Personajes: Sthepenie Meyer.Historia: Delora L. Pereñiguez
Capítulo 9:
Bella PDV
El cuchillo oxidado estaba ahí, otra vez. ¡Pero qué locura era esta!
Recordaba que la última vez que pasé por la cocina para intentar ocultarme había desaparecido. Lo recordaba muy bien. Mis pensamientos se espesaron. Inicié un quebradero de cabeza que me produjo un escalofrío de pavor. Avancé mi mano hacia el cuchillo, pero al filo de tocarlo, me sentí temerosa y aparté la mano apretando los dientes.
Mis ojos no se despegaron de él. Intenté encajar el maldito enigma de por qué hace unas horas había desaparecido el cuchillo (cuando estaba sola en la mansión), y ahora estaba como si nunca se hubiera movido de su sitio.
Me estremecí.
Empecé a hiperventilar.
Comencé a sentirme como si me hubiese caído a un pozo oscuro, sin agua, rodeada de una piedra fría y húmeda. Me asfixio. Me agobio… Por más que intentaba salir de él no lo lograba. Las paredes resbalaban, la luz del día la veía lejos.
Esa escalofriante sensación me produjo que me quitara la chaqueta tras sentir un agobio tan súbito. Solté aire con brusquedad, dejando una mano en mi pecho. Intenté encontrar un punto de calma para sobrellevar todo y posiblemente lo hubiese logrado, sino fuera porque al bajar la mirada a mis brazos se me escapó un jadeo de impresión.
—Dios… ¿qué es esto? —expresé impactada.
Mis ojos viajaron deprisa de un lado al otro. Negué con la cabeza, estupefacta.
No recordaba haberme golpeado. No. Esto tenía que ser un error. ¿Cuándo me había hecho esos hematomas?
En ambos brazos se habían originado unos hematomas grandes, marcados, de un morado-azulado. Eran recientes. Sentía la piel tirante. Y solo con pasar las yemas de los dedos me dolía.
Apreté los dientes tras comprobarlo.
—Se me olvidó decirte que dejé tu bolso y tu móvil sobre la isla cuando me puse a investigar la mansión.
Una voz me sobresaltó y alcé la cabeza sobrecargada por la conmoción.
¡Ya estaba despierto! Sin apenas girarme, me puse rápidamente la chaqueta para ocultarle a Edward los hematomas de los brazos. No quería que los viera.
Por nada del mundo podía verlos.
Edward me miró preocupado, acercándose un paso más.
—¿Estás bien? Te has puesto pálida.
—Sí —miré de reojo el cuchillo tocándome la frente—. Oye, ¿ese cuchillo estaba aquí cuando dejaste el bolso y el móvil? —lo indiqué con un dedo.
Edward desvió su atención hacia él. Sacudió la cabeza con normalidad.
—No lo recuerdo.
Mierda. Eso no me ayudaba.
¿Es que la mansión se había propuesto volverme loca?
Estaba tan absorta en mis pensamientos que apenas escuchaba lo que me hablaría. Miré de reojo otra vez el cuchillo y a mis brazos escondidos por la chaqueta… no me sentía nada bien. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a los hematomas. Me estrujé los sesos para encontrar ese momento donde me golpeé y así zanjarlo de una vez. No era una persona propensa a los golpes. Por eso no entendía esos hematomas.
Y estaba a punto de autoconvencerme de que los hematomas tenían que tener una relación lógica para que me hubieran salido, cuando por mi mente pasó el momento en el que desperté en el baño, a oscuras, sintiéndome embotada, llena de mareos y con un fuerte dolor en mis brazos.
Me dolían. Como si alguien me hubiese apretado con fuerza. Una fuerza sobrenatural.
La imagen de la puerta abierta cruzó por mi mente sintiéndome atemorizada.
Los ojos me escocían. El temor me golpeó y me hizo daño de una forma salvaje. Bajé la mirada quedándose mis ojos pegados en la chaqueta.
No pude más. Y salí disparada fuera de la cocina. Me sorprendía que me temblaran las piernas y pudiera correr sin caerme, al sentir que todo se me venía encima.
—¿Bella? —me habló Edward pisándome los talones.
No le dije nada. Me dirigí a toda prisa por el pasillo hasta llegar a la puerta del baño… ese lugar en el que me encerré para sentirme más segura. Tragué saliva. El corazón me latía con fuerza. Toqué el pomo frío. Lo giré. Estaba cerrada. Lo volví a intentar con más brusquedad soltando un gruñido.
¡Yo había entrado aquí! ¿Por qué demonios ahora estaba cerrada?
—Bella —me detuvo Edward apartándome de la puerta al cogerme de la cintura.
—¡No se puede abrir! —la señalé con agitación sin despegar los ojos de ella.
—Porque está cerrada con llave. ¿No lo ves?
Lo miré llena de pánico.
Mesé mi cabello con fuerza.
—¿Qué te ocurre, Bella? —su pregunta la formuló lleno de ansiedad.
Me quedé mirándole. Quise gritarle todo, desahogarme con él, refugiarme en sus brazos… pero no pude. Porque sé que simplemente no me creería. No lo hacía. Y eso me dolía más que la propia paranoia que me estaba haciendo yo sola por culpa de esta maldita mansión.
