Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...


Capítulo Dos: ¿Es cuestión de edad?

Se sostenía con las rodillas inclinada y las manos sobre ella, apoyando el peso de su cuerpo en su inclinación para no caerse, con mucha dificultad para respirar. Cerró sus ojos con fuerza, y las gotas de sudor cayeron sobre la hierba del jardín.

El sol brillaba imparable sobre ella, y a pesar de tener sus párpados cerrados fuertemente podía ver la claridad del día mientras recuperaba su aliento, hasta que lentamente notó que algo cubría el imponente brillo en su descenso.

"¿Ya te cansaste?" dijo su viril voz.

Ella sólo asintió, negándose a abrir los ojos por el agotamiento, como si ello le diera la posibilidad de recuperarse más rápido. Para ese momento la luz de sol había sido cubierta por todo el cuerpo masculino que ya estaba apoyado en el pasto y frente a ella.

La pelilarga mujer se incorporó de a poco, todavía dando profundas inhalaciones para recuperarse mientras abría sus ojos y lo veía sonreírle de esa manera torcida y casi perversa que tanto le gustaba.

"Hazme recordar," dijo estirando su brazo y apoyándolo en su hombro, "que la próxima vez no te haga trabajar tanto a la noche," sonrió engreído mientras ella fruncía el ceño. El comentario, como cualquier comentario de ese estilo, sólo la hizo indignarse, y bateó su mano lejos de su hombro mientras apoyaba sus manos en su cintura escrutándolo con severidad.

"No seas grosero, Juu-kun," dijo soltando un resoplido medio indignado y medio divertido. Los ojos de él comenzaron a brillar de esa forma tan extraña con la que solían encenderse cada vez que ella se enojaba. Todavía no entendía bien por qué, pero cada vez que ella se molestaba, el rostro de él se iluminaba; y en los últimos tiempos parecía que él buscaba cualquier momento aleatorio para enfadarla.

¿Cómo puede ser que he llegado a conocerte en tan poco tiempo y a Goku todavía no puedo entenderlo? pensó para sí mientras las facciones de su rostro se suavizaban y se acomodaban en una expresión triste y melancólica.

En ese momento Juunana-gou frunció el ceño, sus ojos estudiándola con cautela, y estiró su mano para tomar la de ella, sorprendiéndola y sacándola de sus pensamientos por un rato.

Él siempre parecía tener esa capacidad de ver tras sus ojos cuando estaba pensando en Goku, y siempre encontraba alguna manera extraña para hacerla olvidarlo; aunque fuera por unos momentos.

"¿A dónde vamos?" preguntó desconcertada.

Él soltó una risa que sonó más melodiosa que nunca y casi la hizo estremecerse como colegiala. "A bañarnos," dijo sin soltar su agarre en su mano, guiándola hacia adentro en el bosque.

ChiChi miró a su alrededor, viendo su casa alejarse, y empezó a jalar hacia el lado opuesto, pero Juunana-gou prediciendo esto, apretó un poco más su mano y siguió caminando en dirección opuesta a la casa.

"La casa está para el otro lado," dijo ella exaltada.

Juunana-gou giró su cabeza y sonrió de costado, en sus ojos aquel brillo malicioso que la hacían sospechar de sus intenciones. "Claro," concordó él.

Ella ahogó un suspiro de indignación y lo miró fijamente. "¿Entonces por qué estamos yendo hacia el bosque?" preguntó molesta.

"Por que tengo ganas de nadar en el lago contigo," y de repente se dio la vuelta, tan rápidamente que el cuerpo de ChiChi siguió moviéndose hacia adelante por impulso y chocó con fuerza contra el de él. Él se limitó a sonreír, agarrando su cintura con fuerza y despegando rápidamente para dirigirse al lago cerca de las montañas.

ChiChi apretó su mandíbula, cerró sus ojos y soltó un gruñido de frustración. A este hombre le gustaban las cosas espontáneas, y ya no había caso en enfurecerse por eso. Pero de repente sus pensamientos se detuvieron en seco, y abrió sus ojos de nuevo para mirarlo en shock, viéndolo sonreír con el cabello despeinado por las veloces ráfagas del viento provocado por su vuelo.

"No imaginarás que voy a hacerlo en un lugar público, ¿verdad?" espetó indignada.

