Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez


Capítulo 8:

Bella PDV

Aquello lo confundió de una manera que lo dejó nublado en palabras. Al menos por un minuto lleno de una palpable tensión.

Tenía una seguridad tan aplastante que se volvió a acercar. Magnético. Seductor. Seguro. Mi aliento se quedó pausado. Su ardiente mirada recorrió cada centímetro de mi rostro, y solo pude sentirme más deseada y con ganas de que me besara.

No resistí su intensa y curiosa mirada, y agaché la cabeza, nerviosa, avivada por el deseo, pero también arrepentida por esta boca mía que no tendría que haber soltado eso. No tendría que haberle dicho nada. Porque no tenía una forma coherente de explicárselo y que no resultara de «manicomio». Pero era la verdad. No podría soportarlo si algo malo le sucediera a Edward.

—Bella —su dedo índice sostuvo mi mentón obligando a mi mirada a que se enlazara con la suya. Tenía la boca entreabierta buscando como seguir, con un ceño fruncido—. ¿Acabas de decirme que me va a pasar algo si te beso?

Estaba claro que era la «number one» en romper momentos.

—No es exactamente el beso… —susurré con la cara roja—. Es… —cerré los ojos apretando los labios—. Es complicado, Edward. Mejor dejémoslo así—bajé la mirada mientras respondía.

Y él siguió en su empeño de seguir manteniéndonos la mirada al levantar de nuevo mi mentón. Cada vez que me tocaba era como si mi cuerpo reaccionara de inmediato, como si anhelara con desesperación su roce.

—Así que según tú si te toco me pasará algo horrible —me comentó en un tono chispeante.

Hice un mohín.

—No te burles —le supliqué con voz débil.

Edward cabeceó despacio y muy serio.

—No me burlo. Pero te confieso que eso solo hace que me fascines más—dijo con una voz suave y sexy.

Estábamos demasiado cerca. Y no podía ponerme esa mirada tan magnética y dulce, que se estaba clavando a fuego en mi piel, porque era imposible hacerme la dura. Con esa mirada no tenía nada a mi favor.

—Oh, venga, no soy la primera que te dice que no.

Agachó la cabeza con una risa que me estremeció.

—La única chica que me interesa en la vida me acaba de decir que no.

¡Yo le intereso! Mi boca formó una «o», mirándolo seducida. Oh Dios.

Estaba a punto de flaquear.

Él asomó una sonrisa bribona y demasiado seductora; intentaba no reír. No le culpaba si pensaba que estaba chiflada. Solo una «chiflada» como yo le decía que no a un beso suyo. ¡Uno de Edward!

—Así que no puedo besarte —concluyó.

—Si quieres estar de una pieza… —le dejé caer—. Además es mi voluntad.

En mi interior la verdadera Isabella se partió de risa. ¡Y un cuerno tu voluntad! Te gusta, lo deseas como nunca antes has deseado nada. Siguió diciéndome muy a mí pesar. Y lo tenía que alejar de mí para protegerlo. La vida se estaba ensañando conmigo.

—Aceptaré tu voluntad.

Dio dos pasos hacia atrás, liberándome.

Fruncí el entrecejo.

Espera qué… ¿Y ya está? ¿No quería saber más? ¿Ni formularme una sola pregunta de por qué no podía besarme? Había sido tan fácil que no me lo había esperado. No me moví de inmediato. Nos miramos en silencio. Y no vi en su mirada que fuera broma. Su expresión era muy serena; sin alteraciones. ¿Iba a aceptar mi voluntad?

¿Por qué por un estúpido momento pensé que me besaría porque no creería en mis palabras?

—Ah —logré decir.

Los ojos de Edward se concentraron en mi rostro y se cruzó de brazos. No sé qué estaría pensando, pero me estaba poniendo nerviosa. Su mirada me tenía trapada. Tenía los ojos verdes más bonitos del mundo. Y ni que decir de esa sonrisa sexy que alteraba mi corazón. Y si bajaba más la mirada… esa camisa abierta era muy tentadora.

No mires sus abdominales, no los mires. Pensé más nerviosa que nunca.

—Gracias por aceptarlo —admití entre dientes sin poder evitar mi desilusión.

Asintió rascándose una ceja sin descruzar sus brazos. No podía creer que cada postura o gesto resultara en él más sexy de lo que parecía.

Envidiaba ese temple suyo. Yo estaba hecha un flan.

—Lo que diga una dama para mí es sagrado.

Esas palabras me obligaron a morder mi labio inferior con fuerza y asomé una sonrisa forzada para alejar las ganas de asaltar sus labios. ¿De qué maldito libro se había escapado Edward? Para él era una… dama.

