Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez


Capítulo 6: Para ustedes ! Eli mMsen, Nerisella Moonshadow, almacullenmasen, Glam009, cincygonzalez, Brillo de las Estrellas, numerag6115, phoenix1993 y Javiera Alarcon Orellano!!!


Edward PDV

—No, no, no… es imposible —repetí perdiendo la mirada con un rostro turbado.

—Quién iba a decirlo. Isabella Swan —Jasper tenía una expresión alucinada—. ¿Estás completamente segura? —le preguntó a Alice mirándola directamente a los ojos.

Ella se quedó un instante perdida en su mirada sin poder pronunciar ni una sola palabra. Jasper sabía que ella lo estaba pasando mal al estar en sus brazos, pero parecía que a él eso le gustaba, le divertía. Alice finalmente logró despertar de su hechizo, sacudió la cabeza y carraspeó para alejar el magnetismo por el que había sido presa por culpa de la atrayente mirada de Jasper. Ninguna se salvaba de caer presa en esa mirada.

—Para eso hemos venido, para averiguarlo. Un abogado vino a Nueva York, le dio unos papeles a Bella y le dijo que un tal Masen la esperaría en el embarcadero de la isla Swan —hizo una pausa frunciendo los labios con pesar—. Y ya sí que no puedo decirte más. No sin autorización de Bella.

¿Un tal Masen?

Jasper y yo cruzamos nuestras miradas en un inescrutable silencio, haciendo que Alice se quedara mirando a ambos con el ceño fruncido. Sé lo que él me estaba diciendo con su mirada, lo que no lograba entender es como no se habían dado cuenta ellas dos.

La maraña de dudas y preguntas me atosigó hasta sentirme perdido. Y ahora que ella había mencionado precisamente el nombre «Masen» todo encajaba en mi mente. ¿Cómo había sido tan ciego? ¿Cómo fui tan estúpido de no darme cuenta?

Tenía ahora mismo uno de los mayores cabreos de mi vida. La furia me dominó. Intenté encontrar la calma, pero no logré hallarla. Nadie había logrado trastocar mis emociones de una manera tan chocante y tambaleante como Bella lo había conseguido.

Le dediqué las más serias de las miradas a Alice; esa mirada fría, pétrea, intimidante. Ella echó su cabeza hacia atrás asombrada de mi expresión, como si intentara alejarse lo máximo de mi presencia, chocando contra el hombro de Jasper.

—Cálmate, Edward —me pidió él porque me conocía.

—¡¡Por qué diablos no me lo dijo!! —estallé con un gesto de brazos brusco.

—¡Sus motivos habrá tenido! —me dijo cautelosa y también alzando la voz al verme alterado—. Pero como ese Masen le haya hecho algo, lo voy a matar con mis propias manos. Maldita sea, tendría que haber ido con ella —expresó con el horror marcado en su rostro, poniendo una mano sobre él.

Torcí una sonrisa nerviosa y sarcástica al ver como se refería a Masen de esa forma amenazante. Repasé una mano por mi pelo dejando mi mirada calle arriba. ¡Es una Swan! Mierda, no me había equivocado con el presentimiento de que me estaba mintiendo. Diablos.

La isla estaba deshabitada desde hacía mucho tiempo. Nadie se atrevía a quedarse allí más de dos horas por la aterradora historia de la familia Swan. Y Bella seguía allí. Lo malo de todo, y que tenía acuchillando mi corazón por el remordimiento, es que Bella no tendría una forma de refugiarse de la noche y de la tormenta que estará arremetiendo allí.

—Voy a por ella —expresé con brusquedad.

—Y yo voy contigo —dijo Alice agitándose en los brazos de Jasper—.Bájame.

Jasper me miró a mí sin moverse ni un centímetro a los forzosos traqueteos de ella.

—Llévala dentro —le pedí con un gesto de cabeza—. Y dile a Zafrina que me tenga lista una mochila con algunas provisiones.

—¡Pero qué dices! Oye, no puedes ignorarme —me reclamó ella ofuscada.

—Estás enferma. Y no puedes caminar —señalé su tobillo—. Pero te prometo que traeré de vuelta a Bella. Sé que no me conoces de nada, pero te prometo que la traeré de vuelta.

