Hermione se despertó sobresaltada. Estaba oscuro y la habitación no le resultaba familiar. Unos brazos cálidos y fuertes la abrazaban contra un torso musculado y decididamente masculino. Miró el rostro, del que le separaban tan sólo unos centímetros, cuyos rasgos iluminaba la tenue luz de la luna.
Era George... fingiendo ser un desconocido para hacer realidad su fantasía. Se le derritió el alma. La había hecho enloquecer. Ni siquiera había creído que él le estuviera prestando atención cuando le había revelado sus fantasías. Parte de ella había empezado a pensar que no la quería lo bastante como para seguir escuchándola.
La había sorprendido de veras, y había sido una sorpresa deliciosa. De hecho, ella misma se había sorprendido. En su jueguecito había descubierto una parte de ella que no sabía que existiera. Sonrió al recordar cómo se había convertido en una gatita descarada. Y a él le había gustado, de eso no había duda.
Le acarició la mejilla, deteniéndose en su patilla. No daba crédito a lo distinta que había sido aquella noche.
Se había comportado casi como un verdadero extraño. Un desconocido maravilloso y sensual hasta el pecado.
Fred abrió los ojos y Hermione sintió un sobresalto al tropezar con su mirada amorosa. —Hola —la saludó, con una voz ronca y somnolienta increíblemente sensual.
—Hola.
Fred la apretó entre sus brazos, atrayéndola más hacia sí. Al entrar en contacto con su torso velludo, se le endurecieron los pezones.
—Hummm. Es genial tenerte entre mis brazos —murmuró él.
Le besó el cuello y Hermione notó que la sangre se le calentaba. Le mordisqueó el lóbulo de la oreja, pero, mientras entretenía su mirada en su pelo ondulado, los dígitos azules del minutero del despertador cambiaron y atrajeron su atención. Eran las cuatro y cincuenta y dos.
—Oh, no.
Maldita sea, tenía que marcharse. Se había ofrecido voluntaria para llevar en coche a la junta directiva a un desayuno con crepas, por la mañana, en el centro comunitario. No podía llegar tarde.
—Tengo que irme. Tengo una cita a las ocho en punto. Aún tenía que llegar a casa, ducharse y cambiarse. Empezó a soltarse de su brazo, pero él la aferró con más fuerza por la cintura.
—Espera —suplicó, acariciándole con los labios la frente y relajándola con aquel dulce contacto—. Seguro que tienes tiempo para esto.
La envolvió con su boca e intentó disuadirla de que se marchara de una manera dulce y tácita. Intentó convencerla para que olvidara sus responsabilidades, y sólo pensara en él y en la dicha que podía alcanzar entre sus brazos. Cuando su anhelante lengua logró abrirse camino entre los labios de ella, Juliet se desplomó contra él. Le respondió con un beso, moviendo sus labios rítmicamente, y su lengua se unió en aquel revoloteo. Sensaciones deliciosas hicieron que todo su cuerpo temblara. Pero una parte de ella aún conservaba la cordura. Volvió a mirar la hora: las cuatro y cincuenta y seis.
—Hummm. —Su voz se amortiguó mientras luchaba por apartar su boca de la de él—. No puedo llegar tarde, de verdad.
Se apartó ligeramente de Fred, pero tuvo un ataque de debilidad y volvió a besarlo. Fred le besuqueó toda la línea de la mandíbula y el hueco del cuello, mientras se colocaba encima de ella.
—¿Seguro que tienes que irte ya?
Ella asintió con la cabeza, con una mirada de súplica. Si continuaba por aquel camino, iba a fundirse en un charquito allí mismo en la cama y permitir que él hiciera con ella lo que quisiera. Fred suspiró hondo.
—De acuerdo, pero te dejo ir a regañadientes.
Ella se envolvió en la sábana e intentó ponerse en pie, pero Fred tiró de la tela. —Eh, no es justo —se quejó—. Si no puedo hacerte el amor, al menos deja que te vuelva a contemplar.
Hermione lo miró titubeante, ruborizada. No era de las que desfilaban por ahí desnudas. —Vamos, cielo. No te hagas la tímida. No después de anoche.
