Nota: me inicié en el mundo fanfiction hace más de diez años gracias a las historias de Harry Potter, que siempre ha sido uno de mis libros favoritos. Siempre he tenido ideas rondando en la cabeza acerca de mi pareja favorita: Draco y Hermione, y por fin me animo a publicar esta historia.
Espero que os guste y si es así que me dejéis un review y vuestro amor.
No se si esta plataforma sigue siendo tan famosa como antes, pero como soy una nostálgica y aquí es donde empecé a leer yo, pues me parecía lo más lógico comenzar aquí. Esta historia va a girar en torno al Dramione pero os adelanto que no se van a besar ni enamorar en el primer capítulo. También quiero aclararos que me gusta mantenerme lo más fiel al canon posible.
Siempre me he preguntado cómo sería Harry Potter si pasara de verdad, y para mí lo más siempre ha sido que la guerra contra los mortifagos durase un poco más. Esta historia parte años después de que Draco no delatara a Hermione y sus amigos cuando son secuestrados por los carroñeros y llevados a la mansión Malfoy. Han pasado aproximadamente siete años desde ese momento, la guerra continua, así como la búsqueda de los horrocruxes. Si Voldemort ha sido uno de los magos tan terroríficos de los últimos tiempos, me gustaría pensar que escondió los horrocruxes un poquito mejor. No me enrollo más y os dejo con la historia.
Nota 2: En mi mente he hecho un recast de los personajes y me los imagino de la siguiente manera:
Draco Malfoy-Austin Butler
Hermione Granger-Poppy Drayton
Harry Potter-Ben Whishaw (con gafas)
Ron Weasley-Toby-Stephens (de joven y pelirrojo) aunque también me pega Rupert Grint.
Pansy Parkinson-Laysla De Oliveira(especialmente con la ropa de Locke and Key)
Disclaimer: los personajes le pertenecen a J.K Rowling. Lo único que saco de esto es divertirme y dejar volar mi imaginación.
No autorizo a que esta historia se comparta en otras plataformas sin mi consentimiento, ni a que sea plagiada.
En la oscuridad del castillo
Hermione salió de la tienda de campaña tratando de hacer el menor ruido posible. Si sus amigos la pillaban escabulléndose a escondidas, estaba segura que no la dejarían sola nunca más. Había estado haciendo guardia fuera hasta que escuchó con total seguridad los ronquidos de Harry y Ron. Entró a hurtadillas para comprobar que efectivamente sus amigos descansaban y no pudo evitar sonreír cuando les vio dormir profundamente. No era la primera vez que se marchaba durante la noche sin que Harry y Ron lo supieran pero, con toda certeza, si la descubrían tendrían una discusión monumental que terminaría con sus amigos haciendo un juramento inquebrantable para no volverla a dejarla sola nunca más.
Cuando se alejó lo suficiente, se paró en seco y respiró hondo. Abrió su bolsito de cuentas por octava vez y comprobó que llevaba todo lo necesario. Se acercó al límite del hechizo protector que ella misma había conjurado horas antes y lo atravesó con decisión. Ató su pañuelo blanco al árbol más cercano, era una manía que tenía, necesitaba una señal para cuando volviera. Se encogió de hombros y sin esperar ni un segundo más, se desapareció.
Hermione se apareció a las afueras de Edimburgo, ya que hacerlo en plena ciudad era muy arriesgado. A priori, no debería cruzarse con mucha gente en la madrugada de un lunes. Aún así, caminó apresurada hasta adentrarse en la ciudad que estaba iluminada únicamente por la luz de las farolas. Se dirigió sin mirar atrás hacia el castillo de Edimburgo, si sus cálculos no habían fallado, tenía por lo menos media hora de camino por delante.
La ciudad debería estar a un par de grados, no era una temperatura demasiado fría para ella, acostumbrada al tiempo londinense, pero no pudo evitar encogerse dentro de su abrigo cuando empezó a lloviznar. Si había algo que no le gustaba era la lluvia, ya le costaba lo suficiente domar su pelo sin poción alisadora. Eso, y otras muchas cosas que siempre había dado por sentadas y ahora se consideraban lujos que no podía permitirse. Se recordó a sí misma que en algún momento debería buscar algún hechizo para tratar de domar su cabello.
