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Sara Dragonil revisó este capítulo.
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HISTORIA DE UN CRIMEN
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El South Blue era uno de los mares más débiles entre los cuatro Blue y el peligro que representaba era apenas minúsculo por lo que nadie le tomaba demasiada importancia, los marines de alto rango de ese remoto lugar del mar eran apenas más fuertes que los puestos más bajos del cuartel general de la marina. En cuanto la ejecución fue anunciada y se llamó a los superiores (incluso si no respondían al poder que debían) para ir a Marineford, se dejó a las divisiones de la marina más desprotegidas de lo habitual.
Todo el cúmulo de poder se estaba concentrando en la última parte del Paraíso para proteger la razón por la que el gobierno había decidido declarar la guerra a los revolucionarios.
Nadie esperaría que sucediera algo en uno de los Blues, sin embargo, cuando llegó la noche del segundo día el G-43 fue atacado.
Los marines salieron medio vestidos y alarmados con las armas en alto, preocupados y temerosos ante el estremecimiento que había recorrido el lugar, y contemplaron algo que jamás olvidarían los pocos que sobrevivirían.
Una mujer los observaba desde lo alto del cielo, de pie sobre un cuervo gigantesco.
—Denle nuestro mensaje a los perros del gobierno —pidió—. "Estamos viniendo". —Y se lanzó sobre ellos con una sonrisa animal.
La última visión de los marines fue hermosa y bestial, y cuando los informes llegaron en la madruga del tercer día al cuartel general, Sengoku apretó los puños, incrédulo y más cansado que nunca al escuchar la descripción de la atacante.
—Dorje.
—¿Dorje, señor? —preguntó uno de los contraalmirantes que estaban acompañando a Sengoku.
—Una de las sub-comandantes de la armada revolucionaria —contestó Tsuru, que estaba sentada a un costado, exhalando un suspiro con parsimonia—. Dorje es la clave por la que Baltigo es indetectable para nosotros.
—Dragón está moviéndose —concluyó el almirante de la flota con sequedad—. La guerra es inevitable.
—La guerra ha sido inevitable desde que se anunció la ejecución de ese chiquillo —señaló Tsuru con desdén—. ¿Acaso pensabas que Dragón simplemente iba a sentarse a contemplar mientras matamos a su hijo?
—Vice-Almirante Tsuru… —murmuró con censura otro de los marines que los acompañaban—. Matar es una palabra muy…
—Es la palabra correcta, si quieren usarla o no ya es otra cosa —reprendió—. Si tienen tantos cojones para ir a la guerra úsenlos también para su vocabulario. —Desvió la mirada a su amigo mientras los marines reculaban—. ¿Qué es lo que harás? Si Dorje está fuera de su sitio significa que Baltigo vuelve a tener campos magnéticos, pero Dragón ya debe haber abandonado el lugar. No serviría de nada ir allí.
—Maldita Dorje —masculló Sengoku, frotándose el rostro con frustración. Ella y los otros tres eran la razón por la que Dragón nunca sería alcanzado, pero si ella caía los otros no servirían de nada. Si tan solo pudiesen ponerle las manos encima…
—¿Es tan poderosa? —preguntó alguien al oír la forma en la que hablaban de la mujer en cuestión. Pocos marines sabían la razón real de la ejecución y la inminente guerra que se desataría, como los revolucionarios eran algo que concernía más al gobierno que a la marina el conocimiento sobre estos era restringido.
Tsuru contestó de nuevo ya que Sengoku parecía demasiado irritado para hacerlo.
—En cuestión a fuerza no realmente, pero es bastante ágil y brutal. Dorje es la única que queda de una tribu del South Blue que se extinguió hace años, debido a ese origen posee ciertos conocimientos invaluables y peligrosos que Dragón consiguió para sí. Se rumoreó por años que esa tribu era caníbal y quizá fuese cierto, Dorje lleva un collar de cráneos y una vara de oro con la que suele golpear a sus adversarios hasta matarlos —narró, mientras en la mente de todos comenzaba a formarse la imagen sombría de una mujer muy hermosa pero también muy aterradora, llena de sangre y con una sonrisa inquietante, algo que no era ajeno a la realidad—. Se supone que no puede moverse del South Blue, pero si lo ha hecho es porque no hay duda de que Dragón traerá mucho caos a Marineford que, después de todo, es parte de lo que pretende el gobierno ¿no es así, Sengoku? —lo miró con frialdad—. Para obligarlo a relucir sus cartas. El conocimiento que tenemos de los revolucionarios es muy pobre, en especial de los comandantes. Dorje es de los pocos que disfruta la atención, sus carnicerías son difíciles de ignorar.
Los marines tragaron saliva. Sonaba como alguien completamente loca, ¿cómo había llegado a sub-comandante de un ejército que supuestamente buscaba un nuevo comienzo y paz?
—Aun no me explico cómo Dragón fue capaz de ponerla de su lado —contestó Sengoku simplemente. Esa mujer no era excesivamente fuerte como algunas grandes piratas o criminales que habían enfrentado, pero la amoralidad y la brutalidad que poseía eran terribles como bien lo había expuesto su amiga.
—Eso no importa ahora, tenemos una base destruida y probablemente solo será la primera de muchas —comentó Tsuru con simpleza brutal—. La pasión de la juventud es aterradora.
—Desearía que alguien les enseñara el significado de "daño colateral" —siseó, plenamente consciente que la armada blandía como una bandera y una lanza el significado bueno y malo de la libertad.
—Son revolucionarios, está en su sangre —le recordó ella mientras sus acompañantes se miraban. Los pocos que contaban con la confianza de los almirantes y vice-almirantes estaban haciendo planes de ataque y defensa y simulaciones de batalla. Marineford no se daba abasto y el gobierno mismo había proporcionado una parte de su fuerza para ayudar en esa batalla ya que conocían mejor como operaban los revolucionarios. Para muchos esa guerra sería decisiva en el objetivo de destruir finalmente esa fuerza que intentaba derrocarlos.
Y también sería la primera vez que la armada revolucionaria se presentaría al mundo.
—¿Vendrán todos?
—Es difícil saberlo, no me sorprendería si Dragón mantiene a los comandantes a una distancia segura, pero los que ya son conocidos se presentarán sin duda —comentó Tsuru, dejando que los demás absorbieran sus palabras y aprendieran—. Muteki, Vlixe, Jurai, Orinku… grandes nombres poderosos y terribles del Paraíso y el Nuevo Mundo.
Los marines tenían los ojos abiertos de par en par ante lo que habían escuchado.
—¿Muteki? —repitió uno, incrédulo—. ¿No era ese el nombre del favorito de los Tenryuubitos?
—Sí.
—¡Pero era un esclavista famoso y cruel!
—Bueno —Tsuru sonrió secamente—, ya no lo es.
—Se decía que era el mejor entrenador de esclavos, escogía a los más fuertes y los volvía bestias para espectáculos… —balbuceó el marine. Los rumores sobre el hombre eran realmente atroces, se suponía que había ingresado a una edad temprana a ese tipo de vida y jamás había tenido piedad con nadie, solo teniendo el favor de los tenryuubitos ya hablaba bastante de su nivel de crueldad. Desapareció de un día a otro luego de un incidente extraño donde habían muertos muchos nobles.
—Y Orinku… —Habló otro ante el mutismo de sus compañeros—… ese es el campeón y maestro de las artes marciales estilo borracho, el arte marcial más difícil de dominar. Orinku es de los pocos expertos que existen en el mundo. —Al igual que Muteki se esfumó en la nada años atrás.
—Sí, y Vlixe es ese campesino que fundó su propio reino en un lugar inaccesible para todos. Es el hombre con una de las mentes más brillantes del mundo que logró la caída del muro Ilios. —Tsuru rodó los ojos—. Y Jurai es el francotirador que asesinó sin ayuda alguna a todos los marines excepto los Vice-Almirantes de la Buster Call que iba a borrar a Baltigo del mapa. —Ella les dirigió una mirada inexpresiva—. Todos los que conocemos y los que no, son personas que hicieron cosas inimaginables y que seguirán haciéndolas, y apenas son una parte de la élite de Dragón. Hay rumores sobre un usuario Zoan mitológico y una segunda sub-comandante que puede dominar el viento… no sabemos mucho de ellos a excepción de algunas de sus proezas antes de ser revolucionarios. Solo deben tener en cuenta una cosa, ellos llevan la violencia y la guerra en la sangre. —Los ojos de la mujer se estrecharon y todos sintieron escalofríos—. Puede que sigan a Dragón que ha logrado lo impensable al ponerlos de su lado, pero solo por querer acabar con la corrupción ellos no son buenas personas. Las personas buenas no ganan guerras, ténganlo claro.
Sengoku cerró los ojos un segundo. Los héroes eran cosas de fantasía que llenaban la mente de los niños, nada más.
—Nuestro pobre conocimiento nos pone en desventaja, pero esta es una ocasión que no se repetirá de nuevo. Dragón ha salido de su escondite y debemos impedir que vuelva a él —pronunció tras un silencio tenso—. Solo quedan cuatro días para que la batalla estalle, ¡debemos estar preparados!
—¡Sí!
De pronto dos marines entraron rápidamente para informar.
—¡Señor!
—¿Qué pasa ahora?
—¡Hemos perdido contacto con las flotas de patrulla que vigilaban a Shirohige! ¡Y Akagami terminó con el CP-4!
Sengoku se levantó, lívido.
—¡¿Qué?!
—¡Señor! —llamó el otro con el rostro sudoroso— ¡Se ha reportado numerosos decesos a lo largo de todos los mares! ¡Los barcos que traían a algunos marines de alto rango han sido hundidos en el mar! ¡Los sobrevivientes afirman que repentinamente reyes marinos les atacaron de la nada! ¡Y no solo eso, estampidas de bestias gigantescas han atacado muchas de las divisiones en todo el mundo!
Tsuru cerró los ojos cuando Sengoku destrozó su escritorio de un puñetazo.
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Estaban lejos de comprender que apenas era el inicio de sus problemas. Tan sorpresivo como absurdo, tan inesperado como asombroso, esa reacción en cadena formaría una historia gloriosa. ¿De qué? Los aliados de Luffy lo llamarían justicia; el gobierno utilizaría un término más pecaminoso.
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La situación ya había traspasado cualquier límite sostenible cuando entró la llamada. Garp contestó solo por inercia, demasiado distraído y preocupado por todo lo que estaba sucediendo, por la forma en la que todo se había salido de las manos del gobierno. En cualquier otra ocasión todo eso le haría gracia, podría estar burlándose de Sengoku mientras comía rosquillas y veía un espectáculo.
Sin embargo, Luffy era la causa de todo.
Luffy.
