Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez


Capítulo 3:

Bella PDV

Ese instante en el que cruzamos nuestras miradas algo cambió en mí. Ese momento en el que me cogió de la cintura, sentí que algo había cambiado en mi interior. La tempestad que por años había asolado mi corazón, fue calmándose con tan solo la luz que desprendía la mirada de ese extraño desconocido que me había salvado de caer al agua.

El hombre del que mis ojos no podían apartarse tenía una mirada en la que podía sumergirme y tirarme horas contemplándola. Contuve la respiración sintiendo como mis mejillas ardían. Era joven. Alto. Atractivo. Musculoso.

Sus ojos brillaban con un destello de seducción y desafío. Su barba incipiente le hacía los rasgos de su rostro un poco más duros, pero su belleza angelical los destronaba. No podía tener más allá de treinta y dos o treinta y tres años. Su cabello era de color broncineo; alborotado por el viento que surcaba a nuestro alrededor. Vestía informal. Unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca de manga corta que resaltaba sus bíceps.

Sus brazos aún me tenían agarrada por la cintura, intenté moverme pero no me veía capacitada para hacerlo. Su forma de mirarme tan protectora y llena de calidez, logró traer una calma y un deseo irreconocible que me asustaba lo que estaba haciéndome sentir.

—¿Está bien, señorita? —me preguntó con una voz grave y cordial que me encandiló.

Me quedé embobada. Tardé lo mío en responder haciendo un leve gesto de cabeza.

—Sí… estoy bien —le sonreí nerviosa.

Y apenas asomó una sonrisa que me dejó desbordada por mis sentimientos.

—Permítame —me hizo un gesto y se agachó quitando de mi zapato la cuerda que se había enredado en el tacón.

—Gracias —le dije al mismo tiempo que se ponía en pie.

Miré mi bolso que aún lo tenía apretándolo con fuerza en mi mano izquierda. Suspiré bajito. Menos mal que no lo había tirado al agua.

—Debería tener más cuidado. Andar con esos tacones por un muelle como este es un deporte de riesgo —señaló a su alrededor con una voz cálida.

Agaché la cabeza asintiendo, mirando mis pies y metiendo un mechón de pelo detrás de mi oreja. No podía creer que estuviera tan nerviosa, y que su mera presencia me intimidara. ¡Pero qué me pasa!

—Lo sé… en realidad yo no debería estar de esta forma vestida —concluí en un susurro bajito.

Lo vi fruncir el ceño, seguramente no entendiéndome nada. Pues claro, ¿para qué diablos le decía eso? Sus penetrantes ojos verdes siguieron mirándome, y deseé que el agua me engullera. Qué irónico…

—Tenga cuidado —me aconsejó.

Le sonreí con timidez asintiendo y dándome la vuelta. Nada más romper la conexión de nuestras miradas, me sentí liberada pero también con un sentimiento de vacío. Una mezcla que nunca había experimentado y que me estaba dejando turbada. A medida que caminaba para alejarme del muelle, me encontré extraña, llevando una de mis manos a mi corazón. Dios, sin duda era muy guapo. Resaltaba a la vista que era un hombre seguro de sí mismo, y de los que gracias a su atractivo y a su magnetismo le llovían las mujeres. ¿Sería de Roundstone?

Mi lado «cotilla» y «morboso» quiso que lo mirara de reojo para saber qué hacía. ¿Me estaría mirando mientras me marchaba? Mostré una mueca, desilusionada. Claro que no. ¿Por qué tendría que hacerlo? Solo era la chica patética a la que había salvado de caer al agua. Me daba la espalda porque se estaba marchando hacia el final del muelle.

Frené de golpe mis pies al verlo moverse hacia un barco de color azul cielo. Era de pesca, sencillo y un poco más pequeño que sus otros compañeros del muelle. Él saltó hacia ese barco moviéndose por él como si fuera suyo.

Abrí más los ojos.

¡Era suyo!

—¡Eh, espere! —grité alzando una mano y apresurándome en ir hacia él.

Esquivé con cuidado las cuerdas para no ser tan torpe y pretender nuevamente tentar mi funesta suerte. Detuve mis pies frente a su barco mirándome él desconcertado, pero con un brillo seductor en su mirada que borró de mi mente todo lo que quería decirle, dejándome cautivada. Alzó las cejas asomando una débil sonrisa.

—¿Sí? —respondió con un gesto al verme paralizada esperando que hablara.

Qué bien, pensará que soy una lela por quedarme mirándole así.

Cabeceé cerrando los ojos para lograr conectar todo a mi mente.

—Discúlpeme —le expresé llena de vergüenza apretando el bolso entre mis manos, mirándolo esperanzada—. ¿Podría llevarme a la isla Swan?

Por favor, es urgente.

Su expresión calmada se transformó de pronto en severa al verme nombrar la isla. Sus ojos se desviaron hacia el mar, y esperé fervientemente que aceptara.

Cuando su mirada volvió a mirarme, mi corazón latió deprisa. No me gustaba ese efecto que tenía en mí.

—¿Qué quiere de esa isla?

Era el primero en preguntármelo, y la verdad me sorprendía.

Pero por precaución, no podía decirle que yo (supuestamente) era casi la dueña de la mansión de esa isla. No sabía que tan cierto era eso.

