Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez

Capítulo 2:

Bella PDV

Sobre las nueve de la mañana llegamos al aeropuerto de Shannon donde Alice no perdió el tiempo de mirar a los irlandeses que más le gustaban.

—Esto es una mina de oro —dijo melosa mirando con arrebato por encima de sus gafas de sol—. Uf, mira ese. ¿Cuántas horas pasará en el gimnasio?

Ay madre, ya empieza...

—Venga, vamos —le tiré del brazo para sacarla de su locura caminando entre las personas para llegar a nuestras maletas.

—Oh, venga, Bella, tú no eres ninguna santurrona. ¿Dónde está tu pasión por los hombres?

—Extinta.

Alice hizo una mueca.

—Voy a decir una frase muy trillada. Toda mujer necesita un hombre a su lado.

—A no ser que busquen la muerte conmigo, yo no necesito a ninguno. Además no quiero sacar ese tema —cogí malhumorada mi maleta en cuanto la vi salir por la cinta, y proseguí mi camino.

Las experiencias nada agradables que tuve hace tiempo me dieron a entender que estaría sola toda la vida. Me juré que acorazaría mi corazón y seguía en mi empeño.

Alice me pasó un brazo por la espalda estrechándome contra ella con total optimismo.

—No te enfades conmigo. Mira que me pongo triste.

Me hizo un puchero de lo más gracioso.

Esbocé una sonrisa que terminó en carcajada.

—Yo nunca me enfadaría contigo.

Me devolvió la risa y fue en ese instante en que vi sus mejillas muy sonrojadas y la nariz roja.

—¿Oye, estás bien? —me frené en seco.

—Sí, no te preocupes. Solo es un leve resfriado.

Sacó el pañuelo de seda del bolsillo de su chaqueta, limpiándose la vela que tenía en su nariz.

—No tendríamos...

—¡Ni se te ocurra decirlo! —me dio el alto—. Ni en tu peor momento te dejaría tirada. Eres como mi hermana, no nos une la sangre, pero así lo siento yo.

Sus palabras abrigaron mi corazón y la abracé besando su mejilla.

—Gracias.

—Además, seguro que en este viaje me ligo a un buenorro irlandés, aunque no pasemos nunca a la tercera base —me susurró en el oído.

Sacudí la cabeza, riendo. Estaba a la vista que Alice nunca cambiaría. Qué su espontaneidad, su pasión, su locura y esa intensidad con la que vive la vida, no la cambiaría nunca.

—Entonces primero hay que ir a Roundstone —me comentó en el taxi de camino hacia allí.

—En ese lugar conocen muy bien la isla Swan. Supongo que alguien nos llevará hasta ella.

El taxista cambió de emisora y de pronto salió la voz de Christina Perri con su canción I Believe animando más el recorrido.

—Oye, ¿saldrá en Google Maps la isla? —señaló ella rebuscando en su bolso, sacando su móvil.

—Trae eso —le arrebaté su iPhone—, no tengo ganas de ver la isla a través de una pantallita gracias a un satélite.

—Tienes razón —se quedó pensativa acariciándose la barbilla, entrecerrando los ojos.

Huy, miedo me daba esa mirada que destilaba curiosidad morbosa.

Conocía ya todas las miradas y expresiones de Alice. Y esa precisamente era de pura morbosidad.

—¿Qué ocurre?

—Estaba pensando en Masen. ¿Cómo será? —me mostró una sonrisa ladina.

Me encogí de hombros con indiferencia.

—Me da igual cómo es. Simplemente quiero que me aclare todo esto.

—Oh, venga, ¿no tienes ni una chispa de curiosidad? A lo mejor es un viejito gruñón de esos que te dan con el bastón en la cabeza y de estricta moralidad arcaica.

Le sonreí.

—O puede ser un hombre joven y atractivo que roba suspiros. Vamos, el Dios griego que deseamos todas en nuestros sueños húmedos —me dio un suave codazo como indirecta.

