Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez


Capítulo 7:

Bella PDV

Me sentía pesada, embotada.

Un punzante dolor no cesaba ni un segundo sobre mi frente.

Al mover las manos, noté que estaba sobre un duro colchón. Lo único que lograba recordar era la voz de un hombre llamándome, y que tan dulcemente se parecía a Edward. Hasta oí el ladrido de un perro. Pero no lograba recordar más.

Aun cuando el dolor me martilleaba con furor, abrí los ojos poco a poco incorporándome de la cama.

Pero qué…

La ojeé por encima con un rostro turbado. La cama sobre la que descansaba no estaba cubierta con sábanas ni colchas. Llevé mis manos a la cabeza tocando apenas el golpe de la frente. Hice una mueca.

Estaba confusa, desorientada. Con los ojos entornados debido al incesante y molesto dolor de cabeza, recorrí la estancia en la que me encontraba. El viento se colaba por alguna abertura de la ventana dejándome en tensión por su constante sonido. Había una vela encendida sobre una mesilla.

Abrí los ojos como platos.

No recordaba haber encendido una vela. De hecho yo no recordaba absolutamente como había llegado hasta aquí.

Los sucesos vinieron de golpe a mi mente con una nitidez terrorífica.

Portazos. El chasquido de una puerta abriéndose. Los tenaces pasos que se habían enquistado en mi mente, volvieron a flotar a mí alrededor. Eran unos recuerdos abrumadores, escalofriantes, consumiendo mi corazón de un temor que hacía temblar los cimientos de mi cordura.

Había algo en esta mansión, algo fuera de lo normal. Y yo estaba aquí, presa de ella.

Ya me lo advirtieron. Qué ilusa fui al no creer a esas personas del bar O'Dowd's. Tenía que salir de este lugar lo más pronto posible.

Me agobié.

Sentí una presión fuerte sobre mi pecho.

Fui presa del pánico.

¿Cómo había llegado a esta habitación? Yo recordaba haber estado debajo de la isla de la cocina, acobijada, aterrada por los ruidos que oía. ¡No me moví de ese lugar!

Temerosa, desvié mis ojos hacia la ventana. Aún era de noche, seguía lloviendo. Encogida por la conmoción del momento, puse atención en la estancia. ¿Era una de las habitaciones de la mansión?

Mi mirada inquieta se detuvo en el lado derecho de la cama. Y me topé de frente con un perro. Gigante. Peludo. De color negro y blanco. Lo tenía a unos centímetros de mí. Querida suerte, sigues sorprendiéndome cada día. Pensé con ironía para aplacar el miedo.

Lo primero que pasó mi trastornada mente es que no era real. Era imposible.

Mi cuerpo se agarrotó. Me quedé paralizada saliendo de mi boca un leve gemido debido al pánico. Nos miramos a los ojos. Su impresionante cuerpo le hacía imponente, temible. No pude apartar mi mirada de la suya que era de un matiz marrón. Tenía la cabeza apoyada en el bordillo de la cama, moviendo la cola en un constante movimiento.

Se va a tirar hacia mí, se va a tirar… Pensé con el terror gobernándome.

Yo, una fiel y loca enamorada de los perros le tenía pavor a uno. ¡Esto era de locos!

El perro levantó la cabeza torciendo el gesto sin quitarme su penetrante mirada.

No pude reprimir lo que vino después.

De mi garganta brotó un grito.

Él aulló al mismo tiempo alzando la cabeza al techo. De la impresión caí de espaldas sobre la cama dando una voltereta, quedándome en el otro extremo.

Agazapada, no dejé de mirarlo despavorida sacudiendo la cabeza.

—Oh Dios —susurré conmocionada—. Tú no existes, ¿verdad? Fuiste el perro de los Swan y moriste… y ahora vagas como un alma en pena por aquí, ¿verdad?

El miedo me impidió moverme y aunque deseé no temerle para no volverlo más agresivo y dominante, no pude evitarlo. ¿Un perro fantasma podía atacarme?

La puerta se abrió con rudeza entrando un hombre precipitadamente, y me sobresalté sintiendo mi corazón en la garganta.

Me tragué un suspiro quebrado.

Oh, Dios mío.

Su pecho subía y bajaba con brusquedad, alterado, nervioso. Al cruzarme con su mirada tan enigmática, todo lo confuso se esclareció. Ese momento en el que salí del hueco de la isla porque creía que el fantasma me había encontrado, y él me agarró de los brazos para detener mi histeria y mi pavor.

Fue su voz. La voz de Edward fue la que me devolvió a la realidad.

Tranquila. Estás a salvo… conmigo. Recordé con más claridad.

La emoción de verlo me dejó enmudecida, sintiendo los ojos húmedos. No fue irreal. ¡Estaba aquí! Edward estaba aquí. Ese deseo que anhelé se había cumplido. Desde mi estado de conmoción, observé sus ropas mojadas y manchadas de barro, y su pelo húmedo. ¿Qué le había pasado?

Sus ojos me miraron alarmados y avanzó despacio con las manos alzadas y las palmas hacia adelante, como si intentara hacerme saber que nada iba a pasarme.

Se detuvo a los pies de la cama.

—¿Estás bien? —me preguntó intranquilo.