Mirando de reojo mi bolso, una idea se coló en mi mente inventándome una argucia.

—Me hablaron de ella y simplemente tengo curiosidad…

—La curiosidad mató al gato. ¿Ha oído hablar de eso también? —se cruzó de brazos con una voz más grave como si algo le molestara.

Sonrojada por su indirecta y por esa molestia por su parte que no acababa de entender, desuní nuestras miradas sintiéndome aliviada de poder dejar de mirar sus enigmáticos ojos.

—Sí, claro que he oído ese dicho. Pero soy otra curiosa más, ¿no?

—No eres otra curiosa más —respondió con rapidez.

Sus palabras tan cautivadoras hicieron que nuestras miradas volvieran a unirse y me estremecí, sintiendo en el abismo de mi corazón un deseo oculto.

—Supongo que no es nada ilegal que pueda pisarla.

—Claro que no. ¿Pero para que quiere ir?

—¿Y usted por qué quiere saberlo?

Pero no me dijo nada. Al menos no me había dicho «no» directamente de llevarme allí. Aunque eso podía pasar en cualquier momento. Con él mi esperanza de pisar la isla volvía a renacer.

Busqué deprisa en mi mente otra gran mentira.

—Soy… soy fotógrafa y me gustaría hacerle unas fotos a la isla. Primero quiero verla para asegurarme de lo que me han dicho. Que esconde una belleza inigualable y guarda un brillo enigmático.

Esbozó una sonrisa seductora, y por unos segundos me quedé mirándole como una verdadera tonta. Nunca me había sentido así con un hombre. Tan vulnerable, nerviosa y desnuda de mis emociones.

—¿No va a hacer caso de lo que dicen de la isla?

Con la barbilla alzada adelanté un paso demostrándole fortaleza, quedándome en el bordillo del muelle.

—No creo en nada sobrenatural.

Frunció los labios encogiéndose de hombros.

Inhalé con profundidad saboreando la brisa.

—¿Me llevará? Puedo…

—No me ofrezca dinero —me adelantó con una voz áspera—. No lo necesito.

Ruborizada, agaché la mirada triplicando más mi nerviosismo.

—No era mi intención ofenderle.

—Habrá comprobado que ningún aldeano de aquí necesita dinero para llevarla allí. Simplemente no quieren meterse en problemas.

—Sí, he comprobado lo obstinados y tercos y supersticiosos que son —mi tono malhumorado resaltaba en mi entonación nada más recordar el trato que me habían dado.

Esbozó una sonrisa. Por todos los Dioses, tenía una de esas sonrisas que enloquecerían a cualquier chica.

—Y no logrará ir a la isla con ninguno de ellos.

Eso estaba clarísimo. Ya me lo dejaron bien claro ayer en el bar O'Dowd's.

—Anda suba —me hizo un gesto de cabeza.

Abrí los ojos como platos.

—¿En serio?

—Quiere ir, ¿no? Yo le llevaré.

Sonreí de oreja a oreja llena de emoción.

—Gracias —le dije de corazón.

—No tiene que agradecérmelo —me dijo mientras apartaba unas cajas hacia los extremos del barco.

Bajé la mirada hacia la cubierta sin ver un puente o unas escaleras para llegar al barco. ¿Tenía que pegar un salto? Entre el bordillo del muelle y su barco había un gran hueco. El simple hecho de que no dejara de moverse el barco me dejaba insegura. Estiré primero la pierna izquierda para ver si llegaba, pero la inseguridad hizo que la volviera a subir al muelle. Y no era nada fácil tampoco teniendo en cuenta también el vestido ceñido a mi cuerpo, y los dichosos tacones.

—Cuando quiera —en su voz capté la ironía divertida cruzándose de brazos, sonriente, como si disfrutara del espectáculo.

—Es que no es fácil —le repliqué.

—Es que ese conjunto y esos tacones de pasarela no son muy apropiados para ir a la isla.

Qué bien que se lo tomara a cachondeo y me sermoneara.

—Ya, es largo de explicar —dije entre dientes.

Intenté dar un salto hacia la cubierta pero temí hacerme daño, quedándome quieta. Con mis cómodas converse no me habría dado tanto recelo saltar a la cubierta. Lo último que quería era hacerme un leve esguince.

Él caminó hasta el lado del barco donde estaba yo, haciendo que lo mirara desde arriba.

—Aún no nos hemos presentado —me aseguró.

Eso era cierto.

—Soy Isabella, Bella Dwyer —le dije con una sonrisa y mirando también como bajar hacia su barco. Omití el apellido «Swan» por derecho a mi propia seguridad. Aunque él no se parecía a esos energúmenos del bar O'Dowd's. Parecía distinto, muy distinto…

Sus ojos me contemplaron brillosos y ardientes, sintiéndome nuevamente desnuda. Y con otro paso que adelantó subiendo solo un pie sobre una caja de madera, sus manos rodearon mi cintura elevándome del muelle, brotando de mi garganta un pequeño grito. Como sino pesara nada me llevó hacia él, nuestros cuerpos se rozaron sintiendo una descarga por toda mi piel, apretando los labios para mitigar la sensación llameante que me abordó de pronto. Me estrechó contra su cuerpo fibroso, dejando mis manos seguras sobre sus musculosos brazos a la vez que sentía la cubierta bajo mis pies.