Suspiró devastado, desde que Dragón se lo dio a cuidar un gran miedo se instaló en él, algo que solo sintió cuando conoció a la madre de su hijo y únicamente pudo ofrecerle una vida burda llena de miedos y ocultamiento. Después de ver como sufría Zephyr había comprendido lo que significaba ser un marine, y egoísta como era no quiso renunciar a ella, pero tampoco compartió su existencia con nadie. La había dejado oculta, lejos del mundo y sola, ella había dicho que estaba bien, que podía vivir con eso, pero Garp sabía que no estaba bien. Dragón no soportó el confinamiento, su espíritu libre no lo permitió, y luego creció para ser peor que él y someter a su hijo a una vida donde lo culparían solo por haber nacido.
Garp era infantil y caprichoso, pero conocía como funcionaba el mundo.
Ser hijo del líder del ejército revolucionario ya era bastante malo, pero causar lo que causó en el mundo… ni siquiera él podía haberlo adivinado.
De pronto se sintió inmensamente cansado.
—Si han llamado para decir que se unirán a esa tonta protesta mejor no digan nada —masculló de mal humor al Den-Den-Mushi antes de que siquiera pudiesen hablar. El levantamiento de las Islas Conomi y las Islas Organ había comenzado algo tan terrible como imparable—. En el momento en que lo hagan no podré protegerlos más.
—Garp-san… —escuchó la voz de Makino llena de dolor y lágrimas.
—Incluso si están dispuestos a morir el reino de Goa se ocuparía de ustedes antes que la marina. Están afiliados al gobierno y no permitirán ninguna mancha —dijo, pasando una mano por su rostro con frustración. Había nacido en el lugar y sabía cómo de podrido estaba, Goa fue la razón por la cual decidió ser un marine y también la razón por la que Dragón decidió empezó su revolución—. No permitirán que vivan, piensen en los niños antes de hacer algo estúpido.
Hubo solo un breve silencio antes de que contestaran.
—Entiendo. —Esa vez fue Woop Slap. Su voz era tranquila, aunque notó la leve conmoción que lo embargaba—. ¿No hay nada que podamos hacer entonces?
—No… ni siquiera yo puedo hacer algo para impedir la ejecución de Luffy aunque tuviese más rango —murmuró, afligido, recordando los buenos momentos que pasó con sus nietos, la inocencia y estupidez de Luffy sobre todo. ¿Cómo habían llegado las cosas a ese punto?—. Ahora mismo mi poder solo alcanza para evitar que ustedes sean condenados por cuidarlos… —Y aunque no lo dijo, el alcalde y Makino comprendieron con un estremecimiento que no solo la ascendencia de Luffy había quedado al descubierto—. Díganselo a Dadan, debe estar maldiciendo mi nombre.
—¿No te estás metiendo en demasiados problemas por nosotros… verdad?
—No te preocupes por eso —desdeñó, sintiendo como si el mundo estuviese sobre sus hombros. Había hecho una elección desde que ambos decidieron libremente convertirse en piratas, Luffy y Ace o Villa Fosha… sus nietos escogieron su camino y no había forma de volver el tiempo atrás.
—Luffy y Ace… no me arrepiento de conocerlos y amarlos —susurró Makino—. Moriría por ellos si fuese necesario, pero si dice que no debemos intervenir no lo haremos.
Garp nunca dejaría de admirar los cojones que tenía Makino, desde niña siempre había sido alguien dulce y amorosa pero también increíblemente fuerte. Quizá por eso nunca le importó decirle la verdad acerca de sus nietos.
—Pero no es justo —continúo Makino con tristeza—. No es justo… es solo un niño.
—Un niño que se convirtió en pirata y decidió declararle la guerra al mundo —señaló Garp secamente.
—Pero no será ejecutado por esa razón —dijo ella en voz baja—. Es solo por su sangre.
—Hay cosas que están más allá de nuestro alcance —respondió, cerrando los ojos con fuerza—. Le dije que viviera bien su vida, ese maldito mocoso no pudo escuchar aunque sea una vez a su abuelo… —susurró. Si Luffy no fuese un pirata y aun así estuviese en esa situación habría mandado al demonio todo para protegerlo. Sin embargo, dado que era un criminal y además culpable de un delito grave no existía nada que él pudiese hacer.
Eso le estaba estrujando el corazón.
—Esos mocosos deberían aprender de ustedes.
—¿Cree… que su padre irá?
El Vice-Almirante miró a la nada con sequedad.
—No importa si Dragón acude o no, aunque sé que lo hará… —rio tristemente ante la situación.
Arabasta, Sakura, Water Seven, Conomi y Organ… cinco islas, cinco reinos o villas que habían decidido desafiar al gobierno mundial por un hombre, que estaban gritando que preferían la muerte a solo mirar.
Y luego Ace, y ese chiquillo que Dragón había elegido, y Shirohige y Akagami…
Sengoku había quedado mudo de estupor, pero el Gorosei no, para ellos era como si todos sus miedos hubiesen tomado forma.
—Lo que pase de aquí en adelante será una masacre.
"¿El hijo de Dragón el Revolucionario? ¡¿Están diciéndome que lo van a ejecutar por esa razón absurda?! ¡¿Qué el delito imperdonable que ha cometido es vivir?!... ¡EN EL MOMENTO EN QUE ESA EJECUCIÓN SE REALICE ARABASTA Y SAKURA SE UNIRÁN A LOS REVOLUCIONARIOS!"
"¡Condenaron a mi maestro por construir un barco! ¡Nadie podía saber lo que Roger haría en el mundo o el título que le pondrían y aun así lo condenaron por eso! ¡Y lo soporté en silencio por el bien de Water Seven! ¡PERO WATER SEVEN YA NO EXISTE Y ESO HA SIDO LO ÚLTIMO QUE HE AGUANTADO DE USTEDES! ¡¿QUIEREN LA VIDA DE MUGIWARA?! ¡NO ME QUEDARÉ CALLADO ESTA VEZ! ¡DETENGAN ESA EJECUCIÓN O TODO EL CONOCIMIENTO QUE TENEMOS IRÁ A PARAR A LAS MANOS DE SUS ENEMIGOS! ¡SI MUGIWARA ES EJECUTADO SE ARREPENTIRÁN!"
"¡NO ESTAMOS DE ACUERDO CON ESA EJECUCIÓN! ¡REVOQUENLA!"
"¡ESE NIÑO SALVÓ ESTAS ISLAS, AUNQUE NADIE LO CREA! ¡LO JUSTO ES RETRIBUIR! ¡NO ESTOY DE ACUERDO TAMPOCO CON ESA EJECUCIÓN!"
"YO SOY GOL D. ACE, EL HIJO DEL REY PIRATA. ¡SI LIBERAN A MUGIWARA NO LUFFY ME ENTREGARÉ! "
"USANDOLO COMO CARNADA… BUENO, AQUÍ TIENEN LA RESPUESTA QUE TANTO QUIEREN ¡RYOSUKEN!"
"¡Akagami y Shirohige han cambiado sus cursos repentinamente! ¡¿Qué está pasando, señor?!"
¿Por qué no podían entender lo que habían hecho?
—¿No lo comprenden? —Garp sonrió amargamente, dividido entre el orgullo y la miseria por el nieto que había crecido hasta convertirse en alguien invaluable para muchos, pero sumamente peligroso para otros—. Defenderlo de ese modo solo empeoró la situación, no importa como acabe todo, ya sea que sobrevivan o no, el gobierno hará hasta la imposible para que Luffy muera. Se ha convertido en alguien tan peligroso como Dragón, y aquellos que lo defiendan sin importar su status al desafiar al gobierno están cometiendo un delito imperdonable. Esto es ahora un crimen mundial.
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Para la ejecución pública de Monkey D. Luffy sólo faltaban cuatro días, y Mariojea y el cuartel general de la marina eran un caos completo. Lo que empezó como una especie de broma al dar a un novato tanta importancia se estaba transformando lentamente en algo que estremecería para siempre los pilares de la historia.
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Sanji levantó la cabeza, entre la oscuridad de su celda y la sangre que le cubría apenas se veían sus ojos, los mismo que eran como los de un demonio. El carcelero tragó saliva aterrado, pero logró soltar las cadenas y grilletes sin ningún imprevisto y, tomándolo del brazo, lo escoltó fuera de la celda hasta ponerlo de rodillas ante ella.
Reiju sonrió de medio lado.
—Creí que no te arrodillabas ante la realeza —comentó a la nada con diversión. Sanji apretó la mandíbula con fuerza—. Pero está bien, estás aprendiendo cuál es tu lugar en el mundo. —Se acercó a él con sensualidad, inclinándose y acariciándole la barbilla con un dedo, y él se estremeció de pura rabia ante la burla—. Lo que te podemos ofrecer es tu libertad para que hagas con ella lo que te dé la gana, regresar a esta prisión, destrozarla, liberar a tu capitán o matar a quien quieras —susurró solo para él, su voz fría y calculadora—. Sin embargo, lo único que no puedes hacer es morir, Sanji. ¿Entiendes? No importa lo que hagas o como lo hagas, la muerte te está prohibida —Ella lo sujetó de la barbilla con brusquedad y lo hizo mirarla directo a los ojos que eran como hielo—. Si sucumbes entonces ruega desde el infierno que las personas que te importan mueran antes de que los encontremos.
Nadie más que él oyó todo, la burla, el trato y la amenaza. No contestó, pero el miedo en sus ojos fue suficiente para su hermana que lo soltó con la misma brusquedad con la que lo había sujetado y retrocedió unos pasos.
Luego alzó una mano en su dirección, el gesto era claro, pero Sanji se limitó a mirarla por un momento sin expresión alguna.
"¡Ey, cocinero! ¡Eres bastante amable! ¡Ven conmigo y sé mi nakama!"
Reiju alzó una ceja ante su reticencia.
—¿Estás dudan…? —Se interrumpió cuando Sanji se aferró a ella al segundo siguiente, sus dedos ensangrentados se cerraron en torno a los de ella con fuerza, y pudo sentir su desesperación, vulnerabilidad, ira y pena en ese pequeño contacto.
"No vuelvas jamás con nosotros ¿me escuchas? El mundo es realmente grande… un día… sin duda encontrarás gente que te tratará de la forma en la que mereces ser tratado. ¡Ve, no mires atrás! ¡No vuelvas nunca!"
El recuerdo fue inesperado y Reiju se sujetó inconscientemente a su hermano, sorprendida ante la jugada de su mente. Sanji no notó su breve vacilación, estaba demasiado ocupado intentando no romperse, intentando no demostrar nada, ni siquiera odio, su rostro era una máscara apropiada para ese momento tan clave en la historia que quedaría registrado por siglos.
Más tarde, cuando la princesa del Germa pensara en aquello, comprendería que había sido ese instante el catalizador de su propia destrucción. Luffy era una persona amable y carente de malicia, pero había cosas que no soportaba ni pasaba por alto jamás, que uno de sus nakamas fuese herido era de esas cosas para que las que él pensaba el perdón no se podía otorgar.
Y, aferrándose a sus dedos porque no había otra opción, porque prefería destruirse que dejar morir a su capitán, Sanji regresaba con las personas que más lo habían lastimado en su corta vida. Sanji volvía a ellos, reclamaba de nuevo el apellido Vinsmoke y eso lo estaba matando.
