Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez


Capítulo 5:

Edward PDV

¿Puede uno enamorarse de una sonrisa antes de saber que tan profunda es la atracción que se siente hacia la dueña de esa sonrisa? Esa atracción que domina tu mundo. Qué lo pone patas arriba. Esa chica que cambia de rumbo tus pensamientos, tus deseos y tus convicciones de vida como si se tratara de un sortilegio maniobrado por el destino.

Nada lograba distraerme de mis pensamientos hacia Bella. Simplemente no podía quitármela de la cabeza. Solo con pensar en ella, conseguía que se esfumara de mí el cabreo que traía de Dublín; lugar en el que había estado hace apenas unas horas.

La vi llegar al muelle como una diosa, envuelta en un vestido del color de la pureza, que gritaba a voces que todo hombre dejara su vista en ella, y se recreara todo el tiempo que deseara. Piel de marfil. Cuerpo esbelto con unas provocativas curvas. Piernas largas. Sonrisa angelical. Sus rasgos eran como los de un ángel, como los de una «banríon» cincelada en escultura hecha para ser adorada. Había grabado en mi mente cada diminuto trozo de Bella porque sabía que no volveríamos a encontrarnos. Su pelo largo marrón que caía seductoramente por su espalda. Tenía unos profundos y expresivos ojos color chocolate . No parecía nada superficial, puede que diera esa impresión por cómo iba vestida. Pero no. Su inocencia y su timidez lograron dominarme.

Su belleza dulce, pura y natural era muy peligrosa; porque eso podía volver loco a cualquier hombre.

A mí…

Recordé ese momento en el que me dijo su nombre.

Soy Isabella Dwyer.

Asomó una sonrisa tímida y tan sincera alterando mi sangre.

Ladeé el rostro suspirando, dejando la cabeza agachada. Había oído algo de que unas chicas querían ir hacia la isla Swan. Otras curiosas. Pero no esperaba que Bella fuera tan distinta. Y lo supe en el mismo momento en que entró en el muelle, pidiendo, más bien suplicando que la llevaran hacia la isla. Desde mi barco la observé. Sé que ninguno —y conocía bien a todos los pescadores de Roundstone—, se arriesgaría a llevarla hacia la isla.

Aquí todos nos conocíamos y sabíamos de la isla Swan. Aunque sinceramente, yo no creía —o más bien no quería creer— que estaba maldita.

Pero ella parecía tan valiente, tan temeraria, tan indomable ante las supersticiones que rodeaban a esa isla desde hace años. Fue una de las cosas que me fascinó de Bella.

Todos los curiosos venían aquí movidos por la morbosidad de ver si era cierto o no lo de la «maldición», pero siempre encontraba en sus rostros ese profundo temor que por más «valentía superficial» que intentaran mostrar por fuera, al final se les veía. Pero con Bella había sido tan distinto.

Aún no lograba encontrar en mi cabeza cómo había conseguido que yo aceptara llevarla a la isla.

Esa sonrisa que tiene es muy peligrosa. Pensé con el ceño fruncido.

No tendría que haberla dejado sola. Pero si no hubiese recibido ese mensaje un par de minutos después de zarpar rumbo a la isla, que me obligó a hacer un viaje relámpago a Dublín, sin duda alguna me hubiera quedado con Bella en la isla.

Incliné la jarra hacia mis labios, apenas probé la cerveza al navegar en mi corazón la inquietud.

Lamentablemente no solo esa isla estaba desértica, sino que…

El tintineo de mi iPhone logró distraerme. Pensando en que sería él, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta con rapidez deslizando el dedo por la pantalla táctil para desbloquear el móvil.

Puse los ojos en blanco con un resoplido. Solo era publicidad. ¡Maldita sea!

La ansiedad me comía desde que sabía que me tenía información. Y no sé por qué demonios se tardaba tanto en mandármela. Me encontraba ansioso y nada tranquilo.

