Capitulo 17

Los sueños vinieron a ella enseguida, casi como si la esperaran. Caminaba con lentitud sobre lo que parecía tierra arenosa, sus pies se hundían cen cada paso y el esfuerzo de ir hacia adelante era cada vez mayor. La arena se le metía por la nariz, los oídos y su boca, irritandola a tal punto que sangraba. Tenia demasiada sed,y le ardía la garganta. No sabía dónde estaba ni a donde se dirigía, ni lograba ver más allá de lo que tenía frente a sus pies. Deseaba fervientemente tumbarse y dejarse llevar, que todo terminara.

Estuvo así por lo que parecieron horas, movida por algo que no lograba indentificar, llevándola hacia adelante en su sufrimiento. Sintió que la tierra cedía bajo sus pies, y de repente la tragó hasta la mitad de su cuerpo. Lucho y gritó hasta que se quedó sin voz y sin fuerza con lágrimas cayendo desde sus ojos hasta la boca. Sabían a sangre y arena. Cerró los ojos. Sabía que iba a morir allí, completamente sola, cubierta por toneladas de tierra y piedras. Deseó que acabara de una vez.

Un sonido extraño surgió de la nada, tan delicado como el repicar de una campana. Alguien reía muy cerca de ella. Abrió los ojos rápidamente. Todo se había aclarado, podía ver el cielo nocturno, la luna llena y millones de estrellas titilando sobre su cabeza. Pudo ver más claramente ahora, había pequeñas elevaciones a su alrededor como montículos de piedra y arena, también la silueta de enormes montañas a kilómetros de diastancia. Estaba atrapada entre arena movediza y un enorme agujero a solo centímetros de ella. Le entró el pánico tan profundamente que creyó iba a desmayarse de un momento a otro. Entonces vio más allá del agujero, justo del otro lado. Una figura negra como la noche estaba parada allí, de frente a ella. Una túnica negra cubría su cuerpo, hasta llegar al suelo extendiéndose a su alredor como un charco de líquido negro, tan negro como el petróleo. La figura se movió, inclinando levemente su cabeza y habló.

—¿Un día con el Faraón y ya eres capaz de encontrarme? —soltó una voz fémina con una risita siniestra.

—¿Q-Quien eres? —logró articular hacia ella, podía sentir el frío miedo agarrotarle todo su cuerpo —¿Qué es lo que quieres de mi?

La figura volvió a reír helándole la sangre.

—¿Tu que crees? Ah es cierto, no recuerdas nada. Que triste.

La figura flotó hacia ella, aún riendo. Nahia trató de echarse hacia atrás y en respuesta la tierra la hundió un poco más. Gritó desesperada.

—Shhh shhh, vas a asustar a mi dulce Rey.

La mujer ya estaba en el medio del enorme agujero, la túnica flotando a su alrededor, cada extremo moviéndose erráticamente como el tentáculo de un pulpo.

—¡Aléjate!—le gritó — ¡Auxilio! Por favor

—¡Cállate!

Sintió la furia convertirse en algo palpable a su alrededor, la larga túnica se había arrastrado hasta ella rodeando su torso y cuello, apretando con fuerza, haciéndola callar. Le faltaba el aire, por lo que boqueó desesperada. La mujer apreció frente a ella, en el borde mismo del abismo a sus pies.

—Siempre tienes que arruinarlo todo —habló la mujer, su ira apenas contenida — ya lo has despertado, zorra.

—Estás loca—quiso decir, pero su voz se perdió en su garganta.

—Pequeña bastarda, me das asco. No eres nada, ¡Nada!

La mujer apretó más fuerte su control sobre ella y la hundió hasta el cuello.

—¡Sueltame! — gritó finalmente, la arena empezaba a meterse por sus oídos y presionaba su garganta —¿Que es lo que quieres?

—Tu muerte.

Dio el último jalón y la arrastró hacia la oscuridad, su risa retumbando desde el centro de la tierra mientras ella se ahogaba bajo sus pies. Se despertó de un salto. Su cabeza estrellándose contra algo indudablemente humano, pataleó y gritó fuertemente cayendo de bruces contra el suelo.

—¡Déjame! ¡Aléjate de mi!

—Nahia, ¡Cálmate! Soy yo.

