Sakkaku Circus
An ItaHina/Multi-pairing Fanfic
4. Bienvenidos a la magia
N /A: ¡Hola! Muchas gracias a todos los que están apoyando esta historia. Siempre había querido escribir sobre el circo (en mi ciudad ya no vienen debido a las regulaciones del maltrato animal y me siento agradecida aunque melancólica por eso) porque hubo una época en mi infancia en la que mi mama hacia todo lo posible por llevarme al circo y es una de mis memorias favoritas con ella. He decidido que este fanfic será primordialmente ItaHina pero también multi-pairing con varias de mis parejas favoritas. Lean, dejen comentario y sobre todo, disfruten.
-P.
-Apresúrate, Hinata. – gimió Hanabi mientras tiritaba de frio junto a la puerta del baño que ambas compartían. El sol había comenzado a caer pero la luz natural todavía podía filtrarse por las ventanas; Hanabi había sido la primera en ducharse pero necesitaba el espejo para peinar un poco el cabello largo y castaño que chorreaba por su espalda como las faldas de tierra de un volcán. La paciencia era una virtud que Hanabi Hyuuga no tenía y no pensaba iniciar a cultivar.
Hinata había salido ya de la ducha y se había enredado en la toalla delgada y roída; mirándose en el espejo que sorpresivamente todavía no estaba roto. Hanabi había usado, tal vez sin quererlo, la mayoría del agua caliente y a la mitad de la ducha de Hinata, los escalofríos recorrieron su espalda cuando se mojo con agua helada; no pudo hacer más que reír y acortar su baño, saliendo rápidamente.
-¡Y-Y-Ya voy, H-Hanabi! – tartamudeó de frio y de costumbre mientras escurría su cabello en el lavabo, poniéndose el cepillo de dientes en la boca y ahorrando tiempo. La idea de que llevar a Hanabi al circo y gastar parte considerable del dinero de la semana era la estupidez más grande que podía cometer todavía rondaba en su cabeza, pero la emoción con la que Hanabi escogía la ropa que usaría y el hecho de que la menor de los Hyuuga quería en realidad peinarse el cabello era demasiado para calentar las paredes del corazón de Hinata. Escupió la mezcla de saliva y pasta de dientes y abrió la puerta dolorosamente lento, girando el pestillo y viendo como Hanabi, con el cabello aun chorreando y un cepillo plateado en la mano la miraba con toda la reprimenda que podía, que no era mucha en realidad.
La hormonal adolescente usaba uno de los vestidos que Hinata le había comprado apenas el mes pasado, y sería la segunda vez que lo usaba, acostumbrada a guardar la ropa en bolsas de plástico y cuidarla como si fuera un gran tesoro; era de un color azul marino, corto de manera que mostraba sus rodillas magulladas por la infancia y el baile; y simples zapatos negros. Hinata acaricio su mejilla, apaciguando cualquier enojo que la chiquilla podía tener y le sonrió mientras Hanabi entraba para cepillar su cabello.
Mientras se ponía la falda larga, flotante y lila que había heredado de Ms. Nina en el orfanato y abotonaba su blusa blanca, Hinata escuchaba a Hanabi murmurar desde el baño, y cuando la vio salir, con el cabello perfectamente cepillado y su monedero en mano (Hanabi a veces repartía periódicos o cuidaba niños en los vecindarios de sus amigas; tenia pequeños ahorros que Hinata hubiera preferido nunca usar), con toda la ilusión en el rostro, sabía que estaba haciendo lo correcto. Ambas hermanas habían estado listas antes de que comenzara realmente a obscurecer y mientras se enfundaban en los pesados abrigos de invierno y bajan con ilusión las escaleras, el aire afuera se antojaba festivo y aunque el sol se estaba metiendo, Hinata sintió en su corazón y la calidez del mismo, el efecto totalmente contrario. Salía el sol a las 8.00 pm.