Sacudí la cabeza forzándome a respirar con tranquilidad.
—Aquí no tengo nada que hacer. Sácame de aquí —intenté sonar serena.
Observó con atención mi rostro durante un buen rato. Fui una cobarde y no le devolví la mirada, esperando a que hablara. Vi de refilón como asentía con la cabeza con la mandíbula apretada. Parecía consternado.
—De acuerdo. Pero antes déjame mostrarte una cosa.
Puse un rostro desconcertado bajo todo lo que estaba atravesando, cuando me tomó la mano y me llevó con él. Nos detuvimos al final de un pasillo sin salida y delante de un retrato. Debajo de éste había una cómoda clásica.
—¿Quién es? —pregunté señalando el cuadro.
—Leonard Swan.
Me quedé boquiabierta. ¿Y por qué me lo mostraba? Lo último que deseaba ver de aquí era a mi supuesto bisabuelo. Ya no quería saber nada de los Swan, ni de esta mansión y menos de esta isla. Mi instinto me gritaba a voces que corriera lejos de esta isla… y eso iba a hacer.
Él vio mi reacción huidiza y negativa, y negó en un gesto que hiciera con una mala intención enseñarme el retrato de mi bisabuelo.
—Solo quiero que lo veas por un minuto —inspiró aire mandando una profunda mirada al cuadro que me dejó extrañada—. Espero que veas lo que yo veo, y cambies de opinión. Voy a recoger las cosas de la habitación.
Se dio la vuelta alejándose con pasos ligeros y me quedé con la mano alzada y las palabras atascadas en mi boca, al desear preguntarle de que opinión quería que cambiara.
Solté aire con brusquedad.
Me enfurruñé.
Estaba decidida a largarme de este lugar. Y ahora más que nunca. No sé qué quería Edward … pero nada me ataba a este siniestro y loco lugar. Nada.
¿Fue una maldición que Eleazar Denali me dijera que yo era una Swan? ¿Fue un error venir aquí? Seguía teniendo mis dudas.
Me crucé de brazos con un aspecto de lo más incómodo. Odiaba el silencio en esta mansión, era escalofriante, frío, sepulcral, y el hecho de que Edward me dejara sola me tenía de los nervios. No quería empezar a imaginar que veía cosas o las oía de nuevo… ¡porque ya está bien! No sé qué quería Edward que observara del retrato, no había nada de especial en él. Solo era un hombre que en su momento posó con elegancia y cierta rigidez para el retrato.
Bajo la esquina inferior izquierda del cuadro había una fecha; 1930, Septiembre.
¿Humm tal vez Leonard tendría unos cincuenta años en ese tiempo? No sé. Su cabello era grisáceo, no restándole para nada un atractivo bastante indiscutible. No podía ver todo su cuerpo, pues el retrato solo mostraba de la cintura para arriba, pero llevaba un traje blanco. Eso sí era demasiado peculiar. ¿Por qué para posar ante un retrato se puso un traje blanco? Tenía un porte riguroso. Pero en sus labios asomaba una leve sonrisa. Demasiado sencilla, pero que transmitía algo de confianza tras suavizar sus rasgos duros y fuertes.
Me acerqué un paso más sumergida en mi curiosidad al embargarme una sensación de tristeza que se arremolinó en mi alma. Oh. Sus ojos eran marrones.
Un marrón como el mío.
No sabría qué decir. No había tenido tiempo de imaginar cómo era mi bisabuelo. Y ahora que había podido hacerme una idea de que como fue… me encontraba metida en un huracán de emociones que me golpeaban por segundo.
Logró hacerme sonreír.
En su tiempo debió de ser un hombre apuesto y encantador.
Mis ojos no se desprendieron de los suyos. Me sentía turbada. Algo me gritaba mi alma, pero no lo captaba porque tenía demasiadas cosas en la cabeza para dejar que se esclareciera en mi alma. Había una fuerza magnética que me impedía que dejara de mirar los ojos de mi bisabuelo. Como si me empujara a que profundizara más en ellos.
Torcí la cabeza, estudiándolos.
Y por un efímero instante me vi en esa expresiva mirada.
Retrocedí un paso hacia atrás escapando de mis labios un jadeo.
¡No puede ser!
Teníamos la misma mirada. Asustada, bajé la vista hasta la cómoda que había debajo del cuadro para alejarme de mi bisabuelo y de todo lo que me había hecho sentir. Parpadeé con los ojos húmedos observando algo peculiar. En el primer cajón parecía haber algo blanco sobresaliendo. Volví a acercarme abriendo del todo el cajón. Era un trozo de papel. En la esquina superior izquierda había un sello y unas palabras: «Crónicas de los Swan».
—Lo tengo todo. Podemos irnos.
No me dio tiempo a leer más. Jadeé volviéndome hacia Edward, escondiendo a tiempo el papel detrás de mí con disimulo. Le sonreí nerviosa. Edward inclinó la cabeza hacia un lado con una expresión sospechosa. Sus ojos se posaron en la cómoda y luego en mí.
—¿Todo bien?
—Ajá… Sí —contesté actuando con tranquilidad.
Me miró por un momento más, en silencio. ¿Me había pillado tomando ese papel roto?
—Bien. Vamos —hizo un gesto con la cabeza.
