Disclaimer: ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...


Capítulo Cuatro: Tenkaichi Budokai 29

Hoy para Pan era un día tranquilo, sus papás habían salido después de desayunar y decidió comentarle a su abuela que iría a visitar a Bra, tal vez le entusiasmaba la idea de saludar a Bulma. Hacía mucho que no se veían con Bra, y tenía ganas de proponerle algo que había visto en la televisión la noche anterior: inscribirse al Torneo de Artes Marciales nro 29.

Sabía que su amiga no estaba tan interesada en la lucha, a ella le gustaba más la moda y las cosas superficiales, pero la conocía lo suficiente como para saber tocarle la fibra que tenían en común y era la firma de su ADN: su estirpe Saiyajin. Cada vez que la desafiaba para pelear y le insinuaba que no podía hacerle frente, a la peliazul se le generaba una rabia que no podía contener, era la hija de un príncipe, y por lo tanto una princesa, de la raza más poderosa que el universo había conocido, no podía permitir que alguien hiriese así su orgullo.

Aunque no entrenaba para pelear a excepción de sus peleas en juego con Pan, la orgullosa niña era muy fuerte. Era capaz de controlar su ki sin mucho inconveniente, probablemente por haber crecido observando las largas horas de entrenamiento de su padre. Era capaz de volar y lanzar ráfagas de ki, como también de manejar su fuerza y sentir otros kis.

Cuando las niñas peleaban como juego, porque tenían la suerte de que sus padres les permitían hacer cualquier cosa que disfrutaran, a diferencia de lo que les había ocurrido a sus padres y hermanos cuando eran niños, las conectaba con su esencia guerrera y sus instintos salvajes. Aunque no las estimulaban para entrenar, a veces las niñas solían divertirse midiendo sus fuerzas con sus hermanos, padres y abuelos.

Bra era mucho de insistirle a Pan que cuide su apariencia y su forma de vestir, pero siempre encontraban algún juego en donde pudieran explotar todas sus facetas: solían jugar a princesas encerradas en castillos, atacadas por dragones malvados que se las querían comer; les gustaba intercambiar roles. A veces Pan era la princesa y Bra era el dragón, o Pan el caballero salvador y Bra la princesa en peligro. Disfrutaban mucho de dejar volar su imaginación.

Y como hacía algunas semanas que no se veían, Pan pensó que podía ser un buen plan. Sacó de su placard una muda extra de ropa de gimnasia, aunque su amiga siempre le prestaba cuando necesitaba cambiarse, le gustaba llevar su propia ropa que era más suelta que la que Bra le prestaba. Armó un bolsito pequeño y salió caminando a la casa de su abuela, que estaba a pocos metros de la suya.

Al llegar a la puerta de la casa de ChiChi, Pan notó que la presencia de su abuela estaba fuera de la casa, así que caminó hacia donde la estaba sintiendo: un lago cercano.

Cuando llegó la encontró sentada con las piernas y brazos cruzados y sus ojos cerrados, vestida con su clásico vestido chino amarillo, flotando en el medio del lago. La niña apoyó su mochila junto a una roca y se quedó mirando el pacífico rostro de su abuela a quien tanto admiraba, y a los pocos minutos una sonrisa tranquila se dibujó en el rostro de la mujer adulta.

"Hola querida Pan," dijo la mujer, sin modificar su postura ni su ubicación. La niña sonrió ampliamente en respuesta y comenzó a flotar en dirección a su abuela.

"Hola abuelita," dijo entusiasmada la niña, ya acomodada frente a ella, imitando su posición de piernas cruzadas flotando sobre el lago. "¿Estás libre hoy para salir a pasear?" le preguntó sonriendo.

La mujer abrió sus ojos un poco sorprendida por la pregunta y respondió con una pregunta, "¿Qué tienes pensando?" inquirió curiosa.

La niña levantó sus brazos en un gesto de emoción y tomó un poco de aire para contarle su idea a su abuela. "Ayer en la televisión vi un anuncio genial", comenzó, llamando la atención de ChiChi. "Esta semana se abren las inscripciones al Torneo de Artes Marciales nro. 29", continuó, con sus ojos iluminados de alegría. La abuela la miraba serenamente, y pensaba para sí, ciertamente eres nieta de Son-kun, mientras observaba los gestos corporales de la niña, que destilaba emoción por todos lados. "Quiero participar de nuevo, y tengo muchas ganas de que Bra participe también", siguió contándole la pequeña, "aunque a ella no le gusta mucho entrenar, tenemos un nivel de fuerza parecido, y pienso que sería muy divertido que participemos juntas esta vez." La pequeña guerrera amplió su sonrisa, y se rascó la parte de atrás en un gesto idéntico a su abuelo.

