Esta historia participa en el reto Tropos, tropos everywhere del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
Tropo sorteado: poder de la amistad.
Especial agradecimiento a LadyChocolateLover por el beteo, por los ánimos, por escuchar todas mis ideas (incluso las que acaban en el cubo de la basura) y bueno, por aguantarme en general. Eres fabulosa.
Y volver a ver el sol
Octubre
—Azul —dice Justin.
—Ravenclaw, obviamente —contesta Penélope.
—Hogwarts.
—Profesor.
Penélope cuenta los barrotes mientras espera la respuesta de Justin. Llevan un par de días jugando a ese juego que su compañero de pared, como ha empezado a llamarlo Penélope, se ha inventado. Consiste en encadenar palabras que estén relacionadas de cualquier manera que se les ocurra.
—Fénix.
—¿Qué tipo de relación tienen fénix y profesor? —pregunta Penélope. No sabe cómo, pero a Justin siempre se le acaban ocurriendo las combinaciones más extrañas.
—Dumbledore era profesor y tenía un fénix. —Penélope asiente, aunque sabe que Justin no la está viendo y, casi sin querer, habla de nuevo.
—¿Tú estuviste…?
—Sí. —No ha terminado la pregunta, pero es la única posible cuando se habla del antiguo director de Hogwarts. Penélope puede cerrar los ojos y recordar exactamente el momento en el que se enteró de su muerte—. Estuvimos todos, esa noche y en su entierro. Fue… No lo sé.
Penélope se envuelve con sus brazos y se obliga a no castañear los dientes. No puede caer de nuevo en el juego de los dementores, otra vez no. Y tampoco va a dejar que Justin lo haga.
—Rojo. —dice Penélope. No hay respuesta—. ¿Justin? He dicho rojo.
—Valentía —contesta Justin con un hilo de voz, pero este suena como música a los oídos de Penélope.
Noviembre
—Echo de menos el mar —dice Justin un día entre susurros.
A Penélope le gustaría reírse, decir que están en medio del maldito océano y que pueden oler la sal desde sus celdas. Pero le entiende más de lo que le gustaría, porque el precio del olor del mar es que viene mezclado con sangre, suciedad y dolor.
—Yo también. —Penélope busca en su mente algo más que decir, algo a lo que agarrar la conversación para acallar los sollozos y los gritos dementes provenientes de otras celdas—. ¿Vivías cerca del mar?
—Qué va —contesta Justin—. Pero a mi madre le encantaba, íbamos todos los veranos y nadábamos durante horas. Mi madre siempre decía que cuando sus pies no tocaban el fondo, se sentía como si estuviese volando. —Penélope siempre ha tenido demasiado miedo como para ir donde el mar es tan profundo y ahora se arrepiente. Suena a algo a lo que aferrarse—. Cuando salgamos de aquí, lo primero que haré será ir con ella a la playa. Te puedes venir con nosotros.
Más tarde, solo la promesa de volver a sumergirse en un mar que limpie todos los horrores que está viviendo es lo que hace que Penélope, que nunca ha confiado demasiado en el océano, pueda conciliar el sueño.
Diciembre
—La boda de mis padres —dice Penélope tras pensarlo unos segundos. Intenta empaparse con el recuerdo de sus padres en esmoquin, ella saltando por la sala con un vestido morado con mucho vuelo y llevando los anillos por la pasarela. De repente, hace menos frío, a pesar de tener la espalda apoyada en la pared de piedra que comparte con Justin.
—¿Estuviste en la boda de tus padres? ¿No se casaron antes de tenerte? —Penélope niega con la cabeza, aunque Justin no la ve.
Han aprendido que funciona mejor si se paran en cada recuerdo, exprimiéndolo al máximo, deteniéndose en cada pequeño detalle. La neblina termina colándose siempre, acabando con la conversación y hundiéndolos a los dos en la oscuridad. Pero mientras tanto, aguantan como pueden.
—Soy adoptada, mis padres se casaron cuando yo tenía seis años. Venga, te toca.
—La cara de Hannah cada vez que comía pastelitos de limón —dice Justin al otro lado de la pared—. Eran sus favoritos y Susan siempre le dejaba los últimos y decía que los guardaba debajo de la almohada por si le entraba hambre por la noche. Incluso cuando le enseñamos el camino a las cocinas, siguió haciéndolo. Decía que por la noche le daba pereza levantarse, pero yo creo que es porque le daba miedo Filch.
