HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
1942
Suiza llevó a cabo todas las pruebas necesarias para comprobar la pureza del oro que se encontraba sobre la mesa, bajo la atenta mirada de Alemania. Él sabía que no era nada personal, no es que no confiara en él; no confiaba en nadie en absoluto. Simples negocios. Las palabras tenían muy poco valor, y, en tiempos como aquellos, aún menos.
El dictamen fue favorable. Lo que le había presentado era oro auténtico. Suiza hizo unos pocos cálculos rápidos con su calculadora y mostró el resultado a Alemania.
— Bien—asintió él. Un poco por decir algo, en realidad. Suiza no le había preguntado en ningún momento si estaba conforme con la tasa: el oro valía lo que valía. Así que Suiza, sin romper su mutismo, lo cual significaba que su mente estaba ocupada calculando, comenzó a contar billetes de francos frente a Alemania, para que viera que no había truco. La cantidad resultante no era insignificante. Suiza sabía lo que podía hacer uno con todo ese dinero, pero la decisión era de Alemania: ¿compraría más anti-tanques?, ¿pagaría a sus soldados?, ¿comida enlatada para las tropas?, ¿reemplazar los aviones perdidos?, ¿uniformes?
Alemania sonrió cortésmente, se puso en pie y ofreció a Suiza su mano para que se la estrechara.
— Es un placer hacer negocios contigo.
Suiza devolvió un apretón firme, no porque él pudiera decir lo mismo, sino porque no podía permitirse parecer débil frente a Alemania. O ante nadie más.
Cuando Alemania salió del cuarto, listo para comprar más herramientas para ganar la guerra en Europa, Suiza se sentó a clasificar el oro con el fin de fundirlo y mezclarlo con el suyo propio. Anillos de casados a raudales. Relojes; uno de ellos con la fotografía de una mujer y dos niños en su interior. Menorahs. Joyería de todas clases, algunas con gemas de las que podía sacar beneficio. Dientes. Y también algunos lingotes con el sello del Banco Alemán y el lugar donde se hicieron: Auschwitz.
1995
Liechtenstein se había percatado de que Suiza andaba tenso aquellos últimos días, pero no sabía por qué. Parecía que no podía concentrarse en nada y no encontraba alivio en los placeres mundanos de su compañía, la comida o los paisajes que lo rodeaban. Pero aquel día tuvo una idea de qué lo reconcomía: su hermano iba a reunirse con América esa mañana. Lo supo porque lo encontró más callado y gruñón que de costumbre, y se enterró en sus papeles más que nunca.
— Tengo hoy una reunión muy importante y desagradable. No puedo ir de compras contigo—le dijo Suiza.
— No pasa nada, hermano. Lo comprendo. ¿Os veré a ti y al señor América a la hora de la comida?—preguntó Liechtenstein.
— Él no se va a quedar y no creo que vaya a comer yo nada hoy.
Liechtenstein no hizo más preguntas y decidió quitarse de en medio, irse a comprar sola, para no molestarlo. Cuando de hecho su presencia calmaba bastante a Suiza. Oh, pero él no podía pedirle que se quedara. No quería que escuchara lo que América tenía que decir acerca de él. Claro que ella y el mundo entero oirían pronto todo lo relacionado con el asunto en las noticias y la prensa, y ella técnicamente estaba allí y lo vio todo, pero...No, no era la clase de cosa por la que quería que pasara Liechtenstein.
América, gracias al cielo, fue puntual. Vestido formalmente informal, tomó asiento en la oficina de Suiza como si fuera la suya propia.
— Me envía el Congreso Judío Mundial—dijo, aceptando con gusto el ofrecimiento de Suiza de que tomara una taza de café.
— Lo sé. Creo que podemos saltarnos las formalidades e ir al grano. Estoy ocupado—respondió Suiza, sentándose frente a él.
— Tú siempre estás ocupado, colega.
— Sí.
— Seco como el Valle de la Muerte. Me gusta eso, en cierto modo. Pero okey, iré al quid de la cuestión, entonces—América se colocó las gafas—. El CJM está molesto porque no dejas que los herederos accedan a las cuentas de sus familiares.
— Ya se lo he dicho a ellos: hay un protocolo. Necesito los certificados de defunción, entre otras cosas, y si no los pueden presentar...
— Sí, bueno, la cosa es que los nazis y demás no solían molestarse en rellenar certificados de defunción cada vez que disparaban a la gente en la nuca o los gaseaban...
— Lo sé. Pero si tanta gente quiere tener una cuenta aquí es porque mis medidas de seguridad son muy estrictas. Si voy por ahí dando acceso a las cuentas a gente que dice ser familiares de estos clientes...
— Y lo entiendo. Pero también reclaman que has denegado asilo de refugiados a sus familias.
— Las fronteras funcionan exactamente igual. No dejo entrar a cualquiera en mi casa.
— Está bien—América lo miró con más severidad esta vez—. ¿Y qué me dices de todo el oro robado por Alemania, Austria, Italia y los demás, que dio a parar a tus bancos?
