Nota de Autor: De nuevo, no esperen que tenga sentido.
Perdónenme la vida si hay algo de Occ, y las faltas/fallas ortográficas.
Disclamer: Los bebos de Haikyuu no me pertenecen, son propiedad de Furudate-sensei
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Little Crow 2
1
"Molesto" sería una palabra que no alcanzaría a explicar su sentir. Siente las entrañas removerse ante la escena que está presenciando, y desearía volver a ser un adolescente sin conocimientos anémicos para poder culpar a una indigestión de su mal sentir.
– ¿Por qué siempre parece que quieres golpear a Hinata?
Bokuto aparentemente no sabe leer las miradas, pero Hoshiumi al otro lado carraspea algo que le suena como un "no es a Hinata", y Kageyama solo puede chasquear la lengua y chirriar los dientes, porque puede que ya no sea un adolescente que deambula con mala ostia día sí y día también, pero sigue sin poder controlar sus expresiones faciales cuando la ira le ataca y le desborda del cuerpo. Justo como en esos momentos, en los que observa a Miya revolverle los naranjos cabellos al nuevo novato de la liga.
Kageyama sólo quiere que la práctica termine, sintiendo como sus memorias le regresan a la cancha de Karasuno los primeros meses en los que conoció a Shouyou.
El manager no le deja revolverse en su propia melancolía teñida de enojo, llamándolo para practicar el remate él también, y se lamenta de que el que está al otro lado de la red no sea Miya, porque su cuerpo clama por clavar un balonazo en aquella nauseabunda sonrisa que se marca a su lado cuando aterriza del salto. Escucha las quejas de su otro compañero sobre su disparo casi a la cabeza, quedándole solo disculparse mientras sus puños se cierran hasta quedar blancos, porque con un carajo Atsumu y su maldita sonrisa que se mofa de él.
En aquellos momentos extraña verdaderamente al otro gemelo, que ya estaría borrándole la mueca al mayor.
Regresa a su lugar junto a la pared del gimnasio, porque aquel día no le toca a él levantar los pases, y realmente quiere que Bokuto deje de mirarle con la interrogación en los ojos, porque no, Kageyama no tiene deseos de contar sus sentimientos. Pero, como la vida se esfuerza en recordarle desde hace seis meses, las cosas nunca pasan como él desea, porque incluso después de que al búho mayor le toca rematar, regresa a su lado para observarle con la misma expresión, y no importa cuántas miradas lance a Hoshiumi implorando su ayuda, el muy maldito no le salva.
Así que debe soportar la curiosidad de Bokuto, esa que aparece día sí y día no, junto con la asquerosa escena de Miya rodeando los hombros del más pequeño mientras se hablan en murmullos que provocan un ligero color en los carrillos bronceados. Y otra vez se repite la sensación que no había tenido en años de no querer estar en una cancha.
El mismo Hinata es quien se termina apiadando de él sin saberlo, tironeando de Bokuto para que formen un dos contra dos, y Kageyama al fin cree que podrá pasar el día en relativa paz, o al menos ignorar con mayor facilidad todo a su alrededor.
– ¡Kageyama! – y ahí está la muestra de que no, no va a poder relajarse, porque Shouyou está agitando sus brazos en su dirección, mientras se mantiene de pie junto a los dos incordios de su día –. ¡Sé mi equipo!
No está seguro de si ha escuchado bien, aún cuando es imposible confundirse con esa voz que no habla, sino que grita, y las miradas de sus compañeros sobre él le dan a atender que no es el único sorprendido.
Porque llevan seis meses en el mismo equipo, y es la primera vez que Hinata le pide jugar directamente.
2
La final del InterHigh en el segundo año de Shouyou, es la última vez que se ven en persona.
Kageyama no está seguro de cómo sucedió, pero luego de aquel día, el contacto entre ellos se fue perdiendo. La última vez que lo vio al menor estaba saltando como de costumbre, contándole con emoción toda la vorágine de sentimientos que había padecido su pequeño cuerpo durante sus minutos en la cancha, y Ukai tuvo que arrastrar a Tobio para que se fuera en el autobús con ellos, porque Hinata no quería dejar de hablarle.
Como había insistido, y casi rogado, por aquellos días para ver al otro jugar, a su regreso le recibió un entrenamiento más extenuante. Había habido días donde se dormía en cualquier rincón durante los descansos, porque las horas de sueño normales no le bastaban para reparar el desgaste de su cuerpo. Las conversaciones por mensaje con Hinata se espaciaban cada vez, habiendo ocasiones en las que no le respondía los correos durante semanas.
"Perdimos".
Era lo que rezaba uno de los mensajes de Hinata. Lo había recibido cerca del mediodía, pero no lo había leído hasta la noche.
Los primeros meses en la liga, Hinata le llamaba con insistencia si no respondía sus mensajes después de tres horas. Pero en aquel punto de su historia, Hinata ya no llamaba, esperaba con paciencia – o sin ella, Tobio no lo sabía – a que el mayor tuviera tiempo para él. Tarde o temprano, Kageyama siempre respondía, insultándole por ser molesto o con una disculpa por demorarse.
Aquella vez, sin embargo, no respondió.
No recordaba si Hinata había tenido un partido ese día, oficial o de práctica, y no supo a que realmente se refería hasta que Sugawara se lo soltó semanas después.
Karasuno había sido eliminado en su segundo partido del Torneo de Primavera. Por segundo año consecutivo.
No es como si la derrota fuera ajena para Kageyama. La había experimentado infinidad de veces, y aún cuando ninguna había sido tan amarga como la de su tercer año en secundaria, todas dolían de alguna forma u otra.
El problema era que Tobio no sabía animar a las personas. De los dos, Hinata era el optimista, el que demostraba su júbilo y excitación, y el que siempre buscaba la manera de alegrar a los demás. Kageyama era terrible en eso desde la preparatoria y nunca logro hacerlo bien ni una sola vez durante sus partidos con el Karasuno.
Venga, que ni siquiera en su último día en Miyagi supo qué hacer para alejar la tristeza del rostro de Hinata.
Así que, sin encontrar una respuesta o palabras que dedicar al otro, aquel mensaje quedo en la espera en su buzón.
De repente los entrenamientos se hicieron más duros, las temporadas de voleibol comenzaron, estaba ingresando en un nuevo equipo a la par que seguía entrenando con el nacional, las llamadas de Hinata terminaban en el buzón de voz, y sin darse cuenta ya estaban llegando a la primavera nuevamente, y, otra vez, un mensaje que no supo responder llego a su teléfono.
"¿Podemos hablar?"
Y sí, Kageyama quería hablar. Quería volver a escuchar esa voz chillona e insoportable. Quería volver a escuchar los desvaríos que tenía en una conversación, porque los mensajes de voz no eran suficientes y Hinata siempre intentaban que fueran cortos para no consumirle tiempo. Quería que los oídos le dolieran por la risa fuerte que dejaba escapar Shouyou, y quería volver a sentir que la distancia se acortaba aunque fuera solo en su imaginación.