Cerró la cremallera de la mochila y se dio la vuelta, alejándose. Suspiré mirando el papel en mis manos, y siendo una total locura, y no pensándolo demasiado, lo guardé en el bolsillo del pantalón.
No pude evitar echar un largo vistazo a la mansión cuando estaba fuera y Edward se alejaba por el camino con Jack. Fueron unos segundos en los que me sentí extraña y nostálgica. Nada debería afectarme, pues esto no lo sentía nada mío, pero desde que me había visto reflejada en la mirada de Leonard…
No sé... Algo había cambiado en las amargas tempestades de mi corazón, que por años, me habían asolado.
A Edward algo lo tenía inquieto, turbado. Lo sé. Porque estaba atento al mar y a mí. Su rostro estaba enmascarado por la seriedad y un ceño fruncido, como si algo le estuviera mortificando. De camino a Roundstone, apenas hablamos más allá de que la tormenta había dejado un cielo despejado y de un intenso y bello azul. Intenté descubrir que pasaba por su cabeza para tenerlo así. Pero era difícil penetrar en sus pensamientos.
Estaba decidida a irme y aun así no sé por qué le daba tantas vueltas.
La llegada a Roundstone fue extremadamente silenciosa. No sabía cómo abordar el tema que dejamos en la isla Swan. Bueno, en realidad no lo dejamos, porque no habíamos seguido con esa conversación, pero no paraba de darle vueltas. ¿De qué quería Edward que cambiara de opinión?
Hoy estaba en uno de mis días espesos, la verdad. Pero no me extrañaba nada con todo lo que me sucedió ayer. Fue una pesadilla de la que al fin había salido. Me entraban escalofríos de solo recordarlo. Miré de reojo a Edward que estaba apilando unas cajas cerca del puente de mando. ¿Qué hubiera pasado si él no llega a aparecer?
Una mala sensación me recorrió todo el cuerpo.
Mejor ni lo pienses. Me dije en el acto.
Me vi en un problemón —nuevamente— al intentar subir al muelle. Lo odiaba, definitivamente. ¡Y eso que llevaba una ropa mucho más cómoda!
Pero no lo facilitaba para nada que el barco no dejara de moverse. Jack me rozó pasando por debajo de mis piernas, y ladró, observando boquiabierta como daba un salto llegando con una facilidad envidiable al muelle. Y se marchaba corriendo. Vaya… sí que tenía prisa.
Estaba por sugerirle en broma a Edward que pusiera una escalerilla para facilitar el acceso al muelle, cuando noté sus fuertes manos en mi cintura. De mis labios se escapó un pequeño grito al sentir como me levantaba en volandas dejándome sobre el muelle.
El corazón me revoloteaba sin cesar. Él pegó un salto con la agilidad de un mismísimo ángel, poniéndose a mi lado en nada de tiempo.
Le sonreí, nerviosa.
—Gracias, otra vez.
Sus ojos brillaron con intensidad, asomando una sonrisa arrebatadora que hizo que todo se congelara a mi alrededor. Adelantó un paso quedándose tan cerca, robando mi aliento.
—Siempre será un placer.
Su mano remetió un mechón de mi pelo detrás de la oreja.
Oh Dios. Mis mejillas ardieron.
—Ya estamos aquí —admití mirando a mi alrededor sin saber que más decir.
Él suspiró dejando sus ojos en el mar con una expresión seria. Hice una mueca. No me gustaba cuando se ponía tan serio.
—Es lo que deseabas —torció el gesto.
Parecía áspero, distante.
¿Qué te ocurre, Edward?
Me enfadé conmigo misma. ¿Y por qué no podía preguntárselo directamente?
Tal vez quería que lo dejara solo —por alguna razón—, ya fuera porque había perdido horas en su trabajo o por algún asunto personal que no me incumbía. Y tal vez no sabía cómo decírmelo porque ante todo él era un caballero. Me costó un mundo, pero lo más sensato que hice fue darme la vuelta para darle su espacio y volver al hotel y ver a Alice.
—Bella.
Edward me agarró del antebrazo e hizo que me girara hacia él, haciendo que de ese modo quedáramos casi pegados. Mi piel se calentó. Su simple cercanía siempre me descontrolaba, no me hacía dueña de mi ser. No sé qué estaba haciendo Edward conmigo, como me controlaba, como me seducía, pero me gustaba, aunque no sé cómo iba a acabar todo esto. No había vivido buenas experiencias en mi pasado… pero algo había en Edward que mi «mala suerte» no le perjudicaba.
¿Podía ser posible?
¡No te hagas ilusiones! Se rió mi suerte de mí.
Su cercanía me embriagaba, dejándome a merced de un deseo descontrolado que viajaba hacia los más estrechos huecos de mi corazón y los iluminaba de luz.
Estaba dispuesta. Estaba dispuesta a quedarme si él me lo pedía.
Lo miré ilusionada.
—¿Sí?
—Quiero decirte que yo…
Su móvil sonó repentinamente. Rompió el momento. Edward respiró con fuerza, casi en un gruñido, sacando del bolsillo su móvil, ojeando en la pantalla quien era. Y quién fuera, hizo que su cabreo aumentara, porque apretó la mandíbula y masculló algo que no logré captar al ser irlandés.