—Deja de teorizar —le expresé poniendo los ojos en blanco, apretando los labios para no sonreír, y desvié mi atención hacia los paisajes tan naturales y bellos que tenía Irlanda.

Muy en el fondo si tenía curiosidad de quien era Masen—y como demonios sabía de mi existencia para mandar a investigarme—, pero la verdad no me interesaba en absoluto saber su apariencia física. Simplemente quería verlo y que aclaráramos todo.

Cuando llegamos a Roundstone, bajé la ventanilla del taxi y al momento el olor a sal marina me trajo una sensación agradable. Oler la brisa calmó algo más mis nervios.

Roundstone se encuentra en la región Connemara, en el Condado de Galway. Ese lugar apartado del mundo se hallaba entre grandiosas praderas verdes y un cautivador mar que quitaba el aliento. No era un pueblo muy grande, pero dejaba a la vista su increíble destreza demostrando ser acogedor, pintoresco y muy encantador. Por lo que había podido investigar, Roundstone era un pueblo pesquero con no más de ochocientos habitantes. No había más que verlo para darse cuenta de la tranquilidad que emanaba. Era el sitio perfecto para unas relajantes y perfectas vacaciones, si deseabas alejarte del bullicio de la ciudad. Y aunque el día estaba prácticamente nublado, eso no le quitaba valor a lo bonito que era.

A medida que el taxi avanzaba por las calles, vi que las carreteras estaban perfectamente asfaltadas y que ese trabajo estaba muy reciente.

—Disculpe —le expresé al taxista—, ¿pero ha ocurrido algo con todas las carreteras para que estén recientemente asfaltadas?

—No que yo sepa, señorita —me respondió en un agradable tono—. Esto seguro que es cosa del ingeniero Masen. Las vería mal y decidió de nuevo asfaltarlas. Es el hombre más rico del condado y entra entre los cinco en Irlanda. Él es muy querido en este pueblo, hace poco también ayudó a reconstruir la iglesia de aquí. Claro que todo lo costeó él.

—¡Masen! —saltamos a la vez Alice y yo.

—¿Lo conocen?

—No, no... —expresé mirando a Alice que estaba tan asombrada como yo—, es solo que nos sorprende.

Y era cierto, estaba sorprendida. No es que me hubiese puesto a pensar en que trabajaba Masen, pero no esperaba que fuera ingeniero. Ni que fuera tan caritativo reconstruyendo las carreteras del pueblo y la iglesia. Todo un filántropo. Puede que fuera un «cretino» para que me mandara a investigar, pero me gustaba esa parte humanitaria que tenía.

El taxi nos dejó en el hotel Eldons donde pedimos una habitación y dejamos nuestras maletas, poniéndonos de inmediato a buscar a la persona que podría llevarnos hasta la isla Swan.

Caminando por una calle que tenía unas increíbles vistas hacia el mar, más de una mirada áspera y desconfiada estaba sobre nosotras. No se cortaban ni un pelo en mirarnos.

Alice se agarró a mi brazo con recelo.

—¿Por qué nos miran así?—me susurró.

—Es normal. Aquí seguramente todos se conocen. Para ellos somos forasteras.

Ella se pegó más a mí sin dejar de mirar a nuestro alrededor y a esas incómodas miradas que nos acechaban.

—¿Y a quién le preguntamos?

—No lo sé, la verdad —respondiéndole, miré hacia un bar con la fachada azul que se llamaba O'Dowd's. En realidad era un bar-restaurante.

—¡Madre mía cómo está ese! —me apretó más el brazo Alice mirando en una dirección.

Ya empezamos otra vez.

—Es un Dios griego. Tiene una mezcla entre tipo duro y angelical. ¿Cuántos hombres pueden presumir de esa combinación tan explosiva?

Seguí mirando el bar, pensando en entrar y preguntar quién podría llevarnos hacia la isla Swan. Seguro que dentro habría algún pescador tomando algo de beber.

—Bella —sacudió mi brazo con urgencia—. Míralo.

La ignoré al pensar que no estaba para embelesarme por el tío al que señalaba.