Muchos años habían pasado desde que encontraron y destruyeron el último horrocrux con el que se habían topado: el guardapelo de Slytherin. Desde entonces, Ron, Harry y Hermione eran los fugitivos más buscados del mundo mágico. Para ser exactos, Harry era el indeseable número uno, Hermione la número dos por el origen de su sangre y Ron era el tercero al ser considerado traidor a la sangre, además de amigo de Harry Potter.
La tarea de localizar horrocruxes cada vez era más complicada, cuando parecía que estaban cerca de hallar una pista, ésta se desvanecía sin dejar rastro.
Algo en la intuición de Hermione le había hecho mover a sus amigos hasta Escocia. Estaba completamente segura que dentro del territorio vecino se escondía por lo menos un horrocrux, y no sabía explicar porqué pero creía que en algún rincón, se encontraba la diadema de Rowena Ravenclaw. Cuando manifestó su idea, sus amigos no se opusieron, llevaban mucho tiempo sin saber a dónde dirigirse y los ánimos a veces estaban por los suelos. Lo que no les había contado era que lo que la movía a pisar tierras escocesas no era otra cosa que un vívido y extraño sueño que había tenido un par de veces.
Antes de viajar, Hermione estudió los castillos y elaboró una lista con aquellos que eran más importantes. El castillo de Edimburgo estaba dentro de sus prioridades, pero después de hablarlo con Harry y Ron, decidieron que lo mejor era empezar por el castillo de Blair, un poco más alejado y probablemente más seguro. Por eso, acamparon en el bosque Hermitage. Se suponía que antes del amanecer de la mañana siguiente, o sea en cinco horas, los tres partirían hacia esa fortaleza en búsqueda del horrocrux. Lo que sus amigos descubrirían al levantarse, es que su amiga no estaba. Lo que Hermione no sabía aún, es que no regresaría de su excursión esa noche. Si lo hubiera sabido, quizás se lo hubiera pensado dos veces antes de salir en otra arriesgada aventura a escondidas.
Llegó a la verja del castillo y sacó su varita. Miró hacia los lados y murmuró un alohomora. La reja chirrió al abrirse lo suficiente para alertar al guardia muggle que hubiera por allí. Esperó unos segundos con la mano apoyada en la reja y al ver que nadie venía en su busca, se adentró en el castillo intentando hacer el menor ruido posible. La espesa niebla favoreció que Hermione pudiera moverse con sigilo entre las sombras sin ser vista. Pasó por delante de la caseta del vigilante y le extrañó que estuviera vacía, aunque lo agradeció enormemente, lo último que le apetecía en ese momento era aturdir a un muggle. Para su suerte, el enorme portón del castillo estaba entreabierto. Empujó con decisión la madera y miró hacia atrás antes entrar, para comprobar que nadie la estaba vigilando.
La oscuridad dentro era total, con un hechizo no verbal encendió la punta de su varita para inspeccionar el hall. Se quedó maravillada por la vista que le ofrecían sus ojos. Si el castillo por fuera ya era impresionante, por dentro no se quedaba corto, era majestuoso. Deseó no estar en medio de una guerra y no ser una de las personas más buscadas del mundo mágico, para poder visitar el castillo a la luz del día y perderse en cada esquina del mismo durante horas. Pero por desgracia, eso no era posible. Quizás algún día, se dijo a sí misma.
Los encantamientos reveladores le habían indicado que el castillo estaba vacío, así que recorrió la estancia con tranquilidad. Revisó cada hueco y cada rincón, de arriba abajo y no encontró nada. Incluso miró dentro de las armaduras.
Subió las escaleras que llevaban al primer piso y entró en la primera habitación que tenía a mano derecha. Apoyó la mano izquierda en la pared y la acarició a su paso. Una sonrisa se dibujó en su rostro al imaginar la cara que pondría Ron al ver tanta opulencia. Casi podía oírle decir que con esa cantidad de galeones podría dedicar la vida a su pasatiempo favorito: comer.