Ella frunció los labios contemplándome con recelo.

—Más te vale. Porque con tan solo mover unos hilos hundo tu vida.

Jasper sonrió sacudiendo la cabeza sin dejar de mirarla fascinado. Esa amenaza era justa. Solo yo era el culpable de que Bella estuviera allí, sola en la isla.

Antes de girarme para marcharme al muelle, por mi mente pasó el vestido que llevaba Bella puesto.

Yo uso ropa más sencilla. No necesito vestir ropa cara. Esto que ve lo metió a traición en mi maleta mi amiga Alice. Recordé de Bella.

Clavé mi mirada severa en Alice.

—Supongo que en su maleta solo hay vestiditos como ese blanco que lleva puesto —le reclamé hosco.

Alice me miró entre asombrada y sonrojada. Abrió la boca sin saber cómo expresarse. Era tal su sorpresa que se había quedado sin palabras. Di por hecho tras su silencio que en la maleta de Bella no había ropa informal, cómoda. El vestido que llevaba no era un vestido apropiado para la isla… no quería imaginar en qué condiciones se encontraba ahora mismo debido a ese vestido y esos tacones de pasarela.

Exasperado, gruñí dándome la vuelta sin darle la oportunidad de que me respondiera.

—¿A qué ha venido eso de los vestidos? —le reclamó ella a Jasper.

—No lo sé —le respondió él.

—¡Bájame!

—No, creo que te llevaré así hasta tu cama.

—¡Qué! ¡Ni lo sueñes, descarado!

—Oye, no soy un descarado. Descarado sería hacer ciertas cosas inapropiadas que están pasando por mi mente ahora.

—¿Cómo cuáles…?

El eco de sus voces fue perdiéndose a medida que me alejaba. Avancé deprisa por la calle para llegar a la casa de Kate. Ella era mi «salvación» para lo que tenía en mente.

Abrí con brusquedad la puerta de madera del pequeño y acogedor jardín de su casa, y golpeé la puerta dos veces. Esperé impaciente mordiéndome con fuerza el labio inferior, sintiendo mi corazón acelerado. No pasó más de un minuto cuando las luces del interior se encendieron, y abrió la puerta una adormilada Kate cruzándose de brazos, encogida.

—¿Edward, que ocurre? —bostezó—. Qué cara traes. ¿Pasa algo?

Sacudí la cabeza sin apenas aliento.

—Lo siento por molestarte a estas horas. Pero necesito que abras tu tienda.

Parpadeó varias veces como si aún estuviera soñando y no se creyera lo que había dicho.

—¿Mi tienda? ¿Para qué?

—Es urgente. Necesito ropa de mujer. Y la necesito ya.

Se quedó boquiabierta.

—Pero Edward …

—No, nada de preguntas, Kate. Es urgente. Por favor —le rogué desesperado.

Respiró hondo dudando unos segundos más, indagando en mi expresión.

Sé que parecía una total locura, pedir que abriera su tienda a estas horas me hacía parecer como si me faltara un tornillo en la cabeza.

—Está bien —dijo con una sonrisa—. Dame un segundo —entornó la puerta viendo a través del cristal como se ponía el abrigo y cogía unas llaves.

Miré al cielo con alivio. Menos mal que había aceptado.

—Gracias, Kate.

Su tienda se encontraba en la misma calle donde ella vivía, por lo que no tardamos en llegar. Sé que Kate tenía mil preguntas y que quería las respuestas ya, porque sino no iba a poder dormir, pero no tenía tiempo de contestarle ni una. No podía perder ni una milésima de segundo

Dentro de su tienda, busqué la ropa más cómoda posible, mientras Kate me esperaba en la puerta con una expresión anonadada de verme moverme como si el mundo se fuera acabar en unas horas. Solo esperaba que la ropa que estaba escogiendo le quedara bien a Bella, aun cuando no me sabía su talla exacta.

Salté sobre el mostrador con agilidad tomando una bolsa que había sobre una balda de madera, metí la ropa y fui hasta mi amiga. Si Kate me dejaba estas ciertas libertades en su tienda, era solo por nuestra amistad.