La voz de Atem invadió su sentidos, frenando su miedo. Estaba sudorosa y temblaba incontrolablemente sobre el frío piso de la habitación. Le dolía la cabeza allí donde se había golpeado. El faraón estaba arrodillado frente a ella, mirándola ansioso, sus manos fuertemente apretadas en sus brazos conteniéndola. Ella aspiró, llenando de aire limpio sus pulmones. Se miró a sí misma, no estaba herida ni cubierta de arena. Sintió la humedad en su rostro y se limpió con una mano. No había rastro de sangre. Todo había sido una especie de sueño, porque no podía afirmar que no fuera real, no cuando se había sentido de esa forma.

—Nahia, ¿Qué es lo qué pasa? — preguntó él, si voz angustiada —¿Estas bien?

Ella negó con la cabeza, aún incapaz de hablar.

Él la tomó debajo de sus brazos y piernas alzándola en vilo. La colocó suavemente sobre la cama y la apoyó sobre las almohadas.

—Iré por un vaso de agua…

—No, no, por favor — murmuró — no me dejes sola.

—Nahia…

—Volví a soñar con ella —anunció mirándolo fijamente — sabía dónde estaba, sabe todo lo que hacemos.

Atem apretó los puños.

—¿Viste su rostro?

—No, estaba oculta por la túnica — susurró — Ella habló.

—¿Ella?

La chica asintió.

—Es una mujer, su voz…— un escalofrío le recorrió al recordar su voz — no se quien es.

Atem percibió su miedo y la tomó de la mano.

—¿Qué té dijo?

Ella guardó silencio por un momento. Atem esperó pacientemente, viéndola con esos ojos violetas suyos y la mirada seria.

—Quiere mi muerte.

Atem apretó con fuerza su mano y cerró los ojos.

—No voy a permitir que nadie te lastime, Nahia — dijo con severidad, su voz firme. Abrió los ojos y la miró — ¿Me escuchas? Nadie va a tocarte

Ella sintió su poder envolverlos, como una promesa. No supo que decirle, pero sintió cierta tranquilidad cuando la arrastró hacia él y la abrazó.

—Siento haberte asustado — murmuró contra su hombro.

Lo sintió reírse un poco.

—En realidad, has espantado a Yugi.

Suspiró.

—Dile que lo siento mucho.

—Lo sabe.

Él acarició su cabello y apartó su rostro para mirarla.

—Deberías volver a dormir.

Ella sacudió su cabeza.

—No creo poder hacerlo. Nunca más.

—Podría hacer que durmieras…

Atem le dedicó una sencilla sonrisa cuando ella parpadeó atónita.

—¿De verdad?

Él asintió. Un escalofrío la recorrió, haciéndola temblar. Atem lo notó inmediatamente, su expresión pasando a la consternación.

—No voy a...

—Nada de magia, por favor.

—Nahia, no tienes por qué temerle a esto — sostuvo tomando de nuevo su mano — no sabes cuanto deseo poder … ojalá pudiera evitar lo que te hace sentir de esa forma.

Ella ocultó su rostro en su hombro.

—No lo entiendes — masculló entre dientes— quiero que desaparezca, este poder como tú lo llamas, no lo quiero. Solo me ha traído mucho dolor.

Él apoyó su cabeza sobre la suya. Su aliento revolviendo su cabello.

—Podría dormir contigo — ofreció de repente y ella alzó su cabeza sosprendida — a un lado de ti, me refiero.

Ella se sonrojó.

—Atem …

—Vamos.

Él se estiró más allá de ella y tomó las sabanas desperdigadas en el suelo. Se acomodó a su lado y estiró la sábana sobre sus piernas. Ella lo miró mientras acomodaba su cabeza en una almohada y colocaba su rompecabezas a un lado suyo. Cerró los ojos y suspiró.

—Acuéstate Nahia, por favor.

Ella se acomodó rápidamente junto a él, sin dejar de mirarlo. Podía sentir el calor de su cuerpo junto al suyo, su respiración elevada y el latir de su corazón contra la cama. Su propio pulso se había disparado, atronando sus oídos. ¿Qué era lo que estaba pasándole?

—Duérmete ya.