Su voz solo consiguió que la calma apaciguara las tempestades que gobernaban mi estado. Apreté los labios con fuerza. Las lágrimas me asaltaron, liberándome. Y reaccioné de la forma que gritaba mi corazón.

Gateé sobre la cama hasta llegar a él y abrazarlo con todas mis fuerzas. No se esperó que me abalanzara de esa forma tan precipitada, pero sus musculosos brazos se relajaron rodeando mi cuerpo, devolviéndome el abrazo con una misma efusividad que tocó mi corazón, y que me dio una cálida protección de la que no deseaba desprenderme.

—Creía que eras irreal —murmuré con la voz temblorosa.

Sentí su débil sonrisa contra mi hombro.

—Estoy aquí, Bella. No pienso moverme de tu lado.

Cerré los ojos aliviada, ocultando mi rostro en su cuello conteniendo el sollozo. Todo lo vivido aquí volvió como un látigo que no dejó de golpearme, y si no fuera por Edward, no sé lo que habría sido de mí.

El dolor de mi frente volvió y apreté los labios, pero no pude detener que se escapara de mi boca un suave quejido.

Edward nos quitó del abrazo mirándome preocupado. Sus ojos se desviaron hacia mi frente apartando con delicadeza el flequillo para ver la contusión. Vi demasiadas emociones pasar por su seria expresión.

—No es nada —intenté no preocuparlo.

—¿Nada? —soltó con una sonrisa inquieta dirigiéndose hacia un sillón donde había una mochila—. ¿Cómo te lo hiciste?

Me quedé de rodillas sobre la cama y vi como sacaba un frasco pequeño de cristal.

—En la cocina. Creo que fue un armario, no lo vi y me di.

Apreté los dientes porque no quería revivir ese momento.

Su dura mirada se deslizó hacia mí como si me reprendiera por no haber sido más cuidadosa, y se acercó de nuevo. Se untó los dedos índice y corazón sobre ese espeso ungüento de color verde, y esperó, indeciso de seguir.

—Te calmará el dolor. ¿Puedo? —hizo un gesto de lo más tierno hacia mi frente.

Medio sonreí. ¡Quería curarme él! Ni loca me negaría. Asentí con la cabeza.

Siendo extremadamente delicado, pasó con suavidad las yemas de sus dedos por el chichón. Apreté los dientes aguantando el débil aunque molesto dolor. Ese ungüento tenía un intenso olor, pero no era desagradable.

—¿Cómo abriste la verja principal del camino? —me preguntó al cabo de unos segundos.

Fruncí el ceño. Y ese tonto movimiento me hizo daño.

—Auu —me quejé en un débil susurro.

—Ten cuidado. No hagas eso —me reprendió como si fuera una niña.

Oculté una sonrisa.

Suspiré.

—No la abrí. Estaba cerrada y salté el muro.

Se quedó quieto, mirándome con profundidad. Sé que era algo loco y de riesgo lo que hice, pero no me había hecho daño. Sus ojos se deslizaron hacia la abertura de mi vestido como si encajara al fin porque lo tenía roto, haciendo que me sintiera vulnerable. Luego se quedó con la mirada perdida unos instantes y cabeceó despacio, sonriendo.

—Eres muy temeraria.

Le devolví la sonrisa.

—¿Y la puerta de la mansión? —hizo una pausa atento a la curación—.Esta mansión lleva mucho cerrada. Nadie tiene acceso a ella.

Me dio un escalofrío de solo recordarlo.

Cuando vi por primera vez la puerta de la mansión cerrada a cal y canto, y después de regresar del cementerio como por arte de magia se hallaba abierta... ¿había lógica en eso? No. Parecía como si alguien la hubiese abierto para mí, para que cayera en su trampa tras saber que había marchado al cementerio. Espíritu o no, casi me volvía loca. Cerré los ojos un segundo apretando los dientes.

—Estaba abierta. Yo no la abrí.

Me dirigió una mirada inquisitiva como si no me creyera.

—¡Te lo juro! —le expresé sorprendida.

Asintió aceptándolo, pero sin decirme nada al respecto. ¿No me creía?

—Listo —terminó de curarme tras un minuto de un incómodo silencio.

—Gracias —le comenté mirando como dejaba el frasco en la mochila.

Su expresión se quedó agitada y atormentada, con la cabeza agachada, acariciándose la barbilla como si pensara algo muy profundo. Finalmente sus ojos se conectaron con los míos, acercándose.

—¿Qué te ha pasado, Bella? Porque intento cuadrar todo el puzzle y no puedo—hizo una pausa con un suspiro desesperado—. ¿Por qué estabas debajo de la isla de la cocina? Tenías pánico, miedo, tu cara estaba pálida. Me pediste que no te hiciera daño. ¿Qué pasó en el tiempo en el que estuviste sola en la isla?

Me ha pasado lo inimaginable. Me llamarías loca. Esta mansión está encantada o lo que sea que pase aquí. Pero este lugar no es normal. Quise decirle, pero la conmoción logró dejarme bloqueada. Negué con la cabeza soltando un suspiro, acongojada. Retuve las lágrimas al sentir que el miedo era más fuerte que yo. ¡Y eso me daba coraje! No quería que pensara que era una llorica debilucha que a la mínima se asustaba.