—Ya tiene que ser especial esa chica, Edward. En la vida te he visto así —expresó perpleja.

Suspiré y torcí el gesto mirando que no me faltara nada.

Si tú supieras…

—No hace falta —detuvo mi mano cuando intenté sacar la cartera.

La miré.

—Me sentiré muy incómodo si no te pago.

Ella sacudió la cabeza con una sonrisa agradable y alzó su mano hacia mi pelo, acariciándolo. Medio sonreí. Hace años que dejé de estar en guardia por eso. Si no la conociera desde que éramos unos niños, no sabría su siguiente movimiento. Kate nunca cambiaría en ese aspecto.

Con una sonrisa más pilla, me dio un tirón en el pelo que me obligó a hacer una mueca al picarme levemente.

—Quiero unas rosas amarillas como pago —me exigió—. Y que en cuanto puedas me lo cuentes todo.

Esbocé una ancha sonrisa.

—Hecho —le di un beso en la mejilla.

La acompañé hasta su casa porque no pensaba dejarla sola por la noche para que volviera, aunque su casa no estuviese tan lejos de la tienda. Yo la había despertado y sacado casi arrastras hacia su tienda de una forma precipitada sin apenas información, lo menos que podía hacer era acompañarla, aunque ella me repitiera mil veces que no hacía falta.

Y volví de nuevo hacia el hotel, donde Jasper me esperaba fuera con una mochila.

—Gracias —se lo agradecí cuando me la pasó—. ¿Cómo está Alice?

—Histérica. Tiene carita de niña buena pero es toda una fiera —se mordió ligeramente el labio inferior mirando hacia el hotel.

Sacudí la cabeza con una expresión prudente.

—Deja quieto al mujeriego que llevas dentro.

—Yo me preocuparía más por tu integridad física —me puso una mano en el hombro. Y no estaba siendo nada chistoso—. No se avecinan buenos tiempos para ti —hizo una pausa como si estuviera sumido en sus siguientes palabras—. ¿Se lo dirás?

Sé lo que me preguntaba.

—Por supuesto.

—Entiendo que estás preocupado por Bella, pero ahora mismo debe de estar lloviendo allí en la isla.

—No es solo preocupación, me siento culpable —le contesté sintiendo como el remordimiento me quemaba—. No tendría que haberla dejado sola. Soy el culpable de que ella esté allí sola e indefensa.

—Pues entonces estás jodido. Ya puede estar de una pieza. O si no la fiera de allí arriba —señaló una de las ventanas de la segunda planta del hotel—. Te hará picadillo.

Me dieron ganas de golpear su rostro de modelo, por tener razón y por recordármelo, pero no quería perder ni un segundo más.

—¡Ten cuidado!

Me gritó Jasper cuando salí de nuevo a la carrera. De camino al muelle, en mi iPhone abrí la aplicación «El tiempo.»

Oh, joder. Si el pronóstico de lluvia en Roundstone era que llovería en una hora, no quería ni imaginar que diluvio estaría cayendo en la isla Swan.

—¿Por qué tanta prisa, Edward? ¿Es que vas a pescar a estas horas de la noche?

Una voz me frenó en seco haciendo que cada músculo de mi cuerpo se tensara. No podía evitarlo. Era algo que salía de mis más profundas entrañas.

Él sabía perfectamente que no me caía nada bien. ¿Entonces por qué me buscaba? Con un rostro frío, me giré hacia el hombre que se hallaba reclinado sobre un poste de madera. Lanzaba al aire un dado que volvía a caer en su mano. Casi siempre hacía eso. Ahora mismo no recordaba bien por qué le gustaba tener siempre un dado en sus manos.

A simple vista puede parecer un tipo genial, agradable, simpático, que parece un buen tipo, pero había algo en mi interior que me alertaba de que esa apariencia no era del todo fiable. Sam nació en Roundstone, aunque había pasado la mayor parte de su vida fuera de Irlanda. Hace unos pocos años que volvió, aunque de vez en cuando desaparecía sin dejar rastro.

—Métete en tus asuntos, Sam —le señalé con un dedo.

Él sonrió, dejó de lanzar el dado al aire y chasqueó la lengua con una expresión preocupada.

