Capítulo 16 Destino incierto

"No sientes de lenta manera,
en trabajo trémulo y ávido,
la insistente noche que vuelve?" —Neruda

—¿Sangre? — preguntó Atem —¿Qué significa eso? ¿Ishizu?

—No lo se, mi Faraon — la mujer suspiró — ¿Puede reconocer las inscripciones? ¿El grabado y los detalles?

Atem se acercó a la lápida y observó con detenimiento arrastrando levemente sus dedos sobre los caracteres labrados en la piedra.

—Es un enlace —musitó para si mismo.

—¿Un que? — pregunto el rubio — ¿Qué dices?

—Un matrimonio — aclaró Ishizu — la imagen representa la boda de un alto gobernante con la mujer que aparece a su derecha.

—¿El enlace de quien? — inquirió Tea con cautela — Está diciendo que el Faraon…

—Aún no determinamos eso — explicó — los nombres fueron borrados, el rostro del hombre también, alguien hizo esto a propósito.

—Alguien quiso borrar la historia…

Ishizu asintió.

—Así es mi faraón, alguien … eso es lo más curioso, esta lápida no estaba en sus aposentos, ni siquiera en la tumba donde quedó su historia. Parece que fue arrancada hace mucho mucho tiempo. No la hubiera encontrado de no ser por…

—¿Por…?

—El terremoto … la desaparición de los artículos del milenio y el lugar de La Batalla ceremonial, todo consumido por ese enorme poder que salió de allí hace tan solo unos días, sino hubiéramos estado rastreando… quizá — la mujer hizo una pausa y miró a la pelirroja — ¿Hace cuanto está ella aquí?

Nahia le devolvió la mirada firme.

—Serán tres días — contestó la ojiazul. —¿Qué tiene que ver eso con Nahia? Mi prima no..

—Tal vez nos lo pueda decir ella — contestó señalando a Nahia con un movimiento de su cabeza — Quiza nos pueda decir cómo es que esto está sucediendo, o por qué está aquí justo el día que han alterado la piedra, por qué parece que todo coincide con ella, la imagen allí, la sangre….

Nahia la encaró haciendo callar de repente a Ishizu.

—¿Me estás acusando de algo? — preguntó gélida remarcando cada palabra con una calma mortífera.

La temperatura de la habitación cambió haciéndose más fría. Ishizu comenzó a ahogarse retrocediendo lejos de la pelirroja. El aire mismo parecía haberse convertido en hielo dificultando a Ishizu respirar, quien emitió un sonido ahogado al tiempo que se sujetaba la garganta y pedía auxilio. Atem notó el aliento de todos convertirse en un vaho blanco frente a sus rostros. Joey y Tristan fueron los siguientes en sentir la falta de aire, seguido de Tea cayendo de rodillas y tosiendo fuerte. Yugi gritó el nombre de sus amigos, aún de pie frente a la lápida. Atem reaccionó.

—¡Nahia! — gritó, su propia fuerza emergiendo de su rompecabezas. Ella desvió la mirada de Ishizu y la posó sobre él —¡Detente! ¡Ya!

Ella parpadeó fuertemente confundida y luego horrorizada. Todo acabó rápidamente, como si de una ilusión de tratara.

—Yo … yo no quise — farfulló la chica mrando a todos — lo siento.

Salio corriendo a través de La Puerta y desapreció.

Atem hizo un movimiento para seguirla, pero Ishizu no se lo permitió.

—Déjala — ordenó entrecortadamente, sus ojos rojos por la falta de oxígeno de hace unos segundos — Necesita estar sola.

—¿Qué? Acabas de decir…

—Me equivoqué.

—Ishizu…

—No fue ella — dijo con claridad — Noté una magia poderosa cuando la vi, tenía que probar que no era ella —miró por encima del hombre del faraón hacia la lápida — No es la misma magia oscura y corrompida que salió de aquel agujero en Egipto, ni la misma que está impregnada en la lápida.

Atem la miró sin entender.

—¿Magia oscura? — repitió él — ¿Que…

—Están en grave peligro mi Faraon, todo lo que conocemos tal y como lo conocemos perecerá sino detiene lo que viene por usted. Y por la chica.

—¿Cómo sabes que el mundo está en peligro de ser destruido otra vez? — repitió las mismas palabras que sabía ya habia dicho alguna vez.

Ishizu miró de nuevo hacia la lápida.

—Ya no tengo el collar del milenio conmigo, no veo el pasado ni el futuro nunca más — murmuró la mujer con tristeza —¿pero ve eso de allí? ¿La Sangre…? Es una amenaza.