La cosa era que Itachi amaba hacer lo que hacía; aunque fuera una forma romántica y a la vez descarada de ver el azar y el futuro, aunque tuviera dias de más de 24 horas y aunque sabía que cuando se cansara de esta vida no habría jubilación esperándolo cuando su cabello se tornara gris eventualmente. Sabía también que heredar el circo a una edad como la que tenia era sumamente peligroso y aunque lo compartía con Sasuke y Shisui, era como el ciego guiando al ciego; aunque el circo que sus padres habían dejado antes de retirarse se seguía posicionando en uno de los mejores espectáculos del país, era una carga con la que siempre estaba nervioso de cargar.
Pero ahora, en los quietos momentos justo antes del gran inicio, apreciaba en realidad el silencio antes de todo lo que se estaba cocinando en la carpa. Era como una pieza de música en la que se iba construyendo el momento de tensión, de los fuegos artificiales; esperanzadores y maravillosos, como estar despierto toda la noche solamente para ver el amanecer en el horizonte y disfrutar todos sus colores. Itachi podía ser un romántico empedernido a veces, aunque casi siempre era cuando no había nadie alrededor para presenciarlo.
Ya se había acostumbrado a ser empujado tras bambalinas, a los gritos ensordecedores de Sakura y como eran casi siempre dirigidos a Ino o a Naruto; tal vez, Itachi pensaba, la chica tenía un terrible problema con aquellas personas que tuvieran el cabello rubio; estaba acostumbrado a ver correr de un lado a otro a Hana y a Konan, con audífonos de orejera comunicándose con Hidan en el departamento de sonido, más bien, mangoneando a Hidan en el departamento de sonido; estaba acostumbrado a Sasuke mirando el escenario como quien ve un campo de batalla, determinado a ser el mejor, a no defraudar; a Gaara sentado junto a Neji mientras ambos meditaban antes de su acto; era algo que ambos habían aprendido en su entrenamiento durante la pierna del circo en Tailandia; acostumbrado ya a TenTen y Matsuri tomándose fotos juntas y tontas, sacando la lengua, guiñando un ojo, mostrando en redes sociales su elaborado maquillaje; Itachi no se quejaba, las quería y además, era publicidad gratis.
Más que nada, Itachi se había acostumbrado ya al sentimiento de adrenalina y emoción que recorría su pecho cada que sabía que faltaban apenas minutos para que la magia comenzara. Era algo que siempre había admirado de su padre y de la familia saltimbanqui que los había criado; el dar un buen espectáculo, un buen espectáculo que podía cambiar al mundo o al menos el mundo de una persona, olvidar horrores como la guerra, la tristeza, por un par de horas y sumergirse únicamente en la magia del circo.
Konan le había contado todo sobre el desfile promocional, y aunque no variaba mucho de ciudad en ciudad todavía amaba escuchar con detalle como las manzanas rojas y brillantes de caramelo terminaban en manos de niños que tal vez no podrían pagarlas si no fuesen gratis, niños con ojos enormes que miraban a Sasuke hacer malabares con fuego, niñas que observaban el atuendo de Ino y de Sakura y soñaban con verse así de bonitas; niños de escasos recursos que el taquillero en turno dejaría pasar porque Sakkaku Circus era su trabajo, sí, pero también era su vida entera.
-Itachi…- murmuró Konan, quitándose finalmente los audífonos de orejera. El chico la miró atento y finalmente se dio cuenta de que estaba nuevamente solo tras bambalinas; que los actores habían ido a sus repentinos lugares y que…- El show está por comenzar.- dijo Konan con el brillo del momento en los ojos.
El lugar estaba abarrotado; por lo que pensaba que el espectáculo sería bueno; los terrenos donde el circo se había erguido hace apenas unos dias eran llanos, terregosos y alejados, entendiblemente de la población en general. Había dos largos caminos de líneas de bombillas con bulbos grandes y antiguos, pequeñas tiendas alrededor con servicios gratuitos, como la pequeña carpa blanco y negro donde Zetsu adivinaba el tarot, el pequeño show de marionetas de Sasori, la carpa de arte de Deidara donde hacia caricaturas de los niños asistentes, tres puestos de palomitas y las emblemáticas manzanas acarameladas brillando bajo la luz amarilla.