Con cuidado de no caerse saltó la cuerda roja que indicaba a los turistas que no podían traspasar esos límites y buscó algún indicio que le mostrara que ahí se escondía parte del alma de Voldermort. A su derecha vislumbró una vitrina de cristal que contenía diversas joyas, se acercó para examinarlas con atención y entonces oyó un grito que desgarró la tranquilidad de la noche. Del susto, tuvo que llevarse la mano izquierda a la boca para no chillar. Se quedó completamente quieta, sin estar segura de sí era porque se había congelado en el sitio o porque su cerebro había sido más rápido que ella, impidiéndole hacer el menor ruido.
Su orgullo Gryffindor se manifestó antes de que el segundo grito terminara y sus piernas ya corrían hacia la puerta. No sabía que se encontraría, pero lo que sí tenía claro era que tenía que ayudar a la persona que estaba sufriendo. Salió y se movió por el corredor que tenía a sus espaldas. La sangre le bombeaba con tanta potencia que podía sentir latir su vena del cuello con fuerza. Antes de doblar el recodo y que le diera tiempo a pensar en lo que iba a hacer, escuchó una voz masculina, que arrastraba las palabras, murmurar una maldición imperdonable.
¡Otro mago!
Sus piernas respondieron corriendo más rápido, sin pararse a pensar en el ruido que estaba haciendo y con la varita en alto.
-¡Detente!-chilló Hermione cuando giró la esquina.
Delante de ella se encontraba un mortifago encapuchado, y a sus pies lo que parecía una persona retorciéndose de dolor. En una milésima de segundo el grito cesó y la varita del mortifago pasó de apuntar al bulto del suelo, a ella.
Durante un instante ninguno de los dos se movió. Se encontraban a dos metros escasos de distancia apuntándose con la varita el uno al otro. Hermione respiraba agitadamente, había pasado bastante tiempo desde la última vez que tuvo un mortifago delante. Necesitaba que se le ocurriera algo rápido para salir de allí con vida y llevarse al hombre que estaba tirado en el suelo. Un movimiento en falso y acabaría muerta. Pese haber estado ajena al mundo durante años, sabía perfectamente que los mortifagos se habían ido haciendo peores con el paso del tiempo. Cada vez que Ron encendía la radio mágica, no soportaban más de un par de minutos escuchando. Las noticias siempre estaban plagadas de las crueldades y atrocidades de los fieles a Voldemort, que cada vez cometían crímenes más violentos. Torturaban a sus víctimas hasta volverlas locas, las descuartizaban y eran especialmente despiadados con los hijos de muggles, y con lo que ellos consideraban traidores a la sangre.
-Expell…-no le dio tiempo a terminar de formular el hechizo, cuando sintió como algo impactaba contra su pecho haciéndola caer de rodillas. Apuntó con su varita al mago de nuevo y se puso de pie de un salto.
No podía verle la cara porque la máscara plateada cubría su rostro pero pudo ver cómo su pecho se hinchaba de júbilo. Se mantuvieron durante un par de segundos apuntándose el uno al otro con la varita. Hermione sabía con certeza que de un momento a otro se iba a desencadenar una pelea a muerte, y que su mayor debilidad era que, a diferencia de su oponente, ella no peleaba para matar. Ella aturdía y detenía, pero no derramaba sangre. Su cerebro trabajaba a toda velocidad, si había un mortifago en mitad de la noche en el castillo de Edimburgo, era porque como ella bien había sospechado, un horrocrux se escondía dentro.
-¡Petrificus totalus!- gritó Hermione con toda la fuerza que fue capaz.
Su oponente esquivó el hechizo con elegancia.
-¡Confundus!- volvió a atacar la chica.
Esta vez, el mortifago repelió el hechizo con un movimiento de varita. Un segundo después, Hermione sintió un fuerte mazazo en el pecho y como sus pies se levantaban del suelo. Voló hacia atrás y chocó contra la dura pared, quedándose sin respiración. Su cuerpo resbaló por la piedra hasta el suelo, sin que pudiera hacer nada para impedirlo. Trató de incorporarse pero la cabeza le daba vueltas.
