Los personajes son todos de Sthephenie Meyer. Y la historia: leer más abajo ¿
Okey!! Aquí les traigo otra adaptacion, aunque para ser sincera me lo pensé bastante. Quise empezar y ya ver si les parece la idea, terminarla. Son tres/cuatro libros, escritos por Delora L. Pereñíguez. Voy a publicar los primeros capítulos, déjenme saber si les gusta o no, y pues si vale la pena terminar el libro, y seguir con los otros, que de verdad se me hacen un poquitin laaargos! Si ya la han leído antes pueden leerla ahora adaptada a los personajes de Twilight, mi saga favorita por todos los tiempos ;) O sino, leer los originales, por supuesto.Y eso es todo!! Empecemos y espero disfruten la lectura !
SINOPSIS:
La vida de Isabella Swan parece ir en picado.
Pierde su trabajo en el Museo.
No puede seguir pagando el alquiler de su apartamento.
Y para rematar su ''buena suerte'', se ve obligada a vivir en un hotel hasta encontrar una vivienda más económica. Sus días solo son grises, hasta que una mañana se encuentra con una herencia que cambiará su destino. Isabella es la heredera principal de una mansión en una remota isla en el océano atlántico. Esa inesperada herencia consigue remover las tempestades de su corazón que han estado en calma por tantos años. Apenas comprende que siendo huérfana herede de pronto una mansión. Una mansión que según unos papeles comparte un tanto por ciento con un tal Masen que la espera en la isla.
Creyendo que todo es un malentendido, viaja con su mejor amiga, Alice, hacia el primer lugar al que tienen que ir. Los aldeanos de Roundstone, Irlanda, no hablan muy bien de la isla. Todo parece indicar que nadie quiere pisar esa isla que está maldita con la sangre de la familia que murió allí. Nadie, ni por todo el oro del mundo, se arriesga a llevar a Isabella hasta la isla Swan; la que también llaman la ''isla de Blood Swan''. Y cuando Bella lo da todo por perdido aparece un hombre que desata sus más secretos deseos, que hace renacer en ella la atracción olvidada.
Edward Cullen, lleva viviendo en Roundstone toda su vida, tiene un pequeño barco pesquero de su padre, es amable con los que viven en Roundstone, pero más frío con los forasteros que quieren arriesgarse a ir a la isla Swan. Pero todo cambia (sus más profundos deseos cambian de rumbo), cuando conoce a la hermosa y temeraria Isabella.
En el momento que sus miradas se cruzan, sus destinos estarán atados. Ya nada será lo mismo.
La atracción será el detonante.
El deseo los devorará.
La pasión les dejará huella.
Y ya no habrá vuelta atrás para lo que sienten en sus corazones atormentados. ¿Pero lo que hay en la isla será mucho más poderoso que sus propios sentimientos y deseos?
Prologo:
En lo más alejado del bar O'Dowd's se hallaba un hombre que vestía una gabardina negra. No había pedido nada de beber ni de comer, tan solo esperaba en silencio a una persona.
Por sexta vez, le dio otra calada a su cigarrillo y dejó que parte del humo se ahogara en sus pulmones. Inclinó su espalda sobre el mullido asiento, tamborileando sus dedos sobre la mesa de madera. Impaciente, miró el rolex de oro de su muñeca que marcaba las nueve de la noche.
Llega tarde el muy imbécil. Pensó cabreado.
Dio otra calada a su cigarrillo perdiendo la paciencia, y lo dejó sobre el cenicero aplastándolo con saña.
Unos minutos después la puerta del bar se abrió entrando un hombre apresurado y con aspecto cansado. Dejó su paraguas en el paragüero de la entrada, se sacudió las pocas gotas de lluvia de sus hombros y soltó un suspiro. El tipo levantó la vista mirando a cada persona del bar hasta que dio con la que buscaba.
—Perdón por llegar tarde —le dijo al hombre de la gabardina negra y se sentó frente a él.
—No me gusta esperar —contestó él más hosco.
—No traigo buenas noticias.
Al hombre de la gabardina se le hizo más evidente el tic que tenía en el ojo izquierdo cuando se cabreaba.
—Dime que la has encontrado —su voz grave parecía amenazante.
—No.
El de la gabardina golpeó la mesa con furor haciendo brincar al otro del susto. Dos personas de la barra que estaban tranquilamente tomando una copa lo miraron desconcertados. Esperó a que de nuevo pasaran inadvertidos con una mirada brillante de furia.
