la abrió.

—Adelante — dijo Ishizu al Faraón.

Él entró, dejando a Ishizu atrás esperando al resto. La habitación estaba vacía, a excepción de una larga mesa metálica en el medio de la sala, la cual sostenía una enorme lápida de piedra sobre ella. Atem se acercó, algo en la lápida llamaba su atención, sintió el tiempo detenerse a medida que el se acercaba, estaba muy cerca de abarcar toda la imagen del cincelado cuando alguien gritó. Él rodó sobre sus pies sobresaltado.

Ishizu estaba petrificada frente a La Puerta, una mano sobre su boca y la otra contra la pared buscando apoyo. Tenía los ojos muy abiertos observando fuera de la habitación. Rápidamente Atem escaneo al resto de sus amigos que la miraba sin entender. Nahia no estaba entre ellos. Sintió todas sus alarmas encenderse..

—Eres tu — escucho susurrar a Ishizu — la chica… la chica de la lápida.

Atem se acercó a la mujer rápidamente y vio lo que observaba con cierto horror. Nahia estaba de pie sobre la farola titilante, justo frente a Ishizu. Su cabello rojo destacaba fuertemente contra las paredes blancas y sus ojos se veían intensamente verdes, demasiado cautelosos.

—Nahia — llamó él e Ishizu volteó a mirarlo con rapidez.

—¿La conoces? — preguntó nerviosamente — a la chica, ¿La conoces?

—Es mi prima — respondió la ojiazul mirando entre Nahia, el Faraón y la mujer—¿Qué pasa?

—Miren la lápida —indicó la mujer sin apartar los ojos de la pelirroja — véanla y lo sabrán.

—Ishizu …

—Mi faraón, usted debe verla. Enseguida.

Atem miró a Nahia. La chica permanecía totalmente en silencio, pero alzó los ojos para observarlo. La conocia,de alguna forma. El sabía que debajo de toda su inexpresividad había miedo, miedo por lo que esto podría significar. Atem se acercó a la mesa

De nuevo sintió cierto magnetismo atraerlo hacia la piedra antigua, desgastada en los bordes por los años y del color de la tierra misma. Todos sus amigos se acercaron también. Lo primero que notó, fue que la lápida estaba resquebrajada en varios puntos y que era tan grande como la que contenía su propia imagen en la otra sala.. Luego abarcó la imagen completamente, desde el patrón de caracteres con símbolos que el conocía muy bien en su idioma natal, y las dos figuras que se mostraban en ella. La primera figura del lado izquierdo no tenía rostro, la piedra tenía indicios de haber sido alterada a la fuerza, cavando fuertemente hasta hacer desaparecer la imagen de la persona, la cual era indudablemente masculina. Usaba una falda corta hasta las rodillas propia de la vestimenta de los hombres egipcios de esa época, con múltiples joyas adornado su cuello y brazos. Por la apariencia Atem supo que se trababa de alguien importante.

La segunda figura los consternó a todos. Tea contuvo el aliento, Yugi apareció al lado del Faraón con los ojos muy abiertos. Joey y Tristan miraban entre Nahia, que había entrando finalmente rodeando a Ishizu, y la lápida frente a ellos. Atem también la observó. La chica inclinó su cabeza para ver mejor la piedra extendida sobre la mesa. El asombro inundó su rostro por un segundo antes de retroceder hacia la pared del fondo, sin apartar los ojos de su propia imagen cincelada a la perfección. Él miró de nuevo, la figura mostraba una chica de perfil luciendo un sencillo vestido blanco, como una túnica, adornado con cuestas y accesorios dorados, desde sus orejas, cuello y brazos. Sus ojos fijos frente a ella y su cabello extendiéndose largo y rojo oscuro detrás de ella. Eso era lo más raro, el tono rojo parecía haber sido pintado recientemente, lucia pegajoso y extraño.

—Alguien alteró la lápida — dijo Ishizu su voz aún alterada. No perdía de vista a la pelirroja —recientemente.

—¿Qué significa eso? — preguntó la castaña. Atem aún observando en silencio.

—La encontramos dos dias atrás, muy cerca de la tumba del Faraon — explicó ella dirigiendo su mirada a Atem. Él la observo —Alguien quería que la encontráramos. La envié aquí antes de que yo llegara. Recuerdo perfectamente cómo la encontramos. El hombre sin rostro y la chica intacta. Cuando llegue y la pusimos sobre esa mesa, estaba así. Alguien había pintado su cabello.

—¿Quién? — inquirio Atem .

—No lo sabemos, Faraon. Solo mi equipo y yo tuvimos acceso a la lápida. Acceso controlado. Todos aseguran no haberla tocado hasta hoy.

Atem miró nuevamente a Nahia, la chica aún clavaba sus ojos en la lápida, sus manos como puños apretados a cada lado de su cuerpo, temblando ligeramente. Sin darse cuenta Atem ya estaba yendo hacia ella, movido por la sensancion de que debía protegerla.

—¿Eso es pintura? — preguntó Joey, haciendo volverse al tricolor —Se ve asqueroso no como..

—No lo es —murmuró Ishizu sacudiendo su cabeza — Es sangre.