¿Por qué tarda tanto? Pensé malhumorado.

Llevaba horas sin despegarme del móvil.

En mis intranquilos pensamientos se coló Bella; otra vez.

Ese beso…

Esbocé una sonrisa.

Estaba tan sorprendido y desconcertado. Nunca habría imaginado que se lanzara a besarme. Nunca hubiera apostado por ello. Nunca imaginé que al dulce sonido de su voz al llamarme, me robara un beso nada más girarme.

Robarme un beso… ¡a mí!

Nunca me había pasado.

Estuve todo el maldito viaje en el barco intentando reprimir mis deseos salvajes de besarla… y ella lo cambió todo una vez que llegamos a la isla.

Eso me tenía descolocado.

Y ese beso solo había desencadenado que no dejara de pensar en ella.

Maldición, sino hubiese estado obligado a volver a Roundstone, me habría quedado con ella. A su lado. Acompañándola con lo que tuviera que hacer allí en la isla, envolviéndome una vez más con su angelical sonrisa.

Sin duda el poco tiempo que pasamos solos en el barco, algo cambió. Aún no sabía el qué. Pero su compañía me agradaba, me gustaba, me hacía sentir vivo de una manera intensa. Creo que iba más allá de una simple atracción física. Sí, Isabella me gustaba, y ahora mucho más después de que me diera ese inesperado beso.

No tendría que haber sido tan borde con ella al principio. Lanzarle la pulla de que mi mayor deseo era que los curiosos dejaran la isla en paz, fue un verdadero error. Cómo bien sé, ella no era otra curiosa más. Y me inquietaba el hecho de haberla dejado allí sola.

Desvié mis ojos hacia el reloj del bar O'Dowd's.

Las nueve y media de la noche.

¿Aún seguirá allí? ¿Habrá regresado de la isla? ¿Finalmente habrá ido su amiga como me dijo ella?

Me torturaban de una manera loca esas preguntas, porque en mi interior saltaba una alarma que me decía que nunca tendría que haberla dejado sola.

Chasqueé la lengua.

Bobadas… seguro que su amiga habrá llegado allí por la tarde y en ese espeluznante lugar ya no estarán. Lo extraño es que nadie había mencionado nada de su regreso de la isla.

¿Se habrán ido de Roundstone?

Volví a beber otro trago de mi cerveza irritándome que ese pensamiento me dejara desolado.

—¿Ya me han dicho que has llevado a una bella mujer a la isla Swan?

Oí a mi amigo Jasper a mi lado; su tono lleno de indirectas me decía que estaba la mar de contento por lo que hice. Porque él siempre supo que llegaría el día en que cedería en mi tozudez, y alguien conseguiría que lo llevara a la isla.

Giré mi rostro hacia él, deseando patearle el culo por mostrarme una sonrisa arrogante.

—Jasper, no estoy de humor —le advertí.

—Eso es porque se ha traído el mal augurio de la isla. En serio, Edward, deja de ir allí—saltó Harry, el dueño del bar-restaurante O'Dowd's. No era un mal tipo, pero como todo Roundstone, creía en la maldición de la isla—. No quiero ni pensar en lo que podría pasarte. Esa chica curiosa que haga lo que quiera, pero tú eres muy importante para nosotros.

Terminó por hacerme sonreír. Creía en su sincera preocupación.

—¡Es verdad! Qué haríamos sin nuestro San Edward —me dio unas palmaditas Jasper en la espalda, sentándose en el taburete de mi lado—.Harry otra cerveza para mí —le hizo una señal.

—Marchando —le respondió él dejándose el trapo marrón sobre su hombro. Se deslizó hacia el grifo, rellenó una jarra con cerveza y se la pasó a Jasper. Él se giró hacia mí en señal de brindis. Y levanté mi jarra, un poco menos entusiasmado que él, chocando con la suya.

¡Sláinte! —dijimos los dos a la vez en irlandés y dimos un trago.

