Sakkaku Circus
A ItaHina Fanfiction
Capítulo 2. Las veladas famélicas.
Hinata amarró su largo cabello azulino en una gruesa trenza y alejó los traviesos cabellos de su rostro sudado y rojo debido al calor y a la labor que llevaba desempeñando hace ya 2 semanas. Calentó sus muñecas con un par de movimientos antes de levantar la pesada canasta de ropa sucia y llevarla a la pequeña fuente donde sería su labor el dejarla limpia y reluciente.
Había conseguido un empleo en una lavandería de barrio, justo debajo de la habitación que rentaba con Hanabi. La calle donde vivían era ruidosa y pequeña, era prácticamente un callejón, y la gente se movía de arriba abajo buscando oportunidades para salir adelante al menos, porque sabían que nunca iban a salir del barrio. Las hermanas comenzaban a tener este tipo de pensamiento también. La habitación era pequeña, de un deprimente color marrón y con decoración y muebles incluidos que olían a viejo y a humedad, de una decoración que solamente era moderna si viajábamos en el pasado a los años 20's. Pero era un techo para refugiarse de la lluvia y donde guardar sus pocas pertenencias durante el día, era donde vivían y malcomían y era un lugar que podía llamar casa.
La cama estaba roída y era una sola cama para las dos. Sabía que no importaba mucho aún, porque habían llegado a este mundo en un núcleo familiar y estaban acostumbradas a compartir todo pero llegaría el día en el que Hanabi crecería y querría tener una habitación propia, y para ese entonces, Hinata estaría rascando el suelo para encontrar monedas, u oro o petróleo. Lo que sea para proveer. El dinero del gobierno se había agotado hace un par de días y la comida comenzaba a escasear, pero al menos se tenían asegurado un empleo para Hinata y educación para Hanabi, y un par de comisiones de las cuales podían sacar para mal comer un par de días.
Las manos de Hinata estaban completamente roídas por el cloro y el jabón para ropa, así como también magulladas y cortadas cuando le tocaba remendar o confeccionar cierta ropa. Era una especie de martirio hacer cualquier actividad con las manos, sumergida en la desesperación, una desesperación sorda que la hacía lloriquear mientras Hanabi dormía o cuando sabia que se había ido a la escuela, pero no podía ceder ante ninguna adversidad. Su futuro y el de Hanabi estaban en sus manos; dependía de ella si comerían o no.
Afuera del cuarto donde lavaba, la calle era un festival vivo. Había vendedores ambulantes de ricas bolas de arroz recién hechas, dulces de miel y caramelo, niños que corrían hacia sus casas o sus clases vespertinas y un jolgorio típico de Konoha en verano, jolgorio que ni el calor ni la lluvia helada podría cortar. La Hyuuga volteó hacia abajo, a la camiseta de oficina color blanco a las cuales tendría que quitar las manchas de algún licor y alguna salsa y comenzó a tallar fuertemente hasta que el cebo se volvió jabón y burbujas. Lamentaba que Hanabi no pudiera unirse a sus risas.
Cuando cumplió 18 años y fue momento de que dejara el orfanato, contempló por unos minutos dejar la posibilidad de ser adoptada a Hanabi, que una buena familia en estos tiempos de precariedad la contemplara como una manera de poder acabar con su tristeza; pero también pensó en todos los años venideros que tendría que vivir sin Hanabi y Hanabi sin ella. Eran la una de la otra, el último vestigio de una familia de 5 integrantes que había visto su fin de manera trágica y violenta.
Hanabi probablemente no lo recordaba, para ella Neji era solamente un hermano mayor amoroso que después del accidente automovilístico y la orfandad, se fue a un internado diferente al suyo, un hermano que desapareció como el puño cuando se abre la mano. Y Hinata rezaba todas las noches por olvidar aquella fatídica noche, pero nunca para olvidar a su hermano mayor. Sólo esperaba, que en sus ojos color perla, las estuviera buscando.
-Vamos, Hinata…- se dijo a sí misma cuando sintió el escozor de las lagrimas en sus ojos, tallando con fuerza medida una camiseta de lino blanco. – Sé una mujer…- cuando estaba a solas, era una de las excepciones a su tartamudeo. Sacudió su cabeza, en parte para alejar el cabello de su rostro y en parte también para sacudir esas ideas de su cabeza. Ya no era una niña pequeña y la realidad estaba esmerada en hacérselo saber.
