Hermione no acertaba a creer que finalmente George hubiera acudido a la fiesta. Y el fingir ser un desconocido para hacer realidad su fantasía sexual, había sido una sorpresa deliciosa, romántica y sumamente excitante. Se estremeció al pensar que aquella noche le haría el amor. Seguramente era su intención..., a menos que decidiera que tenía que marcharse corriendo en el último momento.

Se apretó más contra él y le acarició la espalda. Notó el bulto que iba creciendo contra su vientre. La balada acabó y sonaron los primeros acordes de la siguiente.

George la conducía por la pista de baile con confianza y gracia. Hermione desconocía que fuera un bailarín tan excepcional. La canción concluyó y empezó a sonar un ritmo más rápido. George la soltó, pero Hermione no quería perder la cercanía con él. Se puso de puntillas y le susurró al oído.

—Lo que me gustaría —murmuró— es estar solos, los dos juntos.


A Fred se le aceleró el pulso ante aquella insinuación. Nunca había conocido a una mujer tan atrevída. Juliet se apretó más contra él, frotándose contra su erección, que crecía rápidamente y desencadenaba un torrente de hormonas por todo su cuerpo.

—Tengo una habitación —dijo, sin que su cerebro tuviera tiempo de procesar aquellas palabras antes de pronunciarlas.

Juliet se lo quedó mirando fijamente y Fred temió haberla malinterpretado. Quizá sólo quería que salieran a tomar una copa juntos.

Contuvo el aliento, temeroso de haberlo echado todo a perder. Los ojos de ella centellearon y su sonrisa volvió a florecer. Fred suspiró aliviado.

—¿A qué esperamos? —preguntó Juliet en un arrullo.

Fred le dio media vuelta y caminó pegado a ella, para ocultar la enorme protuberancia de sus pantalones. La condujo hacia la puerta. Avanzaron a toda prisa por el pasillo que salía del vestíbulo y se dirigieron al ascensor.

Fred pulsó el botón de subir, y luego la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. Por suerte, nadie más esperaba el ascensor. Mientras la pantalla luminosa iba descontando plantas, él le acariciaba el cuello con la barbilla. No daba crédito a que aquella joven tan hermosa fuera a subir a su habitación con él. Se acababan de conocer. Y, sin embargo, era innegable que entre los dos había mucha química.

Quizá hubiera bebido una copita de más. No quería aprovecharse de ella, pero tampoco quería que se marchara. Aunque po-día oler el sutil aroma del vino en su aliento, no parecía estar ebria. Juliet posó una mano en la parte exterior de su muslo y lo empezó a acariciar con delicadeza. Tenía la sensación de que le iba a estallar la polla. Posó la mirada en la turgencia de los senos de ella, e imaginó que le quitaba aquel vestido de seda y quedaban expuestos, en todo su esplendor carnal. Se le marcaban los pezones, duros, bajo la tela. Fred apretó el puño para distraerse de la urgencia de tocarla.

Era una mujer de lo más sensual. Nunca había deseado tanto a nadie como la deseaba a ella en aquel instante.

Un tilín indicó la llegada del ascensor. Cuando la puerta corredera se abrió, la apremió a entrar. La puerta se cerró con un silbido tras ellos y al fin se encontraron a solas en un espacio reducido. Quería estrecharla entre sus brazos, devorarle los labios y acariciarle todo el cuerpo, pero se contuvo. No quería asustarla.

La cogió por la cintura. Juliet se acurrucó contra él, le rozó el lóbulo con los labios, lo rodeó por la cintura y se aferró a él, sus cuerpos totalmente pegados a medida que los números de las plantas iban ascendiendo a una velocidad tan lenta que parecía una tortura.