Yo no era una miedosa que con facilidad se asustaba, ni creía en cosas que no existían. Pero este lugar había hecho que cambiara de pensamiento.

Al mover la cabeza vi de reojo al perro. ¡Todavía seguía aquí! Mi corazón latió acelerado.

—¿Tú también lo ves? —le susurré a Edward, asustada.

Él entrecerró los ojos haciendo una mueca.

—¿El qué?

Dejando mis manos sobre su pecho, giré mi rostro con el miedo latiendo en mí. El perro no se había movido ni un centímetro del mismo sitio. Y a los dos nos estaba mirando, animado, moviendo más rápido la cola.

—Ese perro es un fantasma. No es real —lo señalé con un tono tembloroso.

Edward me miró a mí y luego hacia donde señalaba, con un rostro perplejo.

Y su risa de pronto me sacudió. Lo contemplé turbada al verlo reír tan divertido. Sacudió la cabeza como si yo estuviera equivocada y se dio un golpe seco en el muslo. El perro le obedeció yendo hacia él, sentándose a su lado mirándolo fijamente.

—Es mi perro, Jack.

Me quedé boquiabierta.

Su… su perro. ¿Cómo había sido tan idiota de creer que no existía?

Agaché la cabeza más roja que un tomate.

—He sido una idiota al pensar que no era real —admití azorada—. ¿Qué raza es? Es muy grande.

—Es un Alaskan Malamute. Y aparte de ser el perro más fiel que existe, también es muy cariñoso y protector y muy obediente. Mira —se giró hacia él—. Jack, saluda a la señorita.

Fruncí el ceño. ¿De verdad iba a hacerlo?

Jack recibió la orden y sorprendentemente se acercó hacia mí levantando una de sus patitas. Mordí mi labio inferior, fascinada. Y me incliné hacia él tomando su patita.

—Encantada, Jack.

Le solté su pata y acercó su hocico para darme un lametazo en el dorso de la mano sin apartar su mirada de mí.

—No tiene mal ojo, le gustas —dijo Edward con los brazos cruzados.

Apreté los labios ruborizada por sus palabras.

—Amo los perros —acaricié la cabeza de Jack, encandilada—. Recuerdo que en el convento teníamos un Pastor alemán. Pluto. Adorábamos a ese perro con locura.

Edward frunció el ceño.

—¿Convento?

Oh Dios. Esta boca mía había hablado de más.

Me aclaré la garganta, nerviosa.

—Es largo de explicar —titubeé.

No me dijo nada, lo que hizo que triplicara más mis nervios. Seguí acariciando a Jack sin mirar a Edward directamente. Él observó con atención mi rostro durante un buen rato con una expresión indescifrable. ¡Odiaba estos silencios! No sé qué pasaba por su cabeza para mirarme así.

Jack se alejó de nosotros marchándose por la puerta. Sonreí. Qué perro tan adorable. Había conquistado mi corazón.

—¿Adónde va?

—Supongo que a investigar la mansión.

—Ah —dije, y al momento me tensé—. No, no, no… ¡no puede subir a la segunda planta!

Volví a agarrarme de su pecho, desesperada.

—Tranquila. No pasa nada —me agarró de los brazos con suavidad, pero impresionado al verme en ese estado.

Sacudí la cabeza, frenética. Los ojos me escocían por las lágrimas.

—No. Si pasa. Aquí hay algo.

—¿Cómo algo?

—Yo… yo escuché cosas, y no sé… yo… —balbuceé con las lágrimas cayendo por mis mejillas.

—Bella …

—No, no… los aldeanos de Roundstone tienen razón —le solté en voz baja mirando a nuestro alrededor, desconfiada—. Nunca debí venir.

—Escúchame —me tomó el rostro con firmeza haciéndome callar en el acto. En realidad lo que me hizo callar fue su manera de mirarme. Los ojos de Edward eran sorprendentemente tiernos y protectores.

—Estoy contigo —sus pulgares apartaron con ternura las lágrimas de mis mejillas.

Me dejé seducir por esa caricia.

—Lo sé —susurré.

—Dime que pasó.

Calmé mi acelerado pulso al sentir sus manos sobre mi rostro. Dios, no era nada fácil decirlo sin que pareciera todo una tremenda y absurda locura, sacada de una película de terror. Me aclaré el maldito nudo de mi garganta.

—Entré a la mansión, y no sé cómo, la puerta se cerró de golpe, cuando intenté abrirla parecía atascada, no le di importancia la verdad. Pasé un tiempo intentando abrir las puertas de la primera planta, pero ninguna se podía abrir… y empecé a oír puertas que se cerraban con brusquedad… —cerré los ojos golpeada por la angustia—, luego escuché una puerta abriéndose lentamente… y llegaron los pasos…

—¿Pasos? —preguntó de forma alarmada.

—Sí. En la segunda planta —mis palabras se trababan una tras otra y amargué mi expresión respirando hondo para volver hallar la calma—. Yo no quiero estar aquí, Edward. Sácame de esta mansión. Quiero volver a Roundstone e irme con Alice a Nueva York.

