Chikaimasu Ka?

"There Is A Fine Line Between Chaos And A Hullabaloo."

Soun murmuró una grosería cuando la pancarta de tela se desprendió de la pared en la que la estaba colgando. En vez de sostener el otro extremo como se suponía que habían acordado, Genma masticaba distraídamente un palo de bambú. Era el sobrante de la colación que se había zampado en forma de panda, demasiado hambriento para esperar a que Kasumi se desocupara para preparar el almuerzo. De un lado a otro pasaban integrantes de la familia cargando decoraciones, manteles y flores. Todo el dojo rebosaba de actividad.

Desde una esquina, Nabiki bebía un cóctel observando todo con aire de autosuficiencia, orgullosa de la cantidad de esclavos que, en un arranque de inusitada generosidad, había proporcionado a su padre para que ayudaran con los preparativos. Todos extorsionados de las formas más inimaginables. Algunos ex compañeros de la escuela, otros conocidos del trabajo y algunos de ellos simples desconocidos que habían tenido la desgracia de haberse cruzado en su camino durante un momento favorecedor. Nabiki sonrió arrogante.

Sus vivaces ojos castaños se dirigieron al otro lado del dojo, donde su hermana menor cargaba torres de sillas plegables y mesas para acomodarlas con una facilidad que hacía parecer que estuvieran hechas de papel. No pudo evitar alzar las cejas en admiración por el hecho de que Akane no se hubiera empecinado en participar en las actividades más "femeninas", y que demostrara la madurez suficiente como para preferir hacer un mejor uso de su fortaleza.

Los ojos de Nabiki no eran los únicos que seguían los movimientos de la menor de las Tendo. Desde el otro lado del dojo, un poco alejado del tumulto general, Ranma le daba los toques finales a su arreglo floral mientras lanzaba miradas furtivas en dirección a Akane. Lejos estaban aquellos días en los que se habría puesto a protestar por haber sido asignado a esas "cosas de mujeres". Si bien no era un experto en las manualidades, hacía un trabajo lo suficientemente aceptable para que nadie se quejara de cómo quedaban.

Había dado un par de pasos atrás para contemplar mejor los resultados de su esfuerzo cuando sintió una conocida presencia detrás de él.

–No tienes que hacer esto, Ran-chan... lo sabes, ¿verdad?

Los ojos acerados del aludido se alzaron para encontrarse con una sonrisa esperanzada que era sumamente dolorosa de presenciar. Con una expresión neutral en el rostro, Ranma volvió su atención a las flores.

–Ven conmigo, vámonos lejos –continuó Ukyo, sin dejarse amedrentar–. Viviríamos en los caminos, con el fruto de nuestro trabajo. Podríamos vender okonomiyaki, sólo necesitaría mi parrilla portátil y mis espátulas. Pasemos rápido por ellas al local y nos vamos, nadie se dará cuenta hasta que ya sea demasiado tarde.

Ranma le sonrió con tristeza.

–Lo siento, U-chan. No me gusta cocinar okonomiyaki.

Ante la inesperada respuesta, Ukyo se quedó unos instantes parpadeando perpleja, lo suficiente para que Ranma se perdiera de vista. Al darse cuenta de que la había dejado sola, Ukyo dejó escapar el aire resignadamente y de sus ojos cerrados escurrió una pequeña lágrima.

–¿Puedo ayudarte, Ukyo-chan?

La aludida se secó la mejilla rápidamente antes de girar para dirigirle una sonrisa fingida a Nabiki.

–Eso quisiera saber yo. Ya sabes, Ran-chan y yo somos muy cercanos, así que lo más lógico es que viniera a ayudar con los preparativos. Después de todo es su… –carraspeó– boda.

...

El lejano bullicio proveniente del dojo comenzaba a desvanecerse poco a poco a medida que el sol se iba acercando al cenit.

La suave brisa que entró por la ventana de su habitación hizo que Akane se estremeciera. Estaba sentada sobre la cama en ropa interior, mientras Yuka y Sayuri le pintaban el cuerpo de blanco entre cuchicheos y risas de emoción. Al levantar la mirada, se encontró con el kimono tradicional que colgaba de la puerta de su armario. La blanca seda relucía con complejos bordados y delicados detalles rojos.

Estaba tan distraída pensando en cualquier cosa que cuando vio caer los primeros pétalos negros sobre el tatami creyó que se trataba de una alucinación, no obstante, su imaginación no era tan cruel como para reproducir esa risa que le taladraba el cerebro.

Akane se puso de pie de un elegante salto, cubriendo a sus amigas y adoptando una pose de pelea. Kodachi le dedicó una sonrisa sombría, agazapada sobre el marco de la ventana.

La escandalosa risa de la rosa negra retumbó en toda la habitación.

–Akane Tendo –siseó con desprecio, mientras descendía dignamente hacia el interior de la habitación.

Al menos en esta ocasión, había optado por un kimono sencillo en vez del vestido negro de novia, pero eso no necesariamente significaba que estuviera ahí para ayudar a Akane a arreglarse, ni mucho menos.

–¿Qué quieres, Kodachi?

La aludida soltó una risa burlona, para luego dar un par de pasos hacia su interlocutora. Akane extendió los brazos para hacer retroceder a sus amigas, en caso de que la rosa negra se pusiera violenta.

–Akane Tendo –repitió amargamente–, la nívea, perfecta, prístina Akane Tendo…

Se acercó a una de las cubetas de pintura y hundió los dedos en ella, para luego inspeccionarlos de cerca, frotando las yemas en movimientos circulares.

–Nunca me ha gustado el blanco.

–Es tradicional.

–¡Es un embuste! ¡Una farsa! –chilló Kodachi desdeñosamente mientras lanzaba el bote con violencia hacia su interlocutora.

Akane atrapó el bote de pintura en el aire sin preocuparse demasiado por evitar que una parte se derramara sobre sus manos, e incluso que unas gotas alcanzaran a salpicar su cabello. Lo que sí se aseguró de esquivar fue el chorro de tinta negra que salió disparado del extremo de una de las clavas que Kodachi apuntaba hacia ella.