—Tengo que atender la llamada —sacudió el móvil en su mano.
—Claro —dije en un gesto.
Y se dio la vuelta entrando en su barco, marchándose hacia el puente de mando.
—¡Por qué demonios has tardado tanto en llamarme! —le gritó a la persona que estaba al otro lado del móvil—. Ya es demasiado tarde…
Cerró la puerta haciendo que esa conversación se quedara guardada en ese pequeño sitio.
Definitivamente algo le ocurría.
¿Con quién estaría hablando? Parecía haberle cabreado mucho. Pero mucho.
No. No y no. No seas cotilla, Bella. Eso no te importa. Corté de tajo mi lado cotilla. Cuadré los hombros y me giré sobre mis talones, caminando sobre el muelle con mucha más facilidad que cuando vine con los tacones.
Tenía sesenta llamadas y bastantes WhatsApp en el móvil. Todos de Alice.
El muelle estaba vacío y deseaba llegar al hotel para verla. Apenas eran las diez de la mañana. Sé que estará muerta de los nervios tras haber estado prácticamente veinticuatro horas desaparecida. Esperaba que no empezara con sus sermones, porque bien la conocía que se podría tirar horas regañándome como si yo fuera una niña pequeña.
—Tú debes de ser una de las curiosas.
Una voz desconocida se alzó detrás de mí. Ya tengo a uno de esos del bar, volviendo a resaltarme que soy una curiosa. Pensé quemada. ¡Qué manía con llamarme curiosa!
Puse un rostro malhumorado tras escuchar ese apodo antes de girarme hacia ese hombre. Y di un pequeño brinco, dando un paso atrás. Me quedé asombrada al toparme con un hombre joven. Rondaría la edad de Edward. Era alto. Muy guapo. Musculoso. Tenía una pequeña cicatriz en su mejilla izquierda que casi le rozaba la comisura del labio y que le endurecía algo los rasgos. Pero su mirada oscura era atrayente.
Parpadeé ligeramente. ¿De dónde había salido?
—Me llamo Bella —repliqué mosqueada.
Me hizo un gesto con la mano siendo una clara disculpa.
—Sí, discúlpame, Bella —agachó levemente la cabeza con un aspecto avergonzado, repasando una mano por su pelo—. ¿Has visitado la isla Swan?
—Sí.
El viento se removió a nuestro alrededor y me trajo un intenso olor a tabaco. Venía de ese chico. En su mano derecha tenía un pequeño objeto con una forma cúbica. Jugueteaba con él. ¿Era un dado?
Por un momento nos rodeó un silencio. Y no sería tan incómodo si él no me estuviera mirando demasiado atrevido y curioso. ¿El deporte favorito de los aldeanos de Roundstone era mirar con tanta frescura a los desconocidos?
—¿Te ha gustado? —me preguntó al cabo de un minuto.
—Ha sido una experiencia que no tengo ganas de repetir.
Asomó una sonrisa seca con una mano metida en el bolsillo de su vaquero.
—No se habla muy bien de la isla de Blood Swan —me avisó con sinceridad.
Me estremecí. Ese nombre seguía sin gustarme.
—No me extraña —dije para mis adentros—. Lo más desagradable de allí fue no haberme encontrado con Masen, pero en fin… Al mal tiempo, buena cara —me desahogué de sopetón sin haberlo pensado mucho; sobre todo porque estaba hablando con un desconocido.
El chico pasó de una expresión relajada a una más asombrada.
—Perdón, ¿pero has dicho Masen?
Fruncí el ceño.
—Sí.
—¿En serio? No me estás vacilando —asomó una sonrisa sarcástica.
Esto era increíble. No me creía. ¿Por qué en este pueblo eran tan escépticos?
—No tengo por qué mentirte.
Él hizo una mueca.
—Discúlpame, no quería ofenderte. Es solo que… —su mirada se perdió detrás de mí acariciándose la barbilla, y sonrió, sacudiendo la cabeza como si estuviera en sus pensamientos—. Parece que Masen por primera vez en su recta y perfecta vida ha cometido una falta grave.
¿Y por qué lo decía? Aunque no se lo negaba. No acudiendo a la isla para que nos encontráramos me había dado a entender lo patán y lo maleducado que era.
—¿Te vas a quedar mucho tiempo?
—Pues…
—Si es así, lo más tradicional en este pueblo es que alguien de él te lo muestre. Y yo me ofrezco voluntario.
Por unos instantes no supe que responderle. Parecía majo, un chico de lo más simpático. No quería hacerle el feo de decirle que «no», pero no iba a quedarme. Abrí la boca, pero la voz grave y fría de Edward sonó a mis espaldas.
—No es necesario, Sam. Si quiere ver el pueblo, ya se lo enseño yo. Ya que yo permanezco aquí más que tú.
Oh, Dios. Me quedé en tensión.
Madre mía, Edward. No me hizo falta echar la mirada atrás. Estaba cerca, muy cerca. Podía sentir su calor. Como si su piel me hablara y me dijera que era «suya». Eso me estremeció. Dejó su mano en mi hombro y comenzó a deslizarla hasta posicionarla en la parte baja de mi espalda. Una descarga llena del más puro placer me recorrió entera. Esclavizó mis sentidos. Lo disimulé por fuera apretando el bolso entre mis manos.
