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Milo se acopló perfectamente al estilo de vida de Estados Unidos. Una vez que aprendió el suficiente inglés para inscribirlo en el colegio, se volvió uno de los jóvenes más populares y, tal y como Saga esperaba, no tardó en mostrar su interés en el negocio familiar.
Milo seguía renuente a relacionarse con su padre, pero era joven y ambicioso y el dinero era el peor de los consejeros. Saga solía llevarlo consigo a los trabajos más sencillos y Milo observaba y aprendía día con día.
Cuando Milo cumplió los diecinueve años, quedó más que claro que no tenía intenciones de regresar a Grecia y fue entonces que nounos accedió a que su hijo ilegítimo participara en operaciones más delicadas. Saga disfrutaba llevarlo consigo a todos lados. El joven era astuto y prestaba suma atención a los detalles. Además, tenía muy buen ojo para las personas. En más de una ocasión logró señalar a gente sospechosa y en todas ellas sus temores estaban bien infundados. Como si eso no fuese suficiente, Milo se había vuelto sumamente atractivo. Su sonrisa era sensual y su cuerpo bien formado y musculoso. Era un verdadero gusto estar a su lado, sobre todo cuando el joven no disimulaba la atracción que sentía hacia Saga. Este no estaba seguro de si los sentimientos de Milo eran más cercanos a admiración que a deseo, pero tampoco le importaba demasiado; no mientras le mirara como si fuese el hombre más importante del planeta y le permitiera pasar sus dedos sobre su largo cabello. Con el tiempo, Saga estaba seguro de que le permitiría recorrer sus manos por todo su cuerpo. Solamente necesitaba concederle unos cuantos caprichos más.
La oportunidad para cederle uno de ellos ocurrió una noche en la que fueron a revisar los números de uno de los burdeles de la familia. Con el fin de quedar bien, el gerente quiso recibirlos con varias de sus chicas, pero Saga y Milo estaban ahí para hacer negocios y lo más que consiguió fue que le aceptaran un par de tragos. Después de eso Saga revisó los libros contables mientras que Milo revisaba las condiciones del edificio y de las mujeres.
Después de una hora de revisión, Saga determinó que las cuentas del hombre eran veraces y Saga le felicitó por su buen trabajo. Aliviado, el hombre le agradeció y se retiró por unos momentos para elegir uno de sus vinos más caros para celebrar la ocasión. Fue en ese momento que Milo se reunió con Saga.
—¿Cómo viste el lugar? —preguntó mientras guardaba algunos documentos en su maletín.
—Aceptablemente limpio y bien mantenido. Las mujeres se ven sobrias y sanas…
—¿Pero? —Saga conocía lo suficientemente bien al muchacho como para reconocer cuándo tenía algo más que decir.
—Dos de las mujeres son jóvenes; demasiado jóvenes, Saga. Apenas unas niñas. No deben tener más de trece años.
Saga frunció el ceño y asintió. La verdad era que el descubrimiento de Milo no le sorprendía en lo más mínimo. Saga trabajaba en un negocio que incluía la trata de personas. Le parecía absurdo preocuparse por cosas como menores de edad en sus burdeles cuando obtenía dinero de cosas francamente peores.
—Se lo diré a nounos.
—Él no hará nada al respecto.
Saga sabía que Milo tenía razón. El mismo nounos era afín a solicitar el servicio de mujeres así de jóvenes.
—Tienes razón —Milo batió sus largas pestañas en tono de súplica y Saga, sintiéndose generoso, decidió ceder a su capricho—. Yo me haré cargo.
Milo sonrió ampliamente, le dio un rápido beso en la mejilla y estuvo a punto de decirle algo cuando el gerente regresó a la oficina con una botella de vino tinto y dos copas de cristal. El hombre dudó al ver a Milo en aquel lugar, pero el joven insistió en que no necesitaban otra copa. Le dijo a Saga que le esperaría en el recibidor y salió de la habitación.
Saga no necesitó hacer mucho para convencer al gerente de deshacerse de las chicas más jóvenes. La familia tenía suficientes vacantes en el casino y podrían regresar al burdel una vez que fuesen más grandes. Al gerente no le gustó la idea de perder la peculiar fuente de ingreso, pero tampoco se atrevió a rechazar la orden de Saga.
Más tarde, cuando conducían de regreso a la finca familiar, Milo le pidió a Saga que se detuvieran un momento en la acotación. Le dio entonces un húmedo beso en los labios y le agradeció por su ayuda. Saga, satisfecho, revolvió sus cabellos con la mano derecha y le aseguró que haría todo por él antes de darle un segundo y más íntimo beso.