Los establos de los caballos y las jaulas de las fieras, el olor a malvavisco quemado, la música vieja y alegre de las bocinas y en medio de todo, las imponentes carpas que alcanzaban el cielo imposiblemente alto, con guirnaldas de papel que se mecían con el viento de la noche. El cielo se pintaba de estrellas plateadas que habían sido puestas por el Dios de todos los Dioses y en la tierra, al alcance de los simples mortales, los niños corrían emocionados de un lado al otro, y sus madres regordetas y felices los seguían, contentas de que se cansarían para la hora de dormir y no tendrían más problemas con ellos.
La historia de Kisame era tan fantasiosa que la gente que la conocía usualmente creía que se había inventado a favor de promocionar el circo y sus rarezas, su exclusividad; la verdad es que los padres de Kisame habían sido habitantes de la isla de Narsaq, una isla casi enteramente inuit; donde la soledad y las extremas temperaturas habían hecho de Kisame Hoshigaki, uno de los mejores amigos de Itachi, un hombre extremadamente alto, de ojos pequeños y oscuros y una piel tan pálida y ceniza que en cierta luz parecía azul o grisácea. Una vez unido al circo, había hecho sus rondas alrededor de todos los lugares místicos a los que un cirquero va para aprender de la vida; la tribu con la que entrenó en Hawái durante más de dos años habían ido tan lejos como para marcar su rostro con escarificaciones profundas bañadas en tinta negra, simulando el rostro de un tiburón.
En los mejores años del circo, el presupuesto eran tan extenso que Kisame podía hacer su truco de nado de tiburones mientras intentaba liberarse de pesadas cadenas, aguantando su respiración al más puro estilo de Houdini, pero Kia y Kai, sus adoradas mascotas marinas, un par de tiburones blancos que había criado el mismo descansaban en la playa de Tomori, en un santuario marino que el circo pagaba. Transportarlos era simplemente demasiado difícil y Kisame temía que sus bebés se estresaran. El acto de Kisame y los tiburones, finalmente se llevaba a cabo únicamente en ciudades costeras.
Ahora era un taquillero y un roadie; no estaba frustrado, ni mucho menos, estaba simplemente feliz de seguir en el circo y el camino, aun y cuando su acto no figurara en el programa. Había estado recogiendo dinero y dando boletos durante más de cuarenta minutos y difícilmente recordaba las caras, su acción era pragmática y casi robotizada pero era lo que Itachi necesitaba de él y lo haría sin rechistar. A su lado, Shikamaru sumaba algo en los libros, con una pequeña calculadora mecánica frente a él y un cigarrillo que la mayoría de las veces se quemaba en sus labios y apestaba el pequeño cuarto que era una de las taquillas.
-Mucha gente esta noche…
-Es noche de apertura. – Dijo Shikamaru sin dejar de mirar el libro, sumando un par de números más y haciendo un sonido mecánico con la calculadora.
-Tienes razón…- murmuró Kisame sonriendo sus dientes alargados a una joven pareja de amigas que se sonrojo al verlo y entro entre pequeñas risas. –Me encanta la primera noche. No me aburro tanto.
-Difícil aburrirse en un circo…- El joven Nara miró su reloj y sabía que estaban a escasos minutos de comenzar; la carpa del Tarot había cerrado y Deidara también había cerrado su carpa para alistarse para su propio número de La casa de la risa. Había apenas un par de pequeñas familias afuera del circo y aquellos se dirigían a pagar su boleto y entrar a la carpa principal.