—Eres un imbécil —le siseó entre dientes para no levantar la voz y que nadie sospechara lo que planeaban.
—No es tan fácil.
—Quiero que encuentres a la heredera —le exigió.
—¿Pero que le harás?
Siempre tan cobarde. Pensó el de la gabardina con suficiencia.
—Ya lo verás. Cuando la encuentres todo pasará a ser mío. La isla, la mansión… todo. Lo quiero todo para mí —mostró una ambición pasmosa que desconcertaría a cualquiera.
—No es tan fácil —repitió nuevamente el otro—. Aunque encuentre a la chica… está él.
El de la gabardina entrecerró los ojos siseando una maldición.
—Ese estúpido un buen día va a tener un accidente. No sé cómo ha conseguido las tierras y un porcentaje de la mansión. Pero él será el menor de mis problemas si encontramos a la descendiente de Leonard Swan.
—Poco sabemos de ella. ¿Y si no está viva?
—Está viva —aseguró irritado—. ¿Cuántas chicas hay en el mundo con una marca en la nuca herencia de su antepasado Leonard? Apuesto a que solo una. Haz bien tu maldito trabajo, Demetri. No te paso ni una más.
Demetri hizo un gesto de afirmación hacia él, consciente de que tenía que ponerse las pilas si no quería meterse en problemas. El de la gabardina se fumó otro cigarrillo con la impaciencia marcada en su rostro, haciendo que el tic del ojo le diera un aspecto siniestro y de total locura.
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Más allá del bar, cerca del muelle, dos hombres mantenían una fuerte e intensa conversación bajo la lluvia. Uno de ellos se mesaba el cabello mojado con aspecto desesperado y preocupado.
—Necesito encontrarla, Eleazar —le comentó inquieto el hombre que se tocaba el cabello desesperadamente.
—No es fácil, pero tampoco imposible.
—Ella está en peligro.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó su abogado.
Sin decirle nada, le dio la espalda a Eleazar mirando el oscuro océano mientras la lluvia caía sobre ellos. No le importaba como lo hiciera... solo necesitaba que la encontrara. ¿Para qué? Solo él lo sabía. Lo del «peligro» solo era una excusa exagerada para que Eleazar se apresurara en encontrarla.
—¿Por qué no acudes a Cheney?
—Está ocupado.
Eleazar lo contempló bastante extrañado por la actitud de su amigo. Nunca antes, en el tiempo que se conocían, lo había visto tan perturbado. Cuándo lo había llamado con tanta urgencia no esperaba encontrarlo tan desesperado.
—Necesito encontrarla, Eleazar. Busca a la heredera de la mansión Swan. Aunque yo tenga ese porcentaje sigue sin ser mía.
Eleazar resopló quitando de su rostro las gotas de lluvia.
—Lo haré, por nuestra amistad. Pero no te prometo nada.
Él soltó un suspiro relajado moviendo su rostro hacia el cielo encapotado, dejando que las gotas rebotaran sobre su cara.
—No sé qué pretendes con ella, Masen. Pero espero que sea para bien.
Los dos se miraron en un inescrutable silencio donde solo se oía la lluvia.
—Tú solo encuéntrala. Y dale esto. Puedes revisar los papeles si quieres, hay poca información pero te servirá para buscarla. Solo sé que hay una descendiente por parte de Billy Swan y que está viva.
Le pasó una carpeta blanca con las iniciales E.M. Eleazar la miró entre sus manos con total desconcierto y la resguardó dentro de su abrigo para protegerla de la lluvia.
—Les echaré un vistazo.
—Pero si la encuentras entrégale esos documentos a ella. Solo a ella —le repitió más conciso—. Eres el único abogado en el que puedo confiar.
Eleazar a pesar de tener mil preguntas, mil dudas, solo asintió de acuerdo.
En los años que tenían de amistad nunca había visto a Masen tan inquieto, y podía jurar que atemorizado.
—Mantenemos el contacto —le expresó Eleazar pocos segundos después.
Masen se quedó más calmado tras confiar esos papeles tan importantes no solo a su abogado, sino también a su amigo. Se dieron un apretón de manos, bajo la tormenta que solo había conseguido remover con más intensidad las tempestades que se agitaban en el alma de Masen, y se dio la vuelta alejándose bajo la lluvia abrazada de una noche fría.