–¡Yuka-chan, Sayuri-chan! Salgan de aquí rápido, yo termino con esto sola, gracias –exclamó Akane mientras se embarraba de pintura con los dedos a toda prisa sobre brazos y piernas.

–No creas que me engañas con ese acto de princesa inmaculada, ¡no eres más que una pequeña bruja!–. Kodachi seguía atacando con tinta y golpes indiscriminadamente.

Aros, pelotas y cuerdas volaban en todas direcciones, manchando de tinta negra todo lo que tocaban. Akane se limitaba a esquivarlos y continuar embadurnándose de pintura blanca lo mejor que podía. Al cabo de unos momentos, el insulto de sentirse ignorada fue más de lo que Kodachi pudo soportar: sacó la mejor de sus armas -el listón- y empezó a blandirlo en el aire con furia.

–¡Sucia proletaria! ¡No eres mejor que yo!

Akane se quedó inmóvil sosteniéndole la mirada a Kodachi, y después de unos segundos bajó lentamente los brazos.

–No, Kodachi. No lo soy. Nunca lo he sido.

–¡Así es! Nunca lo has sido –Kodachi sonrió con desprecio, pero las lágrimas de frustración en sus ojos no pasaron desapercibidas para Akane.

Con un desesperado alarido de furia, la rosa negra se lanzó al ataque ondeando su listón. Akane alcanzó a soltar un suspiro de resignación antes de colarse entre las espirales para conectar el primer golpe. No era apropiado darle vueltas, el honor de ambas exigía un enfrentamiento directo y limpio, por lo que se enfocó en asegurarse de que el mensaje llegara claro. Un par de patadas contundentes y un codazo a la quijada. Nada demasiado rimbombante, nada que una guerrera pudiera interpretar como un acto de condescendencia.

Y a la vez, nada que dejara lugar a dudas sobre quién era la vencedora.

Sin reparar demasiado en el cuerpo postrado de la gimnasta sobre el tatami, Akane se apresuró a enfundarse el shiromuku y salió corriendo de la habitación. Al asomarse sobre la barandilla de las escaleras encontró a Ranma a medio vestir peleando contra Tatewaki.

De un salto bajó al primer piso, aterrizando sobre la cabeza del kendoista, y tomó a Ranma de la mano para salir corriendo de la casa rumbo al templo shinto. Mientras corrían, él se terminaba de acomodar el haori.

–¿Dónde están tía Nodoka y tío Genma?

–No te preocupes por ellos, nos están esperando en el templo junto con Kasumi-san.

Lo primero que divisaron al llegar al templo fue la figura de Kasumi saludando alegremente con la mano. Llevaba puesto un kimono negro con estampados de la cresta familiar distribuidos únicamente en la parte baja y el obi en distintos tonos dorados.

–Te ves radiante, hermanita –sonrió depositando un suave beso sobre la frente de Akane.

A pesar de su cabello enmarañado, la pintura mal embarrada con surcos a medio pintar y alguna que otra línea gris de tinta, Kasumi la miraba como si fuera la novia perfecta, y Akane no pudo evitar sentirse como si lo fuera. El brillo de sus ojos color avellana era lo único que importaba. Las delicadas manos de Kasumi se desplazaron sobre el tocado, acomodando un par de pétalos por aquí y por allá como si hiciera alguna diferencia, como si le estuviera dando los toques finales a algo que no fuera ya un caso perdido.

Ranma se rascó la nuca sin saber qué hacer, volteó a ver impacientemente a los lados, pero no se atrevió a interrumpirlas. Al cabo de lo que le pareció una eternidad, las hermanas se tomaron de las manos y comenzaron a caminar hacia el templo. Los Saotome las siguieron de cerca.

Desde el primer vistazo que le dio, justo después de tomar asiento dentro del templo, Ranma reconoció a Gosúnkugi usando un disfraz muy malo de sacerdote sintoísta, portando un gorro negro improvisado y un largo vestido blanco que parecía provenir de una tienda de disfraces baratos. La expresión recelosa que encontró en el rostro de Akane cuando volteó a verla le indicó que ella también lo había notado, pero decidieron que con tal de continuar la ceremonia, realmente les importaba un pepino en esos momentos.

Gosúnkugi empezó a preparar el ritual de purificación, encendiendo tres varas de incienso que le tomaron varios intentos y cuando creyó que la pareja no miraba, agregó una más, siendo considerado el cuatro un número de mala suerte. Los listones de humo dibujaban elegantes espirales en el aire mientras el falso sacerdote extendía dos rosarios budistas que representaban a las familias Tendo y Saotome. Fue ese momento el que aprovechó Ranma para añadir discretamente una quinta vara de incienso y regresar al número de la buena suerte.

Con una expresión solemne, Gosúnkugi empezó a murmurar una jerga inteligible, simulando que rezaba. Akane bajó la cara avergonzada y deseando que esa farsa absurda terminara pronto. El sacerdote impostor hizo una pose como si invocara a los kamis, aunque era más que evidente que no tenía idea de lo que estaba haciendo.

En un movimiento que él creía completamente camuflado, Gosúnkugi sacó un frasco con una maldición kodoku de entre sus ropas. Sin dejar de murmurar rezos falsos, se acercó a Ranma desenroscando la tapa del frasco y liberando la araña venenosa cerca de él, con una supuesta sutileza que no engañaba a nadie. Se alejó un par de pasos y siguió con el improvisado ritual.

Una gota de sudor resbaló por la frente de Ranma, mientras observaba pensativo a la araña. Por un lado, sabía que cualquier cosa que intentara Gosúnkugi sería para atraer a la mala suerte, pero por otro, tenía suficiente experiencia con lo sobrenatural para saber que no siempre era tan sencillo, sobre todo tratándose de aquel inepto y su inconveniente manía de meterse con fuerzas que no podía controlar.

Tragó saliva nervioso mientras veía al falso sacerdote hacer unos cuantos intentos de pasos de baile. Seguramente intentaba simular un kagura, deteniéndose a lanzar dulces baratos de forma aparentemente errática, que casualmente, caían mayormente sobre la cabeza de Ranma, quien lo soportó cada vez más irritado mientras decidía qué hacer con la araña.