—Bella es posible que sea el único hombre sexy de aquí y tú ni lo miras. ¡Bellaaa!

—¡Qué! —exclamé mirándola y poniendo atención donde señalaba con tanta urgencia.

Fruncí el ceño. No veía a nadie en esa dirección.

—Hala... ya no está. Se escapó —dijo desilusionada al no verlo.

—Mejor. Vamos a entrar allí —le indiqué el bar que había al otro lado de la calle. Alice puso los ojos en blanco.

—Eres una mojigata —me dijo en plan broma.

Le puse mala cara pero sonriéndole mientras abría la puerta del bar. Al momento de entrar me envolvió un aroma a tabaco, pescado y a una variación de comidas. Estaba muy abarrotado. Las personas de las mesas y la barra (entre ellas bastantes pescadores ya que llevaban su uniforme), nos miraron nada más notar que no éramos de aquí —aunque no dejaron de hablar de sus cosas—, haciendo que Alice se agarrara de nuevo a mí, incómoda. Con firmeza y sin amedrentarme fui hasta la barra siguiéndome mi amiga. Detrás de la barra había un tipo barbudo de unos cincuenta y tantos años.

—Disculpe —le hice una señal.

A lo primero hizo como si no existiera, solo mirando al cliente de mi lado al que le estaba sirviendo la cerveza con pura amabilidad. Y sus ojos claros oscuros chocaron finalmente con los míos, siendo algo descarado que me mirara de arriba abajo.

—¿Qué te pongo, jovencita?

—Nada, gracias. Solo quiero saber quién me puede llevar a la isla Swan.

De pronto se hizo un escalofriante silencio en el bar teniendo de nuevo todos los ojos sobre nosotras, estremeciéndome que tanta mirada acusatoria y cruda nos acechara. Alice me apretó más el brazo oyendo como tragaba saliva.

—Ay madre —susurró ella asustada.

—¡Americanas! —saltó uno señalándonos.

—Una curiosa —dijo uno al fondo del bar.

—Esa isla está maldita —vi a un viejo sentado en la mesa más cercana a la puerta, y con aspecto soberbio inclinó su cabeza y escupió sobre el suelo.

Alice hizo una mueca de asco.

¿Maldita?

—No entiendo nada —dije.

—No tienes que entender nada, chica. Ese lugar está maldito con la sangre de la familia que murió allí —me explicó el hombre barbudo que había detrás de la barra.

—¡Si le das valor a tu vida no vayas! —gritó una mujer que no logré ver por culpa de una columna de madera.

—Dicen que allí se escuchan cosas fuera de lo normal.

—No te olvides, Harry, de la mujer que viste de negro —le dijo el hombre de su lado.

—Y del bebé que se oye llorar —saltó otro.

—No, no, no es un bebé llorando. Se oye el grito de una mujer. ¡Un grito desgarrador! —exclamó uno como afirmación.

—Quién pise esa isla está muerto —dijo otro hombre de cabello blanco al final de la barra con un palillo en la boca.

—Y si no muere cae la maldición sobre esa persona y solo vive desgracias—comentó otro.

Me crucé de brazos, mirándolos sin dar crédito a lo absurdo que parecía esta situación. ¿De verdad intentaban meterme miedo?

—No creo en maldiciones ni en nada parecido.

Y eso incluía a todo fenómeno paranormal.

—Otra curiosa —espetó un hombre de pelo azabache que se había levantado de la silla, y dio un golpe seco sobre la mesa dejándonos tensas a Alice y a mí por su rudeza—. Todos los forasteros que vienen a Roundstone a husmear sobre la isla dicen lo mismo, pero una vez que la pisan vuelven con el rabo entre las patas y en algunos casos, incluso llorando.

—¿La isla pertenece a Irlanda? —pregunté sin hacerles ver que me había puesto nerviosa.

—Por desgracia. Los Swan nunca debieron instalarse aquí —me respondió el hombre barbudo.

