Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la maravillosa Victoria Vílchez, yo solo hago la adaptación. Pueden encontrar disponible la saga "Antes de que… "de venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.
Mi actuación resultó más convincente de lo que me había atrevido a soñar. Edward acababa de declararme su amor sobre la barra de un bar, el mismo en el que nos habíamos conocido, y con un público de lo más entregado, que no dejó de aplaudirnos ni siquiera cuando Edward bajó del mostrador y me tomó en brazos para depositarme en el suelo.
Su jefe le dio el resto de la noche libre y nos invitó a que disfrutásemos del ambiente inmejorable que nosotros mismos habíamos generado en el local. Ni que decir tiene que declinamos la oferta cortésmente, impacientes por refugiarnos en algún sitio más íntimo. Nuestro cupo de exhibicionismo había quedado cubierto para una larga temporada. Edward no paraba de sonreír y yo no terminaba de creérmelo. Una cantidad ingente de preguntas se agolpaban en mi boca, quería saber el porqué de todas las cosas que habían sucedido y que me explicara su rechazo el día de mi cumpleaños. Una imagen de Victoria, con la boca contra su cuello, disipó en parte la nube de felicidad que me rodeaba.
Mi expresión debió delatarme porque Edward ciñó mi cintura con más fuerza, como si pensara que iba a volver a darme a la fuga en cualquier momento.
—Ni lo intentes —me advirtió, mientras apretaba el paso en dirección a su casa.
«No se te ocurra acojonarte ahora, amenazaron las voces de mi cabeza». Y, por una vez, me esforcé al máximo por seguir su consejo.
En cuanto traspasamos el portal del edificio, Edward me arrinconó contra una pared. Fue deslizando su boca desde mi hombro hasta mi cuello, dejando un rastro cálido de besos tras de sí. La piel se me erizó al contacto con sus labios húmedos y mis piernas amenazaron con no seguir sosteniéndome.
—Esta vez no voy a permitir que huyas —afirmó Edward. Tenía las mejillas encendidas y una expresión de feroz determinación que no daba opción a replica. Tiró de mí para meterme en el ascensor—. No habrá más despedidas ni más adioses. Nunca más.
Me besó con extremada dulzura durante el tiempo que tardamos en llegar hasta su habitación. Y yo pensé que mi cuerpo terminaría por fundirse bajo el calor que emanaba de su piel. Su dormitorio trajo a mi mente los recuerdos de los que había tratado de deshacerme, con poco éxito al parecer, despertando un cosquilleo en la parte inferior de mi vientre.
Edward fue a sentarse sobre la cama y mi alma pareció encogerse por la separación.
—No vas a irte, ¿verdad? —pregunté, recordando lo que Esme había dicho sobre su traslado.
Negó con un gesto y yo suspiré aliviada.
—Te quiero desde hace mucho, Bella —susurró con la cabeza gacha—. Creo que te quise desde el mismo instante en el que te vi entrar en clase de Estadística, sofocada por la carrera y avergonzada por llegar tarde el primer día. Solo que no quería aceptarlo.
Acorté la distancia entre nosotros y alcé su barbilla con delicadeza, obligándolo a mirarme.
—Pensaba que ese día ni siquiera te habías fijado en mí.
—No quería fijarme en ti —admitió con una sonrisa—. La primera vez que bailaste conmigo, te pasaste toda la canción frunciendo el ceño y tratando de mantener las distancias. Y a pesar de ello, me mirabas con tanta ternura que supe que no habría manera de acercarse a ti. No de la manera en que yo quería acercarme —aclaró, estrechándome las manos entre las suyas.
—Edward, pero tú... —comencé, sin saber cómo interrogarle acerca de la interminable lista de conquistas y no parecer una neurótica.
—Me obligué a ser tu amigo Bella, porque me pareció que eso era lo que necesitabas.
—¿También necesitaba que te acostaras cada noche con una chica distinta? —le reproché, incapaz de morderme la lengua.