Al ver al impostor acercarse de nuevo al altar, Ranma decidió que dejar a la araña rondar entre los pliegues de su kimono era algo que se podía permitir al menos por unos minutos más, mientras atendía otros asuntos más urgentes.

En ese momento, Gosúnkugi pedía a los kamis que bendijeran a la pareja y protegieran su matrimonio. Pronunciaba las palabras a regañadientes, de forma venenosa, como si con la pura entonación pudiera revertir su significado. Prosiguió a atar la shimenawa alrededor de Akane, con evidentes intenciones de aislarla de Ranma. Pero cuando se disponía a pasar la cuerda por en medio de los novios, notó que Ranma ya había tendido sobre la mesa una fila de amuletos de HīragiIwashi y lo miraba con una sonrisa malévola. En sus manos había un puñado de semillas de soja que empezó a lanzar con saña a la cara de Gosúnkugi.

¡Oni wa soto! ¡Fuku wa uchi!– susurraba intensamente una y otra vez.

Su expresión se tornaba cada vez más divertida al ver las semillas rebotar sobre el rostro de Gosúnkugi, decidiendo que ya se había acabado el momento de las sutilezas. La lluvia de semillas era tan intensa y tupida que el falso sacerdote no encontraba hacia qué lado girar la cara para que no le entraran a los ojos, o a la nariz. Ranma era demasiado rápido para él y estaba divirtiéndose de lo lindo anticipando cada uno de sus movimientos.

Mientras el flaco se atragantaba tratando de escupir las semillas que se habían abierto paso hacia su boca, Ranma sacó de su kimono una brújula de papel arrugado, en la que consultó hacia dónde quedaba el ehō. Giró a Akane hacia él tomándola de los hombros con cierta brusquedad y asentó un rollo de maki sushi en el regazo de la chica. Sin dejar de mirar hacia el ehō, se embutió un rollo similar entero en la boca. Akane se limitó a mirarlo, recorriendo con la vista aburrida las filas y filas de amuletos de buena suerte –llamados omamoris– que el chico se había colgado al kimono, pero no se movió.

Ni siquiera se inmutó cuando vio que Gosúnkugi sacaba un pequeño gato negro de debajo de su largo manto blanco. No quería ni pensar cómo lo habría pasado el pobre animal ahí adentro todo ese tiempo.

Ranma palideció al divisar al felino, sintiendo cómo el conocido pánico irracional se apoderaba de cada fibra de su ser. El falso sacerdote saboreó lo que creía sería una dulce victoria. Retomando su parodia de kagura e inspirado a esforzarse un poco más con su interpretación de rezos sintoístas, balanceaba el gato en el aire como si fuera parte de la danza, aunque en realidad sólo lo pavoneaba frente a los aterrados ojos de su odiado adversario.

Ranma tragó saliva sonoramente, aferrándose con desesperación a la escasa cordura que le quedaba. Todo su cuerpo temblaba y había empezado a sudar copiosamente. Una ligera risa maníaca se colaba desde su garganta a través de los dientes apretados. Con lágrimas y mocos chorreando por su cara azulada, agradeció el momento en el que Akane finalmente perdió la paciencia y se puso de pie para depositar sendos coscorrones en las cabezas de los dos chicos.

Tomó al aterrado gatito de manos de Gosúnkugi y le hizo una seña a Kasumi para que se acercara a recibirlo. La mirada asesina de la novia fue suficiente para que todos los presentes entendieran que debían actuar como si estuvieran presenciando la más normal de todas las bodas sintoístas.

A falta de costumbre de recibir golpes de tal calaña, un casi descalabrado Gosúnkugi tragó saliva y se apresuró a servir el sake para el San - SanKudo.

Cuando Ranma volvió en sí, se encontró con que ciertos asistentes no deseados ya se habían colado dentro del templo. Sonreían conciliadoramente, acomodados sobre asientos improvisados, algunas sillas traídas tanto del Ucchan's como del Neko Hanten, cubos de agua, cajas de cartón e incluso una piedra con un sospechoso parecido a las linternas de los jardines del templo.

Ranma suspiró resignadamente, se irguió sobre su asiento y decidió asentir en dirección a Akane para proseguir con la ceremonia. Ella le lanzó una mirada exasperada por unos cuantos segundos, pero finalmente respiró hondo y asintió cerrando los ojos.

Una miko de gruesos anteojos se acercó a los novios para ofrecerles la bandeja con el choko de donde debían beber el sake. Parecía desorientada y –viéndola bien–, extrañamente fuera de lugar.

–¿Mousse? ¡¿Pero qué diantres…?!

–¡Shhhh, Saotome! –susurró con un falsete bastante creíble –, no te preocupes por nada, yo me encargaré de que nad…–

La cara del amazona se contrajo en un rictus de dolor antes de que pudiera completar la frase. Los novios lo observaron extrañados, pero antes de que pudieran preguntar qué sucedía, fueron bañados de sake cuando Mousse lanzó la bandeja al aire y empezó a retorcerse aullando como poseído.

–¡¿Y ahora qué?! –berreó la irritada pelirroja que ahora ocupaba el lugar del novio dentro del kimono negro.

–¡Mi adorada diosa de la trenza!

El dramático llamado llegó hasta el altar, desde el fondo del salón. Sólo un par de zancadas fueron suficientes para que Tatewaki se colocara en medio de las dos chicas y las rodeara a cada una con un brazo.

–¡Mi amada Akane Tendo! ¡Qué maravilloso regalo de los dioses es encontrarlas aquí a las dos, hermosas y dispuestas a desposarme en el cúmulo celestial de todos los actos de amor infinito que…–

La retahíla de incoherencias fue detenida abruptamente por una llave perfectamente sincronizada, en la cual las dos chicas le retorcieron los brazos a Tatewaki, para después noquearlo con una patada en la cara. Mientras tanto, Mousse respiraba agitadamente, arrastrándose hacia los novios sin dejar de abrazar una bacinica de bebé con forma de pato.

–Una… araña… vene… –fue todo lo que alcanzó a murmurar antes de desvanecerse a los pies de la pelirroja.

–¡Tonto, Gosúnkugi! –chilló Ranma, tomando al aludido por los hombros y sacudiéndolo enérgicamente, –¿para qué trajiste esa cosa aquí?