Nuestros rostros se inclinaron tan cerca el uno del otro, y su mirada me atrajo como un fugaz deseo que gritaba por salir de mí.

—Edward Cullen.

Se llamaba Edward.

De sus labios sonaba tan sexy y encantador.

En este segundo acercamiento y encontrándome prácticamente en sus brazos, no podía negar el deseo que brotaba de las raíces marchitas de mi corazón. Y en como fugazmente mis ojos se desviaron hacia sus labios, y sentí la necesidad de que nos fundiéramos en un beso. Era un hecho que sentía una fuerte atracción por Edward.

Me gustaba, y mucho.

Y eso me asustaba.

Me asustaba sentir.

Rompí la conexión de nuestras miradas dejándola sobre el barco. Edward se dio cuenta de lo incómoda que me sentía y me soltó precavido.

—Gracias por ayudarme —intenté mantener la voz serena.

Solo hizo un gesto galante y cautivador, y se fue hacia el amarre para soltarlo. Me quedé mirándolo, pensando en si era o no buena idea estar aquí… y con él.

—Listo. Pondré rumbo a la isla de Blood Swan.

Intenté que no notara el escalofrío que recorrió mi cuerpo con ese apodo que le pusieron a la isla. Esperó mi respuesta, sin moverse hacia el interior del puente de mando.

Sonreí.

—Muy bien, estoy deseando llegar —le comenté aparentando tranquilidad.

—¿Está segura de ir? —no sé cómo había logrado ver mi inseguridad.

—Completamente.

—Como quiera —argumentó caminando hacia el interior del puente de mando, cerrando la puerta.

Caminé por la cubierta observando que lugar era mejor para sentarme.

—Lo siento si no hay un lugar limpio donde pueda sentarse, pero como habrá comprobado es un barco de pesca —me fue diciendo mientras abría una pequeña ventana y nos mirábamos.

Pues para ser un barco de pesca lo tenía bastante limpio. Y me molestó el hecho de que creyese que no podría sentarme en cualquier sitio solo porque llevaba un vestido carísimo.

—No importa —comenté sin poder remediar mi tono molesto, y viendo una caja vacía más limpia que las demás, la volteé haciéndola de asiento. Con una sonrisa irónica, me senté, observándome Edward sorprendido y con una ceja alzada.

Para que aprendas a no juzgar por las apariencias. Pensé malhumorada.

Durante un largo rato donde el barco navegaba rumbo a la isla, no hablamos de nada. Él estaba en el puente de mando con su mirada sumergida en el horizonte, y yo intentaba mantener el equilibrio entre tanto traqueteo del barco, con las olas embravecidas chocando sobre él. El aire azotaba en mi rostro, dejándome unos pelos de loca que por más que intentaba mantenerlos hacia atrás, volvían a mi rostro. Lo bueno es que apenas tenía náuseas.

A medida que el barco se alejaba, Roundstone se divisaba como una minúscula tierra que iba difuminándose en la lejanía, sintiéndome algo pequeña que la inmensidad del océano me rodeara con tanta fuerza y magnitud. No es que le tuviera pánico a estar en medio del océano sin divisar tierra, pero sí que le tenía demasiado respeto.

Intentando mantener el pelo lejos de mi cara, pensé en Masen. Tampoco es que el abogado Denali me diera mucha información sobre él. Me inquietaba el hecho de que me esperara en la isla, y no saber más de él. La alerta de la desconfianza estaba al máximo. No podía evitarlo. Ojalá lo encontrara nada más llegar, así hablaríamos sobre esa misteriosa herencia en la que no creía del todo, y de nuevo pondría rumbo a Nueva York.

Estar a solas con mis pensamientos me hizo pensar en la pesadilla de esta mañana. Apenas la tenía clara en mi mente. Pero ver en mi sueño como una mujer de negro se tiraba desde un acantilado, y visualizarme a mí misma encerrada en una mansión que me volvía loca de remate… esa pesadilla me había dejado algo turbada.

El pelo volvió a darme sobre la cara, y con toda mi frustración cogí los mechones que golpeaban mi rostro echándolos hacia atrás, dejándome la mano sobre la cabeza, aplastando el pelo.

Resoplé airada.

Desviando mis ojos, encontré a Edward fuera del puente de mando. Mi cuerpo se tensó mirando nerviosa hacia otro lado, al ver que sus ojos estaban mayormente sobre mi vestido.

—¿No debería estar en el timón? —me esforcé en pronunciar las palabras.

—Tranquila, el barco me avisará si nos llegamos a chocar contra algo —se acomodó contra la pared del puente de mando con los brazos cruzados. ¿Eso era una gracia?

Nos quedamos en silencio. Su profunda mirada no se despegó de mí. Y el rubor de mis mejillas se hizo más intenso.

—¿Qué? —quise saber algo cohibida.

—Me sorprende verla sobre una sucia caja de pescado.

Ah, qué bien. No sé quién creía que era yo, pero no me gustaba que se formara una idea equivocada de mí.

—¿Y por qué?

—Porque eres una mujer de ciudad.

Alcé las cejas asomando una sonrisa incrédula.

—¿Está dando por hecho que soy una pija que no puede sentarse sobre una caja de pescado para no mancharse su vestido?

