Si alguien le hubiera dicho tiempo atrás que después de años en la sombra, la persona que le terminaría dando caza sería su enemigo del colegio, no se lo hubiera creído. Hermione no sabía cuánto tiempo llevaba a oscuras, pero sus ojos se habían acostumbrado lo suficiente para ser capaz de divisar el pequeñísimo halo de luz que se colaba a través de una de las grietas de la pared. Tenía frío. Mucho frío. Tanto que le castañeaban los dientes.
Pensó en Harry y Ron, que a estas alturas ya deberían haber notado su ausencia y eso la inquietó hasta el punto de echarse a temblar. Conocía a Harry y Ron y tenía claro que moverían cielo y tierra por encontrarla, pero esperaba que fueran lo bastante sensatos como para no ir por Escocia a plena luz del día. Precisamente por eso, Hermione no les había contado a dónde había ido, no quería ponerlos en peligro. Y precisamente por eso, había tomado la poción de olvido selectivo. Ni ella misma sabía ahora mismo dónde se encontraban sus amigos. Recordó el momento en el que años atrás los tres se prometieron que la misión iba por encima de su propia amistad, y suplicó internamente para que sus amigos se mantuvieran fieles a ello. Una punzada de dolor atravesó su pecho cuando fue consciente de que quizás no volvería a verlos jamás.
Por lo poco que sabía estaba en territorio mortífago, probablemente en alguna de sus bases, o incluso en la mansión Malfoy. Tenía que ser honesta consigo misma y admitir que no le quedaba mucho tiempo de vida. En cuanto se dieran cuenta de que no podrían sacarle nada de información, la usarían, la humillarían y la torturarían hasta volverla loca. Solo esperaba que Malfoy tuviera un mínimo de compasión y la matara antes de que llegara a ese estado.
La luz se encendió de repente y Hermione tuvo que cerrar los ojos con fuerza, era demasiado molesto para sus pupilas. Junto a Malfoy entraron en la mazmorra tres mortífagos más que llevaban la cara cubierta por las máscaras.
Cobardes, pensó Hermione.
Se pusieron en fila delante de ella y todos y cada uno de ellos la apuntaron con la varita.
-Última oportunidad sabelotodo-Malfoy fue el primero en hablar, adelantándose a sus compañeros.-Empieza a contarnos lo que sabes por las buenas o lo harás por las malas.
Hermione supo en ese instante, por la determinación que vio en el rubio, que iban a torturarla de todos modos. Era el principio del fin. El inicio de la decadencia. Cuadró los hombros y levantó la mirada. Si iba a morir, al menos no les daría el gusto de decir nada. Pelearía como una leona.
-Prefiero morir antes que contarte nada-contestó Hermione alzando el rostro.
-¿Morir?-rió el rubio.-Hay cosas mucho peores que la muerte. Te creía más inteligente, Granger.
-No.-sentenció la chica-. Lo que creías es que yo sería como tú, que vendería a mis amigos a la primera de cambio, porque eres incapaz de entender lo que es la amistad. Tú lo único que entiendes es la dominancia, por eso has traído aquí a tus abusones.- Hermione fulminó a los otros tres mortífagos con la mirada.
A uno de ellos el cumplido no le sentó nada bien. El que estaba situado a la izquierda de Malfoy, hizo una floritura en el aire con su varita y de pronto Hermione sintió cómo su lengua se retorcía dolorosamente. Tan dolorosamente que era incapaz de abrir la boca para gritar.
El rubio hizo un movimiento con su muñeca y deshizo el hechizo. Hermione notó como la presión dentro de su boca disminuía y el dolor desaparecía.
-Controla tu lengua si no quieres perderla.-fue lo único que dijo el encapuchado.
-No espero menos de cuatro cobardes que se tapan la cara y se enfrentan a una bruja que no tiene varita. Así ganáis vosotros las peleas, ¿verdad? -preguntó Hermione sin dejarse amilanar.