Tragué un suspiro sin que lo notara. Lo mejor era que me fuera para alejar la tentación de mí.

—Será mejor que vuelva a la habitación —farfullé rehuyendo su mirada.

Le di una de mis sonrisas haciendo un gesto de aceptación. Nuestros hombros se rozaron cuando le di la espalda, y me fui alejando por el pasillo.

Aguanté la respiración.

Apreté las manos.

Tensé los hombros.

Quería llegar a la cama y golpear la almohada para así saciar un poco la rabia que me daba haber perdido otro beso con Edward. ¿Qué daño le haría que dejara que me besara? Ninguno. ¡Argh! Pero que tonta. Posiblemente me coronen como la más tonta por dejar escapar esa oportunidad. Podría arrepentirme, mandarlo todo por la borda y girarme hacia él para doblegarme al deseo. ¡Era lo que más quería!

Lo único que me mantuvo firme y apartó de mí todo anhelo, fue recordar esos sucesos de mi pasado para no hacerlo.

—Bella.

Su dulce voz fue un cosquilleo que no pude resistir.

Me giré hacia él y vi por su parte un movimiento rápido y repentino. Sus manos se aferraron en mis caderas con una velocidad que me dejó sin aliento y me llevó contra la pared sin vacilación. El suave choque me hizo abrir la boca. Y sus labios atraparon los míos con frenesí, con hambre, y unas ganas insaciables.

No fui capaz de pensar más allá de este beso. Me nubló por completo mi capacidad para detenerlo.

Me besó con una intensidad arrolladora y una pasión palpitante. Una de sus manos la ancló en mi nuca mientras que la otra la deslizaba con atrevimiento por mi cintura. Notar sus firmes dedos viajando por mis caderas de una forma sensual hizo que mi cuerpo ardiera, y voluntariamente me pegué más a él.

Todo volvió a esfumarse. Se esfumó la mansión, la isla, el pánico que me daba estar aquí. Pero sobre todo se esfumó el por qué no podíamos besarnos.

Solo existía Edward. Todo el deseo que sentía por él retornó como un huracán.

Sentía que de nuevo flotaba. Qué de nuevo me sentía más viva que nunca.

Me sentía deseada.

¿Quién era Edward y que había hecho con la Isabella cobardica?

Sus labios eran afrodisíacos, cálidos, explosivos. Hacía el amor con la boca. Una vorágine de lujuria se arremolinó en mí haciéndome sucumbir a la tentación de entregarme a él. Arrastré mis manos por dentro de su camisa deslizándolas hacia sus hombros. Su cuerpo se pegó al mío, duro, reclamando lo suyo, sintiendo como tensaba cada músculo bajo el roce de mis manos, haciéndome gemir. Estaba tan excitado como yo. Mis sentidos solo se centraron en el placer. Mi piel ardía como el fuego.

Sus dientes atraparon mi labio inferior, tiró de él lentamente y no pude más que dejarme arrasar por la oleada de sensaciones que se expandieron por mi cuerpo.

Quería esto. Quería mucho más que este beso. Eso era nuevo en mí. Nunca había sentido nada parecido. Parecía una adolescente que se dejaba arrastrar por sus hormonas.

Separó sus labios unos centímetros de los míos. Nuestras respiraciones se mezclaron. Noté los labios hinchados. Apenas podía coger aliento. Su frente se rozó con la mía en una suave caricia que me hizo sentir que esto era más íntimo de lo que imaginábamos.

¡Dioses! ¡Qué beso! Edward podría ser un buen «maestro de besos». Ese pensamiento me irritó. Y supe en ese instante de que no quería que besara a más mujeres. Qué únicamente fuera yo su alumna.

Estaba a punto de colapsarme.

—¿Y eso de que lo que diga una dama es sagrado? —mi voz sonaba agitada y brusca.

Sus ojos estaban oscurecidos, ardientes, llenos de pasión. Torció una sonrisa provocadora de suspiros.

—Si no te besaba me iba a volver loco —me confesó con una voz seductora—. ¿De verdad has pensado por un momento que iba a dejarte escapar?

Yo ya estaba loca por él. Sonreí con las mejillas ardiendo.

—Edward pero…

Me calló con otro beso prolongado, apasionado y dulce.

—Tú también me gustas, Bella Swan—su cálido aliento bañó mi mejilla recorriéndola lentamente con sus labios. Esa erótica caricia me derritió. Sentí que barba picaba sobre mi piel y eso solo me excitó más—. Y no voy a permitir que nada detenga esto que sentimos.

Cerré los ojos, colapsándose mis pensamientos. La emoción me inundó arrastrándome a sensaciones que jamás imaginé experimentar.