"Bajo ninguna circunstancia te puedes identificar como mi descendencia. Tú eres la única mancha en mi vida, mi único fracaso… ¡la única cosa de la que me avergüenzo!".
Los ojos de ambos se encontraron y para Reiju fue regresar en el tiempo, escuchar el llanto de su hermano, su mirada desgarradora y perdida. Cerró los ojos y suspiró como único lamento.
Eso era todo.
Muy dentro de sí, en ese lugar en el que era una hermana mayor, Reiju pidió perdón al hermano al que no querían ni querrían lo suficiente más que para hacerlo sufrir.
"Lo siento, Sanji, aunque no lo parezca realmente lo lamento".
Desvió la mirada al escolta marine, los carceleros de bajo rango y Domino, que observaban sin entender nada, pero sin intervenir, alertas y dudosos al hecho de que Sanji no llevaba cadenas ni grilletes. Su padre había regresado al barco dejándola los últimos detalles.
—Es hora de partir —concluyó sin soltar a su hermano—. Preparen todo, mi padre y yo regresaremos a nuestro hogar con nuestro… invitado.
Los preparativos comenzaron y el primer paso fue dado, Sanji era libre de nuevo, y no era el único que había comenzado el juego.
Si era algo premeditado o no, nadie podía saberlo.
En ese mismo tiempo, mientras Sanji recorría a la inversa el camino al infierno, una llamada entraba a Mariojea y, finalmente, después de días sin contestar la llamada del gobierno, el último de los Shichibukai exigía algo a cambio de su participación en la guerra.
—¿Una parada en Impel Down? ¿Por qué?
—Mugiwara no Luffy… quiero preguntarle algo antes de que muera.
—¿Qué es? —cuestionó entre dientes el funcionario. Estaban en un punto álgido, con el ejército revolucionario, dos Yonkou y cinco países sublevados en manos, y ¿de verdad al más tranquilo de los Shichibukai se le daba por tener un arranque caprichoso más digno de la Emperatriz Pirata? Incluso Boa Hancok había terminado cediendo al gobierno.
—Nada que les incumba, son mis negocios y ese es el precio por mi ayuda.
—¡No se supone que deba existir un precio! ¡Eres un Shichibukai, Jinbe! ¡Responder al llamado del gobierno es tu responsabilidad!
—¿Es un no? —La pregunta fue concisa y serena. A través del Den-Den-Mushi no se podía notar más que calma y tranquilidad reflejadas del gyojin. El funcionario rechinó, superado por todo y cuando contestó pareció tener mil años.
—No puedo responderte ahora. Probablemente ya lo sepas, pero el Nuevo Mundo está agitado con los movimientos de Akagami y Shirohige. —Sengoku se había encerrado en una reunión de suma emergencia con Almirantes, Vice-Almirantes y agentes del gobierno de alto status, y hasta el momento no se sabía nada.
El silencio de Jinbe fue extraño y corto.
—Lo sé, si ellos están acudiendo a Marineford, será una masacre como nunca se ha visto. —La voz del gyojin contenía mucha tristeza y también una dosis de feroz resolución—. Esperaré la respuesta pacientemente, debo ir a Impel Down antes de la ejecución —insistió.
—Muy bien, lo consultaré y te llamaré. Lo más probable es que sea aceptado, necesitamos toda la fuerza disponible y solo el Ouka Shichibukai al completo puede ayudarnos.
—Sí, lo que sea necesario para evitar una tragedia —murmuró Jinbe y colgó, mientras la innegable importancia de Impel Down quedaba a flote, hasta el día de la ejecución sería el objeto de toda la atención.
La calma que precedía a la tormenta reinaba en la gran prisión, pero en los mares no. Cientos de barcos marines se dirigían a Marineford, quince buques de guerra protegían Impel Down y otros cientos navegaban a la base marina para la Gran Guerra de la que el mundo aun no tenía idea. Muchos ya habían alcanzado sus destinos, pero otros no, y tampoco lo harían jamás.
En el East Blue, el archipiélago Conomi y el archipiélago Organ se habían unido y contra todo pronóstico tomaron una base marina desde donde comenzaron a causar problemas cada vez más graves. Poco a poco personas que conocían y fueron salvadas por Luffy y los suyos habían empezado a salir y, envalentonados por las acciones suicidas que empezaron en villa Cocoyasi, también causaron estragos.
Quizá no tenían la fuerza y el poder que contenían el ejército revolucionario o dos Yonkou, pero las pequeñas olas podían causar maremotos: el bloqueo marítimo en el East Blue era minúsculo, aunque desastroso, y decoraba las portadas de los periódicos. Y la caza de marines comenzó a ser deporte morboso…
—¿Ejecución, eh? —En Gran Line alguien apagó un cigarro contra el titular del periódico con aburrimiento, dirigiendo su sagaz mirada al frente: un barco marine se veía no muy lejos con las velas en alto y el viento favorecedor—. Supongo que será un buen espectáculo para los marines.
—¡Jefe! —Hubo una exclamación mortificada y el hombre miró con parsimonia a sus subordinados, dos hombres grandes con la apariencia de monos que lloraban a borbotones. El barco estaba navegando sin rumbo fijo, en busca de aventuras y tesoros cuando la noticia quebró el espíritu de la tripulación.
—Sería tonto ir a Marineford —murmuró, mirando el cielo y recordando la silueta gigantesca de un chiquillo con un sombrero de paja y el sonido de una campana resonando. Quizá la magnitud de ese acto no se había equiparado a otras hazañas, pero para él ese gesto significó todo. Le debía mucho al chiquillo que le otorgó la oportunidad de reconciliarse con su pasado—. No tenemos poder para hacer nada… aunque… —Su mirada se afiló cuando regresó al barco no muy lejos—… somos piratas y los marines son nuestros enemigos. ¡Hundan ese barco! —ordenó con violencia, perdiendo cualquier rastro desinteresado en su voz y rostro.
—¡Si, jefe! —La respuesta fue igual de feroz—. ¡Preparen los cañones!
—Esto es todo lo que puedo hacer —gruñó, encendiendo otro cigarro y preparándose para la batalla. El mar era engañosamente tranquilo, pero ni aunque apareciera un ciclón iba a detener su pequeña contribución—. Chico, espero que salgas de esto… tienes que hacerlo —siseó, antes de entrar en un sangriento combate.
Más tarde el cuartel general se enteraría que un tal Montblanc Cricket había hundido uno de sus barcos y luego había dado caza a otros siete.
Pero lo peor llegaría horas después con las noticias del avistamiento de cientos de cuervos gigantescos cruzando los cielos y reyes marinos hundiendo más barcos, y Sengoku con los dientes apretados y el rostro en blanco reconocería en el ataque la marca de uno de los oficiales revolucionarios. A solo tres días de la ejecución comenzaban el contraataque.
Sabo, el segundo al mando, había desaparecido y junto a él, Puño de Fuego, pero ciertamente Sabo no era el único revolucionario de alto rango dentro del ejército.
Rumores habían recorrido el mundo desde que Dragón comenzó su revolución, rumores y rumores sobre actos demenciales, personas desaparecidas y tragedias llenas de misterios. Murmullos eran lo único que se obtenía del ejército que desafiaba al mundo.
Nadie sabía con certeza cuantas personas formaban parte de la fuerza de Dragón, nadie sabía cuántos comandantes existían ni quienes eran ni lo que hacían, solo se conformaban con los susurros y murmullos de muros destrozados, de buques de guerra derrotados y sangre en el mar, rumores fantasmas sobre plagas asesinas, bestias amansadas y barreras, rumores sobre rumores del único hombre al que gobierno era incapaz de encontrar.
En el cuarto día, mientras Sanji se recuperaba, mientras Sabo se hallaba desaparecido, Dragón se encaminaba a Marineford en su barco. Planes eran trazados, la sangre fría se mantenía junto a la expectativa, la anticipación al movimiento que echaría abajo una era completa.
Dragón miraba al mar con ojos concentrados cuando entró la llamada o llamadas en realidad.
Los espías habían informado de lo acontecido en esos días desde que fue anunciada la ejecución, y el modo en que había repercutido tal acción hizo que el estoico hombre reaccionara esbozando una sonrisa depredadora llena de antelación. Una sonrisa que solo se veía cuando iba a suceder algo imparable, una sonrisa que poco (y mucho a la vez) tenía que ver con la de su hijo que, encerrado en Impel Down, solo aguardaba por su tripulación y Ace.
Un padre normal reaccionaría de forma distinta, pero Dragón al igual que Garp, al igual que Luffy, no entraba en la categoría de lo normal, y aunque la privación de la libertad de su hijo si lo había irritado, estaba más tranquilo que nunca. El gobierno estaba aterrorizado ante el enemigo inesperado, ante la fuerza que Luffy había despertado; a Dragón solo le había hecho gracia, su mirada era amenazante pero su sonrisa era divertida.
Luffy, tan atolondrado y tonto como era, simple y lleno de vida, no podía comprender el alcance de sus acciones.
El resto sí que lo hacía, incluyendo a las personas que servían a Dragón.
¿Cinco islas sublevándose por un pirata?
—Ciertamente es su hijo, Dragón-san —comentó uno de los oficiales riendo con oscura diversión. La ejecución de un pirata novato en Marineford había levantado especulaciones y curiosidad en muchos, y tensión en otros, y aunque casi nadie sabía que estaba pasando, la mayoría podía sentir en el ambiente caldeado el caos que estallaría.
—No ha defraudado en lo más mínimo… Mugiwara no Luffy realmente es lo que se espera de usted —opinó otro mientras el resto concordaba. El veredicto era claro y estaban ansiosos y expectante ante el niño, hombre se corrigieron, que había vuelto todo patas arriba, contradiciendo la lógica establecida por casi un milenio.
Dragón comenzó una revolución y ellos eligieron seguirlo, peleando y trayendo monarquías enteras abajo, pero lo que estaba haciendo Monkey D. Luffy sin siquiera intentarlo… era aterrador.
—Luffy escogió el camino que quería, la respuesta de esas islas no tiene nada que ver conmigo —aclaró Dragón, aunque estaba más que satisfecho con la vida que su hijo había escogido. ¿Que lo motivó a actuar ayudando a esas personas? Dragón no podía saberlo y tampoco podía evitar su regocijo.
—Cada persona escoge el camino que quiere —aceptó alguien más—, pero la genética no se puede negar. —Y era bastante cierto. Dragón no los corrigió y fue al punto.
—Lo que hizo Luffy no tiene nada que ver conmigo… pero si el gobierno quiere mezclarnos que así sea —sentenció, y ese fue todo el permiso que necesitaron para hacer cuanto quisieran.
Las personas al otro lado de los Den-Den-Mushi estaban entre los más altos rangos dentro del ejército revolucionario, eran las personas que respondían y obedecían solo a Dragón, y a los comandantes y Sabo por descontado. Habían cometido un sinfín de acciones, cosas realmente grandiosas, cosas sublimes y milagrosas, pero también cosas terribles y horrorosas. Eran hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cuya sola presencia era motivo suficiente para sacudir el mundo entero.