Sam vio con claridad el gesto de Edward. La vergüenza me invadió de golpe. ¿Qué quería demostrar Edward con eso? Los dos se mantuvieron la mirada, desafiante y dura. Joder… o yo seguía con la paranoia que me había traído de la isla, o estos dos se llevaban fatal. Solo les faltaba lanzarse rayos láser con los ojos.
—Entiendo —soltó el tal Sam con una expresión divertida.
Desvió sus ojos hacia mí.
—Por cierto, soy Sam.
Quería que de una vez esta tensión se acabara. Me estaba poniendo de los nervios. Y dije lo primero que se me vino a la cabeza al tener toda la atención de Sam como si esperara respuesta.
—Sam… —comencé con agrado.
Edward me miró con el ceño fruncido por mi tono.
—Me encanta el nombre de Sam. Suena tan tierno e inocente. Es muy bonito.
Sam esbozó una sonrisa, haciendo un leve gesto de cabeza como agradecimiento, mirando a Edward.
—Me lo dicen a menudo. Soy el santo de Roundstone. Al menos yo me mantengo a raya con la ley —fruncí el ceño. ¿Por qué lo decía? Vi de reojo como Edward apretaba el puño—. Bueno —dio dos pasos hacia atrás con demasiada tranquilidad, como si no supiera que Edward estaba que ardía.—Espero volver a verte, Bella. Un placer. Y bienvenida a Roundstone.
Asentí con una sonrisa.
Y se dio la vuelta saliendo del muelle.
Solté un suspiro.
Edward tenía su mirada fría y severa clavada sobre mí.
—¿Tierno e inocente? —chasqueó la lengua con incredulidad—. ¿Y qué más? —agregó con sequedad.
Eso me pilló por sorpresa. ¿Cómo? Su tono malhumorado me enfadó al instante.
Lo miré asombrada por su enfado. Me aparté un paso de él para que quitara la mano de mi espalda. Cosa que pareció no agradarle.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté al fin.
Nos mantuvimos la mirada.
No había dicho nada malo y por supuesto que no me iba a sentir mal por ello. ¡Por Dios, solo quería ser amable con ese chico!
—¡¡Bella!!
La voz de Alice hizo que ensanchara una sonrisa. ¡Estaba aquí en el muelle! Cuando me giré para verla, se me borró toda sonrisa. La vi cojeando, con un pie vendado y apoyada en un bastón. Tenía un hombre a su lado intentando ayudarla. Cosa que ella parecía no querer, ya que lo empujaba con el codo.
—¡¿Que le ha pasado?! —le solté a Edward llena de preocupación.
Me miró atentamente haciendo una mueca.
—No quería que te preocuparas —me expresó como si supiera algo—. Se cayó por las escaleras del hotel y se ha hecho un esguince.
—¡Tendrías que habérmelo dicho! —le reclamé en un grito.
—Ya bastante tenías con lo vivido en la isla.
—¡Aun así!
Sacudí la cabeza decepcionada y cabreada. ¡Cómo pudo ocultármelo!
—Bella…
Intentó tocarme el brazo pero le rehuí malhumorada.
—Qué más me habrás ocultado —le solté sulfurada y sin meditarlo a fondo.
Su expresión se quedó pétrea, atormentada. Y le di la espalda con brusquedad marchándome. No me alcanzó. No me dijo nada. Podía incluso notar como me estaba clavando su mirada en mi espalda con una expresión afligida… que se hundió a fuego en mi corazón. No tenía por qué sentirme mal. Él me había ocultado que Alice se había lastimado.
Salí del muelle, acercándome más a Alice.
—Suéltame —le pidió Alice al hombre que la acompañaba.
—Ya voy, agonías —la fue soltando con cuidado, pero atento por si se daba de bruces.
Ella le mandó una mirada furibunda y luego me miró a mí rebosante de alegría y tranquilidad, acelerando sus pasos torpes por culpa del esguince.
Nos dimos un abrazo efusivo, dejando atrás todo el amargor del viaje que hice hacia la isla Swan.
—¡Pero cómo estás! —me sostuvo el rostro mirándome ansiada. Ojeó estupefacta mi nuevo vestuario, pero no me lo comentó—. ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado en la isla?
De momento no le contaría nada de la isla. Y menos mal que el golpe de mi frente lo tapaba el flequillo. Más tarde la pondría al día de todo lo que me ocurrió allí. Ahora no era el momento ni el lugar.
—Sí. Estoy bien —asentí repetidas veces, emocionada—. Ya te contaré. ¿Pero y tú? ¿Cómo vas con el resfriado? —llevé una mano sobre su frente.
—Estoy mejor —me apartó la mano con suavidad—. Mi salud es de hierro.
Enarqué una ceja bajando la mirada hacia su pie lastimado.
—¿Y eso?
—Oh, esto —señaló su pie sin preocupación—. No es nada. Me puse en plan histérica al no saber de ti y me caí por las escaleras, bueno, los últimos tres escalones. Pero Zafrina, me ha estado cuidando.
Desvié toda mi atención hacia el hombre apuesto que estaba detrás de ella.
Un hombre que no pasaba desapercibido por su evidente atractivo. Tendría unos treinta años. Complexión atlética. Pelo rubio. Unos labios carnosos y perfectos. Tenía una bonita y cautivadora mirada de un azul índigo.
