APRENDIZ DE LOBO

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el reto "Uno, dos y tres, te reto otra vez" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


"Una vez, un encuestador trató de analizarme. Me comí su hígado con un poco de habas y un excelente vino Chianti". –The silent of the lamb.

Advertencias: Este fic contiene pedofilia, escenas gore y cosas muy desagradables en general. No recomiendo su lectura a menores de edad o personas sensibles con estos temas. De verdad, es todo bastante horrible.


—¡Greyback, amigo! ¿Qué tal estás?

Augustus Rookwood le estrechó la mano con fuerza. Siempre había sido un muchacho amable y entusiasta, con una extraordinaria facilidad para hacer amigos. A Fenrir le molestó el contacto físico, pero sonrió y aceptó su saludo.

—Rookwood.

Hizo un movimiento seco con la cabeza. Augustus mantuvo su mano sujeta y le palmeó la espalda.

—Te veo muy bien. ¿Finalmente encontraste trabajo en Flourish y Blotts? —Fenrir abrió la boca para responder, pero Rookwood siguió hablando—. Yo he conseguido entrar en el Ministerio. En el Departamento de Misterios.

Augustus siempre fue un estudiante presumido. Le gustaba compartir sus logros con los demás, incluso con aquellos que no estaban ni mínimamente interesados. Fenrir torció el gesto y logró librarse de su agarre.

—Qué extraordinaria noticia.

—Pensé que te gustaría saberlo. Si me disculpas, debo marcharme.

Rookwood se alejó a paso ligero. Fenrir se quedó quieto en mitad del Callejón Diagon, observándole mientras se perdía entre la gente. Si le hubiera dado ocasión para responder, le hubiera dicho que, efectivamente, había logrado aquel empleo soñado. De hecho, en ese mismo instante se dirigía a la librería, preparado para afrontar un día que se presentaba ajetreado. El curso escolar pronto daría comienzo en Hogwarts y la tienda se llenaría de niños.

Fenrir apretó el paso. El señor Blotts le recibió con el ceño fruncido y le recordó que en su negocio se valoraba muchísimo la puntualidad. Fenrir se puso el mandil con los colores del logotipo de la tienda y se colocó detrás del mostrador. Los primeros clientes no tardaron en llegar. Dos niños de pelo rojo y rostro blanquecino y pecoso que no debían tener más de once años. Fenrir se lamió el labio inferior y les sonrió, dispuesto a atender todas sus peticiones.

—Buenos días, muchachos. ¿En qué puedo ayudaros?

Los niños, idénticos y de expresión traviesa, se miraron y sonrieron, mostrándole una lista repleta de nombres.

—Este año empezamos en Hogwarts. Queremos todos estos libros.

—Perfecto. Dejadme ver.

Fenrir rozó la piel del chiquillo al coger el trozo de pergamino. Los niños se agitaban nerviosos, colorados y felices. Fenrir los observó por el rabillo del ojo y agitó la varita para conjurar el material necesario. Los libros levitaron por toda la tienda hasta llegar al mostrador. Lamentablemente, uno de ellos rebotó y golpeó a uno de los niños en la cara, provocándole una pequeña herida en la ceja.

—¡Oh, diantres! —Fenrir rodeó el mostrador y se agachó frente al pequeño pelirrojo. Con sumo cuidado, sacó un pañuelo, lo sujetó por la barbilla y le limpió la sangre—. Lo lamento, ¿estás bien? ¿Te duele?

El niño se tocó la ceja y negó con energía.

—Esto no es nada. El otro día me caí de un árbol y mamá tuvo que llevarme a San Mungo.

Fenrir se lamió el labio inferior y asintió, limpiando los últimos restos de sangre. Le puso ambas manos en los hombros y habló con suavidad.

—Eres un niño muy valiente.

Después, se guardó el pañuelo en el bolsillo y se levantó. El señor Blotts le miraba con el ceño fruncido, como si estuviera disgustado. Fenrir no le hizo el menor caso porque siempre tenía esa cara de persona infeliz y descontenta con su existencia.

—Son quince galeones.

—Tenga, señor.

Uno de los niños dejó el dinero sobre el mostrador. Entre los dos cogieron todos los libros y se marcharon, saltando y riendo. Fenrir recordó lo feliz que había sido al descubrir que iría a Hogwarts y no contuvo una sonrisa melancólica.

—Greyback —le reprendió el señor Blotts—. Ten más cuidado con los clientes.

Fenrir asintió y, durante el resto del día, se esforzó por no cometer un error similar. Fueron muchos los niños que pasaron por la librería a lo largo de las horas posteriores, todos contentos y emocionados ante el nuevo curso escolar. Fenrir había dejado Hogwarts aquel año, con unas notas bastante mediocres y un futuro incierto por delante. Lo único que sabía era que quería trabajar con niños. Eso seguro.

Cuando terminó, decidió ir a tomarse una cerveza a El Caldero Chorreante. El local estaba atestado de gente y Fenrir se acomodó en un rincón. Desde allí podía observarlo todo sin que nadie le molestara. No fue extraño encontrar un montón de niños armando escándalo en las mesas. Fenrir los contempló con los ojos entornados, fijándose en sus cuerpos pequeños, frágiles.

Agitó la cabeza cuando sus pensamientos se comenzaron a transformar en una nube gris. Ya la había dejado crecer una vez, en Hogwarts, y el resultado no fue nada satisfactorio. Apartó la mirada de los chiquillos y se centró en su cerveza. Dorada, espumosa, ligeramente caliente. Una delicia. Fenrir cerró los ojos y bebió, ajeno a la presencia de un hombre que, desde la distancia, se acababa de ver reflejado en el joven brujo.

Un hombre que, con gran determinación, se acercó a Fenrir y se sentó a su lado.

—Buenas noches.