Su encuentro en Marineford solo avivaría las llamas de la revolución.
—Si quieren una guerra, tendrán una guerra —prometieron y colgaron.
Y cada uno desde su respectivo lugar miró al frente, unos con indiferencia, otros con hastío o misericordia, y unos cuantos con sonrisas divertidas o macabras…
Pisando un suelo de arena uno de ellos levantón la mano a una princesa, pidiendo su respuesta.
Y Nefertari Vivi lo miraría con aprensión solo un instante, con la misma vacilación de Sanji, sin estar segura si esa era la solución o el inicio de una tragedia.
—Los revolucionarios… si Dragón es el padre de Luffy-san entonces quiero creer que hay una salida —dijo, aferrándose con una mano a Kohza y con la otra aceptando la mano del revolucionario. Sus ojos eran intensos—. Luffy-san debe vivir —exigió con tal convicción que el otro notó que la princesa heredera del trono de Arabasta, uno de los veinte reinos que crearon el gobierno mundial, uno de los pocos países que ellos nunca hubiesen podido tocar, estaba dispuesta a todo por eso, incluso si tenía que desafiar al gobierno que sus ancestros ayudaron a fundar.
La observó aferrada al joven que a todas leguas algún día se sentaría a su lado en el trono y supo que estaba contemplando algo realmente inverosímil, algo que en teoría no debía ser posible y no podría repetirse de nuevo. Aunque tenía la sensación de que se repetiría y mucho. Cuando los años pasaran y Mugiwara no Luffy triunfara, el mundo cambiaría y los mismos reinos que habían puesto al gobierno por encima lo bajarían del trono, y sería por ese chiquillo, por el pirata, el hijo de Dragón.
No pudo evitar sonreír al mirar a los ojos a los futuros reyes de Arabasta. No estaban estableciendo un trato, estaban lanzando un ultimátum, estaban apostando por todo lo alto para la supervivencia de Monkey D. Luffy. No era un trato y si fallaban no serían perdonados.
La mirada fiera de Nefertari Vivi lo dejaba claro, al igual que la mirada apacible y determinada de Dalton, y la mirada desconfiada y fría de Genzo en la base marina que Conomi y Organ habían tomado, y también la iracunda de Iceburg mientras Water Seven se hundía y barcos marines se perfilaban contra el horizonte. Cada uno miraba con ímpetu al revolucionario que había sido enviado a ellos.
No era un trato, era una exigencia, una orden, y si estaban dispuestos a morir declarándole la guerra al gobierno, fallar no era una alternativa.
Los cuatro revolucionarios asintieron con fuerza, sin inmutarse, con la misma sonrisa casi salvaje que había esbozado su infame líder cuando los hilos del gobierno se tensaron y rompieron sobre esas cinco islas.
En nombre de Arabasta, Sakura, Conomi, Organ y Water Seven hicieron una promesa:
—El hijo de Dragón-san vivirá incluso si debemos bañar Marineford con sangre.
Luffy viviría y eso era lo único cierto.
Unos lo exponían con diplomacia, otros con violencia…
Una completamente inmisericorde echó abajo una base marina entera, con su larguísimo cabello acompañando su baile incitante de color rojo sangre.
Lejos, otro más sopló con burla el ligero humo de sus pistolas, sentado sobre un rey marino observando como tres buques de guerra iban al fondo frío marino, la madera tan perforada como un alfiletero y cientos de cuerpos hundiéndose al mismo tiempo.
Uno más, sobre un cuervo gigantesco, movía cientos de bestias a su solo deseo, llevando destrucción y muerte a culpables e inocentes.
Unos viajaban, otros armaban planes, y los que quedaban mataban, porque eran revolucionarios, no héroes, y derrocar al gobierno no era cosa de compasión sino de estrategia y también de un poco de rencor.
Esa sería la primera vez que se mostrarían al mundo, esa sería su presentación y estaban dispuestos a que comprendieran que no estaban para juegos.
Haciendo de las suyas dejaban claro sus posturas mientras avanzaban al cuartel general, y el único de los oficiales que acompañaba a Dragón se dejaba caer sobre la cubierta, comenzando a tallar con unas gubias en la madera de forma incansable, concretada y enloquecida unas imágenes. Patrones inconmensurables que no parecían tener sentido ni forma, imágenes sobre un chico encadenado, sobre cientos de personas luchando, sobre tormentas desastrosas y olas gigantescas, sobre fuego, un barco, y tres personas en medio de toda la masacre. Imágenes acudían a su mente, cosas que veía pasar en un flash sobre la guerra a desatarse, cosas que no podía dibujar como la rabia, los gritos de libertad y sangre y más sangre.
Y la gran prisión desmoronándose…
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El mundo ardía en expectativa, los marines se agrupaban en Marineford y el tiempo pasaba. Los Shichibukai esperaban y los Yonku también, pero antes de Marineford, Impel Down sería profanada.
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El quinto infierno era un lugar helado literalmente, cubierto de nieve y con una tranquilidad extraña en el ambiente, el bosque que crecía de forma casi encantadora hacía ver el lugar de un modo diferente, pero la mujer marine que entró siendo escoltada por algunos carceleros no podía olvidar lo que sus ojos horrorizados habían contemplado desde que entró a la prisión por primera vez. Estaba acostumbrada a ciertos parámetros sobre el trato a criminales y ella misma era implacable cuando la situación lo requería, pero lo que encerraba Impel Down simplemente era inhumano.
Tashigi apretó los labios mientras pasaba las celdas donde prisioneros habían muerto congelados, donde otros estaban tan insensibilizados a la crueldad y el frío que solo sonreían ante su reacción.
Smoker había insistido en ver a Mugiwara y Garp había dado el permiso, y ella llevada por la situación, siguiendo a su capitán y pensando en su ambición decidió hacer lo mismo, solo que su interés no estaba en el niño pirata.
Faltaban menos de dos días para la ejecución y en el momento en que la cabeza de Monkey D. Luffy rodara, la vida de su segundo al mando sería sesgada en la gran prisión.
Pierna Negra se había salvado de la ejecución interna, aunque la marine no sabía si aquello era una bendición o una maldición. Sabía que para los piratas la libertad era lo único más importante que el oro y la gloria, y ser el juguete de una familia noble era un infierno peor que la muerte para cualquier persona.
No obstante, no tenía tiempo ni compasión que ofrecer, antes de que la vida del espadachín se apagara ella quería exigirle y a la vez prometerle algo.
La caminata se detuvo abruptamente y Tashigi parpadeó algo perdida en sus pensamientos dando un traspié inesperado contra un charco, nieve derretida supuso reprendiéndose por su torpeza, pero al bajar la mirada notó que sus botas estaban empapadas en sangre.
Levantó la miraba bruscamente, anonadada ante la densidad del líquido cuando uno de los carceleros habló.
—El prisionero de alta seguridad: Roronoa Zoro, el Cazador de Piratas, vice-capitán de la banda de los Mugiwara. Recompensa: 120 millones de belies. Castigo: El Infierno Helado —recitó con propiedad, levando las manos con elegancia a un costado.
Era una zona libre donde la nieve era un manto y las celdas un recuerdo lejano, sin embargo entrando de forma tan abrupta como imponente en su campo de visión, a solo unos metros se alzaban dos tablones de madera en lo alto desde donde pendía sujeto por grilletes el hombre que estaba buscando… crucificado.
La mirada de Tashigi se endureció por la indignación y la repugnancia.
—Roronoa —dijo, y mientras pronunciaba el nombre, Smoker contemplaba a Mugiwara encadenado y sonriente. Una sonrisa que contrastaba con la expresión cruda de Zoro ante el asco de Tashigi que miró a los carceleros con furia silenciosa.
—¡Bajenlo! —ordenó.
—Teniente, los marines no tienen potestad dentro de la gran prisión —respondió uno con todo el respeto que pudo reunir—. Especialmente los que tienen bajo rango, espero su comprensión. Si aún desea hablar con el prisionero puede quedarse o de lo contrario la escoltaremos a la salida —señaló el lugar por donde habían llegado, sin parecer inmutarse ante el frío y el horror de sus acciones.
Tashigi lo fulminó con la mirada, llena de rabia, apretando su katana entre sus dedos entumecidos, pero no dijo ni hizo nada mientras pensaba en la justicia que perseguía y que Impel Down impartía de forma completamente salvaje. Piratas eran piratas, pero también seres humanos, no concebía la idea de la tortura al punto de llegar a ser peores que los criminales que castigaban.
—Quiero hablar a solas con el prisionero —siseó, intentando no prestar atención al modo en que la sangre se escurría lentamente de la madera a la nieve.
Los carceleros se encogieron de hombros, indiferentes, y se retiraron.
Tashigi volvió su mirada a él y se estremeció un poco (no pudo evitarlo) ante sus ojos crueles. Lleno de sangre y casi muerto… ni siquiera así Roronoa Zoro dejaba de verse tan majestuoso. ¿Qué hombre en el mundo podía mirar del modo en que miraba Roronoa en la situación en la que estaba? ¿Qué hombre en el mundo podía verse tan terriblemente monstruoso incluso en sus horas finales? ¿Esa era la mirada de un hombre que iba a morir? A pesar de lo mucho que lo detestaba y envidiaba, Tashigi no pudo impedir el respeto ni el temor que nació al contemplarlo así. En el East Blue, en Arlong Park, el gyojin ya entonces había reconocido en el ex cazador de piratas a un enemigo imparable y aterrador, y la marine notó sin ningún tapujo lo mismo que vio Arlong, podía sentir ese vuelco en su alma gritando que ese hombre era peligroso, demasiado poderoso, demasiado… todo. Simplemente no debía vivir por el bien de la justicia que defendía.
Y a pesar de todo, así como sabía que lo mejor sería que muriese, ella quería que él… viviera. No iba a perder el sueño si ese era su final, claro, solo que no pudo evitar pensarlo.
Frunció el ceño con fuerza.
—Solo he venido por una cosa, debes saberlo —espetó.
Zoro ni siquiera se dignó a contestar, tras unos instantes desvío la mirada con desinterés. Había creído que ya era hora, pero estaba equivocado así que hizo lo mejor sabía hacer: dormir.
La mujer se quedó mirándolo incrédula e indignada, estallando en rabia, pero nada de lo que dijo lo levantó. Zoro solo respondía a una voz y Luffy estaba demasiado lejos de él para que su voz lo alcanzara. Durmió durante horas aunque para Zoro el tiempo no tenía importancia, dormía cuando le apetecía y se levantaba cuando se le daba la gana, así era su espíritu, así era él, y ni las torturas habían logrado cambiar su ridículo sentido del sueño.
Había padecido de todo, fue torturado de formas inimaginables porque era quien era, el hombre de mayor confianza, el segundo al mando de Mugiwara no Luffy.