El fornido hombre soltó una carcajada sorprendiéndola, "vamos, no harás nada que no quieras hacer," dijo apretando su agarre en su cintura haciendo que sus pelvis se juntaran por el movimiento.

ChiChi se sonrojó y escondió su cabeza en el hueco de su cuello, golpeando un puño suavemente contra su pectoral. Este hombre la hacía sentir una niña, rebelde y lujuriosa; y no sabía si por esa razón lo quería o lo odiaba.

En pocos momentos estuvieron descendiendo, él todavía con sus manos en la cintura de ella, y ella con sus manos apoyada en su pecho, sus ojos cerrados mientras disfrutaba la calidez del cuerpo masculino.
"Llegamos," dijo él, llevando una mano hacia su rostro para correr su cabello detrás de la oreja. Ella en respuesta levantó sus ojos para mirarlo, una tímida sonrisa asomándose en su boca.

"Vamos," dijo él, y se soltó para comenzar a desvestirse, dejándola quieta por un rato hasta que reaccionó e imitó sus movimientos.

En menos de un minuto ambos estuvieron metiéndose en el lago, sentados con el agua por arriba del ombligo, mirando hacia el basto bosque delante de ellos.

Juunana-gou pasó un brazo alrededor de su cintura, y ella soltó un suspiro. "¿Por qué me haces hacer estas cosas?" le dijo ella de repente.

Él se quedó mirándola por un momento, y luego bajó su mano hasta su cadera. "Porque tienes que aprender a ser libre, Chi," comentó apoyando su cabeza en el hombro de ella, viéndola mientras ella parecía estar pensando en muchas cosas a la vez.

"Libre," susurró ella. "Estoy casada, Juu-kun, eso me impide ser libre," dijo con un suspiro.

Juunana-gou soltó un bufido y se giró para mirar de frente su perfil. "¿Qué vale más para ti Chi, un matrimonio ausente, ó un romance adúltero lleno de presencia?" dijo, casi indignado.

Los oscuros ojos de la mujer se abrieron como platos. "No quiero hablar al respecto." Contestó secamente.

"Nunca quieres hablar," dijo él. "Y yo tampoco," añadió. "Pero hay cosas que no entiendes, ChiChi." Dijo presionando ligeramente en su glúteo.

"No hay mucho qué entender, Juu-kun," dijo mirándolo de soslayo, todavía un poco absorta con el paisaje y los pensamientos errantes.

"Tal vez no haya," dijo él. "Pero tienes que admitir que no me estás dejando hacerte feliz." Se acercó más a ella, comenzando a besar su cuello, y pasando su mano por sus clavículas. ChiChi cerró sus ojos, deleitándose con la suavidad de sus labios sobre su piel, y olvidándose de repente del mundo y de la vida.

"No lo creo," dijo entre suspiros, inclinando un poco su cuello para darle mejor acceso. Esto ganó una sonrisa diminuta en el rostro del hombre, y siguió masajeando el borde de sus pechos y besando sensualmente su cuello y hombro.

"¿Ah sí?" soltó él mientras se concentraba en desconcentrarla, eso era algo que disfrutaba mucho, enojarla un poco y desconcertarla otro poco, por lo general el resultado terminaba siendo una explosión hormonal que lo enloquecía. Y había descubierto eso la primera vez que se la encontró en el mismo bosque hace tanto tiempo ya.


"¿Qué pasa? ¿No eras una guerrera acaso?" dijo burlonamente, mirándola con desdén.

ChiChi apretó sus manos en puños a sus costados, acercándose a él con fuertes y lentas pisadas. "Tú bien lo dijiste," escupió con furia, "era," acentuó mirándolo fijamente mientras se detenía a pocos centímetros de él. "Me dijiste que me ibas a enseñar a volar, no que ibas a burlarte de mí," siseó entre dientes mirándolo iracunda.

Juunana-gou soltó una carcajada, y de repente estiró sus brazos y la tomó por la cintura, haciéndola congelarse por completo y mostrando en su rostro la expresión más llena de pánico que hubiera visto alguna vez.

"¿Qué carajo estás haciendo?" gritó golpeando con sus puños a su pecho, mientras él seguía riendo; y elevándose más alto en el aire.

