¡Hey!
Siempre quise escribir algo con la ship GinTae, y aunque este fic no es romántico por ningún lado por donde se le mire, me gustó como quedó, así que espero que también les agrade.
Del 1 al 10.
.
.
.
Las luces estaban apagadas y, salvo por el zumbido casi silencioso del ventilador y el televisor, la Yorozuya estaba en silencio. Desde su posición contra la pared al lado de la puerta de la habitación de Gintoki, Kagura podía escuchar los pequeños ruidos de chasquidos y recortes que solía escuchar cada vez que él regresaba de un trabajo particularmente desagradable—como el que habían ejecutado aquella tarde—, por lo general obteniendo una puntuación de al menos 5 en la tabla mental de la niña de cabello bermellón. Esta tabla la creó para clasificar los niveles de complejidad de cada trabajo que recibían—y las posibles lesiones—, porque ella casi nunca salía lastimada y si lo hacía, su sangre Yato se encargaba de borrar cualquier herida existente. Con Gintoki—y en ocasiones Shinpachi—la historia era otra.
Cualquier trabajo puntuado al finalizarlo tenía algunos sonidos particulares que Kagura, con el tiempo, clasificó. Primero había murmullos y malas palabras de vez en cuando, seguido de algunos ruidos extraños que sonaban mucho como cavar dentro de un cuerpo humano con una pinza de metal, lo que generalmente conducía a más de esas malas palabras, y luego uno o dos ruidos fuertes cuando lo que fuera que Otae—la enfermera electa ya que costaba mucho llevarlo a un hospital—estuviera buscando dentro del cuerpo de Gin había sido encontrado y sacado. Luego, se pudieron escuchar algunos recortes para finalmente concluir con sonidos de pasos y un suspiro profundo de alivio por parte de Shinpachi. Luego vino el inevitable sonido del viejo sofá moviéndose bajo el repentino colapso de un cuerpo sobre él y el "me siento como la mierda, Kagura" que Gin dirigía hacia ella.
De vez en cuando, cuando la puntuación subía a un rango de 9 o 10, no había ningún sonido por parte de Gintoki; no había maldiciones ni suspiros ni nada en absoluto. Por lo general, esto hacía que Otae, mientras trataba de arreglarlo, hablara mucho más; hablara tranquilamente, como si estuviera pensando en voz alta sobre algo realmente importante. Pero con la excepción de los 9 y los 10, la mayoría de veces solo tenían palabras desagradables y tonos de voz aún más desagradables, maldiciones y suspiros y otros sonidos que no expresaban nada más que miseria, como estaba sucediendo ahora.
—Eso le va a doler por semanas —comentó Shinpachi, quién siempre se volvía hablador cuando estaba nervioso.
—Uhm —Kagura era todo lo contrario.
Sadaharu gimió y se dio la vuelta en sueños. Dentro de la habitación algo pareció crujir—como un hueso roto—y segundos después Gin le gritó a Otae. Después de unos momentos de respiración pesada por parte del hombre herido y burlas inofensivas por parte de la Shimura mayor, los sonidos dieron paso al zumbido del ventilador de la Yorozuya. Kagura finalmente decidió que Gin estaba lo suficientemente bien si podía gritar así, por lo que entró a la habitación sin preocupaciones y se dejó caer de lado, acurrucándose alrededor del cuerpo de Sadaharu, que la había seguido.
—Si no me mata esto me va a matar ella —dijo Gintoki en cuanto la vio entrar.
Otae estaba actualmente absorta cosiendo el agujero en el brazo del peliplata, y no registró nada de lo que él dijo ni la presencia de Kagura en la habitación. Después de meses de tener que ser la niñera de este hombre por su frustrante hábito de abrirse, cortarse y lastimarse ridículamente—y no ir a un hospital porque era costoso—, ella se había acostumbrado bastante a lidiar con sangre, puntos de sutura, vendajes y cualquier cosa de primeros auxilios. Incluso le había encajado un hueso una vez.