Ella cerró los ojos, tratando de ignorar sus pensamientos sobre Atem a pocos centímetros de ella. No tardó en relajarse, realmente estaba agotada. Sintió irse a la deriva poco a poco. Hasta que se durmió. Esta vez ningún sueño acudió, pero la voz de la mujer se quedó en su cabeza junto a su risa escalofriante.

—Tu muerte — canturreó — quiero tu muerte.

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Nahia abrió los ojos cuando la luz del sol entró por la ventana y sus párpados se iluminaron del color de fuego. Sentía su cabeza pesada, su cuerpo lánguido y fuera de su control. Hizo un esfuerzo para sentarse en la orilla. Tenía la boca seca, necesitaba un agua y un baño caliente para despertarse. Se desperezó levantándose mirando alrededor. Estaba completamente sola en la habitación. Atem no estaba por ningún lado, ni su rompecabezas. La cama hecha un desastre al igual que el catre a sus pies. Rebuscó en el suelo sus zapatillas y se las calzo. Necesitaba encontrar con urgencia el baño.

Salió despacio de la habitación recordando al Abuelo de Yugi dormido en el sofá en la noche cuando llegó. ¿Qué le dirían? ¿Cómo explicarían su presencia? ¿Le contaría Yugi lo que había hecho? ¿La sacaría a patadas de su casa cuando lo supiera? Vaciló unos minutos frente a La Puerta, entonces los escuchó. El eco de una voz grave subía por las escaleras, a pesar de que era notorio que intentaban hablar en silencio. Siguió un impulso y se acercó al barandal manteniéndose pegada a la pared para no ser vista. La voz provenía de la sala por donde había entrado a la casa, se asomó ligeramente para observar.

Yugi y su abuelo estaban sentados en el comedor uno frente al otr. Nahi podía ver claramente el rostro del señor Muto parecía levemente alterado, pero a Yugi solo su cabeza y espalda. Él chico sujetaba fuertemente una taza de té entre sus manos, sus nudillos blancos por el esfuerzo.

—¿Qué dijo Ishizu de todo esto? — le preguntó el señor Muto a su nieto — ¿hay alguna forma detenerla?

—No lo sabe todavía —murmuró el chico —solo dijo que…

—¿Qué? Yugi si hay algo que no me estás diciendo...

Yugi sacudió su cabeza.

—Anoche Nahia soñó con la mujer.

Se puso rígida al escuchar su nombre, su pulso acelerándose.

—¿La mujer? — inquirió el señor —¿Cómo sabe lo que es?

—Dice que le habló.

—¿Qué le dijo?

Yugi guardó silencio. Sus manos temblaban ligeramente y presionó con más fuerza la taza.

—Que la quería muerta.

El abuelo pestañeo sorprendido, luego puso ambas manos en su rostro.

–Él faraón …—dijo a través de sus manos — ¿ Que piensa él?

Yugi suspiró.

—No quiere dejarla — masculló entre dientes — tiene esa necesidad de protegerla...me da mucho miedo abuelito — el chico bajo sus manos para tocar el rompecabezas — esto no es un juego de cartas, es más difícil que eso. Creo que podríamos salir realmente heridos de esto, a causa de ella.

—Yugi …

—No lo viste, no viste como casi asfixia a mis amigos. ¿Cómo sabemos que no es ella quien nos pone en peligro, que todo esto no es más que un cuento?

—Es cierto, no lo vi y no podemos saberlo— aseguró el abuelo — por lo que entiendo no es su culpa, es algo que no puede controlar y Atem la detuvo, más aún confía en ella.

Yugi alzó sus manos a su cara presionando sus ojos.

—Él confió en ella desde que la vió — replicó bruscamente — lo habría hecho aunque Ishizu no le hubiese dicho quién era ella.

Él Abuelo lo miró desconcertado.

—¿Qué Ishizu le dijo quien era?

Yugi asintió y miró hacia abajo.

—Atem dijo que la lápida hablaba sobre un enlace entre la Nahia y la persona a su lado — explicó — Ishizu dijo que él era esa persona.

Nahia resbaló por la pared cayendo sobre sus rodillas.

—¿Cómo lo sabe Ishizu? Dices que su rostro fue borrado, los nombres también y que no había signos de quien podía ser.

Yugi se encogió de hombros.

