Nota de Autor: Un KageHina porque amo a este par, y porque desde que Haikyuu volvió, estoy enfiebrada. Hace no mucho leí un fanfic donde un Hinata de primaria conocía a Kageyama adolescente y surgía el amor, y de ahí salió la inspiración de esto, salvo porque aquí Hinata está en secundaria y la diferencia de edad no es tan grande, porque la pedofilia no me va.

No esperen que tenga mucho sentido, así como vino la idea se escribió en su mayoría.

Perdónenme la vida si hay algo de Occ, y las faltas/fallas ortográficas.

Disclamer: Los bebos de Haikyuu no me pertenecen, son propiedad de Furudate-sensei. .

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Little Crow

1

Kageyama realmente quiere que la práctica termine.

No ha fallado ningún pase, tampoco ha fallado ningún saque, no está enfermo, y aun cuando tiene debes acumulados que necesita entregar al día siguiente sí o sí, no consigue formular alguna excusa válida para presentar a los demás – y así mismo –, con el fin de de retirarse por lo que resta del día. Le toca servir por sexta vez en lo que va de juego y, durante los segundos que el balón permanece suspendido en el aire antes de que sus pies despeguen del suelo y su mano impacte con fuerza, se pregunta, con sinceridad, que tan patético sonará si menciona su incomodidad antes los ojos de miel quemada, como motivo para largarse. No tiene tiempo de contestarse a sí mismo cuando Nishinoya salva el balón de ser un punto seguro, y debe correr hacia su posición de armador, porque el capitán acaba de recibir con eficacia.

Tanaka deja salir el característico grito al anotar, burlándose de el pequeño libero que no logro llegar a tiempo a salvarla de nueva cuenta, y es en serio, Kageyama quiere irse, joder, cuando la estridente voz de Shouyou golpea contra el techo de bóveda y rebota hasta el suelo, resonando en toda la cancha lo "genial" que le parecen los mayores. No por primera vez en aquellos tres meses desea que el hiperactivo pequeño fuera más parecido a su compañera espectadora, y es que la presencia de Yachi apenas se siente, siempre y cuando – por supuesto – un balón no volará demasiado cerca de su rostro infantil.

La cosa empeora cuando Hinata se acerca a él, adulándole como parece ser su especialidad y dando saltos que le sorprende que pueda lograr con el menudo cuerpo que se gasta, mientras él que solo puede virar los ojos hacia otro lado, rascarse la nuca y murmurar un "gracias" que nadie llega a escuchar, pero que no parece importar en lo más mínimo. Las miradas de los demás tampoco ayudan a la situación, porque el hecho de que Hinata parezca tener una predilección por él – que no quiere ni entiende –, les resulta mono a la mayoría. Pero, por si no ha quedado claro, a él no.

Casi piensa si es posible enviarle señales telepáticas a Daichi-san o al entrenador, porque es en serio, terminemos ya, por favor. Sin embargo, el silbato vuelve a sonar, obligando a todos a posicionarse nuevamente en sus lugares, y a Tobio solo le queda agradecer que al menos así hay algo de distancia entre la bola de energía y él, aún cuando sabe que al anotar otro punto todo volverá a repetirse, con la opción de quedar en un empate amistoso lejos de verse, porque al parecer, hoy todos – menos el bloqueador apático – tienen deseos de ganar en la sangre. Una idea se dibuja tentadoramente en su cabeza, pero no lamentable no puede darse golpes en la frente contra las paredes, por más que Tsukishima pueda llegar a disfrutar del espectáculo. Nunca antes le había pasado esto.

Seis puntos más, dos sets completos y es cuando finalmente deciden que han tenido suficiente por un día, los ruegos mentales de Kageyama por fin se detienen, y es que, a pesar de que su juego no se ha visto afectado, realmente se pregunta cuánto más va a poder continuar si aquello sigue así.

– Es adorable que a Kageyama se le den bien los niños – es lo que le suelta Suga al pasar por su lado, cargando entre sus brazos la red, y Tobio quiere responderle que no, que las cosas pequeñas suelen huir de él, que todo es cosa de Hinata, pero que se muerde la lengua para no terminar tratando mal al niño.

Quiere, oh joder, quiere decirlo, porque el comentario se lo sueltan un día sí y un día no, en especial cuando el pequeño rayo de sol está a su lado, ayudándole a recoger los balones, con sus grandes ojos lanzando brillitos como las colegialas de un manga shoujo barato. Pero el problema es que Hinata está justo junto a él, por lo que debe asentir en silencio a Suga, quien al igual que todos los demás, se divierte y enternece al ver a Kageyama como una mamá pato, aún cuando no es del gusto del moreno.

A cada quien le toca su suerte, supone, pero empieza a creer que la suya gusta de divertirse a sus costillas.