—Te veo apurado. ¿Quieres que te eche un cable?

Esto sí que era bueno. ¿Sam, «el hipócrita», me ofrecía su ayuda? ¿A qué venía tanta amabilidad de repente? ¿Qué había detrás de su ofrecimiento?

—No.

Se encogió de hombros.

—Muy bien. Tú siempre tan obstinado.

Miró calle arriba alzando las cejas.

—Esa chica americana ha montado un espectáculo del bueno. Hace tiempo que a Roundstone no venían curiosos.

Sé lo que pretendía. Qué habláramos de ellas porque deseaba información.

Pero no lo iba a conseguir. Dándole la espalda, dejé una de mis manos en la cintura, y me rasqué la barba dirigiendo mis ojos al muelle que ya se visualizaba. Lo tenía a unos míseros metros. Ni siquiera volví a girarme hacia Sam, tenía que llegar al muelle y coger mi maldito barco de una vez por todas.

—Me pregunto dónde estará la otra chica que ha venido con ella, la de las piernas largas—soltó de pronto con intención.

Me frené otra vez. Qué mencionara de esa forma a Bella me puso furioso.

Y clavé mi dura mirada en él, apretando los puños. Tenía un aspecto de lo más relajado y una sonrisa burlona, cuando a mí me estaban entrando ganas de partirle la cara. Nos miramos a los ojos unos instantes. Yo furioso. Él tranquilo. A la misma vez que silbaba, se quitó del poste y fue alejándose, otra vez jugueteando con su dichoso dado.

Lo seguí con la mirada hasta que lo perdí de vista. Me daba mala espina y no sé por qué. El día que averigüe ese «por qué», gritaré «aleluya». No sé si es que con los años me había vuelto mucho más desconfiado, pero algo tenía Sam que no llegaba a gustarme del todo.

¡Bella!

Cruzó por mis pensamientos y salí disparado hacia mi barco. Maldito Sam y sus estupideces. Por su culpa había perdido unos valiosos minutos.

Crucé el muelle llegando al final de éste, oyendo como mis deportivos golpeaban la deteriorada madera, y de un salto llegué a mi barco.

Bella, sola, en la isla. Podía imaginármela muerta de miedo. Desorientada. Mojada. Perdida. Muerta de frío. Allí la temperatura baja considerablemente por la noche.

Me maldije a mí mismo.

El ladrido de un perro hizo que no entrara al puente de mando.

Parpadeé varias veces, desconcertado.

¿Por qué el destino se empeñaba en que no llegara a la isla? ¿Qué le había hecho yo?

—¿Qué haces aquí, Jack? ¿Cómo has salido de casa?

Jack —un perro de la raza Alaskan Malamute—, estaba sentado en el muelle, deseoso de que le diera la orden de entrar al barco.

—Vuelve a casa —le señalé una dirección.

Pasó de mi orden ladrándome en respuesta. No quería moverse.

No era la primera vez que se escapaba. Y tenía unas pocas teorías en mente de como lograba salir de casa.

Resoplé con impaciencia. Llevarlo a casa serían minutos perdidos que me seguirían impidiendo ir a por Bella. No, joder, no podía perder el tiempo.

—Ven aquí, Jack —me di en el muslo como señal. Jack me ladró con euforia y pegó un salto hacia el barco y se abalanzó hacia mí lamiéndome la mejilla.

—Buen chico. Entra —le señalé el puente de mando.

Antes de entrar, me quedé un instante pensando en Bella. Su sonrisa se dibujó en mi mente con una pureza que trastocaba todas mis emociones. Era una sonrisa tan jodidamente bonita que logró traer una calma a mi corazón que hacía años no sentía. No. No. Y mil veces no. Esa sonrisa volvería a verla así tuviese que desafiar cada peligro que se opusiera en mi camino. Miré el océano con un rostro torturado. En la lejanía se veían unos relámpagos que iluminaban el cielo oscuro y nuboso. Era la primera vez que le pedía a Dios que Bella se encontrara ilesa.

Me había enfrentado al mar enfurecido innumerables veces, y esta vez no iba a ser menos. Porque Bella estaba en la isla, sola, por mi culpa. Y ni el mar enfurecido por una tormenta que parecía abrir los cielos, lograría romper mi empeño en llegar allí.