Fenrir abrió los ojos, sobresaltado, y miró a su inesperado acompañante. Era un hombre mayor, de pelo cano y ojos brillantes. Tenía varias cicatrices en el rostro y era bajo y robusto. No resultaba atractivo y, sin embargo, tenía algo que obligó a Fenrir a prestarle toda su atención. Una elegancia innata, atrayente. Mágica.

—¿Nos conocemos?

El hombre tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, Fenrir se estremeció.

—Más de lo que piensa.

—¿Qué quiere decir?

—No soy adivino, pero apuesto lo que quiera a que sé lo que está pensando.

Fenrir creyó que estaba frente a un loco. Apuró su cerveza y el desconocido pidió otra más. Fenrir decidió seguirle el juego. Estaba intrigado.

—Si se equivoca, pagará todas mis consumiciones de este mes —dijo, bravucón. El otro hombre pareció disgustado, pero asintió.

—Si acierto yo, esta noche vendrá conmigo y hará lo que yo le diga.

Fenrir alzó las cejas, sorprendido.

—No me parece un trato justo.

—Ha desperdiciado su oportunidad de pedir algo más sustancioso —el hombre extendió una mano frente a él—. ¿Hay trato?

Fenrir sonrió y aceptó el reto.

—Obviamente.

El hombre se quedó serio un instante y, después, señaló con la cabeza a uno de los niños. Un pequeño de unos siete años, de pelo rubio y sonrisa desdentada.

—Se está preguntando a qué sabrá ese pequeño. Tan inocente. Tan tierno.

Fenrir sintió un calor en la parte baja de su vientre y dio un respingo, asustado. El desconocido sonrió y movió una mano, como si así pretendiera calmar su turbación.

—Tranquilo, joven. No es usted el único que lo piensa.

Fenrir miró al niño, reteniendo el aire en los pulmones. Era una criatura encantadora, pero lo que el hombre había dicho era demencial. Su parte racional le repetía una y mil veces que lo era. Debía levantarse y marcharse de allí, olvidarse de ese hombre y no seguirle el juego. Pero se quedó sentado, como si alguien le hubiera pegado el trasero a la silla.

—¿Quién es usted?

El hombre se puso en pie y le instó a seguirle.

—Ya habrá tiempo para las presentaciones. Ahora, cumpla con su palabra y acompáñeme. Y, no tema, lo que haremos esta noche le agradará.


El chiquillo tenía doce años. Fenrir le acarició la espalda y lo sintió temblar. Estaba llorando. Ansioso por consolarle, le besó la nuca y le susurró unas palabras al oído. En una esquina, el hombre de El Caldero Chorreante observaba la escena con satisfacción. El joven brujo había cumplido con todas sus expectativas y, seguramente, no le fallaría en el futuro.

—¡Chico! Coge tu dinero y vete.

El hombre habló con voz firme. El chiquillo se puso en pie de un salto, recogió su ropa y los billetes que descansaban sobre la mesita de noche, y salió corriendo de allí. Fenrir se sentó en la cama, confuso.

—¿Deja que se vaya? ¿No le borramos la memoria?

—¿Por qué deberíamos hacerlo?

—Porque es muy joven —Fenrir habló muy despacio, casi temeroso.

—Hace un rato no le importaba en absoluto.

—No quiero que cuente lo que ha pasado.

El hombre se puso en pie, se subió la bragueta y se acercó a la cama.

—No lo hará. Sólo ha hecho su trabajo. El mundo muggle está repleto de chicos como él, demasiado jóvenes para ganarse el pan de otra manera.

—Pero.

—No le importan a nadie, joven amigo. Que no le preocupen a usted.

Fenrir no movió un músculo mientras meditaba sobre lo ocurrido. Había sido algo realmente bueno. Había podido descargar toda la frustración acumulada durante el día y se había sentido genial al terminar. Sin embargo, no podía evitar pensar en las consecuencias. Era un brujo adulto y había mantenido relaciones con un menor. No tenía la certeza, pero sabía que eso no era legal. Ni en el mundo mágico, ni en el muggle.

—Sólo debe pensar en una cosa —Fenrir miró al hombre, intrigado—. Lo que ha hecho, ¿le ha gustado?

Fenrir asintió, sintiéndose miserable.

—Entonces, no le dé más vueltas —el hombre se dirigió a la salida de la habitación—. Vístase. Le espero fuera.

—¿Tiene algo más para mí?

El hombre se rio estruendosamente.

—No sea ansioso, amigo. Por una noche, ha tenido más que suficiente. Pero quiero proponerle algo.

El hombre se fue. Fenrir aprovechó para olisquear las sábanas. Durante un instante, el remordimiento desapareció. Se puso la ropa y fue en busca del desconocido, ansioso por escuchar lo que quería pedirle. Algo le decía que se vería impelido a aceptar su oferta. Fuese la que fuese.

Una vez en el exterior, Fenrir se fijó en la fachada del edificio. Era un hotel de mala muerte en un barrio de mala muerte. Cuando el encargado de la recepción había visto llegar a un niño acompañado por dos adultos, ni puso objeciones ni demostró sorpresa alguna. Aquello debía ser una constante en su vida.

El hombre estaba a unos metros de distancia, fumándose un cigarrillo cerca de una farola que parpadeaba, medio estropeada. Fenrir irguió la espalda y se reunió con él de nuevo, intrigado. Deseaba conocer su identidad y escuchar la propuesta que quería hacerle. Cuando llegó a su lado, el hombre le habló, aunque no le miró a la cara.

—¿Sabe por qué adiviné lo que estaba pensando en El Caldero Chorreante?

Fenrir no dijo nada. Observó los vehículos muggles que circulaban por la calzada y sintió asco al oler el humo y la contaminación. El hombre siguió hablando.