Maldecía la hora en la que ese abogado, Denali, me había dicho que yo era una Swan. Maldecía esos papales que lo certifican. Y sobre todo, maldecía a Masen que seguía siendo un misterio y con el que compartía ese patrimonio.

Él dio un paso hacia atrás, soltándome. Al momento sentí frío. No quería que se alejara. Su rostro cambió. Parecía… ¿desesperanzado? ¿Entristecido? No lo sé. No quería pensar. Solo quería salir de aquí de una vez. Carraspeó y se giró hacia la chimenea apagada mirándola fijamente, dándome la espalda.

—No puedo sacarte de aquí en plena tormenta.

Mi corazón se encogió y agaché la cabeza, frustrada, repasando una mano por mi pelo.

—Es tu imaginación, Bella —su voz sonaba muy tensa.

Alcé levemente la cabeza.

—¿No me crees? —se me quebró la voz.

Me dirigió una mirada cauta.

—Solo digo que la imaginación es un arma muy poderosa, y si a eso le sumamos lo que cuentan de la isla —suspiró—. Solo es cuestión de que la mente proyecte lo que no es real. Solo lo que más tememos puede hacernos daño.

—Yo lo sentí muy real —le repliqué sin dar crédito a que no me creyera—. Al principio yo también lo creía así. Yo no he creído nunca en cosas paranormales ni de ese estilo… hasta hoy. Pero esos pasos que escuché, no se pueden imaginar. Posiblemente solo una mente trastornada, pero yo no estoy trastornada.

—Yo no creo en la maldición de los Swan. Este lugar es simplemente una isla abandonada con una mansión deshabitada desde hace décadas.

¿Tendrá razón Edward? ¿Habrá sido mi imaginación?

Fruncí los labios con un mar de dudas instigando mi corazón. Me quedé pensando en ello durante un rato. Y habría dicho que sí, que fue mi imaginación que me había jugado una mala pasada por estar sola en este lugar sombrío, frío y siniestro, sino fuera por una cosa en particular... recordaba perfectamente haber cerrado la puerta del baño cuando me quedé dormida en él, y luego la vi abierta. Escuchar una vez un portazo porque la mansión era vieja y abandonada, era comprensible. Pero escuchar varios portazos y pasos que se acercaban a mí… No, eso no fue mi imaginación. Y estaba segura de mis propias conclusiones. Aquí pasaba algo fuera de lo normal.

De nada serviría contarle lo sucedido en el baño, no me creería.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunté al fin.

—Harry, el dueño del bar O'Dowd's, me dijo que seguías en la isla porque tu amiga Alice estaba fuera del hotel gritando sobre ti a los cuatro vientos.

Me quedé de piedra. Y abrí más los ojos de la impresión.

—¡Alice! ¿Cómo está? Intenté llamarla pero aquí no hay cobertura.

—Está bien —me expresó para calmarme—. Le prometí que volvería a por ti y que te traería de vuelta.

Le sonreí sonrojada, dejándome caer sobre la cama otra vez para sentarme.

—Gracias.

Él asintió con la cabeza y dirigió su mirada hacia la chimenea, dejando una mano sobre la campana de ladrillo. Parecía muy ensimismado, inquieto.

Esperaba no haberlo perturbado con mis palabras. Pero tenía la sensación de que no le había gustado algo sobre lo que le había contado. Mismamente lo que me ocurrió en la mansión. Su expresión cambió cuando le dije sobre los «pasos» que escuché. Qué no me creyera me dolía, y ciertamente no entendía por qué me dolía hasta el extremo de dejarme desolada, si solo nos conocíamos hacía menos de veinticuatro horas.

No sé por qué de pronto sentí que el ambiente estaba muy tirante.

—Me mentiste, Bella.

Levanté la mirada y me crucé con la suya seria y dolida.

—¿Sobre qué?

—No eres fotógrafa—dio un paso hacia mí, luego otro, con una voz grave e intimidante—, y mucho menos deseabas visitar la isla por la belleza enigmática de ésta. En resumidas palabras, eres una Swan.

Sin apenas darme cuenta lo tenía a un paso de mí. Me sentí pequeña mirándolo desde abajo al estar sentada. Su acercamiento me dejó sin aliento y sin permitirme reaccionar de inmediato.

¡Oh, me había pillado! ¿Pero cómo? ¿Y cuánto sabía?

—Lo siento, no fue mi intención —me excusé.

—¿Qué lo sientes? —sonrió con sarcasmo pellizcándose el puente de la nariz—. Quiero saber el porqué.

Fruncí los labios entrecerrando los ojos. Y me erguí de golpe todavía de rodillas para estar casi a su altura.

—¿Y cómo sabes tú que te he mentido? —pregunté con recelo.

Se cruzó de brazos con una seguridad envidiable. Yo muerta de los nervios por su cercanía y él parecía una roca imperturbable.

—Tu amiga, Alice, me contó lo de Masen.

Abrí la boca, perpleja.

—¿Por qué lo hizo?

—Aquí la cuestión es que tú me has mentido —me replicó frío.

Puse mis brazos en jarras con bravura.

—Bueno, yo no voy gritando a los cuatro vientos que soy la supuesta heredera de la mansión Swan, y que la comparto con un tal Masen.

Se quedó un rato sin quitarme sus imperturbables ojos de mí.