—Lo ha dicho usted, no yo.

Me sorprendía su franqueza.

—Tiene una idea equivocada de mí.

—Por cómo va vestida, es la idea que me deja.

Me miré y suspiré.

—Desearía no haberme puesto esto —murmuré para mí—, pero no tenía otra cosa.

—Claro, su otro vestido de Chanel está para lavar —soltó con puro sarcasmo.

Entrecerré los ojos más molesta y me puse de pie con bravura.

—Pues no, fíjese. Yo uso ropa más sencilla. No necesito vestir ropa cara Esto que ve, lo metió a traición en mi maleta mi amiga Alice.

No dijo nada durante unos segundos, mirándome, sin poder descifrar esa mirada que me estaba haciendo sentir tanto. Entendía que desconfiara de mí, ya que apenas nos conocíamos, y vistiendo este vestido tan caro, me hacía parecer otra persona.

—Eres americana. De Nueva York —afirmó sin más.

Me despistó ese cambio drástico de conversación.

Lo miré frunciendo el ceño.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Por su acento. He estado una larga temporada allí.

—Y usted por su acento es irlandés —aseguré.

—Es más que evidente —respondió hondo y esbozó una leve sonrisa.

Un silencio nos rodeó durante un rato oyéndose solo el sonido de las olas.

—Y dígame. ¿Qué hace una señorita como usted deseando ir a una supuesta isla maldita?

Asomé una sonrisa.

—Ya se lo he dicho. Pero le aviso que eso de que está maldita no me lo creo.

—¿Por qué?

—Porque esas cosas no existen.

—¿Se quedará al principio de la isla o se adentrará?

—Hum… no lo sé. Ya veré.

Cabeceó despacio.

—¿Es suyo el barco? —le pregunté.

—De mi padre.

—¿Es su trabajo ser pescador o es una simple afición?

—Me gusta pescar.

Eso no respondía del todo a mi pregunta.

—¿Entonces no se dedica a la pesca?

—A lo que no me dedico es a contar cosas de mi vida, Bella.

De golpe me invadió la vergüenza ladeando el rostro. En eso tenía razón.

Le estaba haciendo preguntas que no debería, aunque yo las veía demasiado normales para entrar en la zona de «intimidad personal.»

—Discúlpeme si parezco una entrometida —hice una pausa y quise cambiar de tema—. ¿Falta mucho?

Dejó sus ojos en el océano.

—Poco más de media hora.

Qué bien. Con tanta tensión entre los dos no sé si aguantaría esa media hora en este barco.

—¿Cree en lo que dicen de la isla Swan? —le pregunté llena de curiosidad.

Inspiró con profundidad.

—Uno cree lo que quiere creer. La vida parece más fácil cuando usas ese método.

¿Qué respuesta era esa?

—¿Por qué la llaman la isla de Blood Swan?

—¿No te lo dijeron ayer en el bar? —me preguntó desconcertado.

Qué vergüenza, Edward ya sabía de mi aparición en ese bar. Roundstone era un pueblo muy hablador.

—No mucho, pero descubrí que aún hay energúmenos en el mundo —sonrió ante mi entonación.

—La llaman así porque toda la familia Swan murió allí.

—¡Toda! —exclamé asombrada—. ¿Y qué pasó?

Se encogió de hombros.

—Hay muchas teorías. Una de ellas es que Leonard Swan se volvió tan loco de que sus tres hijos intentaran abandonar la isla, que decidió pegarle un tiro en la cabeza a cada uno para que no lo hicieran.

—¡Santo Dios! —me tapé la boca con las manos.

—Otra teoría habla de que el mismísimo Leonard mató a su mujer y que ésta no murió en el parto cuando dio a luz a los trillizos. Y recuerdo otra en la que dicen que uno de los hijos era peor que el demonio. Codicioso. Tirano. Vanidoso. Cruel.

Sus palabras me dejaron mal cuerpo perdiendo la mirada hacia el océano.

—¿Se encuentra bien? Se ha puesto pálida de repente —noté su voz preocupada.

Suspiré.

—Es solo que me sorprende lo que dicen de la familia Swan. Suena tan terrorífico como el apodo de la isla.

—Por eso dicen que la isla está maldita con su sangre. No sé si es verdad que todos murieron allí, pero cuando esas teorías se difundieron por algo será.

Asentí de acuerdo.

—¿Por qué quiere estar en esa isla? ¿No le da miedo quedarse allí?

—La verdad, no.

—Entonces no le importará que la deje en esa isla y me vaya.

Nuestras miradas chocaron. Oh, vaya. Él regresaría a Roundstone. No había sopesado eso, que solo me llevara a la isla.

—Claro que no. Entiendo que solo quiera llevarme. Además, mi amiga Alice me alcanzará en unas horas. Nos vamos a encontrar allí.

Vaya mentira más grande. Pero con llamar a Alice al móvil y decirle que viniera a por mí, era suficiente. Estaba segura que ella se las ingeniaría para encontrar a otra persona que la llevara a la isla. Alice era muy persuasiva y cabezota, y si quería algo, lo conseguiría así tuviera que volver loca a esa persona para que aceptara.

—¿Tiene un modo de ir su amiga? —me preguntó.

—Sí.

Esperaba que nada más llegar al embarcadero estuviera allí Masen.