—Yo siento lo que usted. Compartimos los mismos instintos.

—¿Se refiere a los niños?

El hombre suspiró y en sus ojos apareció algo extraño. Tal vez fuera un reflejo de la luz de las farolas.

—Son criaturas muy especiales. Deliciosas.

Fenrir se estremeció y agachó la cabeza. Una parte de sí mismo seguía repitiéndole que aquello estaba mal. Que escucharlo siquiera era un pecado.

—¿Cuándo fue la primera vez que los deseó, señor…?

—Greyback. Me llamo Fenrir Greyback.

Carraspeó, preguntándose si había cometido un error al revelar su identidad. El hombre le miró de reojo y sonrió tranquilizadoramente, inspirándole confianza.

—No lo sé exactamente. Estaba en Hogwarts y fuimos de visita a Hogsmeade. Allí había una madre con sus hijos, unos niños pequeños. Yo tuve que buscar un lugar para —Fenrir carraspeó de nuevo—. Ya sabe.

El hombre asintió y formuló una pregunta que le pilló desprevenido.

—¿Cuántos años tenían esos niños?

—No lo sé. Tres o cuatro años.

—Ya veo —el hombre se relamió—. Así que le gustan pequeños. Son los mejores.

—Pero yo nunca he…

Tampoco entonces pudo seguir hablando. Sentía cómo las mejillas le ardían y quiso desaparecerse. Sin embargo, el hombre no se escandalizó ni se burló de él. Parecía tranquilo y le observaba con curiosidad.

—Tal vez hemos escogido a alguien demasiado mayor para su primera vez.

—¡No! Ha estado bien.

—¡Ya lo creo!

El hombre soltó una carcajada y le palmeó la espalda. Fenrir deseaba cambiar de tema y le hizo una pregunta.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Albert Fish. Soy un brujo, aunque he pasado casi toda mi vida fuera de Inglaterra. Ni siquiera me formé en Hogwarts.

—¿Por qué?

—Mi padre era un diplomático muggle. Viajábamos por todo el mundo a causa de su trabajo. Tuve un profesor particular que me inició en la magia y en otros aspectos de la vida.

Fenrir examinó su rostro en busca de alguna emoción, pero no encontró nada. Albert Fish siguió hablando.

—Mi padre falleció hace poco tiempo. Era muy anciano. Yo he heredado todas sus propiedades y su dinero y por eso decidí regresar a Inglaterra. Quiero asentarme en un lugar. Estoy harto de ir de un lado para otro.

Fenrir no supo qué decir. El hombre dejó caer la colilla de su cigarro al suelo y se encendió otro.

—Necesito que alguien me ayude con mis asuntos. Tal vez quiera ser mi secretario, señor Greyback.

—Pero yo no sé nada sobre eso. Acabo de terminar la escuela y trabajo en una librería.

—Yo le enseñaré todo lo que necesita saber —por primera vez, se puso frente a él y le miró a los ojos—. Atender los negocios no será complicado. Creo que usted es inteligente y lo hará bien. Además, estoy dispuesto a formarle en asuntos mucho más agradables. Si está usted dispuesto.

Fenrir tragó saliva. Esa molesta vocecita de su interior le dijo que no aceptara, que si lo hacía ya no habría vuelta atrás, pero la curiosidad y la expectación ganaron. Deseaba saber qué podía enseñarle ese hombre. Necesitaba ir un poco más allá. No quería seguir guardando pañuelos en el bolsillo para masturbarse al llegar a casa, solo y frustrado.

—No pierdo nada por intentarlo.

—Me alegra oír eso —el hombre sacó una tarjeta de su bolsillo, con un nombre y una dirección—. Venga a verme mañana. Y traiga sus cosas.


Albert Fish vivía en un barrio acomodado. Su casa estaba rodeada por un bonito jardín y era grande y preciosa. Fenrir la observó detenidamente, consciente de que era el hogar de un muggle. Contrario a todo lo que había pensado anteriormente sobre ellos, no tenían tan mal gusto. Claro que, con dinero, cualquiera podía generar belleza a su alrededor.

La puerta exterior se abrió en cuanto Fenrir se puso delante y se cerró una vez entró en el jardín. El brujo se preguntó si se debía a la magia o algún invento muggle. Siguió avanzando, arrastrando un baúl en el que había metido su ropa y algunos libros. No tenía gran cosa y tampoco dejaba demasiado atrás. La relación con su familia no era buena. Siempre habían visto algo raro en él y su madre se alegró cuando le dijo que, al terminar en Hogwarts, no regresaría a casa.

—Señor Greyback. Llega justo a tiempo.

Albert Fish estaba frente a la puerta de entrada. Llevaba puesta ropa muggle y, a plena luz del sol, parecía un hombre normal y corriente. Era como si hubiera perdido todo su atractivo nocturno. Recibió a Greyback con un apretón de manos y le invitó a entrar. El recibidor era espléndido, con los suelos de madera y una gran escalera de mármol blanco. Las molduras de madera de las paredes debían ser muy antiguas y tenían un aspecto bien cuidado. Y la lámpara colgante de cristal era, sencillamente magistral.

—Puede dejar el equipaje al entrar. El servicio se encargará de llevarlo a sus estancias privadas.

—¿Estancias?

—Es usted un hombre joven y, sin duda, necesitará intimidad —Albert Fish le guiñó un ojo con complicidad. A Fenrir le pareció ver a alguien por el rabillo del ojo y, un instante después, su baúl ya no estaba allí—. Si me permite, le mostraré toda la propiedad. A partir de ahora, esta será su casa. Puede moverse libremente por ella.

La visita a la mansión les llevó un buen rato. Fenrir se dijo que no debía olvidar donde estaban ni la cocina ni el cuarto de baño. Sonrió internamente porque eso era una tontería.