El remolque destinado a ser su casa por el resto de su vida funcional como cirquero se encontraba en completa penumbra, en completo silencio además, lo cual era raro en un ambiente como el circo. No podía dormir para siempre, aunque había días en los que desearía que pudiera ser así. Abrió el par de ojos que le habían dado fama y observó el techo de latón y los recortes de cirqueras famosas que TenTen se había empeñado en pegar con cinta adhesiva al cielo; Neji lo llamaba un "lujo innecesario", TenTen se inspiraba en el antiguo circo chino que le dio todas las herramientas para que ahora fuera una reconocida asistente y trapecista.
Compartían remolque con Rock Lee, uno de los acróbatas más respetados del circo, además de ser también uno de los más risibles e intensos, pero nadie era tan ágil en sus pruebas de fuerza, de rapidez y sus habilidades marciales lograban sorprender al público de todas las edades. A esta hora, mientras el sol no salía y no iniciaban todavía las actividades y deberes de la temporada del circo en Konoha, Rock Lee se encontraba dormido, casi noqueado.
TenTen también dormía. Detrás de la tela de cortina que servía como barrera, como privacidad, TenTen y Neji Hyuuga compartían el lecho como una pareja de prometidos podía hacerlo. El chico se levantó en sus codos, observando la oscura mañana y después, como un halo de luna en medio de la oscuridad, la blanca y suave espalda desnuda de la próxima TenTen Hyuuga. Neji no era un hombre de muchas palabras, mucho menos de sentimientos, pero hace un par de años, entre tantos ensayos y heridas, armas lanzadas, dianas perforadas, algo simplemente se dio entre ellos dos. Una llama se prendió delicada y temerosa en la esquina del corazón de ambos y había sido alimentada hasta convertirse en el tipo de incendio forestal que exige una alianza ante la sociedad y los Dioses.
Cubrió la espalda de la chica con una sábana delgada y cruzó los brazos sobre el torso desnudo, respirando tranquilamente por la nariz y hacia el sol de una mañana que se mostraba en el horizonte. Si quería terminar a tiempo para poder ensayar antes de la primera función del circo en Konoha, debía levantarse ya mismo y dejar de hacer nada. Cuando sus pies tocaron el suelo de latón, volteó hacia la repisa que compartía con TenTen para encontrarse, nuevamente, entre las ligas para el cabello, las botellas de perfume, los guantes para entrenar, una fotografía que tenía años pegada a donde sea que fuese. Suspiró pesadamente, acercándose a ella con su banda para la frente en las manos.
Estaba doblada en una esquina, roída por los años y las polillas, el agua, la humedad. En dicha foto estaban los rostros aguados de la que era su familia, familia que había sido despedazada por el destino y su manera tan ingrata de hacer las cosas. Su padre, Hiashi, con el rostro de piedra que lo caracterizaba, de brazos cruzados, sin atisbo alguno de sonrisa en el rostro, mirando a la cámara como quien lo ve como una obligación y una pérdida de tiempo.
Se vio a sí mismo en los últimos meses de sus 17 años, con ropa holgada y de color blanco mientras observaba a la cámara con un rostro similar al de su padre, pero menos severo, mientras su mano descansaba en el hombro de su madre, cuyo rostro había sido tapado por su posición y su largo cabello azulino. Miraba hacia abajo, ante una sonriente Hanabi que tampoco estaba presente en la foto, de cierta manera. Hisa Hyuuga y la Hanabi Hyuuga de 5 años estaban en ese entonces en su propio mundo, perdidas en un amor que pensaron que sería inquebrantable.
Y finalmente, su hermana menor, Hinata; sentada en el pasto, a un lado de Hanabi y justo debajo de su padre. Habría estado apenas en el fulgor de la adolescencia, con 10 años, mirando a la cámara con una expresión de no pertenecer a este mundo, de una sonrisa que quiere romperse, de unos ojos que se mueren por cerrarse. Hinata había sido su compañera en indudables cuentos y aventuras, y se había convertido en su principal objeto de veneración y protección. Moriría por sus hermanas, sólo que no pudo hacerlo y fueron sus padres quienes murieron.
Ahora no podía hacer nada por sus hermanas.