Para sorpresa y deleite de Fred, Juliet parecía incapaz de dejar de tocarlo. Deslizó las manos por los botones de su camisa y jugueteó con el nudo de su corbata, arreglándoselo. Le rodeó la cintura con una mano, mientras con la otra le acariciaba el antebrazo, antes de subir por el brazo y enredar sus dedos en el vello que le asomaba por el cuello. Restregó su cara contra la barbilla de Fred y luego le besó la clavícula, justo en la base del cuello.

A Fred, cada vez le costaba más respirar. Tenía toda la sangre agolpada en la verga, dura como una piedra. Quería tomarla entre sus brazos y besarla hasta hacerla perder el sentido. No, en realidad lo que le apetecía era deslizar sus dedos bajo aquel sensual corpiño sin tirantes del vestido y bajárselo, para dejar a la vista sus pezones fruncidos. Luego la echaría hacia atrás, sosteniéndola con un brazo, se metería uno de aquellos botones en la boca y lo lamería hasta hacerla gemir de placer.

Se oyó un segundo tilín, y el ritmo ralentizado del ascensor lo alertó de que las puertas estaban a punto de abrirse. La tomó de la cintura con un brazo y la arrastró a toda prisa por el pasillo hasta su habitación, intentando calmar su sobreactividad hormonal. Introdujo la tarjeta de plástico en la ranura y la sacó, pero lo hizo demasiado de prisa y se iluminó una luz roja. Juliet sonrió y le cogió la tarjeta de los dedos. Repitió la operación. En cuanto la luz se puso verde, accionó la manecilla y abrió la puerta.

— ¡Qué habitación más bonita! —exclamó a entrar.

Juliet recorrió con la vista la decoración en tonos granate y dorado, con mobiliario de madera de cerezo, con vetas oscuras.

—Pues espera a contemplar las vistas —comentó él, pasando junto a ella y dirigiéndose a paso rápido hasta la ventana.

Descorrió las cortinas y el fabuloso horizonte urbano de la ciudad se iluminó a sus pies. Al otro lado del canal, se alzaba la asombrosa arquitectura antigua de la ciudad, cuya iluminación se reflejaba en el agua.

Juliet se acercó a la ventana con un contoneo de caderas que hizo que a Fred se le disparara el pulso. Contempló la vista fascinada. Fred, en cambio, no lograba apartar la vista de ella.

—Humm. Es fantástica.

Se dio media vuelta y posó la mirada en la amplia cama con baldaquín, cubierta con un edredón de terciopelo granate, que parecía sumamente acogedor. Alguien había abierto la cama y habían quedado al descubierto unas sábanas de satén del mismo color. Sobre la almohada había una chocolatina con menta de envoltorio dorado.

Juliet se acercó a Fred, quien se sintió embriagado por el calor que desprendía su cuerpo. Juliet le sonrió seductoramente.

—¿Qué hacen dos extraños que se sienten salvajemente atraídos el uno por el otro? —preguntó ella.

Fred sabía perfectamente lo que le apetecía hacer, pero, en su lugar, dijo:

—Podríamos pedir que nos subieran un poco de champán y fresas o...

—O podríamos hacer esto. Una oleada de calor recorrió el cuerpo de Fred al escuchar el seductor timbre de voz de Juliet. Ella le acarició la mejilla, y el suave contacto de las yemas de sus dedos despertó en él todos sus sentidos. Quería abrazarla apasionadamente, devorarle los labios, pero esperó a que fuera ella quien diera el primer paso. Juliet le rozó los labios con los dedos, incendiándole por dentro, le rodeó la nuca con las manos y lo atrajo hacia sí. Lo cogió por la mejilla y le acercó el rostro. El primer contacto delicado con su boca hizo que a Fred le palpitara el corazón a un ritmo frenético. Sentía un cosquilleo en los labios que enviaba torrentes de sensaciones por toda su mandíbula, mientras sus bocas se movían al unísono. Fred sintió un calor abrasador y un dolor punzante en su verga. Juliet se apartó de él y lo miró con los ojos como platos.

—¡Vaya beso! —exclamó, con una voz entrecortada y sensual que hizo que a Fred le hirviera la sangre.