¿Dios mío, iba a dejarme llevar por este deseo? ¿De verdad que esto no era un sueño?

—Pero…

Solo me dio tiempo a ver como ponía los ojos en blanco antes de tomar mi rostro entre sus manos, asegurándose que no escaparía. Y de nuevo sus labios atraparon los míos de una manera que embriagó mis sentidos. Me llevó directa al cielo y a un pecado que me hizo sentir lasciva. Nuestros cuerpos salvajes y ardientes se reclamaron a través de la ropa. Y noté una calidez creciendo entre mis piernas.

—Me lo debías —susurró contra mis labios con picardía deteniéndose un momento.

De inmediato supe a qué se refería. Yo le hice lo mismo en el embarcadero. Llamarlo cuando más distraído estaba, y besar esos labios que se estaban convirtiendo en mi paraíso, en mi pecado, en mi más absoluta perdición.

Sonreí contra sus labios. Jugueteé mis dedos por su pelo, aferrándome a él.

Me liberé. No resistí más. Y gruñí en mi interior al sentirme derrotada, besándole yo esta vez.

¡A la mierda mis propios prejuicios!

Al menos hasta que regresara la Bella sensata que se había ido a no sé dónde durante un buen rato. Éramos gemidos y respiraciones. Edward mordió mi labio inferior de nuevo arrancándome un gemido más elevado y arrebatador, que sacudió mi cuerpo y que me obligó a agarrarme a sus hombros para no desvanecerme sobre el suelo.

Un maldito golpe en la segunda planta nos obligó a detenernos fijándonos en el techo. La pasión que ardía en mi cuerpo se esfumó tras un torbellino de hielo por culpa de ese golpe. Enredé mis manos en su camisa, atenazada por el miedo.

—Tranquila —bajé la mirada hasta la suya que me proporcionaba seguridad—. Seguro que es Jack. Es muy fisgón.

Lo dudé. Y lo vio en mi expresión. Suspiró dando un paso atrás, y se abrochó los botones de su camisa con rapidez.

—Vente conmigo y recorramos la segunda planta. Te quedarás más tranquila —entrelazó nuestras manos y tiró de mí.

No pude pensar nada por unos segundos al vernos cogidos de la mano, caminando.

Me ha tomado de la mano. Pensé hechizada.

Solo cuando íbamos a subir el primer escalón de las escaleras, me solté de su mano dejando mi mirada inquieta a mi alrededor. Edward volvió a suspirar.

—Bella, no va a ocurrir nada.

—Ahí arriba hay algo —le susurré.

Él giró su cabeza hacia arriba quedándose pensativo.

—Sea lo que sea se habrá marchado —me aseguró con total firmeza.

Al verme rehuir un paso, puso los ojos en blanco y tiró de mi mano, no tuve escapatoria, subiendo los dos las escaleras.

Conservé la calma. Aunque mi corazón estaba acelerado como nunca. No pude evitar rememorar lo que escuché… los pasos, las puertas, y ahora mismo no me sentía demasiado valiente para enfrentarme a lo que sea que hubiese arriba.

Apreté con más fuerza la mano de Edward al llegar a la segunda planta. No se quejó en ningún momento de mis exagerados apretones. Tenía el estómago tenso. Ponía la mirada en cualquier mínimo ruido que escuchara. Entre un pasillo y otro no dejé la tensión atrás.

Y mi más absurdo terror terminó en el vacío.

No había nada en los interminables y anchos pasillos de la segunda planta.

No al menos lo que yo me había imaginado que nos encontraríamos. Un espíritu cabreado. Puertas abiertas. Objetos tirados por los suelos. Pero no.

Todo estaba intacto. ¡Joder, esos pasos que oí fueron muy reales! Yo no me estaba volviendo loca.

Esta planta necesitaba una buena y exhaustiva limpieza.

Ventanas polvorientas.

Una descolorida alfombra cubría los suelos de los pasillos. Las molduras del techo eran de un tono marrón oscuro que hacía que todo fuera más apagado.

Las paredes habían perdido su tono; no sabría decir que color fueron en su época. La tenue luz que se colaba por la segunda planta, se debía a los candelabros de plata que había por distintos muebles de los pasillos. Edward había estado aquí. Lo que me hacía preguntarme… ¿en qué parte de la mansión habrá conseguido las velas?

—¿Lo ves? —me señaló tranquilo.

—No me fío —murmuré en tono pesimista.

Sacudió la cabeza y rió.

—He estado aquí, Bella. Todas, absolutamente todas las puertas están cerradas con llave. Es muy difícil entrar en ellas sin la llave correspondida.

