No he podido escribir antes de hoy, muchos trabajos y exámenes de la facultad, cumpleaños y situaciones familiares.

Mis disculpas, y aquí les dejo un nuevo capi...


Anteriormente:

Ambos se quedaron en un cómodo silencio, metidos en sus pensamientos unos minutos, luchando contra los demonios de sus mentes y las muchas posibilidades que había como desenlace de la situación.

—Gracias, Bella —dijo Jasper, cortando el silencio.

—Todos queremos ayudar. La encontraremos, no volveremos aquí sin ella.

—Será mejor que prepare todo para el viaje.

Se pusieron de pie y entraron nuevamente al edificio. Bella esperaba realmente poder cumplir con lo que había dicho, tanto por Jasper como por Rosalie y todo el equipo. Por el momento, tenían pocas pistas que fueran unidas, pero hallarían la conexión, siempre lo hacían, este caso no tenía por qué ser diferente de muchos otros que terminaban bien. Sólo esperaba que Alice pudiera resistir hasta que llegaran a ella.


—No puedo creer lo que me están diciendo —dijo con voz apenada Esme desde su oficina, hablando por teléfono con Edward, Carlisle y Rosalie.

—Ni yo, Esme. Es tan...injusto —la voz de Rosalie estaba llena de pesar por su mejor amiga.

—Haremos lo que esté en nuestras manos, señorita Platt —ofreció Carlisle —Este equipo es una familia, todos la buscaremos.

Ante la mención de esa inclusión de Carlisle al grupo, Edward lo miró inquisitivamente a los ojos. Carlisle le devolvió la mirada y asintió.

—Puedo ir a Mississippi, sólo díganme dónde, necesito ayudar en algo —Esme pidió, cerrando su mano con fuerza sobre el teléfono.

—Tranquila, Esme —replicó Carlisle con voz tranquila, luego se quedó en silencio unos segundos —te mandaré a recoger en unas horas.

—Te lo agradezco tanto, Carlisle. Nos veremos pronto, voy a dar aviso. Rose, sé fuerte, la encontraremos pronto.

—Adiós Esme —apenas susurró la rubia cuando Edward cortó la llamada.

— ¿Crees que es necesario? —dijo Edward, mirando a su superior un poco confundido.

—Lo es, Edward. Ella se siente como nosotros o quizá más afectada. La conozco y lo mejor será que nos ayude —le informó y se quedó en silencio, pensando.

—Iré a preparar mis cosas al departamento —murmuró Rose.

—No vayas sola, puede ser peligroso —le pidió Edward.

—Le diré a Emmett.

Rosalie salió de la oficina del cobrizo y bajó las escaleras de metal con lentitud, su mente perdida en los recuerdos de su adolescencia, cuando conoció a Alice e inmediatamente se hicieron amigas, cuando disfrutaban de sus paseos y compras, sus charlas de vida, de los viajes que habían hecho, de su familia. Y también recordó los momentos amargos, el accidente, la internación de Cynthia, el llanto de Alice por su madre y su hermana.

No se había dado cuenta, pero estaba parada al pie de las escaleras, con una expresión de profundo dolor en su rostro y las lágrimas cayendo de sus ojos azules claros.

— ¿Rose?

Bella estaba de pie a su derecha, con su computadora portátil en las manos y mirándola con atención. Cuando Rosalie la vio, automáticamente se limpió los ojos con la mano e intentó sonreír, sin ningún éxito.

— ¿Y Jasper? —preguntó primero al ver que no estaba por allí.

—Recogió unos libros y se fue a su departamento, dijo que tenía algunas cosas que recoger.

La rubia asintió.

—Voy a ir a...casa, a buscar lo necesario.

—Pide a Emmett ir contigo, está en las escaleras de emergencia —le dijo Bella y siguió caminando, hasta que Rose escuchó la puerta de su oficina de trabajo cerrarse.

Sólo entonces, Rosalie tomó una profundo inhalación y se dirigió a las escaleras en busca de Emmett. Lo encontró mirando hacia abajo, sin moverse, seguramente perdido en sus propios pensamientos. Cuando le puso la mano en el hombro, se sobresaltó.

—Lo siento. Voy a ir al departamento y quería saber si...—no quiso terminar la frase.

—No hay problema, te acompaño —le dijo Emmett, viendo la expresión en el hermoso rostro de su compañera.

Juntos y en silencio, salieron de la central y se dirigieron a paso rápido a su edificio. Una vez llegaron, entraron y fueron directamente al ascensor. Ya en el piso, frente a la puerta, Rose comenzó a llorar en silencio. Emmett quería consolarla, decirle que encontrarían a su amiga sana y salva, pero tampoco quería mentirle o hacer promesas sin fundamento certero. Por lo que sólo se dedicó a seguirla mientras ella entraba, tomaba un bolso del armario y comenzaba a guardar cosas dentro.

Rosalie se detuvo en la puerta de la habitación de Alice, juntó un poco de coraje y entró, recogió un poco de su ropa y la guardó. Desde la puerta, Emmett la miraba. Le dolió verla en ese estado.

—Rose...

—Ella va a necesitar ropa, esa que lleva la quemaremos. Le llevaré un perfume también —lo metió todo en el bolso y, volviendo a la sala de estar, lo dejó sobre la mesita y lo cerró.

—Rosalie, no sabemos si...

— ¿Puedes mentirme al menos? Eso sería mejor a esta realidad. Nos conocemos de hace años y yo no sabía de su niñez, y ahora, quizá no la vuelva a ver jamás y eso no, no puede estar pasando...—su voz se quebró al final y las lágrimas fluían libremente de sus ojos, mojando sus mejillas y cayendo por su cuello.