Suspiró, dejando la fotografía en su lugar y amarrando con rapidez la venda blanca en su frente, antes de despertarse, desnudo al sol, y acomodarse sus pantalones negros de entrenamiento. Siguió su rutina de higiene en el menor de los silencios, a los que aún no era inmune TenTen.
-¿Te vas antes? – preguntó la chica, recogiendo la sábana y usándola para cubrir su pecho mientras miraba la espalda marcada de Neji. Bostezó como lo haría un pequeño bebé que acababa de despertar y pasó una mano en su enredado cabello color chocolate. Neji se enfundó en una simple camiseta blanca mientras daba la vuelta y se acercaba a TenTen, cometiendo el acto amoroso de besar su mejilla, haciéndola sonreír. A veces él solo podía hacer eso, a veces, era lo único que ella necesitaba. –Te veo en el gimnasio en un par de minutos…
-Desayuna bien…- dijo Neji abriendo la puerta del remolque, dejando entrar una brisa matutina helada de color lila. –No hay prisa. – dijo sin más, cerrando la puerta de latón detrás de él y dejando a TenTen en la cama, mirando a la ventana.
La fotografía estaba puesta en una posición diferente, prueba viviente de que Neji la observaba con añoranza y dolor en el corazón al mismo tiempo. La chica china suspiró, cansada de no saber cómo enmendar un corazón que había sido roto tan violentamente hace años, mucho antes de su llegada. Observó como Neji se enfrentaba a la oscuridad purpúrea de la mañana temprana, encaminándose al terreno anexo a la carpa en la que probablemente sólo los hermanos Uchiha, Gaara, y en unos minutos Lee estarían entrenando, aún y cuando faltasen todavía un par de días para la primera presentación del circo en la nueva ciudad.
Se tronó los dedos, sólo por hacer algo, mirando la figura de su prometido que desaparecía entre la oscuridad ambigua.
Habían crecido juntos, sabían desde cumpleaños hasta hobbies y sueños y los roles iban así.
El campo de entrenamiento se compartía para todos los actos del circo, se ensayaba obligatoriamente 6 horas al día, fuera de eso, cada acto tendría dos horas alternadas para poder ensayar de forma individual. La vibra artística que se sentía cada que el ensayo oficial iniciaba era impresionante, e incluso podría ser sentida en el aire; con todo el glitter y la pintura de aceite que todos los payasos utilizaban.
Hablando del diablo, Naruto era el "jefe de payasos", o el actor principal, por lo menos, aunque era un esfuerzo totalmente de equipo, todo para llegar a ser uno de los tres principales actos del programa. Gente de todo el país ponía total atención cuando los payasos del Sakkaku Circus se presentaban.
Naruto, a la par de Sai, Kankuro, Deidara y sorprendentemente Shisui Uchiha, tenían su propio acto de "La casa de la risa". Sus guiones cambiaban según la temporada, pero en cada uno había carcajadas al montón, actos musicales, incluso unas cuantas piruetas ensayadas, siempre lideradas por los más veteranos del acto. Todos tenían sus historias, las razones por las que se encontraban en un circo alejados de una familia nuclear y creando comunidad con completos extraños pero eran historias que se compartían en una fogata al aire libre, con un vaso de sake en una mano y un cigarrillo en la otra, aún así "La casa de la risa" siempre tenía una esplendorosa sonrisa en sus rostros, aun y cuando sus corazones contaran los hechos totalmente diferente.
-Después viene la parte del balde con agua…- dijo Sai, mirando hacia el sol que comenzaba a morder con sus poderosos rayos. Sin importar que tanto ensayara bajo el sol al lado de sus compañeros, no podía conseguir cambiar el color extremadamente pálido de su piel.
-No, Sai...viene la parte de los malabares sobre la botella de vidrio…- corrigió Shisui mirando un papel bastante arrugado y descuidado que representaba el guión que entre todos habían escrito. Naruto rabió un poco; siendo el alma tan despreocupada que era, cuando se trataba del guión y de dar un buen espectáculo con sus amigos, se ponía bastante serio. El rubio pasó lentamente una mano por su rostro, sabiendo que parte de la distracción se basaba en que todo el circo estaba ensayando en el terreno, y todos estaban un tanto indispuestos como casi siempre que finalizaba un largo recorrido por carretera hacía la nueva ciudad e iniciaba una nueva temporada de circo.