—¿Una amenaza?

La mujer asintió.

—Una amenaza de muerte, para ella.

Tea y los chicos contuvieron el aliento. Atem sintió que su corazón daba un vuelco dentro de él, y su sangre se cristalizaba en sus venas.

—¿Por qué estoy aquí, Ishizu?

La mujer se acercó a la lápida. Guardo silencio por varios segundos, observando la imagen del hombre sin rostros.

—Eres tu, Mi Faraón. — anunció contrita— la figura en esta lápida eres tú. Los quiere a ambos.

Por eso estás aquí.

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.

.

Ishizu no dijo nada más, se despidió de todos y se marchó. Atem estuvo un rato más mirando la escena frente a él. Sus amigos guardaban silencio observándolo, incluso Yugi se había mantenido distante, aunque no podía ir tan lejos como para ocultar sus pensamientos. Estaba preocupado, igual que todos ellos. Lo sentía. Tus miedos son los míos, le había dicho su amigo. Tenía que dejar su miedo atrás, y empezar a actuar.

—Tenemos que ir por Nahia — anunció impertérrito —No puedo dejarla sola.

Tea asintió, tomó a Joey y Tristán del brazo y encabezó la fila de regreso a las calles de Ciudad dominó. Era tarde ya, la luna se alzaba sobre sus cabezas iluminando la oscuridad de la noche. Eltráfico había disminuido considerablemente, así como la el gentío. Atem fue el último en salir, dejando el museo atrás. Se preguntó a dónde iría la chica y donde debía buscarla.

—Quiza fue a casa de Tea — conjeturó Yugi a su lado — ¿A dónde mas iría?

Atem negó levemente.

—Se que no estará allí.

—¿Cómo…? —Yugi calló por un instante, meditando —Si la figura allí es ella, y tú eres la otra persona… entonces ustedes …

Atem solo lo miró.

—La conoces — suspiró el joven — aunque no lo recuerdes.

—Tengo que encontrarla.

Yugi le echo un vistazo a su amigo y asintió.

—Lo se.

Ambos alcanzaron a Tea y los chicos. La ojiazul tenía su teléfono pegado a la oreja escuchando atentamente.

—Tea está tratando de marcarle a Nahia —indicó Joey — No parece dar resultado, no contesta.

—Tampoco está en la casa — dijo la castaña cerrando el teléfono de un golpe — o no quiere contestar.

—Lo cierto es que me da pánico pensar en encontrarla —confesó Tristán abrazándose a sí mismo — Quiza sea mejor esperar a que se calme.

—Tristán … — Susurro la ojiazul — Chicos… Nahia no sería capaz…

—¿Cómo lo sabes? —protestó severamente el rubio — sino mal recuerdo todos nosotros casi morimos allí dentro.

Tea contuvo el aliento desviando la mirada hacia el faraón. Él supo que ella no dejaría de buscar a su prima, ni siquiera después de lo que había hecho.

—Vayan a casa —ordenó Atem a Joey y Tristán.

—Pero …

—Por favor.

Joey y Tristan se miraron entre ellos. Joey fue el primero en despedirse, seguido de Tristán que corrió para alcanzar a Joey. Se alejaron rápidamente perdiéndose en la oscuridad.

—¿Por qué les has dicho que se fueran? —preguntó la ojiazul aún mirando el lugar donde los chicos habían desaparecido.

Atem la miró.

—Por Nahia. No le hará bien saber que le temen.

Atem tomó la dirección contraria a la que tomaron sus amigos. Tea lo observó, él había dicho el nombre de su prima con tanto ahínco que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, como si el supiera lo que ella necesitaba, como si supiera dónde encontrarla y a donde iría. Él sabía como tratar con ella. Supo inmediatamente que Ishizu tenía razón, él era la otra persona, el hombre sin rostro cincelado en piedra. Nahia le pertenecía.

Tea caminó en silencio al lado de Atem. A él le pareció que no debía interrumpirla, pues sabía que su amiga estaría procesando todo lo que había pasado. Él tampoco tenía mucho que decir, se encontraba caminando sin ninguna dirección en específico, sabiendo que Nahia podía estar en cualquier parte, más no en un lugar donde esperaría encontrarla. Lo sentía en sus huesos, en su alma; Ella lo encontraría a él.

—Será mejor que te acompañe a casa —avisó él, Tea pestañeo y luego asintió.

—¿Crees que este en casa?

Atem negó.

—Yo la buscaré.

—Atem… —llamó ella sorprendiéndolo, siempre se dirigían a él como Yugi — ¿Crees que este bien?

Él volvió a negar.