ChiChi se quedó mirándola por unos momentos y suspiró, todavía sonriendo. "¿Sabes?", comenzó a decir, "creo que es una muy buena idea, Pan." La mujer le hizo un gesto para que se incorporen, y ambas se dirigieron flotando hacia el borde del lago, cerca de la roca donde Pan había dejado su bolso. Se acomodaron para volver caminando a la casa de ChiChi, y la mujer le dijo, "¿tienes ganas de ir a visitar a Bra hoy así le cuentas la idea?", le entusiasmaba la idea de visitar a su amiga Bulma, hacía varios meses que no la veía y cada vez que la veía le hacía muy bien.

"¡Sí!" canturreó Pan, tomando su bolso y saltando al lado de su abuela de la alegría ante la propuesta. "Y de paso puedes pasar la tarde con la tía Bulma, que hace mucho que no la vemos también." agregó felizmente.

"Es un excelente plan", acordó la mujer, "en marcha entonces, vamos a visitar a nuestras amigas." Y suavemente tomó la mano de la niña, la pequeña la miró con curiosidad. "¿Cómo prefieres ir, volando o en aerocoche?", le preguntó la mujer. La niña se quedó pensando por unos momentos, y luego contestó decidida, "en aerocoche, así guardo toda mi energía para jugar con Bra." respondió con seguridad.

Y ambas féminas se dirigieron a la casa a buscar la nave para emprender el viaje a visitar a sus amigas.


Bulma se encontraba leyendo los últimos papers de investigación sobre ingeniería mecánica, los avances en tecnología se movían a pasos agigantados, y aunque ella ya no se encontraba manejando el día a día de la parte directiva de la Corporación Cápsula, seguía siendo la cabeza del departamento de investigación, y aprovechaba todo su tiempo libre en actualizarse con todas las investigaciones que salían en el mercado.

Estaba recostada en una reposera, frente a su piscina, vestida con un traje de baño de dos piezas de color rojo oscuro, que pese a lo modesto que era, le quedaba encantador, y sus piernas estaban adornadas por un pareo de una tela transparente estampada de color turquesa con tonos púrpuras, verdes y naranjas; concentrada en su lectura mientras bebía un fresco jugo de frutas, y hacía compañía silenciosa a su marido que entrenaba a poca distancia de ella, luchando contra un robot. El aparato no podía atacar por sí solo, sus únicas habilidades eran rebotar los ataques de ki, y generar hologramas de sí mismo para confundir al enemigo. Era suficiente para entretener al príncipe guerrero, que aunque no lo admitiera, le gustaba compartir ese tiempo de ocio con su mujer, cada uno haciendo lo que más les gustaba.

En un determinado momento, mientras Bulma estaba completamente abstraída en su lectura, y el príncipe estaba siendo rodeado por lo que parecían ser más de 15 robots, aunque era solo uno y el resto eran hologramas, un ruido de aeronave captó la atención de ambos. El matrimonio alzó la vista al cielo y vio como una nave conocida se acercaba a la pista de aterrizaje de la Corporación; el príncipe reconoció los kis de las pasajeras de la nave de inmediato, eran la esposa del sabandija acompañada de la mocosa, su nieta.

Las mujeres tenían una muy buena relación, se veían de vez en cuando, y tenían ese contrato tácito de visitar a la otra sin avisar. En general no pasaban más de dos meses sin verse, y la última vez que se vieron había sido cuando Bulma fue a visitar a la familia Son al Monte Paoz; así que ver llegar a las mujeres Son de sorpresa a la Corporación era de esperarse de un momento a otro.

Vegeta no tenía gran relación ni con la mujer ni con la niña, aunque hubieron oportunidades en las que tuvo que cuidar de la pequeña porque se quedaba de visita por algunos días, y había tardes en las que las mujeres se iban de compras y lo dejaban a él a cargo de las niñas. La niña era afectuosa con él, incluso lo llamaba "tío Vegeta", sin embargo él sólo se encargaba de cuidar que no les pasara nada, y dejaba a las dos pequeñas amigas hacer lo que se les diera la gana.