—¿Supuesta heredera?

—Dudo de que yo sea una Swan.

—Eres una Swan —afirmó rápido.

—¿Cómo lo sabes?

¿Por qué le molestaba tanto que le hubiese mentido? No era para tanto.

Simplemente le oculté cierta información. No, Bella, le has mentido en toda su cara, pero sobre todo diciéndole de una profesión que no ejerces. Me habló mi conciencia.

Apreté los dientes por ser verdad.

—Será mejor dejar esta conversación —sentenció marchándose hacia la mochila negra del sillón descolorido. No me había dado cuenta que al lado de la mochila también había una bolsa—. Te he traído ropa y comida.

¿Ropa? ¿Comida?

Esbocé una sonrisa.

Edward era mi ángel de la guarda.

Se me hizo la boca agua cuando abrió la tapa de un tupper y salió un rico aroma de un guiso de lo que parecía cordero con verduras, que hizo que mis tripas rugieran el doble. Agaché la mirada evitando la de Edward, porque sé que lo había oído. ¡Qué vergüenza! Apreté las manos sobre mi vestido para aguantar. Desenrolló de una servilleta una cuchara y me pasó la comida.

Madre de Dios, si con el hambre que tenía no pensaba dejar nada.

—Gracias —dije—. ¿Tú no quieres? —señalé la comida con la cuchara.

Había suficiente para los dos.

Me sonrió siendo demasiado sexy, haciendo brincar mi corazón.

—No tengo hambre, pero gracias.

Se me estaba haciendo la boca agua. Y no era broma.

Y comencé a comer como una glotona. Como si no hubiera comido en días. La carne era tan sabrosa, y el caldo tan jugoso. ¡Estaba para chuparse los dedos! Mis ojos se desviaron hacia Edward que se encontraba reclinado sobre la pared, con los brazos cruzados y una seductora sonrisa adornaba su bello y escultural rostro.

No me quitaba los ojos de encima.

La vergüenza me absorbió de golpe y mastiqué lentamente con algo más de educación y clase. No me había dado cuenta de que estaba siendo una cavernícola en potencia comiendo así.

—Perdón —logré decir haciendo que pasara rápido la comida por la garganta.

—¿Por qué? —expresó confuso—. Es encantador verte comer así.

Me ruboricé. Si ya, verme comer a lo cavernícola era encantador. Solo me había faltado coger la comida con los dedos. Qué vergüenza.

Edward se quitó de la pared y se acercó a la mochila tomando de ella una lata de Coca-Cola, y me la pasó.

—Gracias —expresé con timidez.

Él asintió en un gesto y di un largo trago calmando mi sed. Estuvimos un par de minutos en silencio, sin decir nada, mientras me zampaba la deliciosa comida. Mirando de reojo a Edward, lo vi sumido en sus pensamientos frotándose la nuca. Miraba el suelo. Algo parecía inquietarle o torturarle, por su expresión tan absorta. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué a ratos se quedaba ausente?

Sus ojos se cruzaron con los míos y agaché la mirada a tiempo, para que no viera que me había quedado embelesada mirándolo.

Lo oí soltar un suspiro profundo.

—Sobre Masen, tengo que decirte…

—No me interesa saber nada de ese cretino —le solté de golpe al oír el nombre de Masen.

Observó mi rostro con atención durante unos segundos inquietantes.

—Perdón, ¿pero le has llamado cretino? —me preguntó asombrado.

—Y más insultos se merece el muy… —me mordí la lengua para no soltarlos. Dejé el tupper casi vacío sobre la cama—. Por su culpa estoy así.

Edward seguía mirándome enmudecido.

—Y sabes qué, me importa una mierda quién es. No quiero saber nada de Masen. Lo odio.

—¿Lo odias? —me preguntó con una sonrisa incrédula.

—No sabes de qué forma —intenté mantener una voz firme y clara.

—No puedes odiarlo. No lo conoces.

Le lancé una mirada furiosa al recordar mi trágico suceso.

—¡Por su culpa he estado aquí atrapada durante horas! Estuve más de cuatro horas esperándole en el embarcadero cuando tú me dejaste aquí. He pasado el peor día de mi vida —me detuve frustrada y su expresión se quedó más culpable, más martirizada, cerrando los ojos un segundo, haciendo una mueca de consternación. Él no era el culpable, sino Masen. No tenía por qué sentirse culpable, él no me había hecho nada—. Es un imbécil.

—Bella, no le insultes. No está aquí para defenderse —me soltó con un tono ofuscado sin apenas mirarme.

¡Increíble!

—¿Acaso eres amigo de Masen? —le pregunté con una agitada irritación.

—Conocidos —me respondió con serenidad—. En Roundstone es muy querido.