Lo miré asombrada.

—Igual que las puertas de abajo —agregó.

—¿Y en la habitación que me dejaste?

Hizo un gesto de boca, tranquilo.

—Estaba atascada.

Humm eso era demasiada casualidad.

—¿Y cómo abriste la puerta principal de la mansión?

—Estaba abierta. Como te pasó a ti —comentó con algo de incredulidad.

Entrecerré los ojos. Y con brusquedad me deshice de su mano cruzándome de brazos, deteniéndome en seco.

—¿Por qué no me crees cada cosa que he dicho? —le pregunté directamente y con un tono afligido—. No te he mentido en nada.

Su serena y hermética mirada se convirtió en un glacial sin emociones.

Difícil se me hacía leer su expresión ahora. Estaba empezando a comprender que tan difícil era a veces entender a Edward.

Cabeceó despacio acariciándose la barbilla como si intentara descifrar algo. ¿Pero por qué no me contaba lo que pasaba por su cabeza? Nos tuteábamos, nos besábamos, ¿y no podía decirme por qué no me creía?

—No es que no te crea, Bella… es solo…

Un pequeño ladrido hizo que Edward se detuviera. Los dos miramos al mismo tiempo y encontramos a Jack al fondo del pasillo. Estaba sentado, mirando fijamente una puerta. No apartaba su mirada de esa puerta por nada del mundo. Torcía la cabeza, gimiendo. Y estaba segura de que había percibido que estábamos aquí, pero nada lo sacaba de esa puerta.

Me dio un escalofrío.

—Jack —lo llamó Edward, y giró al mismo tiempo su cabeza hacia mí—.Ves cómo era él.

—Qué esté aquí arriba no significa que esté solo.

Contemplé alertada que Jack no se movía ni un centímetro de esa puerta. Como si hubiera algo detrás de ella, como si hubiera olfateado algo fuera de lo común.

Me estremecí frotándome los brazos.

—¡Jack! —le alzó la voz Edward retumbándose entre las paredes.

Solo al llamarlo con un tono más exigente el perro logró salir de la conexión que tenía con esa puerta, y corrió hacia nosotros. Edward se inclinó hablándole, pero yo solo podía mirar la puerta en la que supuestamente Jack no había podido apartarse.

¡Qué demonios!

Incauta o valiente anduve hasta esa puerta.

—¿Bella?

Edward se quedó desconcertado al verme ir hacia allí, sola.

Apretando las manos y sintiendo un nudo en el estómago, fui acercándome a mi objetivo. Me repetí mil veces en ese trayecto, que no me iba a pasar nada. Porque Edward estaba cerca, porque ahora que estaba él, ese espíritu no me haría nada.

Inspiré y exhalé en pequeñas cantidades.

¡Deja de temblar, Bella!

Mis pies finalmente se detuvieron frente a la puerta.

Esa gran puerta era más grande que todas las del pasillo.

«Habitación del Diamante»

Fruncí el ceño.

Esas palabras estaban escritas sobre una placa plateada.

¿Todas las habitaciones tendrían el nombre de una piedra?

La forma de la puerta era rara. Cada cuadradito del diseño tenía en su interior un trébol de cuatro hojas del mismo color que la madera. Los tréboles estaban muy bien hechos y detallados para que resaltaran a la vista. Y para más enigma, la puerta tenía la misma cerradura que una de las puertas de la planta inferior. Desvié mi atención hacia ambos lados del pasillo.

Las puertas más próximas no tenían ni la forma de esta puerta ni esa rara cerradura.

Edward se acercó a mi lado con Jack, fijándose en lo mismo que yo.

—Es extraña —dije yo.

—Sí que parece diferente —la tocó por encima.

—Denali me dijo que la mansión está décadas cerrada. Pero esta cerradura es moderna.

Edward me dirigió una mirada confusa.

—¿Denali?

—El abogado del excelentísimo Masen.

Al ver mi sarcasmo sobreactuado sacudió la cabeza con una sonrisa.

—No es moderna. Fíjate en su modelo. Los botones, la forma de la ruleta de los números. No es digital. Fácilmente puede ser del siglo diecinueve o del siglo veinte. Depende de su fabricación. La mandó a poner Leonard Swan.

¡Mi bisabuelo!

—¿Por qué lo hizo? Abajo hay otra cerradura parecida. La vi en una puerta.

Se encogió de hombros.

—No sé por qué lo hizo. Pero por lo que dicen en Roundstone, era un hombre muy reservado, solitario, y solo pensaba en el patrimonio Swan.