Mis ojos se deslizaron hacia mi jarra de cerveza que no dejé de dar vueltas sobre la barra.

No pude evitar recordar mi visita a Dublín, volviéndome a sentir inquieto y entristecido. Ahogar mis penas en el alcohol sé que no me ayudaba a olvidar ciertas cosas de mi vida. Porque en realidad no quería olvidar absolutamente nada. Quería vivir con ellas y seguir dándome cuenta de que tan oscura era mi vida.

—¿La has visto hoy?

Sé que se refería a «ella». Negué con la cabeza. Y me aclaré el nudo que tenía en la garganta.

—Lo siento, amigo —me apretó el hombro.

—Le había dado una crisis y no me han permitido la entrada —intenté dominarme—. Es igual. Cambiemos de tema.

—Vale —asintió con la cabeza dando un largo trago a su cerveza—. ¿Qué tal si volvemos a la chica que roba la mitad de tus pensamientos?

Sonreí mandándole una mirada de reproche.

—¿Es guapa? —me preguntó con una intención secreta que a mí no podía ocultarme.

—No es tu tipo —le respondí serio.

—Hey, hey —rió entre dientes con un gesto de paz—, tranquilo que no te la voy a quitar.

—No vas a quitarme nada porque no es mía —remarqué muy claro.

Aquello me hizo sentir raro al decirlo en voz alta.

Jasper solo hizo una mueca.

Mi mente la volvió a visualizar en el muelle, pidiéndoles a los pescadores que la llevaran. Logró conmoverme, la verdad. No me gustó ver esa desesperación y frustración en su rostro. Habría sido fácil olvidarla si no me hubiese besado.

Apreté la mandíbula enojado conmigo mismo. ¡Qué demonios! Aunque no lo hubiese hecho no habría sido fácil olvidarla.

Cerré los ojos recordando ese beso que solo había avivado las llamas de la atracción que saltaba entre los dos. Debo decir que fue una verdadera e inesperada sorpresa. Qué al girarme a su llamada, sus labios buscaran los míos. Sé que se arrepintió en el acto, pero yo no estaba dispuesto a que lo acabara dos segundos después.

Y de sentirme en el cielo, volví a la tierra de un golpe seco al dejar que Bella detuviera el beso. La vi marchar. Aturdido, extasiado, agitado y más que excitado. No quería razonar, solo quería más. Más de los labios de ese ángel que me había vuelto loco desde que la conocí en el muelle. Y avancé varios pasos para seguirla. Solo me bastó pensar en el mensaje de mi móvil—el que me obligó a zarpar a Dublín— para que me detuviera.

A regañadientes y maldiciendo tuve que dejarla marchar.

Supongo que si ella al final no hubiese detenido el beso, hubiera cometido una locura. Habría hecho lo que fuera porque ese beso llegara a más… No sé por qué me aliviaba y me irritaba al mismo tiempo que ella interrumpiera ese beso.

Cuando la salvé de caer al agua deseé besarla. Cuando la tomé de la cintura para subirla a mi barco tuve más deseos de hacerlo. Y de camino a la isla el deseo seguía creciendo, ahogándose el ferviente anhelo en las aguas turbias de mi corazón, por eso me metí en el puente de mando, para mitigar cualquier deseo por ella. No estaba seguro de si ella sentía lo mismo que yo.

Y fue toda una agradable sorpresa descubrir que ella sentía lo mismo.

Bebí otro trago más largo para ahogar el deseo que me arrasó con más fuerza de solo pensar en ella.

Total, siendo la hora que era, ella no estaría en la isla Swan y menos en Roundstone. Se habrá marchado. Saberlo, me hizo sentir raro, disgustado, vacío. Venga Edward, solo la has conocido unas dos horas como mucho, nada te liga a ella. Pensé.

Tenía una extraña sensación que no se iba de mi cabeza. Algo me decía que me había mentido con su profesión; fotógrafa. Qué no solo pisaba la isla por la belleza enigmática de ésta para enmarcarla en una fotografía.