Tardé unos valiosos minutos en atracar el barco en el embarcadero por las fuertes olas que arremetían sin cesar. Le puse a Jack su impermeable antes de salir del barco, y yo cogí el mío detrás de la puerta del puente de mando.

Una vez en tierra, en plena oscuridad, en plena tormenta y equipado solo con una linterna y acompañado de Jack, busqué a Bella sin descanso.

—¡Bella!

Grité a pleno pulmón iluminando el camino del embarcadero y que se hacía frondoso por los árboles. Ese camino conducía a la verja principal, y tras esa verja había un largo camino para llegar finalmente a la mansión Swan.

La lluvia era torrencial, fría, si la noche ya me dificultaba buscarla, con la lluvia se me hacía más imposible.

—¡¡Bella!! —grité de nuevo distorsionándose mi voz por culpa de la lluvia.

Observé a Jack a mi lado algo agazapado por los truenos.

—Si te hubieras quedado en Roundstone —le advertí enojado.

Y me miró, ladrando. Como si me dijera que aunque le asustaran los truenos, iba a estar a mi lado.

—Vamos —le insté.

No tardé en llenarme de barro hasta las rodillas, ya que el camino de tierra se había convertido en todo un barrizal que me dificultaba avanzar.

—¡Bella! ¡Me oyes!

Iluminé cada tramo del camino con la esperanza de encontrarla. Me comían las ansias. La angustia. El tormento. Ella me dijo que se quedaría al principio de la isla, aunque no estaba segura. Si había sido lista no estará cerca de ningún árbol para no tentar que le cayera un rayo. Me estremecí de horror. No me perdonaría que le hubiese pasado algo. Incluso por mi mente retorcida pasó lo peor. Qué al intentar refugiarse de la lluvia tropezó con una rama o una piedra, golpeándose la cabeza, y en estos momentos estaría tirada por ahí, en cualquier parte de la isla.

El terror me golpeó con saña. Gruñí lleno de rabia. ¡No, maldita sea!

Tenía que encontrarla.

Después de recorrer el largo tramo del camino del embarcadero, llegué a la verja principal. Estaba cerrada. Lógico. Bella no tenía ninguna forma de llegar a la mansión porque la verja estaba cerrada.

—¡¿Por el amor de Dios, dónde está?! —expresé asustado quitando las gotas que empañaban mis ojos.

No iba a parar hasta encontrarla, costara lo que me costara. Si tenía que recorrer la isla en plena noche y cayéndome encima esta tormenta, lo haría sin medir las consecuencias, ni los riesgos a los que me sometía.

—Vamos, Jack —le señalé uno de los muros para seguirlo.

¿Bella habrá seguido uno de los muros para intentar entrar a la mansión?

Era lo más probable.

Pero el ladrido de Jack me detuvo, girándome hacia él. Lo enfoqué con la linterna. El muy masoca se había quedado sentado frente a la verja.

—Jack, ven.

Volvió a ladrar, esta vez dándole con una de sus patas a la verja.

Me exasperó.

—¿No lo entiendes? —me acerqué a él apresurado—. Ella no ha podido ir por aquí porque… está…

Fui deteniéndome al alumbrar del todo la verja. Estaba abierta. Casi no se veía, pero así era. Imposible. Toqué la cerradura desactivada, desviando mis ojos hacia el mecanismo de la pared. Me quedé de piedra.

Cómo demonios…

Levanté el rostro sintiendo un escalofrío mezclado con un mal presentimiento. No. Nadie podría abrir la verja. Nadie tenía el engranaje que falta para activar la puerta.

Aquello me confundió, debilitando todos mis sentidos y mi más firme cordura.

De pronto, un grito se alzó más allá de la verja. Un grito desgarrador. Torturador. Lleno de un padecimiento perpetuo. Un grito de mujer que por culpa de la atronadora lluvia no sabía exactamente de qué dirección venía. La impresión me asoló. Me dejó paralizado. Mi corazón latió contra mi pecho de una forma dolorosa. La lluvia siguió cayendo sobre mí con fuerza, quedándose Jack inquieto.

—Bella… —susurré.