¿Y qué pasaría si yo les decía que era una (posible) Swan? ¿Se echarían sobre mí como lobos? ¿Pondrían el grito en el cielo? ¿Me echarían de aquí? No. No los creía tan primates. La verdad es que no deseaba tentar mi suerte, ya que prácticamente la tenía en contra mía.

—¿Entonces no hay nadie que desee llevarme? —no podía creerlo.

—Ni muerto te llevaría allí —saltó uno arisco que llevaba su uniforme pesquero.

—¡Yo no me acerco a esa isla, ni expondré mi barco! —exclamó otro entre risas que eran claramente burlonas.

Alice apoyó su cabeza contra mi hombro como si estuviera debilitada.

—No me encuentro bien —me expresó en un susurro y con la voz apagada.

Girándome hacia ella la miré preocupada tocando sus mejillas.

¡Santo Dios si estaba ardiendo!

La abrigué con mis brazos sin molestarme en seguir hablando con esos energúmenos irlandeses.

—Señorita, se lo decimos por su bien. En esa isla suceden cosas extrañas fuera del entendimiento humano. Si encuentra una manera de ir, le aconsejo que se lo piense porque puede arrepentirse de pisar la isla de Blood Swan.

Cuando el fortachón barbudo terminó su discurso de advertencia, todos se pusieron de nuevo a comer y a beber sin prestarnos más atención. Menuda hospitalidad tenían los irlandeses. Si esta era su famosa hospitalidad y amabilidad, dejaban mucho que desear. Salí del bar mirando intranquila a Alice que entornaba los ojos debido al malestar.

Regresamos de inmediato al hotel y la acosté sobre la cama tomando su temperatura.

—Solo es un pequeño resfriado —me dijo para no preocuparme.

—Pero puede agravarse. Voy a preguntarle a la dueña del hotel si tienen medicinas o si hay una farmacia en el pueblo.

Apenas vi como asentía con la cabeza porque salí disparada hacia fuera. Y me quedé mucho más tranquila cuando la dueña del hotel, Zafrina —una mujer de lo más simpática y amable—, me dio la medicación que debía tomarse Alice para bajar la fiebre.

No me despegué ni un segundo de su lado, atenta a cualquier necesidad que necesitara. Cuidando que no le subiera la fiebre, cambiando los paños de su frente. Aunque Alice y yo solo nos conociéramos desde hacía unos cinco años, sentía como si la conociera de toda la vida. Era una conexión muy difícil de explicar, pero que sentía con fuerza en nuestra amistad. Lealtad y unión era lo que nos definía, y ese cariño y afecto de hermanas.

Alice Brandon era un regalo en mi vida y por ella haría cualquier cosa.

Y aunque ambas seguíamos buscándonos, deseando saber que era lo que hacíamos en este mundo, nos teníamos la una a la otra. Mientras Alice se intentaba encontrar, quería vivir la vida con intensidad y pasión. Podía parecer una cabra loca, pero a veces envidiaba esa seguridad que tenía en ella misma.

Sentada sobre la cama, le cambié el paño mojado de su frente apartando más su flequillo, acariciando sus mejillas. Había caído rendida a los brazos de Morfeo después de que se tomara el medicamento.

Era lo único bueno que tenía en el mundo, y por si algún caso la perdiera, sé que una parte de mí también se moriría. Alice era más que mi amiga, era mi hermana de corazón y de alma.

La rara pesadilla que me hizo gritar me despertó de golpe sobresaltándome, y me giré tan rápido hacia Alice que sentí un ligero mareo que hizo que apretara los dientes. Ella seguía durmiendo. Toqué su frente notándola a una temperatura estable. Suspiré de alivio cerrando los ojos un segundo.

En el reloj de la mesita marcaba las nueve de la mañana. Bajé de la cama y fui hasta el baño para darme una ducha ahora que podía.

Había sido una mala idea venir aquí, Alice estaba enferma por mi culpa, no tendría que haberla expuesto a esto, me sentía muy mal. Y de solo pensar en lo que decían los aldeanos de Roundstone de la isla Swan, me daba escalofríos.

—La isla de Blood Swan —susurré mirando mi reflejo en el espejo después de ducharme.