— ¿Tienes pruebas de que fuera robado?—Suiza alzó una ceja.
— Switz, no me jodas, ¿quieres?
— Eres tú el que ha venido aquí a soltarme esas acusaciones a la cara.
— El Congreso necesitaba ayuda y confió en mí. Después de lo que vi aquí en Europa, es lo menos que puedo hacer. ¿No crees que las víctimas se merezcan una compensación?
— Yo no he dicho eso. No lo he dicho en ningún momento. Sólo digo que tus medios me están poniendo de banquero de los nazis y eso me toca las narices.
— ¡Oh, claro! ¡Por supuesto! ¿Cómo se atreven a decir cosas que son la pura verdad?
— Yo era neutral...
— ¡Neutral, una mierda! ¡No había nadie neutral en todo este maldito continente! Suecia, Portugal, España, Turquía, todos los que decíais serlo lo dijisteis para salvar el pellejo, pero elegisteis un bando.
— Ellos también recibieron oro de Alemania y no lo han devuelto, que yo sepa, ¿por qué no vas a molestarlos igual que me estás molestando a mí?
— Porque ahora no estamos hablando de ellos, estamos hablando de ti. Tenemos pruebas de que has estado destruyendo documentación relativa a esas operaciones.
— ¿Quién dice eso?
— Eso no importa. Has estado encubriéndolo todo. Fingiendo que es agua pasada. Si de verdad fueras inocente, le darías ese dinero a aquellos a los que Alemania robó.
— ¡Todo lo que hice fue perfectamente legal! ¡Lo que he dado es todo lo que tenía!
Las gafas de América le resbalaron por la nariz, así que se tomó un segundo para volvérselas a colocar con un dedo, mirando furioso a Suiza.
— Me das asco, Suiza.
— ¿Sí?—Suiza inclinó la cabeza a un lado, mirándolo con desprecio.
— Sí. Usas eso de la neutralidad como escudo. Hiciste negocios con todos, te cubriste de oro a costa de nuestro sufrimiento, mientras millones de personas morían a tu alrededor.
Suiza se puso en pie, colocando las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia América para gruñir:
— No sabes nada sobre mí o cuál era mi situación entonces. Absolutamente nada. Te crees que todos tenemos que ser como tú, héroes de una película de acción, dispuestos a arriesgar nuestros cuellos y a aquellos a los que queremos por la gloria, y la libertad y la justicia. Tú no estabas aquí cuando todo se desarrolló y comenzó. Sólo viniste cuando te afectó personalmente, cuando esto ya se había convertido en un infierno. Tú, entre todos, no tienes nada que reprocharme.
— Sí que te conozco. Me he encontrado montones de gente como tú—América se incorporó, mirándolo no con menos fiereza—, a quienes sólo les importa salvar el pellejo, el beneficio que pueden sacar de otros. Apuesto a que estabas cantando a la tirolesa en las praderas mientras Alemania vapuleaba a tus vecinos, mandaba familias enteras a campos de concentración y...
— Muy bien. Se acabó—lo interrumpió Suiza, encaminándose hacia la puerta para abrirla e invitar a América a que se marchara—. Lo que tenga que decir sobre este asunto, lo diré exclusivamente ante un tribunal.
— Ya te digo que nos veremos en los tribunales—América fue hacia la puerta—. Ya estoy harto de tipos como tú que fingen que no pasó nada. Pero te lo advierto: vas a perder a un gran inversor y comprador.
— No significas tanto para mí. Ve a decirle a ese Congreso que van a lamentar haberme insultado.
— Mejor empieza a contar dinero. Pronto vas a tener que pagar una bonita suma.
Suiza le cerró la puerta a América prácticamente en las narices y posó su propia cabeza en su superficie. Seguro que iba a tener tiempo de lamentar que la reunión hubiera acabado tan mal, pero por el momento todo en lo que podía pensar era que necesitaba darle a su cabeza un descanso. El estúpido de América le había dado una buena jaqueca. Se deshizo la corbata y se tumbó sobre el sofá de cuero, cerrando los ojos.
En la oscuridad reapareció una sensación familiar, después de un largo tiempo de represión.
Él había nacido cuando Austria se estaba haciendo demasiado fuerte y su poder era visto por varios cantones con recelo. Varios de ellos se agruparon para hacer frente al emperador, y con eso él, Suiza, abrió los ojos al mundo por primera vez. Casi desde el mismo momento de su nacimiento fue entrenado para combatir a Austria, el cual vendría para hacerlo prisionero y destruir su estilo de vida. Sólo era un pastor, casi no tenía más armas que las rocas y las herramientas de su oficio, pero, al vivir en las montañas, era un soldado ligero, con recursos, y eso actuó en su favor frente a los caballeros lentos y pesados de Austria y Francia. Pronto sus habilidades fueron requeridas por muchas naciones. Tenía resistencia e ingenio, cualidades que lo convertían en un formidable mercenario. Desafortunadamente, la muerte desembarcó en Europa y Veneciano requirió sus servicios debido a esta reputación suya. Necesitaba a alguien duro que trasladara los cadáveres de la peste a sus fosas.