Tenía razón. Estaba comportándose como una tonta. La noche anterior le había encantado pavonearse por la habitación desnuda. Se puso en pie, dejando que la sábana se deslizara por su cuerpo. Al apreciar la oscura mirada de deseo en los ojos de George, salió corriendo hacia el cuarto de baño entre chillidos y carcajadas, mientras él se ponía en pie de un brinco y la perseguía, cada vez más pegado a sus talones. La atrapó y le dio media vuelta. La besó como si fuera el fin del mundo. La ayudó a entrar en la ducha y procedió a enjabonar cada centímetro de su cuerpo. Veinte minutos después, salieron de allí, limpísimos y saciados... de momento.
Hermione recogió su ropa y se puso el diminuto tanga rojo. George la ayudó a abrocharse el sujetador y le cerró la cremallera del vestido.
Nunca se había mostrado tan atento. Hermione estaba encantada. Se dirigió a la puerta. —Espera un segundo, Juliet —la instó Fred, enfundándose los pantalones—. Te acompaño hasta el coche.
Sonrió al oírlo usar su nombre ficticio, sorprendida de que aún quisiera mantener viva aquella fantasía. Decidió no preguntarle nada acerca de su viaje a Gales o hacer cualquier otra cosa que pudiera hacer añicos aquel sueño.
Fred se puso la camisa, los calcetines y los zapatos.
—Venga, vamos.
Hermione cogió su bolso mientras él abría la puerta. A aquella hora de la mañana el pasillo del hotel estaba vacío. Cuando llegaron al ascensor, Fred pulsó el botón de bajada, que se iluminó. Segundos después, la luz se apagó y las puertas correderas del ascensor se abrieron.
Entraron en el cubículo y las puertas se cerraron tras ellos. Hermione pulsó el botón del vestíbulo. Fred la rodeó por la cintura con los brazos y la atrajo hacia su pecho. Le besó el cuello.
—Es una pena tener que dejarte ir.
Ella se fundió contra él y Fred le acarició los pechos.
—Hummm. Ya lo sé.
Mientras contemplaba cómo los números de las plantas se iban iluminando uno a uno, Hermione sonrió. Un vistazo a su reloj le dijo que aún podía regodearse unos minutos más.
—¿Sabes una cosa? Lo has hecho tan bien colmando mi fantasía de hacer el amor con un guapo desconocido que he pensado que tal vez podrías ayudarme con otra. El estrujó con fuerza sus pechos.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué se trata?
—Siempre he querido hacer el amor con un desconocido en un ascensor.
Fred dio un paso al frente y pulsó el botón rojo de parada. Hermione notó su pene endurecerse contra sus nalgas, mientras el ascensor se detenía.
—Encantado.
Fred le acarició los muslos y luego deslizó su mano hacia arriba, levantándole la falda. La falda de vuelo se arremolinó en las piernas de Hermione, mientras que él la levantaba e intentaba sujetarla con una mano. Enrolló la tela y la remetió por la cintura del vestido. Hermione se inclinó hacia delante, apoyó las manos contra el espejo del ascensor y sonrió al ver su propio reflejo. Fred tiró del elástico de su tanga, apretándole el clítoris con la tela. Jugó a tirar y soltar el elástico. Deslizó un dedo bajo la tela satinada de sus braguitas, alcanzó su clítoris y empezó a frotarlo.
Hermione tropezó con su propia mirada de arrobamiento en el reflejo del espejo mientras se dejaba llevar por aquella oleada de placer. Fred deslizó dos dedos dentro de su vagina mientras continuaba acariciándole el clítoris, cada vez más rápidamente, hasta llevarla al borde del orgasmo, y luego ralentizaba el ritmo. Metió los dedos bajo el elástico del tanga y se lo bajó. Hermione se lo quitó por los pies y observó a Fred en el espejo mientras se desabrochaba los pantalones y sacaba su largo pene semierecto.
—Espera —dijo, dándose media vuelta.
