Capítulo 18 "Miedo Preliminar"
Nahia se despertó sobresaltada entre gritos ahogados y con el corazón golpeándole el pecho. Le tomo algunos minutos procesar de donde venían esos sonidos y un tanto más volver a la realidad de lo que había ocurrido. Estaba tendida sobre el frío piso, lo cual era un alivio a la sensación de su piel ardiente. Le daba vueltas la cabeza y le dolía allí donde se había golpeado al caer. Podía notar el amargo sabor de la bilis en su boca revolviéndole el estomago. No alcanzaba a ver nada más que el blanco techo de la sala y temia que si se movía podría vomitar de un momento a otro.
Se mordió el interior de la mejilla en un intento de desaparecer el dolor que le sobrevino cuando intentó mover su cuerpo. Una fuerza invisible la aplastaba contra el piso; era la misma energía electrificante que emanaba del rompecabezas justo en el momento en que explotó entre Atem y ella cuando el artículo la rozó, convirtiendo toda la estancia en una burbuja de fuego dorado, que se expandió y los expulsó lejos el uno del otro.
Intentó concentrarse en el insistente lloriqueo que penetraba a través de su propio dolor. Podía reconocer las palabras, pero no su portador.
— Oh No, no, no, — lloraba alguien desconsolado— se ha ido, se ha ido. Atem...
Nahia se sentó de repente, ignorando el mareo y las náuseas que le atacaron de inmediato. La visión de la habitación fue más clara, nada parecía haber ocurrido excepto porque Yugi estaba arrodillado en el suelo donde minutos antes había estado Atem, sujetando entre sus manos el rompecabezas del milenio con tanta fuerza que podría haberlo partido en dos. Cuando Yugi alzó la vista hacia ella, pudo ver su expresión destrozada, el miedo rápidamente transformándose en odio.
—¡Tu! — gritó él, sus ojos encolerizados fijos en ella — ¡Tu hiciste eso!
Yugi dejó caer el rompecabezas y por un segundo pensó que él se abalanzaría sobre ella, de no ser por la mano que cayó sobre el hombre del chico, deteniéndolo.
—¡Yugi! — llamó el abuelo — ¿Que está pasando muchacho? ¿Quieres explicarme?
Nahia no había reparado en él, aún tenía en una de sus manos el teléfono y con la otra apretaba el hombro de su nieto, que aún la observaba con la irá flameando en sus ojos. Notó también que la estancia no sufrió ningún daño tras la explosión, solo ella y Yugi parecían haber sido afectados. Debía de ofrecer una imagen bastante confusa para el señor Muto. Yugi gritando enfurecido y asustado, ella echada en el piso a un par de metros de distancia.
— Se ha ido abuelito — Yugi also sus ojos hacia su abuelo — no puedo encontrarlo.
— No lo entiendo muchacho...
—¡Ella! ¡Fue ella! — gritó él y la chica hizo una mueca —Tocó el rompecabezas y e-él desapareció — el chico se sorbió la nariz — no puedo acceder al rompecabezas, me expulsa cada vez que lo intento.
Nahia parpadeo confundida y miró de nuevo el rompecabezas. Lucía igual que siempre, a excepción por la lluvia de chispas de energía que salían de el en cada tanto.
—Quizá no se ha ido chico, quizá ... ven — ordenó el abuelo al ver que su nieto empezaba a discutir de nuevo —tienes que calmarte, vamos muchacho.
El abuelo tomó a Yugi debajo del brazo y apartó el rompecabezas dejándolo en suelo, al tiempo que lo ayudó a ponerse de pie arrastrándolo a uno de los sillones.
— Dame un momento Nahia — dijo hacia ella el Señor Muto— Enseguida voy por ti.
Nahia no esperó. Tenía la vista clavada en el chispeante artículo milenario. ¿Se había ido? Aún entumecida se arrastró hacia el rompecabezas, sus piernas moviéndose lentamente. No podía haberse ido, ¿Que había hecho?
—¡No lo toques! — gritó Yugi.
Ya era demasiado tarde, Nahia había alzado su mano y tomado el rompecabezas de la base. Sintió la corriente de nuevo a través de su brazo, mucho más débil, pero allí estaba; esa electricidad dorada y relampagueante que consumía todo, tan diferente de la oscuridad total que había experimentado esa noche en su sueño. La corriente la arrastró llevándola lejos, absorbiéndola, sumiéndose de nuevo en la inconsciencia. Se dejo llevar por la corriente junto al siniestro eco de una carcajada.
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Atem caminaba deprisa por los pasillos del rompecabezas buscando una salida. ¿Cuando se habían hecho sinuosos y oscuros de nuevo? Toda su historia se había revelado al final cuando recuperó sus memorias, no había más pasillos, ni habitaciones vacías, o trampas detrás de aquellas puertas, solo recuerdos y mucha luz. ¿Por que estaba atrapado de nuevo entre aquellas penumbrosas paredes?
En un momento había estado cerca de Nahia, tan cerca que podía oler el dulce olor floral que emitía su piel y su respiración y al siguiente la oyó gritar, un alarido que se repetía en su memoria causándole escalosfríos, segundos después se encontraba allí, dentro del rompecabezas, completamente solo. No podía oír la voz de Yugi, ni sus pensamientos, no podía regresar al exterior. La ansiedad de saber si Nahia estaba bien lo invadía y tiraba de cada fibra de su ser, quería saber qué había perpetrado aquel grito de dolor que retumbaba en sus oídos y lo trasladaba de vuelta a aquel sueño que no se terminaba de concretar; Nahia corriendo por los pasillos muy parecidos a donde se encontraba ahora, la tensión que sintió cuando vio su rostro empapado en lágrimas y la fiera determinación que asomaron en sus ojos verdes al alejarse de él. Sacudió la cabeza alejando el dolor púnzate que sentía en su pecho en un intento de pensar con claridad.