—Quédate quieto —fue su respuesta automática cuando lo escuchó hablar.
—No me estoy moviendo —él protestó, sonando tanto como un niño que Otae le dio al hilo que estaba pasando por su brazo un tirón rápido para mantenerlo callado —. ¡Mierda! ¡Mierda, Otae! —maldijo y retrocedió, sacando su brazo de sus manos y acunándolo protectoramente contra su pecho.
—Pensé que te había dicho —la mujer castaña dijo, arrastrando las palabras, incapaz de evitar sonreír —, que te quedes quieto —luego, en un raro acto de compasión o aburrimiento, esperó paciente y silenciosamente a que Gintoki se acercara.
Finalmente, con un suspiro y algunas maldiciones masculladas, le dio su brazo de nuevo, dejándola volver a trabajar. Con una cortada tan profunda en su brazo derecho, tres dedos rotos en su mano izquierda y muy pocos recursos para pagarle a alguien decente, no había otra forma de que le suturaran el brazo.
Con todos los tirones y movimientos bruscos que acababan de suceder con el brazo de Gintoki, no fue una sorpresa cuando un delgado chorro de sangre se deslizó por el agujero que Otae acababa de intentar coser.
—Eres imposible —dijo la mujer, suspirando —. Kagura-chan, ¿puedes darme ese trapo? —la niña asintió y lo tomó, para después desplazarse a un lado de la castaña y entregarle el objeto que ella utilizó para limpiar la sangre —. Ahora sostén a Gin-san. No queremos reabrir la herida, ¿verdad?
La bermellón asintió y se puso detrás del hombre mayor, dejándolo quieto en su lugar con nada más que un poco de fuerza aplicada en sus hombros. —¿Así?
—Perfecto.
El peliplata simplemente parpadeó y después de un minuto jugó con la posibilidad de intentar hablar para distraerse del dolor, pero si decía algo que a Otae no le gustaba, se arriesgaba a que le hicieran un nuevo agujero en el brazo. Ella lo estaba cosiendo, tenía todo el poder y, por lo tanto, era muy probable que abusara de él. Pero un minuto más de silencio en esta agonía lo iba a enloquecer, y parecía que Kagura tampoco quería entablar una conversación. Sin embargo, antes de pronunciar palabra, la castaña habló de nuevo.
—Entonces —ella tomó la aguja y las pinzas de nuevo —. No te estaría doliendo tanto si hubieses ido a un hospital.
—¿Me veo como un hombre que tiene mucho dinero?
—Te ves arruinado, Gin-chan —Kagura asintió para sí misma mientras Gintoki chasqueó la lengua.
—Exacto. Los hombres arruinados tenemos que recurrir a pseudo enfermeras gorila que- ¡Ay!
Otae lo interrumpió con otro tirón del hilo. —Podrías pagar uno con el dinero que obtienes con cada trabajo, en lugar de desperdiciarlo en la pista de carreras o en el Pachinko o beber hasta perder el conocimiento.
—Y pagarnos a Shinpachi y a mí —agregó Kagura.
—Yo les pago.
—No lo haces —la bermellón rodó los ojos.
El peliplata guardó silencio. La profunda y palpitante agonía en su brazo era una razón tan buena como cualquier otra para dejar ir el tema de la paga y guardar silencio.
—Si es muy difícil para ti dejar los vicios —la mayor de los Shimura continuó —, en lugar de gastarlo todo, toma la mitad y guárdalo.
Gintoki sonreía, a pesar de que sus ojos amenazaban con llenarse de lágrimas por el dolor en su brazo. —No estás teniendo esta discusión conmigo en serio —dijo, un poco incrédulo —. No estás tratando seriamente de enseñarme a ahorrar dinero. Es como que yo trate de enseñarte a cocinar. Una pérdida de tiempo.
—Nunca digas que no traté de ayudar —Otae continuó cosiendo, frunciendo el ceño el resto del tiempo, probablemente deseando uno de esos trabajos de rango 9 o 10 que dejaban a Gintoki sin decir nada en absoluto, los trabajos cuando él simplemente se acostaba en el futón y dejaba que ella hiciera su deber impuesto; cuando él estaba inconsciente.