-Creo que se equivocan, mis pequeños tarados…- era la voz un tanto elegante, como tocar el terciopelo de Deidara, uno de los veteranos originales del circo y del acto de la casa de la risa. Era un genio de la comedia y del arte, pero no se podía tomar muy enserio cuando estaba probando la botarga de anchas caderas y sentaderas que usaba en un segmento del acto. – Sigue la escena del hospital y los globos de agua. Si estudiaran en vez de coquetear, lo sabrían…- dijo señalando con una mano en la cintura y el pulgar a Sai, perdido en la vista.
Había dado en el clavo. Sai se encontraba como en su propio mundo, admirando al acto que ensayaba a un lado de ellos.
Ensayaban los acróbatas, que eran en su mayoría mujeres. Las audiciones habían sido hace años y aunque nunca se encontraba de más incluir a alguien, no habían encontrado a alguien con la flexibilidad y el ahínco para pertenecer al circo. El despampanante acto era liderado por Ino Yamanaka, novia de Sai, quien estiraba bien enfundada en su traje lila de entrenamiento, lanzando pequeñas sonrisas y saludos al chico; y a su lado, Sakura Haruno, en ropa de entrenamiento roja y blanca. Ambas chicas se querían tanto como se odiaban, lo cual no parecía ser algo raro en el circo. Habían pasado años juntas, en actos, en funciones, en viajes por la larga carretera asoleada, acurrucándose en el camper cuando mordía el frío; eran las mejores amigas.
Junto con ellas, ensayaban también TenTen, enfocada en ser una de las mejores acróbatas que el circo pudo haber tenido, debido a su ascendencia circense y la sangre que llevaba en sus venas y secretamente, para hacer a Neji sentirse orgulloso de que fuera a desposarla. De todas las flores hermosas del circo, TenTen era aquella que mostraba más sus espinas; usando ropa de entrenamiento holgada y andrógina, pero mostrando su femineidad cuando hablaba con sus amigas.
-¿Son de salva, TenTen? – pregunto Matsuri Takeido, una chica que se encontraba estirando para unirse nuevamente a su propio acto; "La casa de la risa". Era la única chica clown del circo hasta ahora y tomaba mucho orgullo en eso. Matsuri había llegado en Mayo junto con Temari, quien la veía como una hermana menor y una protegida. Poseía cabello color nuez que apenas se había dejado crecer y un par de ojos oscuros encantadores, una delgada cintura y un cuerpo menudo, casi infantil.
-Estas sí. Neji se preocupa un poco e Itachi dijo que debemos guardar las verdaderas para la función, con la prueba de la manzana y todo…- dijo TenTen balanceando en su dedo una daga que usaba en su acto. – Pero estaré bien, Matsuri. No te preocupes
Subaku No Temari era la belleza exótica de Suna que había llegado una tarde de Mayo junto con sus hermanos e Itachi supo, en cuanto los vio llegar, con todo su equipaje y sus elementos para la función, que necesitaba tenerlos en sus filas y que no aceptarían un "no" por respuesta. Una acróbata, un titiritero y un domador de leones; era claro que el elemento artístico fluía por las venas de los Subaku No. Temari era una acróbata del abanico, una rubia alta y con piel bronceada que podía destrozar a patadas a cualquier persona que la mirara mal a ella o a cualquiera del circo, sobre todo a sus hermanos y a su protegida.
El circo era una mezcolanza de clowns y artistas de la comedia, de trapecistas y malabaristas, cocineras, costureras, instructores y directores artísticos. Había roadies, domadores, personal médico (que en realidad era Sakura con su casi nula experiencia y Tsunade, amiga de la familia que se había apuntado al viaje de esta temporada) y entre todos ellos conformaban una gran familia dispersa y enorme, que se reunía muy de vez en cuando pero que al mismo tiempo estaba unida como las intricadas venas en el cuerpo de una persona.
Ser acróbata aéreo siempre había emocionado a Itachi Uchiha desde la primera vez que su padre lo llevo al circo familiar. Sasuke debería de haber tenido un par de meses de nacido y su madre se había quedado en casa para cuidar del bebe; así que eran solamente Fugaku e Itachi mirando desde el detrás de escena del circo todo el espectáculo de luces y atrapadas, de música que destrozaba los nervios. Fue en aquella función que Jirayja Sennin, uno de los más aclamados clowns de todo Japón le obsequio una pelota roja que se había sacado, de alguna manera, de detrás de la oreja. Aquella pelota se había perdido con los años pero el sentimiento que inspiro en Itachi había causado una revelación. Dos semanas después de eso, Itachi había comenzado su entrenamiento como acróbata circense.