A la misma vez que Jack ladró, empujé la verja, corriendo por el camino. ¿Había venido de la mansión? Era improbable. La mansión quedaba bastante alejada para que un grito lograra llegar hasta la verja.

—¡No te separes de mí, Jack! —le grité bajo la torrente lluvia.

El cielo se iluminó por un relámpago que iluminó unos instantes la zona, haciendo que un trueno retumbara como si el cielo se cayera sobre mí. La furia de la tormenta intentaba amedrentarme, hacerme decaer, la lluvia se clavaba en mi piel con furor. Ni las dos caídas que sufrí a lo largo del camino lograron detenerme para llegar a la mansión.

Crucé como un vendaval el pasillo bordeado de setos, observando con atención que en el interior de la mansión no había luz. Tanteé mis ropas mojadas con mis manos temblorosas para buscar el bolsillo donde tenía...

Todo movimiento lo detuve por completo.

El desconcierto me dominó.

La respiración se me aceleró.

La puerta de la mansión estaba abierta.

Contemplé un momento a Jack que me miraba expectante. Dudé durante un segundo, y empujé la puerta con la mano, abriéndola lentamente.

Quería saber cómo demonios la verja y la puerta de la mansión se encontraban abiertas de par en par. Pero mi principal objetivo era Bella.

Nada podría ahora alejarme de hallarla primero.

Entrar en la mansión no me hizo ningún bien. Pero ignoré todo recuerdo doloroso que intentara hacerme daño. Ya tenía años batallando con ellos, batallando con mis propios demonios. En el recibidor me encontré dudoso de en qué dirección ir… hasta que la luz de la linterna se topó con un pequeño bulto en el suelo y que Jack olfateaba. Lo reconocí nada más verlo.

¡El bolso de Bella!

Levanté la vista.

—¡¡Bella!!

Esperé como un maldito condenado. Pero no hubo respuesta.

Dejé mis ojos en cada rincón que iluminaba con la tensión acumulada en mi cuerpo. Tenía que recorrer la mansión hasta dar con ella. Antes de que subiera como un vendaval hacia arriba, Jack me avisó por unos de los pasillos de la primera planta. Bajé los dos escalones que había subido y lo seguí hasta la cocina. Desde el umbral, iluminé cada rincón. Maldije. Aquí no estaba. Jack me miró, esperaba algo, lo sé, pero no estaba ahora para descifrar que era exactamente lo que quería que investigara de esta zona.

Le hice un gesto para que saliéramos, pero me desobedeció. Parpadeé alucinado porque no tenía como costumbre desobedecer una de mis órdenes.

Y comenzó a recorrer la cocina dejando su hocico sobre el suelo, oyendo como olfateaba. Estuve a punto de ordenarle que volviera, aquí perdíamos el maldito tiempo… cuándo vi un trozo de tela blanco que asomaba por un hueco debajo de la isla de la cocina. Jack se quedó cerca, agazapándose, gimiendo débilmente como si ahí dentro hubiera algo. Me quedé unos segundos enfocando la isla con la luz de la linterna.

Precavido, caminé despacio hasta la isla. Lo único que se escuchaba en la cocina eran mis pisadas y la lluvia.

Me puse en guardia al ver de pronto como ese trozo de tela blanco desaparecía hacia el interior del hueco, oyendo un débil gemido quebrado.

Y todo pasó demasiado rápido.

En la oscuridad del hueco algo se movió impredecible hacia mí. Se abalanzó con toda su fuerza para empujarme. Pero me quedé como una roca, resistiendo su golpe que fue directo a mi abdomen. Solo me bastó sentir apenas el roce de su piel para saber quién era.

¡Bella!

Gritó del más puro pánico. Se tambaleó al ponerse de pie por culpa de los tacones inestables. Y agitó sus brazos hacia mí en un intento por golpearme, sin abrir los ojos.

—Déjame en paz… no me hagas daño… no te he hecho nada —me gritó histérica con la voz cargada de terror.

Mantuvo los ojos cerrados. Sus débiles manos me golpeaban hombros, pecho, brazos, no sabía dónde me golpeaba al no mirarme. Con una mano, logré encadenar su cuerpo al mío presionándola contra mí para que dejara de golpearme y agitarse. Me preocupaba que se hiciera daño.