ChiChi no paraba de gritar y de insultarlo, hasta que después de unos momentos decidió bajar la vista, y se quedó en silencio mientras el pavor se adueñaba de su cuerpo. Moviendo despacio su cabeza para encontrarse con su mirada comenzó a tartamudear, "Bájame, por favor," sus ojos suplicantes como el de un esclavo ante un látigo.

"Cómo quieras," dijo él, sonriendo perversamente, y la dejó caer.

ChiChi comenzó a gritar con toda las fuerzas de sus pulmones, y las lágrimas que salían de sus ojos cerrados quedaban arriba en el cielo mientras ella descendía a velocidades estrepitosas a una muerte segura. Mientras tanto Juunana-gou se cruzaba de brazos y la miraba entre divertido y desconcertado. "¿Qué estás esperando? ¡Vuela!" ordenó con un grito.

La mujer seguía desesperada, cayendo sin saber qué hacer, hasta que en un arranque de valor decidió intentar juntar su energía de nuevo en un temeroso intento de aferrarse a una última esperanza. No quería morir, tenía que ver crecer a su nieta, tenía que ver más nietos, conocer más lugares, cocinar más platos nuevos. Tenía que buscar y traer de regreso a su esposo. Tenía que hacerlo amarla. Tenía mucho por qué vivir, y con esas razones juntó toda su energía interna alrededor de su cuerpo. Y de repente su caída se detuvo.

Abrió sus ojos, y vio que estaba flotando a tres metros del suelo; su cuerpo tenso como nunca lo había estado, su rostro sudando y las gotas de transpiración cayendo sin parar al césped debido al esfuerzo casi sobre humano que estaba haciendo por sostenerse y no caer.

Lentamente fue controlando su energía y comenzó a moverse por el aire suavemente, insegura de si descender al suelo o intentar seguir volando. Alzó la vista, todavía flotando sin rumbo alguno, hacia el hombre que bajaba hacia ella con sus brazos cruzados, su ceño todavía fruncido, pero una altanera sonrisa en sus labios. "Así aprendí yo," dijo, y rodó sus ojos. "Bueno... creo que así fue," dijo en un tono de inseguridad.

ChiChi lo miró con furia fulminante, se elevó despacio hacia la altura donde estaba él, y con un rápido movimiento le dio vuelta la cara de una bofetada. "¡Casi me matas, idiota!" gritó, cada sílaba soltada con desprecio.

Juunana-gou giró su cabeza hacia ella, sus brazos seguían cruzados, y su mirada ahora fija en sus ojos. "Yo no soy un sensei," dijo molesto, "y no se me hubiera ocurrido otra forma de hacerte volar." Terminó su frase. "Además," dijo poniendo una mano en su mentón. "¿Volaste o no?", ladeó su cabeza a un lado contemplándola en victoria.

ChiChi soltó un bufido en disgusto y descendió al suelo, comenzando a entender de a poco lo fácil que había resultado volar. Juunana-gou la siguió. Ella aterrizó dándole la espalda y cruzando sus brazos, como si estuviera pensando en qué iba a decirle después. Él la miró desde atrás, sorprendiéndose en lo sensuales que eran sus curvas de mujer para la edad que tenía.

Bueno, no era que él fuera mucho más joven que ella.

El cabello de la mujer estaba suelto, y era tan largo como su espalda, su brillo sedoso mezclado con tintes plateados por las canas. Lentamente la vio darse la vuelta, una expresión entre derrotada y avergonzada en su rostro, y se quedó contemplándola mientras ella decidía qué decirle.

"Gracias," dijo ella, sorprendiéndolos a ambos. "Mañana te enseño a hacer un postre," dijo en un tono de derrota mientras comenzaba a despegar, queriendo alejarse de ese sujeto lo antes posible; antes de que su cerebro comenzara a pensar que gracias a él había pasado uno de los momentos más llenos de adrenalina en toda su vida y que a pesar del terror que había sentido, se había sentido más viva que nunca.

Él alzó una ceja y levantó una mano para saludarla mientras se iba volando a su casa. Entonces la volvería a ver mañana, pensó para sí, caminando hacia la roca donde la había visto sentada bien temprano en la mañana. Miró hacia un costado y vio el vestido de estilo chino arrugado a un lado de la roca.