Cierran el gimnasio, se cambian las playeras sudadas y los pantaloncillos de deporte por las chaquetas y pantalones largos del club, para salir al encuentro de Ukai junto con el fan número uno de Karasuno en la entrada de la escuela, solo ellos esperándoles, porque la pequeña Yachi ya se ha ido con Shimizu minutos antes.

Antes, cuando solo tenía unas pocas semanas en su nuevo instituto, la caminata ladera abajo le parecía eterna. Bien, están en una zona entre lo rural y lo urbano, pero eso no significa que Kageyama este acostumbrado a subir o bajar colinas, por más pequeñas que estas sean. Volviendo al punto, el camino que antes se le hacía endemoniadamente lento y atesoraba para estar perdido en sus pensamientos sobre nuevas jugadas, o dejarse llevar por las letras que danzaban en sus oídos a través de los audífonos, ahora se le ha convertido en el preludio de una tragedia que – está exagerando y lo sabe – cada día parece llegar con más rapidez que antes.

– Bien, nos vemos mañana, chicos – es la frase que dice el entrenador Ukai, cuando han llegado hasta la pequeña tienda de conveniencia que le pertenece. Todo el equipo se despide con entusiasmo, como los adolescentes energizados que son. Menos él. Porque sabe que aún queda algo que el hombre quiere decirle, se lo sabe de memoria y el otro está consciente de ello, pero aún así lo suelta –. Kageyama, te encargo el resto, que Hinata llegue bien.

Y ahí es donde realmente comienza su pequeña tortura personal, porque al entrenador no le costó nada legarle aquella obligación al darse cuenta de que el armador prodigio y la encarnación del solo vivían hacia la misma dirección, aún cuando Tobio se separaba del pequeño en un cruce que quedaba a menos de la mitad del camino a la casa del otro. A cada quien le toca su suerte, se repite con agonía.

Si es sincero consigo mismo, acompañar a Shouyou casi todo el trayecto ya no le molesta como en el primer día. Dejando de lado las bromas de Tanaka, Noya y Tsukishima sobre su rol de niñero – que nadie le pregunto si quería, para empezar –, junto con los comentarios vergonzosos de Suga y Daichi – que no tienen ninguna mala intención, pero le incomodan en demasía –; puede aceptar que no, no le molesta para nada.

El problema es que, de hecho, le gusta demasiado acompañar a Hinata. Le agrada la energía que desborda, aún cuando le haga molestar con frecuencia y quiera apretar aquella pequeña cabeza hasta que el niño chille de dolor; le gusta verle dar saltos en cada paso que da, porque parece que quiere intentar volar en vez de caminar, e incluso se ha acostumbrado y agarrado cierto gusto a su extraño vocabulario que comparte con Nishinoya. No lo piensa admitir en voz alta, desde luego. Porque sabe que, aun cuando a los demás podría parecerles tierno, aquello esconde algo que está muy mal dentro de él, desde la primera semana que le toco acompañar a Hinata a casa.

Y no quiere que nadie se entere, gracias.

Así que, en lo que observa la espalda de Shouyou alejarse sobre su bicicleta por aquel camino donde sus destinos se bifurcan, corre. Corre como si estuviera llegando tarde a un partido y el capitán le hubiera puesto bajo amenaza de no jugar si no estaba a tiempo, corre como si su vida estuviera verdaderamente en peligro, y provoca la preocupación y sorpresa de los transeúntes que pasan como borrones a su alrededor, porque en serio parece que está huyendo de algo con todas sus fuerzas. Y llega a casa con el corazón en la boca, con el pecho jadeante en busca del aire que debe haber perdido en algún lugar del trayecto, y las mejillas fulgurantes de rojo por el esfuerzo extra después de un día de práctica. Agradece que sus padres no estén en casa, porque así puede encerrarse en su habitación en su habitación, arrojar sus cosas a donde bien caigan, arremolinarse entre las sábanas e intentar que el mundo exterior no existe, mientras su mano dominante baja por su cuerpo, para cerciorarse con horror que ha vuelto a tener una erección.

Nunca en sus quince años, pensó que llegaría el momento en que detestaría tener una erección casi a diario.

Quiere llorar o gritar porque la situación ya empieza a sobrepasarle, pero sabe que nada de ello hará que su problema baje, así que, tras minutos de dudas existenciales, deja su suave y mullido refugio, y se dirige al baño, ya que se niega rotundamente a tocarse, sabe que imágenes llegaran a su cuando lo haga, y – si alguien se lo pregunta – no quiere sentirse peor de lo que ya se encuentra. Así que deja que el agua helada le caiga en el rostro y le cubra el cuerpo, mientras intenta pensar en cualquier cosa desagradable para acelerar el proceso. Como su antiguo senpai siendo amable. Sí, eso funciona.