Capítulo 1:
ISABELLA
2014, Septiembre
Nueva York
Hotel The Surrey
Y aquí me encontraba.
Otra vez.
Tirada en la cama y mirando el techo, intentando encontrarme. O en realidad encontrar que hacer en todas las horas que tenía por delante.
¿Cuándo mi vida había caído tan en picado?
Desde mi habitación podía escuchar una angelical voz procedente del salón, canturreaba de un modo dulce y melancólico la canción «Saturn» de Sleeping At Last. No sé, pero últimamente a Alice le había dado por cantarla.
La nostalgia me invadía cada vez que la escuchaba y hacía que pensara con profundidad en mi existencia.
Hace como cosa de tres meses que había perdido mi trabajo en el Museo Metropolitano de Arte, aunque sinceramente no había sido del todo mi culpa lo que pasó. ¡Fue un accidente! Y a raíz de ese nefasto suceso, tuve que abandonar mi apartamento porque no podía seguir pagando el alquiler. No sé por qué la vida me había cogido manía, pero parecía que cuando todo me marchaba bien, el destino hacía algo a propósito en contra mía para desbaratar mi bienestar. ¿No podíamos tener una tregua? Estaba «marcada» por la mala suerte. Eso era un hecho que yo misma podía jurar.
La puerta de la habitación se abrió y no despegué los ojos del techo oyendo unos tacones resonando en el suelo de madera.
—¿Otra vez mirando el techo, Bella?
Incliné mi cabeza hacia esa voz. En la entrada de la puerta, recostando un hombro sobre el marco, se encontraba Alice—, mi mejor amiga. Su corto cabello negro, con las puntas apuntando en diferente dirección y sus rasgos pequeños y delicados la hacían parecer muy dulce, y a pesar de ser menuda tenía un cuerpo de infarto que ahora mismo, ese vestido rojo de Prada ceñido a su cuerpo le hacía parecer una diosa. En serio, ¿cómo lo hacía? Cada día resplandecía más su belleza.
Sus ojos azules no dejaron de mirarme esperando a que reaccionara.
Volví a dejar la cabeza sobre la cama dejándome absorber por el techo otra vez.
—Llevo tres meses en paro y viviendo en este hotel. Me iba tan bien y de pronto... me quedo sin empleo y sin mi apartamento —volví a decir con tono depresivo. Y encima por más que buscaba no me salía ni un maldito empleo.
Ella se movió por la habitación y acarició deliberadamente el tatuaje de mi pie derecho —su preferido—, con una mirada de adoración. Se quitó sus elegantes zapatos y se echó sobre la cama poniéndose en la misma posición que yo, mirando al techo.
—Ahora parecemos dos locas —concluyó segundos después.
Medio sonreí.
—Esa depresión que tienes se te quita con una buena isla tropical. Yo invito. ¿A las Bahamas?
—No —respondí con sinceridad.
—¿Entonces a las Fiji?
—No.
—¿A Bora Bora?
—No.
—¿A las Maldivas?
—No.
Resopló crispada poniendo un cojín sobre su rostro.
—Hala, ya me has puesto depresiva a mí con tanto «no».
—Sabes que iría encantada contigo, pero si compartimos los gastos. Sabes que ahora no tengo tanto dinero para un viaje como ese.
—Ya te saldrá otro trabajo —expresó ella con la frente fruncida—. Y como eres tan cabezota que no me dejas buscarte otro trabajo, sabes que podría mover unos hilos y...
—¡No! —le interrumpí con firmeza—. Mira lo que pasó con el museo.
—Eso no fue tu culpa, y lo sabes. Estás indultada—por los pelos, quise decirle. Si no fuera porque su abogado era uno de los mejores de Nueva York, ni quería pensar en que lío estaría metida—. Pero tú no te preocupes, y tampoco te preocupes por pagar la habitación del hotel, eso ya sabes que corre de mi cuenta.
Eso era lo que me tenía apenada con Alice. Yo había estado dispuesta a vivir en un hotel mucho más barato y sin lujos, de esos de una estrella o dos (más bien de mi nivel), con lo poco que tenía ahorrado, pero Alice se negó en rotundidad a que yo me instalara en uno de ellos.
—Si no fuera por ti estaría en la indigencia.
—¡Hala! ¡Qué exagerada!
—Es verdad. No tengo a nadie. Solo te tengo a ti.
—Sabes que estoy encantada de ayudarte.