Si Gintoki lo pensaba, ahorrar la mitad de sus ganancias significaría más para gastar en lugar de solo apostar. La mitad de sus ganancias significaría ropa nueva, comida decente, pagar salarios a sus empleados, pagar la renta, tal vez incluso un escritorio nuevo uno de estos días. Por otra parte... ¿por qué ahorrar la mitad de sus ganancias cuando podría simplemente duplicarlas? Sin embargo, siguió teniendo mala suerte cada vez. Pero aún así, ¿por qué era asunto de Otae lo que hacía con su dinero?
Las manos de Kagura en sus hombros se retiraron de un momento a otro y Gintoki supo que ya habían terminado.
—No toques eso —Otae espetó, señalando su brazo.
Gin estaba examinando su trabajo, pinchando suavemente la herida recién cosida con su dedo anular y meñique, los únicos dos dedos de su mano izquierda que no estaban rotos ni entablillados.
—¿Tendré que cocinar yo? —la niña Yato preguntó con una mueca al ver sus dedos.
—Esperemos que Shinpachi esté en el humor de venir todos los días a cocinar —él respondió, mirando a Otae, que todavía tenía el ceño fruncido —. Entonces, ¿qué esperas que haga con todo ese dinero extra que ahorraría?
—No lo sé —dijo —. ¿Pagar tus deudas? ¿Pagarle a mi hermano y Kagura-chan? ¿Pagar un hospital decente que te arregle cada que te lastimas? ¿Guardarlo para un día lluvioso?
A Gintoki no le gustaron esas respuestas ni un poco. Pero en realidad, tenía deudas. Deudas de las que no veía una posible liberación en el corto plazo. Tal vez Otae tenía razón de alguna forma, pero entre saberlo y decírselo había una brecha muy grande que él no iba a cruzar.
—Tal vez deberíamos comprar un marrano —Kagura dijo, aparentemente apoyando la idea de volverse ahorrativos —. He visto como la gente deposita su dinero en él. Gin-chan, ¿crees que lo podamos conseguir ya lleno?
—Sólo si lo robamos.
—Bueno, ya me voy —Otae interrumpió, se puso de pie y se dispuso a irse —. Gin-san, descansa. No quiero tener que volver para suturarte. Ahora huelo a sangre y debo ir a trabajar, y eso no es agradable para los clientes. Cuídate, por favor.
Y porque ella había dicho por favor, y porque realmente se lo había pedido, Gintoki obedeció e intentaría cuidar mejor de sí mismo.
Pero más tarde, mucho más tarde, después de muchos meses, Kagura estaba observando como Otae cortaba la ropa de Gintoki de forma apresurada. Aún no sabían cómo ella y Shinpachi habían logrado arrastrarlo hacia la casa de los Shimura cuando ambos estaban también un poco heridos y la bermellón tenía la fuerza un poco reducida, pero se las han arreglado de alguna forma.
—¿Por qué haces eso? —preguntó mientras la tijera cortaba la tela.
—Para que pueda ver mejor —ella respondió.
—Gin-san no tiene más ropa, creo —Shinpachi mencionó, y Kagura sabía que había entrado en su etapa de nerviosismo.
—Lo superará —aseguró la mujer mayor.
La camisa de Gintoki, que Kagura siempre había recordado que era negra, se volvió aún más negra, si es posible, y pronto encontró su amargo final en la mano del demonio tijera y la dama de cabello castaño que la manejaba.
—Eso no se ve bien, hermana —Shinpachi dijo casi en pánico, cuando el corte de la camisa de Gin reveló un mar de sangre que no paraba de fluir y su respiración se volvía más lenta con cada segundo que pasaba.
—Esto es un diez —Kagura dijo en voz baja, empezando a asustarse al ver que Gintoki seguía inconsciente y sangraba demasiado —, ¿verdad?