No le quitaba el ojo a Alice. Humm…
—Por lo que veo no solo ella —inquirí ahora curiosa.
Alice miró por encima de su hombro con desdén.
—El Insoportable no cuenta —murmuró entre dientes.
Ay madre, si hasta le había puesto apodo. ¿Qué había ocurrido en mi ausencia?
Él parpadeó estupefacto.
—Encima. Menudo viaje me ha dado y solo han sido unos metros —expresó con una voz divertida.
Me reí y Alice me mandó una mala mirada, haciendo qué apretara los dientes para no seguir y hacerla enfadar más. Cuando Alice se cabreaba de verdad, era un volcán en erupción. Sálvese quien pueda.
Él me devolvió un guiño y una hermosa sonrisa. ¿Cómo podía caerle mal este chico tan encantador?
—Soy Jasper, amigo de Edward —me tendió la mano con amabilidad.
Le dediqué una gran sonrisa. ¡Era amigo de Edward!
—Encantada, Jasper —le estreché la mano en un gesto de cortesía—. Edward está…
Me di la vuelta pero no vi a Edward por ningún lado. ¿Dónde se había metido?
Esperaba que no se hubiese ofendido por haberle gritado. No tendría que haberlo hecho.
—¿Has visto finalmente a Masen? —saltó Alice desviando mi atención de Edward
—Me dejó tirada —farfullé mirando aún el muelle.
—¿Qué? ¡Será cabrón! —saltó indignada Alice—. Algo así me imaginaba. Será mamonazo.
—Es igual. No quiero hablar de él.
—Perdona que os interrumpa. ¿Pero no has visto a Masen? —me preguntó Jasper como si no se lo creyera.
—Al menos por allí no ha aparecido. Me tiré horas esperándole.
Su mirada incrédula se perdió detrás de mí quedándose callado y serio. Intuí que estaba buscando a su amigo con urgencia. Y se llevó una mano al bolsillo trasero de su pantalón y sacó su móvil.
—No sé dónde se ha metido Edward. Estaba detrás de mí —señalé desconcertada.
¿Se habrá enfadado Edward por haberle reprochado que me ocultara el esguince de Alice? Ahora que lo pensaba mejor en frío, no debí hablarle de ese modo. Nada habría cambiado de haberlo sabido en la isla. Le había condenado a la ligera. Mordisqueé mi labio. La culpabilidad me golpeó.
—Yo si se dónde está —me respondió Jasper con una sonrisa mirando su móvil—.Sígueme.
¿Se había comunicado con Edward? ¿Y por qué de pronto él se había ido sin decirme nada?
Alice y yo nos pusimos dos pasos por detrás de Jasper, a un ritmo tranquilo ya que ella estaba lastimada, mientras él nos llevaba hacia Edward. Me agarré del brazo de mi amiga acercando mi boca a su oreja.
—¿Tú no decías que querías ligarte a un irlandés? Pues ea —le susurré guiñándole un ojo hacia Jasper.
—Él no —me replicó entre susurros sin quitarle la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no.
Suspiré con una sonrisa maliciosa. Sé que Alice babeaba en secreto por él, porque para ella era un Dios griego en mayúsculas. Solo que era demasiado orgullosa para reconocerlo.
—Si tú lo dices —le dejé caer con intención.
Ella me pellizcó dos veces en el brazo haciendo que aullara bajito dándole un manotazo para que dejara de hacerlo.
—Por cierto, me he enterado que aquí en Roundstone, hay un establo de caballos. Tienen un servicio de paseo y clases de equitación.
La miré con ilusión.
—¿En serio?
—Como sé que amas los caballos, he pensado que podríamos pasar por allí.
—Me encantaría. Antes de irnos de Roundstone me gustaría cabalgar por estas tierras. Debe ser una experiencia maravillosa e increíble.
—No lo jures. De aquí nos vamos cagando leches —me comentó en voz baja mirando recelosa nuestro alrededor—. No te lo vas a creer, pero siento como si las personas con las que me he cruzado me hubiesen hecho la cruz. No sé, como si tuvieran algo en contra mía.
Aguanté la risa.
—Exagerada.
—No exagero. Te lo juro.
Seguimos a Jasper por una calle más estrecha.
Entre risas y varias conversaciones que teníamos pendientes, me detuve en seco quedándome helada en medio de la calle, con el corazón bombeándome con fuerza. Alice me tiró del brazo un par de veces al verme petrificada, sin poder siquiera pestañear. Estábamos lo bastante lejos para que no se dieran cuenta de nuestra presencia.
—¿Qué te pasa, Bella?
Alice giró sus ojos hasta ver lo que yo.
Edward estaba dándole un ramo de rosas amarillas a una chica rubia.
Algo se retorció en mi estómago haciéndome daño. Sin saber cómo reaccionar. Lo más increíble es que Jasper los miraba sonrientes y con adoración.
La chica rubia rió siendo un sonido angelical, olió las flores, puso morritos y le dio un abrazo demasiado cariñoso a Edward. Él cerró los ojos, devolviéndoselo con un amor palpable. Apreté los labios. Mi corazón se encogió. Intenté evitar dejarme arrastrar por la punzada de celos que sentía por esa chica. ¡Por Dios, celos yo! Nunca en la vida los había experimentado. Y no me gustaba ese amargo sentimiento. Pero las emociones viajaron desde la rabia hasta el dolor.