Emmett no pudo hacer más que abrazarla con fuerza. No sabía qué decirle para que ella se sintiera un poco mejor, si es que había algo que fuera a funcionar. Sólo la abrazó, y ella se aferró a él con mucha fuerza, queriendo olvidarse un poco del dolor que crecía en su interior. Su mejor amiga, su hermana, podía no volver a verla.

Estuvieron abrazados un tiempo, pero de un momento a otro, Rose se apartó con rapidez, Emmett se tambaleó un poco al ser tomado por sorpresa, pero no perdió el equilibrio y cayó, al menos. Vio cómo Rosalie se dispuso a cerrar las ventanas, bajar las persianas, asegurar con llave las puertas y luego tomó el bolso de la mesita y salió al pasillo. Rápidamente, Emmett la siguió y ella cerró la puerta. El pelinegro estaba un poco desconcertado, Rose se había mostrado vulnerable con él y luego, de un segundo a otro se escondió bajo su manto de dureza una vez más, como si nada hubiese pasado, como si no hubiese llorado a mares y no se hubiese aferrado a él como lo había hecho. Ciertamente, a él les costaba entenderla, pero le gustaban los desafíos.


En el edificio de enfrente, estaba Jasper. Sentado en su sofá, mirando la portada de un viejo libro que tenía desde niño y que había obsequiado a Alice luego de una conversación sobre la literatura clásica en su sala de estar, ahí donde él estaba ahora, solo. Suspiro y guardó el libro en su bolso de viaje.

Realmente sentía que debía hacer algo, y también sentía culpa, odio, miedo. Se consideraba una persona de una mala suerte mortal. No estaba en su destino ser feliz, era un hecho. Después de todo, podía ser alguien muy lógico y saber muchas cosas, pero ¿qué es eso cuando alguien que realmente te importa es alejado cruelmente de tu lado?

Él mismo se dio cuenta de que se estaba dejando derrumbar, justo lo que no debería de estar permitiendo. Debía buscar en su mente, en su alma, donde sea y recoger cada pedacito de fortaleza que encontrara. Por el bien de todos. Sabía que su estado de ánimo era motivo de preocupación para sus amigos últimamente, su debilidad e incapacidad para controlarse hacia vulnerable al grupo en sí. Y en estos momentos, con las cosas como estaban, y el caso quizá más complicado de sus vidas, debía de mantenerse centrado, con la parte puramente lógica de su mente enfocada en los datos y no en las probabilidades de éxito o desastre.

Tendría tiempo para ponerse a punto mentalmente durante el viaje a Mississippi, ya no sería el hombre vulnerable que llevaba siendo desde los últimos meses, era hora de acomodar su viejo yo a su yo nuevo. Aunque nada aseguraba que no siguiera sufriendo tras esa barrera, porque lo haría, claro que lo haría. Pero podía manejarlo, como fuera lo manejaría, sobretodo por su propia integridad.

Sin embargo, si perdía a Alice, si no llegaban a tiempo o las cosas salían mal, la suya sería otra historia. Trágico, sin duda. No soportaría una pérdida de tales magnitudes, esta vez no. Y se lo prometió. O volvían ambos, o ninguno lo haría.

Se puse de pie con decisión, agarró su bolso de viaje, un abrigo y salió hacia la central mientras el sol se escondía detrás de los edificios.


Alice sintió el dolor antes de abrir los ojos, le dolían las piernas y el estómago. La cabeza le latía. Reunió aire en sus pulmones con lentitud y luego de exhalar, abrió los ojos. Estaba en la misma habitación que antes, pero la luz que apenas entraba era distinta, menos brillante. Debía de estar atardeciendo, o podía ser la luz de una lámpara exterior. No podía saberlo a ciencia cierta. Agudizó el oído para saber si había alguien más en la habitación, pero no escuchó nada. Estaba sola.

Muy despacio, se enderezó, quedando sentada a los pies de la cama. Recordaba ligeramente que él la había golpeado en la cabeza con algo, que gritó y luego había sentido dolores en sus piernas mientras la oscuridad la llevaba. Y también recordó el televisor, la cámara y a sus compañeros. A Rosalie. A Jasper. Un dolor aún más profundo la invadió, pero esta agonía no provenía de su cuerpo, sino de su alma.

Se puso de pie lentamente y bajó la cabeza para mirar su cuerpo. Notó algo que no había notado antes. Llevaba un vestido color borgoña, de modelo anticuado, tela muy ligera, hasta las rodillas. Algo que ella jamás hubiese optado por ponerse a voluntad propia. También vio las marcas rojas en sus piernas, algunos moretones y pequeños cortes. Nada grave pero que la molestó y asustó a la vez. Con cuidado levantó el vestido hasta su estómago y vio las manchas oscuras allí. La debía de haber pateado. Le dolía.

Manteniendo sus movimientos lentos, se acercó al monitor donde había visto a sus compañeros antes.

—Si me están viendo, chicos. Los extraño y...tengo miedo. Los quiero —y comenzó a llorar. Se dejó caer al suelo y se envolvió a si misma con sus brazos mientras lloraba.

A pocas habitaciones de distancia, el muchacho alto no pudo contener una sonrisa que asaltó su rostro.

—Esto va bien, muy bien. Sigue así, mi querida, es un acto excelente.

La sonrisa llena de odio de su rostro no vaciló mientras la veía llorar, al contrario, se deleitaba con la escena, mientras acariciaba la navaja entre sus dedos y planeaba su próximo paso.


Bueno, ¿qué les parece? Quieren saber quién es el misterioso secuestrador? Hagan sus apuestas jajajaja

Besos!