Esta historia participa en el reto Tropos, tropos everywhere del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

N.A.: Aviso de que cambié el año de nacimiento de Adrian por conveniencia mía. xD Muchas gracias a Milen y Nea por sus beteos y opiniones. Son un amor. :3


Segunda oportunidad


Cuando lo ve, su primer pensamiento es huir. Quiere levantarse de la silla y salir de ese lugar. No puede creer que, después de poco más de dos años sin noticias suyas, Adrian aparezca delante de sus ojos.

Le duele el pecho. Le duele tanto que tiene ganas de llorar.

Quiere preguntarle muchas cosas. Cómo estaba. Si al final había decidido seguir con el negocio familiar. Si seguían gustándole esas extrañas tostadas de mantequilla de cacahuete y mermelada. Y, lo más importante, qué ocurrió el día de la Batalla de Hogwarts para que desapareciera y no volviera a saber de él.

Sin embargo, no hace nada de eso. Sólo se queda quieto, incapaz de moverse y articular palabra, mirando cómo se sienta en la silla que está frente a él. Cuando Adrian le mira a los ojos, lo único que puede hacer es maldecirse a sí mismo por hacerle caso a Lisa y aceptar esta absurda cita a ciegas, observarle, y preguntarse qué estará pensando en ese momento.

Espera.

Un minuto. Dos minutos.

Michael siente que la cabeza le va a estallar ante su silencio en cualquier momento. Cuando decide que no puede más, que ya ha tenido suficiente y piensa marcharse, escucha su voz.

—Cuánto tiempo, Michael. —Esas son las primeras palabras que oye después de estos largos años. Habla con cariño, con algo que puede llamar nostalgia. Por primera vez desde que lo ha visto, suspira, soltando el aire que no sabe desde hace cuánto tiempo ha estado conteniendo—. Lo siento. Si hubiera sabido que eras tú, no hubiera venido, pero Tracey pensó que sería divertido e insistió mucho. Te invito al café por las molestias.

Y dicho esto, se levanta de su asiento para dirigirse a la barra del bar.

Una voz en su interior grita desesperada. Porque no puede irse. Ahora no. No después de tanto tiempo deseando y anhelando verle de nuevo.

Antes de darse cuenta, tiene a Adrian mirándole. Se pregunta qué es lo que ha hecho hasta que se percata que tiene una mano agarrando fuertemente su muñeca derecha.

—Perdona —se disculpa, hablando por primera vez y soltándole—. Pero, por favor, no te marches.

Le mira a los ojos, suplicando. A esos ojos verdes que en el pasado le habían dicho te quiero con un cariño que le hacía temblar el alma e intentaba mostrarle todo lo que está sintiendo en estos momentos. Tiene miedo, pero necesita respuestas, y él lo sabe.

—Está bien, pero aquí no —responde.

Deja tres sickles en la barra y, entonces, ahora es él quien le agarra la muñeca y nota la terrible sensación de la aparición.

Aparecen en el pequeño salón de un piso. No hay demasiada decoración. Una mesa con un par de sillas, un sofá y una fotografía enmarcada es todo lo que se encuentra en la habitación. Además de eso, en el suelo hay un par de cajas.

—Perdona el desorden. Acabo de mudarme y no he tenido mucho tiempo para colocar las cosas —comenta Adrian mientras se sienta en el sofá. Se pasa la mano por el pelo y Michael intenta disimular una agridulce sonrisa. Era un gesto que solía hacer cuando estaban juntos al no saber muy bien cómo salir de una situación. En su momento, le pareció algo tierno. No puede evitar pensar que es un poco gracioso que ahora él sea la causa de ese gesto. Sin embargo, se guarda ese comentario para sí mismo—. Por favor, siéntate donde gustes.

Su mirada se dirige de la silla al sofá, sin saber muy bien cuál es la mejor opción. Al final, se decanta por el sofá, aunque se sienta a la otra punta, manteniéndose alejado de él todo lo posible.

Sabe que ahora es él el que tiene que dar el primer paso. Él es el que quiere respuestas cuando Adrian hizo todo lo posible para hacer lo contrario. Por lo que abre la boca y suelta todo lo que se ha estado guardando durante todo este tiempo.

—¿Por qué desapareciste? —empieza Michael—. Dijiste que ibas a ir a la Sala Común de Slytherin para buscar a tus amigos porque sabías que había algunos que querían participar en la batalla y, después de eso, te esfumaste sin más. Estuve buscándote por todas partes. Cuando ya no sabía por dónde más mirar, temí lo peor. —Hace una pequeña pausa antes de continuar. Su corazón late a mil por hora de solo recordarlo—. ¿Sabes lo que es estar viendo uno a uno a toda esa gente muerta en el Gran Comedor? ¿Sabes lo que es estar buscando desesperado, por todas partes, algo que indicara que no eras una de las personas desfiguradas a causa de los hechizos y hombres lobo?