Edward cabeceó, negando en silencio.
—No me he acostado con nadie desde esa noche, Isabella. Salvo contigo.
—Te he visto, Edward. —sus cejas se arquearon—. Vale, no te he visto. Pero ¿me vas a negar que, tras bailar conmigo, te has marchado de multitud de fiestas de la mano de otra chica?
—Sabía que mientras no me consideraras un peligro para ti, me permitirías estar a tu lado. Bella, te he visto huir de cualquier tío que se te acercara para pedirte fuego por miedo a que intentara ligar contigo.
—Ahora me dirás que te enrollabas con ellas para estar cerca de mí — aseguré, sin terminar de creerme lo que me contaba.
Edward se levantó y me agarró por los hombros.
—¿A cuántas me has visto besar? Y hablo de besos de verdad.
Hice memoria. Le había visto tontear con chicas en innumerables ocasiones, y marcharse luego con ellas en otras tantas, pero nunca besarse con ninguna en público; había dado por supuesto que Edward reservaba sus atenciones para la intimidad. Él nunca hablaba conmigo sobre sus citas, y yo tampoco preguntaba.
—Victoria —pronuncié con rabia.
—No besé a Victoria. Ella me besaba a mí, y ni siquiera lo hacía en la boca —puntualizó—. Y tú estabas bastante ocupada dándote el lote con Jacob.
«No puedo creer que estemos hablando de esto», pensé. No hacía ni media hora que nos habíamos dicho «te quiero» por primera vez y ya nos tirábamos los trastos a la cabeza.
—No es asunto mío, no tienes que darme explicaciones —farfullé, y fui hasta la ventana, alejándome de él.
—No te apartes de mí lado, Isabella. —cerré los ojos al escuchar su tono suplicante—. No puedo soportarlo.
Apoyé la frente contra el cristal y me maldije en silencio por haber abierto la caja de los truenos.
—Te daré todas las explicaciones que necesites si eso te hace sentir mejor. Dime lo que quieres de mí —rogó, mientras me forzaba a darme la vuelta.
¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué me entretenía hurgando en el pasado cuando Lucas estaba ante mí diciéndome que me amaba?
—Mi voluntad solo ha flaqueado una vez desde que te conocí, y fue el día de tu cumpleaños. Estabas allí, bailando sobre la mesa, y no podía dejar de pensar en cómo sería tener tu cuerpo bajo el mío, moviéndose de la forma en que lo estabas haciendo. Y cuando escuché la apuesta de Esme... Creía que iba a volverme loco...
—Pero...
—Te rechacé —concluyó él por mí—. Ambos habíamos bebido. No quería que la primera vez que hiciéramos el amor fuese así. Necesitaba estar seguro de que era lo que tú querías.
—Mierda, Edward. ¿Tienes respuestas para todo?
—Para todo lo que necesitas saber. Llevo planeando esto demasiado tiempo —aseguró, y mi corazón latió durante un instante a destiempo—. Y créeme, ese día estuve muy cerca de echarlo todo por la borda. No imaginas el esfuerzo que tuve que hacer para alejarme de ti.
—No me das muchas opciones —bromeé, rindiéndome ante él. Enlacé los brazos alrededor de su cuello y me perdí en sus ojos esmeraldas.
—Esa es la idea.
—Me gusta —admití. Edward se inclinó hacia mí como si fuera a besarme, pero se limitó a rozar mis labios.
—Solo me importas tú, Isabella Swan. Siempre has sido tú.
Y con esa sencilla confesión, me di cuenta de que lo único que me había separado de Edward hasta ahora había resultado ser mi miedo a conseguirlo.
¿Ahora qué? Pues nos queda el epilogo y fin, esta adaptación quedaría finalizada. De hecho, hay una segunda parte de esta historia, ¿les gustaría que la adaptara también? Déjenme saber sus opiniones en sus reviews.
—Ariam. R.