—Mientras viva en esta casa, no debe cohibirse en absoluto. Mis criados no abrirán la boca.

—¿Confía en su lealtad?

—En absoluto —Albert se rio—. En India aprendí un par de hechizos bastante interesantes.

Fenrir no le preguntó por los detalles porque algo le dijo que Albert no le respondería.

—Es usted un hombre de mundo —comentó con admiración.

—Viajar me ha permitido aprender mucha magia. Le enseñaré algunos trucos si demuestra ser digno.

—¿Cómo?

—No pienso darle pistas, señor Greyback —Albert puso la mano sobre el picaporte de una puerta. Estaban en la planta baja y el jardín podía verse desde ese lado del pasillo—. Sí puedo decirle que, si desobedece mis normas, haré que se marche de inmediato.

—Me ha dicho que puedo moverme libremente por la casa.

—Pero no puede tocar lo que es mío.

Albert abrió la puerta. Al otro lado había una habitación repleta de juguetes. Sentado en el centro, un niño de unos cinco años jugaba con un trenecito encantado. Tenía el pelo rubio, los ojos grandes y negros y un par de cicatrices en el rostro.

—William. Ven aquí.

El niño se puso en pie de inmediato y corrió hasta Albert. Se agarró a sus piernas y miró a Fenrir con timidez. El joven brujo se lamió el labio inferior. Albert siguió hablando.

—William es mi cachorro. Solo se acercará a él si yo le doy permiso. No le hable, no le mire. No esté a solas con él. Nunca. ¿Entiende?

Fenrir se mordió los carrillos y asintió. Albert acarició la cabeza del pequeño y le dio un golpecito en el hombro.

—Vuelve a jugar.

El niño obedeció de inmediato. Albert cerró la puerta y observó a Fenrir, preparado para escuchar cualquier duda que se le planteara. Fenrir dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿Puedo tener yo un niño?

Era una pregunta estúpida. Albert soltó una risotada y le palmeó la espalda, mientras le instaba a alejarse de la habitación. Cuando habló, parecía de buen humor. Ya no era el hombre amenazante de antes.

—Para eso está aquí, Greyback. No obstante, William no es un niño normal y corriente. Es mi cachorro.

—¿Qué significa eso?

Albert guardó silencio un instante, reflexionando. Fenrir estaba expectante, pero, una vez más, no obtuvo una respuesta clara.

—Hablaremos de eso más adelante. Por ahora, tómese su tiempo para instalarse. Yo estaré ocupado toda la mañana.

Dicho eso, Albert le dejó solo. Fenrir miró hacia atrás. Desde ahí, podía ver la puerta en la que permanecía William. ¿A qué venía eso del cachorro? En su opinión, no había mucha diferencia entre ese niño y cualquier otro. Consciente de que no era el momento para indagar, fue en busca de su habitación. Cuando llegó al recibidor, subió la escalera y fue hasta la puerta que Albert le indicó durante la pequeña excursión. Efectivamente, su baúl se encontraba al otro lado del umbral.

Tal y como Albert había dicho, sus estancias eran bastante amplias. Tenía un saloncito para él solo, un cuarto de baño y un dormitorio con una cama enorme en el centro. Jamás había estado rodeado por tanto lujo. La casa de sus padres era humilde y el cuarto comunitario de Hogwarts era cómodo y poco más. Fenrir hechizó la ropa para que se colocará en el armario y miró por la ventana. Tenía una espléndida vista del jardín. Aquel día, estaba soleado y hacía calor. A falta de algo mejor que hacer, Fenrir decidió salir a dar un paseo.

Le extrañó un poco no encontrarse con ningún criado. Podía sentirlos a su alrededor, pero eran como sombras silenciosas. Fenrir anduvo un poco, observando los arbustos. Al cabo de un rato, se sentó en un banco de piedra, frente a una fuente de excelente factura. Para su sorpresa, el pequeño William apareció en su campo visual.

—Hola.

Fenrir echó un vistazo a su alrededor. Albert no estaba cerca y no supo qué hacer. El niño se acercó a él y le puso una mano en la rodilla. Fenrir se estremeció y se lamió el labio inferior.

—¿Quieres jugar conmigo?

Se quedó muy quieto un instante, pensando en todo lo que su nuevo amigo le había dicho esa mañana. La tentación era grande, sin duda alguna, pero debía mantener la cabeza fría. Ese niño vivía en una casa enorme, sin más compañía que unos criados invisibles y un señor mayor. Sin duda alguna, se aburría. Seguramente sólo querría a alguien con quien patear una pelota. Pero, entonces, la mano infantil se deslizó hacia arriba, por su muslo. Fenrir cerró los ojos y recordó la advertencia de Albert. Sólo llevaba allí una hora. No podía ser tan estúpido.

Se puso en pie de un salto y se alejó del niño. Musitó una palabra de disculpa y corrió hasta su habitación. Una vez allí, cerró la puerta y luchó por mantener la respiración. Maldito niño. Llevaba toda su vida resistiéndose a sentir algo como aquello, pero era más débil de lo que se pensaba. Frustrado, se dio una ducha fría y logró templar sus nervios.

Cuando el reloj de la habitación marcaba la una en punto, alguien llamó a su puerta y le indicó que la comida se serviría enseguida. Un poco turbado aún, Fenrir bajó al comedor. Allí estaba Albert, sonriente y con el pequeño William sentado sobre sus rodillas. Parecía un abuelo orgulloso divirtiéndose con su nieto favorito.

—Siéntate, Fenrir.

Fenrir obedeció. Se acomodó al otro lado de la mesa, donde alguien había colocado un juego completo de cubiertos.

—Es una estupidez que nos tratemos de usted, ¿no te parece? —dijo Albert, sin perder la sonrisa.

—Claro. Albert.