—Te hirió…

—No, no me hirió, solo…

—Estuvo a punto de hacerlo, con eso es suficiente.

Tea sollozó cubriéndose el rostro.

—Yo no quería —murmuró contra sus manos entrecordatamente— Yo no quería… que esto pasara. Quería ayudarla.

Atem se detuvo y contempló a su amiga.

—La estás ayudando —le dijo apartando sus manos de su rostro, la ojiazul estaba cubierta de lagrima — Ella sabe que nunca harías algo para lastimarla. No te culpes.

Tea lo miró por un largo minuto.

—¿La encontrarás?

El asintió.

—Bien — dijo limpiándose el rostro —Ve por ella.

La chica comenzó a alejarse en dirección a su casa.

—¡Tea!

La castaña caminó más rápido y se perdió en la esquina de un alto edificio.

—Déjala — pidió Yugi poniéndose frente a él — estará bien.

Atem miró de nuevo hacia donde Tea se había ido. Sabía que su amiga estaría bien, conocía perfectamente la ciudad, pero él se sintió mal dejándola irse absolutamente sola.

—Estará bien —repitió el chico — vámonos.

La noche se había vuelto más fría en el camino de vuelta a la casa de Yugi. Atem abrochó los botones de su chaqueta y metió las manos en sus bolsillos a cada lado. La tienda del abuelito de Yugi estaba cerrada, y no había luces encendidas arriba en las habitaciones.

—Mi abuelo debe haberse quedado dormido — dijo Yugi.

Atem asintió.

Estaba girando el pomo de La Puerta cuando una corriente eléctrica pasó a través de su cuerpo erizándole la piel y poniéndolo alerta. La sintió antes de verla. El poder que emanaba de ella electrificando el aire nocturno y todo lo que la rodeaba era más evidente ahora que sabía lo que podía hacer. Se dio la vuelta con prisa y la vio.

Nahia estaba detrás de él aún en su uniforme. Su rostro apenas visible a la luz de la luna y su cabello agitado levemente por el aire como una antorcha de fuego. Se preguntó sino tendría frío. Ella se acercó a él y pudo ver sus ojos verdes. Había cansancio en ellos, tanto que la consumía, era algo que ya había notado y lo hacía sentir impotente.

—Nahia …

—Lo siento —murmuró, su voz llevada por el viento — por lo que hice y por haberte seguido.

—¿Nos seguías?

Ella asintió.

—Tenía que asegurarme de que estaban bien. Que yo no había — suspiró y miró al cielo.

—Todos están bien — murmuró acercándose más a ella, impulsado por algo que desconocía — Ellos están bien.

Ella lo miró de nuevo. Sintió la corriente de energía desvanecerse como un fuego que se apaga, sustituida por algo más delicado; la sutil presencia de la pelirroja. Movido por algo que no sabía explicar, levantó una mano hacia su rostro apartando los mechones rojos de cabello que se arremolinaban en su cara y acarició su mejilla.

La chica no se movió, ni dejó de mirarlo, sonrojándose ligeramente. Estaba cálida a pesar del frío, y su mano ardió allí donde la tocaba. Percibió como su respiración aumentaba y su corazón brincaba dentro de su pecho.

—Nahia …

—Será mejor que entremos —Dijo una voz a su espalda haciéndolo girar en redondo sobre sus pies —Antes de que mi abuelo despierte y descubra que no estoy.

Yugi estaba allí, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo con seriedad. Se había olvidado por completo del chico, de que podía ver lo que hacía y escuchar lo que pensaba, tan libremente como él podía ahora sentir ahora su reprobación. Él dejó de mirarlo y se volvió hacía Nahia, su expresión cerrada por completo mirando más allá de ambos. El momento se había ido y eso le causó dolor.

—Nahia…

—No quiero ir a casa —susurro para él — no puedo enfrentar a Tea en este momento.

El miró hacia Yugi y le habló a su mente.

—¿Puede quedarse?

Yugi lo consideró observando a Nahia que le devolvía la mirada imperturbable. Atem podía sentir el miedo que ella le inspiraba, la desconfianza y el recelo, pero en sus pensamientos el sabía que ella no tenía la culpa de lo que pasaba. Sintió una punzada de dolor cuando se dio cuenta que él no confiaba en su juicio, sino en lo que había dicho Ishizu. No fue ella, no es la persona que viene por ellos.

El chico asintió y desapareció.

Atem miró a Nahia tratando de controlar sus emociones.

—Vamos —le indicó — llamaré a Tea para decirle que estás bien.

Ella accedió y dejó que la guiara dentro de la casa.