Pero – joder, que siempre tiene que haber un "pero" – Kageyama no le llamo. Tampoco le respondió. Los entrenamientos seguían siendo duros y agotadores, y aún cuando se repetía que lo llamaría en lo que tuviera tiempo, verdadero tiempo, libre, este nunca llego. Hasta que, como siempre suelen suceder las cosas, fue tarde.
Hinata no respondía sus mensajes, no respondía sus llamadas. Comenzó molestándose. ¿El mocoso le preguntaba hacía días si podían hablar y ahora no contestaba? Una parte de él sabía que estaba siendo irracional, considerando que, técnicamente, él era quien había ignorado al otro. Pero Kageyama siempre había sido orgullo y cabezonería, cualidades que le unían a su mejor amigo, así que el enojo fue lo que vino a él en un inicio, ocasionando que después de largos y catárticos mensajes llenos de ira, no volviera a escribir al más joven por un tiempo.
Para cuando no recibió respuesta en tres días, empezó a preocuparse.
Llamo a Yachi, a Koji e Izumi, los amigos de la secundaria de Hinata; a sus senpais, a Yamaguchi, a Shimizu, a Ukai, a Takeda, a la madre de Hinata, a Natsu, su hermana, e incluso a Tsukishima. Ninguno le dijo que estaba pasando, si Shouyou estaba molesto con él por ignorarle o algo, y los comentarios, – que eran más bien indirectas y flechas de mordacidad – de Tsukishima, no le ayudaban a entender la situación.
Al final, aún con las negativas de los demás, se entero.
"Shouyou se fue a Brasil, Kageyama".
Fue Nishinoya.
Nishinoya fue el único que se apiado de él la última vez que fue a Miyagi, por el cumpleaños de su madre, y el mayor de regreso de uno de sus viajes.
Se encontró al libero en la calle, mientras regresaba de una pastelería a por el encargo para la cumpleañera. Anduvieron por las calles, charlando entre ellos, con el más bajo comentándole sobre sus próximos destinos y las comidas que había conocido y probado en otros países, con Kageyama escuchándole atentamente, esperando la oportunidad para dejar caer la pregunta de manera casual. Más su senpai se le adelanto, lanzando la bomba momentos antes de llegar a la esquina donde tendrían que separarse para que Tobio se marchará por fin a la casa de sus padres.
Kageyama nunca había sido muy unido con su senpai. Siempre había estado la relación de respeto, incluso después de su malentendido en aquel juego de práctica donde volvió a ser un rey. Pero era el único que le había dicho la verdad.
– Se fue a aprender más del vóley. Él quería, realmente quería, hablar contigo al respecto, le estuvo dando vueltas antes de su graduación – en ese momento bajo la mirada. Nishinoya siempre hablaba con convicción y fuerza, y Kageyama no estaba seguro si le estaba echando en cara un reproche –. Tal vez estabas demasiado ocupado, no lo sé, pero eso es lo que Shouyou decía para justificar que no hablarán. Recurrió a nosotros al respecto, porque era algo en lo que realmente pensaba. ¡Incluso aprendió portugués por su cuenta! Todos terminamos insistiendo en que se marchara si era lo que deseaba, que no esperará estancado por tu respuesta. Pero en fin, tú sabes, es Shouyou, se veía emocionado por irse, y al mismo tiempo…
Kageyama asintió, y Nishinoya le dio palmadas en la espalda antes de despedirse.
Entendía que no le había reñido, no directamente al menos, solo le contaba las cosas como las había visto, y como habían ocurrido. Pero la voz dentro de la cabeza de Kageyama – que curiosamente era similar a la del bastardo andante de Tsukishima – se había encargado de clavarle la culpa en el centro del pecho.
Se sumergió en los entrenamientos, en los partidos de práctica, y en las noches de copas a las que era jalado por Bokuto y Miya, tratando de ignorar de nueva cuenta sus sentimientos, que sentía como le quemaban los pulmones, la cabeza, la garganta, y básicamente todo el cuerpo.
El bálsamo para su dolor llego una semana antes de su cumpleaños, de la buena mano de Tanaka, que estando al tanto de que el armador conocía la situación gracias a Nishinoya, le proveyó del número de contacto de Hinata en el país tropical.
Y, esta vez, Kageyama no espero por el momento adecuado. No pensaba perder la oportunidad de nuevo.
Busco en internet la diferencia horaria con Brasil – porque si, Kageyama sabía que los husos horarios existían –, y agradeció que al día siguiente no tenía práctica, porque tuvo que quedarse hasta la madrugada para poder llamar a Hinata a una decente al otro lado de la línea.
Mantuvo el móvil contra su oído, escuchando los tonos de espera martillear en su cabeza al mismo son de sus latidos, rogando porque fuera realmente el número de Hinata, y una broma de mal gusto de uno de sus mayores.
– ¿Diga? – sintió que el alma se le iba para luego volver.
Era su voz. Definitivamente era su voz. No tenía manera de confundirle, no cuando era algo que amaba tanto.
– Hinata idiota…
– ¡Kageyama!
Y Tobio descubrió lo que era la verdadera añoranza, cuando escucho el llanto mezclado con risas del otro, cuando sintió su cuerpo desinflarse, deshaciéndose de las cargas que le lastimaban y no le dejaban dormir por las noches. Se sintió feliz, se sintió pleno.
"Si esto fuera una película", pensó, "ahora seria cuando te dijera que cuanto y desde cuando te amo". No le pregunto por qué no le había dicho que se iba incluso por un simple mensaje, y aun cuando la garganta le picaba por confesarse después de años de silencio, se mantuvo callado, limitándose a ser feliz con la voz de Shouyou en sus oídos.
3
Desde luego, las cosas no habían ido a pedir de boca desde entonces.
Aquella madrugada hablaron hasta que Kageyama se quedo dormido en medio de la conversación, y al día siguiente se repitió la misma acción después de burlas del menor. Y al día siguiente otra vez, y al siguiente, y al siguiente.
El humor del joven armador había mejorado con creces, sus jugadas eran mejores, los entrenamientos ya no le parecían tan espartanos, y la vida se teñía de colores frente a sus ojos, en específico de tonos naranjas, como en una película romántica de las que le provocaban nauseas.
Pero, la vida definitivamente no quería a Kageyama. Le daba algo bueno y luego se lo quitaba de las manos.
Había ido a Brasil, a Río para ser exactos, lugar que no quedaba tan lejos de Hinata, y cuando había reunido todo el valor que sus sentimientos requerían y escrito al menor para poder por fin verse, poder estrecharlo entre sus brazos y sucumbir antes sus deseos de revolver los rizados cabellos… el mocoso le decía que aún no estaba listo para verlo.
– ¡Cuidado!
El balón impacta de lleno contra su cara, trayéndole de vuelta a la realidad, al presente, donde se supone que está jugando un dos contra dos.