A Penélope le gusta imaginarse cómo es la sonrisa de Justin y cree que es demasiado luminosa para Azkabán.
—Cuando me admitieron en la escuela de medimagia —dice Penélope. Es capaz de recordar a la perfección las palabras de esa carta, la emoción al abrirla y el abrazo de Percy cuando se enteró. Fue el tiempo en el que estaba más concentrada en impresionar a Percy que a sí misma, pero la escuela de medimagia siempre había sido su sueño y solo el suyo.
Se deja abrazar por el recuerdo, inundándose del olor a canela que siempre desprendía Percy, que consigue enmascarar el olor a podredumbre de la celda, del el tacto rugoso del pergamino y la sensación de euforia que la acompañó al menos un mes. Casi grita cuando el recuerdo va perdiendo intensidad y vuelve a su realidad. Una celda húmeda, sucia y fría de la que no sabe si va a poder salir y que un día la descubrirá sin recuerdos a los que aferrarse para no caer en la locura.
Enero
—¿Sigues ahí? —Penélope lleva sin hablar y casi sin moverse días y siente que la voz de Justin está a kilómetros de distancia. El cuerpo le tiembla, los ojos le duelen de intentar llorar y no quiere sacar la cabeza de entre las rodillas. No merece la pena para lo que va a ver.
—Acostúmbrate, esta es tu vida ahora —dice la voz en su cabeza que no la deja dormir y mucho menos pensar.
—Pe, Penélope, eh, escúchame, no hace falta que contestes, solo escúchame. —Penélope intenta agarrarse a la voz de Justin como si fuese un salvavidas, pero concentrarse en ella le cuesta tantísimo que sería más fácil dejarla ir, dejarse ir—. Tienes que aguantar, mira, vamos a ganar la guerra, Potter aún está vivo, van a venir a salvarnos y saldremos de aquí. El sol nos dará en la cara, ¿sabes cuándo cierras los ojos porque no puedes soportar tanta claridad? Pues eso tendremos que hacer. La piel nos picará y las mejillas se nos quedarán sonrosadas y reíremos, pero de verdad. Al principio nos costará porque parece que nos han quitado la capacidad de sonreír, pero no es así. Es lo que quieren, quitarnos la magia, quitarnos todo por lo que luchar, pero no lo van a conseguir, porque vamos a ganar. —Penélope nota como unas lágrimas bajan por sus mejillas y se esfuerza por soltar un sollozo que le había cogido el pecho, por hacerle saber a Justin que aún no se ha rendido aunque le ha faltado poco, que está escuchándolo. Su voz suena rota y ella misma se sorprende al escucharla.
»Sigues ahí. —En la voz de Justin solo escucha alivio—. Tú sigue escuchándome, puedo hablar durante siglos, Susan siempre me lo decía, ¿sabes quién es Susan Bones? La persona más lista que ha pisado Hogwarts en años, que me perdone Hermione Granger.
Y Justin sigue y sigue, incluso cuando pasan los guardas, con sus escupitajos en la puerta de la celda, y tiene que bajar la voz. Penélope no sabe cuánto tiempo ha pasado, siempre es difícil contar eso en Azkabán, pero consigue que sus cuerdas vocales le obedezcan para decir una sola palabra.
—Gracias.
Febrero
—Me gustaría ver las estrellas —dice Justin tras unos segundos de silencio.
—¿Te gusta la Astronomía?
—Qué va, nunca me paré a mirarlas, pero ahora que no puedo, me acuesto cada noche deseando poder verlas.
—Pero tuviste que estudiarla al menos hasta el quinto año —contesta Penélope; aún recuerda quedarse dormida en alguna clase de la profesora Sinistra.
—Sí, sí, no se me daba nada mal, pero nunca me tumbé en silencio a mirar las estrellas y si lo piensas, es algo fascinante, puntos de luz en un cielo oscuro.
Penélope, contemplando las paredes que delimitan su celda, cree que lo entiende. Parecen absorber todos los colores, como si solo la gama de grises tuviese cabida en Azkabán. Agradecería que hubiese estrellas que pudiesen alumbrarla, porque en esa celda siempre es de noche.
—Si me hubiesen dicho que me iban a encerrar, la última noche habría mirado las estrellas. —Penélope se queda unos segundos sin saber qué decir, porque Justin no ha hablado de huir o de estar preparado para cuando los mortífagos llegasen—. ¿Pe?