"Bueno, mañana se lo daré." Dijo en voz alta, mientras lo recogía del suelo y seguía su camino a su cabaña.


"¿Cómo logras," dijo ella entre gemidos, poniendo sus manos en el cabello de él mientras sentía su boca bajar a sus pechos, "hacerme sentir tan joven?" terminó entre jadeos.

El hombre rió despacio, comenzando a centrar su atención bucal en un rosado pezón, y llevando suavemente una mano hacia la pelvis de ella. "La edad," dijo con la punta de su pezón entre sus dientes, "se lleva dentro." afirmó mientras llevaba su cálida mano hacia la entrada de su feminidad.

"Ah..." se le escapó a pesar de las ganas de contener su debilidad, haciéndola flaquear por un segundo y soltar el lazo que sus dedos estaban haciendo en el azabache cabello del hombre sobre ella. Sintió la mano de él deslizarse por su espalda hacia su nuca, su boca atenta al suministro ininterrumpido de placer en sus senos, y su otra mano hundiendo sus dedos dentro de ella. Casi nunca podía relajarse por completo cuando sus juegos eróticos se volvían tan lujuriosos, pero los últimos meses había decidido hacer lo que fuera para cambiar esa sensación de tensión; y eso mismo hizo. Se relajó bajo su tacto.

Suavemente deslizó sus piernas alrededor de su cintura, sus ojos todavía cerrados, y su aliento soltando desesperados gemidos debido a la lentitud de los movimientos de sus dedos entrando en ella. Necesitaba más de él, como siempre. Abrió lentamente uno de sus ojos y bajó la vista a su rostro, y lo vio sonreír engreído como siempre, tomando el control. Sintió un poco de vergüenza mezclado con un tinte de enojo, nunca le gustó ser dominada por nadie, y menos por un hombre.

Lentamente cruzó sus tobillos detrás del coxis de él, y súbitamente lo empujó hacia ella, haciéndolo jadear por la sorpresa y soltando su boca de su diversión para fijar su serio semblante en sus negros ojos. Se acomodó dentro de ella, y comenzó a embestir suavemente sin dejar de mirarla. Era una de esas raras veces donde ChiChi no estaba sonrojándose mientras mantenían relaciones, y no quería arruinar el momento, por eso no sonrió.

Mantuvieron sus ojos fijos en el otro durante varios minutos, mientras él se movía lentamente dentro de ella, sosteniéndola por la cintura mientras ella se sostenía de su nuca. Cuando ChiChi mostraba su fuerza interior él se enloquecía más por ella, y le estaba costando todo su control no acelerar el ritmo de sus embestidas. De pronto ocurrió algo que lo sorprendió; una pequeña sonrisa de costado se formó en el rostro de ChiChi y cerró sus ojos con fuerza, al mismo tiempo que volvía a empujarlo con sus talones más profundo dentro de ella y con más fuerza, como dándole permiso de acelerar en ritmo y fuerza.

El único ruido que opacaba los gritos y gemidos de ambos eran los pájaros que cantaban con fuerza bajo el sol del mediodía en el amplio bosque.

Ambos colapsaron sobre el borde del lago, respirando agitados. Suavemente ChiChi se deslizó desde debajo de él para girarlo y ponerse sobre él, su negro cabello cayendo húmedo y pesado sobre sus hombros, cubriendo sus pechos, mientras sus negros ojos se fijaron en sus orbes de zafiro sin titubear. Con cuidado subió sus esbeltas manos hasta su cuello y corrió su cabello para mirarlo mejor, "Tienes razón," dijo casi como un susurro.

Él ladeó su cabeza a un lado en señal de respuesta, "¿En qué?", dijo expectante.

"La edad se lleva dentro." Y lo besó suavemente, y él sintió por primera vez algo que no había notado antes. Entre ellos había algo más que sólo lujuria, porque nunca había recibido tantas sensaciones en un beso, y menos con ella. Había pensado que estos dos años y algunos meses habían sido puros instintos, pero por primera vez sintió sus suaves labios rozar los suyos con un dejo de algo que no sabía bien qué era. No estaba seguro si quería saber tampoco. Se dejó llevar por la suavidad de sus besos, y por el sedoso tacto de sus delgados dedos.

Si no podía contra lo que sentía, prefería dejarse rendir ante ello. Durase lo que durase.