-¿Creéis que sí la soltásemos tendría algún tipo de posibilidad?-Malfoy se dirigió al resto de su grupo.
Todos rieron a carcajadas. Como dando por imposible que una chica pudiera enfrentarse a cuatro mortífagos.
-Por supuesto que no.-intervino ella, sin dar tiempo a los demás a contestar.- La tendría sí me devolvieras la varita, pero así sois los Slytherins. Cuatro contra uno sois muy valientes, pero en solitario no sois nada.
-Lástima que tu varita se partiera mientras la sostenía. Ardió muy bien en la chimenea de mi cuarto.-la sonrisa de Malfoy se ensanchó cuando vio la cara de estupefacción de la chica.
El pecho de Hermione se llenó de rabia.
¡Su varita! Se sintió vulnerable y rabiosa al mismo tiempo. Que destrozaran su varita era lo peor que le podía pasar, prefería que le amputaran un brazo. Necesitaba su varita para sobrevivir. Era su otra mitad, su posesión más valiosa y el muy malnacido la había quemado. En ese instante se juró a sí misma que si tenía oportunidad, sería ella misma quién encerraría a Malfoy en Azkaban.
-Eres despreciable.- escupió Hermione furiosa.
-Me lo tomaré como un cumplido, sangre sucia. Voy a explicarte lo que va a pasar ahora.-comentó Malfoy caminando hacia ella. -Vas a contarnos todo lo que sepas, por las buenas o por las malas. Tú decides. Mañana regresa el señor oscuro, y te aseguro que se va a poner muy feliz cuando sepa que hemos capturado a la amiga íntima de San Potter.
Hermione le miró furibunda. Estaba segura de que iban a torturarla tanto si hablaba como si no, así que se mantuvo firme en su decisión.
-No pienso contarte nada, hurón.-aseguró Hermione.
-¡Cogedla!-el rubio sonrío con malicia.
Los dos mortífagos que estaban apostados a los lados de Malfoy avanzaron hacia ella. Le soltaron las sogas mágicamente y antes de que Hermione pudiera frotarse las muñecas doloridas, ya la estaban arrastrando fuera de la celda.
Mientras avanzaban por los corredores, la chica trató de concentrarse en lo que veía por los pasillos, tratando de buscar una pista, algo que pudiera ayudarla a saber dónde se encontraba. Pero la presión que ejercían los mortífagos sobre ella era demasiado fuerte y le costaba estar atenta a otra cosa que no fuera el intenso dolor que sentía allí donde la agarraban con fuerza.
Hermione dio un respingo y se paró en seco al escuchar un grito desgarrador. Se revolvió inquieta entre las garras de sus captores, pero solo consiguió provocar la risa de ambos.
-Vaya, vaya-dijo el que tenía a su derecha-la leona no es tan valiente.
Giraron un recodo a la derecha y Malfoy se paró en seco delante de una cristalera. De un golpe, situaron a Hermione en primera fila y la inmovilizaron. La chica observó con horror como la cristalera era en realidad una pared transparente. En el interior de la estancia, una mortífaga que no conocía se reía como una histérica, mientras practicaba maldiciones imperdonables sobre un chico joven, al que tampoco reconoció.
-¡CRUCIO!- chilló la bruja.
El grito de dolor del chico fue instantáneo. Hermione apretó los ojos con fuerza, la imagen era horrible y no quería seguir mirando. Aunque lo peor no era verlo, lo peor era oírlo.
-¿Oyes eso, sangre sucia?-preguntó Malfoy.-Es lo que te espera. Es el precio que se paga por no colaborar.
Dicho esto, el rubio siguió caminando y los mortífagos que escoltaban a Hermione la empujaron en la misma dirección. Entraron en una sala que no tenía ventanas y que estaba vacía, a excepción de una mesa y unas sillas. Hermione no pudo contener la arcada en cuanto el olor a sangre le entró por las fosas nasales.
-Eso que hueles y te da arcadas-comentó uno de los encapuchados en su oído.-es la sangre de un impuro, uno de tu clase. Así huele la sangre podrida.