Se arrodilló frente a él, embutiéndose la falda entre las rodillas. Quería meterse aquel magnífico pene en la boca. Lo cogió entre sus manos y se lo llevó a los labios. Luego deslizó la lengua alrededor de la corona, se metió la larga y morado cabeza en la boca y la succionó con fuerza. La rodeó con sus labios y escuchó cómo a él se le aceleraba la respiración. Chupó adelante y atrás, notando cómo la verga de Fred se hinchaba en su boca. Él le acarició los hombros mientras ella le daba placer.
Hermione lo rodeó con las manos, se agarró a sus musculosas nalgas y se metió su falo hasta la garganta, apretándolo en el interior de su boca. Notó cómo las nalgas de él se tensaban. Sabía que no podría contenerse mucho más. Le apretó y jugó con su verga ahora totalmente erecta, mientras él emitía un gemido ronco y masculino. Metió las manos por debajo y le acarició los testículos. Luego se sacó el pene de la boca y le lamió los testículos.
—Ah, Juliet, voy a correrme en cualquier momento. Ella volvió a metérselo en la boca, deslizando sus labios adelante y atrás, más y más rápido, apretando su pene entre ellos. Fred hizo erupción dentro de ella, volcando en su garganta todo su semen.
Hermione liberó su miembro ya flácido, emocionada por el poder que ejercía sobre él. Se puso en pie, se desabrochó el vestido y lo dejó caer en el suelo del ascensor.
—Has sido un chico malo, dejándote ir así. Ahora tendré que apañármelas yo sólita —dijo, cogiéndose los pechos con las manos y estrujándolos.
Se bajó el sujetador y se recorrió los pezones con los dedos. Su dureza la excitó. Fred la observaba con los ojos vidriosos. Tuvo una erección. Hermione se deslizó los dedos por el vientre y los introdujo en su propia abertura húmeda.
—Hummm. Estoy mojada.
Fred le cogió los pechos y le acarició primero uno y luego el otro. Su boca apresó un pezón y lo succionó con avidez. Hermione se excitó aún más. Fred le endureció el otro pezón más de lo imaginable. Le dio media vuelta, le desabrochó el sujetador y se deshizo de él.
Siguió chupándole el pezón, con rapidez y fuerza. Hermione gimió de placer. Estaba a punto de llegar al orgasmo, pero quería notarlo dentro de ella.
Se dio media vuelta, poniéndose de nuevo de cara al espejo. Se inclinó hacia delante y lo cogió para acercarlo a ella. Él le rodeó las nalgas con las manos, la acarició y fue jugando con ella, aproximándose cada vez más a aquella cálida hendidura. Hermione gimió y al fin los dedos de él la penetraron. Notó cómo la punta de su verga erecta rozaba con su pubis y, acto seguido, cómo se deslizaba dentro de ella. Su polla se ensanchó al penetrarla. Ella empujó hacia detrás y él la arremetió con fuerza.
—Oh, sí —gritó ella. Él empezó a moverse, atrás y adelante, a un ritmo cada vez más rápido. —Ah —exclamó ella, notando que estaba a punto de alcanzar el orgasmo—. Más fuerte.
Él la embistió con aún más fuerza, entrando y saliendo de ella una y otra vez. Hermione observó su rostro en el espejo, vio su gesto tenso, concentrado. Un anhelo todopoderoso se hizo presa de ella, azotándola con oleadas de placer que acabaron convirtiéndose en una enorme avalancha de éxtasis.
—Sí, sí—exclamó, moviéndose arriba y abajo, cabalgando por aquellas intensas olas mientras sus pechos se agitaban.
Se sentía una libertina. Su voz fue aumentando de intensidad a medida que se incrementaba el placer, que hizo explosión en ella como una supernova.
Fred le cogió los pechos y tiró de sus pezones, intensificando con ello aquel cataclismo de orgasmo. Hermione echó la cabeza hacia atrás y gimió en voz alta. El gruñó y la embistió una vez más.
Poco a poco, Hermione notó las manos de él alrededor de la cintura, atrayendo su espalda hacia él. Se dejó caer contra su ancho pecho y apoyó la cabeza en su cuello, apretando su verga con sus músculos internos.
—Hummm. Ha sido espectacular —murmuró.