Habían sido tantos los curiosos que desearon ir a la isla, y con todos me negué, irrefutablemente… pero ella, mirar el brillo de sus ojos que muy a mí pesar vi una profunda tristeza, algo me empujó a no poder negarme.

Nadie había tenido ese poder sobre mí. Nadie.

Me froté las sienes sin poder quitarme de la cabeza que esos ojos profundos, tristes y soñadores ya los había visto antes. Desde que había tenido esa sensación de conocer esa mirada, me había estrujado los sesos en saber de dónde recordaba esos ojos.

—¡Oye, qué te estoy hablando! —me golpeó la espalda Jasper mosqueado, haciendo que casi volteara la jarra de cerveza. En un acto reflejo, logré ponerla sobre la barra sin derramar ni una gota.

Le mandé una mala mirada.

—Si me hicieras caso —me reprochó él tan tranquilo bebiendo.

—Estaba pensando en Bella.

—Así que se llama Bella —me sonrió con malicia.

—Lo curioso de todo es que no pude decirle que no.

—¡No puede ser! —exclamó él abriendo más los ojos siendo demasiado teatrero—. El gran Edward, el gran protector de la isla, le dice que no a miles de personas que vienen a Roundstone. Y viene una chica americana, hermosa y temeraria y no logra decirle que no.

Tenía ganas de darle sus buenos puñetazos.

—Qué te den —mascullé.

Rompió a reír a pleno pulmón.

—Vamos, vamos —me dio unas palmaditas en la espalda—. Algún día tenías que caer.

Suspiré perdiendo la mirada.

—Tengo la sensación de que he visto esa mirada en otra parte —intenté indagar en mis recuerdos.

—¿Y eso? ¿Acaso tú y Bella ya os habéis encontrado?

—No —espeté con irritación al sentirme confuso sobre eso—. Ese rostro no sería fácil de olvidar, créeme. Es otra cosa. Es esa mirada. La he visto en otra parte, pero no sé cómo explicarlo.

Esos ojos marrones se habían convertido en mi tormento. En mi dulce tormento.

Jasper dio un largo silbido.

—Tengo curiosidad por ver a esa chica. Te tiene trastornado.

—No digas tonterías —repliqué en una mueca.

—¿Tonterías? ¿Ha hecho algo más esa encantadora chica? —me preguntó y dio un trago a su cerveza.

Intenté ocultar una sonrisa al recordarlo.

—Sí —dije como si no le diera importancia—. Besarme.

Jasper se atragantó con la cerveza, escupiéndola, derramándola sobre la barra. Tosió un par de veces poniendo el puño sobre su boca, con una expresión de ahogo.

—Lo siento, Harry—se disculpó Jasper en un gesto.

—No importa. Ahora lo limpio —le indicó él y siguió hablando con otro cliente al final de la barra.

Me amigo me miró perplejo.

—¿Qué hizo qué? ¿En la boca?

—¿Dónde crees que fue? —le pregunté sonriente—. Una vez que llegamos y la dejé en el embarcadero, lo hizo. Estaba distraído quitando el nudo del poste, me llamó, me giré y me besó.

—¡Guau! Tres hurras por esa chica que se ha atrevido a besar a mi amigo, El Piedra —alzó la jarra casi vacía con una sonrisa llena de diversión—. ¿No se hizo daño?

No sé por qué le contaba todo lo que me ocurría, si al final terminaba por bromear con todo, sin excepciones. Y esta vez era demasiado irritante. Le mandé una mirada asesina.

—Al final tú y yo vamos acabar a puñetazos. Soy mayor que tú —le advertí en un gruñido.

Me sonrió más socarrón.

—Por dos simples años. Y te ganaría —agregó en un tono chisposo—.Venga cuenta. ¿Y qué pasó después?