–¡Ranma, basta! ¡Lo vas a desnucar! –advirtió Akane, arrodillada junto a Mousse.

Con un ademán desdeñoso, la pelirroja soltó al mareado muchacho y se arrodilló junto a la novia.

–¿Cómo está? –preguntó Ranma, con aburrido desinterés.

–No sé. Inconsciente –suspiró Akane.

–Al menos pudo atrapar a la araña –señaló la pelirroja, asomándose dentro de la bacinica de pato.

–Akane-chan, Ranma-kun, –interrumpió Kasumi –deberíamos continuar con la ceremonia, yo vigilaré a Mousse-kun.

Los aludidos asintieron y volvieron a sus lugares.

Cuando Gosúnkugi les acercó el choko en el que había servido el sake con manos temblorosas, mirando de reojo a Akane con el temor de que fuera a golpearlo de nuevo, Ranma se quedó contemplando sus propias manos. Esas manos tan blancas y pequeñas, que había esperado no tener que ver precisamente ese mismo día. Distraídamente recorrió el lugar con la vista, esperando encontrar algo de agua caliente.

Akane no necesitó más para darse cuenta de lo que su prometido estaba pensando y con la más dulce de las sonrisas, posó su mano sobre el delgado y femenino hombro de Ranma. Las pupilas zafirinas viajaron hacia su rostro enseguida y Akane asintió, llenando el corazón de la pelirroja con una conocida calidez. Ranma respiró hondo antes de levantar el choko hacia sus labios.

Con el primer sorbo, Ranma se dio cuenta de que lo que había en el choko en realidad era agua. Volteó a ver con recelo a la miko más cercana, pero ella sólo se revolvió nerviosa en su sitio, aparentemente sin entender lo que estaba pasando. Ranma decidió que era un detalle más al cual no darle importancia y le pasó el choko a Akane.

Ella bebió rápidamente sin ningún indicio de que algo inusual estuviera pasando, para apresurarse a devolvérselo. Se veía estresada y lo único que quería era acabar con todo el ritual de una buena vez. A pesar de todo, Ranma no pudo evitar sonreír agradecido por tenerla a su lado en esos momentos.

Su nerviosismo sólo aumentó cuando se percató de que lo que seguía era intercambiar votos.

Kasumi y Nodoka se encargaron de forma silenciosa y discreta de acomodar a las familias Tendo y Saotome frente a frente. Todos los integrantes de la familia se tomaron la misión de mirarse fijamente como prioridad de vital importancia, como exigía la tradición. No debían romper el contacto visual en ningún momento o la ceremonia estaría arruinada.

Antes de empezar a hablar, Akane titubeó por un momento. Un ahogado chillido escapó de su garganta antes de que pudiera cerrar la boca con fuerza y tragara saliva pesadamente. Parecía que quisiera echar a correr, y por un momento, un pánico helado se extendió por las entrañas de Ranma, sabiendo que si ella quisiese irse, no la detendría.

Akane lo miró a los ojos, y en el zafiro de esa mirada vulnerable y aterrorizada, encontró la seguridad que necesitaba para enfrentarse al mundo entero si hiciese falta.

Tras un último resoplido, empezó a hablar con apenas un hilillo de voz.

–Ranma… he venido hasta aquí para unirme a ti y enfrentar juntos la vida y sus sorpresas –hizo una pausa para dedicarle una tierna sonrisa que los tranquilizó a ambos, para proseguir con un tono más firme y claro –. No sé cómo será nuestra vida en el futuro, pero prometo darte tiempo a explicarme las cosas antes de golpearte cada vez que te encuentre en una situación comprometedora. En cada desayuno, prometo servirte la porción de arroz que me quede menos pastosa o quemada, y prometo hacer las cosas que ninguno de los dos quiere hacer, si realmente no quieres hacerlo más de lo que yo no quiero hacerlo.

Ranma se quedó un momento perdido en el brillo de sus ojos color avellana y la sonrisa traviesa, sintiéndose el bastardo más afortunado que pudiera existir.

–Akane… –hizo una mueca de desagrado al escuchar esa voz chillona que salía de su garganta, pero luego sonrió al ver la chispa de diversión en los ojos de la novia –prometo escucharte con atención aunque las cosas que digas carezcan totalmente de lógica y sentido, prometo no burlarme demasiado de ti cuando hagas manualidades que parezcan hechas por un niño de cinco años, y jamás comer en un restaurante si tú no estás conmigo.

A cada palabra que iba diciendo, el ceño de Akane se fruncía más y más. Genma se giró para intervenir, pero Ranma lo captó con el rabillo del ojo y le asestó una patada para que no dejara de mirar a los Tendo. Soun, por su parte, temblaba por el estrés de mantener la mirada fija en el rostro de Nodoka.

–Di algo cortés, hijo. No te eduqué para que seas tan zoquete– murmuró Genma entre dientes, sin dejar de ver a Nabiki y aguantándose el dolor de la punta de la katana corta que su esposa le clavaba discretamente en el muslo.

–Es una pena, cuñadito y tan lindas palabras que preparó mi hermana, ¡qué desperdicio!

–Eso no fue muy amable, Nabiki-chan…

–Esto no es nada varonil, hijo mío. Te traje agua caliente para que vuelvas a ser el hombre entre los hombres que me prometió tu padre.

–Aún estás a tiempo de cambiar de opinión, Akane-chan.

–¡¿SE PODRÍAN CALLAR TODOS?!

Ranma se aclaró la garganta, derramándose sobre la cabeza el vaso de agua caliente que su madre la había alargado mientras los presentes se volvían a acomodar en sus lugares después del susto que les causó la endemoniada aura de batalla que inundó el templo junto con el estruendoso alarido de la menor de las Tendo.

–Sé que es difícil estar con alguien que tiene una vida tan complicada como la mía– prosiguió Ranma, sin poder evitar un sonrojo–, pero tú asumiste el reto y por eso te admiro… y te lo agradezco.

El ruido de un jarrón rompiéndose al fondo de la sala hizo que Soun intentara voltear, pero Kasumi lo evitó, dándole un ligero apretón en la mano. Se escucharon más ruidos de objetos cayéndose, pero esta vez nadie se inmutó.