—Ishizu asegura que no puede ser nadie más, supongo porque la lápida apareció justo después del regreso de Atem. — su voz se hizo más dura— Los sueños que tuve de Atem pidiendo ayuda, él mismo soñó con Nahia un día antes de verla, la lápida y la sangre al día siguiente. La única constante siempre es ella.

El abuelo miró hacia Yugi, sus ojos del mismo color muy serios.

—Si Atem es el hombre en la lápida…

—Nahia es su esposa.

Atem apareció a un lado de Yugi, mirando directamente hacia Nahia, su ojos reflejaban la culpa que sentía. El chico notó a su amigo y siguió su mirada al igual que el abuelo siguió la de su nieto, mirando sobre sus cabezas hacia donde ella se encontraba. Sólo miró al faraón, las lágrimas saliendo de sus ojos. ¿Por qué le había ocultado esa información? ¿Por qué no le había dicho hasta donde llegaban las dudas de su amigo? Tus temores son los míos, le había escuchado decir a Yugi. ¿ Él también creía que ella hacía todo esto?

Vio a Yugi levantarse de la mesa y cambiar. La luz resplandeció cegándola momentáneamente. Atem ya había tomado su lugar en cuando abrió los ojos, dirigiéndose a las escaleras. Ella reaccionó levantándose de un salto. Lo escuchó llamarla, pero ella ya estaba retrocediendo. Se topó con un pomo y abrió La Puerta cayendo de bruces en el interior de la habitación. Se levantó de prisa y la cerró, echando el seguro justo en el momento que atem llegó a ella, estampándose contra la madera. Él intentó abrir.

—¡Nahia! ¡Nahia! — gritó del otro lado haciendo girar el pomo — abre por favor.

Ella no respondió. Debía haber alguna forma de trabar la cerradura. Nahia observó a su alrededor, estaba en la habitación del baño, las paredes del mismo tono verde pastel que el resto de la casa. No había nada que pudiera utilizar, pero notó que había una ventana junto al inodoro lo suficientemente grande como para salir por ella. Se asomó y pudo ver el techo de la tienda justo bajo ella. Estuvo a punto de elevarse a sí misma para pasarse del otro lado, cuando sintió una fuerza dispararse a su alrededor, volteó hacia atrás y vió la cerradura abrirse con un sonoro click. El faraón entró, mirándola fijamente. Un ojo dorado igual al del rompecabezas brillando en su frente.

—Nahia…

—¡Vete! — le gritó encolerizada.Él hizo una mueca.

—Por favor, Nahia, ¿Podemos hablar de esto?

Ella negó bruscamente.

—Quiero salir de aquí ya mismo.

—No puedo…

—Dale espacio a la chica — dijo alguien detrás de él. El Abuelo de Yugi miraba la escena con cierta curiosidad — Creo que está suficientemente alterada ya.

Atem parpadeó. Su magia desapareciendo.

—Abuelo…

—Vamos chico, sal.

Atem consideró lo que el señor Muto le decía. Observó a Nahia y ella le devolvió la mirada firme. El suspiró y se apartó. El Abuelo entró en la habitación cerrando La Puerta tras el y dejandolo eafuera.

—¡Que día! — suspiró el abuelo, luego sonrió tranquilamente—¿Ya me presenté?

—Lamento esto señor Muto, yo no…

Él hizo un gesto con su mano.

—No hay de que preocuparse. ¿Eres Nahia no?

Ella asintió.

—Bien, supongo que lo que escuchaste no lo sabías ¿Cierto?

Ella enrojeció. Había estado escuchando a hurtadillas avergonzándose a si misma.

—Lo siento.

El Abuelo de Yugi negó levemente.

—Todo está bien.

—Atem no me dijo que yo…

—El faraón, claro. —dijo con una leve sonrisa — Él siempre ha sido muy sobreprotector. Ha cuidado de Yugi desde que le di ese rompecabezas.

—No veo que tiene que ver eso conmigo.

—Él trata de protegerte también.

Nahia enmudeció. ¿Protegerla? ¿De la misma forma en la que Tea lo había hecho? Ocultándole todo.

—Te voy a decir algo, jovencita — murmuró el abuelo — no pierdas tu tiempo enojándote con él, vienen cosas que deben enfrentar juntos.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Usted no cree que yo sea la que está haciendo todo esto?