Eso sonaba tan terrorífico.

Ese lugar está maldito con la sangre de la familia que murió allí. Volvió a repiquetear en mi mente esas palabras y me estremecí siendo una desagradable sensación.

Salí del baño apresurada y asomé una tranquila sonrisa al ver despierta a Alice, recostada sobre el cabecero de la cama.

—¿Cómo te sientes?

—Un poco mejor —me respondió con la voz más clara.

Llegué a ella besando su mejilla y haciendo una mueca mientras acariciaba su cabello.

—Lo siento, por mi culpa estás así.

—¿Qué? —exclamó sorprendida—. No, claro que no. Créeme esto ya lo traigo yo desde Nueva York —tosió poniendo un puño sobre su boca—.Nada que un poco de cama no pueda curar.

—Y yo voy a estar aquí para cuidarte.

—¡De eso ni hablar!

Parpadeé asombrada.

—Tú vas a buscar a la persona que te lleve a la isla. Tiene que haber alguien.

—Pero Alice...

—Pero nada. Por mí no te preocupes. Estoy bien. Iría contigo, pero aún me siento un poco indispuesta y tú no puedes prolongarlo más. Quiero que vayas allí —hizo una pausa sacudiendo la cabeza como si no se creyera algo—. Esos del bar se pasaron de la raya. Ya sabes que yo soy más miedica con eso de las maldiciones y cosas sobre fantasmas, pero sé que en realidad eso no existe... y que los de este pueblo se lo tienen que hacer mirar.

Las dos sonreímos.

—No quiero dejarte sola.

Resopló.

—Puede que me tomen por una pija y una niña mimada pero sé cuidarme. Ve. Esto es muy importante para ti. Hablamos de tu pasado... del pasado de tu familia.

Lo sopesé, dudando.

—Además te está esperando el ingeniero Masen —me tiró sonriente.

¡Masen! Dios lo había olvidado. ¡Estará esperándome en el embarcadero de la isla!

Me levanté de la cama dejando una mano sobre mi frente.

Suspiré con pesar.

Al momento vinieron a mi mente esos hombres del bar hablando sobre maldiciones, desgracias y muertes. Me quedé con la mirada perdida durante un rato y con una sensación de angustia recorriéndome el cuerpo.

—Estás pensando en eso por culpa de los energúmenos de ese bar —adivinó ella haciendo una mueca.

La miré. Y asomé una sonrisa triste. Qué bien me conocía. Me encogí de un hombro algo afligida, sentándome en el bordillo de la cama.

—Cómo no hacerlo —acepté con resignación—. Soy la mala suerte reencarnada. Y no es que sea cosa de unas horas o un día, yo la tengo pegada todo el rato. Y lo de esa isla me ha hecho pensar mucho sobre lo que ocurrió con ellos.

Alice negó con la cabeza como si estuviera majareta por pensar así.

—No me perdono lo que les pasó a ellos dos.

—Fue una simple casualidad, Bella. Nada de lo que pasó fue tu culpa.

—Con el primero así lo creí. Pero luego le pasó… —cerré los ojos estremecida porque esa imagen me retorcía el estómago de solo recordarla—.Nunca tendría que haberlos conocido.

Alice tenía una cara de: «no puedo creer que pienses así». Se quitó las sábanas de su cuerpo y se arrastró hasta mí.

—Eso que les pasó no fue tu culpa —repitió con severidad.

—Tal vez yo esté tan maldita como los Swan que habitaron esa isla y que supuestamente fueron mi familia.

—Isabella…

—Estoy condenada…

—¡Isabella Marie, ya basta! ¿Cuántas veces debo decirte que no es como tú imaginas?

La miré irritada.

—¡Sí lo fue! —refuté levantándome de un brinco.

Ella gruñó y golpeó con su mano la cama como si estuviera más irritada que yo. Lo estaba. Me dejó paralizada.