De vez en cuando tenía que estar alerta cuando las niñas comenzaban a luchar porque estaban jugando esos juegos de roles que les parecían tan divertidos, y a veces cometían la imprudencia de lanzarse rústicas e inexpertas bolas de ki dentro de la casa. Por suerte para el príncipe, fueron muy pocas las veces que ocurrió tener que detener los desprolijos ataques de energía de las niñas, y la última vez que ocurrió dentro de la casa las obligó a ir a la cámara de gravedad para practicar un ataque de energía mejor hecho. Esa había sido la única vez que el príncipe se había ofrecido a entrenar a las niñas de tan sol años en aquel momento, y había sido una buena inversión; ya que desde esa vez, las niñas no volvieron a lanzarse energía dentro de la casa, y captaron rápidamente los conceptos básicos del manejo de energía.

Mientras el pequeño avión aterrizaba en la pista, salió de la casa corriendo una muy feliz niña peliazul gritando con los brazos en alto "¡Pan, qué alegría que vienes!", decía mientras saludaba efusivamente con sus dos brazos en dirección a la nave.

Vegeta dio un pequeño salto para salirse del círculo de robots que lo rodeaba, y rebotó sobre uno de los robots, haciéndolo caer al piso y poniéndose en pausa automáticamente, y también haciendo desaparecer a las otras réplicas al instante.

Mientras que Bulma apoyó sus papeles en la mesita, junto al vaso del jugo, para levantarse a darle la bienvenida a su inesperada visita.

En pocos momentos, la aeronave aterrizó y se silenció por completo, y apenas se abrió la puerta, una pequeña niña saltó con su bolso sostenido en su bracito derecho corriendo en dirección a su amiga que, al mismo tiempo, venía corriendo en dirección a ella para abrazarse.

Vegeta se quedó en su lugar, con los brazos cruzados, mirando cómo las mujeres y las niñas se saludaban alegremente, y Bulma se acercó tranquila a las niñas mientras ChiChi bajaba del avión con una bandeja en sus manos. "¡Hola Bulma! Traje una torta para el té," comentó la mujer de cabello ébano con delicados y delgados mechones plata, con una enorme y cálida sonrisa en su rostro.

"¡Qué hermosa sorpresa que estén aquí!" dijo Bulma, sosteniendo la bandeja que cargaba su amiga invitándola a seguirla para entrar a la mansión. "Vamos, prepararé un té verde para ponernos al día", aseveró la peliazul mientras la otra mujer la acompañaba a su lado.

ChiChi le sonrió a Vegeta cuando pasó cerca de él, y él le correspondió asintiendo su cabeza, pero su semblante serio como de costumbre.

Las niñas seguían saltando y abrazándose alegremente y Bra preguntó en dirección a sus padres, "¿podemos ir al parque a pasear mientras ustedes meriendan?" pidió permiso la risueña niña peliazul, a lo que la científica respondió, "Claro, Vegeta las acompañará", ofreció, a lo que el príncipe, habiendo presentido que eso iba a ocurrir, miró resignado en dirección a las dos mocosas.

"¡Fantástico!" celebraron las niñas, y se acercaron a Vegeta para que él dirigiera el camino hacia el parque central de la Ciudad del Oeste, que estaba muy cerca de la mansión


En el parque, Vegeta se sentó en un banco que estuviera lo suficientemente lejos como para no intervenir e interactuar con las niñas, y lo suficientemente cerca para poderlas observar en caso de que pasara algo. Las niñas estaban sentadas en otro banco, a unos 8 metros de su poderoso centinela, y no paraban de cotillear. En general Vegeta intentaba sentarse lo suficientemente lejos como para evitar escuchar sus conversaciones, que le resultaban sumamente aburridas, pero hubieron unas palabras que llamaron su atención.

"...entrenando con mi abuelita", terminaba su frase la pequeña de cabello azabache. Bra sonrió ampliamente en respuesta. "Ya lo sabía", dijo la hija del príncipe entre risitas. "Con papá las sentimos sobrevolar la Corporación casi todas las semanas", le confesó la niña.

"¿Entonces eso quiere decir que sabes sentir ki?", la miró con sus ojos bien abiertos. Aunque sabía que su amiga sabía manejar el ki, pensaba que al no entrenar nunca había muchas habilidades que no había trabajado.