—Habitación del Diamante —dije en voz alta—. ¿Qué habrá dentro para que mi bisabuelo llamara así a esta habitación?

Los dos nos mantuvimos en silencio pensando en ello durante unos segundos.

—Hay otras dos más repartidas por esta planta; Habitación del Zafiro y Habitación del Rubí, con las mismas cerraduras.

Aquello me confundió.

Me quedé boquiabierta.

—¿Cómo lo sabes?

—He recorrido esta planta, ¿recuerdas?

Puse los ojos en blanco y asentí con la cabeza.

Jack gruñó al lado de Edward e hizo que me tensara observando cómo le gruñía a la puerta con un aspecto feroz. Agarré la mano de Edward automáticamente con pavor.

—Jack —lo regañó. El perro dejó de gruñir y miró a su dueño, gimiendo—. Esta isla puede también volver paranoicos a los perros. Vámonos —su voz sonaba segura y clara.

No me soltó de la mano, dirigiéndonos hacia abajo. Eché una mirada furtiva hacia arriba, fijándome en las escaleras de la tercera planta.

—¿Qué hay en la tercera planta?

—Parece un desván. Pero la puerta está cerrada.

¿Un desván? Ese lugar si tenía que estar lleno de bichos y telarañas.

Llegamos a la habitación de la primera planta, la única a la que se podía acceder.

—Son más de las tres de la madrugada, deberías descansar —me propuso.

—Apenas tengo sueño —le respondí frotándome un brazo.

—Inténtalo —extendió su mano acariciando mi mejilla. Fue tan confortante que quería que esa caricia perdurara para siempre—. No es la mejor cama del mundo pero tienes algo en lo que dormir.

—Tenemos —le corregí.

¡Guau! ¡¿Acabas de soltar eso, Isabella Marie Dwyer Swan?! ¿Tú? Me grité en mi interior. Sonrió con un gesto de boca sexy. Y yo estaba más que dispuesta a dejar que se metiera en esa cama, conmigo. No habría nada de malo. Solo dormiríamos.

Eso no es lo que tú quieres en realidad. Me habló mi lado más alocado, perverso y lleno de fantasías.

Apreté las manos sacudiendo esos pensamientos que estaban a punto de embotarme.

—Eso es tentar demasiado a la suerte —suspiró resignado al reconocerlo.

Aguanté la risa.

—Yo me río de mi buena suerte.

—¿Por qué lo dices?

Sacudí la cabeza.

—Por nada.

Fui hasta la cama subiéndome a ella. Le di unos golpecitos a la almohada.

Estaba amarillenta y llena de polvo. Haciendo un mohín, decidí apartarla y dormir sin ella. Edward se acercó al sillón cogiendo del reposabrazos una manta marrón. ¿Tenía pensado dormir en ese incómodo sillón? ¿Por qué? A mí no me suponía ningún problema que durmiéramos juntos. La verdad es que hasta yo misma me sorprendía de que deseara estrechar lazos tan íntimos sin apenas conocernos. La Bella de antes se habría negado en rotundidad.

Habría pensado que era una locura dormir con un desconocido. Pero Edward era muy distinto a todos los hombres de este planeta. Y no exageraba. Me lo decía mi propio corazón. Me guiaba por él. Con Edward tenía una conexión que aún no sabía explicar.

Se acercó a mí mirando solo la manta que tenía entre sus manos con una expresión dudosa.

—La tenía en mi barco, está limpia, pero no sé…

¡Oh! Me la estaba ofreciendo para que durmiera reguardada bajo el calor de la manta. Había ido hasta su barco para traérmela. Solo para mí. Sonreí ante su nerviosismo, y se la quité de sus manos extendiéndola encima de mí.

—Es perfecta. Gracias.

Esbozó una ancha sonrisa y asintió con la cabeza, alejando la tensión acumulada. Y se giró hacia el sillón, sentándose en él. Dejó los codos apoyados en sus rodillas y puso sus manos debajo de la barbilla, con la mirada perdida en la chimenea.

—Gracias por volver a por mí.

Me miró sacando una media sonrisa.

—Deja de darme las gracias.

—Entonces tú deja de sentirte culpable.

Frunció el ceño.

—¿Crees que no lo veo en tu cara?

Apartó la mirada, mucho más remordido.

—No tendría que haberte dejado sola.

—No tenías obligación de quedarte. No te mortifiques más.

—Eso no va a cambiar el hecho de que me sienta mal.

Sacudí la cabeza.

Cabezota. Pensé.

Bostecé tapándome la boca, acurrucándome más en la cama.

—¿Sigues pensando en marcharte a Nueva York? —me preguntó al cabo de un minuto.