Cuando se levantó de nuevo, bostezó descaradamente y luego entrecerró los ojos, agotado e irritado al notar que Tashigi no se había movido un centímetro de su sitio, congelada y con nieve cubriendo su oscuro cabello ella seguía bien plantada, temblando y mirándolo con rabia.
Ella no pudo decir nada antes de que él volviera a dormirse de forma instantánea. ¿Cómo podía lograrlo en ese congelado lugar? Era un misterio. Tashigi rechazó cualquier manda, cualquier bebida caliente y la comodidad de un cuarto que le ofrecieron hasta que llegara la hora de irse.
—¡Si ese pirata puede yo también! ¡No necesito nada! Déjenme tranquila hasta que Smoker-san decida que es hora de partir.
Tashigi no pensaba moverse hasta que Smoker lo decidiera, y el capitán marine estaba demasiado ocupado sentado frente a la celda de Luffy, acompañando sus últimos momentos, escuchando, preguntando y respondiendo porque había ido por algo que solo se hizo más evidente cuando lo contempló tirado en esa celda, ensangrentado, débil, lleno de fiebre y hambre, pero tan insolente, despreocupado y feliz como antes.
El gobierno había querido romperlo en pedazos, pero no lo había logrado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó muy animado—. ¿Has venido a verme? —añadió casi al instante—. ¡Sabía que eras un buen tipo, humitos! Estaba muy aburrido… —se quejó haciendo pucheros.
—Serás ejecutado pronto —espetó.
Luffy se encogió de hombros.
—Ah, sí —desestimó—. Más importante ¿sabes que ocurrió con mis nakamas?
—¿Por qué debería decírtelo?
—¿Y por qué no? —preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad.
Smoker suspiró con desgano ante la inocencia descarada que exponía. Mugiwara era muy exasperante.
—Solo sé que Kurohige atrapó a Roronoa y Pierna Negra —narró, cediendo a su pedido pese a su irritación—. El resto se supone que sobrevivió, aunque aún no se ha confirmado nada.
—Era un mano a mano. —Smoker arqueó una ceja ante el murmullo, notando como Mugiwara inclinaba la cabeza de tal modo que su rostro quedó oculto entre las sombras—. No se lo voy a perdonar —prometió, perdiendo cualquier rastro infantil y tonto en su voz.
Hubo solo un instante de silencio.
—Los piratas no tienen código de honor a seguir, Mugiwara. Fuiste ingenuo al creer que respetaría ese trato, especialmente si esos dos insistieron en dar pelea hasta el final.
—¡No me importa si dieron pelea hasta el final! —estalló, levantando nuevamente la cabeza, sus ojos estaban llenos de ira—. ¡No me importa lo que sea que haya pasado! ¡Un mano a mano es un mano a mano! ¡Era solo entre nosotros, no tenía por qué traer a mis nakamas!
Su explosión hizo que los otros prisioneros comenzaran a burlarse y silbar. Crocodile bufó en su celda con desdén.
—¡Cállate, Crocodile apestoso! —gruñó.
—Este pedazo de mierda… —murmuró el pirata veterano con diversión.
—¡Te voy a patear el culo de nuevo!
—Primero tienes que salir de esa celda.
—¡Cállense ya! —ordenó el marine, frunciendo el ceño confundido ante lo vio.
Mugiwara lo miró con resentimiento, pero Crocodile rio bajamente en su celda, disfrutando del espectáculo. Smoker tuvo la sensación de que el ex Shichibukai no odiaba a Mugiwara a pesar de que este lo había derrotado y mandando a prisión, más bien era todo lo contrario, como si lo respetara…
Hablando de cosas extrañas.
—¿Desde cuándo… se llevan tan bien? —preguntó lentamente.
Mugiwara abrió los ojos como platos, indignado.
—¿Qué estás diciendo, humitos? ¿Te has vuelto igual de loco que todos los que están aquí, cierto? ¡Este tipo casi destruyó el país de Vivi!
—Debes estar bromeando —dijo Crocodile a su vez con aburrimiento—. Solo no hay nada más que hacer.
—Eso —señaló Mugiwara, asintiendo vigorosamente—. Todo es taaaan aburrido —se quejó de nuevo.
—Dejarás de estar aburrido pronto, serás ejecutado —le recordó secamente. De nuevo.
—Ah, cierto —dijo de forma desinteresada.
La forma en la que respondía estaba comenzando a cansarlo, pero le hizo recordar algo que se preguntó en Loguetown cuando Buggy, el Payaso, estuvo a punto de matarlo en la plataforma de ejecución.
Frunció el ceño, curioso, receloso y tenso.
—¿No te preocupa morir? —¿Cuántas veces vio ejecuciones públicas? ¿A cuántos criminales asesinó? ¿A cuántas personas vio morir? Ya no podía recordarlo, solo recordaba nítidamente el dolor o el terror ante la muerte que compartían todos.
A pesar de lo increíblemente estúpido y temerario que era Mugiwara, seguía siendo humano. ¿Realmente no había ni una onza de miedo, de terror ante lo desconocido?
—No. —La respuesta fue automática y de algún modo no le sorprendió tanto como esperó.
Luffy había hecho una promesa, morir sin lamentar nada, y en ese momento él se sentía en paz.
Smoker entornó los ojos, la calma y la rapidez con la que respondió le provocó escalofríos.
—¿Y qué hay de tu tripulación? —increpó, casi pareció un reclamo pues el deber de un capitán (marine o pirata) era velar por sus subordinados. Luffy sonrió ante eso, sabía que Smoker era una buena persona.
—Estarán bien —respondió sin vacilación. Confianza en la fuerza de Zoro y Sanji, ya sea que él sobreviviera o no—. Son mis nakamas.
El marine resopló recordando el alcance de la fuerza y estupidez de esos piratas. Arabasta aún estaba grabado en su mente, conocía lo suficiente a esa tripulación para pensar en lo imposible.
—Crees que te rescatarán —dijo.
Luffy se encogió de hombros.
—Oi, humitos, no se supone que cuanto te torturan te preguntan algo —se quejó—. No me preguntaron nada, ¿es que son tontos?
—Mugiwara, no recuerdo que te atraparan antes. ¿Cómo sabes sobre tortura? —Considerando lo tonto que podía ser el chico, Smoker se sentía un poco sorprendido.
—Cuando tenía siete años unos piratas me torturaron —contó, animado—, para que les dijese donde estaba Ace. No lo hice —añadió muy orgulloso, y se puso serio al segundo siguiente—. Jamás diría nada que pudiese dañar a las personas que me importan.
—¿Unos piratas te torturaron y tú vas y te conviertes en uno? —cuestión, incrédulo, aceptando el nuevo tema sin poner muchas trabas. La lógica de ese muchacho era estúpida.
—Eran piratas malos —afirmó Luffy—. Querían hacer daño a Ace y Sabo.
Puño de Fuego Ace.
Smoker se tornó pensativo. Recordaba que el pirata había mencionado el parentesco y después de lo sucedido en el G-1 ya no tenía duda alguna. En cualquier caso, solo servía para reafirmar la fuerza de Mugiwara.
—La tortura no solo se trata de preguntar. —Finalmente respondió sin emoción—, es también un castigo.
—¿Un castigo? —cuestionó, parpadeando sin entender nada.
—Por tus crímenes.
—¿Pero no voy a ser ejecutado?
—Sí.
—¿Entonces? —Fue el turno de Smoker de parpadear, tan insensibilizado se había vuelto que le costó un poco notar que la pregunta no era una estupidez.
—Para el gobierno mundial la ejecución no es suficiente —mencionó cuidadosamente. La forma en la que había cuestionado algo tan obvio lo sacudió. ¿Por qué torturar sin un fin más que el sadismo? En realidad, la respuesta era una vergüenza completa.
Luffy solo arrugó el ceño, impávido, luego hizo un puchero.
—Bien —contestó sin más, y comenzó a tararear alguna tontería que Smoker no se molestó en descifrar.
—Crees que Puño de Fuego vendrá también —sentenció, intentando recuperar su atención. Tras la desaparición del pirata la tensión en Marineford había subido hasta niveles drásticos. Había tantos movimientos en los mares que lo lógico sería que Smoker preguntara sobre eso, pero le daba lo mismo, su único interés estaba en el pirata tras las rejas que pareció recuperar la emoción.
—¡Sí! —contestó Luffy sin dudarlo siquiera—. Ace está con ese viejo… ese…uhmm… ¿Cuál era su nombre? Algo de blanco… uhmmm…
—Shirohige. —Proporcionó el nombre sin sorprenderse de que Mugiwara ignorara la existencia del pirata más poderoso del mar.
—Sí, ese —exclamó, radiante—. Ace es feliz con él. Y ustedes me ejecutarán…uhmm… ¿Cuándo? —resopló con muecas graciosas.
—En dos días —repitió el marine, irritado. ¿Cuántas veces debía decírselo para que tuviera un poco de sentido común?
—Dos días —intentó hacer cuentas, pero desistió rápido—. Ace vendrá —afirmó sin duda alguna, sin preocupación tampoco. Ace era su amado hermano mayor y para Luffy eso significaba que era invencible. Ace le hizo una promesa y confiaba en las palabras que le gritó el día que juraron vivir con la mayor libertad del mundo—. Quizá no llegue a tiempo, pero no importa. Cuando era niño, Ace y Sabo me cuidaron, luego Sabo… —se detuvo abruptamente y comenzó a divagar más que hablar con Smoker—… Ace cuidó de mí hasta que salió de la isla. Prometí que me haría más y más y más fuerte para no perder a nadie, para que Ace no tenga que preocuparse. No quiero que Ace esté triste, ahora es feliz con ese viejo Shirohige y yo tengo a mis nakamas.
No se molestó en preguntar quién era Sabo, por el modo en que hablaba era claro que ya no vivía.
—Esperas que alguno llegue a ti —concluyó— ¿Y si no lo logran?
—Es simple —Luffy sonrió anchamente—. Moriré.
Smoker lo observó con expresión llana.
—No importa, no tengo ningún arrepentimiento ¡Shishishishishi!
—Realmente no te importa morir…
—Sabía que este momento podía llegar. Soy un pirata y es la vida que escogí —dijo con una solemnidad tan extraña que Smoker lo miró sorprendido ante la sencillez con la que se expresó. Entonces él lo miró pensativo haciendo muecas, como si se le hubiese ocurrido alguna locura de forma espontánea, y quizá así era—. Oi, humitos…
—Deja de llamarme así.
—¿Estarás conmigo hasta el final? —preguntó de la nada.
Smoker se sobresaltó bruscamente.
—¿Lo harás? —preguntó Luffy con una sonrisa destellante y una mirada que decía que hablaba completamente en serio.
Se encontró observándolo sin expresión, antes de soltar con su habitual hostilidad lo siguiente:
—Eres exasperante. Deja de verte tan feliz, Mugiwara, vas a morir. —Quizá quería hacerle tener algo de sentido común, quizá quería él mismo tener sentido común, pero en realidad sabía que sus palabras no tenían ninguna utilidad.