"Claro que sé sentir ki," contestó Bra un poco indignada, cruzando sus brazos y haciendo su cabeza a un lado en un rostro que era idéntico tanto al de su madre como al de su padre. "Aunque ni papá ni nii-chan me entrenan oficialmente, cada tanto nos gusta tener pequeñas peleas," le contaba a su amiga volviéndola a mirar, esta vez con mucho orgullo. "Cada tanto es divertido, no sé cómo explicarlo, es como que me lo pide el cuerpo," reflexionó en voz alta.

Vegeta seguía inmóvil, pero en su interior un destello de orgullo por su pequeña niña se movía al escucharla hablar entusiasmada sobre pelear.

"Bueno, el año pasado en una de nuestras peleas de juego con papá y Trunks, yo me había escondido para que no me encontraran y poderlos atacar por sorpresa, pero no había forma de esconderme, siempre me encontraban," un pequeño gesto de frustración invadió sus facciones. "Me desilusionaba constantemente que siempre me encontraran, hasta que papá me explicó cómo lo hacía, y me enseñó lo básico de sentir ki," sonrió con orgullo y miró en dirección a Vegeta, que permanecía inerte como una estatua. "Luego Trunks me explicó un poco cómo controlar y ocultar mi ki, así que se sumó a las herramientas que tengo sobre batallas y ki", dijo entre risas.

Pan estaba maravillada con esta faceta recién descubierta para ella en su amiga. Entonces, aunque sea cada tanto, sí entrenaba. "Oye Bra, esta semana son las inscripciones para el Torneo de Artes Marciales nro. 29, ¿qué te parece si participamos?" le dijo muy contenta.

Vegeta desde lejos abrió un poco más sus ojos, ¿su niña peleando en un torneo? ¡ja! No puedo perderme la cara de Bulma si Bra llega a aceptar, pensó el guerrero, mientras se le comenzaba a dibujar una ligera sonrisa.

Bra miró a su amiga entre dubitativa y asombrada, "¿torneo, dices?", mientras pensaba lentamente la respuesta a la propuesta. Nunca había pensado en participar en un torneo de artes marciales, aunque sabía que le podría ir muy bien, e incluso podría ganar sin mucho esfuerzo si sus oponentes eran niños humanos de su misma edad. Por lo general prefería la comodidad de su hogar, o salir de compras con su madre o con su abuela, y aunque no era muy fanática de la idea de las batallas, miró en dirección a su padre, que además de ser su héroe era el príncipe de la raza guerrera más poderosa, no podía negar su herencia, y cuando notó que el rostro de Vegeta se había suavizado y la miraba con curiosidad, ella giró su rostro hacia su amiga y contestó con entusiasmo, "¡sí, hagámoslo, será divertido!".

"Lo único es que tenemos poco tiempo para entrenar, sólo una semana", comentó la peliazul, a lo que Pan automáticamente comenzó a contarle su idea, "mira, papá me contó que cuando él tuvo que entrenar para luchar con Cell, fueron con mi abuelito al templo de Kami-sama y entrenaron en un lugar llamado–", no llegó a terminar la frase que Vegeta se puso de pie y mientras se acercaba a las chiquillas la completó por ella.

"–la habitación del Tiempo y el Espíritu", completó la frase el guerrero, sorprendiendo a las niñas por su interacción.

"¿Qué es eso?" preguntó Bra, moviendo su cabeza de su padre a su amiga, y viceversa.

El guerrero estaba de pie frente a ellas, de brazos cruzados y con los ojos entreabiertos y comenzó con su explicación, "es una habitación tan grande como la Tierra, pero vacía, donde un día terrestre allí dentro dura un año", terminó el guerrero. Miró seriamente a las chicas, que ahora lo observaban con mucha curiosidad, "dudo que sus madres las dejen ir a ese lugar así de fácil," pausó mientras, de nuevo con una media sonrisa, pensaba en la cara que podría Bulma ante semejante disparate. "Y mucho menos solas," agregó como detalle final.

Bra hizo un mohín, pero al breve instante su rostro se iluminó, "pero si vienes tú a cuidarnos y entrenarnos tal vez nos den permiso", dijo en un tono muy confiado y engreído, viéndose idéntica a su madre. Pan pestañeaba ante la idea, ¡era genial!, si Vegeta aceptaba entrenarlas iba a ser un gran torneo.