—Me da apuro que me pagues un hotel tan caro como este.
Ella giró su rostro hacia mí haciendo una mueca.
—A mí sí me da apuro verte con esa ropa de mercadillo.
Abrí la boca pasmada, mirándola, y tomé el cojín que había sobre el cabecero dándole en la cabeza.
—¡Oye! —le reclamé, ambas tomándolo a risa—. No te metas con mi ropa sencilla, pero sobre todo barata.
Me sacó la lengua en respuesta sin dejar de reír.
Alice venía de una distinguida familia —los Brandon—, por supuesto adinerada y de una buena posición social. Si esto fuera la Edad Media, Alice sería una gran duquesa y yo una simple plebeya. Era hija única. Su padre era Juez supremo y su madre una reconocida abogada. Había tenido el poco placer de ver a sus padres en más de una ocasión. Y poco les importaba que su hija tuviera una amiga «pobre» para su «entretenimiento». Y sabía muy bien que decían eso de mí porque se lo escuché decir a su madre en una conversación con sus «amiguitas» pijas en esa fiesta a la que me invitó Alice.
Y me hice una idea exacta de cómo eran ellos (aparte de todo lo que me contó ella). Estrictos, rígidos, fríos, arrogantes y muy severos en su forma de educar. Alice había tenido muy mala suerte con el amor que tendrían que haberle dado sus padres, porque lo único que hicieron fue dejarla con institutrices para que le dieran la refinada y elegante educación de la alta sociedad. Alice podría haber sido tan frívola y superficial como ellos, pero no, porque era todo lo contrario a sus padres. Era cariñosa, espontánea, dulce… Alice podía ver lo bueno de las personas más allá de las circunstancias, era un espíritu libre que deseaba cumplir sus sueños; aunque esos sueños se vieran truncados por sus padres.
Ellos no deberían cortar las alas de su hija, ni decirle que hacer. Aún no salía de mi asombro tras contarme Alice lo que habían planeado con ella dentro de un año. ¡Eso era de retrógrados! No amaban a su hija si pensaban hacerle eso.
Desvié mis ojos hacia ella que tarareaba una canción mientras enredaba uno de sus mechoncillos en su dedo índice.
Alice y yo nos conocimos cuando aún vivía en el Convento Santa María. De eso hacía ya más de cinco años. Recuerdo ese día muy bien. Alice fue a dejar un generoso donativo por parte de los Brandon y fue ahí donde comenzó nuestra amistad.
Alice era lo único que tenía en la vida.
Lo único bueno.
—Esa mala suerte sigue persiguiéndome…
—Oh no, no empieces otra vez —se apoyó sobre sus codos echándome una mirada de reprimenda—. No puedes pensar que…
Toc, toc, toc.
Se oyeron tres golpes firmes en la puerta haciendo que Alice se interrumpiera.
Alice y yo nos miramos.
—¿Esperas a alguien? —me preguntó.
—No. ¿A quién voy a esperar? —le respondí desconcertada.
—Voy a ver.
Salió de la cama alisando su vestido y alzándose de nuevo en sus zapatos.
Esperé a que abriera la puerta apoyando los codos en la cama y mirando hacia el pequeño salón.
—¿Vive aquí Isabella Marie Dwyer Swan? En recepción me han dicho que está aquí —oí una voz grave y masculina.
Parpadeé extrañada incorporándome tras escuchar como decían mi nombre completo. Y salí de la cama metiéndome la blusa blanca por dentro del pantalón, poniéndome deprisa mis bailarinas.
—Sí, vive aquí. ¿Quién la busca? —le respondió mi amiga con cierta reticencia.
Alice se apartó mirándome al verme ir hacia ellos. En el umbral de la puerta había un hombre alto, muy atractivo, de hombros anchos, cabello oscuro, y con un elegante traje gris de tres piezas. Rondaría los treinta años.
Sus enigmáticos y cautivantes ojos azules se desviaron hacia mí con un brillo de curiosidad.
En una de sus manos llevaba un maletín.
—Yo soy Isabella Marie Dwyer Swan —me señalé el pecho—. ¿Quién me busca?
—Soy Eleazar Denali, abogado del señor Masen.
El corazón me latió fuerte. Fue algo inesperado. Los ojos de Alice me miraron con una verdadera incomprensión.
—¿Abogado? —saltó ella sin entender nada.
Pero yo me sentía mucho más desconcertada que ella. ¿Por qué un abogado me estaba buscando?