—Supongo que las cosas se ven de manera diferente cuando sabes que es la última vez —contesta Penélope por fin—. Cierra los ojos.
—¿Por qué?
—Siempre fui buena en Astronomía. Te voy a explicar el plano celeste y esta noche vas a poder ver las estrellas.
Marzo
—¿Has escuchado algo? —pregunta Justin cuando los guardas se alejan de la celda. Cada vez hay menos dementores, los dientes de Penélope ya no castañean continuamente. Los mortífagos no parecen muy contentos de tener que sustituirlos.
Penélope quiere decirle que claro que no, que sus celdas son contiguas, que lo habría escuchado él también, pero siente que eso sería como destrozar toda la esperanza que tiñe la voz de Justin.
—Lo de siempre, se quejan de los dementores —termina contestando.
—Pero si han sacado a los dementores de aquí será porque está pasando algo, ¿verdad? —Penélope conoce ese tono de voz, Justin quiere creerse lo que está diciendo con todas sus fuerzas.
—Los estarán utilizando para algo.
—Eso significa que se lo están poniendo difícil ahí fuera, ¿ves? Te lo dije. —Penélope escucha la sonrisa de Justin—. Además, los dementores no serán problema, Potter sabe enfrentarse a ellos, nos lo enseñó cuando estábamos en quinto. Si tuviese mi varita…
—Cuando salgamos, puedes enseñarme. —A Justin le encanta hacer planes de futuro, Penélope cree que es lo que le mantiene cuerdo. Eso y su fe inquebrantable en el bando de Potter. Así que intenta con todas sus fuerzas construir esas fantasías en las que entra su amigo—. ¿Tu patronus tiene forma?
—Es una foca. Al principio me enfadé mucho porque el de Ernie era un lobo y yo quería un animal tan guay como el suyo. —Penélope se pierde en las palabras de Justin, imaginándose la escena que le está contando—. Pero, ¿sabes? Susan me contó muchas cosas sobre las focas y son animales geniales. ¿Sabías que son capaces de encontrar a sus presas por la vibración de sus bigotes?
Penélope suelta una carcajada y de repente se tapa la boca, rezando porque no la haya escuchado nadie, pero Justin sí que lo ha hecho y le contesta con una risita en voz baja. Tiene que respirar un par de veces antes de poder hablar de nuevo. Las manos le tiemblan. Quiere retener ese momento para siempre en su memoria, esa sensación en el pecho y cómo la celda de repente parece tener más colores que el gris. Casi había olvidado lo que era reírse y no quiere volver a hacerlo.
Abril
Hay días que Justin está a punto de rendirse. Lo intenta disimular, pero Penélope lo nota en sus silencios. Suele ser cuando los guardas se pasan por la celda. No son como los dementores, pero se contentan con el daño físico. Justin nunca grita, pero Penélope escucha la risa de los mortífagos y sus maldiciones.
—Justin, ¿conoces la historia de Baba Yaga? —Penélope no podría decir cómo, pero sabe que Justin está negando con la cabeza—. Uno de mis padres es escritor y cuando me adoptaron, me leía cuentos cada noche. Al principio lo hacía desde la puerta, porque no quería que se acercase, pero al final lo dejé tumbarse en la cama conmigo.
Escucha un intento de risa al otro lado de la pared, pero está teñida de amargura.
—Debías ser un infierno de niña —contesta Justin.
—Siempre he sido muy orgullosa —dice Penélope—. Pues la historia de Baba Yaga era mi favorita, porque hablaba de cómo una niña era capaz de escapar de una bruja malvada solo usando su amabilidad.
—¿Convencía a la bruja de que la dejase marchar? —pregunta Justin. Penélope sabe lo que está pensando, en los mortífagos, con sus largas túnicas y sus máscaras, sin atender a razones de ningún tipo y llamándolos ladrones.
—Para nada, le da jamón al gato de la bruja para que le diga cómo escapar, engrasa la puerta y les da pan a los perros para que la dejen escapar y se pongan de su lado.
—Entonces, ¿simplemente gana porque es buena?
—Algo así, mi padre decía que las mejores historias eran en las que la amabilidad ganaba.
—¿Y si en la realidad no pasa eso?