Hermione trató con todas sus fuerzas de no respirar por la nariz, pero era inútil. No quería llorar, tenía que ser fuerte, y llorar no iba a servirle de nada. Además, no quería darle el gusto a las bestias que la rodeaban, que seguro lo disfrutarían.
Uno de los mortífagos le dio un empujón tan fuerte que la mandó al extremo opuesto de la sala, quedando los cuatro frente a ella.
-Chicos, yo creo que es hora de saludar a nuestra vieja amiga, ¿no?-comenzó Malfoy.
Atónita vio a los mortífagos que acompañaban a Malfoy deshacerse de sus máscaras, y descubrió que no eran otros que Theodore Nott y Blaise Zabini, sus antiguos compañeros del colegio. La mayor sorpresa llegó cuando el último se bajó la capucha y se quitó la máscara con la mano. Severus Snape, su antiguo profesor de pociones, la observó en silencio.
Hermione nunca había tenido claro del todo a qué bando pertenecía Snape, pero esto despejaba todas sus dudas. No por algo era director de Hogwarts y había permitido todas las torturas que allí se estaban realizando a los alumnos.
-Ha tomado Obliscatur.-informó Draco a Severus.-Ha olvidado porqué estaba en el castillo y el paradero de sus amiguitos del alma. ¿Hay algo que podamos hacer al respecto?
Snape tardó unos segundos en responder:
-Por desgracia, la poción que ha tomado es irreversible pero, podemos intentar penetrar en su mente y sacar toda la información que encontremos.
-Eso mismo había pensado yo-coincidió Malfoy.
Hermione había practicado muchísimas veces con Harry la oclumancia, uno cerraba la mente y el otro trataba de derribar todas las barreras posibles que le impedían alcanzar el tesoro más preciado: los pensamientos y recuerdos del otro. Con el tiempo, se habían hecho bastante resistentes. Hacía años que Voldemort no era capaz de entrar en la mente de Harry. Eso facilitaba y dificultaba las cosas. Pero teniendo en cuenta que el mismo Snape, era quien había enseñado legeremancia años atrás a Harry y que ella desconocía la magia oscura que poseían sus enemigos, no estaba segura de hasta qué punto podría repeler las invasiones.
-Legeremens.- Snape fue el primero en tratar de penetrar su mente.
Inmediatamente Hermione levantó todas las barreras posibles. No podía entrar en la mente del profesor ya que no disponía de varita, pero al menos podía tratar de mantenerle fuera.
Al cabo de unos minutos, Snape se dio por vencido, dejando a Hermione con la sensación de que no había usado todos los recursos de los que disponía. Según le había contado Harry años atrás, el profesor solía ser bastante implacable en cuanto a control mental.
-Es imposible entrar en su mente, la tiene a buen recaudo.-habló Snape dirigiéndose a sus acompañantes.
-Quizás deberíamos torturarla primero y minar sus fuerzas antes de volver a intentarlo.-sugirió Blaise con una sonrisa macabra.
-O quizás, podríamos dejar que lo intente Draco.-propuso Snape.-No por algo es el mejor en control mental entre nuestras filas.
¿Malfoy mejor que Snape? A Hermione le sorprendió bastante este hecho.
El aludido dio un paso adelante y cerró los ojos. Hermione sintió un gran impacto en su cabeza. Malfoy intentaba entrar en su mente con muchísima fuerza. A la vez que trataba de mantenerle fuera, intentaba concentrarse en recuerdos poco relevantes, como las celebraciones de sus cumpleaños muggles, solo por si acaso él conseguía acceder.
Más pronto de lo que a Hermione le hubiera gustado, pasó de sentir golpes en su mente a un tornado intentando arrasarla por completo. Defenderse estaba siendo una tarea que requería toda su concentración. El intento de invasión estaba siendo mucho más fuerte que el de Snape. Chilló mientras caía de rodillas al suelo, intentando resistirse. Podía notar cada fragmento de su cerebro arder de manera abrasadora.