Adrian baja la cabeza. Parece no saber qué decir ante eso.

—Pero una vez que registré todo, al menos me quedó el consuelo de saber que no estabas muerto —continúa—. Pregunté también a los pocos Slytherins que estaban en el castillo, pero no supieron o no quisieron decirme ningún tipo de información. Así que ahora, dime. ¿Por qué, Adrian? ¿Por qué me hiciste esto? —Eso último lo añade en un débil susurro en el que, incapaz de aguantar más, una lágrima se escurre por una de sus mejillas.

No sabe qué cara está poniendo en este momento al tener los ojos llenos de lágrimas, por lo que cuando nota una presión en su hombro, no puede evitar sollozar un poco más. Quiere que se aparte de él, que no le haga más daño. Lo único que quiere es la respuesta que lleva esperando todos estos años. Sólo eso. Saber la causa por la que le abandonó sin ningún tipo de explicación.

—Lo siento mucho, Michael. En ese momento pensé que era lo mejor…

—¿Lo mejor? —le interrumpe incrédulo, incapaz de creerse lo que estaba escuchando, intentando serenarse—. ¿Lo mejor era abandonar de la nada a tu novio en medio de una batalla? Porque no lo entiendo, Adrian. No entiendo nada.

Adrian suelta un largo suspiro.

—Lo mejor será que lo veas por ti mismo.

Michael le mira confuso al verle quitarse la camiseta. Va a preguntarle qué demonios es lo que está haciendo, pero se contiene cuando se da la vuelta y le muestra la espalda, soltando una exclamación de asombro. Toda la espalda está plagada de arañazos, de principio a fin. Empiezan por sus hombros y parecían seguir debajo de la cintura, ya que no se apreciaba el final. Con cuidado, posa una mano en una de las cicatrices, notando cómo Adrian se encoge ante su tacto.

—Pero qué… —logra decir cuando recupera la voz—. Adrian, ¿qué es esto?

—Eso que ves es la causa de todo —dice como única explicación.

—¿Estás diciendo que me abandonaste por… —Buscó la mejor palabra para definirlo— …por unas simples cicatrices?

—Sí y no. —Vuelve a ponerse la camiseta y se gira. Ahora puede ver su cara. Una cara que refleja una profunda tristeza—. Ese día, poco después de salir de la Sala Común, nos persiguieron varios hombres lobo de la manada de Greyback. Nos defendimos como pudimos. Muchos pudieron escapar, pero otros… otros no salieron tan bien parados. Entre ellos, yo. Uno saltó sobre mi espalda y… —Siente un escalofrío—. No recuerdo nada más. En cuanto terminó la batalla, la señora Pomfrey llamó de inmediato a los familiares de los alumnos más leves, entre los que me encontraba yo, y les dio indicaciones sobre qué hacer. San Mungo tenía demasiados heridos ese día, y en la enfermería no había sitio. Mis padres tardaron media hora aproximadamente en llegar al castillo y me fui poco después con ellos.

—Pero entonces —intervino Michael—, ¿eso significa que eres…?

—No —le interrumpe Adrian—, no era luna llena en ese momento. Unos arañazos no pueden convertirme en hombre lobo, pero he desarrollado algunos cambios. Me gusta la comida menos hecha y mis sentidos están más desarrollados de lo normal. Sin embargo, aun así… —Hizo una mueca—. A mi padre no le gustó.

Por supuesto que no le gustó. Aunque la familia de Adrian no es conocida por seguir todas las tradiciones sangres pura, la idea de que su hijo se convierta en alguien con rasgos lobunos es una abominación.

—Durante todo el proceso de curación estuve escuchando a mis padres discutir. No les atraía la idea de tener a un hijo con instintos de bestia. No me dejaron comunicarme con nadie.

—No lo sabía —murmura Michael, incapaz de creer hasta qué punto lograron someterlo.

—Cuando estuve mejor, hablé con ellos. Les dije que quería enviar cartas a mis amigos y me dijeron que ya se habían comunicado con sus padres y les habían informado de que no me molestasen por el momento, pero sabía que ellos no tenían ningún modo de contactar contigo. Cuando protesté por ello y me preguntaron qué relación tenía contigo… Les dije la verdad. Les conté que eras mi novio.

—¿Qué? ¿Les dijiste a tus padres que estábamos saliendo? ¿Estás loco?

—Me daba igual, Michael. Sabía que estarías preocupado por mí y quería hablar contigo. Además, tarde o temprano tendrían que saberlo. No iba a estar ocultándote para siempre.

—Adrian… —susurra Michael, sin poder creerse lo que estaba oyendo.

—Sin embargo, actuaron como predije. Nada más escuchar eso, mi padre me dijo que me largara de casa entre gritos. —Suelta una amargada risa—. En resumidas cuentas, me gritó que no quería tener a un hijo semibestia y, mucho menos, uno maricón. También dijo que, por mucho que me quisieras, no ibas a querer a la persona en la que ahora me había convertido. Y en eso tiene mucha razón, ¿sabes? ¿Cómo iba alguien a querer a una persona con gustos tan asquerosos?