—Oiga, si es por lo del museo —saltó Alice poniendo sus manos en las caderas y un aspecto dominante—. Eso ya se ha aclarado. Fue un accidente.
Él frunció el ceño mirando a mi amiga al verla defenderme de una manera protectora. Por como la miraba, parecía perdido en ese tema.
No es por eso, no se preocupe.
Mostró una sonrisa amable (no la cruda que a veces tenían los abogados), y lo agradecí ante tanta tensión que estaba acumulando en mi cuerpo.
—Debo tratar un tema peliagudo con usted, señorita Swan, si me lo permite —nos miró a las dos con una expresión cauta—. ¿Podemos hablar a solas?
Alice se quedó boquiabierta como si eso le hubiera caído fatal.
—Ni piense que voy a dejarla sola. No y no —agitó su dedo índice, irrefutable.
Denali me contempló a mí, esperando respuesta.
—Quiero que me amiga esté presente.
Él asintió con la cabeza.
—Muy bien.
Indecisa, me quedé unos segundos más sin decir nada, paralizada, sin saber qué hacer. Sacudí la cabeza para recobrar la compostura.
—Pase —le dije finalmente.
Él hizo un gesto amable.
—Gracias.
Le señalé que se sentara en el sofá del salón. Alice cerró la puerta sin dejar de mirarlo encandilada, desviando más bien sus ojos hacia el culo del señor Denali. Le hice una señal seca y estricta para que mostrara buenos modales, ya que se veía a leguas como lo miraba cob descaro, y ella me respondió solo susurrándome muy bajito: es que está tremendo.
Puse los ojos en blanco dándole un tirón sobre su codo a la vez que Denali nos miraba. Alice y yo sonreímos a la vez para disimular.
—Por favor —indicó con gentileza que nos sentáramos primero en las butacas que habían frente al sofá.
—Qué caballeroso —dijo Alice con una voz coqueta, y le cogí el codo con disimulo sentándola a mi lado, porque la veía capaz de sentarse al lado de él y estar flirteándole. Había pasado de protectora a coqueta. Alice no tenía remedio.
Una vez que nos sentamos, puse un puño sobre mi boca aclarándome la garganta.
—No entiendo por qué está aquí, pero vaya al grano.
Pareció agradarle la idea asintiendo con la cabeza.
—Bien —hizo una pausa—. Señorita Swan, es usted la heredera principal de la mansión Swan en una isla con dicho nombre en el océano atlántico.
—¡¡Qué!! —gritamos a la vez Alice y yo.
Por un instante el aire se oprimió en mis pulmones y se me paralizó el corazón, apenas sentí como Alice me apretaba la mano al ver mi estado.
—Debe de haber un error —murmuré con voz temblorosa.
—Usted me ha dicho que vaya al grano —me recordó.
—Espere, espere —Alice sacudió la mano deprisa tan estupefacta como yo—, ha dicho que es la heredera principal. ¿Con quién comparte esa mansión?
—Con el señor Masen. Él tiene un diez por ciento de la mansión además de ser el dueño de las tierras de la isla Swan.
—¡Joder con Masen! —expresó mi amiga sorprendida.
—¡Alice! —le reclamé y sacudí la cabeza aún aturdida por la noticia—.Debe de tratarse de un error.
—No lo es, señorita —me hizo un gesto para que le permitiera un segundo. Cogió el maletín del suelo dejándolo sobre la pequeña mesa acristalada, y lo abrió—. En estos papeles dicta que usted es una descendiente de Leonard Swan por parte de su hijo Billy, al que le dejó casi toda su fortuna.
Me pasó los papeles, pero me quedé inerte sin saber cómo reaccionar. Alice los cogió por mí revisándolos detalladamente.
¿Qué era todo esto? Recobré la cordura mirando recelosa a mi alrededor.
—¿Es una broma? —pregunté irritada porque no me gustaba que jugaran de esa manera conmigo.
¿Estábamos en el día de los inocentes?
—No, señorita Swan —su tono serio me dio a entender que no era un abogado que iba por ahí dando noticias de ese calibre y que fueran una broma.
Enterré con fuerza una mano sobre mi cabello soltando todo el aire, al sentir la presión sobre mi pecho tras esa noticia que me tenía totalmente desconcertada y algo perturbada.
—Debe de ser un error —repetí ida—. No, no, esto es imposible.
—No lo parece.