—Oh, si ya —puse un rostro lleno de pura suspicacia e ironía—. Sabes, cuándo me contó el taxista lo de las carreteras asfaltadas y la iglesia, pensé: qué gran corazón tiene Masen. Todo ha corrido de su cuenta. Eso pocos lo hacen, es más, se cuentan con los dedos. Pero después de lo que me ha hecho, pienso todo lo contrario. Qué aumentará más su ego con ayudas humanitarias para que así todos lo alaben y lo tengan en un pedestal, pero tiene pinta de creerse el rey del mundo. Un maldito ególatra que no tiene ni un mísero minuto para dedicarle a alguien inferior a él y con la que comparte el patrimonio Swan. Discúlpame si no tengo buenos pensamientos hacia él—fui soltando realmente enfadada. La cara de Edward estaba llena de perplejidad, una máscara de conmoción rodeó su expresión—. Me mandó a investigar con su abogado. ¡Sabe cosas de mí que no debería! ¿Quién se cree para investigarme? Si alguna vez te lo cruzas, dile que Isabella Marie Dwyer Swan lo manda a la mierda. Se puede quedar con la isla y la mansión.

Terminé con los brazos cruzados y con un humor de los mil demonios, dejando el rostro ladeado para aguantar todas las emociones que me venían de golpe.

—No puedes estar hablando en serio.

—Hablo muy en serio.

—Así que no quieres verlo —aventuró con asombro.

Inspiré hondo alzando la barbilla para intentar enmascarar mi debilidad de ser condescendiente. Todo tenía un límite.

—Así es. Lo odio como nunca antes he odiado a nadie.

Me dio la espalda con brusquedad mirando la chimenea con las manos en su cintura. Murmuró algo en irlandés, creo. Sacudió la cabeza como con estupor. Parecía herido, arrepentido de algo. Después arrugó la frente con gesto de irritación. Y sin más, se dio la vuelta con una cortante rudeza, sin mirarme, y caminó hacia la puerta.

—En esa bolsa está la ropa —la señaló en seco—. Será mejor que te cambies.

Abrió la puerta y se marchó cerrándola de un portazo.

Me quedé paralizada.

¿A qué venía eso?

Me quedé pensativa.

Ay madre, todo lo que solté por esta boca mía no había sido nada bonito.

¿Se habrá enfadado por mi forma de referirme a Masen? Suspiré. No sé si en verdad odiaba a Masen. Solo sé que me había dejado plantada, que no había dado señales de venir, y encima esta isla y la mansión casi me volvían majareta. Pues claro que no quería verlo. Pues claro que quería marcharme.

Nada aquí me ataba. Aún dudaba de que algo como esto, fuera mío.

Bajé de la cama caminando hacia la bolsa junto a la mochila. La abrí y me encontré con una camiseta amarilla de manga corta muy sencilla, unos vaqueros, una chaqueta marrón y unas botas planas.

Sonreí mordiéndome el labio inferior. Miré la puerta. En vez de darle las gracias —una vez más— por todo lo que hizo por mí, me había calentado la sangre despotricando a Masen. Qué sinceramente me importaba ya un comino quien era ese hombre o en que parte del mundo se encontraba.

Me deshice de mi vestido blanco, hecho todo un estropicio, poniéndome la ropa nueva y súper cómoda que me había traído Edward. ¡Increíblemente era de mi talla! Salvo la chaqueta que me venía un poco grande.

¿Por qué él tenía precisamente ropa de mujer?

Oh Dios.

Hice una mueca.

¿Será de su novia? Con la buena suerte que tenía, fijo que lo era.

Aun así tenía que agradecerle que me trajera esta ropa. No hacerlo, me hacía sentir culpable y una maleducada.

Froté mis manos para entrar en calor. Qué frío hacía en la mansión. Durante unos minutos estuve en esa habitación mirando su espacio. Las paredes estaban descoloridas. La cama grande era sencilla. Había una chimenea. Dos enormes armarios de madera de un tono oscuro. La mesilla con la vela. La estancia tenía un tono tan triste y apagado. Y muy fría. ¿Quién de los Swan habrá ocupado esta estancia?

Y a todo esto… ¿Dónde habrá ido Edward?

Sonreí sumida en mis pensamientos

Había vuelto a por mí. No tendría por qué haberlo hecho, pero aun así lo hizo. Me había curado el golpe de la frente con ese ungüento, me había traído ropa, comida, y había logrado calmarme solo con su presencia, su forma de mirarme. Ese hombre estaba llegando de una forma profunda e intensa a mi corazón. ¿Cómo podría evitarlo? Cuando sus ojos verdes me miraban, no había forma de evitar sentirme como si flotara.

Al frotarme los brazos, me resentí al hacerme yo misma daño con ese movimiento. Ese dolor me recordaba mucho al mismo que cuando desperté en el baño.

Intenté quitarme la chaqueta cuando de pronto, oí un golpe en la planta superior. La sangre se me alteró. Con verdadero pavor, dejé los ojos en el techo sacudiendo la cabeza.

—Otra vez no —murmuré.

Caminé precipitada hacia fuera, mirando con asombro el iluminado pasillo por unas velas.

—¿Edward? —lo llamé.

Al no tener respuesta, decidí seguir el pasillo. Recordaba haber pasado por este pasillo e intentar abrir la puerta de la habitación en la que desperté.

¿Cómo Edward había conseguido abrir una de las puertas de la primera planta? ¿Y cómo había entrado a la mansión si la puerta principal estaba cerrada?

Llegué al recibidor encontrándome de golpe a Edward.

—Dios mío —me salió de sopetón.

Mis pies se quedaron anclados en el suelo.

Mi cara ardió con intensidad.