Ahora se encontraba recobrando el aliento mientras mordisqueaba una manzana recargado en un árbol observando como los rodies transportaban las jaulas de los animales y comenzaban a elevar las carpas. Los campers móviles se encontraban un tanto alejados de todo el espectáculo, creando una pequeña colonia de circenses, donde ya se veían atisbos de tendederos y fogatas, de asientos creados de la nada. Itachi todavía amaba ver como el circo renacía de las cenizas y como parecía crearse en el aire frente a él.
Miku se enredo entre sus piernas, sorprendiéndolo pero no demasiado. Konan no debía de estar lejos debido a que el mínimo era usualmente un aviso previo a su presencia, y como hablando del diablo, Konan se apareció detrás de él, ajustando una falda de gasa negra a la par con su leotardo del mismo color, pies descalzos, uñas moradas.
-Hey…- murmuro Konan a manera de saludo, estirando las piernas en el mejor de los equilibrios.
-Hey…- dijo Itachi absorbiendo su figura con los ojos, mordiendo la manzana a medio comer, imaginando la suave carne de los muslos de Konan en vez de la fruta. Su historia era…que no había una historia. Habían crecido juntos en la primera generación de artistas circenses después del legendario Fugaku Uchiha y ambos sabían, incluso antes de comprender lo que decían, que terminarían juntos en alguna ocasión. Itachi no había sido el primer beso de Konan (Pain, un artista que había dejado el circo hace unos años debido a una oportunidad de un trabajo más estable había sido el elegido) pero si había sido su primera vez, y Konan había sido la primera vez de Itachi pero su primer beso había sido responsabilidad de Izumi, una bailarina que justo ahora ensayaba en algún edificio de Paris.
Konan e Itachi rotaban el uno con el otro pretendiendo que era casual y temporal, y tal vez en alguna ocasión Itachi se había enamorado de Konan un dia y des-enamorado el siguiente, y pasaba lo mismo para con la chica. Coqueteaban todo el tiempo y sonreían y reían, pero en una vida tan cambiante como la suya ¿Cómo saber si era real? Lo único que sabían era que en el medio de todo el caos, estaba el otro. La razón por la que nunca se habían decidido a ser oficiales era que…no querían serlo. Ambos eran demasiado libres para atarse el uno al otro y la explicación honesta pero dura era que Konan e Itachi no estaban hechos para relaciones y se querían únicamente como un par de amigos que habían crecido juntos; la atracción estaba ahí y tener sexo era fácil cuando prácticamente se viven juntos pero Konan era suya, antes de ser de cualquier otra persona e Itachi no creía realmente en las pertenencias. Era una especie de comodidad rara a la que ya estaban demasiado acostumbrados como para cambiar.
-Llegas tarde al ensayo… - dijo Itachi terminando su manzana y guardando el corazón entre sus manos. Konan lo miro, acomodando su cabello y la rosa blanca que siempre traía consigo (aquel prendedor había sido un regalo de Pain, pero a Itachi no le molestaba) y le soltó una sonrisa con sorna, lasciva.
-Alguien me mantuvo despierta anoche…-murmuro la chica, tronando los huesos de su cuello solo para ganarse una risa conocedora de Itachi.
-Anoche no te estabas quejando…
-No lo estoy haciendo ahora. – Dijo la chica guiñándole el ojo y terminando la plática justo antes de que Hana Inuzuka, su amiga y compañera de escena se acercara a ellos, cruzándose de brazos y sonriendo un tanto molesta. –Hana…
-Konan, vamos tarde al ensayo…- dijo volteando a ver a todas las acróbatas que esperaban instrucciones. Konan y Hana eran las más experimentadas y juntas armaban los horarios y actos. Toda acróbata debía saber bailar y al menos un acto extra y las chicas mayores se encargaban de entrenar a las menores. Era un circo autosuficiente. –Hola Itachi…
-Hana…- dijo el pelinegro, finalmente tirando al cesto de basura el corazón de la manzana. Miku salto en los hombros de Konan, quien no se inmuto en absoluto y tomo la mano de Hana, alejándose de Itachi sin decir una palabra más.