El dolor se le extendió por todo el rostro, mientras siente como algo escurre por su nariz, con las risas de sus senpais de fondo, y la temblorosa mueca de Hinata al contener las carcajadas, frente a él.
Sentía las mejillas arder y no estaba seguro si era por el golpe del balón o por la vergüenza de tener al hombre que amaba revoloteando a su alrededor, mientras el manager del equipo inspeccionaba su rostro y presionaba pañuelos bajo su nariz, manteniéndole la cabeza hacia atrás para detener la hemorragia.
– Es tan raro que te distraigas durante una práctica, Kageyama-kun – se sienta a su lado en el banquillo, Miya y Bokuto se han puesto a practicar con otras personas, y él le gruñe en respuesta, porque el orgullo le duele después del golpe, y no tiene intenciones de perder más gramos de él al gritarle a Hinata, porque sabe que se vería patético alzando la voz con sangre corriendo por sus orificios nasales.
La deshonra.
A Hinata, sin embargo, no parece importarle, sonriendo a su lado como aquel chiquillo al que conoció hace años, y Tobio se da cuenta de que es la primera vez desde que se volvieron a ver, que Hinata está tan cerca de él. El pensamiento le hace feliz aún con el dolor de su cuerpo.
No quedaban muchas horas del entrenamiento, así que permanecen sentados uno junto al otro, en espera de que la hemorragia deje de correr en la cara de Kageyama, con Hinata moviendo las piernas cada vez que el sonido de un remate llena la estancia, pero permanece a su lado. Puede sentir las miradas de los demás clavadas en ellos de tanto en vez, más su cerebro está más ocupado en conseguir una respuesta a por qué Hinata está en silencio. Y es que Kageyama no conoce la faceta callada del chico.
Al final no consigue una respuesta y el entrenador da por terminado el día, ordenándoles a todos dejar el gimnasio, y es ahí cuando por fin Hinata se separa de él, corriendo más rápido de lo que debería al otro lado de la cancha, hacia los vestidores. Kageyama ataja la mirada de Atsumu, antes de que el rubio parta en la misma dirección que el más pequeño, sin saber interpretarla.
Si se mueve, es porque uno de sus compañeros pasa por su lado, golpeándole el hombro para llamar su atención, apurándole antes de que las duchas se llenen con el revuelo de los demás, y es ahí que sus piernas le ayudan a levantarse y emprender camino igual que el resto hacia los vestidores.
Y lo que se encuentra al cruzar la puerta es a Atsumu rodeando los hombros de Shouyou, pegando innecesariamente su mejilla con la del menor, provocando un sonrojo a éste y hablando en un volumen tan bajo que se mezcla con el sonido de las voces de los demás miembros del equipo. Al igual que hace horas, Bokuto vuelve a quedarse con la vista sobre él, que se ha parado como estatua junto a la entrada, y Kageyama se hace una idea de la expresión que debe tener su rostro.
Desvía la mirada de la escena, porque todo ello le produce calor en las venas, atisba una las duchas vacía, y casi corre con su toalla en mano para internarse bajo el agua caliente. Se limpia lo más rápido que puede, porque no quiere seguir estando ahí, secando y vistiéndose a la misma velocidad, para luego salir huyendo del gimnasio. Agradece que nadie le detenga antes de salir, porque verdaderamente no está de humor.
¿Tenía Miya que estar como una lapa con Hinata ese día?
No, al menos él no lo veía necesario.
Ya se había mentalizado a la idea de que aquellos dos eran amigos, cuando se entero que estaban en el mismo equipo y que al presentarse como ya miembro oficial del grupo nacional les vio hablando con tanta familiaridad que le mareada, pero aún no se acostumbra a los días en los que el rubio decide ser uña y mugre con Hinata.
– ¡Kageyama, espera!
Kageyama no quiere esperar, pero aún así se detiene en medio del pasillo que lleva a la salida hacia el estacionamiento y la avenida. Hinata llega a él con el cabello aún húmedo y las mejillas fulgurantes en tonos rosa que Tobio no se explica, pero no imagina que sea por correr, la cancha de voleibol no está tan lejos, ni él ha caminado tan rápido.
Los grandes ojos cafés se posan sobre los suyos como el mar, y al igual que ocurría en la preparatoria, Kageyama siente como un poco de la ira y frustración que tenía, se evapora de su cuerpo.
– ¿Sí?
– ¿Qué harás el próximo fin de semana libre? – ni siquiera recuerda cuándo es su próximo fin de semana libre, y la sonrisa que ahora le dirige Hinata le descoloca un poco, porque, en serio, tienen seis meses tratándose como simples conocidos. Sin embargo, algo dentro de él le dice, le grita, que no debe desaprovechar esa oportunidad.
– Estar en mi departamento, tal vez salir a entrenar. ¿Por qué?
– Ven conmigo a Miyagi.
4
– Finalmente te has dignado a venir, Kageyama bastardo – la sonrisa casi maternal y el abrazo por los hombros que le otorga Suga, contrasta enormemente con los certeros golpes que está recibiendo su estomago y que le dejan sin aire.
– Y te presentas con una cara bastante fresca, mocoso irritante – y ese es Noya, propinando patatas y golpes con la rodilla en su espalda.
Hinata está a su lado, destornillándose de la risa y sujetándose el estomago por el dolor que le provoca estarse quedando sin aire, pero el muy maldito no parece tener intenciones de detenerse, al igual que sus senpais.
Kageyama se ha enterado de algunas cosas aquel día.
La primera, es que resulta que su fin de semana libre caía justo en el cumpleaños del ex armador de tercero. Si bien todo el equipo continúa manteniéndose en contacto y le han invitado un par de veces a las celebraciones en honor al nacimiento de cada uno, Kageyama nunca asistía. Lo adjudicaba al mismo mal que había padecido con Hinata, importándole más su entrenamiento y el perseguir su meta, que las relaciones que poseía.
La segunda cosa, es que ahora su ex capitán y el cumpleañero, viven juntos. Desde sus tiempos de primer año en Karasuno, ya conocía el tipo de relación que poseían aquellos dos pero, aunque no le extrañaba, la idea de que compartieran techo no se le había pasado por la cabeza.
La tercera fue que, al enterarse todos de que Hinata y él estarían nuevamente bajo la misma cancha por los entrenamientos obligatorios antes de las olimpiadas, le asignaron al pequeño joven la misión de arrastrar su larguirucho cuerpo a aquella reunión.
Los golpes empezaron a ser lanzados con menos fuerza, Tanaka sentado en uno de los sofás del hogar reía ante la escena junto a Shimizu – a Kageyama no le entraba en la cabeza que ahora era Tanaka Kiyoko –, Yachi junto a Yamaguchi y Ennoshita les ignoraban por estar en la cocina de los mayores, y Tsukishima solo les ignoraba por qué sí.
Observo a Daichi acercarse a su lado para ayudar a Hinata a colocarse de pie, puesto que el bastardo había caído al piso mientras seguía emitiendo ruidosas carcajadas por el trato de sus senpai hacia el moreno.