—¿Entonces trabaja como fotógrafa?

—Algo así.

Enarcó una ceja mirándome con más profundidad.

—¿Ese ha sido siempre su mayor deseo?

Abracé mi cuerpo, mandando mi mirada al mar.

—Puede ser.

No me dijo nada, solo me miró, lo que me volvió a poner nerviosa porque deseaba saber que pasaba por su cabeza. Y sin decir más, se giró hacia la puerta entrando en el puente de mando.

¿Por qué le mentía?

—¿Y usted, Edward? ¿Cuál es su mayor deseo? —me tomé el atrevimiento de preguntárselo. Era lo más justo.

Esbozó una sonrisa mirándome a través de la ventana.

—Mi deseo es que la gente curiosa deje en paz de una vez la isla Swan.

Fue como si me hubiese tirado un cubo de agua fría a la cara. Eso iba directamente por mí. Otra vez esa extrema franqueza. ¿Por qué me gustaba que fuera tan directo y franco? Debería molestarme el hecho de que me implicara entre los «curiosos» que visitaban la isla, pero la verdad es que no me molestaba. Yo no le estaba diciendo toda la verdad sobre mí, así que no había problema.

—Un deseo muy lógico.

Pero no entendía por qué Edward sentía esa protección hacia la isla si no era nada de él.

—Aunque puede que otro deseo que hasta ahora desconocía se esté interponiendo en el primero de todos mis deseos.

¿Otro deseo?

Sus palabras cortaron mi respiración. No podía con su mirada… me ponía nerviosa, me subyugaba, me encantaba. Intenté dominarme.

¡Qué me pasa!

—Yo siempre soy muy sincero con las personas, Bella. No me guardo nada. Lo que a veces me gano el papel de malo.

Fruncí los labios con una expresión divertida. ¿Edward; el malo? No tenía pinta de ser el malo. Tal vez algo serio, intimidante, sincero, de carácter fuerte, pero estaba segura que detrás de todas esas «capas» había un noble corazón.

—Me gusta su franqueza.

Más bien tú.

Su mirada brilló y me absorbió por completo alejando de mí la capacidad para pensar y reaccionar.

—Ya se divisa la isla —me señaló con la mano.

Entrecerré los ojos al molestarme el reflejo del sol, y me puse la mano haciendo sombra en mi mirada. Y divisé a lo lejos en una minúscula forma de tierra; la isla. Los nervios volvieron a mi estómago porque la hora de encontrarme con Masen se acercaba.

Un cuarto de hora después llegamos a la isla. Y me quedé boquiabierta nada más verla. Y no era para menos. No era nada pequeña —era gigante—,admirándola con bastante sorpresa. Qué profunda y salvaje belleza. Pensé hechizada. Desde aquí se divisaba una variada vegetación, poblada de inmensos árboles y de una rebosante y hermosa montaña que se extendía como una muralla y que impedía que vieras en su totalidad la isla; como si lo de más allá de esa montaña amurallada fuera un secreto. ¿Cuánto dinero habían tenido los Swan para tener una enorme isla como esta?

Cuando Edward atracó sin dificultad su barco en el embarcadero, busqué ansiosa con la mirada a Masen. Desilusionada, cabeceé chasqueando la lengua.

Eleazar me dijo que estaría aquí. Pero no me dijo exactamente a qué hora nos encontraríamos.

Miré el reloj de mi móvil que marcaba las once de la mañana.

Esto no empezaba nada bien.

—¿Busca a alguien?

Miré a Edward que estaba frunciendo el ceño al verme inquieta.

—No, solo admiraba la isla —le mentí.

—¿Seguro que quiere quedarse sola?

—Sí. Y gracias, me ha hecho un mundo al traerme.

Me miró fijamente.

—Entonces aquí nos separamos —me mostró una sonrisa sexy que derretiría todos los corazones de las chicas soñadoras y atolondradas.

Lo miré anhelante sin saber por qué eso me entristecía y me dejaba un vacío en mi interior que se llenaba de desolación.

—Sí, eso parece —murmuré.

Me tendió la mano para ayudarme a subir al embarcadero y sonreí con timidez tomándosela, agradeciéndole ese gesto tan galante. Eché otra mirada desconcertada al embarcadero, esperando. Pero nada. Tal vez aparecería en unos minutos. Tendría que haberle insistido más a Eleazar sobre Masen.

Podría tenerlo delante de mí y no saber si sería él.

Sonreí como una boba.

No. Al que tenía delante de mí era a Edward. Un hombre que había revolucionado mi mundo interior.

Lo observé de espaldas a mí quitando el nudo del poste de madera para volver a zarpar… se marcharía.

En el fondo no quería que se fuera. ¿Por qué? ¿Qué me estaba pasando con Edward?

Si ves que vas a perder ese tren, súbete un rato y luego bájate. Pero si te sigue gustado, quédate, porque tal vez no habrá más oportunidades de que pase por tu estación.

¿Maldita sea, Alice, por qué pienso en tus palabras? Medité en las profundidades de mi corazón.

Mordí mi labio inferior con la inseguridad golpeándome.

Si no arriesgas no sabes lo que puedes estar perdiendo. Recordé otra de sus famosas frases.