—Eres la mujer más sexy del mundo —susurró él, tomando aire profundamente antes de volverle a devorar los labios.

El tacto aterciopelado de la boca de Juliet bajo la suya, despertaba en él sensaciones extrañas y maravillosas. Se le disparó el pulso y el corazón empezó a latirle a mil por hora. Los pantalones estaban a punto de estallarle.

—Huummm —murmuró Juliet, alzando la vista para mirar aquellos ojos azules que centelleaban como la luz de la luna reflejándose sobre un lago al ponerse el sol—. Parece que me deseas.

Al oír su voz entrecortada, Fred supo que el deseo era mutuo.

—Te has dado cuenta, ¿no?

Volvió a besarla, deleitándose con el calor que desprendía, con su dulce fragancia y con la suave respuesta de sus labios.

Juliet deslizó la mano entre ambos y él descubrió con placer que le estaba desabrochando la camisa. Había empezado por el botón superior, y Fred buscó a tientas los inferiores para ayudarla, movido por el deseo de abrirse la camisa y notar las manos de ella sobre su piel desnuda. No lo decepcionó, cuando le acarició el vientre con las yemas de los dedos y jugueteó con sus pezones. Lo besó en el cuello y descendió con los labios hasta su torso. A Fred se le cortó la respiración cuando Juliet le lamió un pezón y luego se lo metió en la boca. Ella se apartó un poco y le sonrió. Luego se volvió de espaldas, con las manos en la cintura.

—¿Me ayudas?

Fred posó la mirada en su nuca y fue descendiendo por sus hombros hasta alcanzar el borde de su vestido rojo. Sólo entonces cayó en la cuenta de que le estaba pidiendo que le desabrochase el vestido. Cogió la diminuta cremallera entre sus dedos y la bajó lenta-mente. Respirar le costaba cada vez más, a medida que el tejido iba abriéndose y dejaba a la luz la tersa piel de Juliet. Refrenó la urgencia de tocar esa piel que veía por primera vez, sabiendo que, si lo hacía, le arrancaría el vestido y la poseería allí mismo, en el suelo.

Ella se bajó el vestido, aún de espaldas a él y dejando al descubierto la curva de su esbelta cintura. Se lo deslizó por las caderas y lo dejó caer en el suelo. Fred sonrió complacido al ver el diminuto triángulo de puntilla roja, lo único que asomaba de su sensual tanga. Recorrió con la mirada la curva suave, definida y desnuda de su culo.

Juliet se dio media vuelta y Fred acarició con la mirada sus suaves líneas femeninas. El sujetador de copa sin tirantes, que apenas le cubría los pezones, parecía ofrecerle sus pechos. Sus diminutas braguitas acentuaban la redondez esbelta y elegante de sus caderas. Juliet deslizó los dedos por la línea del torso de Fred y adoptó una pose sensual.

—¿Te gusta lo que ves?

Fred estuvo a punto de soltar una carcajada ante la sombra de inseguridad que apreció en sus ojos. Teñía que estar de broma. Deslizó sus manos por el cuerpo de Juliet, tal como ella había hecho, deleitándose el tacto de su piel satinada.

—Desde luego.

Ella sonrió y se llevó las manos a la espalda. Fred la atrajo hacia sí y le besó la sien.

—Deja que te ayude —susurró.

Rodeó los ajetreados dedos de Juliet con los suyos. Ella logró desabrochar tres de los cuatro broches de su sujetador. El soltó el último, pero lo sostuvo en su sitio un momento más, mientras acariciaba con los dedos la suave piel de debajo del elástico. Recorrió con besos delicados el borde superior del sujetador, escuchando cómo a ella se le aceleraba la respiración.

Separó el elástico del sujetador de su piel y dio u paso atrás, mientras apartaba las copas de su cuerpo y los pechos generosos y redondos de Juliet quedaban al descubierto. Su miembro se tensó contra su brgueta.