El ex capitán de Karasuno alborota los cabellos naranjas del menor, sonriéndole con ese aire paternal que le caracterizaba.
– Bien hecho, pequeño cuervo.
Kageyama se sentía como en casa.
5
Es como volver a estar en su adolescencia.
Específicamente, la escena le recuerda a otra celebración similar, no está seguro si es de cuando Tanaka y Nishinoya se graduaron, o si es de sus últimos días en Miyagi, pero el ambiente es parecido. En aquellas ocasiones también se le adormecían lo sentidos por la ingesta de alcohol, pero aún así percibía la tibieza de Hinata justo a su lado.
Ukai y Takeda-sensei han llegado cerca del mediodía, con una nueva ración de cervezas y dulces sobre los que todos se abalanzan, la mesa de la residencia Sawamura-Sugawara le recuerda ahora a aquella vez que el entrenador les llevo a un restaurante tras su derrota contra el Aoba Johsai, y que parece un festín organizado para recibir a soldados que vuelven de la guerra, han estado comiendo por horas pero aparece que los platillos nunca van a acabar. No sabe si es posible, más aún así siente que cuando salga de que aquel cálido hogar, estará pesando algunos gramos extras. No que se queje.
Se siente tal ambiente familiar, que el remordimiento le ataca, al saber que ha estado perdiéndose de todo aquello por al menos cinco años.
Atontado como está por las bebidas, piensa que podría dejar todo y quedarse allí, en esa casa que le transmite paz, con los comentarios mordaces de Tsukishima que ya no lastiman, las risas, voces y gritos de sus amigos, y Hinata abrazado a su brazo.
Bueno, corrige. Podría ser feliz sólo con tener a Hinata de aquella manera.
El menor rompe en carcajadas por algo que ha dicho Nishinoya, y Kageyama aprovecha la oportunidad, ahora que su brazo está libre, para levantarse hacia la cocina en busca de agua. Nunca se ha considerado alguien con gran umbral para el alcohol, pero las salidas con Bokuto y su equipo le han enseñado que un vaso de agua entre tragos, ayudaba a controlar la borrachera.
– Realmente parecen un montón de cuervos, graznando y haciendo escándalo – la voz de Shimizu – Kiyoko, Kageyama. Ki-yo-ko. Ya no puedes estarle diciendo 'Shimizu' –, le trae a la realidad, haciéndole notar que se ha quedado de pie junto a la barra americana de la cocina, con el vaso ya lleno hasta el tope del cristalino liquido, y observando a sus senpais y amor platónico reír mientras molestan al antiguo as del equipo. Cuando cruza miradas con la mujer, la nota sonriendo.
– Más bien parecen guacamayas.
Kiyoko sigue siendo tan femenina y sofisticada como la recordaba, cubriendo sutilmente sus labios con el puño, mientras ríe levemente.
– Hitoka-chan dijo lo mismo en una oportunidad.
– Pues tenía razón.
– Fue cuando tú estabas en primer año aún, Kageyama-kun.
– ¿Ah?
El estruendo frente a ellos les aparta de su conversación, sólo para observar como al parecer Tsukishima ha soltado una de las suyas, porque Yamaguchi tiene tomado por los brazos a Hinata y Asahi a Noya, tratando de de impedir que ambos enanos se lancen contra el gigante de la provocación. Kageyama siente que hay demasiados deja vús en el aire, porque está seguro de haber presenciado una escena similar en su segundo año de preparatoria.
Está a punto de soltar algo en voz alta, seguramente algún insulto hacia Hinata porque es la costumbre, pero la sutil risa de Kiyoko vuelve a llamarle, haciendo que, nuevamente, su mirada caiga sobre ella.
– Realmente no han cambiado nada.
Y asiente, porque no puede quitarle la razón al respecto. Tal vez se han vuelto más altos y robustos, sus cabellos podrán estar ligeramente diferentes a como los llevaban en antaño, pero nadie ahí parece haber cambiado en realidad, y la nostalgia se le mezcla con la felicidad.
– ¿Cómo están las cosas entre Hinata y tú?
Bien, ahí muere su buen humor.
Intenta que el agua que ha decidido entrar en sus pulmones vaya hacia su estomago y que el absceso de tos se detenga. Por el filo del ojo puede captar como han llamado la atención de los demás, y el como Yachi y Hinata se levantan para ir en su dirección, más son detenidos por Tanaka ante una señal de su esposa, quien se dedica a darle palmadas en la espalda hasta que se calma.
– ¿Mal tema?
No tiene idea de cómo responderle, porque desde aquella mañana no está seguro de cómo están las cosas entre él y Hinata. Podría decirle que ahora, por su estupidez, son simples compañeros de equipo, que su actitud es más similar a cuando comenzaban a conocerse, y que no se ven fuera de la cancha salvo si se encuentran en la estación; pero que después de pedirle que le acompañara en sus días libres a Miyagi, Hinata se apareció en la madrugada frente a su departamento – aún no sabe como averiguo su piso, porque Kageyama no recuerda habérselo dicho – y hostigado hasta que estuviera listo, para luego tironearlo a tomar el tren.
– Las cosas están… – hace un gesto vago con la mano, porque realmente no tiene idea de que contestar, pero la antigua manager parece entenderle, porque asiente con la cabeza.
– Sabes… Hinata paso por Miyagi cuando recién había vuelto – sigue a Kiyoko hacia el final del hogar, donde una puerta corredera divide la sala del jardín, e intenta ignorar las miradas que se mantienen atentos a ellos mientras las conversaciones continúan alrededor –. No se quedo mucho tiempo, un par de días creo, había averiguado que un equipo había abierto pruebas para unirse y no quería perder el tiempo… o al menos eso fue todo lo que les dijo a los demás, a Sugawara y a mí nos contó algo más.
Siente que hay un aura de misterio llamándole, su corazón retumba ante las palabras de Kiyoko, sintiéndose nervioso sin saber bien el por qué.
– ¿Qué les dijo a ustedes?
– Que iría a por ti – piensa que ha escuchado mal, pero los ojos clavados en él le indican que no –. Ustedes se hicieron una promesa, ¿no es así? No importa que tanto tiempo haya pasado, ni que dejarán de hablarse, Hinata nunca dejo de pensar en ti, ni de creer que compartirían la cancha algún día.
La tarde paso sin demasiados contratiempos después de aquello. Kiyoko y él habían vuelto a sus lugares entre los demás, bebiendo sin importar que no muchos pasaran aquella noche en casa de la pareja de capitanes, y tratando de acabar la comida que parecía no tener fin.
Desde que Kageyama había vuelto a su asiento entre cojines en el suelo, Hinata no le apartaba la vista, como queriendo preguntar sobre la conversación de los dos morenos, con un sutil carmín bañando sus carrillos, que el mayor adjudicaba a los innumerables vasos de licor que el más pequeño ya llevaba. Tobio por su parte ya se imaginaba teniendo que llevar a un borracho pelirrojo hasta la casa de su madre en taxi, mientras las dudas corrían por su cabeza.