El hombre pareció satisfecho. Troceó un filete de carne en trocitos muy pequeños y se lo dio al niño.

—Come, cachorro.

William obedeció de inmediato. A Fenrir le extrañó que no usara los cubiertos, pero no pudo pensar mucho en ello. Albert le habló de nuevo.

—William me ha dicho que ha querido jugar contigo y le has dicho que no.

Fenrir no estaba seguro de si aquello era un reproche y permaneció callado.

—Yo…

—No te preocupes, Fenrir. Has hecho bien. En ocasiones, William es muy travieso. Ahora sé que puedo confiar en ti.

Fenrir se puso tenso y se sintió muy molesto al comprender algo.

—¿Ha sido una trampa?

William no respondió. Estaba muy ocupado dando buena cuenta de su propio plato de comida. Fenrir tuvo la tentación de marcharse de allí, pero tenía hambre y todo olía delicioso y tenía una pinta estupenda. En primer lugar, probó unas verduras y acompañó su carne con un vino excepcional. Le sorprendió que los criados no le sirvieran el postre.

—Vuelve a tu cuarto. Te espera un postre que te encantará.

Fenrir le hizo caso. Cuando descubrió la sorpresa de Albert, supo que allí sería muy feliz. Adiós a los remordimientos y a jugar al escondite. Con Albert Fish, sería Fenrir Greyback. Ese día y siempre.


La vida en la casa de Albert Fish era plácida y tranquila. Durante el día, Fenrir aprendía todo lo necesario sobre administración de fincas y patrimonios. Por las noches, su amigo se encargaba de hacerle obsequios maravillosos. Algunos, lloraban e intentaban escaparse. Otros, eran seductores y descarados. Fenrir los disfrutaba a todos, pero un día descubrió que se aburría. El último muchacho se había ido temprano y él se quedó en el jardín delantero, envuelto en un batín de seda. Albert había llegado en silencio y la luna se había reflejado en sus ojos.

—Mañana, William y yo nos marcharemos.

—¿Dónde?

Albert no respondió a su pregunta. Por lo general, era un hombre agradable y solícito, pero había cosas que nunca le decía. Albert Fish tenía un secreto. No era necesario ser muy listo para darse cuenta.

—Haré que te traigan un par de niños.

Fenrir se encogió de hombros, desilusionado. A Albert le sorprendió.

—¿A qué viene esa falta de entusiasmo?

Fenrir suspiró y miró la luna. Estaba casi llena.

—Siempre es igual. Esos chiquillos me aburren.

Albert se encendió un puro y le ofreció otro a él. Le encantaba fumar cosas muggles y Fenrir estaba aprendiendo a disfrutarlas.

—Prueba algo nuevo.

—¿Cómo qué?

Albert se rio y alzó los brazos, como si sintiera una gran impotencia.

—¡Por Merlín, Fenrir! ¡Qué falta de imaginación!

—Es obvio que tú tienes más experiencia que yo —espetó, molesto—. Dame ideas. Te escucho.

—Sólo te diré una cosa, Fenrir. Llévalos al sótano y disfruta.

Pese a tener libertad absoluta, a Fenrir no le atraía el sótano. Por lo que sabía, allí sólo estaban la despensa, la habitación de la colada y una bodega. Era territorio de criados. Sin embargo, algo en la mirada de Albert le dijo que debía hacerle caso.

—William y yo pasaremos un par de noches fuera. Disfruta de la compañía.

Albert se fue. Fenrir sabía que el niño dormía con él. Algunas veces, lo escuchaba aullar como si fuese un animal. También se oían golpes y llantos, pero William nunca parecía herido. Aun así, se imaginaba perfectamente lo que pasaba al otro lado de la puerta y sentía envidia. Estaba claro que Albert no había caído en la monotonía y él deseaba tener algo así. Un cachorro. Significara eso lo que significara.

Tal y como Albert le había indicado, se marchó con William a media mañana. El niño estaba pálido y no parecía nada contento, pero no opuso resistencia. Fenrir no había vuelto a hablarle desde el primer día. A menudo fantaseaba con él, pero no pensaba tocarlo. No quería perder la confianza de Albert. No después de todo lo que le había ofrecido.

Después de comer, dos muchachos aparecieron en el recibidor. Fenrir no sabía cómo los conseguía Albert y no le importaba. Suponía que tenía algún contacto fuera de la casa y que él los encontraba en las calles, porque Albert apenas salía. Fenrir miró a los niños. Eran mayores, de diez años más o menos, e idénticos. Tenían el pelo rojo y le recordaron a los dos chiquillos que había visto en el Callejón Diagon unas semanas antes. Aún conservaba el pañuelo manchado de sangre. Le miraban con las cabezas echadas hacia atrás y los ojos entrecerrados.

—¿Eres Fenrir?

—Sí.

—Nos han dicho que pagarás por dos días enteros.

Eran de los descarados. A Fenrir le hizo gracia y se preguntó que habría en el sótano. A lo mejor podía borrarles esas sonrisas petulantes de la cara.

—Eso depende de cómo os portéis.

Uno de los niños dio un paso adelante y llevó una mano a la hebilla del pantalón.

—¿Y qué quieres de nosotros?

Fenrir sostuvo su mano y la apartó con un gesto despectivo. No le gustaba que tomaran la iniciativa. Fue un poco brusco al agarrar la muñeca del chiquillo y éste protestó.

—¡Ey!

Fenrir le dio una bofetada. No fue demasiado fuerte, lo suficiente para hacerle callar. El chiquillo le miró con rencor, pero no intentó huir.

—Seguidme.

