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El cementerio de la isla Milos era mucho más pequeño de lo que Saga hubiese imaginado. Además del grupo que despedía a la antigua amante de su nounos, no había nadie más a la vista y las pocas lápidas desperdigadas por el pequeño terreno dejaban en claro que ese no era el lugar favorito de los lugareños para yacer eternamente.

A diferencia de lo que esperaba, el hijo del nounos se encontraba bien acompañado. Al menos veinte personas estaban a su lado para despedir a su madre y una familia de cuatro parecía estar particularmente al pendiente del muchacho. Saga contuvo una sonrisa y pensó en la información que tenía guardada en el automóvil que rentó en Atenas. Sin duda se trataba de los Vouvali, quienes hospedaron a Milo durante la convalecencia de su madre. Seguramente planeaban mantener al niño en su hogar ahora que las cosas habían cambiado para mal.

El último puñado de tierra cayó sobre la tumba de la mujer y poco a poco las personas salieron del cementerio. Saga se aseguró de ignorar las curiosas miradas de quienes pasaban a su lado.

Pronto, solo quedaron los Vouvali y Milo. El padre le susurró algo al niño, pero este negó con la cabeza. Renuente, el hombre asintió y guio a su familia fuera del cementerio. Sin duda, Milo les alcanzaría más tarde.

Satisfecho con su buena suerte, Saga caminó hacia el muchacho.

—Buenas tardes, Milo. Lamento mucho tu pérdida.

El niño frotó sus ojos con su antebrazo y alzó su mirada hacia el desconocido. Lucía exhausto, con los ojos hinchados, rojos y ensombrecidos por unas marcadas ojeras. Mordía su labio inferior con tanta insistencia que diminutas gotitas de sangre terminaron por decorarlo. Saga se sintió un tanto culpable por pensar que el jovencito lucía encantadoramente vulnerable. Supo entonces que sería fácil traerlo consigo a casa.

—Disculpe —dijo apenado—, ¿lo conozco?

—Soy Saga Bouras. Tu padre me pidió que viniera.

Los ojos de Milo se abrieron de par en par y el niño dio un paso hacia atrás. Su ceño se frunció y Saga le vio morder su labio con más fuerza.

—¿Qué es lo que quiere ese criminal?

Saga contuvo una sonrisa. El niño sabía quién era su padre y a qué era lo que se dedicaba. Eso haría las cosas aún más sencillas.

—Quiere que vivas con él en Estados Unidos. Ahora que tu madre no se encuentra entre nosotros necesitarás a alguien que cuide de ti. Tu padre te enlistará en los mejores colegios de Pennsylvania y se asegurará de que nada te falte.

—Dile que no necesito nada de él —escupió a los pies de Saga y comenzó a alejarse. Saga no tardó en seguirle.

—No culpes a tu padre por su ausencia. No sabía que tu madre tuvo un hijo. De haberlo sabido, se habría hecho cargo de ti desde un principio.

—No necesito la ayuda de alguien como él —detuvo sus pasos y dio media vuelta para enfrentarse a Saga—. Este es mi hogar. Aquí está mi escuela y mis amigos. No necesito nada más.

Saga fue incapaz de contener una risotada.

—Por favor, Milo —extendió su palma abierta hacia el cementerio—. ¿Qué tiene Milos para ofrecerte? Una educación mediocre, un trabajo miserable y una tumba desolada. ¿Acaso no has deseado por más? ¿Tener una educación? ¿Tener tu propio negocio?

El interés brilló momentáneamente en los ojos de Milo, pero pronto desapareció sin dejar rastro.

—¿El negocio familiar? ¿Quiere que me convierta en alguien como él?

—Dijo que no te obligaría. De ser sincero, desconozco si hablaba o no con la verdad, pero tiene otros seis hijos de los cuales depender.

—Entonces que se conforme con ellos.

Milo pretendió escapar nuevamente y Saga tuvo que buscar un argumento más convincente.

—Tu padre es un hombre poderoso, Milo, y tú eres menor de edad. Una palabra y el gobierno Griego te mandará en un vuelo sin regreso a Pennsylvania.

—Tengo quince años —dijo el niño como si eso lo convirtiese en un hombre—. Eso me da voz a la hora de decidir en dónde quiero estar.

El niño conocía sus leyes. Saga hizo la anotación mental.

—Tu padre es poderoso —repitió—. Una palabra y los Vouvali perderán la licencia de su restaurante. No podrán abrirlo en un millón de años y tanto ellos como tú se quedarán sin ingresos y sin hogar.

La amenaza enojó tanto a Milo que sus manos comenzaron a temblar. Un hilo de sangre brotó de la comisura de su boca.

—Los Vouvali no tienen nada que ver en esto —Saga se alzó de hombros—. ¿Qué quiere ese hombre de mí? ¿Por qué insiste en llevarme con él?

—Eres su familia, Milo —contestó con franqueza—. No hay nada más importante que la familia.

El niño bajó la mirada y Saga le observó en silencio mientras consideraba sus opciones. Después de varios minutos, Milo tragó saliva y asintió.

—¿Puedo quedarme esta noche? Necesito ordenar algunas cosas.

Saga sonrió y se atrevió a recargar su brazo sobre los hombros del niño mientras caminaban juntos hacia la salida.

—Por supuesto; haz lo que tengas que hacer. Estaré en casa de los Vouvali mañana a las nueve. Nuestro ferry al Pireo sale a las diez.

Saga condujo al niño a la parada del autobús y le dejó a sabiendas de que sería puntual en su encuentro. Milo no se atrevería a arriesgar el patrimonio de la familia que le había dado tanto.

Mientras el autobús hacia el pueblo de Pollonia se alejaba, Saga subió a su automóvil rentado y se dirigió al pueblo de Adamas, donde se encontraba su hotel. Aún era temprano.

Aprovecharía para comprar algunos paquetes de aceitunas.