Y es que, si Hinata realmente había querido ir a por él en Tokio… ¿por qué no había actuado cómo el chiquillo que conoció en preparatoria y corrido a su lado apenas se vieron en la cancha de entrenamiento?
La pregunta le daba vueltas en el cerebro, pero ni con el nivel de alcohol que llevaba en la sangre se sentía con el valor para emitirla.
– ¿Quieren quedarse esta noche?
Al final, no fue necesario tener que acompañar a Hinata en taxi. El matrimonio Tanaka se marcho dándole un aventón a Yachi y Ennoshita, Yamaguchi junto con Tsukishima se fueron siendo acompañados por el entrenador y Takeda, dejando más espacio disponible del que pensaban, y abriendo la posibilidad de que el dúo de raros juntos al as y el libero, se quedaran con tranquilidad en aquella casa.
Kageyama no quería ir a casa de sus padres, principalmente porque quedaba demasiado lejos de la casa de Daichi, y porque no les había mencionado nada a sus progenitores de su visita, por lo cual no sabía si estarían allí. Asahi y Noya preferían quedarse aquella noche, estaban más cerca de la estación, y mañana a primera hora podrían tomar un tren al aeropuerto, para seguir con sus planes de viaje. Y Hinata… él se había quedado dormido sobre el sillón apenas le preguntaron.
– ¡Asahi y yo compartiremos habitación! – grito a viva voz el libero, en lo que el antiguo capitán informo que contaban con dos habitaciones para invitados y les tocaría repartírselas.
– Bien. Kageyama, tú y Hinata compartirán, entonces.
Mierda. Aquello no estaba en ningún plan.
6
– ¿A qué hora llega tu tren?
– Veinte minutos.
– Hmm…
Las personas caminaban a su alrededor en la estación. Kageyama ya había enviado desde hacía semanas sus pertenencias al departamento que había conseguido alquilar en Tokio, por lo cual solo andaba con aquel bolso de equipaje que solía usar cuando iban a torneos. Hinata se hallaba a su lado, sentado sobre una banca balanceando sus piernas, su madre esperando fuera de la estación para darles privacidad.
El mayor de los dos había retrasado aquel viaje lo más posible, cambiando la fecha desde hacía una semana hasta que se había quedado sin tiempo. Debía presentarse mañana para los primeros entrenamientos del día al amanecer. Intentaba no voltear su rostro hacia el más pequeño, conociendo de sobra su expresión después de haberla visto todo el camino hasta allá, y sin saber cómo cambiarla. Se reprimía mentalmente al pensar que podría declarar sus sentimientos en ese momento, ya que, a fin de cuentas, iban a estar separados.
Pero no. Si Hinata no le correspondía, adiós al lazo que llevaban forjando durante tres años.
– Algún día – Kageyama le observaba de reojo. Las manos cerradas sobre las piernas hasta volver blancos los nudillos, el ceño crispado, las mejillas volviéndose rojas bajo los ojos. La tristeza estaba ahí, pero también la decisión –… no importa si es en diez o veinte años, algún día, me parare en la misma cancha que tú…
7
…es una promesa.
No era la primera vez que dormían uno junto al otro.
Durante su adolescencia, varias fueron las veces en que la madre del contrario les hacía quedarse a dormir después de practicar, porque, en serio, ellos no sabían medir el tiempo cuando tenían un balón en sus manos y la compañía del otro. Kageyama ya conocía las mañas de Hinata por las noches, como el hecho de que el chico se moviera en sueños hasta encontrar la posición ideal, o que murmuraba en sueños las onomatopeyas. Más de una vez despertó para tener que separar al mocoso de su futón, o cubrirle la boca con una almohada por sus ruidos de "fuah", "gwah" y "pium" que no le permitían dormir en paz.
Sintió el ligero movimiento de algo acercarse por su lado derecho, y tuvo que moverse despacio para evitar que el otro le tocara o siguiera invadiendo su espacio. Aparentemente nada había cambiado con los años, salvo por el hecho de que ahora Hinata murmuraba en un idioma que él asumía como portugués.
Decir que no estaba nervioso, sería mentir. Su pecho se movía arrítmicamente, y sus manos le sudaban y picaban como antes de un partido.
¿Por qué siempre lo tengo que comparar a él con el voleibol?
Tal vez porque no había otra cosa que le gustará tanto como eso.
Tenía la idea de salir lo más discreto posible de la habitación, e irse a dormir en los confortables sillones de sus senpais, pero la desechaba al imaginar las preguntas que llegarían al día siguiente sobre por qué dormía entre cojines. No podía usar la excusa de "Hinata tiene malas mañas al dormir", porque para todos era sabido de las pijamadas no oficiales que aquel par había tenido en su juventud. Tampoco podía despertar descaradamente a los demás y alegar que se iba a donde sus padres; primero, porque sería irrespetuoso, y segundo, dudaba que le dejarán largarse a aquellas horas de la noche.
Su cerebro batallaba en busca de una solución, porque aquella vez no eran los movimientos ni los murmullos los que no le dejaban dormir, si no el hecho de tener a quien le provocaba tantos sentimientos reprimidos a solo unos malditos centímetros de distancia, completamente solos en una habitación.
Kageyama quería enterrar la nariz en la almohada y morir de asfixia.
El recuerdo de la promesa que se habían hecho, y que no le había dejado en paz desde su conversación con Kiyoko, tampoco ayudaba. Quería correr de allí y al mismo tiempo quería zarandear a Hinata para que despertara y gritarle que respondiera sus preguntas. Pero, estaban en casa de Daichi, y Kageyama podía emitir todas las excusas que quisiera sobre ser respetuoso y no querer incordiar el sueño de los demás, cuando la verdad era que, aún ya con ya casi veintitrés años, le seguía teniendo un sincero temor al ex capitán.
– Puedo escuchar como piensas.
Pega un respingo. Los grandes ojos, que siempre le habían recordado a la miel quemándose, le observaban, vivos y sin una pizca de sueño, provocándole la duda de si realmente había estado dormido antes o el tiempo había terminado convirtiendo a Hinata en el tipo de persona que espabilaban rápido.
– ¿Qué? – la voz le sale como el graznido de un ave, y no sabe si realmente lo escucha o se lo ha imaginado en un segundo, pero le pareció que Hinata emitía un "pareces un cuervo", antes de reír quedamente.
– Qué puedo escuchar los engranajes de tu cerebro moviéndose. Las personas idiotas no deberían pensar tanto, Kageyama-ku-¡Eso duele, joder!
Y al igual que muchas cosas aquel día, la sensación de deja vú se cierne sobre él, porque dejar que la molestia le domine y apretar la mota de cabellos naranjas que Shouyou tiene por cabello, provocando en el menor quejidos de dolor y gritos bajos de rendición, le transporta de manera inmediata a todos los días de su adolescencia al lado del pequeño saltarín.
