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Saga estaba recostado en la vieja cama de un motel. Aunque el colchón era demasiado suave para su gusto, el descanso le sabía a gloria después de estar en el auto por siete horas seguidas. Su nounos le había pedido a él y a Milo que fuesen a recoger a su hijo menor del Dartmouth College. El colegio se encontraba en New Hampshire, a diez horas de la finca familiar, y el cansancio les obligó a pernoctar en Massachusetts. En una situación normal, el joven de 18 años habría viajado por su cuenta, pero no se encontraban en una situación normal.
Apenas esa mañana los dos hijos mayores de nounos fallecieron en una redada de la policía. Todo había sido rimbombante y explosivo; algo tan triste que Saga casi se sintió culpable cuando vio a su madrina y a su padrino llorar frente a los cuerpos sin vida de sus hijos. Casi.
Su hijo menor debía unírseles para el sepelio, pero nounos se encontraba demasiado nervioso como para dejarle viajar solo por tren, por lo que mandó a dos de sus hombres más leales a escoltarlo. A Saga le parecía un tanto absurdo, pero no se atrevía a culpar a nounos. Después de todo, el hombre había perdido a cuatro de sus hijos. Además de los dos desgraciados de esa mañana, uno falleció el invierno pasado por una influenza que se complicó debido a su asma y otro fue asesinado en prisión, lugar al que fue enviado por conducir un automóvil robado. Ahora solo quedaban dos de sus hijos, uno que aún trabajaba activamente en la familia y otro que había optado por estudiar la universidad.
Saga sonrió para sí al saber que únicamente tendría que deshacerse de uno más. Había sido sencillo acabar con los otros, ya fuese con sobornos o con llamadas anónimas a la policía. Sin embargo, mientras más cerca estaba de su meta, más cuidadoso debía ser con sus movimientos. No podía darse el lujo de levantar sospechas.
La puerta del cuarto de baño se abrió y de ahí emergió Milo portando solo una camisa que le quedaba demasiado grande y una toalla alrededor de su cuello. Se sentó en la única cama de la habitación y comenzó a secar su cabello sin prestar demasiada atención a Saga.
Saga no estaba acostumbrado a ser ignorado, así que se acomodó a su lado y rodeó su cintura con el brazo.
—Ahora no —reprochó Milo—. Tengo que secarme el cabello.
Saga le besó en la nuca.
—Eso puede esperar… —lentamente, Saga desplazó sus labios por los hombros y cuello de Milo. Su piel seguía caliente por la ducha y su cabello olía a shampoo frutal. Extrañamente, Milo no pareció estar muy interesado en sus avances—. ¿Qué pasa?
—Es solo… —frunció el ceño y giró el rostro para verlo frente a frente—. Necesito saber. ¿Planeaste la redada de modo que mataran a los dos o fue solo suerte?
Un sabor amargo cubrió la boca de Saga y se separó lentamente de Milo mientras se recordaba a sí mismo que dejó su pistola sobre la mesita de cama.
—No sé a qué te refieres.
Milo bufó.
—¡Oh, vamos! —subió sus piernas desnudas en la cama y gateó hacia Saga. La camisa que llevaba puesta dejaba muy poco a la imaginación—. ¿No sabías que sabía? Te miro con demasiada atención. Sé que fuiste tú quien planeó la redada y quien se aseguró de que Alexei muriera en prisión —rio agudamente—. A veces, hasta pienso que de algún modo lograste contagiar a Giorgios de influenza.
Saga exhaló lentamente y sus ojos miraron por unos segundos el arma que tenía a tan solo unos centímetros de distancia. Milo reconoció el movimiento de sus ojos y, lentamente, se sentó sobre la cama mientras alzaba las manos en señal de conciliación.
—Estoy de tu lado, Saga. Te juro por mi madre que no tengo intención de delatarte —sus palabras fallaron en relajar a Saga—. Si me lo permitieras, podría ayudarte.
—Ayudarme, ¿cómo? —bufó.
—A acabar con los otros dos, por supuesto.
Milo respondió con tanta franqueza y aplomo que Saga comenzó a creer en sus palabras. Decidió arriesgarse.