Nahia entró en la pequeña tienda de juegos del Abuelo de Yugi, con Atem justo tras ella. El Cerró la puerta y encendió las luces. La estancia era un corto pasillo de paredes azul grisáceo con exhibidores de cartas de duelos de monstruos en estantes que colgaban de las paredes. En el suelo se alzaban mostradores de acero y cristal transparente con diferentes artículos del juego que eran muy común entre los jóvenes y adultos en esta época.. En una esquina había montones de cajas apiladas, con rótulos en color rojo y negro: cartas de magia, de ataque, de defensa, y discos de duelo de la última tecnología para jugar. Por dónde mirara había algo interesante que ver.

—¿Te gusta el duelo de monstruos? —preguntó él faraon

Ella negó levemente sin mirarlo.

—Nunca he jugado — comentó cuando llegaron a la puerta que daba al interior de la casa —Tea me contó que Yugi era un excelente jugador… supongo que tú también. Es decir …

—Yugi lo es —coincidió Atem, algo en su voz la hizo volverse hacia él — me venció en La Batalla ceremonial.

Una pequeña sonrisa triste se dibujó en los labios del Faraón.

—Entonces de eso se trató, un duelo de monstruos.

—Si, para poder regresar a donde pertenecía, él tenía que ganarme en un duelo.

Él dejó que ella entrara primero a la sala iluminada por el televisor encendido en una equina frente a un amplio sillón. Alguien estaba allí ovillado y roncando sonoramente. Mantas cubrían el pequeño cuerpo hasta el cuello, solo era visible el cabello blanco plateado de la persona.

—Es el abuelo de Yugi — susurró el faraón acercándose a ella — Será mejor que subamos.

Ella lo siguió en silencio rodeando al abuelito. Atem se detuvo en la mesilla junto a las escaleras y tomó el teléfono inalámbrico de la base, metiéndolo en su bolsillo. Subieron con cuidado para no despertar el señor Muto. La escalera desembocaba en otro corredor. Atem se acercó a la primera puerta de su derecha y la invitó a entrar.

La habitación era pequeña, con paredes verde agua y una ventana en el fondo. Había un espejo de cuerpo entero a un costado de la cama. Cuando entró vio su reflejo en él. Estaba hecha un desastre, su cabello revuelto, sus ojos hinchados y sus mejillas rojas de fiebre.

Desvió la mirada del espejo y observó el resto de la habitación. Un escritorio de madera estaba justo debajo de la ventana con libretas y lápices desperdigados por toda la superficie. Del otro lado de la cama estaba el armario también de madera oscura y lisa por los años. Atem se acercó y lo abrió. Lo vio rebuscar entre pilas de uniformes y ropa. Saco una playera blanca de mangas largas y un par de pantalones de pijama. Puso todo sobre la cama.

—Es para ti — le dijo mirándola — te dejaré para que te cambies.

Ella asintió.

Lo vio salir al tiempo que pulsaba botones en el teléfono y se lo llevaba a la oreja. Cerró la puerta detrás de él dejándola completamente sola. Se sintió soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Temía que todos la rechazaran por lo que había hecho, incluso Tea. Estuvo tan cerca de hacerles daño, tan cerca. Sus pies cedieron bajo ella, y cayó sobre la cama. Se recostó sobre su espalda mirando el hacia el techo, sus pensamientos abrumándola. Perder el control de esa forma la dejaba sin energía, completamente deshecha física y mentalmente. Creyó que jamás sería capaz de hacerle daño a su prima, pero se había equivocado de nuevo. Puso a su hermano en peligro siendo la persona a quien más quería, ¿Por qué pensaría que Tea estaría a salvo de ella? Suspiró.

Esa mujer la había hecho enfurecer insinuando que ella sabía o había hecho todo aquello que contaba. Su ira flameó tan repentinamente que no se dio cuenta de lo que hacía hasta que Atem le gritó. Su voz había traspasado el silencio sepulcral que inundaba sus oídos cuando perdía el control, lo había escuchando tan claramente que la sorpresa la hizo detenerse en seco. Entonces supo lo que había hecho, convirtiendo el aire en frío hielo, ahogando a sus amigos.. Todavía podía escuchar a Yugi gritar, así como aun podía oír a su madre el día en que encontró a Sebastián flotando sobre sus cabezas. Entendía perfectamente porqué la había mirado de esa forma minutos atrás, debía odiarla por lo que le había hecho, debía temer lo que pudiera hacer mientras estaba allí, en su hogar, cerca de las personas a quien amaba. Ella misma se odiaba por ello.