Su orgullo se siente vengado y su pecho un poco más ligero.
– ¡Respeta a tus mayores, mocoso!
– ¡Hay gente durmiendo! – le chista en voz baja.
Kageyama vuelve a su posición después de soltarle, sintiendo la palma de su mano cosquillearle ante el recuerdo, de hace tan solo unos segundos,de aquellas coloridas hebras contra su piel. Hinata, por su parte, se mantiene de costado, observándole con esa aterradora mirada que el mayor le había visto cuando su equipo en Karasuno estaba a un punto de ganar en un deuce.
Siempre le ha incomodado esa mirada.
– ¿De qué hablaron Kiyoko-san y tú temprano?
– ¿Por qué te importa?
– Sólo contesta, por favor.
Una diferencia de casi tres años no era mucho, pero seguían significando que Tobio era el mayor en esa habitación. Su edad y altura siempre le habían otorgado la ventaja en múltiples situaciones con Shouyou, pero, en aquel momento, sentía como una presión le atezaba el cuerpo, como si el pequeño ratón que se enfrentaba a un gran gato fuera él.
Y no, no le gustaba esa sensación.
Los minutos en silencio mientras trata de pensar cómo salir de esa situación se le antojan largos, hasta que escucha el suspiro cargado de hastío escapar de los labios del que se encuentra a su lado.
– Kiyoko-san te contó sobre que fui a Tokio a por ti, ¿cierto? – emite un sonido de afirmación desde su garganta. Decide que ya que ha sido Hinata quien ha sacado el tema, él se quitara por fin las dudas
– Si realmente fuiste por mí… ¿por qué no me hablaste la primera vez que nos vimos en el gimnasio metropolitano?
Kageyama aún recordaba ese día.
Habían juntado al equipo nacional entero para comenzar los entrenamientos para las olimpiadas. Desde que había colocado un pie en el gimnasio, habían llegado a sus oídos los rumores de un nuevo integrante en el grupo que parecían tener a Hoshiumi de mal humor, cuando comentaban que el nuevo también era de baja estatura. Kageyama realmente no había puesto atención a lo que decían, salvo a la parte de que al parecer, era miembro del mismo equipo que Miya, Bokuto y Sakusa, otro gran rematador.
"Seguramente será problemático". Eso era lo que había pensado.
Sin embargo, nada le había preparado para ver aquella mata rebelde de cabellos naranjas, esta vez más cortos, entrar junto a su entrenador, y siendo presentado como su nuevo compañero. Los ojos de ambos se habían encontrado, Kageyama creía leer también la emoción y sorpresa encapsuladas en la miel, antes de que Atsumu saltara sobre el pequeño y le rodeara los hombros como siempre.
Hinata no le había ni siquiera dicho 'hola'.
– No sabía cómo acercarme, dejaste de hablarme después de lo de Río.
– ¡Tú no quisiste verme!
– ¡Durmiendo! ¡Gente! – volvió a chistar. Kageyama solo pudo chasquear la lengua con molestia, corriendo la mirada al contario a Hinata –. Y ya te explique por qué no quise verte, y que lo de Oikawa-san fue solo una coincidencia.
– Me da igual que pensarás que no estabas a mi nivel, yo quería verte, mocoso idiota – omitió completamente la parte de que su enojo también recaía en descubrir que su antiguo senpai, ese que gustaba de hacerle la vida imposible y siempre soltaba comentarios mordaces cuando lo encontraba con Hinata, hubiera podido ver al enano, hacerse su amigo y hasta sacarse una fotografía, pero él no.
Ignoro también por completo, que básicamente había dado una confesión.
– Yo también quería verte.
Aquello le bombeaba sangre a las mejillas, y encendía aún más su ira, porque regresaba a su memoria la misma pregunta que ya había soltado antes, y que era la misma que se llevaba repitiendo a sí mismo toda la tarde.
– Entonces, ¿por qué? ¿Por qué no me dejaste verte en Brasil? ¿Por qué no hiciste nada cuando nos volvimos a ver en Tokio? ¿Y por qué tardaste meses para volver a hablarme como lo hacías antes?
– Ya te explique… y tú tampoco te acercaste a hablarme – un suspiro de resignación emergió de los labios de Hinata –. Aunque lo último fue más por idea de Atsumu.
– ¿Qué carajos tiene que ver Miya con eso? – había destilado veneno en esa pregunta, le recordaba a todas las veces que los había visto juntos y le dejaba un mal sabor en la boca.
– Bueno, él y Bokuto-san se enteraron que te conocía, así que les con- mejor dicho, me hicieron contarles toda la historia, y a Atsumu se le ocurrió la idea de ponerte celoso, a ver cuánto durabas en acercarte y hablarme… o gritarme, en su defecto.
– No entiendo nada – reprimió el impulso de volver a presionar la cabeza de Hinata cuanto este respondió con un "porque eres un idiota" – ¿Por qué carajos Miya querría ponerme celoso? ¿Por qué lo querrías tú?
– Mayormente, Atsumu quería molestarte. También porque decía que era una buena forma de ver si aún sentías algo, para estar seguro y poder confesarme. No sé, no perdía realmente nada con probar, ¿o sí?
– ¿Qué?
Vale, el primer punto lo entendía. Similar a Oikawa, Miya tenía una rivalidad con él, por ser ambos buenos armadores y demás, así que no le sorprendía el hecho de que el mayor quisiera molestarle, cuando siempre aprovechaba la oportunidad de hacerlo, aunque de una forma menos mezquina que su antiguo senpai.
Pero el segundo punto aún no lo procesaba. La información no terminaba de llegar con suficiente rapidez a su cerebro y sentía que se perdía de algo.
– Hay que ver que eres idiota – un gruñido fue su respuesta. Bien, Kageyama no era la persona más inteligente del mundo, pero para todos sus conocidos estaba claro que Hinata tampoco lo era, así que escuchar aquello del menor le cabreaba bastante.
Observo al más pequeño levantarse, mientras los ojos cafés brillaban de nuevo de manera inquietante, clavándolo en su posición aún recostado sobre el futón.
En muchos partidos había sentido como los balones pasaban a su lado con más rapidez de la que realmente tenían, o como sus pases volaban a mayor velocidad en segundos de lo que los demás – léase Ushijima, ese monstruo – los percibían. La misma distorsión del sentido del tiempo estaba ocurriendo en ese momento, cuando se dio cuenta en apenas un parpadeo que los labios de Hinata se habían colocado sobre los suyos.
Se pregunto si aún tendría alcohol en su sistema, porque se sentía como estar acostado en motas de algodón que se movían. Suaves y relajantes. Sus manos picaban por alzarse hacia la nuca de cortos cabellos y evitar que una separación ocurriera.