Empezó a quitarse la chaqueta, pero ella lo asió por las solapas y volvió a meterse entre sus brazos. Le abrió la camisa y restregó sus senos desnudos contra el torso de Fred. Luego se apretó contra él, abrazándole por el cuello y besándolo ardientemente. Fred la rodeó con los brazos y le acarició la espalda desnuda.

—¿Esto te gusta, verdad? —le susurró al oído, espoleado por sus gimoteos dulces y suplicantes—. Te gusta estar desnuda mientras yo sigo totalmente vestido.

A él lo excitaba infinitamente.

—Sí, es muy sensual —respondió Juliet.

—Déjame verte —la urgió, tomándola por los codos y separándose ligeramente de ella.

Ella retrocedió y giró sobre sí misma, sonriendo con picardía y exhibiendo una saludable hilera de dientes blancos. Levantó un brazo, se colocó el otro tras la nuca y caminó pavoneándose adelante y atrás, oscilando las caderas de un modo provocativo. Se volvió de cara a él, se puso las manos bajo los pechos y se los levantó.

—¿Quieres verlos?

—Humm. Por supuesto.

Su sonrisa se agrandó y se le dibujaron arruguitas en los ojos. Frotó el brazo contra la manga de la elegante chaqueta de lana de Fred; su piel tersa y pálida contrastaba con el oscuro color gris plomo.

—¿Quieres tocarlos?

Eran tantas las ganas que tenía de acariciarle los pechos que casi le dolían las manos. Tenía que reprimirse para no alargarlas y apretarlos entres sus dedos.

—Sí, me encantaría tocarlos. —El tono serio de su voz lo sorprendió incluso a él.

Juliet suavizó su sonrisa y, con el rostro casi resplandeciente, le preguntó:

—Me deseas de verdad, ¿no es cierto?

El tono de compunción en la voz de ella lo sorprendió. ¿De veras no era consciente de su atractivo?

—Nunca he deseado tanto a una mujer —respondió con absoluta franqueza.

Juliet le tomó las manos y se las colocó sobre los pechos. Al notar su carne cálida y redonda llenar sus palmas, Fred contuvo la respiración. Le acarició los senos blancos y tersos con reverencia, y notó cómo se le endurecían los pezones.

—Eres increíblemente guapa.

Le acarició las puntas de los pezones con los pulgares. La respiración entrecortada de ella le aceleró el flujo sanguíneo. Deseaba desesperadamente quitarse los pantalones y liberar su enloquecida verga, dolorosamente confinada, pero quería acariciarla un poco más. Se inclinó hacia delante, atrapó uno de aquellos pezones tersos entre sus labios y lo mordisqueó juguetonamente.

—Oh, sí —murmuró ella.

Mientras con una mano sostenía uno de aquellos magníficos pechos redondos y su lengua se enredaba en el pezón, la otra mano descendía por el talle de Juliet, alrededor de su cintura hasta posarse en su atractivo trasero y darle un apretón.

—Huumm —gimió ella, pasándole los dedos por el cabello.

Fred se ocupó entonces del otro pecho, hasta excitarle tanto como a su gemelo. Cuando ambos pezones se irgieron inmensos e hinchados, le besó el talle y continuó bajando, hasta quedar agachado ante ella. Juliet enredó con más fuerza sus dedos en los cabellos de él. Fred le metió la lengua en el ombligo y prosiguió con su lento descender. Se arrodilló, deslizó los dedos bajo el ribete de encaje de su tanga y se lo bajó muy despacio, dejando al descubierto sus rizos oscuros y sedosos.

Le acarició la piel rosada de entre los muslos. Juliet estaba resplandeciente. Le separó los pliegues de la vulva con los pulgares hasta tener a la vista el botoncito de su clítoris. Lo tocó suavemente con la punta de la lengua.

—Ohhh —gimió ella.