Contuve el aliento.

Había pillado a Edward cambiándose de ropa en el recibidor. Estaba desnudo de cintura para arriba. Mis ojos no pudieron apartarse de su torso perfecto y musculoso, dejándome atrapada por un deseo que me estaba quemando.

No fui dueña de todo lo que me provocó.

Ese cuerpo era pura provocación. De los siete pecados capitales me vi atrapada en el de la «lujuria». Mis golosos ojos recorrieron su vientre duro, sus abdominales cincelados con una perfección que me sedujo sin escapatoria. Esa uve tentadora que se perdía hacia su más erótico secreto.

Tragué saliva. Y relamí mi labio inferior con la punta de la lengua, inconscientemente. De sentir frío pasé a tener un calor sofocante en cuestión de milésimas.

No había ni un gramo de imperfección en ese cuerpo hecho para el pecado.

Era el hombre más sexy y encantador que había visto en mi vida.

Y lo deseaba. Apasionada y ardientemente. Hasta el límite de despojar de mí todos mis propios prejuicios.

Sus ojos me miraron. Sonrió todo pícaro, y se tomó su tiempo en ponerse la camisa de cuadros de un tono azul, sin abotonársela.

¡¡Despierta, Isabella!!

Sacudí la cabeza dejando la mirada en el techo.

—Lo siento… no sabía… que… que estabas cambiándote… ahora mismo me voy…

Fui caminando hacia atrás, balbuceando, sin saber dónde meterme. Su expresión era divertida, tranquila, ante la bochornosa situación, lo que hizo que deseara volatizarme. Y mi buena suerte me quería tanto, que no vi la pared comiéndomela entera.

El golpe fue directo a la nariz. Por un segundo la vista se me nubló. Solté un grito pequeño al sentir el dolor tan intenso.

Mi anhelo, mi deseo por Edward, se vio reemplazado por mi estupidez humana tan torpe.

—¡Bella!

Edward caminó rápido hacia mí, me tomó de los hombros y me giró hacia él.

Mantuve los ojos cerrados unos segundos. Mi rostro era la viva imagen del dolor y la vergüenza. Dolía. Mucho. Lo sentía ardiendo y como la sangre bullía

—No tendría que haber invadido tu espacio, perdóname —me disculpé con las manos en la nariz.

Negó con la cabeza sin ver que estuviera enfadado.

—No me importa —me aseguró—. Tenía ropa de repuesto en mi barco y como tú estabas cambiándote en la habitación, decidí hacerlo aquí.

¿Cómo podía seguir cautivándome al ser tan considerado y caballeroso?

La nariz volvió a dolerme.

—Estoy sangrando —gemí dolorida.

—Déjame ver —sus manos tomaron mi barbilla apartando las mías, atendiéndome.

Me estremecí. Maravillada. Hechizada. No podía apartar mis ojos de su rostro. Era así de simple. Su forma de mirarme, de revisar mi nariz con delicadeza y ternura, trastocó mi corazón. Oh Dios, estaba tan cerca que volví a tener el irrefrenable deseo de besarlo. Necesitaba sentir sus labios. Y posiblemente lo hubiera hecho por segunda vez, sino hubiese pensado en que era muy posible que tuviera novia.

No. Contrólate. Contrólate.

—No estás sangrando.

Suspiré de alivio.

—¿Te duele?

—Un poco. Es usted muy atento.

Edward soltó una risa clara, mordiéndose el labio con una expresión fascinada.

—¿Me tratas de usted, Bella? He dado por hecho antes que no hacía falta remarcar que nos tratáramos de tu.

Mi corazón se aceleró. Y yo acababa de darme cuenta de que habíamos pasado a estar más cerca. Y deseaba que se abotonara la camisa para que no me tentara a mirar sus abdominales. ¡Por qué me torturaba de esta manera deseando a alguien a quien no podía tener!

—No somos tan íntimos —conseguí decir

—¿Ah, no? —alzó una ceja con una expresión seductora—. ¿Y el beso que me diste?

Mis mejillas ardieron.

—¿El… el beso? —tartamudeé.

—Y dime… —su mano se deslizó hasta mi nuca para que nuestros rostros se quedaran casi rozándose—. ¿Por qué me besaste?

—¿Por qué te besé? —repetí perdida por ese acercamiento.

Asintió, esperando paciente. No podía pensar con claridad si lo tenía así de cerca, si me sumergía en esos profundos ojos verdes que eran un paraíso inexpugnable. ¿Por qué Edwad tenía ese efecto en mí? No era nada justo.

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —agregó en un tono más seco como si no le gustara mi respuesta—. ¿Me diste ese beso como agradecimiento por haberte traído a la isla?

Oh no. ¿Cómo podía pensar eso? Fruncí el ceño.

—No, claro que no. Eso jamás lo haría. Te di las gracias por traerme, no por el beso.

—¿Entonces?

No podía creer que me acorralara de esta manera. Pero puestos a pensarlo de una forma lógica, yo también desearía saber por qué me había robado un beso en todo caso de que hubiese sido al revés.

—Lo deseaba, Edward.… Me gustas —susurré realmente avergonzada—.Eres el primero al que me he atrevido a besar de esa forma. ¿Contento?