El abuelo negó..

—Después de esto — dijo mirando a su alrededor y luego a ella — estoy seguro de que no es así.

—Yugi no cree lo mismo — replicó ella.

—Se preocupa por sus amigos — explicó él — entenderá, dale tiempo.

—No creo que tengamos mucho tiempo.

El Abuelo parpadeó.

—¿Qué quieres decir?

—Yugi le contó sobre el sueño…

—Así es — el señor muto asintió recordando — tu visión, a veces los sueños son más que sueños.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Ella parece saber dónde estamos y lo que hacemos— El Abuelo se cruzó de brazos escuchándola — ella dijo "solo un día con el faraón y ya eres capaz de encontrarme"

—Interesante — susurró — ¿Sabes lo que eso significa?

Ella lo miró sin entender.

—Pueden encontrarla, tú y él.

El Abuelo esperó pacientemente mientras ella cavilaba lo que le había dicho. Era una persona extraña, pero en sus ojos había sabiduría y mucha preocupación. Aún así, estaba allí, alentándola, sabiendo cuan peligroso podía ser para su nieto y todos sus amigos.

—Vamos fuera — le dijo — debes estar hambrienta.

Se dio la vuelta y salió. Ella tardó un instante en seguirlo. Yugi y Atem estaban contra la pared del pasillo, mirándola. Los ignoró. Fue al lavado a enjuagarse la boca y mirarse al espejo. Tenía un aspecto peor al de ayer, sus ojeras se extendían hasta sus mejillas, su cabello lucia como un nido de pájaros y tenía el aspecto de un cadaver pálido y sin color. Trato en vano de peinarse con los dedos, perdiendo la batalla. Se lavó el rostro, se seco con una toalla de manos y salió de allí.

Yugi ni Atem estaban esperándola. El pasillo estaba completamente a solas. Pensó en tomar sus cosas y salir de allí, pero algo la hizo desistir de ello. Aún no quería enfrentarse a Tea, temia verla a los ojos y saber que también la había herido de forma irreparable como a sus padres. Se obligó a dejar de pensar en ello sacudiendo su cabeza. Bajo las escaleras despacio , la casa lucia diferente de día. El sol entraba por las ventanas iluminando de tal forma que hacía el espacio más grande de lo que era. Olía delicioso a hotcakes. La mesa estaba dispuesta para el desayuno. Había un cuenco con frutas cortadas en trozos y un plato con hotcakes apilados como una torre. Atem salió de la cocina frente a ella, llevando consigo dos tazas de un líquido humeante. Sus ojos violetas se encontraron con ella, la evaluó por un segundo y continuo hacia la mesa, depositando las tazas frente a cada asiento.

—Este es para ti — dijo, su expresión era inescrutable — siéntate.

Desapreció de nuevo en la cocina. Nahia se estremeció, no creyó que podría hacerlo enfadar. Tardo medio minuto más antes de sentarse, tomando la taza que él le habia ofrecido entre sus manos. Estaba cálida y olía particularmente a hierbas. Bebió un sorbo del líquido, era sustancioso y sabía bien. Sintió que el frío alojado en su cuerpo cedía un poco.

Atem regresó con una taza más en sus manos, se sentó frente a ella sin mirarla. Su abuelo venía detrás de él, sentándose en la cabecera de la mesa. Nahia pudo ver mejor el parecido entre ambos, el cabello en punta, los ojos violetas, la expresión evidente de que llevaban grandes secretos sobre sus cabezas.

—Bueno —dijo el Abuelo — supongo que necesitamos un plan.

Nahia parpadeó.

—Abuelo…— susurró el faraón — No creo que…

—Lo se, muchacho — miró a Nahia — me gustaría saber que es exactamente lo que puedes hacer.

La chica se puso rigida. Atem la miró por fin.

—No … no puedo.

—¿Por qué no?

—No tiene idea de cuan peligroso puede ser.

El Abuelo la miró, parecía sospesarla. Dio un sorbo a su té y volvió a hablar.

—¿Alguna vez has tratado de controlarlo?

Ella asintió mirando su taza. Atem tenía sus ojos fijos en ella, haciéndola sentir nerviosa.