Suiza no vio a Veneciano en todo este tiempo, pero, viendo el estado de los cuerpos que tuvo que transportar, pudo hacerse una idea de cómo se sentía. Él mismo también mostraba síntomas leves, así que no podía imaginarse cómo debía ser...sufrir la enfermedad...incapaz de conseguir el alivio de la muerte...Él era tan joven entonces...Aún era un niño...Lo que vio, no lo olvidaría mientras viviera. Hombres, mujeres, niños, con bultos que supuraban sangre y pus, pálidos, apestosos debido a los incesantes vómitos y diarreas. En aquel tiempo, con las condiciones de vida que tenía la gente, se expandió rápida y letalmente. Algunos seguían vivos, temblaban, se quejaban, y ya estaban siendo llevados a la tumba, porque fallecerían en cualquier momento. Suiza recordó cómo uno de los hombres bajo cuyo cuidado se encontraba (no recordaba su nombre, pero nunca pudo olvidar su barba descuidada y su enorme nariz) lo miró, a él, aquel niñito que era reticente a tocar aquellos asquerosos cuerpos, que se estremecía al ver tanta muerte y dolor, para decirle algo que cambiaría su vida:
«En este mundo uno tiene que ensuciarse las manos y hacer cosas que nadie más quiere hacer si quiere sobrevivir. El oro mueve el mundo. Es la sangre que corre por las venas de tu especie. Hazte un favor a ti mismo y cierra los ojos y acepta lo que te venga.»
Al principio pensó que aquel hombre no tenía corazón, pero conforme fue creciendo...vio que sólo le estaba dando un consejo muy valioso. Era lo que todo el mundo hacía. Así que cerró su corazón a toda emoción y se volvió más duro que las montañas entre las cuales vivía. La vida era cruel, y la única manera de sobrevivir era siéndolo aún más.
Tal y como veía todos aquellos cuerpos fétidos, veía las fotografías tomadas en campos de concentración a la llegada de Rusia y América, de esqueletos andantes, cadáveres casi calcinados en hornos, fosas repletas de cuerpos, cadáveres que yacían en las calles en la misma postura en que habían muerto de hambre o disparados...
Pero ¿qué sabía América? Él sólo había entrado en guerra por lo de Pearl Harbor...Él no estuvo ahí...No vivía en su casa...Rodeado por Austria, Alemania, Italia y Francia. Fascistas, nazis...A pesar de su neutralidad, Alemania y sus aliados podían haberlo invadido en cualquier momento. Y entonces él y millones de personas habrían estado en peligro. Su plácido estilo de vida, por el cual había trabajado tan duro, que había requerido tantos sacrificios, habría volado en pedazos. Por supuesto que aceptó el oro de Alemania, sabiendo de dónde venía o sospechándolo. Igual que aceptó el de Inglaterra, y el de Francia, y abrió cuentas bancarias a los refugiados judíos que temían que sus posesiones fueran robadas por los invasores. Decir que no habría sido una muy mala decisión. Liechtenstein se habría vuelto envuelta en aquella guerra cruel, la habrían secuestrado, masacrado. Las cosas no eran tan fáciles como América las pintaba.
(La familia del reloj...¿Habrían muerto todos en un campo de concentración? ¿Bombardeados? ¿Fusilados? ¿Se murieron de hambre en un gueto?)
No era culpa suya. Él no quería tener nada que ver en ese jaleo. Fueron ellos los que acudieron a él para cambiar su oro por francos suizos con los que comprar juguetes con los que matarse los unos a los otros. Lo que hicieron con él era problema suyo, no de él. En aquel momento no tenía importancia. Fueron ellos los que lo acorralaron y le hicieron elegir entre hacer tratos con ellos o ser invadido.
¿El dinero traería de vuelta a toda aquella gente? ¿Borraría lo que pasó de sus memorias?
¿Quién había sido la rata que había desvelado sus secretos? Se había asegurado de que su personal guardaba silencio sobre aquello. Era algo que los beneficiaba a todos.
Veinte millones de francos...Robados a inocentes...Cada uno de ellos con una historia detrás, un sueño roto, una vida destrozada...
¡Estúpido, estúpido América! ¡No era su culpa, tener que tomar una decisión! ¡Hizo lo que cualquiera hubiera hecho! ¡Él hubiera hecho lo mismo en su lugar!
(¿A cuántas parejas cuyos anillos de boda acabaron en sus manos los separó la muerte?)
Suiza deseó que Liechtenstein volviera a casa pronto...Su estómago no admitía comida alguna en ese momento, pero lo intentaría, sólo para hacerle compañía, oírla hablar de su día, de sus trivialidades, para no pensar en ello...
Cómo brillaba en su mano, el oro...aquel oro maldito...
FIN
En 1998 Suiza fue forzada por fallo judicial a pagar 1.250 millones de dólares al Banco Israelí, que lo transferiría a casi medio millón de demandantes, víctimas o familiares de víctimas del Holocausto