—Pues haremos que pase —contesta Penélope y se muerde el labio. Le encantaría creerse lo que está diciendo—. Cuando salgamos de aquí, ese es el mundo que hay que construir.
Cuando, tras unos momentos de silencio, la voz de Justin se vuelve a teñir de luz. Penélope sonríe. Ni siquiera se siente mal por su pequeña mentira, porque Justin necesita la esperanza y definitivamente no será ella quien se la quite.
Mayo
Cuando los dos hombres abren su celda, lo primero que hace Penélope es ponerse en guardia. No tiene varita, casi no tiene fuerza, pero recuerda el día que la tiraron en Azkabán y su mayor arrepentimiento es no haberse resistido más. No va a dejar que la maten sin pelear. Casi no tiene fuerzas para sostenerse, pero se levanta a base de voluntad. Quiere bañarse en el mar, quiere que le dé el sol y tener que cerrar los ojos por la claridad y quiere ver las estrellas. Quiere vivir.
Escucha voces, pero le da igual lo que le digan. Ladrona, sangresucia, traidora; es lo que le han gritado día tras día, tantas veces que lo siente grabado en la piel. No le interesa oírlo una vez más, así que en cuanto uno de ellos se acerca, Penélope le propina un puñetazo y escapa por el hueco entre los dos hombres.
—¡Espera! —Le parece escuchar, pero no se gira. Los nudillos le arden y sus piernas no quieren obedecer, pero la adrenalina la ayuda a salir de la celda.
La salida está siguiendo recto, doblando a la derecha dos veces y después a la izquierda. Lo ha memorizado después de noches dando vueltas en la cama, recordando el día de su llegada. Pero lo primero que hace es girarse hacia la derecha, hacia la celda de Justin.
El alma se le cae a los pies cuando la ve abierta. ¿Se lo han llevado ya? ¿Es demasiado tarde? Penélope intenta recordar la última vez que habló con él, pero las conversaciones se le mezclan. Cae de rodillas al suelo y solloza.
—Lo tuyo son las salidas dramáticas, eso está claro. —Aunque Penélope estuviera en el peor de los abismos, reconocería esa voz. No le da tiempo a girarse cuando Justin, el Justin de verdad, con hoyuelos, el pelo largo y más pecas de las que ella se imaginaba, se arrodilla junto a ella—. Hemos ganado, Pe, no sé cómo, pero lo hemos hecho.
Penélope no es capaz de llorar, tampoco de reírse. ¿Qué significa eso? ¿No van a morir? ¿Van a salir de ahí?
—Pero… —Mira a su alrededor y todas las celdas están abiertas. Los ojos le pican y nota como se humedecen.
—¿Es un poco presuntuoso decir que te lo dije? —Justin está sonriendo o al menos lo está intentando, pero Penélope lo entiende e intenta imitarlo antes de rodearle el cuello con sus brazos y sollozar sobre su hombro. Justin le devuelve el abrazo y Penélope nota como sus hombros están temblando ligeramente, así que lo aprieta aún más contra ella.
—Ha acabado. —Y por primera vez en meses, Penélope no está hablando de una fantasía que quiere creer.
Nota de autora: vale, os voy a contar mi drama con este reto. Yo me iba a retirar porque al principio me tocó el tropo de pelea con tensión sexual, que es genial, pero me da a mi que prefiero leerlo a escribirlo. Eso sumado a mi incapacidad natural de escribir romance, pues salió mal, entonces pedí un cambio y random me sonrió y me tocó el poder de la amistad (la única que vez que random me ha sonreído en la vida), lo cual me hizo muy feliz. Ahí fue cuando noviembre me pasó por encima y no fui capaz de escribir lo que tenía en mente (que iba sobre los fundadores) y estaba yo convencidísima de la idea cuando la noche de antes de que se cierre el reto, se me enciende la bombilla et voila!
Me da rabia no haber podido dedicarle más tiempo a esta historia, pero la verdad es que me lo he pasado muy bien escribiéndola. Es un drama bonito, es una hisoria sobre dos personajes sin nada que ver que se encuentran en una situación de mierda y resisten como pueden. No quería contar una gran historia, ni grandes acontecimientos, simplemente fragmentos de su relación y como se va construyendo. Al final, el poder de la amistad es que lo que te hace fuerte son tus amigos y yo creo que ni Penélope ni Justin habrían sido capaces de salir de Azkabán el uno sin el otro.
¡Mil gracias por leer!