Aparté el rostro, dolida y colosalmente abatida. Edward era un mentiroso. Y yo como una ilusa creyendo que le gustaba. ¡Tonta de mí! ¡Cómo se atrevía a decirme que no tenía novia! Esa chica rubia lo era. Por eso se había ido del muelle, para ver a su «novia» y darle ese hermoso ramo de rosas amarillas.
Pensar en la palabra «novia» y relacionarla con Edward, hizo que deseara gritar de coraje.
Ahora mi suerte tenía una buena excusa para reírse de mí.
Cabreada y muerta de celos, me di la vuelta, alejándome.
—Espérame, que voy coja —me reclamó Alice detrás de mí.
—¿Pero dónde vais? Edward está ahí —señaló Jasper desconcertado al ver cómo me iba, siguiéndonos.
—¡Ya tiene suficiente compañía! —grité por encima del hombro.
No quería volverme. Aun cuando mi lado masoquista lo deseaba. No quería mirarlos y ver la escena. Esa escena donde se estarían besando con pasión y deseo. Donde Edward la tendría estrechada entre sus fuertes brazos y contra ese musculoso cuerpo hecho para el pecado. Y ella se sentiría en el cielo. Así fue como me sentí yo cuando me besó. ¡Argh! Me froté los ojos al escocerme. No me encontraba bien. Quería irme cuanto antes a Nueva York.
No quería permanecer aquí ni un minuto más.
—¡Estás maldita! —me gritó una mujer mayor de pelo blanco delante de mí—. Maldita.
Me frené en seco al no haberla visto al estar tan embotada con Edward, y me quedé rezagada rememorando sus palabras. Parpadeé incrédula. ¿Cómo me había llamado?
—¡Pero que dice, señora! —le dijo Alice, pasmada.
—Eres una Swan —me agitó el dedo en un gesto de desprecio—. Y contigo ha venido la desgracia.
Me quedé impresionada. Esa señora pasó de largo con un aspecto encorvado hasta llegar a la acera. La calle en la que nos encontrábamos daba hacia el mar. Y hasta ahora no me había dado cuenta… pero de pronto se habían reunido un puñado de personas, rodeándome en un círculo. Venían de todas las direcciones.
Un escalofrío me recorrió entera dejándome una mala sensación.
—Oh no —expresó Jasper haciendo un gesto de frustración mirando a esas personas.
Lo miré. ¿Qué ocurría?
—¡Como te atreves a venir a Roundstone! —me gritó un hombre.
Di un brinco, sobresaltándome que me gritara de una forma feroz.
—No te pases, Jason. Y menos le grites a la chica —le exigió Jasper con dureza mirando alertado y precavido que no solo una persona venía hacia mí.
—¡Es una Swan! —gritaron a voces.
Alice y yo nos miramos alarmadas. ¿Cómo se habían enterado? Sé que Alice no había dicho nada, confiaba en ella. Nadie más sabía que era una Swan, aparte de Edward y posiblemente Jasper. No. Ninguno de ellos habría hablado con algún aldeano de Roundstone de que yo era una Swan.
Tragué saliva sacudiendo la cabeza, conmocionada por la situación.
—No… no lo soy —musité apunto de saltarme las lágrimas.
—No mientas. Por tu culpa mi amigo ha perdido ganancias —me dijo un hombre con ferocidad.
—No le entiendo —dije titubeante.
—Steven, ha perdido más de quince vacas —señaló al hombre que había a su lado. Steven estaba con los hombros encorvados, mirando el suelo, con un rostro consumido de preocupación y apretando con sus manos una gorra gris—. Han amanecido muertas. ¡Y eso solo es tu culpa!
—Y a Royce se le han muerto sus ovejas —resaltó otro entre la multitud.
Veía demasiados ojos y dedos señalándome.
—¡Es la maldición Swan!
Intenté respirar pero la voz no me salía para poder defenderme.
—¡Están culpando a mi amiga, malditos gusanos! —golpeó Alice el bastón contra el suelo.
—¡¡Sí!! —gritaron varios al unísono.
Intenté ser más fuerte pero no me sentía bien.
—Dejad a la chica en paz. Tenéis una mente muy atrasada. Y me da vergüenza ver entre la multitud a jóvenes que piensan como los veteranos de este pueblo. Ella no es culpable de nada —les señaló con severidad Jasper.
—¿Mente atrasada? —saltó un pelirrojo—. Ha traído la maldición con ella. Es una Swan y como tal, nos ha puesto en peligro a todos.
El tipo barbudo del bar O'Dowd's al que le pregunté sobre la isla, se encontraba en la primera fila de la multitud, de brazos cruzados y con una expresión cruda. No decía nada. Pero sus ojos ya eran bastante acusatorios.
Zafrina, también estaba y me mandaba una mirada de pena con una mano sobre su corazón al verme en esta situación. Incluso si no veía mal estaba Sam, reclinado sobre un poste observando el espectáculo.
—¿Quién os ha dicho que soy una Swan? —pregunté con el nudo en la garganta.
—¿Eso importa? —me dijo otro con aire despectivo—. Te queremos fuera de Roundstone.