—Edward —lo llamé sin titubear y sin pensar muy bien la locura que iba a cometer.

—¿Sí?

Dejó la cuerda sin desatar volviéndose hacia mí. Y crucé esa distancia que nos separaba. Antes de que mi lado «severo» me grite «no», nuestros labios se entrelazaron. Y un mundo de sensaciones se expande ante mí sin retorno.

Apenas fue un suave roce, pero que me hizo sentir más viva que nunca.

La palabra «error» golpeó sobre mi mente tras tomarme la libertad de besarlo, y el temor que siempre me había acorazado quiso que diera un paso hacia atrás para separarnos. Algo que impidió Edward, al dejar su mano sobre mi espalda, hundiendo su otra mano en mi pelo sin desunir nuestros labios. Él tomó el mando. Hizo que nuestras bocas se movieran sin tregua. Su lengua acarició la mía y no pude evitar gemir. La sangre me hervía bajo la piel, mi respiración se volvió en un violento jadeo. Sus labios eran puro magnetismo, cálidos, intensos.

No sé cómo había tenido el valor de coger las riendas y besarlo. Nunca había ardido en mi interior la necesidad de hacerlo. Y fue todo un descubrimiento este beso.

El fuego se expandía por cada centímetro de mi piel al desearlo con más intensidad a cada segundo. Me perdí en él, en el beso, en cada movimiento, en cómo me encendía inundándome de un ardiente anhelo que fue bajando más abajo de mi vientre.

Y temí que Edward tuviera el poder de quitar la coraza de mi corazón.

Separé mis labios de los suyos dejando más tiempo mi mano en su nuca, pegando nuestras frentes, logrando acompasar mi respiración con los ojos cerrados, intuyendo que él también los tenía cerrados. Había sido tan maravilloso.

—Gracias —logré concentrar esa palabra en mi mente y pronunciarla en un susurro.

Y me di la vuelta rápida, saliendo del embarcadero.

El corazón me latía desbocado. Mi cuerpo temblaba a cada paso. Me moría por mirarlo. Creo que había abierto una puerta que no tendría que haber abierto, pero no me arrepentía. Nunca me había sentido así con un hombre. Ese intenso fuego. Ese profundo anhelo. Esa vehemente excitación.

Esas mariposas en el estómago.

Puedo notar su mirada clavada en mi espalda, y eso me infundía el deseo de volverme y verlo una vez más, saber si le había gustado nuestro beso o si había sido uno más que una chica desconocida le había dado.

Sonreí mientras seguía caminando sin tambalearme y hacer el inmenso ridículo. No me había rechazado y me había respondido al beso con la misma intensidad.

Caminé durante unos minutos por un camino arbolado y bastante descuidado, alejándome del embarcadero, alejándome de él. Llevé mis dedos a los labios sintiendo aún ese dulce beso.

Me detuve, reflexionando.

Había subido a ese tren y me había encantado, me había llevado al lugar que quería y en el que posiblemente debería estar.

Giré mi rostro hacia atrás, inquieta.

Mierda, me había bajado del tren demasiado rápido. No quería perder ese tren.

No sabía si Edward y yo nos volveríamos a ver. Sin pensármelo dos veces, corrí hacia el embarcadero, manteniendo el desastre de mi equilibrio al pensar en los doce centímetros que tenían los dichosos tacones, y que no me libraría de un esguince si me caía.

—¡Edward! —grité su nombre.

Dirigiéndome hacia el embarcadero, se bajó de golpe toda mi euforia y mis esperanzas, quedándome abatida.

El barco ya se estaba alejando. Edward se había marchado.

Apreté los labios tocando mi frente.

Había dejado marchar mi tren sin haberme quedado más tiempo. Sin haberlo conocido más. Sin haber experimentado más cosas. De todas formas que podía haberle dicho. ¿Que se quedara a mi lado hasta que Masen viniera?

Seguramente no habría tenido el valor de pedírselo o… tal vez había cometido un error al besarlo. ¿Y si tenía novia? O peor. ¿Y si estaba casado y con hijos? La culpa se azoró en mi interior como un látigo. Y también estaba lo otro. Lo que podría ocurrirle por haber pasado un tiempo conmigo y haberle besado. Mierda, mi mala suerte. ¡¿Maldita sea, Bella, que has hecho?! Pensé remordida pero también triste. Para una vez que me dejaba llevar por mis instintos emocionales, y todo acababa en desastre.

Nada en mi vida me salía bien.

Con el último vistazo al mar y observando cómo se marchaba el único hombre que me gustaba, me quedé allí, esperando.

¿Nos volveremos a ver Edward y yo? Pensé con profundidad.

Gracias a Edward me había dado cuenta que muy en el fondo, quería dejar de lado los propios prejuicios que tenía sobre mí misma. Algo que me asustaba pensar, porque no quería que tuviera ese poder sobre mí.

Hay quien dice que el amor verdadero solo lo encuentras una vez en la vida.

Bien, pues yo simplemente no creía en el amor verdadero. No para mí. Yo estaba segura de qué nunca podré enamorarme. Qué nunca podré entregar mi corazón a ningún hombre. Porque no estaba hecha para amar. Pero Edward sacudí esos pensamientos antes de que revolotearan en mi mente, desechándolos. Puede que me gustara, puede que lo deseara, pero nada más.