Para cuando sale de su ducha de martirios, su madre ha llegado a casa, la escucha en el piso de abajo moviendo cosas en la cocina cuando cierra la puerta de su habitación. Busca el móvil dentro de su bandolera y observa que tiene dos mensajes sin leer, no necesita desplegarlos para saber de quién son, porque no hay nadie que le escriba a esas horas, y se arrepiente – en parte – de haberle dado su número. Hinata le escribió cinco minutos después de que él llego a las carreras, solo para avisarle que se encuentra ya a salvo en su hogar, e intenta que el alivio no se le desborde del cuerpo, al leer que no podrá ir a Karasuno por lo que resta de la semana. Una parte de él, la que se molesta por no ver al niño, quiere inquirir en los motivos de su ausencia, pero gracias a los dioses, su parte racional es más fuerte, dejando el tema estar y solo devolviendo las "buenas noches" que recibe.

Sabe que no lo logrará, pero quiere engañarse a sí mismo diciéndose que tiene cuatro días para pensar en una solución a su problema.

La fe es lo último que se pierde, ha escuchado.

2

Como es sabido, Kageyama no se lleva bien con los niños y los animales pequeños. No es algo que haya decidido él, sino que sus encuentros con ambos seres se lo han dejado claro. Los niños siempre se quejan o lloran por su ceño permanentemente fruncido y sus malas maneras de comunicarse. Los animales pequeños es más de lo mismo, las peludas criaturas parecen repudiarle desde la distancia. Tiene dos primos de ocho años y no puedo interactuar con ellos sin que llamen a su tía con lágrimas en los ojos, porque Tobio no les contesta de manera amable.

Pero, aún cuando él ha querido cambiar, no hay manera. Él es así, y sinceramente no le cree a su madre cuando está le dice que con sus propios hijos será diferente, más que todo porque todavía es muy joven para pensar en eso, gracias.

Así que, cuando Hinata y Yachi llegaron la primera vez a la cancha acompañando al entrenador que le toco hacer de niñera en reemplazo de su abuelo, Kageyama opto por alejarse lo más posible de ellos, no importando que, de hecho, ambos menores fueron más cercanos a la adolescencia que a la niñez. No quería sumarle a sus reproches diarios por pelearse con Tsukishima, el haber hecho llorar a los dos estudiantes de secundaria sin intención alguna. Sin embargo, no contaba que tras marcar punto con el primer saque, los rojizos rizos estarían de repente a su lado, saltando y gritando de la emoción. Y aún cuando la respuesta que dio fue parca por decirlo poco, no hubo poder en la tierra que alejara al renacuajo de su lado después de anotar.

La cosa no mejoro aquel día cuando llego la hora de marcharse a casa. A Kageyama no le quedo de otra que ir casi todo el camino que ir con el entrenador y los otros dos, podría haber ido por otra ruta, desde luego, pero aquella opción era más larga, y aún cuando suele tener energía inagotable después de entrenar, no le apetecía tener que andar de más solo para llegar a su casa. Graso error, porque al día siguiente – y el siguiente, y el siguiente – Ukai debe volver a hacer de niñera y esta vez en lo que se encuentran colina abajo, el entrenador le anexa la obligación de acompañar a Hinata a su casa. Sin derecho a réplica.

Y a Kageyama pudo haberle dado perfectamente igual – aún cuando quiere golpear a sus senpais y al bastardo de Tsukishima para que dejen de burlarse – si no fuera porque desde el día uno, sabe que algo está mal. No le desagrada hablar con Shouyou, pero siente un cosquilleo en la parte baja de su abdomen cuando en esos enormes ojos se clavan en él y la voz estridente pronuncia su nombre. Es algo similar a cuando está a punto de iniciar un partido, y aunque la comparación se le es agradable, la verdad es que no la disfruta. Porque no la entiende.

Él come, respira, piensa y vive para el voleibol. Así ha sido desde que descubrió el deporte en la escuela primaria, y así quería quedarse hasta llegar a la vejez. Sin embargo, es un adolescente que no queda exento del descontrol que son las hormonas a su edad – y cómo su hermana le ha demostrado, duran hasta cierto rango de edad –, incluso cuando antes aquello había sido un problema hasta ahora.

De nuevo, él existe por y para el voleibol, nada más, nada menos. Mientras los chicos de su edad – e incluye a Tanaka y Noya, porque no hay quien se lo niegue – tienen chicas y pechos y faldas y novelas de primeros amores en la cabeza, él piensa en el vóley. Nunca antes le han importado los temas de romance o la presencia de féminas a su alrededor. Durante los partidos en Kitagawa Daiichi, mientras sus compañeros se ahogaban en los celos ante las admiradoras de su capitán, él solo podía pensar que eran molestas. Así que acepta con tranquilidad las bromas que lanzan hacia su persona de vez en cuando, sobre que, si pudiera, se casaría con un balón.

Porque todo en su cabeza era sobre el deporte que ama.

Pero – ah, joder, el gran PERO – ahora su cabeza también está llena de Hinata. Y no le agrada, no le quiere allí. Primero porque no entiende que puede tener de atractivo el enano, segundo porque le lleva casi tres años a Hinata, quien acaba de iniciar la secundaria, y vale, no es una diferencia de edad tan grande, pero le incomoda; tercero y mucho más importante… porque no quiere sentirse así. Porque nada debería distraerlo de sus propósitos. Él no quiere esos sentimientos consigo.