Los llevó al sótano. Tendría que haber bajado antes para ver qué había allí. Los niños caminaban tras él, cuchicheando cosas que no acertó a entender. Eso le molestó muchísimo. Estuvo a punto de hechizarlos, pero se contuvo puesto que ya habían llegado a su destino. Hizo que los niños se pusieran delante de él, abrió la puerta y una luz se encendió, dejando a la vista instrumentos con los que Fenrir ni siquiera había fantaseado. Sonrió y se lamió el labio inferior. Uno de los chiquillos dio un paso atrás.

—¿Qué es esto?

El niño muggle miró a su alrededor. Era demasiado joven para saber lo que había en aquella habitación de los horrores, pero lo supo. Cogió a su hermano de la muñeca y se dio media vuelta, dispuesto a irse de allí. Fenrir había sacado la varita y permaneció inmóvil. Inflexible.

—Esto no nos gusta. Queremos irnos.

—Ni hablar.

—No puedes obligarnos.

Fenrir le cogió del cuello y apretó. El niño soltó a su hermano, quien retrocedió hasta quedar arrinconado contra la pared. Fenrir acercó su cara a la del gemelo insolente y le lamió una mejilla.

—Os quedáis. Sois míos.

Y el infierno comenzó.


Albert regresó a casa con William en brazos. El niño estaba helado y temblaba. No le preocupaba. Sólo necesitaba tomarse unas pociones para sentirse mejor y tener un par de noches de descanso. Albert iba a llevarlo a su habitación. Le daría un baño, le pondría su pijama más suave y le leería un cuento antes de dormir, pero ni siquiera pudo llegar a la escalera. Fenrir estaba allí sentado, con la vista clavada en el suelo y manchado de sangre de arriba a abajo.

—Fenrir, ¿qué ha pasado?

El joven brujo no pareció escucharle. Albert se agachó y dejó al niño en el suelo. William protestó e intentó aferrarse a su cuello.

—Ahora no, cachorro.

Se fijó en Fenrir. Tenía los ojos brillantes y parecía asustado. Albert colocó una mano en su hombro y lo zarandeó suavemente.

—Fenrir, ¿estás bien?

Finalmente, el brujo reaccionó. Miró fijamente a Albert y se puso muy rojo. Después, se aferró a sus brazos.

—Ha pasado algo.

—¿Estás herido?

—No —Fenrir negó con la cabeza. Se puso en pie y estuvo a punto de tirar a William al suelo. El niño sollozó y Albert tuvo que cogerlo en brazos. No le reprochó nada a Fenrir porque parecía fuera de sí—. Perdí el control, Albert. Y lo he estropeado todo. No sé qué me pasó. No sé cómo pude.

Albert mantuvo la calma, pero por segunda vez en su vida, se vio reflejado en ese joven. La primera vez que matabas, no era fácil. Era normal que hubiera remordimientos y miedo, que te asustaras de ti mismo. Sin embargo, pronto Fenrir podría calmarse. Albert acarició la espalda de William, quien a esas alturas lloraba amargamente, y habló con calma.

—Sea lo que sea lo que ha pasado, yo lo arreglaré, pero tienes que darme tiempo. William está enfermo. Debo cuidarlo a él primero. Mientras tanto, lávate y deshazte de toda esa ropa.

Dicho eso, Albert subió la escalera. Sabía que el otro hombre le haría caso. Llevó al niño a su dormitorio y se comportó como un buen líder de manada. Lo bañó con cuidado, consolándolo mientras tanto.

—Sé que te duele, cachorrito, pero pasará pronto. Yo cuidaré de ti. Eres mi niño precioso. No dejaré que nada malo te pase. Cálmate y duerme. Mañana estarás mejor y podremos jugar juntos.

William se durmió en cuanto se tomó todas sus pociones. A Albert le hubiera gustado pasar la noche con él, velando su sueño, pero debía ocuparse de Fenrir. Cuando regresó al recibidor, él ya estaba allí, con ropa limpia y un poco menos consternado que antes.

—Dime qué has hecho.

Fenrir apretó los dientes y decidió que se lo mostraría. Llevó a William al sótano y le enseñó su obra. Todo estaba lleno de sangre y los cuerpos, medio despedazados, yacían tirados en el suelo. Albert observó el panorama con indiferencia, nada sorprendido por la situación.

—Veo que te pusiste imaginativo —comentó, adentrándose en la estancia. Olía fatal y convocó un hechizo para refrescar el ambiente.

—No es gracioso.

—No, pero lo que pasó aquí era inevitable, Fenrir. Es nuestra naturaleza.

—Yo nunca he querido hacer algo como esto.

Albert chasqueó la lengua y observó los cuerpos.

—Si no hubieras querido, no lo habrías hecho.

—¿Y en qué me convierte eso?

Albert no respondió. Se agachó al lado de uno de los niños muggles. Parecía bastante entero.

—Este murió primero, ¿no?

—No dejaba de gritar y de intentar pegarme. Creo que lo estrangulé.

Albert alzó una ceja. Fenrir estaba muy pálido.

—¿Lo crees?

—No se callaba. Me puso muy nervioso.

—¿Y el otro?

El otro había observado como mataban a su hermano, inmóvil en un rincón. Albert jugó a adivinar lo ocurrido.

—Estabas muy excitado después de matar al primero, ¿verdad? Herir a alguien te hace sentir poderoso y decidiste probar algo nuevo.

Fenrir agachó la cabeza, negándose a mirar los restos del chico.

—¿Qué va a pasar ahora?

—Yo me encargaré de todo. Tú tienes mi permiso para dormir con William —Fenrir alzó la vista, sorprendido—. Sólo dormir. Está asustado y necesita compañía. Después, te daré algunas respuestas y te propondré algo distinto. Creo que ya estás listo.