"No, yo no soy maestro", aseveró en un tono duro, frunciendo el ceño.

"Pero tío Vegeta, tú eres el saiyajin más fuerte del universo, no hay nadie mejor que tú para enseñarnos," suplicó Pan, a lo que Bra saltó del banco a agarrarse al brazo de su fornido padre para comenzar el juego que siempre ganaba: rogarle por algo.

"Sí, Pan tiene razón, eres el más fuerte, no habrá mejor maestro que tú para enseñarnos", agregó su hija, mirándolo con sus tiernos ojos. Fue inevitable, entre la debilidad que le provocaban las súplicas de su hija, y la caricia a su ego que las muy astutas niñas habían hecho, cerró sus ojos mientras Bra se aferraba con más ahínco a su brazo.

"Bueno," comenzó a decir el guerrero, "veremos qué dicen sus madres cuando volvamos a casa", respondió escueto, y les hizo un gesto para emprender el camino de regreso. Esto iba a ser un giro inesperado para todos, definitivamente.


"Cada vez que te veo estás más espléndida," terminó de decir la científica a su amiga mientras tomaba un sorbo de su té. La mujer de cabello ébano daba un mordisco a su porción de torta sonriendo mientras masticaba.

"Cuéntame, ¿cuál es tu secreto?" inquirió la peliazul. No quería sacar el tema, pero hasta hace 3 años ChiChi había parecido envejecer de la tristeza por la ausencia de Son-kun, sin embargo desde ese tiempo, la empezó a notar cada vez más animada y rejuvenecida, su carácter había cambiado por completo; ahora era una mujer abierta a nuevas ideas, se había vuelto muy permisiva y compañera de su nieta, hasta incluso casi siempre usaba el cabello suelto, cosa que años atrás era impensado.

"Bueno", inició ChiChi, entusiasmada en compartir con su amiga esa parte de su vida que tenía en secreto, y al mismo tiempo cuidadosa de no revelar más de la cuenta. "Hace un par de años me cansé de estar triste", sus ojos bajaron hacia sus manos mostrando cierta dificultad en rememorar tantos años de soledad por el abandono de su esposo. "Y decidí volver a entrenar en artes marciales," su rostro se suavizó al recordar a su maestro y amante. "Me hizo muy bien, volví a conectarme con una parte de mí que había dejado de lado hace mucho tiempo", sonrió la mujer al recordar que así había conocido a su marido. Soltó un suspiro que denotaba un dejo de amargura, pero al mismo tiempo liberación, "creo que estoy empezando a entender a Goku," comentó en un solemne gesto.

La peliazul dejó su taza sobre el platito, y extendió su brazo para tocar la mano de su amiga. "Eres la mujer más fuerte que conozco, me encanta que estés entrenando de nuevo", la miró orgullosa. "Siempre lo hiciste tan bien, fue una pena que no lo hicieras por tanto tiempo", le sonrió llena de admiración.

Ambas mujeres rieron de felicidad, y justo en ese momento mientras escuchaban a las niñas que entraron corriendo a dejar sus cosas en living, entraba Vegeta y tomaba una porción de la torta que todavía estaba en la mesa.

Le dio un mordisco y masticó una vez para saborear el delicioso postre, para luego, con pocos modales para ser de estirpe real, pero parecía ser característica común en los saiyajin, el hombre se metió en la conversación, "para ser humana y con tu edad, tus avances en tus entrenamientos son muy buenos," dijo seriamente.

Las mujeres lo miraron sorprendidas, no era habitual que Vegeta diese cumplidos, y mucho menos a un luchador que él consideraba novato.

"E incluso estás siendo buena maestra para tu nieta", agregó masticando el resto de la porción.

Bulma se había quedado sin palabras por la amabilidad de su esposo; aunque hacía muchos años que había dejado de ser grosero con sus invitados, en general siempre se daba al silencio, no solía sumarse a las conversaciones, y mucho menos dar retribuciones y evaluaciones positivas.

"Muchas gracias, Vegeta-san", dice la mujer muy sorprendida, mientras Vegeta se giraba para salir de la cocina.

Las mujeres compartieron una risa cómplice, y siguieron su charla, sin imaginar que en pocos minutos las niñas iban a venir a pedirles un permiso muy inusual.