Miré temerosa a Alice que estaba sumida en los papeles, leyéndolos.
—Aquí habla de la marca de nacimiento que tienes en la nuca. Habla también de tus padres.
De pronto sentí una punzada en el corazón.
¡Pero qué diablos! ¿Cómo sabían que tenía una marca de nacimiento en la nuca? ¿Y qué era eso de mis padres?
—Se quién es usted, señorita Swan. En uno de esos papeles indica que usted es la hija de Charlie Swan, quien es hijo de Billy Swan y nieto de Leonard Swan. Según sé es la última descendiente de los Swan. También sé que vivió en el Convento Santa María desde que tenía siete meses de vida y que estuvo ahí hasta los veintiún años, que no tiene familia y que trabajó durante tres años en el Museo Metropolitano de Arte, y que su pasión es ser repostera.
Me quedé boquiabierta y sonrojada sin saber que decir.
—¿Eso es legal, señor Denali? —dijo Alice con una ceja levantada ante la detallada información de mi vida personal.
Medio sonrió.
—Así lo dispuso el señor Masen. Quería saber quién era la heredera principal de la mansión y me mandó a buscarla. He tardado un poco más de un año en dar con usted. No me ha sido nada fácil encontrarla.
¡Será cretino Masen!
Lástima que no fuera tan directa y franca como Alice y lo expresara por fuera para quedarme más a gusto.
¡Me había mandado a investigar! ¡Cómo se atrevía!
—¿Por qué ha hecho eso ese tal Masen? —salté a la defensiva—. ¿Quién es?
Denali frunció los labios cerrando el maletín y poniéndose de pie, haciendo yo el mismo movimiento.
—Eso le va tocar a él responder a sus preguntas, señorita Swan. Puede si quiere llevar esos papeles a otro abogado, pero ya le puedo asegurar que son totalmente válidos.
Me abracé el cuerpo algo insegura. No me encontraba nada bien, eran demasiadas emociones de golpe. No podía pasar de cero a cien en una milésima. Eso era demasiado para mí.
Reprimí decaer mostrando entereza.
—El señor Masen la espera en la isla Swan cerca del embarcadero. Quiere verla y hablar con usted.
Mi corazón tembló. Ese hombre quería verme.
—No sé dónde está esa isla... no sé nada… yo no… —le comenté crispada y un momento después suspiré avergonzada—. Discúlpeme.
Dejé una mano sobre el corazón, controlándome. Alice se puso de pie dejando los papeles sobre la mesa, mirándome preocupada.
—No se disculpe. Entiendo que la noticia la tenga abrumada. En los papeles indica cómo llegar a esa isla.
—Gracias —le dije acompasando la respiración.
—Tómese esto con calma. No tiene que ir de inmediato allí. Aunque debo decirle a Masen que ya la he encontrado.
Se fue alejando hacia la puerta.
Y caí en un grandísimo detalle.
—¿Y cómo reconoceré al señor Masen?
Él se giró hacia mí y me sonrió.
—En esa isla solo estará él. Nadie la habita desde hace décadas —hizo una pausa como si estuviera pensando algo—. Y si me lo permite, no haga mucho caso de lo que puedan decir de la isla Swan. Son puras habladurías.
No entendí apenas nada de lo que me decía. Pero asentí con amabilidad.
—Recuerde, Masen la esperará en el embarcadero. Un placer haberla conocido, señorita Swan —nos miró a las dos haciendo un gesto galante—. Qué tengan un buen día.
Será profundamente nefasto. Quise decirle.
—Le acompaño a la puerta —le dijo Alice.
Pero él la detuvo con un gesto cortés.
—No sé preocupe —le indicó cordial y se giró hacia la puerta.
Cuando se marchó, seguí inerte mirando a la nada. Una sensación de vulnerabilidad se agolpó en mi pecho dejándome atormentada.
—Madre mía, con abogados así dan ganas de cometer delitos para que te lleven el caso —expresó con arrebato Alice mordiéndose el labio.
Me costó tragar saliva y me giré de nuevo hacia la butaca color gris para sentarme, al sentir que todo mi cuerpo estaba temblando. Dejé mi cabeza entre las rodillas, respirando. ¿Yo heredera de una mansión en una isla?
¿Cómo dijo que se llamaba la isla? ¿Swan? ¿En serio? ¿Yo? ¿Una huérfana heredando una mansión?
—Hey, ¿estás bien? —se arrodilló Alice inclinando su cabeza para buscarme.