—Bueno, tú al menos no tienes a un padre que manda a una ginecóloga cada seis meses para comprobar mi virginidad, solo porque me quiere utilizar como un objeto y concertar un buen matrimonio dentro de un año. ¡Un maldito matrimonio de conveniencia! ¿Por qué crees que me deja una cierta libertad? Porque sabe que no puedo hacer nada —su pecho subía y bajaba acelerado—. Y mi madre es una retraída que aunque se haga la mujer moderna es una sumisa que acepta todo lo de él.

Mis ojos contemplaron su expresión asustada y furiosa. Retenía las lágrimas que empujaban por salir. Apreté los labios, apenada.

—Lo siento, no quería que…

—No, no lo sientas —me señaló con un dedo, interrumpiéndome—.Porque yo no pienso seguir más sus exigentes reglas. Por Dios, tengo veinticuatro años y estamos en el siglo veintiuno —se detuvo en seco con la respiración agitada e intentó encontrar la calma agachando la mirada, dejando sus hombros encorvados—. No hay nada peor que sentirme como un objeto. He venido a este mundo solo para servir, para complacer a mi padre. Soy carne de mercancía.

—¡No digas eso! —le reclamé volviendo hacia ella—. Eres libre.

—No lo soy, Bella —balbuceó temblándole los labios—. A veces desearía ser tú. Tú si eres libre.

Las emociones terminaron por aflorar en mí humedeciéndose mis ojos, y no pude retenerme en abrazarla para que se desahogara conmigo. Siempre lo había hecho.

—Tus padres no saben valorar a la maravillosa hija que tienen.

—Nunca lo han hecho. Y nunca lo hará —me dijo desesperanzada con los labios sobre mi hombro.

Y cerré los ojos intensificando más el abrazo. Odiaba a los padres de Alice, no saben de qué forma estaban haciendo daño a su propia hija. ¿Cómo se les pasaba por la cabeza tratarla como si no fuera un ser humano que siente y padece? Era su hija, carne de su carne.

—Me tienes a mí. No estás sola.

—Lo sé —me respondió temblándole la voz—. Dejemos nuestras penas a un lado —me sugirió con un tono más suave.

—De acuerdo.

Las dos sonreímos quitando las lágrimas de nuestros ojos.

Con una última caricia sobre su rostro, me levanté de la cama. Estos machaques emocionales recordando lo más oscuro de nuestra vida, no nos sentaban nada bien.

—Volveré enseguida —le prometí.

—Llévate una mochila con algunas necesidades. Por si tienes que pasar la noche allí o se te presenta algo.

—No pienso pasar la noche allí.

—Tienes una mansión para ti en esa isla.

Me sonrió socarrona y le revolví el pelo por su indirecta.

—Pero estará cerrada. Es posible que Masen tenga la llave.

Fui hasta mi maleta poniéndola encima de la cama para sacar mi ropa.

Abrí los ojos como platos en cuanto posé mi mirada en cada prenda lujosa, de alto coste, y de una refinada tela.

—¿Pero qué...? —fui sacando la ropa totalmente atónita. No, no. ¿Esto que era?

Pasmada, levanté la vista hacia Alice que se había ocultado debajo de las sábanas.

—¿Alice?

—No estoy —me contestó como una niña.

—¡¿Alice Brandon que has hecho con mi ropa?!

—Reemplazarla por una mejor y más cara. La tenía guardada para ti. Se acerca tu cumpleaños. Está muy, muuuy cerca —se destapó la cara con una expresión muy inocente.

O sea que me la había comprado. ¡Todo esto le habrá costado miles de dólares! Y lo de mi cumpleaños solo era una excusa. Qué tonta fui, por eso quería hacerme la maleta.

—Esta ropa tan cara no va conmigo —vapuleé en el aire un vestido.

—Sí que va contigo.

—A mí me gusta mi ropa.

—No tengo nada en contra de tu ropa. Pero deberías resplandecer, no apagar tu belleza.

—No quiero...

—Lo sé. Pero vive sin restringirte. Tú puedes. Deja que ellos te vean —hizo una pausa suspirando—. Si ves que vas a perder ese tren, súbete un rato y luego bájate. Pero si te sigue gustando, quédate, porque tal vez no habrá más oportunidades de que pase por tu estación. Olvida lo que pasó.