El grito del muggle que estaba tirado en el suelo, fue todo lo que necesitó Hermione para incorporarse. Levantó la vista y vio como un rayo de luz salía de la varita de su adversario y chocaba directamente contra lo que parecía el vigilante del castillo, infligiéndole quemaduras en la piel.
-Alarte Ascendere.- susurró Hermione a su varita.
Inmediatamente el mortifago salió despedido por los aires. Sin pararse a mirar que era de él, Hermione corrió para ayudar al hombre que se retorcía en el suelo. Cuando estuvo a su altura se agachó e intentó moverle para ver si seguía con vida. Tenía escasos segundos para desaparecerse con él.
-Maldita sangre sucia.-escuchó murmurar Hermione. Alzó el rostro para encontrarse con el mortifago de pie dirigiéndose hacía ella. Él la apuntaba con su varita, y ella hizo lo mismo. Durante la caída provocada por el hechizo de la chica, la capucha de su rival se había resbalado dejando ver un cabello rubio platino.
Hermione se estremeció al percatarse de que ese color en particular sólo podía corresponder a una familia.
-Malfoy.-susurró Hermione, sin estar segura de si se encontraba delante del padre o del hijo.
La chica observó como la máscara plateada de su rostro comenzaba a desvanecerse, sin necesidad de que él hubiera conjurado un hechizo, ni usado la mano para quitársela. Sin duda parecía magia muy avanzada. Las facciones de Malfoy comenzaron a dibujarse ante sus ojos. Su rostro estaba tan cambiado que por un segundo pensó que su atacante era Lucius en lugar de Draco. Sin duda, no era el aspecto pulcro de los Malfoy al que estaba acostumbrada.
Durante unos segundos que parecieron eternos, nadie dijo nada. Se limitaron a mirarse el uno al otro.
Hermione se percató de que Draco había dejado crecer su pelo, ahora le llegaba por los hombros. Lo llevaba recogido en una coleta baja pero en algún punto, quizás cuando Hermione le había mandado volar por los aires, se habían soltado algunos mechones. Su cara había cambiado notablemente, ni rastro del adolescente que ella recordaba. Vestía una larga túnica negra que le llegaba hasta los pies, y que impedía a Hermione continuar con su análisis. Lo que sí era notable a primera vista era su altura. Pese a que los separaban dos metros de distancia, Hermione supo que la sacaba, por lo menos, dos cabezas.
Draco no recordaba exactamente cuándo había sido la última vez que había visto a Granger en persona. Se sabía su cara de memoria, debido a los miles de carteles que había visto con la foto de la chica, bajo el título de se busca. El rostro del cartel no se parecía del todo al que tenía delante, la fotografía seguramente fue tomada cuando ella tenía quince años. Seguía teniendo la misma maraña de pelo, los mismos ojos castaños chocolate y la misma fiereza en el rostro. Orgullo Gryffindor lo llamaban, ¿no? No había ganado altura, pero su cuerpo se había convertido en el de una mujer adulta de veintiséis años.
La chica hizo un movimiento de varita casi imperceptible, preparando la muñeca para atacar. Él no se hubiera dado cuenta de no haber sido uno de los principales luchadores del bando oscuro. Estaba preparado para todo tipo de batallas, de enemigos y de situaciones. Hermione suspiró molesta cuando sintió una presión invisible alrededor de su muñeca, que no le dejaba mover la mano.
-Ni lo intentes, sangre sucia.- Draco habló entre siseos.- Antes de que pudieras rozarme estarías muerta.
-No me subestimes, Malfoy.-añadió ella con fiereza.
Draco dio una zancada en su dirección pero la chica no se amilanó y volvió a apuntarle con determinación al centro del pecho.
-Tu orgullo Gryffindor solo te va a servir para acabar muerta.-escupió arrastrando las palabras.-Están de camino y te aseguro que ellos no serán tan benevolentes contigo como yo. Te matarán a la primera de cambio, sin preguntar.