Negué acongojada.
—No. Estoy muerta de miedo. De tener nada ahora resulta que soy la heredera de una mansión.
Alice chasqueó los dedos.
—Tu mala suerte está cambiando.
Entrecerré los ojos ante su comentario y me levanté caminando de un lado para otro, nerviosa. Si quería animarme, eso era lo peor que podía decirme.
Yo era la misma representante de la mala suerte.
—Voy a olvidarme de todo. Pensaré que todo esto ha sido como un mal sueño... que ese abogado no ha venido, que esos papeles no existen —los señalé histérica y a punto de explotar. Alice los observó con un suspiro a la vez que los señalaba.
—No puedes evitar la realidad. Tienes que afrontarla.
—¡Sí puedo!
—¿Ahora que puedes saber algo sobre tu familia lo vas a dejar pasar? Sabes que tu segundo apellido es Swan. Para mí no es una mera coincidencia.
—Hay muchos Swan en el mundo. ¡Puede ser un error!
No sé cuántas veces ya lo había dicho.
—Marie…
Asomé una sonrisa nerviosa. Sé por qué me llamaba por mi segundo nombre.
—No seas cobarde.
—No lo soy, es solo que...
Mordí mi labio inferior sorbiendo de la nariz con los ojos húmedos. Ella se acercó a mí cogiendo mis manos, estaba afligida de verme así.
—A lo mejor no es una coincidencia que estuviera en el Convento Santa María, ¿verdad? —llegué a esa conclusión, aunque se quedaba como teoría—. Si la Madre Superiora, Carmen, estuviera viva, me lo aclararía todo. Estoy segura que ella sabía algo.
—Yo iré contigo a esa isla. Busquemos todas las respuestas —me animó.
Envidié esa valentía que tenía Alice y que a mí ahora me faltaba para tener la voluntad de ir hacia allí.
—¿Lo harás? —le pregunté conmocionada.
—Claro —me sonrió y acto seguido me abrazó.
—Pero no tengo dine...
—Chist —me silenció poniendo su mano sobre mi boca cortando mis palabras—. Yo correré con todos los gastos —fruncí el ceño y como no podía quitar su mano de mi boca, en mi mirada ya dictaba un «no» rotundo. Alice alzó las cejas como reproche—. Más te vale hacerme caso. No me cuesta nada, por Dios, Bella. Déjame seguir cuidándote y más ahora que puedes averiguar sobre ti y tu familia. Llevas años preguntándote por qué viviste la mayor parte de tu vida en un convento. Ya es hora de buscar las respuestas.
Quitó su mano de mi boca dejándome respirar, pero estuvo en guardia porque me conocía. Sus palabras llegaron a la profundidad de mi corazón y torcí una sonrisa, sonrojada, emocionada y llena de felicidad por la bondad que caracterizaba tanto a Alice. Si estaba dispuesta a que ella corriera con todos los gastos que implicaba el viaje y todo... tenía que devolvérselo más adelante.
—Gracias, no sé qué haría sin ti.
Me acarició el rostro negando en un gesto y se giró hacia los papeles, revisándolos. Con las yemas de los dedos me quité las lágrimas de los ojos, logrando calmarme un poco.
—Aquí dice que hay que ir a Irlanda, al pueblo Roundstone en el condado de Galway. Dice que allí hay alguien que podrá llevarte a la isla Swan.
Fruncí el rostro, confusa. Alice se encogió de hombros entendiendo meno que yo.
—¿Qué dices? ¿Pido unos billetes en primera clase? —me hizo un puchero.
Esbocé una sonrisa sacudiendo la cabeza. Caminé hasta la ventana mirando hacia la calle, pensativa.
Ir a Irlanda, a Roundstone. Un lugar totalmente desconocido para mí. Y luego ir hacia una remota isla en el océano atlántico donde me esperaba Masen.
No era nada habitual en mí ser una cobarde. Claro que todo sería más práctico si lo olvidara. Olvidara que un abogado había venido a la habitación de mi hotel a decirme que yo era la heredera de una supuesta mansión de mis antepasados... por supuesto que podía mandarlo todo al garete y hacer que aquí no había pasado nada. Pero las tempestades de mi corazón habían vuelto a removerse dejándome devastada. Y sé que no lograría encontrar la calma, hasta que resolviera toda esta incertidumbre que ahora me rodeaba acerca de mi familia.