—Bella…

—No, no —sollozó sacudiendo su cabeza para alejarse—. ¡No te he hecho nada!

Sus piernas flaqueaban debido al temblor y la sujeté con más fuerza de su cintura.

—Bella… ¡soy Edward! —la sacudí una sola vez con brusquedad.

Se detuvo. Y abrió los ojos de golpe tragándose un jadeo. Su mirada cristalina y aterrada me miró, clavándose en mi alma como un puñal.

—Edward …

Asentí remordido.

Nuestros rostros se rozaron en un fugaz aliento. Podía oír su alocado corazón, sentir su respiración acelerada, el temblor de su cuerpo, el miedo en las profundidades de sus ojos.

Ardía en deseos de abrazarla, de refugiarla en mis brazos para darle mi calor, de besarla para que hallara la calma, para que me perdonara… pero lo desterré porque no era una buena idea. Aunque me costó un mundo no seguir los deseos de mi corazón.

—Tranquila —le pedí con voz tierna—. Estás a salvo… conmigo.

De pronto sus ojos brillaron de una profunda emoción. De su cuerpo se alejó la tensión, rindiéndose al mío. De su boca brotó un gemido roto temblándole los labios, y de repente dejó caer su cabeza hacia atrás, desmayándose. La sujeté con más fuerza para que no se cayera, dejando su rostro contra mi cuello.

Mi corazón latió con intensidad al sentirla.

—Estás conmigo —le susurré a pesar de saber que se había desmayado.

Cerré los ojos de puro alivio.

La tuve así unos momentos, conmigo, sintiéndola a salvo en mis brazos.

Estaba por completo helada, descompuesta, lívida.

Busqué con la mirada a Jack. ¿Dónde se había metido? Le pegué un silbido para que viniera. Sujetando a Bella solo con un brazo, iluminé un tramo del suelo hallando de repente el móvil de Bella sobre el suelo, solo a unos pasos de mí. Más tarde volvería a por él. Jack no tardó en regresar a la cocina poniéndose a mi lado, mirándonos.

—Toma —le puse la linterna en su boca—. Guíanos

Jack se alejó por el pasillo recibiendo mi orden. Con las manos libres, tomé a Bella entre mis brazos dejando su cabeza contra mi pecho. No pesaba nada, era tan ligera como una pluma.

Fui a la única habitación que me hacía sentir más cómodo de la primera planta. Y dejé con mucho cuidado a Bella sobre la cama, quedándome unos momentos a través de la oscuridad, observándola. Le pedí a Jack que me diera la linterna e inspeccioné el cuerpo de Bella. Observé que detrás de su flequillo tenía un buen chichón sobre la frente. Seguí con la mirada más abajo de su rostro. Su vestido estaba húmedo. Roto. Sucio. ¡Qué le había pasado!

Apreté la mandíbula. Estaba enfadado con ella. Conmigo. Con el destino.

Jack estaba al otro lado de la cama con la cabeza apoyada sobre el duro colchón, mirando a Bella preocupado. Medio sonreí. Estaba tan preocupado como yo. Fue él quien la encontró, así que se merecía la recompensa de uno de sus huesos favoritos.

Ahora que podía respirar con calma tras haberla hallado, me di unos momentos para mí, dejando mis manos entrelazadas por detrás de la cabeza, soltando un suspiro largo y profundo.

Tenía que volver de inmediato al barco a por la mochila con las provisiones. Ella estaba de una pieza, y eso en parte me aliviaba y me quitaba una gran carga.

Pero no ahora. No quiero moverme de su lado. Pensé. Me acerqué de nuevo a ella, sentándome en el bordillo de la cama. Tomé su delicada mano.

Estaba helada. Cerré los ojos martirizado.

—Por un momento creí perderte —admití.

Los sentimientos me sacudieron como un huracán. De pensar que se había marchado de Irlanda a saber que seguía aquí… ¿me convertía en un ser egoísta y repugnante por sentir alivio de que aún siguiera en la isla?

Mis dedos rozaron fugazmente su fría mejilla. Tragué aire para calmar mi estado. Tocarla era mi tormento, mi descontrol.