–Admito que no tengo ningún argumento racional para fundamentar lo que siento por ti, pero supongo que de eso es de lo que se trata el amor– murmuró Akane, tan bajito que sólo Ranma pudo escucharla.

El silbido de las espátulas volando y los panecillos estampándose contra las paredes era apenas un eco lejano. En ese momento solo existían ellos dos. Ranma la tomó de la mano, armándose de valor.

–Te entrego este anillo para que cada día que lo veas, recuerdes todas las promesas que te he hecho y como lucho a diario por cumplirlas.

Los ojos de Akane llenos de lágrimas de felicidad era lo único que podía ver. Detrás de ellos, un par de bokken y listones se habían unido a la pelea donde Soun y Genma padecían para proteger a las mujeres de la familia sin romper el contacto visual entre las dos familias que era de vital importancia para esta parte del ritual.

Ranma deslizó el anillo en el dedo de Akane y sonrió tímidamente. A estas alturas, las lágrimas resbalaban libremente sobre sus encendidas mejillas, pero Akane sonreía como nunca en la vida y eso era lo único que importaba.

Hacía ya un buen rato que las miko habían huído aterrorizadas, las sillas habían empezado a volar y Gosúnkugi se encontraba entretenido clavando sus muñecos de vudú en cualquier parte que encontrara conveniente.

Ranma apoyó su frente sobre la de ella para decirle todas las cosas que su boca jamás podría, pero que sabía que Akane podía leer perfectamente en su mirada. No necesitaba escucharlo, lo sentía a través de la conexión tan fuerte que compartían.

Mientras tanto, el mundo entero podría arder a su alrededor, pero ellos eran incapaces de notarlo.

Ranma y Akane se acercaron al santuario para hacer el obsequio a los dioses. Akane asentó una ofrenda de tamagushi que ella misma había elaborado, mientras Ranma acomodaba en una fila las bebidas alcohólicas que Genma había comprado esa misma mañana. Con una mueca de disgusto notó que el viejo avaro había elegido puro sochu barato de supermercado, justo como lo había previsto. Afortunadamente, Ranma tenía preparado un whisky de aceptable calidad como repuesto y lo asentó junto a la comida y los ornamentos que su madre había confeccionado especialmente para la ocasión.

Se sentaron frente al altar y empezaron a doblar las grullas de papel para colgar como símbolo de su amor. El proceso era tedioso y lo suficientemente lento para que la familia y los no invitados se dieran cuenta que el intercambio de votos y sortijas ya había concluido. Al cabo de media hora, Ranma empezaba a impacientarse. Sabía que el origami no era precisamente el fuerte de ninguno de los dos, pero el progreso era mucho más lento de lo que se había imaginado.

Se encontraba repitiendo por enésima vez un doblez que le había resultado particularmente difícil cuando escuchó un aleteo sospechoso cerca del borde de la mesa donde estaba asentando las grullas terminadas. Un rápido vistazo confirmó que la pila de grullas terminadas parecía más pequeña que la última vez que la vio.

De reojo alcanzó a ver un movimiento que llamó su atención y al voltear vio a Shampoo acomodándose el escote, usaba un collar blanco hecho de un material no identificado que Ranma no recordaba haberle visto puesto cuando la vio entrar al templo. Tratando de restarle importancia, volvió a su tarea cuando un segundo aleteo volvió a distraerlo. Esta vez se encontró con Kodachi que se limpiaba las lágrimas con un pañuelo sospechosamente tieso que tenía unas líneas que muy bien podrían haber sido dobleces.

Ranma soltó un gruñido de fastidio y continuó doblando, pero cuando escuchó el tercer aleteo ya estaba preparado y giró al tiempo exacto para sorprender a Ukyo arrodillada junto a la mesa con una grulla en la mano. Su amiga de la infancia sonrió torpemente y ya iba a empezar a balbucear cualquier cosa, cuando Konatsu la tomó del brazo sigilosamente.

–Lo lamento mucho, Ranma-san, Ukyo-sama se resbaló pero yo la ayudaré a volver a su asiento.

Las dos carraspearon ante la expresión incrédula del aludido, pero se apresuraron a tomar asiento entre los demás asistentes, tratando de disimular su incomodidad.

Eso, para Ranma, fue el colmo de la desfachatez.

–Bueno, ¡ya fue suficiente!– exclamó tomando una pose de combate–, ¡Kachū Tenshin Amaguriken, versión grulla blanca de origami!

–¡Ranma, espera! ¡Las estás rompiendo!

Entre las grullas deformes y arrugadas de Akane, y las otras desaliñadas y ligeramente rasgadas que hizo Ranma, lograron completar las 1000 grullas de papel en menos de 15 minutos y las miko que habían tenido el valor de volver, decidieron que lo mejor era seguirle la corriente a esos novios tan extraños con tal de que se fueran pronto.

Un par de ellas incluso se atrevieron a acercarse a agitar frenéticamete las ramas de sakaki sobre la cabeza de los novios mientras las demás servían el sake a todos los presentes para acelerar el proceso. Una vez que se hiciera el brindis, la ceremonia estaría oficialmente terminada.

Los integrantes de las familias Tendo y Saotome intercambiaron el sake mientras Ranma y Akane daban sorbos al mismo tiempo, sin dejar de mirarse, para luego asentar los recipientes sobre la mesa con una sincronización que solo fue posible gracias varios años de convivencia cercana.

Los presentes estallaron en vítores… o lamentos... o protestas, no quedaba claro entre tanto berrido, pero las miko pudieron respirar tranquilamente cuando por fin vieron alejarse a tan excéntrica panda de locos escandalosos.

Gosúnkugi y Tatewaki recibieron sus respectivas patadas en la cara cuando intentaron decir "kaeru" o "modoru".

Genma y Soun estaban tan contentos que bruscamente empujaron a todo el grupo de pretendientes en dirección hacia el dojo, invitándolos a gritos a asistir a la recepción. Invitación que el grupo de jóvenes no tuvo más remedio que aceptar a regañadientes. Al verse rezagados hasta atrás, Mousse y Kasumi se miraron por unos momentos. Ella le sonrió dulcemente y le indicó con un gesto que la invitación se extendía también hacia él. Mousse dudó por un minuto, descolocado por la infinita amabilidad de aquella joven que parecía incapaz de inmutarse por nada.