Pese a no entender ni una palabra, Fenrir obedeció. Subió al cuarto de Albert y observó al niño que dormía entre las sábanas. No sintió ninguna atracción hacia él, no después de lo que había hecho. ¿Qué clase de monstruo era? ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? Con las lágrimas ardiéndole en la garganta, se sentó en la cama, lejos del niño. William temblaba y sollozaba. Debía tener una pesadilla. Fenrir extendió una mano y le acarició el cabello para tranquilizarlo. Lo consiguió y permaneció así un buen rato, hasta que Albert llegó a la habitación. Estaba impecable y parecía tranquilo y satisfecho. Miró al niño con ternura y se sentó al otro lado de la cama.

—¿Se ha despertado?

—No, pero está inquieto.

—Suele tener pesadillas. Es muy duro para él.

—¿Qué?

A Fenrir no le sorprendió que, una vez más, no le respondiera.

—William nació en Estados Unidos. Su padre era un encuestador y vino a verme a casa. Trato de analizarme, ¿sabes?

Fenrir observó la ternura que Albert le dedicaba a su pequeño cachorro. Dio un respingo cuando siguió hablando.

—Me comí su hígado con un poco de habas y un excelente vino Chianti.

—¿Cómo? —a Fenrir, todo aquello le pareció demencial.

—No pongas esa cara. He visto que mordiste a los chicos.

—Estaba fuera de mí.

—Y a mí me gusta la carne humana, ¿existe alguna diferencia?

Fenrir volvió a ponerse pálido y sintió una ligera arcada. Albert le distrajo con su conversación.

—Me encapriché de William en cuanto lo vi. Es un niño muy alegre y tierno. Cuando me miró, supe que sería para mí. A su madre también tuve que matarla. Se negaba a entregármelo.

William se encogió y Albert se inclinó para besarle una mejilla.

—Le mordí en nuestra primera luna llena juntos. Tuve que asegurarme de prepararlo todo bien para no matarlo. Hubiera sido una tragedia. Pero es un niño fuerte. Resistió bien la primera noche, medio desangrado y con el brazo casi desgarrado.

Fenrir se puso en pie, asqueado, asustando, anonadado.

—¿Eres un hombre lobo?

Albert pareció no escuchar su pregunta.

—Por desgracia, William sufre mucho durante las transformaciones. A veces, creo que no podrá sobrevivir demasiado tiempo. Es lo que pasa cuando muerdes a alguien tan pequeño. Sus cuerpos son muy frágiles.

Fenrir insistió. Estaba ansioso por escapar.

—Eres un hombre lobo.

—Si me delatas, contaré a todos lo que has hecho. Te pudrirás en Azkaban.

Fenrir retrocedió. Se sentía tan acorralado como esos niños muggles en el sótano. Albert se puso en pie y le miró con esos ojos brillantes que reflejaban la luna llena incluso cuando no había.

—No quiero tener que hacerlo, Fenrir. Tienes otra opción y creo que te gustará.

Fenrir no pudo hablar. Albert sonrió y le apretó un hombro.

—Creo que estás preparado para tener tu propio cachorro. Pero, para eso, tendré que morderte.

Ahora sí, Fenrir huyó de esa habitación. Se encerró en su cuarto durante tres días seguidos. Por su cerebro pasaron varias emociones y, al final, tomó su decisión. Albert tenía razón. Estaba listo.


Albert cerró la puerta de la jaula y la aseguró con magia. Fenrir se quedó dentro. El corazón le latía a toda velocidad y le costaba respirar.

—Recuerda que no debes salir de aquí en toda la noche. Cuando me transforme, sacarás el brazo entre los barrotes y dejarás que te muerda. Yo no seré consciente de mí mismo, no podré controlarme. Si te sientes perdido, desaparécete. Es posible que te escindas, pero con un poco de suerte conservarás la vida. ¿Has entendido?

Fenrir se aferró a los barrotes y asintió. Albert se acercó a William, que estaba sentado en el suelo a unos metros de distancia, llorando. Albert le dio un beso en la frente y empezó a quitare la ropa.

—Calma, cachorro. Yo estaré contigo. No te pasará nada malo.

—Duele.

—Será solo un momento. Después, correremos juntos por el bosque.

El niño agachó la cabeza. Albert dejó la ropa perfectamente doblada sobre una piedra y procedió a desnudarse él mismo. William se aferró a sus piernas y miró la luna llena. Estaba tan aterrorizado que Fenrir se replanteó lo que quería hacer. Iba a dejar que lo convirtieran en hombre lobo. Estaba dispuesto a vivir como un licántropo el resto de su vida, con todo lo que eso conllevaba. Pero Albert le había asegurado que todo saldría bien. A él lo convirtieron cuando era joven y, gracias al dinero de su padre muggle, pudo mantener su condición oculta. Viajando, disimulando, fingiendo ser un hombre de bien.

—Mientras estés conmigo, yo te cuidaré.

Se lo había prometido y Fenrir decidió llegar hasta el final. Cuando la luz de la luna llena acarició el cuerpo de William, el niño comenzó a gritar. Se transformó en primer lugar. Fenrir observó cómo todo su cuerpo se retorcía y se descomponía hasta adquirir la forma de un pequeño lobezno que se quedó en el suelo, acurrucado y gimoteando. Después, Albert gritó y Fenrir escuchó sus huesos crujir, salirse de su lugar y encajarse nuevamente. Fue terrible y se preguntó si él podría soportarlo.

Albert era un licántropo de pelaje plateado y tamaño descomunal. Olisqueó el aire que le rodeaba y aulló a la luna. Junto a él, el lobezno seguía temblando y gimiendo. Fenrir pensó que el lobo enorme lo consolaría, tal y como acostumbraba a hacer Albert con el niño William, pero en vez de eso le miró a él.