—Lo intenté.

—¿Qué sucedió?

—Enfureció —contestó Nahia recordando —traté de controlarlo haciendo cosas pequeñas, pero solo enfureció.

—¿Te lastimó? — Atem preguntó hablando finalmente, su voz muy seria.

Ella lo miró con la misma seriedad.

—Si, estuve varios días inconsciente. Nunca volví a intentarlo.

El Abuelo carraspeó. Ambos lo miraron.

—Quizá con la ayuda del Faraon puedas intentarlo nuevamente ¿no? — sugirió él — ahora que sabemos que él poder del rompecabezas puede frenar su poder.

—Señor Muto, lo que sucedió ayer pudo haber acabado realmente mal.

—Pero no fue así — aclaró el Abuelo — El faraón pudo detenerlo.

—Asi es, el rompecabezas neutralizó lo que estaba sucediendo — añadió El tricolor.

Ella los miró a ambos, tanto años la obligaron a ser rotundamente desconfiada.

—No saben si la próxima vez podrá hacerlo — repuso ella — he visto este poder evolucionar, cada vez es más fuerte, más incontrolable. He aprendido a no subestimarlo.

—Y no lo haremos — soltó el Abuelo — pero hasta ahora es la única forma que tienen para encontrar a la persona que quiere lastimarlos, ella esta contra ti por alguna razón. Tienes que estar preparada para enfretarla.

Nahia se abrazó a sí misma. Su instinto de superviviencia tiraba de sus nervios, de su rechazo hacia lo que podía hacer, todo el mal que había hecho.

—¿Yugi le dijo que soy una asesina? —Nahia preguntó insistente — ¿Sabe lo que hecho y aún así quiere poner en riesgo a su nieto?

El Abuelo guardó silencio. No demostró miedo o preocupación, solo la observo con calma. Un teléfono sonó cuando estuvo a punto de hablar. El señor Muto se excusó levantándose a contestar. Volteó hacia Atem, él miraba más allá de ella hacia el Abuelo de Yugi.

—Lamento no haberte dicho — dijo en un suspiro — Realmente lo siento.

Ella sujetó más fuerte la taza entre sus manos.

—Tu realmente crees ser el hombre de la lápida ¿No?

—Es La única explicación — afirmó él — es la única razón que explica porque me siento así cuando estoy contigo, porque te veo en mis sueños, la razón por la que estoy aquí.

—¿Por qué no me lo dijiste? — preguntó Nahia — ¿Por qué ocultármelo?

—Porque no quería asustarte — dijo con pesar — te vi tan …te fuiste tan alterada, no quería que…

—Perdiera el control de nuevo ¿No es así?— replicó — tienes miedo de mí, igual que Yugi, tienes miedo de que…

—Tengo miedo a perderte.

Nahia enmudeció.

—¿Q-que?

—Nahia, ¿Realmente no entiendes porque lo hice?, yo… no puedo verte sin pensar que podrías desaparecer de nuevo, y la razón es porque eres parte de mi, o lo fuiste. Mi alma recuerda aunque mi mente no. No podía soportar la idea de que si te decía todo esto, después de como te pusiste cuando viste la imagen en la lápida, tú huirías de nuevo lejos de mi. — el tomó aire — no se si seré capaz de verte marchar de nuevo.

Él se levantó y rodeó la mesa hasta donde ella se encontraba.

—Atem — murmuró cuando estuvo frente a ella, él se inclinó y la tomó de la mano — ¿Qué haces?

—No volveré a ocultarte nada — prometio mirándola a los ojos — pero necesito saber que harás esto conmigo.

—Atem… yo…

Él se inclinó más hacia ella y su rompecabezas rozó la piel de su brazo dejando una línea oscura detrás. Nahia soltó un alarido. El rompecabezas se activo repentinamente, desatando un caos de luz amarilla alrededor del faraón, convirtiéndose en una bola de fuego que se expandió hasta reventar como un globo hinchado hasta el límite. Ella cayó hacia atrás cuando la onda expansiva la alcanzó, tirándola fuertemente contra el piso. Todo ardía, el fuego quemándola.. Gritó hasta que fue demasiado, el dolor la sumió en la oscuridad y perdió el conocimiento.