No sé cuántas noches habré pasado llorando acurrucada en mi cama, pensando y entendiendo en el fondo que no estaba hecha para amar ni para que me amaran.

Estuve en el embarcadero más de una hora esperando a Masen, paseando de un lado a otro. A medida que transcurría el tiempo, el viento se removía con más fuerza a mí alrededor siendo demasiado frío.

Me froté los brazos y miré la hora.

—¿Dónde está? —me pregunté desconcertada mirando el reloj de mi Sony Xperia.

Agotada de llevar los tacones, me los quité soltando un suspiro de alivio, y salí del embarcadero para caminar por la pequeña playa que había cerca. Me alivió un montón caminar por la arena templada.

—¡Masen! —grité su nombre mirando a todos lados.

—¡Masen! —mi voz se volvió a perder en un eco.

Solté un suspiro, exasperada, repasando una mano por mi pelo.

Me quedé otra hora más.

Sumé otra más.

Y otra más para mí desesperación.

Mi estómago rugió hambriento, sintiéndome mareada al tener más hambre que un lobo. Tendría que haberle hecho caso a Alice y haberme llevado esa mochila que me propuso. ¿Pero quién me iba a decir a mí que Masen me dejaría tirada?

¡Más de cuatro horas esperándolo! Esto no tenía perdón.

Tenía frío. El tiempo se había cerrado. Estaba sola. Esto no pintaba bien.

Malhumorada, volví a ponerme los tacones sin dar crédito a este desplante. Y decidí con mal genio volver al embarcadero y seguir el camino que me llevaría al interior de la isla. Ya total. ¿Qué más podría pasarme?

Estuve unos largos minutos recorriendo un camino poblado de árboles que hacían que ya no se divisara el embarcadero. ¿Cómo se atrevía Masen a hacerme esto? Fue él quien dio conmigo con esos papeles que dictan que yo era una Swan. Y ahora me dejaba plantada. ¿A qué jugaba? Mi mal genio se esfumó de golpe al darme cuenta de que no podía seguir el camino, al verme delante de una enorme verja negra con un símbolo en medio. Parecía un escudo. Me acerqué a la verja oxidada observando una cerradura. Intenté abrirla pero no hubo manera. En ambos lados de la verja se extendía un muro de ladrillos recubierto de hiedra.

En el muro de la derecha había como un mecanismo en el que faltaba un engranaje. Toqué con mis dedos el hueco donde iría ese engranaje.

—Qué raro…

Miré el largo camino de tierra que había detrás de la verja. ¿Y si Masen me estaba esperando más allá de la verja y no en el embarcadero como me dijo el abogado Denali? Pero si así fuera la verja debería estar abierta, ¿no? Ojeé por encima el muro. No llegaba a tres metros. Podía escalarlo. Sin más tiempo que perder, me quité los zapatos tirándolos al otro lado de la verja al igual que el bolso, y remangándome el vestido, escalé el muro de piedra con la agilidad que me permitía el vestido. Estaba más que acostumbrada a escalar este tipo de muros. Cuando vivía en el Convento Santa María, lo hacía muy a menudo, incluso más altos y peligrosos. Las niñas con las que compartía habitación eran mucho más liantas que yo, y siempre nos escapábamos después de comer para irnos al bosque a jugar, exponiéndonos a que las monjas nos reprendieran. Siempre había sido una temeraria.

Sentándome en la cima del muro, vi debajo de mí una salvaje hierba que amortiguaría algo la caída. Aunque siempre me venía bien recordar como flexionar las rodillas para no lesionarme.

Era pan comido. Respiré con calma, me di unos segundos más, y me empujé cayendo con las rodillas flexionadas.

Rasssshh.

Cerré un segundo los ojos sobre la hierba. Oh, mierda. Irguiéndome, contemplé como se había rasgado la tela del lado derecho del muslo, y como había ensuciado de moho el vestido al escalar el muro.

Qué bien, adiós al blanco impoluto del vestido.

—Estupendo. Un vestido que seguramente cuesta más de mil dólares, arruinado —resoplé dejando los ojos sobre el cielo nublado.

Poniéndome los zapatos y recogiendo el bolso, eché un vistazo a la caseta de seguridad con forma de torre que había a unos metros de la verja. El pomo de la puerta negra parecía atascado, y la ventana tenía un sombreado oscuro que no me dejaba ver su interior. Ahí dentro no estaría Masen. Echando unos pasos hacia atrás, seguí el largo camino de tierra. Los árboles se agrupaban más a medida que caminaba, con el viento siendo mi único acompañante.

Pasé de ir por un camino más salvaje que se alejaba del principal, concentrándome en ver adonde me llevaría éste.

Unos exhaustos y largos minutos después, llegué a una mansión antigua, de tres plantas. La miré durante un largo rato, impresionada. Era sin duda esplendorosa, quitaba el aliento nada más verla. Era también un poco tétrica, pero era muy hermosa. Rodeada de un profundo bosque. La piedra de la fachada estaba algo oscurecida y deteriorada por la humedad, pero nada le quitaba su encanto. No sé en qué época la construiría la «familia Swan», pero al menos debía de tener más de tres siglos. Estaba bastante alejada del embarcadero. Esta debe ser la supuesta mansión que había heredado. No se encontraba en ruinas, de hecho era curioso lo bien cuidada que estaba, cuando ciertamente se hallaba deshabitada desde hacía décadas.