Le era natural ir y venir a su antojo, solo con pensarlo podías salir o entrar, pero ahora algo, que no podía ver, se lo impedía. Una energía entraña formaba una barrera entre ambos lugares, manteniendo su mente y su alma cautiva. Sabía que había múltiples entradas y salidas del rompecabezas, solo tenía que hallar una.
Había llegado a la estancia principal, un amplio espacio de donde se derivaban muchos otros pasillos, y donde se encontraba una solitaria puerta de madera oscura envejecida por causa del tiempo y por la cual podía acceder a la mente de Yugi. Una rudimentaria forma dado que no solía usar aquellos medios, pero valía la pena intentarlo. Tiró del picaporte de un jalón y nada sucedió.
Golpeó y pateó la puerta con furia, empujando con todo su poder y sin embargo se mantuvo tan firmemente inamovible que ni el más mínimo rasguño le había hecho. Tendría que buscar otra salida, tenía que haber alguna otra salida. Era inútil tratar de mover aquella puerta. Estaba sellada. Sellada con magia.
—Magia — pensó — la única en aquella habitación con magia capaz de sellarlo era Nahia. ¿Lo había hecho ella? ¿Le había mentido cuando dijo que no sabía controlar su poder? No. No podía ser. Había visto la nobleza y el temor en sus ojos, el la conocía, sabía que tenía que ser algo más.
Atem miró la sala frente a él, un tanto agobiado. ¿Y si la extraña mujer del sueño de Nahia habían dado finalmente con ella? ¿Estaría muerta entonces? Cayó sobre sus rodillas de repente abrumado, mirando el suelo.
—¡No¡— golpeó el suelo con un puño— ¡no es posible!
Un grave estruendo sobre el centro de la sala llamó su atención, haciéndole desviar la mirada del suelo hacia el lugar del sonido. Sobre su cabeza una destellante luz rojiza se hacía más intensa en cada segundo que pasaba, dispersando la oscuridad, obligándolo a entrecerrar los ojos. El halo de luz alcanzó su máximo explendor y luego cayó como un rayo en el frío suelo de la estancia.
Atem se puso de pie enseguida, ahogando un grito. Sobre el suelo desparramada, se hallaba inconsciente Nahia. Corrió hacia ella, alcanzándola cuando el último vestigio de luz rojiza desapareció, sumiendo la habitación en su antigua penumbra.
La sostuvo contra él y sintió alivió cuando vio su pecho subir y bajar con una pausada respiración. Estaba muy pálida, pero no se veía malherida. Solo la sombra de una línea negra y chamuscada cruzaba la parte interna de su brazo. ¿Se había hecho eso al caer? ¿Como había llegado hasta allí?
— Nahia — susurró y apartó el cabello de su rostro — Nahia, despierta ... por favor.
Ella no se movió. Su rostro estaba tan cerca que podía ver cada detalle; la sombra que dibujaban sus pestañas bajo sus ojos, el delicado arco de su cuello, la piel sedosa casi transparente que cubría sus mejillas y los pliegues de su cara. Podía sentir el calor de su cuerpo y de su respiración, aunque solo podían estar en el rompecabezas en Alma y no en cuerpo, la suya parecía reconocer cómo se sentía estar a pocos centímetros de distancia. Le acaricio la mejilla con la mano libre. Era hermosa, tanto que dolía.
Un revoloteo de pestañas lo hizo volver a la realidad. Nahia abrió los ojos despacio y su mirada clara se topó con la suya. Atem pudo ver, incluso en la oscuridad, los pequeños entramados dorados en las irises de ella, como un mosaico de colores verdes brillante y diminutas trazas de oro. Notó que no se asustó de verlo allí arrodillado junto a ella sosteniéndola, sino que lo miró confundida, pero aliviada.
—Atem — dijo con un susurro velado por algo desconocido, haciéndole sentir una calidez que nunca había experimentado, una familiaridad que no había tenido con nadie más en sus muchos años que llevaba vivo, o al menos que él recordara. El sentimiento se alojó hondo en su pecho y parecía venir de algún lugar de su mente al cual no tenía acceso.
Ella había pronunciado su nombre antes, pero no con aquella urgencia. La forma en la que lo hizo accionó un poderoso deseo de besarla hasta perder la noción del tiempo, hasta olvidarse de quien era y que hacia allí. Se dio cuenta tarde que su deseo irracional era evidente en sus propios ojos y entonces los cerró, no era capaz de controlar sus pensamientos ni su cuerpo cuando estaba tan próximo a ella y además no quería espantarla de nuevo.
— ¿Qué pasa? ¿Estás bien? — Nahia se apoyó sobre sus rodilla, observándolo inquieta.
El abrió los ojos y la observó de vuelta recordando cómo lo había visto ayer por la tarde en el campus y como había pensado que parecía un felino salvaje, letal y hermosa. No era para nada la forma en la que pensaba de ella ahora, había inocencia y preocupación en esa mirada.
— Estoy bien — contestó — ¿Tu como ...
Nahia se levantó de un tirón interrumpiéndolo, llevándolo consigo y mirando más allá de su hombro. Su expresión había pasado del alivio al más feroz terror en un segundo. Él la atrajo hacia si por puro instinto colocándose frente a ella y volcándose a la dirección de su mirada. Su respiración cesó cuando lo vio.
Frente a ellos una marea tan oscura como el alquitrán caminaba con miles de ojos, pieces y manos directamente hacia su posición. Saliendo de todas partes, subiendo por las paredes, el techo y los pasillos, tragándose todo lo que había a su paso. Reprimió un grito ahogado y echó a correr, con Nahia pegada a sus talones.