Un poco cohibido y sintiéndose más fuera de lugar que nunca, Mousse accedió dócilmente a seguirla hacia la salida del templo.

En el dojo Tendo todo era fiesta y alboroto. Algunos celebraban por genuina alegría, otros sólo por aprovechar la comida gratis, y los últimos bebían por despecho, dispuestos a ahogar sus penas en el alcohol barato. A esas alturas, a nadie le importaba. Los novios se habían cambiado de atuendo por los llamativos kimonos rojos de boda y disfrutaban de la aparente calma en la mesa colocada en un sitio privilegiado exclusivamente para ellos.

Los invitados bailaban, cantaban karaoke, comían y reían, en un despliegue de armonía que rara vez podían disfrutar por mucho tiempo.

Con unas cuantas copas encima, Soun y Genma se levantaron a dar un vergonzoso y emotivo discurso acerca de la unión de las escuelas y el futuro del dojo, proclamando sus deseos por un futuro lleno de prosperidad y abundantes herederos. Conforme el discurso se iba volviendo más y más incómodamente específico acerca de cómo lograrían consolidar la última parte del plan, se arrebataban el micrófono el uno al otro para agregar comentarios cada vez más inapropiados.

Fue necesaria la intervención de Kasumi, Nodoka y un par de patadas por parte de los novios, para sacarlos del escenario con la excusa de que era hora de cortar el pastel.

Para cuando Ranma y Akane se encontraron frente a esa enorme torre de varios pisos de merengue blanco y flores de dulce, ambos estiraron la mano para agarrar el cuchillo al mismo tiempo. La tradición dictaba que debían hacerlo juntos, y después la novia debía ofrecer el primer bocado al novio, sellando la promesa de su amor para toda la eternidad, o alguna cursilería por el estilo.

Ninguno de los dos estaba preparado para ese momento. A decir verdad, tampoco se esperaban del todo el haber podido llegar tan lejos. Se miraron dubitativos, preguntándose cómo rayos proceder. Akane bajó la vista hacia el cuchillo, insegura de cómo reaccionaría Ranma. El problema no era realmente que quisieran hacerlo o no, ya habían compartido momentos mucho más íntimos que ese, honestamente. El verdadero problema radicaba en que tuvieran que hacerlo en frente de tantos testigos.

Testigos que comprendían la importancia de aquel acontecimiento al punto de pausar hasta la respiración.

Ranma frunció el ceño con esa actitud que tomaba cada vez que se encontraba arrinconado en un combate y tomó el cuchillo firmemente, ofreciéndoselo a la novia. Tenía las mejillas rojas y respiraba entrecortadamente, pero en sus ojos brillaba la ardiente resolución de un reto por superar.

Akane posó su mano sobre la de él con sumo cuidado, fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. Percibía claramente el aura de batalla concentrándose a su alrededor a la vez que el cuchillo se deslizaba dentro del esponjoso pan. La atmósfera era tan pesada que le costaba respirar.

–¡Hazte a un lado, mugrosa! –vociferó Kodachi, usando a su propio hermano como arma.

–¡Saotome, pagarás por este atropello! –exclamó Mousse estrujando a quien creía que era Shampoo moqueando y sollozando.

–¡Akane soltar marido mío! –mientras la verdadera Shampoo vagaba en total libertad.

–¡Ran-chan, no lo hagas!

–¡Akane Tendo, recibe este regalo de bodas, son 400 yenes exactos para que los puedas dividir fácilmente cuando te divorcies!

Los gritos llegaron desde todas direcciones. Al verse libres de inhibiciones por unas cuantas copas de sake, el grupo de pretendientes rechazados se desmoronó ante la presión de ver como la unión del matrimonio era cada vez más inminente. Ranma y Akane esquivaron automáticamente los ataques que ya se habían tardado en llegar. Estaban tan acostumbrados que ni siquiera les costó trabajo proteger el pastel.

Con una serie de movimientos completamente sincronizados, los novios sirvieron rebanadas perfectas en los platos que Kasumi había apilado en una esquina de la mesa y los lanzaron hacia las mesas donde aterrizaron suavemente frente a cada uno de los asistentes. Ranma incluso se permitió el gusto de estrellar algunas rebanadas directamente contra los rostros de Tatewaki y Gosúnkugi. Estuvo tentado a hacerlo con Ryoga también, pero al estar éste sentado tranquilamente al lado de Akari, complicaba las cosas cuando tuviera que rendir cuentas de sus actos frente a Akane.

Maldijo por lo bajo al cerdo faldero y se limitó a despachar dos platos de pastel en dirección a su mesa.

Tatewaki, ciego por la ira y el merengue que le cubría los ojos, alcanzó la nuca de Shampoo con su bokken, blandiéndolo en un último ataque de patéticas y alocadas estocadas. Mousse se apresuró a devolverle el favor con sus armas ocultas, fallando al apuntar y alcanzando a Ukyo y Kodachi. Konatsu intentó interceptar las cadenas pero no se dio cuenta que Shampoo ya había alzado sus chuís con la misma intención.

Ranma se encogió de hombros y se llevó el tenedor con pastel a la boca, decidido a disfrutar al menos eso, antes de que todo se fuera al garete.

La mirada asesina de Akane lo detuvo antes de que pudiera probar bocado.

—¿Y ahora qué?

—El primer bocado, Ranma.

No se lo esperaba. Entre tanto alboroto se había olvidado de dónde estaban y de lo que estaban haciendo. No era un día cualquiera en el dojo Tendo, se estaba casando con Akane. Su Akane. La mujer que había soportado las mil y una peripecias y contratiempos con estoica voluntad, aceptando que esa era la única forma que lograrían celebrar su matrimonio. Se hacía una boda llena de desquiciados o no se hacía nada.

Y Akane había aceptado esto. Lo había aceptado a él.

En ese momento, mirando esos ojos cafés llenos de ilusiones, se dio cuenta de que nunca podría negarle eso, ni ninguna otra cosa. Se inclinó hacia ella, entrecerrando los ojos, súbitamente poseído por un inmenso deseo de besarla.