Me estremecí y cerré los ojos frotándome el pecho. No podía quedarme con esa espina clavada en mi alma que se estaba haciendo más grande. Iba a averiguar que era todo esto. Si en verdad yo era una Swan.
—Hazlo. Pide los billetes —dije con resignación.
Ella dio un gritito de alegría abrazándome por la espalda y besando mi mejilla.
Le sonreí.
—Pero solo estaremos tres días como mucho. Quiero que ese Masen me aclare todo y volvemos a Nueva York.
—Lo que tú digas —volvió a darme otro beso en la mejilla y se marchó hacia la habitación sacando su móvil.
Al quedarme sola la emoción se esfumó de mí con rapidez, encontrándome con un desasosiego que no me gustaba nada. No hacía ni una hora que me lamentaba porque mi vida estaba cayendo en picado, tras haber perdido mi empleo en el museo y mi apartamento…y ahora me encontraba con esto. Mi destino parecía tan desafortunado.
¿Por qué la Madre Superiora, Carmen, nunca me contó nada? ¿Cabía la posibilidad de que no supiera nada? Mi instinto me decía que «sí». De que sabía todo y prefirió callar por alguna razón.
Lo único que me pedía la niña de mi interior, era que me acurrucara en un rincón y me dejara consumir por la tristeza y la desolación que ahora navegaban en mí, al sentir que esos sentimientos no estaban dispuestos a marcharse, alimentándose de mi debilidad.
—¡Listo! —me sacó de mis pensamientos Alice—. Nuestro vuelo sale esta noche hacia el aeropuerto de Shannon. Voy a hacerte la maleta.
Eso me extrañó.
—No, déjalo, ya la hago yo. Gracias.
—No me cuesta nada hacer la tuya. Así tú mientras puedes ir revisando los papeles que desde que el atractivo abogado Denali te los ha dado, no les has echado un vistazo.
Suspiré, mirando reticente los papeles sin intención de cogerlos. De momento no tenía ninguna gana de leerlos. No me veía con fuerzas.
El tiempo pasó para mí demasiado rápido. Como si el destino deseara que fuera hacia ese lugar sin perder más tiempo. Y sin darme cuenta, me vi en el avión rumbo hacia Irlanda, sin poder echarme hacia atrás. Los nervios en mi estómago se acumulaban cada vez más dejándome un malestar que me hacía sentir más indefensa.
Mientras Alice dormía debido a que se sentía un poco indispuesta, yo me puse a revisar finalmente los papeles. Con el corazón dándome tumbos en el pecho, llegué a unos nombres que alteraron mi sangre.
«Renne Dwyer y Charlie Swan. Padres biológicos de Isabella Marie Dwyer Swan.»
Dejé los papeles sobre mis rodillas intentando que el aire volviera a mis pulmones, sintiendo como mis ojos se humedecían, temblándome los labios.
Esos nombres... ellos eran mis padres. No cabía duda. Tantos años pensando cómo se llamarían, y aquí estaban, escritos en unos papeles.
—Renne y Charlie —susurré conmocionada.
Aguantando las lágrimas en los ojos, pasé más páginas encontrándome con un testamento fotocopiada.
Yo, Leonard Swan, en plena posesión de mis facultades mentales, declaro a Billy Swan y Anthony Masen...
Recosté mi cabeza sobre el asiento dándome un respiro.
Apenas podía entender nada.
Billy sería mi supuesto abuelo, y Leonard mi bisabuelo. Quise ver qué fecha databan esos papeles o cuando nació Leonard y Billy, pero no había nada.
Cerré los ojos al lamento.
Tenía que ser un error.
Apreté la boca con un rostro lleno de tormento, intentando evitar los malos recuerdos de estos últimos años.
¿Cómo sabía ese Masen que yo era una descendiente de Leonard Swan? ¿Me conocía? Yo no sé quién era ese hombre… y me inquietaba, me perturbaba el hecho de que él si me conociera.
Ahora más que nunca estaba deseando encontrarme en esa isla con él.
No me gustaban los acertijos, ni que la incertidumbre rodeara mi vida.
Ahora, después de años creyendo, haciéndome a la idea de que nunca encontraría algo relacionado con mis padres, de pronto me encontraba con una misteriosa herencia. No sé, pero esto no me gustaba nada.
Y así empezamos, es una historia completamente diferente a la anterior que adapte ¡Ojalá les guste! Nos leemos ;)