Se dio cuenta de que había reaccionado tarde, cuando Hinata volvía a estar a su lado, con el rostro pintado completamente de rojo y la mirada gacha. Se incorporo hasta quedar sentado en el futón, observando lo que él creía que era un simple alucinación.
– Te amo – soltó el pequeño con voz trémula. Sus ojos como el mar se abrieron con turbulencia, clavándose en el contrario, sin emitir palabra o sonido ante la – ahora sí – formal confesión, y rogando a los dioses de los que conocía los nombres, para que aquello no fuera un sueño, que lo parecía. A Hinata no parecía importarle su recién adquirido mutismo, porque decidió continuar –. Me gustaste desde la primera vez que te vi en el gimnasio de Karasuno. Al principio solo fui porque quería ver donde había entrenado el Pequeño Gigante e insistí mucho a Ukai-san para ir… pero luego te vi haciendo esos saques asesinos, y los pases, y los remates, ¡incluso las recepciones aunque no eras tan bueno en ese entonces! Iba todos los días porque quería verte… ¡también porque me gustaba el vóley! Y creo que fue esa pasión por el juego lo que realmente me llamo a ti, y antes de darme cuenta empezamos a ser amigos, y me gustabas mucho, y nunca te dije nada porque no quería interponerme en tu camino, tú querías ser el mejor y tal vez fuera una distracción para ti, así que decidí que te lo diría cuando me volviera más fuerte, cuando me volviera mejor y pudiera estar a tu nivel en la cancha, pensé que entonces así podríamos estar juntos. Kiyoko-san, Suga-san y los demás dijeron que si no te lo decía yo hoy, lo harían ellos, y realmente me preocupaba que te enteraras por otra persona que no fuera yo, y ¿podrías decir algo?
La respiración de Hinata era irregular, había soltado aquel discurso de un solo golpe, sin tomar verdaderas pausas para tomar aire o pasar saliva, todo en voz tan baja como un susurro. Él, por su parte, parecía haber padecido de la muerte de las neuronas que le quedaban.
Su mejor amigo, el amor que siempre pensó que sería platónico y al que creyó perdido años y meses atrás por su estupidez, venía a soltarle en la cara que él había guardado los mismos sentimientos casi desde el principio. Boqueo como si de un pez se tratase en busca de emitir alguna respuesta coherente, pero su cerebro seguía analizando los datos recibidos y se negaba a colaborar con sus cuerdas vocales para hablar. Hinata esperaba mientras jugaba con sus manos y la colcha sobre la que reposaban, sin atrever todavía a dirigir sus ojos hacia él.
"Esto parece una película".
Al final, Kageyama había logrado almacenar toda la información, decidido a preguntar algo que se le antojaba relevante, antes de entregar su confesión.
– Dijiste que Miya quería darme celos para ver si aún sentía algo. ¿A qué te referías?
Hinata ahora sí había despegado la vista de sus manos, posándola sobre el armador, a la vez que ladeaba la cabeza hacia un lado y sus cejas se juntaban en el medio de su rostro, como si la preguntará le pareciera rara más que otra cosa.
– Cuando ibas en segundo año, le comente mis sentimientos a Daichi-san y Suga-san, y ellos me contaron los tuyos. Al parecer todo el equipo sabía que me querías, o al menos te gustaba. Tsukishima incluso dijo que una vez te vio tratando de esconder una erección después de que te abrace antes de que fueras a la sala del club a cambiarte.
"Maldito, Tsukishima", pronuncia en su mente, provocándole a cierto rubio de casi dos metros, un estornudo que le despierta de sus sueños.
Estudia la figura frente a él. Las mejillas, orejas y hasta el cuello de Hinata siguen rojos, sus ojos brillan húmedos, como si quisieran llorar, mientras un ligero temblor le recorría los hombros. Había crecido unos diez centímetros desde la preparatoria, tenía músculos en zonas donde antes no existían, sus cabellos eran más cortos, ya no enmarcaban sus facciones de adolescente aniñado, pero la edad aún no le daba la dureza de la adultez. Seguía siendo tan o más lindo que cuando se había enamorado la primera vez, y estaba expectante por una respuesta a sus palabras.
"A la mierda".
Se abalanzo sobre él, de la misma forma que un león lo hacía sobre una gacela, tirando hacia abajo y dejando que su pequeña espalda chocara contra las colchas del futón. Los delgados labios dejaron salir una exclamación de sorpresa, siendo tragada por la boca contraria, quien aprovechando la apertura, ingreso su caliente y grueso musculo en la pequeña cavidad.
Al haber tenido un amor que pensaba no correspondido por años, y al no importarle otra cosa excepto su carrera, Kageyama se encontraba en medio de su primer beso. No tenía experiencia alguna, ni sabía realmente lo que estaba haciendo, actuaba por instinto, chupando la lengua contraria, para luego soltarla e incitarla a que siguiera los movimientos de su compañera. Con una mano a un lado de la cabeza de Hinata mantenía su peso, y con la otra impedía que el más pequeño corriera la cara para escapar, en caso de que quisiera; sin embargo, todo lo que el menor hacía era soltar leves suspiros en su boca, que provocaban que la sangre hirviera en el cuerpo de Kageyama.
– Te amo – le soltó apenas se separaron. Aprecio como la miel brillaba entre las llamas, y los labios que empezaban a hincharse formaban una curva que se extendía grande hacia arriba –. Te amo desde hace tanto.
Volvió a atacar la pequeña boca, mordiendo y tironeando las delgadas líneas sonrosadas, tragando con gusto los sonidos cuando su lengua regreso al interior de la húmeda cavidad, mientras sentía como una de las pequeñas y callosas manos subía para acariciar sus cabellos, y la otra trazaba un camino hacia abajo para luego volver hacia arriba en su espalda sobre la ropa.
Dejo en libertad a la boca de Hinata cuando decidió que quería seguir probando más de él, bajando para dejar besos sobre su mentón, recorriendo la piel hasta su cuello, que mordisqueaba levemente, apenas apresando la piel con los dientes antes de tironear con suavidad. Las palabras del otro se trababan en su lengua, saliendo como sonidos desordenados hacia sus oídos, ocasionando que los escalofríos viajaran por su cuerpo.
– Kage… ya… ma…
Había fantaseado con el momento muchas veces. Había soñado cuales serían los puntos débiles del menor, el cómo sonaría su voz al volverse más aguda, sus manos estrujando su ropa, sus piernas temblando mientras se colocaba entre ellas. Era como armar una jugada en su cabeza, compartirla con el equipo, y ver que se realizaba tal cual la había imaginado. Ese momento con Hinata era su jugada idealizada.
No le importaba que básicamente habían acabado de confesarse después de meses y años de jugar a un tira y encoge, sus manos picaban por recorrer el cuerpo del menor, sus dientes y lengua dolían por querer marcar la piel que ahora era bronceada, su sangre le pedía actuar en vez de quedarse quieto. A Hinata tampoco parecía molestarle la verdad, dejando correr libres sus suspiros y jadeos en voz baja, siendo al menos aún consciente de que no estaban solos en aquella casa. Tener relaciones era arriesgado en esa situación, y conformarse con solo tocar el cuerpo del otro, era lo que le quedaba.