Me dirigió una mirada abrasadora, intensa. Esos ojos eran puro peligro, un magnetismo del que no podía resistir. Sus brazos me rodearon rápidamente y pegó los labios a mi oído dejándome sin aliento.

—¿Contento? No puedes decirme eso y no esperar a que reaccione de la forma que más deseo.

¿Qué más desea?

Mi vello se erizó, entorné los ojos bajo el suave y sexy de su susurro.

Nuestras mejillas se rozaron y yo estaba a punto de convulsionar, me tenía contra su cuerpo y mi corazón revoloteaba como un colibrí. Nuestros ojos se unieron, cimentando sobre mi piel su apasionada mirada.

Estaba siendo una idiota al quedarme callada. Respira, Bella.

Y vi sobre su mejilla un rasguño, casi no se veía por la barba. Me atreví a llevar mi mano sobre la herida, apenas tocándola. Noté como cada músculo de su cuerpo se tensó a mi tacto.

Su mirada se oscureció.

—¿Te duele?

Cabeceó frunciendo los labios.

—Solo es un pequeño rasguño —me aseguró.

—¿Cómo te lo has hecho?

—Cuando te buscaba por la isla. No me importaba si me tiraba toda la noche buscándote, porque me había prometido encontrarte.

Tragué aire para calmar mi estado. Lo miré emocionada apretando los labios. Él conseguía que el miedo se esfumara y fuera reemplazado por la calma, el deseo de sentir cada experiencia a su lado. Hacía que deseara buscar a la mujer apasionada que vivía encerrada en mi interior. Nunca otro hombre me había hecho sentir así. Dios, si esto lo había conseguido en menos de veinticuatro horas, no imaginaba que más conseguiría con el pasar de los días. Nunca lo sabrás. Porque te vas derechita a Nueva York con Alice. Me dijo mi lado sensato.

Refrené el impulso de mi deseo de rodear mis brazos alrededor de su cuello. Refrené volver a sumergirme en esa cálida y hermosa sensación de ocultar mi rostro en su cuello. Era muy frustrante tener que aplacar ese deseo.

—Has vuelto a por mí —le recordé con emoción.

Su expresión se quedó seria y remordida.

—En cuanto supe que no habías vuelto, no lo pensé dos veces.

—Ahí fuera está cayendo una peligrosa tormenta, podría haberte pasado algo.

—Ni esa tormenta pudo detenerme. Mientras te buscaba, no dejaba de pensar en cada peligro que podría haberte sucedido —se encogió aterrado ante esas palabras.

—Pero estoy aquí, segura y a salvo.

—Y conmigo.

—Gracias por la ropa, me gusta mucho. ¿Es de tu novia? —esto último se me escapó, ya que no había dejado de darle vueltas y mis odiosos pensamientos me habían traicionado.

Frunció el ceño poniendo un rostro desconcertado, acompañado de un gesto divertido.

—¿Mi novia?

—¿De tu esposa?

Abrió la boca, pero seguí.

—¿Amante? —dije cuidadosamente—. Porque si es así no tendría que haberte besado, y lo siento.

—No, no y no. No tengo novia, esposa o amante. Ya te explicaré de donde saqué la ropa —respondió hondo y esbozó una leve sonrisa—. Y no me gusta que te arrepientas del beso.

—No me arrepiento—dije casi al mismo tiempo sin pensarlo.

No estaba saliendo con nadie. Estaba soltero. Luchaba por no sonreír.

Los ojos de Edward se concentraron en mi rostro con una intensidad que hizo temblar mis piernas. Bajó su vista hasta mis labios, y supe que me iba a besar. Qué lo deseaba tanto como yo. Su dedo pulgar rozó mi labio inferior lentamente, y cerré los ojos dejándome llevar por esa explosiva sensación que se deslizó más abajo de mi vientre. Apreté los muslos bajo las oleadas de la excitación.

Nuestros labios se rozaron, las chispas saltaron, el fuego del deseo me abrasó por completo como si se tratara del mismísimo sol. Estuve a punto de destruir las murallas que impedían que llegáramos a este segundo beso… pero nunca me perdonaría que a Edward le ocurriera algo por mi culpa. Ya aprendí la elección hace tiempo. Sé que mi destino era estar sola y lo aceptaba.

—No lo hagas —le pedí en un susurro.

Eres idiota, Bella. Me dije a mí misma. Nuestros rostros se mantuvieron unidos, nuestros labios rozándose, desesperados por encontrarse en el profundo y ardiente beso que nos consumiría en los océanos de la pasión desenfrenada.

—Dame una razón para que ahora mismo no te bese —noté la tensión de su mandíbula al estar conteniéndose.

Pues ahí iba esa absurda razón… qué tristemente era la verdad.

—No quiero que nada malo te pase, Edward. Nunca me lo perdonaría si te pasara algo por mi culpa.

Mis palabras lograron —para mí desgracia— sorprenderlo, haciendo que echara la cabeza hacia atrás, mirándome con una expresión confusa. No estaba preparada para contarle acerca de mi «mala suerte». No a él.

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Aquí estaaa!! Un capítulo más!! estoy tratando de no tardar tanto en actualizar, espero que les esté gustando! nos seguimos leyendo :)