—Nada.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Es la pura verdad. Tenía que marcharme a Dublín, ya sabes —me encogí de hombros—. Ya bastantes remordimientos tengo por haberla dejado sola en la isla.

Ojeé el reloj con forma de barco al lado de las botellas de whisky, que marcaba casi las diez de la noche. Ya era hora de regresar a casa.

—¿Le preguntaste por qué te besó?

—No.

—Hum tal vez lo haga con todos. Tal vez sea su modo de agradecer ciertas cosas.

Eso no sé por qué, logró molestarme. ¿Qué Bella solo me había besado de esa manera como agradecimiento? Recordé su «gracias», pero no pensé qué… ¡Por todos los santos irlandeses! Si eso era verdad, me daban ganas de buscarla y enseñarle de qué manera se agradece un maldito favor. ¿Solo me había besado por eso? ¿Porque la llevé a la isla Swan? ¿A cuántos hombres habrá besado como agradecimiento?

Maldije tan bajo que Jasper no logró escucharlo. Tomé la jarra, le di el último trago con malhumor, y cogí la cartera de mi pantalón dejando un billete sobre la barra; Harry podía quedarse con el cambio.

—Invito yo —le dije a mi amigo.

—¿Ya te vas? —me preguntó Jasper, sorprendido.

—Estoy cansado.

—Estás malhumorado.

—También.

—Por Bella.

—Ya vale, Jasper —le di un alto con rigidez—. Ya no quiero hablar de ella. Esa chica ya se habrá ido a su adorada Nueva York. Y la única mujer que me importa en el mundo está en Dublín, y que hoy no me hayan dejado verla me tiene con un humor de perros. ¿Lo captas ahora?

Jasper entrecerró los ojos buscando la verdad en mi expresión.

—Como quieras. Pero estás también malhumorado por la chica americana—remarcó sin temor.

Ignoré su verdad aunque me irritara más que nunca. Joder, claro que estaba malhumorado, porque malditamente había dejado marchar a la única mujer que había logrado despertar en mí sentimientos que creía olvidados y marchitos.

Estuve a punto de darme la vuelta cuando Harry habló mientras pasaba una bayeta por la barra.

—La curiosa aún no se ha ido —comentó como si nada.

Jasper frunció el ceño y yo me quedé de pie, desconcertado, mirando a Harry.

—¿Cómo dices? —logré decir.

—Acabo de servirles a Eathan y Liam, y están comentando que la curiosa no ha regresado.

El corazón se me aceleró como un rayo.

¿No-ha-regresado?

Jasper me miró con una expresión de alerta máxima.

—No ha regresado de dónde —le expresé deprisa agarrándome al bordillo de la barra.

—¿De dónde va a ser? —me puso una expresión sarcástica—. De la isla de Blood Swan.

La sangre se me congeló ese instante a la vez que miraba atónito a mi amigo.

—Lo sabemos porque su amiga está dando ahora mismo un espectáculo fuera del hotel Eldons. Eso les pasa por intentar ir a un lugar maldito.

—Joder —murmuró Jasper porque sabía de la posible situación en la que podría estar Bella.

Como si fuera un torbellino, salí del bar como alma que lleva el diablo.

—¡Edward! —me gritó Jasper detrás de mí para alcanzarme.

Lo ignoré.

Subí la calle con el viento siendo mi oponente, pero ni él me detendría.

No podía pararme.

¡Por los clavos de cristo! Bella llevaba todo el santo día en la isla Swan. ¿Qué demonios había pasado? ¿Qué hacía allí todavía?

Me dejé los pulmones en llegar al hotel de Zafrina, sintiendo el frío de la noche atravesando mi piel. No lograba recordar cómo se llamaba la amiga de Bella. Todos mis pensamientos estaban tan enredados que no lograba poner ni uno claro.

Puse toda mi poca fe en que Eathan y Liam se hubiesen equivocado sobre Bella. Qué malditamente la encontraría sana y salva en el hotel Eldons.