La rodeó con las manos, agarrándola por las nalgas, y besó su suave e íntima piel. Luego empezó a lamerla con delicadeza.

—Oh, Dios. Ven aquí —susurró ella, tirando de él para ponerlo en pie y besarlo con fervor.

Remetió las manos por debajo de la chaqueta y la camisa de él y se las deslizó por los brazos. Sus movimientos urgentes hicieron que a Fred empezara a hervirle la sangre. Juliet le abrió la cremallera y por fin notó que los pantalones dejaban de oprimir su erección. Se bajó los pantalones, impaciente por notar su piel desnuda en contacto con la de ella. Estaba tan excitado que apenas podía contenerse.

Juliet se agachó y estiró de la cinturilla de su slip. Su pene quedó al fin liberado. Le bajó los calzoncillos y él se deshizo de ellos, apartándolos a un lado, de una patada. Le agarró el rígido pene y lo acarició. Estuvo a punto de eyacular en aquel mismo instante. Le apartó la mano y tiró de ella para ponerla en pie.

—Cariño, estoy demasiado excitado para eso. La besó apasionadamente.

—Yo también estoy muy excitada —dijo ella, cuando sus labios se separaron—. Y muy húmeda —jadeó.

Le lamió el pezón derecho y, al hacerlo, lo recorrió un anhelo urgente.

—Quiero que esto dure —murmuró Fred, mientras Juliet volvía a agarrarle la verga.

—Durará —le dijo, masturbándolo—. La próxima vez.

Juliet se inclinó hacia delante y se acurrucó bajo la barbilla de Fred.

—Quiero notarte dentro, ahora mismo—le susurró al oído. Y luego murmuró—: Estoy tan húmeda que podrías deslizarte dentro de mí sin más.

Oír sus palabras y notar su cálida respiración en el lóbulo lo hicieron enloquecer de deseo. La apoyó contra la pared y, agarrándola por las nalgas, la levantó en el aire. Juliet guió su verga erecta hasta ella y la penetró.

—Oh, Dios, ¡qué maravilla! —exclamó Juliet, enroscando las piernas alrededor de sus caderas.

El calor de ella lo rodeaba. Jamás había sentido una erección así. Juliet lo había llevado al límite antes de deslizarse siquiera en su interior. Sabía que no había modo en la Tierra de hacer que aquello durara, pero tenía que encontrarlo. Tenía intención de llevarla al orgasmo antes de alcanzarlo él.

Salió lentamente y luego, muy despacio, volvió a deslizarse en su interior. Juliet se retorció de placer. Fred se sintió enloquecer.

—Más rápido y más fuerte —insistió ella. —Pero...

Apretó las piernas alrededor de él y se arqueó hacia delante. Demasiado tarde. Dio una estocada, luego otra y ella gimió de placer. «Gracias a Dios», pensó Fred antes de que la razón lo abandonara por completo. Continuó embistiéndola hasta estallar, por fin, dentro de ella.


Hermione apoyó la cabeza en su hombro y suspiró, aferrándose a su ancha espalda. Sintió la tremenda verga moverse dentro de ella y la apretó con delicadeza.

—Cariño, ha sido increíble —dijo Fred, ahogando sus palabras contra su cuello.

Se movió de nuevo y Hermione apretó las piernas en torno a él. Notó cómo se endurecía de nuevo en su interior.

—Creo que me deseas otra vez —le susurró al oído.

—No creo que deje de desearte, nunca —comentó con un tono ronco que la llenó de euforia, pues nunca lo había visto expresar tanta emoción. Fred empujó la pelvis hacia delante, introduciendo todavía más su miembro erecto dentro de ella.

Hermione sintió que le faltaba el aire. Fred volvió a bambolearse adelante y atrás, y ella se aferró a él con fuerza al tiempo que un placer intenso amenazaba con desbordarla de nuevo.

—Oh, Dios.