—¡Fuera!
—¡Maldita!
—¡Bruja!
Jasper se puso por delante de mí, protegiéndome. Pero sé que no serviría de nada. Aguanté las lágrimas porque no se merecían que echara ni una. La gente empezó a gritarme y a repudiarme. Todos me estaban juzgando sin conocerme, y volví a sentir que estaba en ese pozo oscuro y frío. El rostro de Alice lo ensombrecía la rabia y la impotencia, respirando con fuerza. Jasper con una severa expresión, sacudía la cabeza hacia mis verdugos. No podía creer lo que veía. No estaba pasando vergüenza, pero sí me sentía humillada, desplazada, como si no fuera un ser humano que siente y padece.
Me sentía febril, débil. Me hallaba como una estatua mirando a todos los que me juzgaban. Había al menos más de treinta personas, rodeándome, acechándome como si fuera una delincuente. En cualquier momento se abalanzarán sobre mí y no solo temía por mi integridad física, sino por la de Alice, porque sé que si intentaran tocarme, ella se echaría sobre ellos como un feroz lobo para protegerme por encima de cualquier peligro que a ella le acechara.
Sentía como el corazón se me iba a salir por la boca. Parecía que no había despertado de mi pesadilla. No podía pensar. No podía actuar. Solo podía quedarme quieta.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!
Una voz grave y furiosa se alzó. Era Edward. La muchedumbre se calló de golpe. Mi ángel protector apareció como una luz celestial. Oír su voz hizo que soltara un leve gemido de alivio. Edward se abrió paso entre ellos y se acercó frío e intimidante a nosotros, no dejando de mirar a todos los que me rodeaban como si me fueran a lapidar. Apareció como un titán dispuesto a llevarse a todos por delante. Su rostro estaba envuelto por una sombra glacial y una mirada severa y de acero. Más de uno echó un paso hacia atrás como dando una señal de que no buscaban problemas.
¿Qué clase de influencia tenía Edward en Roundstone para hacer callar a todos?
Rehuí mirarle cuando cruzó su mirada fría conmigo. No me sentía con fuerzas para mirarlo. Pero sé que cruzó una breve mirada con Jasper.
—Esto se está poniendo feo —le dijo él. Y se acercó a su oído hablándole el resto en irlandés.
Edward me contempló en silencio. Mordí con fuerza mi labio inferior, aguantando todas las emociones.
—La queremos fuera del pueblo.
Él se giró con un aspecto implacable hacia quien lo dijo.
—Ya te digo yo que no —aclaró en rotundidad Edward.
Alcé levemente la cabeza, más conmocionada.
—Por su culpa han muerto la mitad de sus vacas —señalaron a Steven.
Alice quiso saltar de nuevo toda irritada, pero Jasper la detuvo haciéndole un gesto de silencio. Ella apretó los dientes a regañadientes.
—Una estúpida superstición —remarcó Edward.
—Está maldita. Es una Swan.
Edward le lanzó una mirada furiosa a ese hombre que me señaló como si fuera la cosa más mala del mundo.
—Como vuelvas a insultarla, Royce, tú y yo vamos a tener un problema —su amenaza se hizo evidente en su tono furibundo.
La mayoría se asombró murmurando entre ellos segundos después.
—No puedes estar defendiendo a una Swan —me señaló un hombre con la mano como si yo fuera una escoria.
Solo quería que la tierra me tragara. Respiré hondo y traté de calmarme.
—Yo no creo en esa absurda maldición —aseguró Edward.
Su seguridad y firmeza eran tan aplastantes. No había ni un gramo de pánico en su mirada. No veía el peligro de estar rodeado de personas de mentalidad arcaica, que no entrarían en razón ni aunque pasaran cien años.
—Pues deberías. Tú más que nadie —gritó uno.
—¡O se va o la echamos! —gritó otro con fuerza.
Edward los fulminó con la mirada. Y si no fuera porque Alice me estaba apretando la mano, habría caído redonda al suelo sumida en la inconsciencia.
—Nadie va a tocar a Bella —bramó Edward con fiereza mirando a todos los presentes.
—¡Por qué la defiendes tanto, Edward!
—¡Sí, eso, por qué la defiendes tanto!
Su inflexible y gélida mirada se cruzó con la mía y cualquiera se acobardaría ante esa glacial mirada. Pero me quedé ahí, sosteniendo esa mirada. Su expresión se hizo suave y cálida, como si yo fuera la única que podía darle calma.
Su intensa mirada solo me hizo sentir segura, protegida. Era como si estuviera en el refugio de sus brazos que me protegían de todo aquel que intentara dañarme. Sus ojos eran tan firmes y seguros. Como si lo que dijese a continuación fuera algo que ya había pensado y de lo que no se retractaría por nada del mundo.
—Porque Bella Swan es mi prometida.
¡Que!
Me quedé de piedra.
¡¡Santo Dios!!
Alice soltó un taco de los grandes llevándose una mano hacia la boca.
Unos cuantos soltaron varias blasfemias y el resto exclamó un «ohhh» tan perplejos como atónitos por las fulminantes y feroces palabras de Edward.
Sus ojos refulgían con intensidad.
—Y nadie sacará de Roundstone a mi futura esposa.
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