Fred le besó la mejilla. —Y que lo digas —convino, mordisqueándole el lóbulo de la oreja y haciéndole cosquillas.
—Y ahora, de verdad, tengo que irme.
El deslizó su pene fuera de ella y le dio media vuelta. Quedaron cara a cara. La besó con ternura y luego la abrazó con fuerza. Hermione se sentía amada. Una vez que se separaron, se perdieron el uno en los ojos del otro.
El sonrió. —Ha sido un verdadero placer, Juliet. Ella sonrió.
—Sí, sin duda alguna, lo ha sido..., Fred.
Fred recogió su vestido y su ropa interior del suelo y se los entregó, luego se abrochó los pantalones y se alisó la ropa.
—Tengo que volver a verte —le dijo, ayudándola a abrocharse el sujetador.
Hermione se metió el vestido por la cabeza y se lo colocó bien. Él se lo ajustó de modo que el corpiño quedara sobre los pechos y, al rozarla con los dedos, le erizó la piel. Hermione pulsó el botón del ascensor y retomaron el descenso.
—Pero entonces dejaría de ser una fantasía con un desconocido, ¿no es así? Las puertas se abrieron y ella salió al vestíbulo. El recepcionista alzó la vista un momento y volvió a fijarla en la pantalla de su ordenador.
—Te acompaño hasta el coche —le dijo, rodeándola por la cintura con el brazo. Atravesaron el pasillo y salieron por una puerta lateral.
—Entonces, ¿no nos vamos a volver a ver? —le preguntó él, mientras la seguía y dejaban atrás la primera fila de coches. Hermione se detuvo junto a su pequeño Toyota Echo rojo, que estaba en medio de la segunda fila, y abrió la puerta.
—Si volviéramos a vernos dejaría de ser un polvo de una noche con un desconocido. Sin embargo, si fueras un pirata...
Fred la tomó entre sus brazos, la atrajo hacia sí y le propinó un beso apasionado. —Puedo ser Barbazul si tú me lo pides...
—Seguro que lo harías igual de bien —respondió ella sin aliento. Echó un vistazo al reloj: eran las cinco y cuarenta y tres. —Ahora tengo que irme.
Fue a abrir la puerta del coche, pero él apresó su mano. —Juliet, al menos dime tu apellido... Ella soltó una carcajada.
—Te lo has tomado en serio, ¿no es así? —Preguntó, cogiéndole la cara entre las manos y besándolo con ternura—. Muchísimas gracias por esta noche. Ya sabes cuánto significa para mí.
Se subió a su coche y puso el motor en marcha. Fred la observó, sintiéndose completamente indefenso. No quería volver a verlo. Se le hizo un nudo en el estómago. Hermione volvió a mirar el reloj.
—Si me doy prisa, llegaré a tiempo. Espero que tu reunión en Gales vaya bien.
Mientras la observaba alejarse, memorizó la matrícula de su coche. Después cayó en la cuenta de sus últimas palabras. ¿Cómo diantres sabía ella que se iba de viaje a Gales?
¡Tenía un retraso!
Hermione echó un vistazo al calendario que había junto al frigorífico y volvió a contar, sabiendo que no habría ningún cambio en sus cálculos, pero repasándolos una vez más. Maldita sea, tenía un retraso importante.
Se apartó el pelo de la cara, mientras se desplomaba en el taburete de color beige que había frente a la isla de la cocina y apoyó los codos en la encimera de roble. Miró el reloj que había sobre el marco de la puerta, contando los segundos que componían un minuto y luego cogió el pequeño termómetro azul que había sobre la base de plástico junto a ella. Lo miró y pestañeó. Vio un signo positivo. Volvió a dejar el termómetro en la base y enterró la cara entre sus manos. Estaba embarazada.
Sonó el teléfono y se le crispó la espalda. Fue hasta la mesa escritorio que había junto al frigorífico y descolgó el auricular.
—Hola, encanto, ¿cómo va eso? Al oír la voz alegre de Luna, Hermione rompió a llorar. —Hermione, cielo, ¿qué ocurre?
—Estoy embarazada —dijo entre sollozos.