Probablemente, aún tenían alcohol en el sistema.
Se dejo caer a un lado de Hinata, colocando una de sus grandes manos sobre uno de los costados del menor, acercándolo más hacia sí, y pegando ambas pelvis. Un jadeo de satisfacción le vibro en la garganta, al sentir como el cuerpo había reaccionado velozmente a su toque. Su orgullo se encontraba hinchado y vigoroso.
Utilizo su mano para indicarle el ritmo a Shouyou, comenzando a moverse y provocando la fricción de ambos miembros sobre la ropa, causando más sonidos y carmín en el rostro del menor, atacando la boca de la que ya no quería despegarse más nunca en su vida, sintiendo como le contagiaba calor que se terminaba instalando en sus orejas.
Todo se sentía tan bien.
No le importaba que probablemente terminara manchando su ropa, y que seguramente tuviera que correr al baño para limpiar a ambos procurando que los demás no se enteraran, aquella fricción era lo más delicioso que había experimentado en su vida, junto con la sensación de la lengua de Hinata acariciando la suya, y la piel bajo sus dientes.
No sabe si pasaron minutos o segundos, los movimientos comenzaron a volverse erráticos, Hinata pegaba botes en su posición acostado de lado, y Kageyama prácticamente le embestía con fiereza. No era como cuando se masturbaba pensando en el pequeño, pero reconocía el cosquilleo que le anunciaba que el final estaba cerca, los gemidos que se tragaba de Hinata le comunicaban que el menor también lo estaba, y en un momento dejo su boca para poder hincar los caninos en la tierna piel del cuello, cerca de la yugular, provocando que los gemidos corrieran libres por la habitación.
Un poco más, estaban tan cerca…
– ¡Tratamos de dormir, joder! – y la puerta fue abierta con brusquedad.
¿Saben esa dislocación del tiempo y movimiento que se menciono antes?
Pues había vuelto a suceder.
Había faltado solo que la puerta se abriera de un sonoro golpe y la voz enojada de Daichi retumbara por las paredes, para que Hinata y Kageyama se separaran en nano segundos, yendo a parar en lados contrarios de la habitación, con erecciones que, del susto, empezaban a bajar.
El rostro sonrojado de la ira de Daichi les miraba con escrutinio, mientras las risas increíblemente escandalosas de Nishinoya se escuchaban detrás del capitán, quien giraba el rostro para mandar a callar al más pequeño de la casa, siendo completamente ignorado, y regresando después la vista a ellos.
– Ni un sonido más, ¿entendido? Que mañana tengo turno doble – asintieron frenéticamente, producto del miedo provocado por la voz que emergía de las ultra tumbas. Su antiguo senpai seguía firmemente anclado en su sitio, hasta que los gruesos brazos de Asahi, tironearon de él para alejarle y llevarle de nueva cuenta por el pasillo.
La imagen de Sugawara apareció entonces en su campo de visión, riendo con más disimulo que Noya – quien se había ido detrás de los otros dos mayores, aun soltando carcajadas y recibiendo regaños del dueño de la casa –, antes de dirigirse a ellos con ese tono maternal que no había perdido con los años.
– ¿Finalmente se dijeron lo que sentían? – asintieron de nuevo, esta vez con calma, mientras se acercaban otra vez a sus futones, ya sin rastros de erección o excitación en la piel –. Me alegro por ambos, pero te agradecería, Kageyama, que si vas a profanar a nuestro pequeño cuervo, no lo hagas en mi casa.
Y con eso solo, se marcho cerrando la puerta.
Ambos adultos jóvenes se observaron una vez volvieron a estar solos, con las mejillas sonrojadas esta vez de la vergüenza, y Hinata rompió en risas, contagiándolo y provocando que se ganaran un nuevo grito que retumbaba desde el final del pasillo para que se callaran. Volvieron a recostarse sobre sus camas mientras las carcajadas dejaban de a poco sus cuerpos, y antes de que Hinata pudiera refugiarse bajo las sabanas, Kageyama le tomo de los hombros, acercándolo a su pecho y cubriendo su cintura con su brazo restante.
– ¿Quieres dormir así?
– Sí – la parca respuesta le robo una risita al menor, y Kageyama hundió el rostro en los rebeldes cabellos, aspirando el aroma de estos, como había querido hacer durante años –. ¿Así qué por esto habías estado junto a mí todo el día?
– Bueno, no tenía caso seguir con el juego que me había propuesto Atsumu si tenía un ultimátum de los chicos.
– Aún quiero golpear a Miya – Hinata se permitió reír levemente.
– Bokuto-san, Hoshiumi-san y él tenían una apuesta de cuanto tardarías en acercarte a golpearlo.
– ¿Hay alguien más que sepa de mis sentimientos? Sólo para saber.
– Karasuno, Ukai-san y Takeda-san, Oikawa-san, Atsumu, Bokuto-san, Hoshiumi-san, Sakusa-san… y creo que todo nuestro equipo nacional.
–… ¿Miya se lo dijo al equipo verdad?
– Sip – contesto el menor, alargando la i y afianzándose en la p. Kageyama mascullo entre dientes improperios hacia su rubio compañero de equipo, provocando más risas en Hinata que trataba de acallar por todos los medios posibles.
Kageyama le estrujo en sus brazos con fuerza, provocando que las risas se transformaran en falsos quejidos de dolor y mohines en los rosados labios, a los que se resistía con todas sus fuerzas el besar.
– ¿Qué harás una vez volvamos a Tokio? – pregunto el menor, cuando el agarre a su cuerpo se volvió más suave.
– Pues tenemos que llegar entrenando.
– Vale, sí, ¿pero después del entrenamiento?
– ¿Qué tienes en mente?
– Mi compañero de departamento no estará hasta el jueves – y ahí estaban de nuevo los colores subiéndole por el cuello y cubriendo hasta sus orejas. Una sonrisa ladeada se formo en el rostro del mayor.
– Sé que somos monstruos de la estamina, ¿pero no estarás cansado? Podemos esperar.
– Ya espere cinco años, Bakayama.
Y no tenía forma de contradecir a aquel pequeño cuervo que le había robado hasta el alma.
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Son sólo dos capítulos, lo sé, pero ME COSTO escribir esto. Sentía que los párrafos no eran buenos, los cambie una y otra vez, tenía pensado que Hinata y Kageyama al principio se confesaran cuando regresaran a Tokio, o en el camino de regreso en tren, y que al final Hinata dijera que Atsumu es su compañero de departamento, solo para ver cómo reaccionaba Tobio… pero al final la idea no me surgía como desarrollarla y termino quedando así.
No estoy 100% satisfecha (aunque yo nunca lo estoy, así que da igual), pero al menos creo que salió decente (?)
Y eso es todo, amigos, espero que les haya gustado.