Mi iPhone sonó. Con un suspiro amargo me levanté de la cama tomando el móvil. Deslicé el dedo por la pantalla táctil. Era el aviso de un mensaje que tenía desde hacía más de una hora. ¡Es él! Todas las emociones afloraron de nuevo en mí cuando leí el contenido, dejando mis ojos en Bella, que se removió inquieta en la cama bajo un quejido.

Ya es demasiado tarde. Pensé con rabia respecto al mensaje. ¿Cómo era posible que la verja estuviera abierta? ¿Cómo era posible que la puerta de la mansión se encontrara abierta?¿Cómo diablos Bella había logrado entrar en la mansión? ¿Y ese grito que oí cerca de la verja? ¿Fue Bella? ¿Me lo imaginé?

Tenía un puzzle de un millón de piezas totalmente desbaratado.

Resoplé cerrando los ojos, repasando las manos por mi rostro de una manera agónica, despojando de golpe todas las emociones, esas emociones provocadas de que Bella hubiese estado aquí sola en la isla.

Solo eso me falta, volverme paranoico por culpa de la isla. Por eso no me gusta estar en la isla Swan, ni mucho menos entrar a la mansión. Hay algo en ella que no me gusta. No sé si relacionado con la famosa maldición.

Pensé reticente mirando la estancia. Pero lo había hecho por Bella. Solo por ella.

Cabeceé despacio, mirándola.

¿Por qué pensó que quería hacerle daño?

Sentí la urgente necesidad de subirme a la cama y abrazarla. Se veía tan frágil e indefensa. Quería tenerla unos instantes en mis brazos por todo el calvario que habrá pasado, por el tormento que yo también había pasado pensando lo peor.

Agaché la cabeza, negándolo. Y volví a retener esos deseos. Amargué mi rostro consumido por la culpa.

No sé cuantos minutos me tiré mirándola sentado en el sillón, pero el tiempo parecía detenerse cuando solo la miraba a ella. Gracias a Dios no había sufrido daños mayores, no al menos físicos; salvo el golpe de su frente.

Pero me preocupaban mucho más sus daños psicológicos. No podía dejar de sentirme rastrero y con mil remordimientos comiéndose mi conciencia.

Tendría que haberme quedado con ella. ¡Lo sabía! Solo de imaginar el pánico, el miedo que habrá sentido de saber que estaba sola en la isla, que no podía salir de ella… Era un miserable que no merecía su perdón, pero si ella me hubiese dicho desde un principio quién era, sino me hubiese mentido, todo habría cambiado. Todo. ¿Por qué malditamente mis intuiciones nunca me fallaban? Si no hubiera tenido que ir a Dublín…

Gruñí irritado y me levanté del sillón, paseándome de un lado para otro para calmar mi furia, repasando una mano por mi pelo. Bella era una Swan. La chica por la que sentía una atracción inevitable, por la que sentía un deseo que me consumía lentamente, era nada más ni nada menos que una Swan. Tendría que haberlo sospechado cuando me dijo su nombre, pero no lo hice. Simplemente quise creer que era una casualidad.

Dirigí mis ojos hacia ella.

—Pues claro —susurré impactado al caer en ello—. Jack, no te muevas de su lado —le señalé al mismo tiempo que él levantaba la cabeza al verme salir hacia fuera.

Recorrí unos cuantos pasillos de la primera planta, oyendo el viento y la lluvia golpeando las ventanas, hasta que me detuve al final de un pasillo sin salida. Frente a un cuadro majestuoso.

Contemplé fijamente el retrato de ese hombre.

—Cómo no me he dado cuenta —murmuré—. Tiene tu mirada.

Sonreí sacudiendo la cabeza.

—Tantas veces que te he observado, y no lo vi cuando me sumergí en las profundidades de los ojos de tu descendiente.

Mi sonrisa se desdibujó de mi rostro quedándome serio. Me crucé de brazos. Y suspiré.

—¿Por qué tengo la sensación de que Bella va a poner mi mundo patas arriba? —aventuré hablándole al retrato.

De inmediato supe que nada volvería a ser lo mismo. Desde que había conocido a Bella, todo había cambiado.

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