Fenrir retrocedió por instinto, hasta que sintió los barrotes de la jaula clavados en su espalda. El licántropo se agazapó y se acercó lentamente a él, gruñendo, con el lomo erizado y mostrando los dientes. Fenrir estuvo a punto de desaparecerse cuando el licántropo saltó sobre la jaula. Creyó que no resistiría, que el hombre lobo la echaría abajo y le desgarraría la garganta con sus dientes, pero la estructura aguantó. La bestia aulló de nuevo y Fenrir supo que era el momento. Temblando, aterrado y decidido como nunca lo había estado en su vida, sacó el brazo entre los barrotes y no se apartó cuando el licántropo le mordió.

Fue un dolor horrible, el peor que había experimentado en su vida. Creyó que el licántropo le arrancaría el brazo, así que tiró hacia atrás. Ya le había mordido. Debía ser suficiente. Intentó liberarse, pero la bestia le clavó las garras y tiró de él. Iba a matarlo. Si le arañaba el cuello, lo mataría. Fenrir gruñó y, haciendo uso de su varita, gritó el primer hechizo que recordó. Milagrosamente, consiguió que el hombre lobo le soltara. Se cayó al suelo, con el brazo destrozado y una gran sensación de mareo. El licántropo seguía gruñéndole, pero entonces el lobezno gimió aún más alto, captando la atención del lobo adulto.

Lo último que vio Fenrir antes de quedarse inconsciente, fue al lobo adulto acoplándose sobre el lobezno para copular bajo la luz de la luna.


Cuando Fenrir despertó, estaba de regreso en casa. Descubrió que tenía el brazo vendado y que le dolía horrores. Albert estaba junto a su cama, leyéndole un cuento a William. El niño estaba agarrado a su cuello, pálido y débil después de la última transformación. Fenrir parpadeó, mareado, y dejó que las palabras se le escaparan de la boca.

—¿Ha funcionado?

Albert dejó el libro a un lado y sentó a William en la cama. Sonrió mientras le ponía una mano en la frente.

—Creo que sí. Ya no tienes fiebre. Pronto estarás bien.

—Entonces, durante la próxima luna llena, me transformaré.

Daba miedo pensarlo. Albert lo notó y le apretó un hombro.

—Eres un hombre fuerte. Lo resistirás.

Fenrir no quería pensar en ello, así que borró las escenas de la noche anterior de su mente y preguntó por lo que más le interesaba en ese momento. Le daba igual si Albert pensaba que era un estúpido. Le había hecho una promesa y tenía que cumplir.

—¿Cuándo tendré mi propio cachorro?

Albert sonrió.

—Debemos escogerlo bien. Debe ser un niño mago y no será fácil de conseguir. Sólo puedo asegurarte que te gustará.

—Quiero que sea como William.

—Es arriesgado que sean tan pequeños.

—Me gusta William.

Albert suspiró, consciente de que no podría hacerle cambiar de idea.

—Está bien. Buscaremos a uno como él.

—¿Cuándo lo tendré? —insistió Fenrir. Se sentía enfermo y de mal humor.

—No lo sé —Albert observó al niño un instante. Le llevó un rato tomar la decisión, pero Fenrir olía distinto. Era peligroso y necesitaba apaciguarlo—. Mientras tanto, te prestaré a William.

Fenrir se lamió el labio inferior y acarició el cuello del niño.

—Vete.

—Estáis muy débiles. Los dos.

—Fuera.

Algo furioso y oscuro apareció en los ojos de Fenrir. Algo que hizo que Albert se pusiera en pie para retirarse.

—Ten cuidado. Recuerda que es mío.

—Te lo devolveré entero. Vete.

Albert retuvo el aire en los pulmones, miró a su cachorro e ignoró su miedo. Cuando cerró la puerta, se preguntó si no se habría equivocado al escoger a Fenrir Greyback como miembro de su manada. Él necesitaba licántropos equilibrados a su alrededor y no estaba seguro de que Greyback lo fuera. Lamentaría tener que deshacerse de él, después del tiempo invertido en su formación, pero lo haría de ser necesario. Si no cumplía con su palabra, Fenrir se marcharía de su casa ese mismo día.

FIN


No puedo seguir escribiendo. Faltan unas cuarenta palabras para alcanzar el límite. Tendréis que imaginaros que pasó con Greyback después de esta historia, aunque no es muy difícil de suponer.

Sé que la historia es dura. De hecho, es lo más desagradable que he escrito nunca y me siento un poco asqueada, pero al mismo tiempo estoy satisfecha porque he salido de mi zona de confort y me he atrevido con una temática que no he usado nunca. Me he arriesgado para el reto y no sé cómo me saldrá. No obstante, he procurado no escribir nada demasiado gráfico. Creo que, con lo que hay, se sabe todo o que ha pasado. Y lo que pasará.

Algunas aclaraciones.

Albert Fish está inspirado en un personaje real. Si buscáis en Google su nombre, os encontraréis con un asesino en serie conocido como "El hombre lobo de Wysteria" o "El vampiro de Brooklyn". Este señor abusó de decenas de niño, practicó el canibalismo y mató a unas cuantas personas. El nombre William, es el mismo que el de una de sus víctimas, Billy Gaffney, un niño de cuatro años al que secuestró y asesinó. Si queréis leer su biografía, encontraréis muchos detalles escabrosos.

Fenrir Greyback es un personaje brutal que, por normal general, no me interesa demasiado, pero me ha gustado explorar sus inicios. Yo creo que en los libros queda bastante claro que es un pederasta y sus instintos debieron despertar cuando era muy joven. Albert fue su guía (las parejas de asesinos no son algo nuevo) y el licántropo que le otorgó su don. En el futuro, Albert se cansará de la bestialidad de Fenrir y lo expulsará de su manada, solo y sin cachorros. No sé si algún día escribiré sobre eso.

Y hasta aquí. Espero que la historia os haya espantado y que, en parte, os haya gustado. Yo no me arrepiento de lo que he hecho.

Besetes y hasta la próxima.