La penetró con más ímpetu y ella buscó aire a medida que la invadían oleadas de placer. Siguió embistiéndola una y otra vez. La cordura empezó a erosionarse como la arena de una playa y se dejó invadir por aquel deleite sensual. Alcanzó de nuevo el orgasmo, que lo notó hasta en el último poro de su cuerpo.

Volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro, aspirando el masculino perfume almizclado de Fred y disfrutando de la sensación de seguir notando su pene erecto dentro de ella. Bajó los pies al suelo.

—Bueno, semental, parece que aún te quedan fuerzas.

Se dejó ir aún todavía dentro de ella y la besó en el cuello, buscando el punto que la volvió loca de anhelo y le hizo sentir un hormigueo por todo e cuerpo.

—No lo dudes. Esta vez quiero poder tocar eso pechos tan bonitos que tienes más rato, y explorar resto de tu cuerpo hasta el último milímetro.

Hermione sonrió.

—Explora todo cuanto quieras, Magallanes.

Se apartó de ella. Hermione suspiró al notar cómo s pene abandonaba sus profundidades. La condujo hasta la enorme y maravillosa cama. Al tumbarse, notó el tacto de la colcha de terciopelo granate pecaminosamente sensual contra su espalda. Fred la recorrió con la mirada de pies a cabeza y sonrió con admiración.

—Eres absolutamente preciosa.

Hermione sintió el calor del rubor teñirle las mejillas. Fred se sentó junto a ella y le recorrió la línea de la barbilla con los dedos, luego fue descendiendo por su cuello, el canalillo y alrededor del ombligo.

—Absolutamente preciosa.

Hermione era incapaz de apartar la mirada de su ancho y musculoso torso, salpicado por aquellos cabellos oscuros y rizados que lo ensombrecían. Le acarició el pecho, adorando su fuerza, y dibujó con la punta de un dedo un círculo alrededor de uno de sus pezones.

Fred le tomó los pechos entre las manos y las yemas de sus dedos encontraron sus pezones, que se endurecieron al instante, suplicantes. Se inclinó hacia delante y lamió uno con la punta de la lengua. Primero se concentró en el botoncito y luego dibujó circunferencias a su alrededor. Volvió a lamerle la punta del pezón. Aquella exquisita tortura la hizo gemir de placer. El pezón se le endureció más allá de lo imaginable. Deseaba a Fred con todas sus fuerzas. Entonces él se ocupó de su otro seno, hasta llevarlo al mismo grado de excitación.

—Oh, Dios, es maravilloso —murmuró ella. Hacía tanto tiempo que no la tocaba así... De hecho, nunca había surtido este efecto en ella. Aunque ya había tenido dos orgasmos, quería volver a notarlo dentro..., ya. Pero lo que más anhelaba era su cercanía.

—Bésame —rogó, abriendo los brazos e invitándolo a acercarse más a ella.

Fred sonrió y se tumbó junto a ella, atrayéndola hacia sí mientras ella lo rodeaba con los brazos. Sus labios se encontraron con dulzura, y la suave presión suscitó en ella un deseo implacable. Hermione buscó sus labios con la lengua y se abrió camino dentro de su boca fuerte y masculina. Las puntas de sus lenguas se encontraron y se acariciaron hasta quedar enfrascadas en un baile circular. Hermione sintió un cosquilleo en el interior de su boca que fue extendiéndose poco a poco, primero a sus labios y barbilla, y luego al resto de su cuerpo.

Con los labios unidos, Fred ahondó en su boca. A Hermione se le aceleraron la respiración y el pulso. Le acarició el pecho, deleitándose en el tacto de su pelo rizado y grueso rozándole la palma de la mano. Deslizó los dedos sobre su ombligo y tropezó con la punta de su pene. Lo recorrió con el dedo desde el prepucio hasta la base. Le encantaba notar cómo su larga verga se endurecía ante el roce de su mano.