Froté mis brazos al rodear el lugar un silencio que estremeció mis emociones.

Había un pasillo de losa oscura —con dos columnas en su entrada decoradas con el mismo escudo que el de la verja —y que conducía a la puerta de la mansión. En ambos lados del pasillo había unos setos un poco secos y marchitos debido a la falta de cuidado.

Crucé ese pasillo llegando a la puerta principal que como era de esperar, se hallaba cerrada. No tenía timbre, solo una aldaba de hierro con la forma de la cabeza de un león.

Negué con la cabeza, frustrada. No entendía nada.

Estaba empezando a enervarme. Masen no estaba en el embarcadero como Eleazar Denali me había dicho. La verja del camino estaba cerrada, y la puerta de la mansión no estaba abierta. Eso significaba que él no estaba aquí. ¡Qué desastre!

Salí del pasillo mirando hacia las ventanas. La mayoría tenían las cortinas echadas.

¿Dónde estaba este hombre?

Cuando estaba a punto de darme la vuelta y volver al camino de la verja, en una de las ventanas de la segunda planta, vi con claridad pasar una sombra entre las cortinas. Los pies se me quedaron clavados en la tierra. La respiración se me detuvo. Inmóvil, miré asustada esa ventana con las cortinas ondeándose, sintiendo el latir de mi corazón con fuerza.

¿Había alguien dentro de la mansión?

Nadie la habita desde hace décadas. Las palabras del abogado resonaron en mi mente.

¡Qué diablos!

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Fui caminando hacia atrás, despavorida, y me alejé de la mansión volviendo al camino de tierra, quedándome cerca del otro camino que giraba hacia la izquierda y que no sabía adónde me llevaría. Me encontré mucho más segura una vez que me alejé de la mansión. Quería creer que lo que había visto en la ventana había sido producto de mi imaginación… pero había sido tan real.

Sacudí la cabeza repasando una mano por mi pelo, controlando el pánico que estaba removiéndose dentro de mí. Y abrí el bolso cogiendo el móvil.

Ahora mismo iba a llamar a Alice. Tenía que sacarme de esta isla.

—Joder, no —expresé entre dientes.

No tenía cobertura.

Levanté el móvil hacia el cielo buscando cobertura, caminando sin mirar el suelo. Nada, ni al menos subía una mísera barra. ¿Cómo iba a comunicarme con Alice si no podía llamarla?

Gruñendo exasperada, bajé la cabeza y el brazo, y en ese mismo instante mi cuerpo se agarrotó echando un paso hacia atrás, precavida.

Corté la respiración de mis pulmones sin dejar de mirarlo. Parpadeé varias veces al creer que era otra de mis alucinaciones.

En el camino de la izquierda había un hombre… ¿joven? No lo sé, ya que apenas podía visualizarlo. Vestía por completo un traje negro. No pude ver con claridad su rostro ni distinguir ningún rasgo al estar demasiado lejos de mí. Pero vislumbré que me estaba mirando, teniendo las manos en lo bolsillos de su pantalón.

Mi piel se erizó siendo una sensación pavorosa.

—¿Masen? —susurré.

Tenía que ser él.

—¡Masen!

Unos segundos después de mi grito, el hombre trajeado se giró hacia el interior del camino abundado de vegetación, alejándose. ¡Pero qué estaba haciendo!

Me quedé sin poder reaccionar al ver cómo me había ignorado por completo.

—¡Eh, espera!

Gritando, caminé deprisa detrás de él esperando alcanzarlo.

Las piedras del camino me dificultaban correr y lo perdí de vista tan pronto como me adentré en ese lugar. Maldita sea mi suerte. Pasé por un arco de piedra en el que vi una cruz colgada en el centro, y entré de golpe a un sitio que me puso la piel de gallina.

Ay Dios.

Encogida por la inquietud que rezumaba en mi corazón, el lugar estaba cargado de un silencio sepulcral. Los animales aquí no se oían nada, como si supieran que era un lugar sagrado.

Era un cementerio lleno de tumbas.

Y no tenía salida.

Mis ojos no pudieron apartarse de esas tumbas hasta que un trueno me sobresaltó gritando aterrada. Mirando al cielo encapotado, vi que estaba a punto de caer un aguacero, y puse pies en polvorosa, saliendo de ese espeluznante cementerio que había estremecido cada centímetro de mi cuerpo.

Caminando apresurada hacia la mansión, pensé en el hombre que había visto en el camino que ahora sabía que conducía hacia un cementerio.

¿Habría sido mi imaginación otra vez? Parecía tan real.

Solo estaba en esta isla cuatro horas y ya me estaba poniendo paranoica.

Sabía que venir aquí había sido una mala idea. ¡Lo sabía! No había caído en que no tendría cobertura para llamar a Alice.

La lluvia comenzó a caer sobre mí con fuerza, calándome hasta los huesos.

—Y ahora qué —suspiré intranquila.

Hice que mi cuerpo se girara hacia la mansión sintiéndome perdida, agotada, sucia, mojada, no sentía los pies… y me quedé inmóvil con el temor atenazando mi intacta cordura.

La puerta de la mansión estaba abierta.

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