—Sí… —fui cerrando los ojos al sentir como todo mi cuerpo se rendía al agotamiento—. Masen puede quedarse con todo.

Si Edward me habló, no lo escuché, porque caí en un largo y profundo sueño.

La oscuridad me envolvió, me atrapó, me subyugó. No era la primera vez que me pasaba en un sueño.

Tenía una ligera sospecha de que vendría después.

Y entonces una luz me atrapó repentinamente, cegando mis ojos. No tardó más de dos segundos en desaparecer. Pero habían sido dos segundos eternos.

El sueño me llevó a un lugar. Un lugar que reconocí, pues fue la última vez que nos vimos.

Esperé a Michael, en el lujoso lobby del hotel donde estaba hospedado. El recepcionista me mandó un saludo al verme caminando de un lado para otro, y yo se lo devolví. Con un gesto amable me ofreció que me sentara en uno de los sillones de cuero, pero lo rechacé con una sonrisa.

Afuera nevaba, y me quedé mirando los copos de nieve a través de las grandes cristaleras. Michael me había hablado por el móvil de una sorpresa. No podía imaginarme que será. Esta era nuestra quinta cita.

Me repetía como una paranoica cada día, que a él no le pasaría como a Peter. Habíamos pasado de la quinta cita. Eso tenía que significar algo. La vida no podía ser tan cruel e injusta conmigo.

Estamos en la quinta cita, esto es bueno… es buena señal. Pensé una y otra vez.

Tenía el abrigo negro colgado del antebrazo y al poco tiempo me di cuenta que lo estaba retorciendo con las manos. Estaba nerviosa, para que mentir.

Esperaba que Michael no volviera a presionarme para que nos acostáramos.

Llevaba desde la tercera cita con ese plan de llevarme a la cama. ¿Qué prisa había? Yo no era de las que se lanzaban a la bragueta del primer tío guaperas solo porque fuera un adonis. Eso no iba conmigo. Yo no me dejaba cautivar solo por la apariencia física.

Primero quería conocerlo más. Quería saber cómo era su «yo interior».

Porque la belleza interior de un humano era lo más hermoso que existía. Y hasta ahora, Michael, no me había dejado ver casi nada. Lo que me hacía preguntarme: ¿por qué?

Después de pasear por el lobby unos largos cinco minutos, vi a Michael. Su cuerpo estaba envuelto en un traje negro de tres piezas. Se veía guapo, elegante, todo un magnate de los negocios. Era un chico amable, también un poco presuntuoso ya que le gustaba presumir de sus millones, pero era simpático, me gustaba, pero no me hacía sentir esas famosas mariposas en el estómago. O que todo mí alrededor se paralizara. O que mi pulso se acelerara nada más verlo. Pasaba buenos ratos con él, pero nada más.

Tal vez con el tiempo… podría sentir más cosas por él. Era muy pronto para hablar de sentimientos profundos y fuertes.

Abrió sus brazos con una ancha sonrisa mirándome embobado.

—Estás preciosa.

Su boca atrapó la mía nada más terminar, no me lo esperé ciertamente, y me dio un beso que me sabía a poco, al separar nuestros labios precipitadamente. Sus labios siempre los sentía fríos e insípidos. No sabía por qué. Tal vez era yo la culpable, porque no le daba todo lo que él deseaba.

No tardó demasiado en dejar los ojos en su BlackBerry. Volvió a sumergirse en ella, captando toda su atención, como si fuera su segunda vida.

Carraspeé porque podría tirarse horas mirando los asuntos de su trabajo; ya lo había hecho más de una vez, ignorándome por completo.

Logré captar su atención.

—Discúlpame —se guardó la BlackBerry en el bolsillo de su chaqueta.

Su mano acarició mi mejilla, fue un roce íntimo que me estremeció.

—¿Qué te parece si pedimos la cena en mi habitación? —insinuó con una sonrisa.

Le sonreí entre nerviosa y sonrojada.

Sé lo que quería. Pero no estaba preparada.

—No corras tanto —le expresé en un susurro al pasar por nuestro lado una pareja.

Inhaló con profundidad. Puso los ojos en blanco y asintió tomando mi mano. Esta es otra de esas veces que se lo tomaba con calma.

Unos instantes después mi móvil sonó dentro de mi abrigo. Me detuve soltando la mano de Michael para cogerlo. En la pantalla vi un mensaje de Alice.

—Es Alice —le dije haciendo una mueca de disculpa.

—Está bien. Iré pidiendo un taxi —me hizo un gesto y se alejó hacia las puertas giratorias.

Puse atención en el móvil y abrí el mensaje.

«Tengo que contarte algo muy importante de Michael. No cenes esta noche con él.»