Hermione no supo a quién se refería con exactitud, pero por el tono de Malfoy imaginó que a más mortifagos. Y también imaginó que, habría muchos peores que él. Más crueles y sanguinarios, si eso era posible. Recordó como la semana pasada terminó vomitando la cena al escuchar por la radio mágica las torturas a las que habían sido sometidos algunos muggles, simplemente por el hecho de estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada.
-Te voy a dar una oportunidad, sangre sucia. Lárgate ahora, antes de que corras la misma suerte que él.-dijo Draco, señalando al hombre que se estremecía en el suelo.
-No pienso irme a ninguna parte sin él.-Hermione hizo referencia al muggle que se encontraba tendido en el suelo entre ellos.
Draco ignoró el comentario de la chica. Le crispaba ese tipo de actitud.
-Voy a contar hasta tres.-comenzó Draco sonriendo de manera inquietante. -Después, te daré caza. Y si te pillo, vas a desear que nunca lo hubiera hecho.
Draco contó en voz alta hasta tres tranquilamente, pero los pies de Hermione no se movieron del sitio. Era superior a sus fuerzas irse dejando a una persona inocente tirada en el suelo, sufriendo y desangrándose. Notó como el brillo de los ojos de Malfoy desapareció cuando llegó al tres. Ese brillo fue sustituido por algo que Hermione solo pudo describir como ansia de sangre.
Fue ella quien lanzó el primer hechizo que pasó con un zumbido cerca del oído izquierdo de Draco. Él se lo devolvió y Hermione también consiguió esquivarlo. Y así empezaron a moverse, iluminados únicamente por la luz de sus propios ataques. Más que una batalla a muerte, parecía una danza sin fin.
Se felicitó a sí misma cuando consiguió hacerle un corte a Malfoy en la mejilla derecha. La mayoría de hechizos que gritaba Malfoy eran desconocidos para ella, eso la asustaba y le creaba curiosidad a partes iguales, mayormente porque no sabía lo que esos conjuros eran capaces de hacer.
Hermione necesitaba dar con un plan de salida rápido. Si lo que había dicho Malfoy era cierto, un grupo de mortifagos estaba a punto de llegar y lo último que necesitaba era verse superada en número. Quién sabe lo que harían con ella. Probablemente torturarla hasta la muerte en busca de Harry.
Al pensar en sus amigos bajó la guardia durante una centésima de segundo. Una fracción imperceptible de tiempo que su oponente aprovechó para formular un látigo brillante que salía de su varita y se enroscaba con fuerza alrededor de su muñeca derecha. Debido a la adrenalina, Hermione ni siquiera se había dado cuenta, hasta que sintió la presión cortarle la circulación. La chica hizo una mueca de dolor y Draco le retorció la muñeca aún más, y con el poder de su mente la obligó a doblegarse, haciendo que Hermione cayera de rodillas en el suelo.
La risotada del rubio hizo que a Hermione se le congelara la sangre de las venas. A diferencia de la risa despectiva que tantas veces había escuchado en Hogwarts cuando se metía con la gente por los pasillos, esta, era una risa macabra que sonaba igual que la de un maniático que debería estar en San Mungo.
-Te he dado la oportunidad de que te fueras, pero no has sido lo suficientemente lista como para aprovecharla.-comentó mientras le arrebata la varita de un manotazo. -Ahora estás donde debes sangre sucia, en el suelo, por debajo los sangre limpia.
-Tu sangre está mucho más podrida que la mía, Malfoy.-respondió Hermione alzando el rostro con testarudez.
En lugar de responder Draco le retorció la muñeca con el látigo.
-Ya estás donde querías, haciendo compañía al maldito muggle.-habló mientras hacía desaparecer la cuerda mágica.
Mientras Hermione se frotaba la parte dolorida observó a Draco guardase la varita que le había quitado en el bolsillo interno de su túnica. Se preguntó cuántas posibilidades tenía de alcanzar su varita y desaparecerse, sin morir en el intento.