Draco intentó con toda su energía derribar los muros que protegían la mente de la chica, y no estaba siendo una tarea fácil. Sin duda, alguien la había enseñado oclumancia y sabía cómo resistirse a las inclusiones no deseadas. Cargó con firmeza y con muchísimo esfuerzo consiguió que ella se doblegara y cayera al suelo de rodillas.
Sin abrir los ojos, Draco fue capaz de visualizarla en el suelo, delante de él y chillando de dolor. Los gritos no tardaron en cesar y sin previo aviso, Hermione se desplomó sobre la dura piedra, desmayada.
-Demasiado para ella.-apuntó Snape.
Blaise se adelantó y la despertó con un hechizo, y entonces comenzaron el proceso de nuevo. Después de la tercera vez que la reanimaron, Hermione perdió la cuenta.
-Es inútil que te resistas, sangre sucia-murmuró Draco. -Al final voy a conseguir entrar. Puede que sepas algo de repeler invasiones a tu mente, pero te aseguro que yo sé magia muy poderosa. Esto es solo el comienzo y por mucho que hayas leído sobre esto en tus queridos libros, no vas a poder defenderte siempre.
Cuando Hermione se despertó horas más tarde, estaba en su celda. Alguien debía de haberla traído, posiblemente en alguno de los desmayos que había sufrido a causa de la varita de Malfoy. Por un segundo, deseó con todas sus fuerzas encontrarse dentro de la tienda que compartía con Harry y Ron teniendo una pesadilla pero supo, antes de abrir lo ojos, que sus rezos no se habían cumplido.
Observó que por la rendija de la pared, entraba el sol de lo que parecía el amanecer. Un nuevo día encerrada. Sentía todo el cuerpo entumecido y dolorido, no sólo de las múltiples veces que se había dado el día anterior de bruces contra el suelo, también de dormir sobre la dura piedra.
La puerta de la celda se abrió, dando paso a una elfa doméstica que se acercó hasta donde estaba Hermione y depositó con suavidad una bandeja con comida en el suelo. En ese momento, Hermione fue consciente de que llevaba más de un día y medio sin comer, y en el que poco tiempo que había estado despierta, ni siquiera le había entrado hambre.
-El amo me ha pedido que le traiga el desayuno.-dijo en voz baja la elfa.
¿El amo?
-Tu no tienes ningún amo, eres un ser libre.-fue lo único que Hermione fue capaz de pronunciar. Le dolía la garganta y la tenía muy seca, fruto de los gritos del día anterior.
La elfa negó con la cabeza como si Hermione estuviera loca, y se encaminó hacia la salida sin decir nada.
-¡Espera!-pidió la chica incorporándose.-¿Cómo te llamas?
-Edwina.-contestó la elfita observándola con sus enormes ojos.
Hermione sonrió y le hizo un gesto para que se sentara con ella. La elfa se acercó indecisa.
-Edwina, ¿has hecho tú el desayuno?-preguntó Hermione con cautela.
Era mejor empezar por una pregunta sencilla. Si la elfa estaba en territorio mortifago, sin duda tendría estrictas instrucciones de no responder a cualquiera de las preguntas que ella le hiciera.
La criatura asintió.
-Tiene una pinta deliciosa, muchas gracias.-Mientras hablaba se llevó una cucharada a la boca del bol humeante de copos de avena.
-Edwina, ¿puedes decirme donde estamos?
-No puedo. El amo me castigaría.-La elfa puso cara de miedo.
Eso consiguió enfurecer a Hermione. Sin duda habían educado a la pobre Edwina a base de miedo y coacción.
-Edwina, quiero ayudarte. Si me dices quien es tu amo podré protegerte.
A la elfita se le llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de Hermione se contrajo.
-Si quieres ayudarme, amiga de Harry Potter, no hagas preguntas y cómete tu desayuno.-contestó Edwina entre hipidos. Se levantó y se marchó sin decir nada más.