Pero qué…

Ver el nombre de Michael y ese aviso hizo que mis ojos se deslizaran hacia él.

Michael en ese mismo instante estaba atravesando las puertas giratorias, poniendo una mano sobre el cristal para que se movieran.

Y todo cambió en una fracción de segundos.

El estallido de los cristales hizo que me agazapara por el retumbante ruido. Hubo gritos. Personas corriendo. Más gritos.

La presión de mis oídos pudo conmigo. Logré escuchar; «llamen a una ambulancia». Estaba paralizada. Mi cuerpo se agarrotó. El corazón me bombeaba con fuerza. Sentía como la bilis subía por mi garganta.

Michael estaba tirado en el suelo, tenía sangre. No se movía. Había cientos de trocitos de cristales sobre él y también esparcidos a su alrededor. Todos esos cristales eran de las puertas giratorias. Quería socorrerlo, pero mi shock me lo impedía.

Lo ha vuelto a hacer. La vida me vuelve a decir que no puedo estar con ninguno. Me repetí una y otra vez en mi cabeza.

Mis ojos desorbitados y llorosos se desviaron hacia una mujer que había cerca de los cristales porque llamaba demasiado la atención. Su rostro me era familiar. La había visto en otra parte, pero la conmoción impidió que indagara en mis recuerdos. Su pelo era largo, ondulado y de color castaño.

Su vestido negro como el carbón le llegaba hasta los pies. Iba descalza. Eso me desconcertó por completo. No tenía pinta de ser sensata, ya que tentaba a cortarse con los cristales. Solo yo la miraba, nadie más le prestaba atención en esos instantes. Como si nadie lograra verla para gritarle que se alejara del peligro. Tenía los hombros encorvados. Su aspecto era lúgubre. Lleno de pena. Hasta que una sonrisa se dibujó en sus labios. Sonreía hacia Michael con malicia, como si se alegrara de lo sucedido.

Eso me dejó impresionada.

Su rostro se endureció segundos después. Y me miró dejando de sonreír.

Sus tenebrosos ojos marrones consiguieron que no pudiera moverme. De todas las personas, las que estaban asustadas, las que atendían a Michael, las que miraban lo sucedido con estupor, me había mirado a mí, como si yo fuera su objetivo.

Y logró que todo se nublara en mis ojos.

Una baba pegajosa se extendía por toda mi cara. Eso fue lo que consiguió que despertara de ese escalofriante sueño. Mi cara estaba pringosa, llena de babas. No había que ser un lince para saber quién era. Aún adormilada, abrí un ojo y luego el otro. Jack estaba lavándome la cara a lametazos. Asomé una sonrisa exhalando un quejido, lo que hizo que Jack gimiera sentándose sobre sus cuatro patas y torciendo la cabeza de una forma adorable.

Bostecé.

El sol entraba a raudales bañando la habitación. Ha sido una de las noches más largas de mi vida, pero también debía reconocer que había dormido como si hubiese estado sobre una esponjosa y suave nube; a pesar de ese horrible sueño.

Apreté los ojos. No quería pensar en Michael.

Tumtum…tum… tumtum…

Ese extraño ruido terminó por despertarme del todo. Era parecido al corazón, sonando en mi rostro que estaba sobre la almohada. No. Espera. Era exactamente un corazón. Y ahora que estaba más espabilada, recordaba perfectamente que había optado por no dormir con la almohada.

Al girar mi rostro me vi ante la sorpresa de verme apoyada sobre el pecho de Edward. Las mejillas me ardieron de pronto. El pulso se me aceleró a la velocidad de un rayo. Me quedé sin aliento.

Recorrí con la mirada a Edward, sobre todo como sus fuertes brazos rodeaban mi cintura para tenerme contra él. Oh Dios. ¡Habíamos dormido juntos!

Pensé que al final no desearía dormir en la cama, conmigo. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

Ha dormido a mi lado. Pensé ruborizándome.

Dormía. Profundamente. Sus brazos me aportaban una seguridad que logró trastocar mi corazón. Me quedé embobada, mirándole. Era tan dulce, perfecto, caballeroso, protector, apasionado y guapo como el infierno.

—Eres tan diferente —susurré.

Llevé mis dedos a la boca con una sonrisa boba. No sé en qué momento de la noche se habrá metido en la cama, pero no me importaba. Lo que me hacía sentir Edward jamás lo había experimentado. Jamás. Era una fuerza mucho mayor que mis propios prejuicios. Pensar en ese maravilloso y ardiente beso que me dio en el pasillo hizo sacudir mi cuerpo. Mordí mi labio. Quería recorrer mis dedos por su rostro varonil y angelical. Pasear mis dedos por su barba que le hacía el rostro más gruñón. Apreté los labios para no reír. ¡Eso nunca se lo diré!