– No te queda de otra –es lo que le dice Asahi con una sonrisa junto a Suga, cuando la práctica del lunes termina. Y Kageyama sabe que refiere a tener que llevar a Shouyou hasta la mitad del camino, pero le toma un segundo saberlo y un segundo a su corazón calmarse al pensar que sus senpais podrían conocer sus sentimientos. Y maldice que todos los demás vivan en dirección contraria.

Pasaron cuatro días en los que no vio, ni escucho, ni supo nada del pequeño, aún cuando fue consciente de cómo Suga y Ennoshita preguntaban sobre él al no verlo, pero su mente partía a otro espacio para no tener que escuchar la respuesta Ukai. Desde luego, y como ya sabía, no encontró una solución a su problema en los días anteriores, lo constato firmemente al llegar la tarde de aquel día, cuando Hinata entro cual remolino a la cancha, arrastrando a su pobre amiga y saludando a viva voz mientras ellos realizaban sus estiramientos, causando en él escalofríos en la espalda. Tal vez lo único que agradecía, fue que por una vez, Hinata no salto hacia él apenas anotaba un punto, por más extraño que le pareciera y le provocará una sensación desconocida en la boca del estomago, así se mantuvo hasta el final de la practica.

Y entonces, ahora está caminando con un niño al que no entiende porque le cae bien, ni el porqué le provoca sentir algo. Se mantiene callado, asintiendo con la cabeza ante las palabras del renacuajo, que le cuenta con ojos brillantes sus desventuras escolares de la semana pasada, para luego relatarle –aunque no hace falta porque estuvo ahí lo genial de la práctica, pero no quiere interrumpirle, porque puede detestar sus sentimientos, pero le gusta ver la emoción en los ojos del otro. Para contradicciones, él.

– ¡Ah, olvide comentarte, Kageyama! – exclama cuando pasan una de las viejas tiendas de la avenida. Ha hablado más alto que en el resto de la "conversación", y aún contra su voluntad, los ojos de Tobio giran hacia él –. Mi uní al club de voleibol de la escuela… bueno, realmente no existe un club, nadie se ha unido en mucho tiempo, ¡pero los profesores me dejaron estar! Aunque debo practicar con las del equipo femenino… ¡pero estoy en el club!

– ¿No hay club de voleibol en tu escuela?

Hinata negó. A Kageyama no le entraba en la cabeza aquello.

¿Una escuela donde no se practicaba el voleibol?

No, aquello no podía existir.

Siguen andando entre comentarios del menor sobre sus amigos que le ayudan a entrenar, y las dudas existenciales del mayor, porque cómo es posible que no haya voleibol en una escuela. En serio, eso era casi un sacrilegio para él.

– Kageyama-san sabe que algo va a suceder. No porque se hayan detenido a medio andar, sino porque Hinata nunca, en esos meses que llevan conociéndose, le ha tratado con respeto. El mocoso le llama por su apellido a secas como el resto de su equipo, sin honoríficos como lo hace Yachi –. Por favor, práctica conmigo al vóley.

Sabe que es una petición, al menos eso detecta por el uso del "por favor", pero la voz sale con decisión, fuerza, aún con el matiz de infantilismo que baña a aquel renacuajo de doce años. Para Kageyama suena más a una orden que a un favor, pero sabe que Shouyou es así.

– No.

Le espeta, deteniendo su andar y plantándose de frente, cuestionándose que tanta firmeza puede poseer al ver el mohín que forman los labios del menor.

– ¿Por qué no?

– Porque ya practicas con tus amigos y con el entrenador Ukai, ¿no es así?

– ¡Pero mis amigos apenas saben pasar, y el entrenador Ukai no hace pases como los tuyos!

– Son pases normales, Hinata idiota.

– No todos son normales. ¡Por favor, quiero rematar uno de tus súper pases! ¡Levántala para mí!

¿Si quiera ese enano sabía rematar?

Bien, ese no era el punto. Él no pensaba jugar a nada con Hinata, porque hacerlo supondría más tiempo a su lado, cosa que no quiere, si en algún momento alguien tiene la consideración de preguntar. Así que solo sigue caminando, ignorando los rezongues y gritos del niñato que le sigue dando saltos, sin dignarse a voltear en su dirección, porque puede imaginarse el puchero que forman esos rosados y, de apariencia, esponjosos labios entre cada exigencia.

Y Kageyama no piensa caer.

3

– Kageyama… sabes que Hinata vive en Yukigaoka, ¿verdad? – No, aquello no lo sabía, y tampoco sabe por qué importa, ni por qué el capitán lo saca a relucir –. ¿Sabes que tiene que subir una montaña para poder llegar casa?

De nuevo, no, no lo sabía, pero ahora entiende un poco de que va aquello.