—Las personas mueren —respondió Mugiwara sin darle más importancia—. Quiero ver a mis nakamas por última vez, pero si estás tú supongo que está bien.
—¿Si estoy yo? Somos enemigos ¿por qué demonios mi presencia te tranquiliza?
—Somos enemigos, pero nunca hiciste algo para lastimar a mis nakamas —explicó tranquilamente—. Confío en ti ¡shishishishi!
"Sabes, yo no te odio después de todo ¡Shishishishi!"
"¡Vete al infierno! ¡Fuera de aquí!"
Smoker mordió con fuerzas sus habanos mientras en algún lugar Crocodile comenzaba a burlarse. Recordó Arabasta y luego a Garp diciéndole sin palabras que entendía esa necesidad de estar allí, frente al único pirata al que había reconocido como una amenaza, frente al que Smoker sabía incluso si lo negaba sería el único que podía llegar a ser rey pirata.
—Vete al infierno —contestó bruscamente, replicando la respuesta que le dio tiempo atrás.
—¡Shishishi! —Luffy no pareció afectado—. ¿Estarás conmigo hasta el final? —repitió.
Se miraron fijamente por largos segundos, y supo que no podía negarse a ese pedido.
Asintió secamente, con tal lentitud que pareció pasar siglos cuando terminó, y pensó en lo agridulce que era todo, en esa sonrisa idiota que tenía estampada, esa voluntad irrompible, y en las rotundas palabras de "no tengo ningún arrepentimiento", y en lo que pensaría de saber que sería la causa por la cual Nefertari Vivi y Arabasta serían arrasadas.
Pensó en tantas cosas que al final suspiró, sentía que la cabeza le estallaría. Nunca había sentido tanta frustración y tampoco tanta tensión. Y se quedó allí, contemplándolo con el rostro en blanco, fumando, mientras las horas se acortaban y el destino seguía su curso.
Una tregua parecía haber nacido entre ambos, pero entre Zoro y Tashigi las cosas estaban lejos de mejorar. La tercera vez que Zoro despertó ni siquiera se irritó, permaneció despierto solo unos minutos barriendo el perímetro con sus ojos fríos y sagaces sin prestar atención a la mujer.
Tashigi le dirigió una mirada resentida mientras el pirata volvía a dormirse de nuevo, como si ella fuese una parte más del paisaje, como si fuese tan insignificante como un insecto.
—¡No me voy a mover de aquí! —gritó, rechinando los dientes, queriendo llorar de pura rabia—. ¡Duerme todo lo que quieras, voy a seguir aquí hasta el final, Roronoa!
Zoro hizo oídos sordos, volvió a dormir, las horas volvieron a transcurrir, y Tashigi comenzó a notar los primeros síntomas de una congelación: sus labios se habían tornado morados y el temblor que la recorría estaba lejos de ser imperceptible como el hielo que cubría gran parte de su cuerpo. El espadachín no estaba mejor, las múltiples heridas y la sangre congelada le daban un aspecto siniestro, pero roncando a sus anchas incluso en su postura, a metros del suelo, crucificado como un animal y lleno de hielo seguía siendo mil veces superior a todos… a ella.
Y eso la hizo estallar.
—¡No lo soporto! —gritó de pronto, y las primeras lágrimas se deslizaron, aunque ella intentó en vano evitarlas. Se llevó una mano al rostro intentando cubrirse mientras sollozaba—. ¡No te soporto!
Zoro abrió lentamente los ojos, sombrío.
—¡¿No me has humillado ya lo suficiente?! ¡DESPIERTA DE UNA MALDITA VEZ, RORONOA ZORO!
"Mi victoria número… 2001".
¡Maldición, no lo soporto!"
—Deja de llorar, mujer —La voz fue muy baja y muy desinteresada, pero logró su cometido. Tashigi detuvo su llanto vergonzoso, levantando el rostro para notar como el espadachín le dirigía una mirada fija y extraña. Fue solo breve, pero Zoro por primera vez no vio a Kuina en Tashighi sino a él con once años de edad, frente a la única persona que jamás podría superar.
—¡Tú…! —Ella quiso gritar.
—Deja de llorar —gruñó sin hacerle caso—. Soy yo el que va a morir, soy yo el que no pudo proteger a su capitán. ¿Por qué demonios vienes y te pones a llorar como una niña? —siseó como si no deseara más que despedazarla.
Así como Sanji había descargado su frustración atormentando a los guardias, Zoro tenía su propia forma de hacer las cosas, el espadachín era menos de pensar y más de actuar. Despierto no había forma de que su rabia reculara, y si la marine estaba tan deseosa de morir entonces él la mataría y ya.
—¡Eres un…! —Ella se trabó con las lágrimas ahogando sus palabras— ¡¿Por qué eres tan…?! ¡Simplemente no te soporto!
—¡Eso debería decirlo yo! ¿Por qué carajos estás aquí?
—¡Quiero saber donde están las katanas!
—¿Y por eso te pones a lloriquear? —gruñó más frustrado y furioso que antes. Zoro había visto a su capitán ser cogido como un trofeo, había sido incapaz de protegerlo, no tenía tiempo ni interés en simpatizar con los sentimientos de la marine—. ¡Eres completamente estúpida, mujer! —siseó.
—¡No estoy lloriqueando! —gritó Tashigi con la misma exasperación desesperada que embargaba al pirata, aunque los rastros de lágrimas aún estaban en su rostro y sus pestañas.
Zoro le dirigió una mirada asesina y ella quiso gritar, patearlo y decirle cosas horribles, realmente horribles, aunque lo único que pudo hacer fue morderse el labio inferior hasta sacarse sangre, completamente miserable.
—¿Por… qué? —La pregunta fue un murmullo, y el iracundo pirata apretó los dientes, reconociendo en esa pregunta nuevamente al niño que había sido.
Se limitó a contemplarla por un largo minuto y cuando contestó sus ojos eran tan glaciales como el infierno al que estaba siendo sometido.
—No te creas el centro del mundo, mujer. Con mi capitán aquí ¿por qué debería prestarte atención?
Tashigi se sobresaltó con sorpresa mientras esa simple y breve respuesta le daba todo lo que ella necesitaba. No estaba siendo un bastardo solo porque sí, o porque ella fuese una mujer insignificante o irrelevante, simplemente no era Mugiwara no Luffy.
Era simple, era obvio: Zoro daría el mismo trato grosero y ruin a cualquier persona que no fuese su capitán.
"¿Dónde están las katanas? ¡Las abandonaste! ¡Las tiraste! No estaban contigo cuando te atraparon, ¿Cómo un espadachín puede permitir esa deshonra, Roronoa?" había querido gritarle eso y más, pero la determinación y la pasión se habían desvanecido y se limitó a quedarse tranquila, floja y algo aturdida sobre la nieve regada de sangre.
El tiempo pasó y Zoro volvió a dormir sin dar más que un vistazo desafiante alrededor, tanteando, sintiendo lo que estaba por suceder. Cuando se levantó de nuevo, Tashigi ladeaba la cabeza, recelosa, frotándose las manos y mordiéndose la boca.
—¿Qué pasa? —exigió, notando la tensión de la marine.
—Hay algo… raro —contestó por inercia, sin molestarse en el trato del pirata—. Han pasado horas… un día creo —intentó adivinar ahogando un bostezo—. Smoker-san… no ha venido… y…
—¿Y qué? —espetó, aunque podía sentir lo mismo que ella.
Tashigi frunció el ceño. Impel Down estaba lejos de ser un hotel y ella se había mantenido obstinada en no moverse aunque la buscaron varias veces para escoltarla, empezaba a preocuparse. Las visitas en la gran prisión eran esporádicas, eran una excepción no la regla, ¿por qué intuía que estaban tomando tan bien su impertinencia?
—Nada… nada… —murmuró, intentando convencerse de que estaba siendo paranoica, volvió su atención a Roronoa e hizo una mueca—. Y ya que estás despierto dime de una vez dónde están las katanas.
—Maldita sea, mujer. ¡Deja de joder con eso! —gritó, indignado de que siguiese con la misma cantaleta. ¿Es que era realmente estúpida?
—¡Cuidaré de las katanas de ahora en adelante! —gritó a su vez con determinación—. Mira, Roronoa, eres un pirata y no me gustas por eso. ¡No me importa tu derrota, solo quiero cuidar de esas katanas! ¡Vas a morir, prometo que las cuidaré ahora en adelante!
—¡Deja de ser absurda y lárgate de una maldita vez!
—¡Dije que no me moveré y NO LO HARÉ! —rechinó, enfadada. De no ser por la distancia y la obvia distancia de alturas estarían gruñéndose cara a cara. La situación era tan absurda que, por un momento, parecieron olvidar donde estaban y solo dejaron que la costumbre los guiara. No parecían sentir el hielo cubriendo sus cuerpos o el casi congelamiento… al menos hasta que Zoro hizo un gesto, fue tan imperceptible que nadie excepto uno de sus nakamas lo hubiese notado, pero por alguna razón Tashigi lo hizo.
—¿Estás bien? —preguntó en automático, ansiosa al mirar sus muñecas en carne viva y la forma en la que colgaba de la cruz—. ¿Desde cuando estás aquí? —Se adelantó e intentó tocarlo, pero Zoro se removió.
—¡No te importa! —bramó, rabioso de que ella hubiese notado su breve debilidad. Había soportado por días las torturas sin darle la satisfacción de ver a nadie quejarse, y tenía que ser esa mujer precisamente con la que claudicara.
Tashigi abrió y cerró la boca, indignada primero y luego angustiada al darse cuenta de la tontería que estaba haciendo. Roronoa era un pirata, incluso si el trato proporcionado a él le parecía inhumano debía abstener sus pensamientos y su compasión. Retrocedió lo poco que había avanzado esquivando la sangre congelada, un horrible sentimiento de vacío, molestia, humillación y vergüenza naciendo en su interior.
De pronto quiso irse y no volver más, si tan solo pudiese apartar sus ojos resentidos y febriles de Roronoa Zoro todo sería más sencillo.
Y lo hizo, pero no por su voluntad. Unas pisadas fuertes la hicieron girarse, katana en mano por pura costumbre, la misma que tuvo que envainar de nuevo cuando vio que la guardia de Impel Down se acercaba en una fría procesión arrastrando consigo armas y una letal resolución.
No sabía cuántas horas faltaban para lo de Marineford pero si ellos estaban allí era claro que no mucho, no había esperado tampoco que la ejecución de ambos piratas fuese exactamente en el mismo minuto.
Zoro achicó los ojos, sintiendo la muerte en el ambiente, su expresión llana. Tashigi se hizo a un lado sin protestar, sin fruncir el ceño, sin decir nada ni hacer ningún movimiento innecesario.
Se dedicó a observar mientras los guardias rodeaban a Roronoa con ceremonia, impávidos, aburridos incluso, arrastrando metal sobre la nieve, el sonido rebotando en todos los rincones, causándole escalofríos. Había visto ejecuciones públicas e internas, sabía cómo funcionaba, conocía la forma en la que lo matarían, cuanto demoraría en morir, cuanto sufriría… aun así no era sencillo. Era una marine y sabía que para cada acto atroz debía existir un castigo, era justicia pero también un asesinato.