—No necesitamos acabar con los otros dos. A Nick solo le interesa terminar sus estudios y dedicarse a lo que sea que se dedican los ingenieros mecánicos.
Milo le observó en silencio por algunos segundos como si se debatiese entre decir una cosa u otra. Cuando finalmente tomó una decisión, frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Nick es el más inteligente de sus hermanos —señaló—. En estos momentos no piensa tomar el lugar de su padre, pero lo hará si acaso llega a ser el único hijo legítimo que queda. Es orgulloso y hará lo posible por resarcir el orgullo familiar. No es alguien a quien quisieras tener como enemigo.
Saga recordó que Milo siempre había sido bueno para juzgar el carácter de las personas. Solo en ese momento se percató de que su habilidad también había funcionado con él. Parecía ser que Milo le conocía mucho mejor de lo que se había imaginado.
—¿Y tú te harías cargo de él y de su hermano?
—Puedes contar conmigo. Aunque… —la comisura de su boca hizo un movimiento que por unos segundos pareció una sonrisa y el hombre se atrevió a acercarse a Saga nuevamente—, mi ayuda tendría un precio.
—¿Y ese cuál sería? —preguntó a la par que le rodeaba con sus brazos y lo juntaba a su pecho.
—Seré yo quien mate a mi padre.
Saga relamió sus labios y frunció el ceño.
—No necesitamos matar a nounos. Es viejo y con cada hijo que pierde envejece diez años más.
—Voy a asesinarlo, Saga, pero primero quiero darte el tiempo suficiente para afianzar tu lugar en la familia.
—¿Por qué lo odias tanto? —preguntó mientras su mano se deslizaba por debajo de la camisa de Milo—. Te ha dado todo lo que le has pedido; fue tu madre quien decidió alejarse de él.
—Él mató a mi madre, Saga.
—Tu madre murió de cáncer.
—Un cáncer causado por la enfermedad venérea que le contagió tu nounos.
Saga alzó las cejas en franca sorpresa. No tenía idea de que las cosas hubieran ocurrido de esa forma, pero ahora el resentimiento de Milo adquiría mayor sentido. Ahora comprendía por qué no regresó a Grecia una vez que cumplió los dieciocho años y por qué seguía a Saga con tanta lealtad. La venganza de Milo no estaría completa hasta que otra persona estuviese sentada en el lugar de nounos.
Las dudas de Saga desaparecieron por completo.
—Como gustes. Solo prométeme que haremos esto poco a poco.
Milo sonrió y acarició suavemente el pecho de Saga.
—Por supuesto. Sabes que me gusta hacerlo lento…
—Y por cierto… —Milo arqueó la ceja izquierda—. ¿Sabes cuál fue mi último regalo de cumpleaños para Giorgios? Le pagué una noche con su actriz de cine favorita. Desafortunadamente, la chica apenas salía de un severísimo caso de influenza. Fue un disparo en la oscuridad, lo admito, pero funcionó de maravilla. Y sí. La suerte también tuvo mucho que ver en la redada de hoy.
Milo sonrió hermosamente y le dio un beso en la mejilla.
—¿Ves? Por eso mismo mereces estar en el lugar de mi padre. No habrá mejor líder que tú.
Saga comenzó a desabotonar la camisa de Milo y le dio un húmedo beso en los labios.
—¿Qué puedo decir? Me conoces muy bien.
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Comentario de la Autora: Saga malo es el mejor malo.
Y bueno, esta historia quedó hasta acá porque no puedo darme el lujo de describir la violenta caída del régimen de nounos, pero quizá algún día haga un epílogo con Saga y Milo en el lugar que les corresponde. Uno en la silla de nounos y otro en las piernas de Saga.
La mafia griega tiene mayor presencia en Pennsylvania que en Nueva York o Chicago y aunque sus principales negocios sean el juego ilegal y los narcóticos, seguramente tienen algunos burdeles por ahí. Creo yo. Si no, disculpen mis libertades creativas.
Espero no hayan odiado esta historia y lamento mucho no haberla hecho más suculenta. Saben lo mucho que me cuesta eso. -.-
¡Gracias por llegar hasta acá y no olviden vacunarse contra la influenza!