Jasper me gritó un par de veces más al mismo tiempo que visualizaba el hotel, con Zafrina fuera y una chica pelinegra apoyándose en un bastón, con aspecto alterado, hablando a gritos.

—¡Voy a buscarla te guste o no!

—Pero estás herida —le señaló Zafrina—. Y estás enferma.

Mierda.

—No puedes impedírmelo. Y lo de mi resfriado es una nimiedad, estoy mucho mejor. ¡Tengo que buscar a mi amiga! —gritó agónica y llena de desesperación.

Eso solo me confirmó lo inevitable. La culpa chocó contra mí de una forma arrolladora, haciéndome daño.

—¿Qué pasa, Zafrina? —le pregunté frenándome en seco delante de ellas dos.

Poco después llegó Jasper, respirando agitado.

La buena y paciente de Zafrina, se giró hacia mí con una expresión crispada y preocupada.

—Esta muchacha, que quiere adentrarse en el mar a estas horas de la noche —la señaló volviendo a poner las manos en sus caderas.

La chica era muy hermosa, aun cuando su rostro estaba demacrado por el ahogo de la angustia y un claro resfriado. Sus ojos rojos de haber llorado me miraron desesperados e impresionados por algo que no logré captar, al quedarse mirándome unos segundos.

—¡Necesito encontrar a mi amiga Bella! —gritó alterada.

—¿Dónde está? —le pregunté intentando serenarme. Había formulado esa pregunta para quedarme claro que esto no era una maldita pesadilla.

—¡En la isla Swan! —exclamó señalando una dirección que indicaba el mar.

—Santo Dios —se santiguó Zafrina al mencionar la isla—. Sigo sin entender que hace esa pobre chica allí todavía.

Otro golpe de remordimiento me asoló.

No entendía nada. Y me encontraba entre furioso, turbado, remordido y preocupado. Saber que Bella estaba en esa isla, sola, a estas horas de la noche, me tenía aterrado. Hacía años que el terror no me gobernaba de esa forma que me consumía.

—Se ha puesto tan histérica que al bajar por las escaleras, se ha torcido el tobillo en los últimos escalones —dijo Zafrina, informando.

Jasper y yo miramos el pie de la chica que lo tenía elevado del suelo y mal vendado. Por eso estaba apoyada en el bastón.

—¿No sabes, chica, que las escaleras hay que bajarlas despacito y con cuidado? Eso lo aprendemos todos desde muy pequeños —le comentó Jasper, burlón.

Ella entrecerró los ojos.

—¿A qué te doy un bastonazo? —lo levantó del suelo como ataque.

Al no tener el equilibrio perfecto, se tambaleó hacia delante, y logré cogerla a tiempo de la cintura antes de que se diera un buen golpe.

—Cuidado Alice —le dijo Zafrina, asustada.

¡Bingo! Se llamaba Alice.

Necesitaba saber muchas cosas que Alice me iba a responder ahora mismo, para salir de inmediato hacia la isla.

—Zafrina, tranquila, yo haré que entre al hotel —le juré yo.

Alice intentó replicar y la enderecé con cuidado. De ese modo sus palabras se atascaron en su boca, gruñendo y echándome una mirada poco agradable.

—Está bien. Espero que lo consigas —me expresó Zafrina con un resoplido antes de darse la vuelta y entrar al hotel.

—A no ser que nos cosa a bastonazos —comentó entre risas Jasper.

Alice se soltó de mi agarre con brusquedad, desconfiada, alejándose un paso. Le mandé una mirada seria a Jasper para que cortara sus bromas, antes de girarme hacia la amiga de Bella.

—No pienso entrar en el hotel. Voy a buscar a Bella. Lleva horas desaparecida. No me coge el móvil. ¡Ha tenido que pasarle algo!

—Claro. Porque en esa isla no hay cobertura. Sería un milagro encontrarla—le dijo más serio Jasper.

Ella lo miró alarmada.

—¡Qué!