Bajé la mirada por ese cincelado y escultural cuerpo, presa de un deseo lleno de fuego. Me moría por tocarlo, pero no quería despertarlo y que no le gustara encontrarme pegada a su cuerpo, y con la cabeza apoyada en su pecho como si fuéramos una perfecta pareja.

¡Ja! Se rió mi suerte. Y la maldecí.

Suspiré con pesar.

Después de hoy no volveremos a vernos.

Aquello me dejó vacía, me disgustó, haciendo que una brecha se abriera en mi corazón.

Mis ojos encontraron a Jack cerca de la puerta, me miraba apremiante. Deseaba salir de la habitación.

No quería desprenderme de los brazos de Edward. De su cálido cuerpo que solo conseguía que deseara pegarme más a él. Al final la manta había acabado desperdigada por el suelo. A regañadientes y con cuidado, quité los brazos encadenados de Edward de mi cintura y salí de la cama quedándome de puntillas, soltando aire.

Jack movió su cola cuando me acerqué.

—¿Quieres salir? —le susurré bajito.

Le abrí la puerta y unos cálidos rayos de sol bañaban el pasillo. Cerré los ojos dejándome bañar por ellos. Me aproximé a la ventana que estaba frente a la puerta. El cielo se hallaba despejado, azul, sin una sola nube.

Alice tenía que estar muerta de la preocupación.

Y caí en la cuenta de algo muy primordial.

¡Mi bolso y mi móvil!

El primero lo dejé en el recibidor. Y el segundo en la cocina.

Caminé mucho más relajada por los pasillos para llegar primero al recibidor.

Una ráfaga de aire llegó hasta mí haciendo que me frotara los brazos al sentirme helada. Qué raro. Era como si una ventana estuviera abierta y todo el aire se colara por ella. Era imposible. Bien sabía que ninguna de la primera planta podía abrirse.

Llegar al recibidor y ver la puerta principal abierta de par en par… fue como si me hubieran tirado un cubo de agua congelada. Retrocedí un paso, intimidada y alterada, alejando de mí toda la calma que gracias a Edward pude conseguir que entrara en mí. ¿Qué quería la mansión de mí? ¿Volverme loca?¿Asustarme para que saliera pitando de aquí de una vez por todas?

No creía que Edward se dejara la puerta abierta si en algún momento de la noche había salido mientras yo dormía. No sería tan loco e irresponsable.

En menos de veinticuatro horas había pasado de no creer en fenómenos paranormales… a creer en ellos. Parecía loco, absurdo, sacado de una película. Pero un día aquí y te dabas cuenta de que este lugar parecía estar vivo. Lo que sí sé cien por cien, es que está mansión tenía algo fuera de lo común. Tenía un poder sobrenatural que hasta la persona más cuerda podría trastocarla.

Fui hasta la puerta apoyando mi mano en el pomo frío, y con un chirriante sonido, la cerré.

—¿Qué demonios quieres de mí? —susurré con los ojos cerrados y la cabeza agachada.

El silencio que me envolvió consiguió ponerme los pelos de punta.

El bolso no estaba en el suelo del recibidor. Juraría que lo dejé caer aquí. Tras verme dominada por el miedo, no volví a por él. El ladrido de Jack me distrajo y lo seguí, llevándome hasta la cocina.

Miré la estancia con angustia no gustándome recordar que aquí me escondí toda hecha una histérica, llena de un pavor que no quería volver a sentir nunca más.

Jack estaba sentado frente a la puerta de las Bodegas Swan.

Lo miré fijamente.

—¿Pero qué te pasa con las puertas? Ayer la de arriba. Hoy esta —le expresé anonadada.

Sacudí la cabeza muy desconcertada y de reojo vi mi bolso y mi móvil sobre la isla de la cocina. Me acerqué a ellos, tomándolos. ¿Cómo había llegado hasta ahí mi bolso? ¿Y el móvil?

Un objeto metálico hizo que de pronto todo mi cuerpo se quedara rígido, fijándome con más claridad en lo que había cerca del fregadero.

Abrí los ojos como platos.

Mi corazón latió acelerado.

¿Qué le ocurría a esta mansión? ¿Cambiaba de sitio los objetos y luego los devolvía a su respectivo lugar? ¿Qué fenómeno paranormal habitaba aquí?

Con pasos pequeños al sentir todo mi cuerpo tembloroso, me situé frente ese objeto, mirándolo despavorida.

Oh, no.

.

.

.