Itachi tronó los huesos de su cuello mientras se enfundaba en una gabardina y salía a la taquilla. La gente iba entrando animadamente y casi todos estaban sentados en sus asientos esperando el espectáculo; el chico sonrió cuando observó a Shikamaru y a Kisame sonriéndole a un par de niños bastante raquíticos que alargaban la mano mostrando unas monedas brillantes. A unos pasos de ellos, una mujer entrada en sus treinta, joven, pero sumamente cansada, la chica los observaba con pena y con un bebe entre sus brazos que probablemente lloraba de hambre.
-¿Cree que será esto suficiente? – Los niños eran similares, debían de ser hermanos. Tenían la piel bronceada pegada a los huesos y mientras uno tenía el cabello largo y rubio, de manera que asemejaba a un joven Deidara, el otro era pelirrojo, como el ausente amante de Konan, Pain Nagato. Shikamaru y Kisame sabían las reglas del circo. Si alguien realmente necesitado no podía pagar por el espectáculo, entonces era gratis, sobre todo si eran niños. Itachi sonrió para sí mismo y se acercó, no sin antes ver como Matsuri regresaba adentro de la carpa, con una caja de madera recargada en su estomago con ayuda de tiras de cuero; la chica disfrutaba mucho el trato con las personas y antes de la función vendía pasteles de luna y manzanas acarameladas, pero ahora era tiempo de que se alistara tras bambalinas.
-Hey…- la interrumpió Itachi. La hermosa y petite clown lo miro hacia arriba y le sonrió; su jefe era una persona callada pero sumamente humana y le debía muchas cosas. -¿Vas hacia adentro?
La voz de Itachi Uchiha era de terciopelo negro y era suficiente como para hacer suspirar a cualquier chica con la que se encontrara. Itachi era una persona callada, si, pero era sumamente coqueto. Matsuri apenas y se sonrojo, acostumbrada ya a las tácticas del mayor de los Uchiha.
-Naruto-kun debe estar nervioso, y soy después de todo, la única clown.
-Ya veo…- el parcial dueño del circo tomo una bolsa de papel, poniendo tres pasteles de luna y tomando un par de manzanas en una sola mano. Matsuri sonrió, a sabiendas de lo que pasaría. – Ten una buena funcion, Matsuri.
-Gracias, Uchiha-san. – dijo la nativa de Sunagakure. –Tu igual. – Le guiñó un ojo antes de darle la espalda y perderse entre las cortinas del circo. Shikamaru aun sonreía mientras Kisame le daba los boletos a los niños, quienes tenían la hilera de dientes más grande y genuina que Itachi hubiese visto. Se acercó a los pequeños, quienes lo vieron hacia arriba con un par de boletos en la mano.
-¿Por qué no entran? La función está a punto de comenzar. – Dijo el mayor de los Uchiha mientras le acercaba a cada uno una manzana regordeta y brillante. Los niños las tomaron y el hombre pudo ver como sus manos casi abarcaban la fruta entera.
-¡Gracias! – gimió el pequeño pelirrojo mientras le daba un mordisco. El rubio miró a la mujer que le sonreía en la distancia, meciendo a un bebe en los brazos. Itachi frunció el ceño mientras los niños se despedían con la mano y eran escoltados al interior por un Shikamaru que había atinado a tirar el cigarrillo en presencia de los chicos.
La mujer era joven, tenía el cabello largo y de un rubio más bien sobrio, con puntas abiertas y un fleco un tanto mal cortado; pero tenía los ojos color fresa más impresionantes que Itachi hubiese visto y aquello le hizo sonreír. Saludo a Kisame, que seguía haciendo cuentas en la taquilla principal y apenas lo miró, mientras el Uchiha bajaba la pequeña rampa y se posaba frente a la mujer.
-¿Tus hijos? – preguntó mirando hacia abajo, puesto que la mujer de tez bronceada era considerablemente más carroza que él. La mujer pasó saliva y mientras no dejaba de mecer a la niña en sus brazos (Itachi solo podía suponer, debido a la manta rosa con la que la bebe estaba envuelta), asintió con la cabeza. -¿No entras?
-Y-Yo…- tartamudeo la mujer. –No tenemos el…dinero.