En ese punto, Michael abre mucho los ojos ante lo que estaba oyendo. Niega con la cabeza, incapaz de creerse lo que oía. ¿Cómo había sido capaz de pensar semejante disparate?

—Además, en ese momento no tenía nada para ofrecerte. Al echarme de casa, me había convertido en un muerto de hambre. Con lo poco que tenía ahorrado, estuve viviendo unas semanas en El Caldero Chorreante. Aguanté allí hasta que me llegó la carta de McGonagall dándome la opción de presentarme a los EXTASIS o repetir curso. Hice los exámenes e ingresé a una universidad especializada en sanación gracias a una beca. Aunque eso no cubría todo los gastos y tuve que trabajar en mis ratos libres... Así ha sido hasta hace unos meses.

No puede creer lo que acaba de escuchar. En ese momento, nota dolor en su pecho. Un dolor que tiene nombre: decepción. Simplemente, se niega a que tenga tan mala opinión de él. ¿Acaso los cinco meses que estuvieron juntos no fueron suficientes para hacerle ver lo contrario?

—Cualquiera pensaría que en el tiempo que estuvimos juntos llegaste a conocerme un poco mejor, pero ya veo que no es así —comenta Michael, enfadado—. ¿En serio pensaste que te abandonaría por eso? ¡No puedo creerlo! Es cierto que no fue mucho tiempo el que estuvimos juntos, pero pensé que me conocerías mejor para saber que jamás te hubiera dejado por unos simples arañazos. Yo te quería, Adrian. Demasiado. Creía que lo sabías y que sentías lo mismo por mí. —Empieza a sollozar de nuevo.

—¡Claro que te quería, Michael! —se defiende Adrian—. Pero no quería que me vieras así. Yo quería ser la misma persona de la que te enamoraste, pero no podía. En ese momento sólo era una persona con gustos horribles y que no tenía donde caerse muerto. ¿Cómo podrías estar con alguien como yo? ¡Sigo siendo alguien que tiene esos asquerosos gustos! ¡Soy capaz de reconocer tu olor desde el otro lado de la habitación! ¡Me gusta saborear la sangre del filete cada vez que como, por el amor de Merlín! ¿Llamas a eso normal? —Se tapa la cara con las manos horrorizado de sí mismo.

Sigue enfadado, pero no puede evitar que se le encoja el corazón al verle sufrir de esa forma. Por lo que le pone una mano en el hombro y, con la otra, le aparta despacio las manos de la cara. Le duele ver que está conteniendo las lágrimas. Adrian solía ser una persona fuerte. Al menos, el chico de dieciocho años que había conocido.

—Bueno, es cierto que quizá hubiera echado de menos ver cómo disfrutas de esas tostadas de cacahuete y mermelada que siempre te gustaban, pero no por ello hubieras dejado de ser ese tonto Slytherin del que me enamoré y me salvó de una sesión de tortura por parte de los Carrow. Y… ¿en serio estamos hablando de dinero? ¿Tan superficial me ves? Te hubiera querido como hombre lobo o persona normal. Tanto rico como pobre. Seguirías siendo el chico del que me enamoré y que me reñía cada vez que pasaba demasiado tiempo estudiando.

Adrian hace una extraña mueca, y Michael no puede evitar preguntarse el motivo. ¿Acaso le ha dolido que dijera que le quería antes, dando a entender que ya no siente lo mismo? Mentiría si dijera que seguía estando enamorado de él. Ha pasado bastante tiempo. Pero el cariño y la ternura que sentía por aquel entonces seguía estando ahí.

—Fui un idiota, ¿verdad? —susurra Adrian.

—Un poco, he de admitirlo. Pero entonces no serías tú. —Eso último hace que él esboce una pequeña sonrisa—. Y ahora…, ¿no estábamos en una cita? —pregunta algo nervioso, sin saber cómo va a reaccionar.

Adrian le mira sorprendido.

—¿Estás dispuesto a darme otra oportunidad? ¿No me odias?

—Jamás podría odiarte —responde. Es verdad. Nunca podría haberlo hecho por mucho daño que le hiciera—. Es cierto que sigo dolido y que quizá me cueste volver a confiar en ti como antes, pero… —añade al ver la tristeza en su cara— quizá pueda perdonarte poco a poco con el tiempo. ¿Qué dices?

—Si a ti te parece bien, a mí también —responde Adrian.

Lo mira con una tímida sonrisa y algo avergonzado. Michael le mira a los ojos, y toma una decisión. Duele pensar en todos los años que han perdido, pero quizá todavía puedan recuperarlo de alguna forma. Y le devuelve la sonrisa.

A veces, no está mal dar una segunda oportunidad.