—¿Embarazada? Pensaba que tú y George no..., ah, claro, salvo el sábado pasado.
—Eso es. El sábado. Y ya me conoces. Soy puntual como un reloj. El lunes tenía que venirme la regla y, al no hacerlo, empecé a preocuparme. Llevo cuatro días de retraso... y a mí nunca se me retrasa —sollozó de nuevo.
—Salvo aquella vez el año pasado —le recordó Luna.
Hermione comenzó a caminar de un lado a otro. El cable enrollado del teléfono volcó la taza en la qué tenía los bolígrafos y los diseminó sobre el escritorio. Volvió a poner de pie la taza negra y dorada, y recogió con las manos los bolígrafos mientras hablaba. —Sí, tenía un test de embarazo que me sobró de aquella vez.
—Ya me acuerdo. Compraste el paquete doble porque era más barato y yo te dije que no volverías a necesitarlo.
—Pues te equivocabas —respondió Hermione, dando golpecitos en la mesa, con un lápiz.
—Bueno, te sugerí que invirtieras el dinero que sobraba en condones —replicó Luna con suavidad.
—Lo sé. Soy una estúpida. Pero, cuando una es tan regular como yo, es fácil creer que algo así no pasará.
—Es lo mismo que me dijiste la última vez.
Hermione metió el lápiz en la taza.
—Y la última vez tenía razón —la cortó secamente.
—Hermione, pero ¿por qué te arriesgas?
Se hundió en la silla del escritorio, mientras flashes de aquella fabulosa noche le venían a la memoria. Se quedó mirando el vacío.
—Luna. Ponte en mi lugar. Eran las cinco de la mañana. Estaba sola en un ascensor con un desconocido absolutamente arrebatador.
—Humm. Sí, vale.
Hermione sabía que Luna estaba imaginando la escena, probablemente babeando. Hermione también regresó con el pensamiento a aquella experiencia increíble y se estremeció por dentro.
—Pero estamos hablando de George, ¿me equivoco? —confirmó Luna.
—¡Claro que no! —replicó Hermione.
—Vale, vale. Bueno, pues los dos tenéis una relación estable. Probablemente querrá llevarlo al siguiente nivel. Las cosas vuelven a funcionar entre vosotros, ¿no es así?
Hermione pensó en los meses de abandono y luego recordó aquella maravillosa fantasía que había hecho realidad para ella. —La semana pasada sí hizo un esfuerzo, pero no sé si es suficiente —dijo, enterrando el rostro entre las manos.
Cielos, aquello no podía estar pasándole a ella.
—¿Te llamó mientras estaba fuera?
—No —contestó Hermione, enroscándose el cable en el dedo—. Me telefoneó ayer al regresar.
—¿Cuándo vas a volver a verle?
—Mañana por la noche —respondió Hermione liberando de un tirón su dedo del cable y viendo cómo éste rebotaba adelante y atrás
—. Vamos a cenar.
—¿Se lo vas a decir?
—Sí.
—¿Te casarás con él si te lo pide?
¿Se casaría? El matrimonio no era la respuesta a todo. Si se casaban pero él continuaba volcado en su trabajo, ella seguiría sintiéndose sola. ¿Se mostraría él disponible emocional y físicamente para ella tanto si se casaban como si no?
—¿Hermione?
Se llevó la mano al vientre, imaginando que podía sentir los movimientos de la nueva vida que se estaba formando en su interior. Quería que su hijo creciera con un padre que formara parte de su vida. No como ella. Sus padres se habían divorciado cuando sólo tenía tres años y recordaba haber llorado desconsoladamente, rogándole a su padre que no se marchara. Él la había levantado en sus brazos. Lo recordaba secándose las lágrimas. Su hermano mayor, Harry, se había marchado con su padre. Durante un par de años los vio cada fin de semana, pero luego el trabajo de su padre le exigió mudarse a Liverpool, demasiado lejos de ella. Y desde entonces, sólo los había visto un par de veces al año. El vacío que aquello había dejado en su vida seguía acechándola. No podía hacerle algo así a su hijo.
—Sí, lo haré
Milagros de la cuarentena