-Antes de que llegaras a mi altura, estarías muerta.-declaró Draco adivinando sus pensamientos-. Y no quiero matarte…-hizo una pausa saboreando el momento.-todavía. Aún queda mucha diversión por delante.-Se agachó delante de ella hasta quedar a su altura.
-Imagina,-Hermione se estremeció cuando notó como Draco le apartaba un mechón del rostro.-yo mismo voy a ser el que te entregue al señor oscuro. Irónico ¿verdad, sabelotodo?
-No creo que puedas,-murmuró Hermione en un intento de valentía-en cuanto el resto de la orden llegue a esta parte del castillo, te derrotaran igual de rápido que en el colegio. Hermione esperaba atacar con su comentario, en lugar de eso, lo que consiguió fue que la aterradora sonrisa de su adversario se ensanchara más.
-Estás sola. Nadie va a venir a ayudarte. Así que por ser una vieja conocida te voy a dar una pequeña ventaja.-declaró mientras se ponía de pie.-Empieza a hablar, porque sino lo haces por las buenas, te aseguro que, cuando llegue el resto de mortifagos, será por las malas.
Hermione se quedó muda ante la amenaza que iba implícita en sus palabras. ¿Cómo era posible que pudiera saber que había ido sola?
-¿Qué has venido a buscar aquí, en mitad de la noche, sangre sucia?-Malfoy interrumpió el hilo de sus pensamientos.
La chica no respondió.
-Te lo preguntaré de nuevo.- la apuntó con su varita al centro del pecho. -¿Qué coño haces aquí?, ¿qué has venido a buscar?
Durante unos segundos sólo se escuchó el ruido ambiental del corredor del castillo y los quejidos del guarda, al que Hermione miró con angustia.
-Si me dejas ayudarle, te diré lo que quieras.-prometió la chica con desesperación.
-¡Desmaius!-bramó Draco. El hechizo impactó de lleno contra el cuerpo del hombre que instantáneamente dejó de retorcerse.
-¿Qué haces?-chilló Hermione poniéndose de pie a duras penas.
-Ya no tienes que preocuparte por él.-comentó Draco.-Desmayado no sufre. Ahora-la apuntó por enésima vez esa noche con su varita-comienza a hablar antes de que pierda la paciencia.
-Prefiero morir, antes que serte de ayuda.-replicó la chica.
-Disfruta mientras puedas.-Draco trató de intimidarla.- Estás maldita. Eres una de las personas más buscadas del mundo mágico. Tienes el Avada Kedavra escrito en la frente.
En ese preciso instante Hermione supo que él tenía razón. No iba a salir de ahí con vida, ni siquiera se podía hablar de probabilidades cuando tenía todo en su contra. No tenía varita, sus amigos no sabían dónde estaba y si Malfoy no la había matado ya, era porque al tratarse de ella, primero la torturarían y después bailarían sobre su cadáver. Probablemente el día de su muerte se instauraría como fiesta nacional. La distracción era lo único que podía usar en ese momento a su favor.
-No te tengo miedo. Ni a ti, ni a tus matones, y mucho menos a la muerte. -mientras Hermione hablaba deslizó la mano que tenía libre al interior del bolsillo trasero de sus vaqueros.-Ya te vencí en duelo en el colegio, podría volver a hacerlo. Y sino, al menos habré muerto con honor.
-¿Honor?-escupió con rabia Malfoy.-Eres más estúpida de lo que creía.
Hermione hizo una seña al aire, como si hablara con alguien que Malfoy tenía detrás. Cuando éste se dio la vuelta para encontrarse con el pasillo desierto, Hermione le tiró una bomba de los hermanos Weasley, que provocó una humareda suficiente para que pudiera buscar dentro de su bolso de cuentas el pequeño frasquito que necesitaba en ese momento. Mientras se lo bebía escuchó a Malfoy gritar un accio pero a Hermione no le dio tiempo a sentir como el botecito minúsculo se escapaba de sus manos, porque se desmayó en cuanto la última gota de líquido traspasó su garganta.