Tobio era definitivamente débil ante la voluntad de Hinata, y el enano si no lo sabía, aprovechaba su suerte. No hicieron falta más de dos semanas para que Kageyama cayera por los encantos persuasivos del niño y aceptara entrenar con él, porque Hinata sigue sin conseguir con quien jugar y el viejo Ukai ha tenido que volver a ausentarse por estar en el hospital. Se ven después de las prácticas, quedándose hasta las tantas en cualquier parque o terreno que encuentran libre, y se han ganado tantas reprimendas por llegar cuando la luna ya esta brillando en el cielo, que creen que han cubierto una cuota de diez años.

En una de esas tantas practicas, se encontraron a los mayores de tercer año de Karasuno, ganándose una reprimenda extra antes de tener que enfrentar a las de sus madres. Y ahora finalmente entiende un poco porque Hinata siempre parece nervioso cuando – finalmente – se da cuenta de que es tarde, y el regaño tan severo de su capitán en aquella ocasión.

Siente algo pesado oprimirle el pecho, porque se da cuenta de que, a excepción de su nombre, número de teléfono y trivialidades que le comparte durante sus caminos a casa y comentarios entre los pases, no conoce nada sobre la vida de Hinata.

Y no puede evitar que eso le moleste.

– Sé que ambos son unos idiotas del voleibol, pero tal vez deberían dejar de…

– Me aseguraré de que Hinata llegue temprano a su casa de ahora en adelante – si Daichi se ofende por la interrupción, no lo demuestra. El mayor solo suspira, antes de asentir varias veces con resignación y sonreírle con cansancio.

– Vale, pero si vuelvo a encontrarlos en la calle de noche, hablaré con el entrenador para que no deje entrar a Hinata a las prácticas y a ti te tendremos en la banca por un tiempo.

No era necesario jugar de aquella manera tan sucia, pero acepta con renuencia cuando Daichi le palmea la espalda y se aleja con dirección a Suga y Asahi, que les observaban desde lejos.

Se encuentra con el renacuajo después de la práctica, en la entrada de Karasuno, porque aquel día sus amigos habían accedido a ayudarle a intentar los remates, y bajan junto a los demás la ladera hacia la tienda de Ukai.

– ¿Kageyama te comento que nos vamos de campamento en una semana, Hinata? – y el mayor de aquel dúo intenta ignorar las miradas de reproche de los demás ante la negativa del menor. No entiende porque debe ser él el que le informe de todo al niñato.

– ¿A dónde irán? ¡¿Puedo ir con ustedes?!

– Es en Tokio, así que no puedes ir – le espeta Tobio, ganándose un mohín y los insultos de Shouyou a los que está más que acostumbrado.

Empiezan a pelear como si ambos tuvieran la misma edad, y el resto del equipo les observa con diversión, porque Kageyama ha dejado de ser "la madre de Hinata", para convertirse en una especie de hermano mayor, dejando atrás esa leve relación bajo la que coexistían. Se detienen solo después de ser reprendidos por el capitán y el entrenador, disponiéndose a marcharse luego de que Kageyama ha comprado bollos para los dos, porque aún les queda unas dos horas antes de que la noche llegue junto con la cena en sus hogares, y Kageyama no deja de obligarse a mantener en su memoria la amenaza de Daichi.

Pero tiene que admitir que está sorprendido.

Por un lado, le cuesta creer que alguien pueda alcanzar sus pases, sus verdaderos pases, los que le convirtieron en un rey dictador en la secundaria, y de los que se ha abstenido de realizar desde que entro en Karasuno, porque puede confiar en la fuerza de sus senpais, pero no creo que su velocidad sea suficiente. Probablemente lo que más le trastoca, es que justamente es un crío el que puede igualarle. Y es que ya sabía que Hinata podía saltar más que la mayoría y que su velocidad no era proporcional a la longitud de sus piernas. Pero ahora piensa que el chiquillo es capaz de volar. Y, al igual que muchas cosas, no piensa admitirlo para el otro.

También, le sorprende como han cambiado las cosas en solo unas semanas.

La mera relación de cordialidad que poseían ahora se tiñe de una camaradería que nunca creyó experimentar, que no siente con sus compañeros de equipo aún cuando los aprecie, y que le hace preguntarse, si así se siente realmente cuando empiezas a hacer un amigo.

Las erecciones siguen atormentándole cuando detalla más de la cuenta las gotas de sudor que resbalan por el cuello de Shouyou, pero si solo se concentra en su juego, se ve capaz de evitarlas; también, sus manos ahora queman al regresar a casa, porque ha descubierto la sensación que dejan las hebras rojizas en su piel después de revolverlas como una especie de recompensa por alcanzar el balón, más la sonrisa que le regala al despedirse es ahora tan brillante, que siente que no necesita más para dormir tranquilo.

Hinata rezonga cuando le comunica que deben partir temprano desde ahora, y se ve prácticamente obligado a arrastrar al pequeño para empezar a dirigirse a casa.