Se preguntó no por primera vez ¿por qué el Cazador de Piratas se había convertido en un pirata? ¿Por qué Mugiwara no Luffy condujo a su tripulación a Enies Lobby y le declaró la guerra al gobierno mundial? ¿Por qué no se comportaban como los piratas desalmados que debían ser? Más que unos criminales crueles y vulgares, daban la sensación de ser unos críos consentidos y caprichosos que hacían lo que querían porque querían y cuando querían, sin verdadera malicia, sin verdadera brutalidad.
Fueron unos segundos en que esos pensamientos la traicionaron, una debilidad nacida del cansancio y quizá por la claridad del asunto, por una ejecución que no debería existir con solo un crimen a cuestas y todo lo que se cocía en Marineford por orden del gobierno.
Exhaló y un leve vapor cubrió su visión levemente, pero la mirada de Roronoa la taladró mientras sus pensamientos desfilaban por su rostro. Tashigi apretó los labios sin apartar su vigilancia de él, intentando comprender por qué seguía allí. Era incapaz de sentirse satisfecha ante la próxima muerte del hombre al que más aborrecía así que lo más lógico sería irse, no observar la tortura, no observar su vida desvanecerse entre el horror de esa gélida prisión…
—Teniente Tashigi, se la considerará como testigo para asistir la ejecución.
No contestó, tampoco importó, no estaban preguntándole nada, solo transmitiendo órdenes.
—Roronoa Zoro, Cazador de Piratas, Vice-capitán de la banda de los Mugiwara. —Un guardia comenzó a hablar. Zoro no le prestó atención, las palabras eran insignificantes para él, las palabras eran insignificantes para Tashigi también, demasiado absorta en su enemigo.
En algún lugar de su mente supo que debía prestar atención y comprender lo grande y terrible que era aquel acto. Estaba siendo testigo de primera mano del inicio del fin, el clímax vaticinado en esas semanas desde la caída de Mugiwara en Water Seven… todo estaba allí, reducido en ese nivel de hielo y muerte, en la ejecución de Roronoa Zoro, la mano derecha del hombre que se había atrevido a escupir al cielo.
Supo también que nada sería lo mismo, quizá por esa razón Smoker insistió en ir a Impel Down, quizá por eso ella seguía allí, quizá por eso tenía tanto temor y tanta confusión.
—¿Cuántas horas faltan para el traslado de Mugiwara? —preguntó en un susurro.
—¿Traslado? —La genuina sorpresa del guardia fue un balde de agua fría. Tashigi sintió como si el hielo bajo sus pies se resquebrajara. El hombre arrugó el ceño, algo despistado en el tono de su voz que era lo suficientemente alto para que cualquiera lo oyera—. ¿No le notificaron aun? Nuevas órdenes han llegado desde Marioeja. La ejecución que estaba prevista en 24 horas en la sede de la marina ha sido cambiada… —Tashigi abrió los ojos de par en par mientras las palabras parecían ralentizar el tiempo. El guardia siguió, ajeno a todo, hablando sin comprender lo que estaba haciendo—. La ejecución de Mugiwara no Luffy será en este preciso momento, aquí, en Impel Down…
Ese fue un instante vacío, un momento que perdió sentido y sonido excepto para Zoro, que volvió la cabeza bruscamente a ellos haciendo que Tashigi sintiera escalofríos y horror.
Nadie había mencionado a Zoro que su capitán sería ejecutado, nadie lo dijo y por eso había estado tan tranquilo. Su sorpresa que fue genuina pasó a cólera incrédula y luego –muy levemente- a una sonrisa extraña, una sonrisa salvaje… y macabra.
—Por todo lo citado se te toma en custodia para tu ejecución interna, la cual procederá a la par de Mugiwara no Luffy…
Tashigi quiso gritar que se callara, que solo estaba empeorándolo, quiso adelantarse, su piel erizada, su corazón casi saliéndose de su pecho. Quiso decir algo, hacer algo, desenvainar su espada, pero bastó una mirada y ella se congeló en su sitio, y en ese milisegundo en que ambos volvieron a contemplarse, Tashigi nunca sintió más terror, más aborrecimiento y tampoco más fascinación hacia nadie ni nada.
—Con la Teniente Tashigi de la Marina de testigo, tu vida acabará ahora, antes de que cometas más crímenes contra la humanidad. El capitán pirata al que serviste, Monkey D. Luffy, no conocerá otra cosa más que el dolor, la humillación y la muerte. —Hubo un chasquido, nadie prestó atención—. A las 18.00 horas del presente día se procede a tu ejecución… ¿Cuáles son tus últimas palabras? —Otro chasquido, los guardias finalmente alzaron la cabeza.
Las cadenas que mantenían a Roronoa Zoro cayeron con un suave tintineo, tan melódico como el canto del cisne mientras el pirata aterrizaba con una gracia y una violencia hermosa y bestial con su cruz hecha añicos.
—Mueran —ordenó, y se desató una masacre.
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Era el sexto día desde que se anunció la ejecución de Monkey D. Luffy cuando se llegó a la conclusión que perderían la guerra.
Era el sexto día desde que se anunción la ejecución cuando decidieron que su vida debería terminar en Impel Down antes de que causara una sublevación completa.
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Sengoku se sentía humillado, irritado y más, pero nada podía hacer para evitar lo que se decidió unanimamente. Era la mejor salida, la menos dañina de las dos opciones que se les puso delante.
Sentado tras su escritorio, escuchando a medias los reportes que le traían, suspiró derrotado y agotado mientras en diferentes partes del mundo, Dragón, Shirohige y Akagami avanzaban dejando una estela de destrucción total. Sengoku escuchaba en Mariojea mientras el barco de Shirohige seguía con un viento favorecedor, mientras Akagami destruía a los CP que estaban tras él, mientras los oficiales de Dragón desataban una violencia despiadada sobre todo y todos.
Sengoku no sabía en quien debía poner su atención. La situación se había salido de sus manos en un santiamén.
Dragón por si solo ya era un problema, y en cuanto Kurohige trajo al niño pirata supo que habían encontrado una forma de detenerlo. La guerra que el revolucionario llevaba a cabo era fría, sutil y muy inteligente, Dragón era altamente conocido, respetado y temido por sus acciones y su presencia desapercibida por lo que en primer lugar ponerle un alto era impensable. Sin embargo un padre era un padre, y el gobierno sabía que ya fuese que acudiese o no, podrían dar un gran golpe a la armada revolucionaria. Si mataban al hijo de Dragón ese se tambalearía y perdería su sangre fría, si acudía traería a sus fuerzas consigo y finalmente dejarían de ser una amenaza invisible.
Todo había sido de un modo u otro por Dragón, poner a Mugiwara sobre una plataforma de ejecución en el centro de Marineford en unos días era por su padre, solo por él y por nada más. Una guerra contra los revolucionarios era lo que estaban buscando, para acabar con Dragón y con su sangre incluso si Mugiwara no fuese culpable por delitos graves, pero cuando la princesa de Arabasta solicitó la audiencia y las islas Conomi se sublevaron, el almirante de la flota empezó a ver algo que nunca se habría imaginado.
Y el cambio de curso de Akagami y Shirohige solo fue un detonante más, en cuanto Ace se involucró supo que había grandes posibilidades de que Shirohige lo respaldara sin dudar, especialmente por el secreto de su sangre, para impedir que pusieran sus manos en él. Pero Akagami… ¿Qué pasaba con Akagami?
—¡No pueden estar realmente viniendo! —Había gritado Sengoku blanco de ira y temor en cuanto recibió las noticias del abrupto cambio de ambos Yonkou. Había girado hacia Garp con una mirada enloquecida, tomándole de las solapas y agitándolo fuertemente— ¡¿Qué significa esto, maldito Garp?! ¡Shirohige es una cosa, pero… ¿Akagami?!
—¿Y por qué me lo preguntas a mí? —Había mascullado él mirando hacia otro lado—. Como si pudiese entender cómo piensa un maldito pirata…
Garp nunca había sido un buen mentiroso, pero Sengoku no había discernido nada en su rostro más que la amargura y la pena que todo le provocaban. ¿Por qué Akagami venía? No lo sabía tampoco importaba.
Lo único claro era que los miedos del Gorosei no estaban del todo infundados.
Mugiwara era un novato, un chiquillo de diecisiete años, imprudente, tonto y temerario, pero empezaba a ganarse por sí solo esa ejecución.
Cinco islas se habían alzado a causa de él, y Sengoku no quería ver de lo que sería capaz si continuaba su viaje. Ya no era irritante, era perturbador.
Era un pirata y, aun así, ese detalle no les importaba incluso si eso los condenaba.
Sacudió la cabeza. Podía ver muchas cosas de Garp en Mugiwara, pero su amigo era un marine y esas cosas habían hecho mucho bien en el mundo. Sengoku sabía que el gobierno era corrupto, pero así era el mundo y nunca iba a cambiar, lo único que podían hacer con sus puestos era proteger en lo que podían a los débiles. No eran héroes, eran humanos, y el bien y el mal estaban determinados de formas distintas, no eran los mejores, pero él intentaba que lo fueran, y los piratas y los revolucionarios desequilibraban todo y sacaban lo peor de los marines.
Tenía que hacer lo correcto incluso si no era lo mejor.
El Gobierno había ordenado que se ocuparan solo de Dragón, pero el desafío de esos cinco países y los dos Yonkou no eran cosa de broma. Si Akagami y Barbablanca realmente se presentaban entonces estaban destinados a perder la batalla.
Pero la guerra sería su victoria en solo unos minutos más.
Esperaba con impaciencia que el Den-Den-Mushi sonara anunciándole finalmente que la vida del nieto de Garp había culminado. Cuando tuviera la información entonces podría pensar mejor en cómo hacer frente a la ira de Dragón, Akagami y Shirohige.
—Pueden retirarse —ordenó a los marines que trajeron los reportes, y estos, obedientes, hicieron un saludo respetuoso y salieron.
Tsuru, sentada en el sofá, suspiró con apatía. En momentos como ese Garp debería estar allí también, acompañándolos, comiendo galletas y burlándose de la situación, pero Garp había salido de la sala de reuniones tirando la puerta con fuerza en cuando se dio la orden.
—¿Estás seguro de esto?
—¿Acaso hay otra opción?
—No estoy segura, creo que ya sea que viva o muera, Mugiwara ha desatado algo impensable. —La anciana sonrió con amargura—. Este será nuestro final, ninguno de ellos perdonará la ofensa.
—Entonces será nuestro final —dijo con hosquedad—, pero también nuestra victoria completa.
—Hemos vivido una gran vida —concordó la vice-almirante sin preocupación.
Sengoku asintió, sus ojos concentrados aun en el Den-Den-Mushi, cuando la puerta se abrió nuevamente con tal violencia que ambos creyeron se trataba de Garp.