Otae toma una respiración profunda, presionando sus manos en el agujero. —Hay que llevarlo a un hospital.
.
.
Gintoki durmió tranquilamente durante mucho tiempo, hasta que el sonido que había impregnado su sueño se hizo lo suficientemente obvio como para que reconociera que en realidad era un ronquido. Bueno, no era tanto como roncar, pero era demasiado fuerte para ser excusado como una respiración somnolienta normal, aunque lo suficiente como un ronquido para molestarlo.
Y luego se dio cuenta del estado de su cuerpo, porque estaba temblando como si se estuviera congelado, pero había una manta sobre él y el aire era cálido y podía ver la luz del sol entrando por una ventana, o tal vez era solo una lámpara, pero todavía estaba temblando. Y luego estaba Otae, desplomada en una silla, con el pelo recogido donde estaba apoyada contra una ventana, durmiendo.
Se preguntó brevemente qué demonios fue lo que pasó.
—Otae —intentó hablar, pero su voz sonó como algo entre un susurro y un triturador de basura. Aun así, era un ruido, y lo intentó de nuevo un par de veces antes de que surtiera efecto el llamarla y ella estaba sentada en la silla, con el cabello despeinado.
—Hey —saludó, sin un rastro de sueño en su voz —. ¿Estás adolorido?
—Claro —Gintoki asintió, odiando que su lengua se sintiera como una pesa en la boca y le resultara incómodo hablar.
—Espera —ella le dijo, y se apresuró a ir a algún lugar que Gintoki no podía ver.
Sólo se fue unos segundos, apresurándose a regresar a su lado junto con otra mujer extraña. El peliplata ni siquiera sintió el pinchazo de la aguja en él, solo la hermosa sensación de entumecimiento que instantáneamente comenzó a extenderse por su cuerpo hasta que ni siquiera pudo decir que temblaba. Se sintió casi aliviado, pero luego volvió a mirar a Otae, habiendo casi olvidado que ella estaba allí, y vio todo lo que necesitaba ver en su rostro para saber su situación. Y luego estaba lo callada que se encontraba, como si estuviera esperando que él dijera algo.
—¿Me estoy muriendo?
—Será mejor que no —fue su respuesta —. Todavía tienes muchas deudas que pagar, Gin-san.
Gintoki suspiró. —Me encanta cuando eres amable conmigo.
Considerando cómo su lengua y boca se negaban a funcionar correctamente, y considerando los sedantes que seguían adormeciéndolo, él no pudo decir nada más estructurado después de su intento de sarcasmo, y Otae no entendió ni una palabra, pero él había querido preguntarle por las ventanas, por la luz del sol que entraba por el cristal, porque definitivamente no estaban en la Yorozuya ni en la casa de los Shimura, pero cerró los ojos y cedió al entumecimiento.
Unos días después, se encontró despierto y sin dolor, pero aun en agonía. No había nada en el mundo que Gintoki quisiera más que un bistec. Grueso y muy bien condimentado, con un poco de leche de fresa. Se necesitaba toda su fuerza de voluntad para conformarse con el supuesto caldo que Otae le trajo. Por supuesto, él sabía que comer comida real probablemente le abriría el estómago que aún se estaba curando, pero no podía evitar quejarse igualmente.
—Comida —suplicó —, necesito comida.
—Eso es todo lo que obtienes —dijo Otae, juntando sus manos para evitar golpearlo, lo que solo conduciría a más sangre para limpiar.
—Por eso estoy tan escuálido —se quejó —. Es porque nunca tengo comida decente.
—Hay un agujero en tu estómago. ¿Te das cuenta de eso?
—Tu comida es una mierda, yo no comería nada de lo que hiciste de todos modos.
Una vena parecía a punto de estallar en la frente de la castaña. —Por favor, dime que tienes dolor para que pueda ir por una enfermera y que te duerman.
—Un filete —insistió Gintoki, sin prestar atención a la intención asesina de la mujer a su lado —. O una hamburguesa. No soy exigente.
—¿Quizás sacrificarte?