Caminan en silencio, porque al parecer por una vez están demasiado cansados como para poder entablar una conversación, y Kageyama lo agradece, porque necesita poder pensar con tranquilidad para reunir el valor para compartirle al otro lo que lleva pensando desde el regaño de Daichi durante la práctica.

Tobio no se considera un cobarde, pero si alguien con grandes carencias sociales.

– Hinata – han llegado al cruce de sus caminos, Shouyou ya se encuentra subiendo a su bicicleta cuando la voz del mayor le detiene –. ¿Somos… amigos?

Y Hinata estalla en carcajadas, el muy maldito.

Le coge de la cabeza, aplicando presión sobre la mata de cabellos naranja, provocando que las risas sean reemplazadas por quejidos de dolor, que satisfacen a su herido orgullo. Para cuando finalmente le suelta, Shouyou le insulta, mientras se limpia pequeñas lagrimas de sus ojos que no está seguro si son producto de las risas anteriores o del dolor, pero las ignora cuándo observa la sonrisa de Hinata hacia él.

– Claro que somos amigos, Bakayama.

Y prefiere dejar de lado el apodo, porque si no volverá a querer lastimar al crío.

– Entonces… quiero saber más de ti.

Kageyama realmente considera que podría morir de vergüenza… después de matar a Hinata por volver a reírse de él.

4

Salvo por sus horarios escolares y las noches, Shouyou no se separa de él una vez vuelven del campamento en Tokio. Ni siquiera los fines de semana puede librarse del pequeño, y Kageyama no está seguro de si tiene alguna queja sobre ello.

Ha tenido que contarle a Hinata todo lo que vivió en el campamento, las habilidades de las otras escuelas, las técnicas que Karasuno comenzó a pulir, el nuevo ataque que Ukai le ayudo a preparar, y los castigos que debían realizar casi todos los días al perder cada partido. Los ojos de miel oscura de Hinata brillan como si fuera navidad, y Tobio no logra sacar de su pecho aquella sensación que ya no sabe si le incomoda o le agrada.

A una parte de él le molesta que el chiquillo cada vez este más metido bajo su piel, que se sienta como una adolescente enamorada, que sus deseos de probar las líneas sonrosadas que componen los labios de Hinata no mengüen, la perspectiva de que no son simples hormonas alborotadas lo que le atacan cuando esta con el otro, y el cómo alguien que antes no soportaba tener cerca, ahora es necesario día sí y día también; pero también siente una especie de alivio correrle por la planta de los pies hasta el pecho.

Después de muchas batallas internas, decide que si puede juntar a Hinata y al voleibol, entonces las cosas no son tan malas.

5

Probablemente en algún momento despertará. Eso es lo que piensa, y es que han sido cinco sets en los que ha dejado el alma junto a los demás, y la victoria se siente tan dulce aunque sabe que es solo un escalón en una larga carrera hacia arriba, cosa que no le importa en ese momento. Porque no creyó que, verdaderamente, llegarían tan lejos.

Así que, agotado como esta, manda a su raciocinio de paseo, y le permite a su cuerpo una pequeña porción de aquello que ha anhelado por meses. No le interesan las miradas sorprendidas de los demás, los sarcasmos de Tsukishima, ni tampoco los balbuceos de Hinata. Apresa entre sus brazos el menudo cuerpo, correspondiendo el abrazo que el mismo menor le había obsequiado uno vez el partido, la entrega del trofeo, y todo el espectáculo ha terminado.

Se pierde en esa calidez, y se siente un ganador de nuevo.

6

– No creo que haya realmente alguien que pueda saber lo que piensan los demás – están recogiendo los balones, trapeando la cancha aún cuando la seguirán usando, pero el día ha terminado y Ukai se ha acercado a él –. Pero, siempre he pensado que para cada uno, hay alguien que nos entiende mejor de lo que nosotros mismo lo hacemos a veces. Creo en tu caso, Hinata sería ese alguien.

Kageyama está consciente de que Ukai no está insinuando nada especial con aquello, que sólo está haciendo referencia a los hechos ocurridos el día de hoy, pero a su corazón le toma un momento entenderlo y calmarse.

Había ido de invitado al campamento de entrenamiento nacional juvenil, había jugado con los mejores de la nación, apreciado el nivel al que siempre apunto y deleitado con la obvia muestra de que poseía la suficiente habilidad para hacerle frente a ese mundo deportivo. Más aquello había traído sus remembranzas del pasado. El perfeccionismo anhelante de más, más pases, más puntos, más victoria, vuelven a él, y termina explotando.

Explota contra sus compañeros, su senpais, su entrenador, e incluso contra Hinata, durante el partido de práctica contra la Dateko.

Que se arrepienta de su colapso segundos después no cambia el hecho.