Dejé la prenda sobre la cama esfumándose mi mal genio. Medio sonreí.

—Eres una manipuladora.

Me devolvió la sonrisa.

—Qué nadie borre cada pisada de tu camino porque solo tú tienes el poder de crear el sendero.

Llegué hasta su lado sentándome sobre la cama y abrazándola.

—Eres la mejor.

—No, tú eres la mejor. Todos me ven como una pija y la verdad es que estoy harta de esa etiqueta. Solo tú pudiste verme.

Sonreímos.

—Anda, vete. No tardes más —me empujó haciendo que me levantara—.Y llévate mi chequera, seguro que si les ofreces dinero alguno caerá. ¡Y no rechiste! —me señaló con el dedo índice antes de que le dijera que no hacía falta.

Cogí de la maleta un vestido blanco de manga larga y tomé unos zapatos negros que no quería ni imaginar cuánto le habrán costado, y fui hacia el baño. Me di un par de minutos mirándome en el espejo tras ponerme el vestido. No cabía duda de que era muy bonito y elegante, resaltando demasiado mis curvas. Cuando estuve lista, Alice me señaló desde la cama con aprobación.

—¡Estás preciosa! —me dijo emocionada—. ¿Ves cómo te queda?

—Este vestido parece una segunda piel —me quejé a la vez que intentaba estirarlo más abajo de las rodillas.

—No estires. Y eres una exagerada —me replicó.

—Volveré enseguida —volví a repetirle y agarré el bolso negro de mano.

—Tú no te preocupes.

—Me llevo mi móvil —lo señalé—. En cuanto llegue te llamo.

—Okay. Yo me tomaré la medicación con una rica comida irlandesa y volveré a dormirme un rato —me informó recostándose contra el cabecero.

Caminé hacia la puerta y nos despedimos con un gesto sonriente.

No parecía que hoy las nubes gobernaran el cielo. Milagroso. El muelle no estaba muy lejos y decidí caminar. Alice tenía razón. Si les ofrecía dinero a los pescadores tal vez aceptarían con más agrado llevarme hasta la isla. Crucé deprisa el paso de cebra antes de que pasara un coche, y llegué a la esquina de la calle sintiendo de pronto a un hombre abordándome. Sus manos se encadenaron en mis brazos, haciendo que soltara un grito seco de pánico.

—¿Eres tú la chica que desea ir a la isla de Blood Swan? —la gravedad de su voz la hacía más oscura.

Alterada y con el corazón en la garganta, vi que el tipo tenía la capucha de su cazadora echada sobre su cabeza, dejando su rostro inclinado para que no le observara la cara.

—S... sí —tartamudeé abrumada.

Al momento sentí un escalofrío, aterrada de lo que podía hacerme. Sus manos que apenas me apretaban, se soltaron de mis brazos y se dio la vuelta alejándose apresurado hacia otra calle. Dejé mi espalda contra la pared volviendo a respirar, repasando una mano por mi pelo.

¡Qué le pasaba a la gente de aquí! ¿Quién era ese tipo? ¿Por qué me había abordado de esa manera?

Olvídalo. Será algún pirado que intentaba asustarte para que no fueras a la isla. Pensé. Calmando mi estado, proseguí mi camino con cierto recelo después de que ese desconocido me diera esa clase de susto.

No tardé en visualizar el muelle.

Pasando por el dificultoso muelle abarrotado de cuerdas, cajas y un intenso olor a pescado... me paré en el primer barco que vi de color blanco con rayas rojas.

Vi a su dueño haciendo un nudo marinero dentro del barco.

—Hola —le hice un gesto con una sonrisa tímida.

—No sé moleste, señorita, no voy a llevarla a la isla maldita. Lo siento, pero no.

Me quedé boquiabierta. Primero por no tener la educación de mirarme, y segundo por la sorpresa de que se anticipara a mi petición.

—¿Cómo lo sabe?