—Otae-san, has a un hombre feliz —gimió, dejando caer la cabeza hacia atrás contra las almohadas.
Frunciendo los labios, Otae dejó el caldo en la mesa y salió de la habitación. Prefería enfurecerse con alguien que no se arriesgara a rasgarse los puntos y sangrar por todo el piso.
.
.
Otae necesitó de toda su fuerza para arrastrar a Gintoki de regreso a la Yorozuya, y literalmente tuvo que arrastrarlo, físicamente, agarrar su brazo y arrastrar al idiota por la calle porque, esta vez, él era realmente un idiota. El hombre de alguna manera se las había arreglado para recibir un golpe en la cabeza lo suficientemente fuerte como para borrar todos sus recuerdos mientras bebía como si no hubiese un mañana.
Vaya estúpida forma de lastimarse.
Gintoki con amnesia era divertido, por decir lo menos. No era gracioso como algo de lo que la castaña se reiría, pero gracioso como algo de lo que ella se reiría si no fuera tan trágico. Gintoki con amnesia era callado, cauteloso, completamente aterrorizado y desinteresado. Ella esperaba que él hubiera retenido al menos un poco de su desapasionamiento, su indiferencia, pero este Gintoki simplemente se sentó allí, como un idiota.
Kagura lo calificó como una lesión de rango 8, porque desde donde estaba acurrucada en su armario, no podía escuchar ningún sonido de Gintoki en absoluto, y asumió que ningún sonido significaba que él debía estar inconsciente. Por un momento, él estuvo inconsciente, porque se había desmayado. Pero ahora solo se sentaba, sosteniendo una bolsa de hielo en su cabeza, luciendo triste, asustado y patético.
—¿Duele? —preguntó Otae, solo para que el idiota hablara. Si tan solo pudiera hablar con alguien, entonces tal vez podría olvidarse de cómo el golpe de Gintoki probablemente fue su culpa.
Sin embargo, el hombre realmente no respondió, excepto por un tímido "mm-hmm". Se puso tenso y se deslizó un poco más en el sofá cuando Otae fue y se sentó a su lado.
—Realmente necesitas relajarte —dijo —. No te voy a hacer nada.
Gintoki se encogió de hombros. —Bueno, me secuestraste.
—¿Disculpa? —ella lo miró como si estuviera loco. Que, en parte, sí —. ¿Estás bromeando ahora mismo? ¡No te secuestré, idiota!
Él parpadeó y esperó algo que realmente tuviera sentido para su cerebro confundido.
La mujer suspiró. —¿Ves este lugar en el que estamos? Vives aquí. La niña del armario y su perro viven aquí.
—¿Un perro tan gigante? —cuestionó Gintoki, sonando un poco sorprendido.
—Larga historia —Otae se encogió de hombros —. No me preguntes. Lo recordarás muy pronto.
—Si tú lo dices —dijo él, rascándose un lado de la nariz y examinando la habitación en la que se encontraba —. La niña es… ¿nuestra? ¿Estamos... tú y yo...?
—Ni siquiera lo pienses —Otae le dio una sonrisa irritada, pero le divirtió muchísimo que Gintoki suspirara, aparentemente abatido, ante esta respuesta.
Solo pasaron dos días antes de que Gintoki recupere sus recuerdos. El bulto en la cabeza era tan grande como la última vez que Otae lo vio, rojo, negro e hinchado, pero ahora sus ojos se entrecerraban cuando ella pasó junto a él, analizándolo.
—No puedo creer —comenzó sus palabras sonando increíblemente agravado —, que te pregunté eso.
—¿Entonces recuperaste todos tus recuerdos? —preguntó Otae, más que divertida.
—Maldita sea —con una mueca de disgusto, se golpeó la cara con la mano —. Y pensar que podría tener una niña con una mujer gorila.
La próxima lesión de Gintoki Kagura la calificó en un rango de 9, a pesar de que no quedó inconsciente ni estaba sangrando, pero el dolor agonizante de la patada de Otae en su entrepierna hacía merecedora esa calificación.