—Tranquila. Ella me aseguró que tú irías a la isla unas pocas horas después. Qué os reuniríais allí —le confesé nervioso entre gestos.

Alice dio un brinco sobre el bastón cambiando su expresión a una más furiosa, mirándome.

—Tú… —tragó forzosamente la saliva—. ¿Fuiste tú quien llevó a mi amiga a la isla? —me preguntó de forma entrecortada.

—Sí.

Su siguiente movimiento fue tan impredecible que no lo vi venir. Gritó, poniéndome tenso, y levantó el bastón para darme con él.

—Gusano. Cretino. ¡Cómo te atreviste a dejarla sola! ¡Cómo pudiste! ¿No podías quedarte con ella el tiempo que pasara allí? ¡Ya fuera media hora o el tiempo que necesitara! —fue reclamándome sulfurada.

Me protegí con el antebrazo la cara, porque estaba más que claro que tenía un excelente golpe de bastón. Sin duda cualquier bastonazo que me daba me lo merecía con creces. Fue Jasper quien la detuvo cogiendo el bastón de un tirón, haciendo que Alice se tambaleara al perder el equilibrio, escapando de sus labios un grito. No llegó a tocar el suelo, porque terminó en los brazos de Jasper en un movimiento rápido que hizo él, mientras el bastón caía estrepitosamente al suelo.

Ella se quedó sin aliento al verse en sus brazos. El color de las mejillas de Alice aumentó mirando a un Jasper con el ceño fruncido y una cara seria.

Balbuceó repetidas veces, removiéndose.

—Descarado, bájame —logró articular.

—Descarada tú. Qué agredes al único que puede ayudarte —le acusó él con un tono más seco.

Le agradecí con la mirada a Jasper que hiciera ese movimiento magistral para detenerla. Ahora parecía un poco más apacible sin que pudiera atacarme de nuevo con el bastón.

—Este gilipollas la ha dejado tirada allí —me señaló ella con tirria.

—Eh, sin insultar —le pidió de buena gana Jasper.

Ella se cruzó de brazos refunfuñando algo que no logré entender.

—¿Por qué Bella me mintió? —le pregunté.

—No lo sé. Estoy tan sorprendida como tú por eso. Ella no suele mentir –comentó con voz temblorosa mirando de reojo a Jasper.

—Entonces era mentira que iba a la isla porque quería echarle unas fotos. ¡Me dijo que es fotógrafa!

Alice puso un rostro confuso.

Bella me había visto la cara de idiota. ¿Cómo pude caer en su mentira?

—Claro que no es fotógrafa… ella… —se quedó callada haciendo un mohín.

—¿Qué más me ha ocultado? —le urgí.

—Habla, chica —le insistió Jasper más cerca de su rostro.

Mandó una mala mirada a Jasper e inspiró hondo segundos después.

—Ella es Isabella Marie Dwyer Swan. Y ya no puedo decirte más —volvió a cruzarse de brazos con obstinación.

En cuanto oí el apellido «Swan» algo se activó en mí, enlazándolo todo por muy loco o absurdo que fuera. Mi amigo me miró perplejo al verme más blanco que el papel.

¿Isabella Marie Dwyer Swan?

—¿Ella… ella es una Swan? —se me quebró la voz.

Un sentimiento abrumador golpeó mi corazón. No puede ser. Esto tenía que ser una broma muy macabra.

—No hay ni un solo Swan vivo —murmuré casi sin aliento.

—Eso es cierto —siguió Jasper para ponerla a prueba.

—¡Pues os equivocáis! Unos papeles demuestran que es una Swan —aseguró ella con firmeza en un arrebato.

Me quedé de piedra sin poder decir ni una palabra más.

¿Bella una Swan? Maldita sea, ¿por qué no me dijo su segundo apellido?

Estaba claro que el destino se había puesto en mi contra.

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Holaaaa! Alguien por ahí? Seguimos con la historia!!