Hermione tomó sus testículos peludos y los apretó con delicadeza. Luego los acarició. Fred gimió dentro de su boca. Con la otra mano, Hermione buscó uno de sus pezones, lo pellizcó ligeramente y luego jugueteó con él entre sus dedos.

Apartó su boca contra la de él y sonrió. Descendió para chuparle el pezón. Fred gimió y ella succionó con más fuerza. Entonces cambió al otro pezón y lo capturó con su apresurada boca.

—Cariño, sabes exactamente lo que me gusta —dijo Fred, besándole la coronilla.

—Lo cual es sorprendente, siendo como somos dos completos desconocidos —replicó Hermione, recordándole la fantasía.

Hacer el amor con un desconocido. ¡Un placer prohibido! ¡Y maravillosamente emocionante! Le mordisqueó con más fuerza y Fred contuvo el aliento.

—Oh, cielo, eres la mejor —exclamó él, tumbándola boca arriba y colocándose encima de ella, apretándole las caderas entre sus rodillas.

Le cogió los pechos con las manos y los estrujó. Después, los masajeó hasta que Juliet empezó a jadear. Sin interrupción, apresó uno de aquellos pezones rosas y duros en su boca. Juliet estuvo a punto de gritar de placer.

Jugueteó con su lengua, mientras le toqueteaba el otro pezón con las yemas de los dedos. Juliet estiró la mano y cogió su larga y dura verga, acariciándola désele la base hasta la punta. Empezó a masturbarlo, deseosa de hacer que él se sintiera tan estimulado e increíblemente excitado como ella. Fred le agarró las manos y se las colocó tras la cabeza.

—Cielo, no tan deprisa. —Le chupó uno de los pezones hasta hacerla gemir con fuerza y arquearse contra él; luego apretó el otro entre su lengua y el paladar. La miró sonriendo y dijo—: De lo contrarío, te perderás esto.

La soltó, deslizó las manos sobre sus muslos y los separó. Luego se inclinó hacia delante y le acarició el ombligo con la lengua. Hermione le besó la cabeza mientras él seguía deslizándose hacia abajo, recorriéndole el vientre con la lengua. Sus dedos se deslizaron en su vulva, le acarició los labios exteriores y luego fue separándole los pliegues con caricias. Cuando Hermione notó su lengua contra su carne húmeda y caliente y cómo le lamía el clítoris, contuvo la respiración. George rara vez le había hecho un cunnilingus ¡y era la segunda vez que se lo hacía aquella noche!

La lamió otra vez, despertando en ella un ardiente anhelo. Decididamente, aquel personaje de Fred ofrecía claras ventajas.

Fred le separó los labios del pubis con los dedos y le acarició el clítoris.

—Ohhh —murmuró ella disfrutando de aquella sensación tan intensa.

Entonces, sustituyó la yema del dedo por la punta de la lengua y jugueteó con ella, hasta llevarla a cumbres mareantes de placer. Hermione se aferró a su hombro.

—Oh, sí. Es maravilloso. ¡Oh, sí!

Fred dibujó círculos con su lengua, la chupó y la lamió con avidez.

—Ohhhhhhh. No pares, por favor, no pares.

Fred deslizó sus manos por el vientre de ella y le acarició los pechos, sin apartar nunca aquella maravillosa lengua suya de su clítoris, enviando un potente torrente de placer por todo su cuerpo.

—Ohhhh, lo haces tan bien.

Enredó sus dedos en el pelo de Fred y se agarró a él. Casi rompió a llorar por la inmensidad del placer que la recorría. Todo su cuerpo pareció inflarse y luego explotar en el orgasmo más potente que había tenido nunca.

Mientras yacía jadeante, Fred ascendió besándole el vientre hasta alcanzar su cuello, se tumbó junto a ella y le acarició el lóbulo de la oreja.

—Eres increíble —exclamó ella, respirando hondo—. Ciertamente ha sido una fantasía hecha realidad.