No tenía a donde ir, no debía estar cerca de nadie a quien pudiera lastimar. Por eso estaba allí, porque había descubierto esa misma noche que solo alguien podría contenerla de hacer algo que no quisiera. El faraón. Solo él podía hacerlo, solo él podía ofrecerle el lugar más seguro que podría imaginar. Se lamentó que fuera a costa de Yugi, quien no la quería allí, lo vio en sus ojos claramente antes de desvanecerse, solo por su amigo había cedido.

Su única esperanza era permanecer al lado del Faraón y descubrir quién era el responsable, si es que lo había. Sabía que posiblemente era la misma persona que tiñó la piedra de sangre, haciendo una imitación grotesca de si misma. Todo le resultaba inverosímil en ese momento. Atem en la lápida del sótano con su rompecabezas atado a su cuello, el duelo de monstruos, y su propia imagen representada en un retrato sobre la piedra. Nunca se imaginó que fuera verdad, ni siquiera cuando Atem había dicho que ella era igual a él solo unas cuantas horas antes.

Alguien tocó a la puerta , muy despacio. Ella saltó sobre sus pies mareándose un poco. Seguramente era Atem esperando para entrar a la habitación. Se sacó rápidamente su chaqueta y la falda, poniéndose la playera y los pantalones que él había dejado para ella. Abrió la puerta con delicadeza encontrando al Faraón de pie del otro lado, en pijama. Traía un vaso en su mano, y varias mantas en la otra.

—Traje un vaso de leche —anunció en voz baja entrando a la habitación — la he calentado un poco.

Ella lo miró un segundo y luego tomó el vaso dándole un sorbo.

—Gracias

Él la miró con preocupación, sus ojos violetas escaneando su rostro.

—¿Cómo estas? — le preguntó en un susurro.

—Muy cansada

Él asintió. Atem fue hacia la cama y se agachó. Parecía buscar algo bajo ella, cuando lo encontró lo arrastró hasta situarlo a un lado. Era un catre. Lo extendió sobre el piso y lo cubrió con una sábana.

—Yo dormiré aquí — dijo señalando el catre — puedes dormir en la cama.

—No es necesario, yo puedo usar el catre.

Él se volteo a mirarla de una forma que le hizo pensar que lo había ofendido.

—No —negó con firmeza — de ninguna forma.

—Atem...

—Eres nuestra invitada.

Ella suspiró en silencio. Había invadido su hogar y ahora tenían que dormir en un catre.

—Nahia, por favor —llamó él — puedo sentir tu desaprobación hasta aquí.

Ella enrojeció. La forma en la que pronunciaba su nombre la hacía sentir extraña, una sensación de hormigueo que no sabía qué existía, hasta que él la había tomado del brazo aquella tarde para que no se marchara, y luego minutos atrás apartando el cabello de su rostro. Se le había erizado la piel y la sensación la había tomado por sorpresa. Lo más curioso era que su cuerpo reaccionaba involuntariamente a él, como si lo conociera, como si no fuera la primera vez. Más extraño aún, era la forma en la que él podía percibirla, tanto como ella podía con él; sus emociones, sus reacciones y todo lo que sentía no pasaba desapercibido cuando él estaba cerca.

Atem era fuerte, muy fuerte, su presencia abarcaba toda la habitación con un poder que ondulaba libremente a su alrededor y la hacía sentir en medio de una burbuja de calor ardiente. Él le hizo una señal para que se metiera a la cama. Bebió el resto de la leche de un trago largo, y dejó el vaso en la mesita de noche al lado de la cama. Se descalzó rodeando el catre y se metió bajo las sabanas cubriéndose hasta la cabeza.

Escuchó un roce de ropa y un par de cierres abrirse, luego el rechinar de las puertas del armario. Unos segundos más pasaron hasta escuchar el click del apagador y la habitación se sumió en la oscuridad.

Ella bajó la sabana despacio. Atem estaba sentado en el catre mirándola en la oscuridad.

—Buenas noches, Nahia — y cambió.

Un chorro de luz dorada salió del rompecabezas rodeándolo, tan rutilante como el mismo sol. La chica se cubrió los ojos. Cuando hubo pasado, vio a Yugi sentado donde había estado Atem un segundo antes. Notó que el chico era más bajo que el Faraón, mucho más, pero tan parecidos que entendía porque el resto los confundía. Sacó su rompecabezas y lo colocó sobre la cómoda detrás de él, sin mirarla en ningún momento. El chico se metió bajo las sabanas perdiéndose de su vista.

—Buenas noches —susurró Nahia mirando el rompecabezas, segura de que Yugi no podría escucharla, cerró los ojos agotada y se durmió.