Sin embargo el marine que entró era un contra-almirante bastante normal en comparación a su amigo, y las noticias que traía habrían de cambiar el curso de lo que fue planeado y ordenado tan meticulosamente.
—¿Qué es esto? —exigió el almirante, indignado ante la entrada forzosa.
—¡Señor! ¡Han llegado noticias del G-1! —anunció, sudoroso y contrariado.
El G-1 había quedado completamente inservible, hecho ruinas, y los marines habían sido dados por muertos o incapacitados, solo uno había vivido el tiempo suficiente para informar sobre Puño de Fuego y el segundo al mando de Dragón.
—¿Despertó alguno? —preguntó Sengoku, curioso y sorprendido de que tal información fuese considerada relevante. Lo que necesitaban saber ya era conocido, dudaba que alguno de los supervivientes supiese más.
El marine asintió, y sin esperar el permiso para dar el reporte, exclamó:
—¡Jinbe fue avistado en el G-1 antes de ser destruido! ¡De hecho fue Jinbe el que impidió que Puño de Fuego se entregara, señor!
El rostro del almirante de la flota se contrajo un segundo con incredulidad antes de asimilar la noticia.
—¿Qué? —espetó, creyendo haber oído mal. Tsuru se irguió con expresión pétrea.
—Han despertado cuatro hombres, señor. Afirman lo mismo, Jinbe se presentó en el G-1 e impidió que Puño de Fuego se entregara, cuando el segundo de Dragón destruyó la base, Jinbe lo rescató y se lo llevó. No fueron los revolucionarios los que ayudaron a Puño de Fuego, fue Jinbe, señor.
Sengoku se levantó, lívido.
—¿Estás seguro? ¡¿No hay ninguna posibilidad de error?!
—¡Ninguna!
—¿DÓNDE ESTÁ JINBE? ¡LO QUIERO ARRESTADO AHORA MISMO! —ordenó a gritos furiosos.
—Ese es el problema, señor —respondió el contra-almirante con los dientes apretados—. Jinbe se comunicó hace unos días con el gobierno pidiendo ver a Mugiwara antes de la ejecución. —El poco color que Sengoku había ganado gracias a la rabia se evaporó, quedó tan blanco como el uniforme que portaba—. Su petición fue concedida, en este momento debe estar atravesando las puertas de la justicia…
Sengoku no esperó a que terminara de hablar, se volvió al Den-Den-Mushi que tenía y lo prendió, crispado, perdiendo la escasa calma que tenía.
—¿MUGIWARA YA HA SIDO EJECUTADO? —Solo el silenció lo recibió, un silencio insólito, mecanico y conocido. Él no podía saberlo aún, pero los marines de la sala de control se quedaron extrañados y confundidos cuando de pronto toda señal con Impel Down se perdió: las pantallas se apagaron, los aparatos dejaron de leer señales y los registros cambiaron de forma tan abrupta como si la gran prisión se hubiese evaporado en la nada.
Y el almirante de la flota, uno de los hombres más poderosos de la marina, alzó el rostro al techo aullando un nombre con rabia inaudita: "DORJE". Un nombre que pocos conocían, un grito que a pesar de la distancia pareció legar a un barco de velas negras, a una mujer de largo cabello rojo y sonrisa pletórica, espantosa, cuya mano estaba sobre un Den-Den-Mushi activado mientras comunicaba con inmensa diversión: "Está hecho… Sabo".
Ella reía, pero Sengoku estaba al borde del colapso mental. Corrió hacia la sala de controles incrédulo ante lo que se estaba formando en su mente, incrédulo y sobresaltado. Si lo que pensaba resultaba ser cierto…
Llegó a la sala en cuestión de minutos con Tsuru y otros marines detrás, y en cuanto entró siguió gritando.
—¡CIERREN LAS PUERTAS DE LA JUSTICIA!
Pero era tarde, lejos de Mariojea, en medio del mar, el barco marine empezaba a cruzar por el estrecho camino a través de las puertas entreabiertas y la corriente arrastró el buque con más rapidez. Todo parecía en orden, normal, y Jinbe a un costado, aferrado al barandal miraba el cielo despejado con ojos llenos de pesar.
—¿No quieres descansar un poco? Aun demoraremos una hora en llegar a Impel Down. —Le dijo Daigin, un hombre robusto y de barba prolija, el comodoro que había sido enviado como escolta para acompañar a Jinbe y de paso unirse a las unidades de vigilancia de la gran prisión.
—Lo que está sucediendo es triste —comentó Jinbe simplemente—, lo menos que puedo hacer es dormir.
—Será una batalla dura, pero tenemos muchas posibilidades —afirmó el marine con rotundidad.
Jinbe no contestó, su mirada se concentró a un punto en concreto. Daigin lo imitó con curiosidad y vio un barco de velas negras a unos metros como si hubiese aparecido de la nada.
—¿Qué rayos…? —Empezó a decir sorprendido mientras llevaba una mano a su katana.
—¡Karakusagawara Seiken! —El marine no se lo esperó, y poco pudo hacer para esquivar el ataque del gyojin a tan minima distancia. Jinbe golpeó el aire y la onda que levantó lo tiró hacia el otro extremo, estrellándose dolorosamente contra el barandal para luego caer al agua junto a una parte de sus subordinados.
El caos estalló al instante, los marines gritaron confundidos, intentando llegar a sus armas, pero fue en vano: pequeñas luces comenzaron a rodearlos, eran tan pequeñas y brillantes que parecían luciérnagas, y el efecto era tan bonito y estaba tan fuera de lugar que los desconcertó completamente.
—¡HIDAMURA! —El grito fue rotundo, devastador, carente de compasión, solo fue una palabra, pero las luces estallaron en fuego y las ondas de calor arrancaron gritos inhumanos a los marines. Ellos chillaron corriendo de un lado a otro y enloquecidos de dolor se lanzaron hacia el mar sin más.
Jinbe se mantuvo en sitio, apartado, mientras Ace se quitaba el uniforme marino con violencia, y el buque marine avanzaba, las grandes e inexpugnables puertas de la justicia cerrándose detrás.
Y el grito de rabia de Sengoku fue un eco terrible mientras ladraba más órdenes:
—¡QUE DIEZ UNIDADES SE DIRIJAN A IMPEL DOWN! ¡EL RESTO PREPARASE, ¡NO IMPORTA CÓMO, NO PERMITAN QUE LAS FUERZAS DE DRAGÓN, AKAGAMI O SHIROHIGE VAYAN HACIA LA PRISIÓN! ¡ESTA GUERRA YA HA COMENZADO!
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Así, un día antes de lo previsto, dio comienzo la Gran Guerra, por error, por malas decisiones, por imprudencia, por locura y por amor.
Muchos dirían que ese fue el inicio del crimen más grande la historia, muchos escribirían sobre eso, muchos hablarían e inmortalizarían aquel momento, pero lo cierto fue que ese apenas era el nudo de la historia.
El inicio solo sería un cúmulo de rumores y escándalos, y el final… el final nunca sería olvidado.
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Hi!
Primero las aclaraciones.
*Ojalá se entienda el porque del título, tanto del capítulo como del fic en sí XD. Intente hacer lo mejor que pude pero quizá sea confuso (?), "Historia de un crimen" es en honor al hecho de que los aliados de Luffy se alzaron contra el gobierno y esa historia se cuenta y contará a través de las generaciones, el fic se trata más sobre las repercusiones que causó la captura y la sentencia de Luffy en el mundo que la ejecución en sí xD.
*¿Por qué Hancock aceptó el llamado del gobierno? Le di un motivo, no sé si será creíble o no, pero no podía ni quería dejarla fuera de la batalla. Ya se explicará más adelante.
*Sobre Sabo y Ace… lo que sucedió en el G-1 se verá también más adelante.
*Si alguien lo notó, sip, insinué VivixKohza, y si, también insinué ZoroxTashigi, que son de mis parejas favoritas. No, no habrá romance, la trama no da para eso y soy muy mala escribiéndolo igual. Quería también medio insinuar LuffyxNami pero no tengo el talento para eso e.e. Habrá algunas insinuaciones más como KoalaxSabo, pero no profundizaré nada porque no me da. (Lo siento a Guest por la petición de LuRo, solo los veo como algo parecidos a hermanos).
Fuera de eso, no tenía intención de volver a publicar nada hasta que terminara de escribir el fic por mi cuenta, pero me sucedió algo extraño y bonito supongo. Estaba muy agotada tanto de escribir y leer, probablemente no habría abandonado la historia, pero quien sabe cuándo la hubiese continuado, esta no es una obligación y ya llegué a un acuerdo con esa verdad hace algunos meses. Recientemente entré al fandom de Haikyuu y me hizo muy feliz, leí un fic también de ese fandom y finalmente comprendí que me había vuelto muy cínica sobre sentimientos y emociones y eso me trababa en todo, el fic me hizo recordar porque empecé a escribir en primer lugar. Escribiré a mi ritmo y corregiré y publicaré a mi ritmo, entonces dejaré de estar tan ansiosa sobre si lo hago bien o mal y eso me dará paz. No sé si este capítulo les guste, pero dejaré de estar pendiente de eso porque el fandom está medio muerto y muchos solo leen y ya, lo único que puedo decir es que recuerdo claramente que cuando lo escribí me gustó mucho, mucho, cuando escribo rara vez quedo satisfecha, pero cuando escribí esto una parte de mí pensó "al fin hice algo bueno", y fui muy feliz. Quise mostrarlo rápidamente, pero pensé que lo mejor era terminar la idea, luego la vida real me absorbió, la tesis, los viajes, mi sustentación, el trabajo y luego lo olvidé.
Intentaré comenzar de nuevo, hacer las cosas bien. Ya tengo una línea de tiempo y estoy terminando de corregirla, serán aproximadamente entre dieciséis y dieciocho capítulos. Quise publicar este último capítulo que tenía desde hace tanto como un auto-regalo por esa emoción que sentí después de tanto tiempo al leer algo. Fuera de eso no volveré a publicar otro este año, tengo algunos fics que, a diferencia de este, si considero una obligación por el tiempo que tienen, les daré el fin que merecen y luego me enfocaré de nuevo en este.
¡Cuídense mucho, y feliz navidad y año nuevo por adelantado! Pásenlo bonito, espero que pronto esta pandemia llegue a su fin y aunque nada volverá a ser lo mismo, al menos estemos bien :).
Por sus reviews, gracias a: Tinteii, N0dusT0llens, strength of fire, Nikopelucas, Sara Dragonil, Sasura No Chikako, King Lagarto, Abril Elena, masofi, y AmayaKuronaka. Amehotaru: es bueno que pudiese transmitir las emociones que quería, sobre todo con Sanji, creo que también respeta mucho a Luffy y quise mostrar un parte de esa devoción. Gracias por tomarte el tiempo de escribir :3. Guest: gracias también, no habrá LuRo pero por lo demás intento que el fic salga bien.
Besos, Bella.