Fred la besó en la mejilla y dijo:

—Estoy a punto de estallar.

Hermione sonrió picaramente.

—De eso me encargo yo —dijo.

Se sentó y se tumbó sobre él. Le separó las piernas con un leve empujoncito, se arrodilló entre ellas y acarició su rígida verga de arriba abajo, luego tomó aquel mástil entre sus dedos y lo bombeó un par de veces, encantada de sentir su turgencia entre sus manos.

Se inclinó hacia delante y lo lamió a todo lo largo, luego dibujó un círculo con la lengua alrededor de la corona y fue jugando a lamerlo y atraparlo entre sus labios, ejerciendo una ligera presión. Cuando alcanzó la polla, jugó con él, excitada por la respiración acelerada de Fred.

Se lo metió en la boca y movió sus labios alrededor de la corona. Fred gimió mientras ella continuaba dándole placer. Notó cómo la polla se inflaba ligeramente y supo que estaba a punto de alcanzar el climax.

—Cariño, será mejor que...

Pero ella sacudió la cabeza y continuó lamiéndolo y apretándolo entre sus labios.

—Ah..., demasiado tarde.

Hermione notó un líquido cálido estallar en su boca. Continuó lamiéndolo hasta que él se dejó caer de espaldas en la cama. Ella se tragó su semen y le sonrió.

—¿Ves como me encargaba yo?

—Oh, ven aquí —insistió él.

Al tirar de ella para tenderla a su lado y fundirse en un beso apasionado, Fred se preguntó cómo había podido tener la suerte de encontrar a una mujer tan increíblemente sensual. La estrechó entre sus brazos y luego empezó a lamerle los pechos con dulzura.

Atrapó un pezón en su boca y lo notó endurecerse contra su lengua. Los jadeos de Juliet mientras él alternaba entre sus dos pezones, lo hicieron excitarse de nuevo. Aunque acababa de eyacular en su cálida y sensual boca hacía apenas unos momentos, su pene volvió a ponerse en acción, hinchándose y endureciéndose en contacto con el vientre de ella.

Deslizó los dedos hasta la cálida y húmeda vagina de ella y se los introdujo. Era resbaladiza como el terciopelo. No podía aguantar más. Se colocó sobre ella y buscó la entrada con su impaciente verga. Juliet quería un amante de fantasía y él estaba decidido a complacerla.

Ella subió la pelvis y él la penetró. Al notar el calor de ella envolver su pene, sintió la necesidad de embestirla con más ímpetu.

—Ohhh, sí —gritó ella.

Retrocedió y volvió a empujarla con fuerza. Juliet se aferró a él con más fuerza; le faltaba el aire. Fred continuó con sus arremetidas, adelante y atrás, adelante y atrás, excitándose cada vez más a medida que se aceleraban los gemidos de placer de su amante.

—Oh, sí. Quiero notarte más adentro.

La penetró del todo, con fuerza.

—¡Sí! —gimió ella—. Más rápido.

Fred aumentó el ritmo y Juliet contrajo los músculos alrededor de él, a un ritmo palpitante, llevándolo al climax. Cuando eyaculó en su interior, Juliet dejó de gemir y empezó a gritar de entusiasmo y éxtasis, emitiendo un largo chillido que no dejó rastro de duda en él: había alcanzado el orgasmo. ¡Una y otra vez!

Hermione se dejó caer en la cama, exhausta, aún rodeándolo con los brazos.

—Ha sido maravilloso —sonaba totalmente saciada—. Eres todo un semental.

—Gracias —dijo él, colocándose de lado y atrayéndola contra su pecho—. Tú sí que eres increíble.

Hermione se acurrucó contra él y se dejó vencer por el sueño que la invadía. Al cabo de unos instantes, se había quedado dormida.


Ya llegó por quien lloraba. Y les traje lo que deseaaban.

Espero que hayan tenido una feliz navidad y les deseo un muuy feliz año nuevo.

Besos