Itachi elevo una de sus comisuras un par de segundos y deposito los pasteles de luna envueltos en la bolsa de cartón justo en el hueco del pecho de la mujer y su brazo. La chica lo miro como si hubiese sido Itachi quien puso las estrellas en el cielo aquella y todas las noches.
-Entra. Disfruta la función. – Nuevamente la voz de terciopelo del Uchiha invadía los oídos de otra afortunada chica. La mujer sonrió dando un par de pasos hacia la entrada, antes de que Itachi la detuviera, poniendo una mano en su hombro delicadamente. –En el intermedio, quiero que busques a este hombre…- un dedo fino había señalado a Kisame, quien seguía en su misión de contar monedas y billetes. – El te dará un poco de leche para la nena, debe estar hambrienta…
-Yo…yo no. –La mujer intercambiaba miradas entre Kisame e Itachi, sin saber realmente si esto estaba pasando.
-Cortesía del circo por supuesto…- dijo Itachi sonriendo de manera gatuna, sin importarle realmente si la mujer que tenía enfrente tenía un esposo esperando en casa. –Ve a buscar a tus hijos, ¿sí? Mi compañero debió haberlos puesto en una de las filas de adelante.
La mujer sonrió nuevamente y esta sonrisa había alcanzado sus ojos de fresa. Asintió con felicidad y antes de lo supiera, había entrado al circo, en busca de sus hijos. El chico miro entonces el resto del terreno; las carpas adjuntas con pequeños espectáculos abrirían por cuarenta minutos después de acaba la función y nuevamente el lugar estaría lleno de vida, como le gustaba, pero ahora él y Kisame debían regresar adentro, a la función.
-Vamos, chico Tiburón. – Dijo Itachi mientras Kisame cerraba la caja de dinero de la primera función, complacido con las cuentas preliminares. –No vendrá nadie más…
-Vale…- acordó Kisame.
-¡Boletos! – grito una voz femenina, delgada, casi infantil. Ambos hombres voltearon y fueron testigos de cómo una chica de piel pálida se acercaba corriendo, sus zapatos levantando el polvo del camino de luces en el cielo. Kisame rodó los ojos divertido y un tanto molesto, volviendo a sacar la llave de la caja e Itachi sonrió de lado. -¡Queremos boletos!
-¡H-Hanabi, espera!
La aludida Hanabi había llegado batiendo en el aire un par de billetes, roja de las mejillas y casi ida del aliento. Tal vez danzar por tanto tiempo y después llegar corriendo al circo no había sido la mejor idea para su corazón y sus pulmones. Kisame le sonrió aceptando el dinero mientras Itachi cruzaba los brazos.
-Quiero uno más, por favor. – La llamada Hanabi dijo dando un par de billetes más. Itachi elevo la ceja y su corazón salto momentáneamente. Al lado de Hanabi estaba una mujer ciertamente menor que él, pero no era una niña; había sorprendido a Itachi como aquella chica no había hecho ningún sonido al llegar junto a él. El hombre de la piel grisácea expidió un boleto para la nueva llegada e Itachi observo como ambas chicas hacían una reverencia tradicional a la que Kisame estaba desacostumbrado.
-¡Venga, Hina! ¡Va a empezar ya! – La pequeña bola de dinamita que había demostrado ser la tal Hanabi hizo que Itachi recordara a un Sasuke niño que lo despertaba temprano en la mañana para entrenar su acto de fuego. Hinata volteo a ver a los dos hombres por un par de segundos antes de desaparecer dentro de la carpa. La obsidiana de sus ojos contra la nube blanca de los ojos de Hinata.
-Buena asistencia…- murmuró Itachi. Kisame frunció el ceño después de cerrar nuevamente la cara y acerco a Itachi; junto a él, el mayor de los Uchiha se veía más bien corto de estatura.
-Uchiha…- dijo Kisame frunciendo el ceño. -¿Viste sus ojos?
Itachi lo miró, elevando una ceja.