—Todo el pueblo ya lo sabe. La voz corre como el viento, señorita —saltó de su barco hacia el muelle y se fue alejando todo descortés para no seguir hablando conmigo.

Aún pasmada, seguí mirándolo. No podía creer lo groseros y acérrimos que eran aquí. Bueno, había muchos más barcos. Intenté mantener el equilibrio entre los tablones de madera algo deteriorados, ya que los tacones no me eran de mucha ayuda. Dichosa seas, Alice.

Vi a otro hombre de cabello pelirrojo amarrando su barco.

—Hola, buenos días.

—Buenas, muchacha.

¡Qué bien! Uno con buenos modales.

—¿Podría llevarme a la isla Swan?

Por favor... por favor...

El hombre dirigió la mirada al océano rascándose la nuca.

—Puedo ofrecerle dinero —le señalé.

—Mire, señorita, no es por el dinero —me aclaró mirándome—. Pero no pienso exponerme y acercarme a esa isla.

—Por favor, necesito ir —hice un gesto desesperada.

—Lo siento —se disculpó y se fue alejando.

Me giré hacia otro hombre que había estado atento a la conversación dentro de su barco de un matiz azul. En cuanto nuestras miradas chocaron, se apresuró en salir de su barco para alejarse del muelle.

—¿Y usted? Le ofrezco doscientos euros.

—No —hizo un gesto de manos rotundo.

—¿Quinientos?

—No, lo siento.

—¡Mil! —solté exasperada y casi en un grito.

—Ni por todo el oro del mundo iría a la isla de Blood Swan. Será mejor que se vaya, nadie la va a llevar.

Y se marchó.

Enojada, caminé unos pasos por el muelle sin dar crédito a lo patanes que podían ser. ¿Tan supersticiosos eran? ¿Tanto temían a esa isla? ¿Pero que había en ella? ¿Qué pasó con la familia Swan?

Ni me molesté en mirar más barcos o si quedaba algún hombre en el muelle, porque estaba segura que seguirían con su «no, lo siento». Por favor, no me podía creer que a estas alturas del siglo veintiuno se siguiera creyendo en fantasmas y maldiciones.

Oh, vamos, y tú que… te crees la mala suerte reencarnada. Me dije en mi fuero interno.

Sintiéndome desesperanzada y muy frustrada, me di la vuelta marchándome del muelle.

¡Se acabó! Me largaría de este pueblo.

—¡Ay! —exclamé al ver que uno de mis tacones se había enredado en una cuerda que se hallaba deslizada por el muelle. Intenté enderezarme, pero no logré encontrar el equilibrio y me balanceé sobre el bordillo que daba hacia el mar. El vértigo consiguió desestabilizarme, me impidió pedir ayuda… Era demasiado tarde, iba a caer.

Ay no. Al agua no. Al agua no. No. No. Nooo. Grité en mi interior.

Y todo sucedió rápidamente.

Con la sangre alterada y el corazón latiéndome deprisa, mi cuerpo se inclinó del todo hacia el agua escapando un grito ahogado de mi garganta. El vértigo elevó mis pulsaciones. Mi instinto hizo que cerrara los ojos para sobrellevar mi patética caída. Contraje el estómago con fuerza, notando una intensa presión que hizo detener el vertiginoso balanceo. Y mi cuerpo se agarrotó al sentir como me elevaba y volvía a bajar. Había caído al mar... o eso creí.

Mi corazón no dejaba de bombear con fuerza.

Temblorosa y llena de un tremendo pánico, me di cuenta de que mis pies aún seguían sobre la madera del muelle, y que mis manos estaban agarradas a unos musculosos brazos. Podía sentir el calor protector de unas manos sosteniéndome de la cintura. Parpadeé ligeramente con un rostro turbado. No sé cómo había pasado. Pero una persona me había salvado de caer al agua.

Teniendo la respiración acelerada y la pura adrenalina corriendo por mis venas, levanté la cabeza cruzándome con unos intensos ojos verdes que me dejaron de golpe sin aliento