Hermione miró con pena la bandeja de plata. Acompañando al bol de copos de avena, había un vaso de agua. No es que tuviera hambre, pero decidió que dadas las circunstancias, lo mejor era no rechazar la comida que le ponían delante. Si no comía perdería fuerzas y sería más vulnerable. Además, Edwina le había dado buena impresión, no le veía la maldad suficiente para envenenarla, y si lo hacía, Hermione les serviría de poco muerta. La necesitaban viva. Por eso se limitó a comerse la comida y beberse el vaso de agua. Cuando terminó, dejó la bandeja a un lado y se estiró, antes de ponerse de pie.
Al levantarse, descubrió que le costaba hacerlo con naturalidad. Se apoyó en la pared y descansó un poco el peso del cuerpo, que ahora le costaba soportar.
La puerta de su celda se abrió tan abruptamente que rebotó contra la dura pared de piedra, dando paso a un enfurecido Malfoy.
-¿Se puede saber quién coño te crees que eres para intentar chantajear a mi elfa?-preguntó con furia.
Una incógnita menos, pensó Hermione, descubriendo que Edwina le debía lealtad al rubio.
-No he intentado chantajearla.-respondió ella. -Y no es tu elfa, es un ser libre que tú has decidido esclavizar-puntualizó con cólera.
Draco entrecerró los ojos, por un segundo deseó hacer enmudecer a la chica. Oírla dar lecciones de moral era insufrible.
-Si vuelves a dirigirte a mi elfa-amenazó Draco en su dirección.-la obligaré a torturarse a sí misma delante de ti, hasta que no puedas soportar sus chillidos.
Hermione tragó saliva. Era tan fácil pillarla. Siempre desviviéndose por los demás, por proteger a los más indefensos, por defenderlos de aquello que consideraba inmoral. En ese aspecto no había cambiado nada. Eso beneficiaba de sobremanera a Draco, que podría usarlo contra ella. Lo que para ella eran virtudes, para él eran debilidades.
-¿Lo has entendido?-preguntó Draco a voz en grito.
La chica asintió mirándole a los ojos con rabia. Una rabia que hacía que Draco quisiera cruzar la habitación y llegar hasta ella. Se dio la vuelta de inmediato y salió de la celda dando un sonoro portazo.
Hermione miró enfurecida la bandeja que yacía en el suelo. Le odiaba. Era mucho peor de lo que ella recordaba. Apretó los puños, tratando de descargar la furia que sentía. Le encantaría volver a partirle la cara como hizo cuando ambos estaban en tercero. Recordó cómo de victoriosa se había sentido en ese momento. Caminó de un lado a otro de la celda como una leona enjaulada. Estaba tan cabreada que no vio cómo la elfita se aparecía dentro para recoger la bandeja de Hermione.
-Edwina yo…-Hermione no pudo terminar la frase porque la elfa comenzó a darse violentos cabezazos contra la pared.
-Si la amiga de Harry Potter nos habla, tenemos que auto-castigarnos- chilló la elfa mientras lloraba y se daba de golpes contra la dura roca.
Hermione trató de detenerla y el resultado fue peor, ya que provocó que Edwina cogiera la bandeja del suelo y se la estampara a sí misma en la cabeza. La chica cerró los ojos con fuerza y se apretó los oídos, la tortura de otros era insoportable para ella. Cuando abrió los ojos, tuvo que parpadear varias veces antes de enfocar la vista, a causa de las lágrimas. Con tristeza vio como la elfita recogía en silencio la bandeja del suelo y desaparecía.
La muchacha se sentó en el suelo derrotada y lloró. Lloró de impotencia. Lloró de rabia. Se sentía fatal consigo misma por no poder hacer nada para ayudar a Edwina, por no ser de utilidad ahí encerrada y, sobre todo lloró de frustración porque no podía entender cómo había personas (si podían llamarse así) que disfrutaban con el sufrimiento de otros, y peor que eso, siendo ellos mismos los causantes de dicho sufrimiento.