Le sorprende, no lo niega, ver a todos aceptar, a su manera, la verdad de su personalidad. Le alegra, por supuesto, que aquel equipo no le dé la espalda, que el pasado no se repita, que las personas a su lado no se ofendan por sus palabras, enfrentándolo en vez de abandonarle.

– Karasuno no te dejaría solo, pero como eres idiota, probablemente no te habías dado cuenta después de tu rabieta.

Es lo que le suelta Hinata mientras recibe y devuelve uno de sus balones con torpeza. Ukai y Takeda-sensei les han permitido entrenar allí, después de tanto tiempo y ruegos de ambos.

Probablemente, para Tobio, la sorpresa más agradable haya sido la reacción de Hinata. Molesta, desde luego, la insolencia del mocoso, la confianza excesiva que ambos se han tomado y la manera ruidosa que tiene de darle ánimos no convencionales, pero no niega la felicidad, ni la calma que sintió después de recibir su "corona" de las manos del menor.

– Miwa una vez dijo – comenta mientras le devuelve el balón –, que las discusiones a veces son necesarias para avanzar.

– ¿Miwa?

– Mi hermana mayor.

– Ah, no sabía que tenías una hermana. ¿Es cómo Saeko-neesan?

– Sí y no.

– ¡Igualmente suena bastante madura! ¡Qué envidia, quisiera tener una hermana mayor!

– ¡Karasuno son tus hermanos mayores, Shouyou! – les grita Nishinoya, recogiendo los balones que él y Kinnoshita han usado durante su práctica extra. Kageyama no se queja por el desvío que ha tomado la conversación y Daichi pasa por la puerta, anunciándoles que es hora de irse a casa, el aura del capitán les dice que no tienen derecho a reclamar.

Así que parten a casa y Hinata se mantiene todo el trayecto lanzando bromas e insultos a hacia su comportamiento de rey, para luego darle halagos, mencionando una y otra vez lo "genial" que es el mayor ante sus ojos. Kageyama no está seguro si Hinata es bipolar, pero sabe que lo ha extrañado durante la semana que estuvieron lejos.

– ¡Nos vemos mañana, oh rey absoluto!

– ¡No me digas así, Hinata idiota!

Y la sonrisa que se queda en su rostro mientras ve partir al otro no se desvanece en toda la noche.

8

– ¡Hinata idiota, no te metas en medio de mis saques!

– ¿La recibí? ¡¿La recibí?! – exclama el menor, ahora de quince años, al reincorporarse de un salto sobre el suelo.

– ¡Por supuesto que no, idiota! ¡Terminaste haciendo un home run!

No pierde detalle de cómo los labios de Shouyou se curvan hacia afuera, en un mohín al que Kageyama se ha acostumbrado con los años y que ha aprendido a ignorar, para luego ir a coger el balón y comenzar a practicar con su mayor.

En una ocasión, no recuerda realmente en donde pero tal vez fue de su abuelo, Tobio había escuchado que el tiempo es relativo, que las horas y días pasan sin darse cuenta, y para cuando vienes a ver, los años ya te han pasado por encima. Hasta ahora no le había prestado verdadera atención a aquellas palabras.

Llevaba al menos dos horas lanzando saques desde que la ceremonia había terminado, rogándole a Takeda para quedarse un poco más, solo un poco más en su cancha, usando la excusa de practicar por última vez. Y era cierto pero, él y todos lo sabían, solo quería esperar ahí a Hinata.

– ¿Podemos quedarnos hasta tarde hoy? – pregunta al devolver el balón, pasándolo apenas al otro lado de la red, porque aún después de casi tres años, Hinata sigue siendo torpe en el vóley.

– No, idiota. Debo regresar la llave antes de que Takeda-sensei se marche. Recuerda que desde hoy ya no soy un estudiante de aquí, y tú tampoco lo eres.

– ¡Lo seré en un mes! – un mes. Se repite mentalmente con amargura, y puede apreciar como el rostro de Shouyou también se desencaja al percatarse de lo que ha dicho.

Un mes.

Un mes es el tiempo que les queda juntos como lo están ahora.

Un mes es el tiempo que le queda a Tobio en Miyagi.

Hinata no regresa el balón después de eso. Ambos permanecen en silencio por minutos que se les antojan demasiado largos, hasta que se coordinan para guardar todo y salir. Kageyama intenta ignorar el sentimiento que se instala en su pecho al cerrar con llave la puerta del gimnasio, así como también intenta ignorar el semblante de Hinata, quien camina con él para dejar las llaves en manos de su apreciado profesor. Ninguno de los dos quiere reparar en la sonrisa con tintes de tristeza que el adulto les dedica, como si estuviera apreciando una fotografía antigua, de un momento que no volverá a repetirse.

Y Kageyama no quiere pensar en eso. Porque le pesa en el cuerpo, de la misma manera que le sucede cuando cruza las puertas de Karasuno por última vez.