—¿Qué estás haciendo, Ranma?

La voz de su antiguo rival le hizo recordar lo mucho que se arrepentía de no haberle aplastado la cara con pan y crema de mantequilla.

—¿Vas a permitir que estos dementes arruinen el día de Akane-san? ¡Por una vez en tu vida, sé un hombre y arregla esto!

Ranma suspiró cansadamente. Hacía mucho tiempo que los insultos a su hombría habían perdido el impacto que solían tener cuando recién adquirió la maldición, pero eso no significaba que dejaran de ser molestos. No obstante, un último vistazo al rostro expectante de Akane terminó de convencerlo que era momento de intervenir.

Haciendo caso omiso a la batalla campal a la que Ryoga se había unido gustosamente, ahora que tenía la excusa de hacerse al héroe, Ranma tomó a su novia en brazos y se escabulló con ella hacia la oscuridad de la noche.

Una vez que estuvieron a prudente distancia del dojo, se permitieron el lujo de detenerse a caminar tranquilamente por la calle. Sin hablar, con un acuerdo implícito y sin prisas. Era uno de esos pequeños intervalos de calma en medio de la algarabía que habían aprendido a disfrutar cada vez que se les daban. No importaban las miradas curiosas o extrañadas que les dirigían los transeúntes cuando reparaban en el vestido de novia y el esmoquin que se habían enfundado apresuradamente antes de salir. Tomados de la mano, era como si no existiera nadie más.

Como cada vez que se miraban a los ojos y sabían que todo era como debería ser.

–¡Ahí están! ¡Ran-chan y Akane-chan!

Y como siempre, cuando la fragilidad de esa calma se hacía presente de manera grata, les estallaba en la cara.

–¡Airen! ¡Volver aquí!

–Aunque hayan hecho los rituales, no estarán verdaderamente casados hasta que sellen el acta en el ayuntamiento –murmuró Gosúnkugi con una voz casi fantasmal que contrastaba con los feroces alaridos de los demás.

–¡Ranma, mi amor! ¡Dile de una vez a esa arpía que NO vas a casarte con ella! –chilló Kodachi, finalizando el comentario con una serie de sus célebres carcajadas.

–¡Dile tú, hermosa Akane, que jamás te rebajarías a ser la esposa de un apestoso indigente como él!

Los aludidos intercambiaron miradas contrariadas.

–¿Es cierto eso, Akane-san?

El tono de idiota esperanzado sin remedio fue más de lo que Ranma pudo soportar.

–¿Y a ti qué más te da, cerdito? No creo que a Akari le guste enterarse de que estás preguntando eso…

El sonrojo de ira y los labios apretados de Ryoga fueron toda la recompensa que podía esperar. Lástima que estuviera tan enfocado en conseguirla que no se dio cuenta de las consecuencias que podría traer su sonrisa de triunfo arrogante.

–¡¿Estás diciendo que sí quieres casarte con ella, Ran-chan?!

–Bueno, tampoco dije eso…

–¡Ranma!

–Ehm… quiero decir… ¿Akane?

–¡Aléjate de ella, bellaco!

–¡Akane alejar de Ranma!

El chuí estrellándose contra el pavimento fue la señal de turno para continuar con el combate. Para el creciente fastidio de Ranma, fue Ryoga quien desvió las pequeñas espátulas voladoras, por estar en una mejor posición para hacerlo.

–¡Dilo de una vez, Ranma-sama! ¡Que sepan estas plebeyas a quién amas en realidad!

–¡Shampoo, Ranma amar solo Shampoo y nadie más!

La espátula gigante chocó contra los chuí y el listón rojo fue interceptado por unas cucharas de té que lo clavaron al pavimento.

–¡Qué vergüenza, Ranma! Si yo no estuviera casado, tomaría a Akane-chan como mi esposa sin pensarlo dos veces.

–¿Sentaro? ¿Y tú a qué hora...?

–Aún no es tarde, mademoiselle Tendo, podría venir conmigo a la mansión Chardin… su hermana ya no estará disponible para mí, pero la oferta para ser mi esposa sigue en pie.

–¡No molestes, Picolet!

Los pies de Ranma se estrellaron contra la cara del rubio al mismo tiempo que el puño de Akane se hundió en su estómago.

–Tú diles, Akane…

–¿Eh? ¿Es en serio, Ranma?

–Pueees, es que… no… no te veías taaan molesta cuando te pidieron que cargaras los barriles de sake esta mañana.

–¿Qué quieres decir con eso? ¡Tú eras el que estaba emocionado poniendo los manteles!

–Al menos no puse tantas mesas y sillas en el dojo que no había espacio para pasar…

–Ranmaaaa…

El susurro de advertencia hizo que Ranma se planteara la posibilidad de haber llegado demasiado lejos, pero al menos había logrado desviar la atención del tema…

–¡Lo sabía! Entonces ya está aclarado todo, Ran-chan y Akane-chan no quieren casarse.

–¡Akane Tendo, mi diosa con alma de tigresa! ¡Ven a mis brazos y ya no te preocupes más por disimular tu eterna devoción hacia mí!

–Ranma amar Shampoo, demostrar cuando salvar en Kuno residencia de trampas ocultas.

–A mí también me rescató de las garras de una muerte inminente, aquella noche estrellada cuando nos conocimos sobre los tejados. Es obvio que desde entonces ardemos juntos en la llama inextinguible del amor mutuo.

–¡Por supuesto que no!, Ran-chan me ama a mí porque soy su mejor amiga desde que teníamos seis años, ¿quién lo va a conocer mejor que yo?

Ranma y Akane titubearon por un momento, mirándose desconcertados. Ciertamente ninguno de ellos quería ser el primero en admitir que se estaban casando por voluntad propia, pero ambos sabían bien que las discusiones nunca iban a acabar a menos que dejaran las cosas bien claras.

–Lo siento, Kuno‐sempai, pero la fiesta es en el dojo.

Por supuesto, la respuesta más lógica para Ranma fue seguir haciendo precisamente las mismas cosas que nunca los llevaban a nada.