Ambos van a paso lento por las calles, sin hablarse ni mirarse, con solo el sonido de las ruedas de la bicicleta de Hinata llenando el espacio entre ellos. Siente que su estomago no soportará más golpes de nostalgia, cuando ve al menor desviarse del camino con él más atrás siguiéndole, hacia un destino que ya conoce.

Se acomodan en el césped, con los ojos clavados en el río que se tiñe de los colores naranjas y rosas del cielo, y a Tobio le provoca un deje de amargura, pensar que para el próximo mes, aquel será el único naranja que podrá ver todos los días.

– Entonces vas a irte a Tokio…

– Sí, esa es la idea.

No le contesta, pero el leve sonido que sale de su garganta es suficiente respuesta. Y la verdad, Kageyama no entiende para que lo repiten, si ya se lo han dicho hace semanas.

Le sorprende, lo admite, la constante que ha sido en su universo por tres años. Ir juntos a practicar después de las clases y el club, que vaya a verle a los partidos, a todos, porque Hinata no parece importarle el estudio o una salida con sus amigos si Kageyama tiene partido ese día; también están las tardes en casa del otro, porque después de tanto tiempo, la madre del menor se ha acostumbrado a que tengo un amigo mucho más grande que él – en todo sentido –, las veces que le ha ayudado a estudiar, porque Tobio podrá haber sido mal estudiante en Karasuno, pero al menos paso la secundaria sin problemas; también los cumpleaños compartidos, las salidas a comer en algún restaurante de comida rápida, y los festivales a los que han asistido con todo el equipo y solos.

No niega que han sido años difíciles porque, lamentablemente, estar enamorado de su mejor amigo es tan doloroso como ha escuchado en los doramas que Miwa le hace ver cuando le visita. Ya no hay erecciones cada que queda embelesado con el menor, pero ahora hay sentimientos que pesan sobre sus hombros.

Así que duele. Duele tener que dejar a Hinata. Y sabe que es lo mismo para el otro, y una parte de él quisiera no irse, pero lo hace.

Porque sí, quiere a Hinata, pero no está dispuesto, no quiere, ni querrá nunca dejar de lado su sueño.

– Aún así iré a verte cuando juegues.

– Serán más lejos esta vez.

– Existe el tren bala.

Y quiere reír, porque sabe, después de esos años juntos, que Shouyou es cabezonería y espíritu, si algo quiere, nada lo detiene.

– Entonces yo tratará de venir a verte a tus partidos.

No lo promete, pero porque ni sabe si realmente será capaz de hacerlo, y es que ya no será un estudiante de preparatoria que va a torneos estudiantiles y que puede saltarse una o dos clases porque las responsabilidades no le habían golpeado. Ahora será un joven novato en la liga japonesa, un "crío" que deberá ganarse un lugar en el mundo del deporte que siempre ha amado a base de sudor y trabajo duro, más duro de lo que lo ha hecho hasta ahora.

Y ni está seguro de que realmente pueda lograrlo. Ha sentido su cuerpo sudar desde que la noticia llego a él, la emoción quema en su pecho cada vez que lo piensa, son emociones que le desbordan y, quiere creer, porque si no se desmoronaría, valen la pena para alejarse del otro.

Porque el camino hacia los sueños está llenos de sacrificios. Y él sí está dispuesto a ello.

– Seguiremos hablando con frecuencia, ¿verdad? No solo cuando me informes de los juegos, porque debes hacerlos.

– Por supuesto, idiota.

El camino hacia los sueños está llenos de sacrificios, pero tampoco planea dejar a Hinata.

Sus manos están cerca una de la otra, si quisiera, podría estirar sus dedos y tocarle, tomarle la mano y entrelazar sus destinos una vez más. Pero no lo hace, no sabe si podrá soltarle después de ello, como aquel día en que vencieron a Shiratorizawa por primera vez.

Así que se levanta, limpiándose la grama que ha quedado pegada del uniforme que usa por última vez, e insta a Shouyou a hacer lo mismo, porque el sol ya se está ocultando y aún cuando Hinata ya tiene quince años, sigue siendo el mayor a cargo.

Caminan bajo la noche, recorriendo las calles que se saben de memoria, con el sonido de las ruedas de la bicicleta de Shouyou haciéndoles compañía nuevamente, porque parece el menor se ha quedado sin palabras otra vez. Y Kageyama lo entiende, porque quiere creer que ambos están sintiendo lo mismo.

No es la última vez que emprenderán aquel camino, se han prometido pasarlo juntos lo más que puedan el tiempo que queda, pero sabe que aun deben estarse mentalizando, que para cuando Hinata comience las clases, ya no volverán a estar juntos de la misma manera.

Y la separación molesta como si fuera la última vez.

– No llegues tarde mañana, Bakayama.

– ¡No me llames así, Hinata idiota!

La imagen de su espalda alejándose sobre la bicicleta, y la risa que lanza para provocarle es lo que se queda en su memoria por lo que resta de noche.

Kageyama por primera vez desde la muerte de su abuelo, siente que va a llorar.