Aprovechó para asestar un par de golpes más de los necesarios en la cara de Ryoga, antes de volver a su insatisfactorio combate contra Tatewaki. Últimamente le costaba más ignorar ese ligero desazón, la innegable futilidad de todas esas batallas. Siempre había visto los enfrentamientos como algo divertido, como un juego que compartía con sus rivales, compañeros, amigos.

Peleas como ésta no eran más que parte de la celebración, un momento de sana convivencia entre las personas más cercanas que había conocido en años.

De reojo veía cómo las chicas intercambiaban golpes e insultos que ya no ofendían a nadie. Aparentemente nada había cambiado, pero si observaba atentamente, podría darse cuenta de que las acciones eran más motivadas por la costumbre, porque ninguno de ellos parecía conocer otra forma de comportarse.

Y de pronto también se sintió agradecido por tener a todas estas personas a su alrededor que constituían una especie de familia.

Esto es, hasta que una de las espátulas voladoras pasó rozando la cara de Akane, no lo suficiente para hacerle ningún daño, pero demasiado cerca para su gusto. Fue entonces cuando decidió que el juego había terminado.

Un puñetazo para Tatewaki, dos patadas para Ryoga y una mirada asesina para Gosúnkugi fueron suficientes. Después echó a correr en dirección a Shampoo para desarmarla con un par de golpes en las muñecas y lanzar los chui lejos de su alcance.

Mousse, que hasta ese momento había permanecido más o menos quieto como nervioso espectador, no dudó en lanzarse al ataque al advertir que su amada se encontraba en peligro.

Mientras Akane se enfrentaba a Ukyo, Ranma avistó el cuerpo postrado de Kodachi, quien tomaba hondas bocanadas de aire para no perder la consciencia. En un rápido giro para evadir las cadenas de Mousse, se acercó a tomar el listón de gimnasia, sin dejar de trazar círculos alrededor de los dos amazonas y atarlos junto con la chef de okonomiyakis.

Una explosión de origen desconocido los lanzó al aire justo cuando creían que la pelea había terminado y lo único que a Ranma le importó en ese momento fue deslizarse en el aire hacia Akane para asegurarse de que no tuviera una mala caída.

El alivio de tenerla entre sus brazos sólo le duró un momento, porque enseguida sintió su espalda chocar contra una superficie definitivamente líquida… y por supuesto, helada.

Aún así tenía cosas más importantes en qué pensar que la inconveniente transformación y el esmoquin demasiado grande para su cuerpo femenino. Sin soltar a Akane y procurando mantener su cabeza arriba de la superficie, nadó como pudo hacia la orilla del canal en el que habían caído, aferrándose al pasto para arrastrarse fuera del agua. Tosiendo ligeramente, Akane estiró por encima de uno de los hombros de la pelirroja para ayudarlo a jalar.

Una vez en suelo firme, se dejaron caer por un momento, cansados y maltrechos.

Ranma se incorporó ligeramente para observar a Akane y cerciorarse de que no estuviera herida. La joven Tendo tosía suavemente, pero más allá del cansancio de luchar por su vida y casi morir ahogada, parecía estar perfectamente. La pelirroja se tomó un par de momentos más para contemplarla y volver a sentirse el más afortunado de los zopencos.

–Akane… –susurró suavemente, dejándose caer de nuevo sobre el césped.

–¿Hmm? –la aludida se echó a su lado.

–El Registro Civil está a dos cuadras.

–Lo logramos –suspiró ella, cerrando los ojos.

En su prisa por llegar al ayuntamiento antes de que los alcanzaran las mismas pestes de toda la vida, no se percataron de que Ranma seguía en su forma femenina cuando el juez del Registro Civil se quedó mirando de una hacia la otra con una expresión desencajada.

–¿Matrimonio, dijeron? –repitió dudoso el encargado.

–Sí, por favor –respondió Akane distraídamente mientras rebuscaba entre sus ropas, la bolsita en la que llevaba el sello de ella y el de Ranma*.

De su cabello enmarañado asomaban trozos de ramas y el resto de su tocado que se iba deshaciendo a cada paso. Su cara blanquecina, manchada de sabrá Kami qué tanta cosa, apenas retenía rastro del maquillaje que con tanto cuidado se había aplicado en la mañana. Con el vestido rasgado y sucio, las mejillas rosadas de tanto correr y esa mirada tan intensa como solo ella misma podía ser, a Ranma le pareció que nunca antes se había visto tan hermosa.

El juez interrumpió la embelesada contemplación con un carraspeo nada discreto.

–¿Están seguras? –insistió, a pesar de que ya había extendido el acta frente a ellas.

Las dos chicas tardaron un momento más en comprender la razón de su aturdimiento.

Ranma fue el primero en caer en cuenta de que su estado lamentable, descalzo y oliendo a cloaca, era lo de menos comparado con el hecho de que en ese momento se encontraba transformado en una voluptuosa pelirroja. Se encogió apenado, sintiéndose más que nunca como el inmundo fenómeno que nadie en su sano juicio querría desposar, pero Akane le tomó la mano, sonriendo con dulzura. Mientras con la otra mano sellaba el acta que finalmente los declaraba oficialmente casados.

–Sí. Él es mi esposo.

FIN

Notas de la autora

¡Hola a todos! Quiero agradecer públicamente a Jorgi por ser una editora maravillosa, diligente y con ideas muy divertidas, que además se apresuró para que pudiera publicar hoy y solo por mi ingrata tardancia es que hasta ahora lo estoy haciendo. Mil gracias, reina, sin ti, nada de esto habría sido posible. También a Ely (2cm) por ayudarme con el título, aunque todavía no lo sepa, jaja.

Un poco tarde, pero les recomiendo leer el capítulo mientras escuchan la canción "Keep Me Crazy" de Sheppard. Fue una inspiración muy importante para todo este embrollo.

Por lo demás, me encantaría saber qué opinan. Fanarts próximamente en mi perfil de FB, si me quieren agregar o seguir, mi perfil es público y subo todos los dibujos que hago del fandom. Nos leemos.

¡Un abrazo!

LunaGitana

*En Japón, en vez de firmas se usan sellos.

**Cualquier otra duda cultural, me pueden preguntar.