AVENTURAS EN TOKIO
FINAL
El beso llevaba varios minutos y ninguna de las dos tenía la voluntad de terminarlo. Tenían cosas por hacer aún, pero cuando un beso se hacía urgente no había otra cosa que ganara en cuanto a prioridad. Besar a su compañera cuando sus corazones lo pedían era importante para ambas. Honoka tenía a Nagisa contra el muro, un muro desnudo de muebles y cualquier otro adorno, por cierto.
El apartamento sólo tenía los muebles que pertenecían a la propiedad, fuera de ello, quedaban dos cajas con sus últimas pertenencias. Estaban listas para mudarse. Abajo las esperaba el camión de mudanza para cargar lo que hacía falta y llevar todo a su nuevo hogar.
Nagisa estaba bien sujeta de los costados de Honoka, en su mano izquierda estaba ese hermoso anillo hecho de un metal que parecía mezclar oro con un líneas rosadas que Honoka logró tras muchas pruebas, todo coronado por un hermoso diamante negro. Las manos de Honoka estaban en el muro, tenía acorralada a Nagisa. Por su lado, la científica lucía ese hermoso anillo de oro con un diamante blanco.
No podían casarse, todavía no, no en su país, pero su nuevo título las tenía visiblemente contentas: prometidas. Sus amigas que ya comenzaban a dedicarse a la política tenían en planes que a futuro cualquier persona que lo deseara pudiera casarse con su más amado ser sin importar que no fueran hombre y mujer como marcaban las rígidas tradiciones de su sociedad. Nagisa y Honoka esperaban pacientemente ese momento, hasta entonces, esos anillos en sus manos eran suficientes para dar a saber a todos que su entero ser se lo habían entregado ya a una persona.
Nagisa comenzaba a entrar en calor por culpa de la amorosa cercanía y sus manos trataron de colarse bajo la blusa de Honoka, ésta sonrió entre el beso, mordió dulcemente su labio inferior y detuvo esas traviesas manos antes de que todo se saliera de control. La científica perdía casi toda su voluntad de pelear cuando sentía los deseos despiertos de Nagisa.
─Nos esperan abajo, Nagisa, tenemos que partir ─advirtió Honoka con una sonrisa, besó la nariz de Nagisa y se alejó de ella. Lo mejor era no darle más tentaciones a su prometida y por lo menos esperar a estar en otro lado.
─Aguafiestas ─Nagisa hizo un tierno puchero infantil antes de sonreír ampliamente y soltar un suspiro. Tenían que revisar una vez más que no olvidaran nada.
─Es tu culpa, no puedes tener las manos lejos de Honoka-mepo ─comentó Mepple a manera de burla, tomó su forma normal y quedó montado en el hombro de Nagisa.
─Tú cierra el pico, bola de pelos ─la deportista jaló la mejilla de su compañero mágico unos segundos antes de bajarlo de su hombro─. Anda, ayuda a ver que no dejemos nada aquí.
─¡No me mandes a hacer tu trabajo-mepo! ─y de todos modos obedeció.
Honoka y Mipple hacían lo mismo en el dormitorio: buscar que no olvidaran nada en el apartamento. La pequeña princesa aprovechaba su tamaño y se metía entre los muebles y recovecos que Honoka no podía alcanzar por su cuenta. ─Hay una calceta de Nagisa aquí-mipo ─anunció la princesa con una risa divertida. Honoka se echó a reír, Nagisa tendía a dejar su ropa en lugares insospechados, uno de sus malos hábitos, pero no se quejaba abiertamente de ellos porque ella misma dejaba libros llenos de separadores y notas por todos lados. No los guardaba porque todos los leía constantemente y encontraba más práctico tenerlos a la mano.
─Gracias, lo pondré en las cajas ─y saliendo del dormitorio se topó a Nagisa, que sujetaba un grueso libro con separadores de varios colores─. Justo estaba buscando ese ─dijo con una risa.
─¿Porqué estaba tu libro junto al mueble de los artículos de baño?
─Lo estaba leyendo y lo dejé ahí mientras sacaba algunas cosas ─explicó Honoka con una risa pequeña, luego le puso la calceta casi en la cara a su prometida mientras la balanceaba un poco─. ¿Y qué hacía esto abajo del tocador y hasta el fondo?
─¡Encontraste el que me faltaba! Estaba a punto de tirar el otro ─la deportista rió─. No tengo idea de cómo llegó ahí, pero gracias ─recuperó su calceta y le devolvió su libro─. Esto es tuyo.
─Gracias ─Honoka correspondió con el mismo humor y terminaron de guardar todo. Una revisión más al piso y ya estaban listas para cargar esas últimas cajas por sí mismas, una cada una. Era casi poético que al llegar a vivir por primera vez a la capital, también cargaran una caja cada una. Una caja no sólo cargada de sus pertenencias más personales, también sus sueños y la esperanza de un futuro brillante. La promesa de un duro camino pero también lleno de satisfacciones. Ninguna de las dos tenía quejas al respecto, al contrario, aprendieron a amar Tokio por todo lo que les dio, y porque fue el sitio que vio nacer su relación de manera más formal.
Y hablando de formalidades, para alegría de los padres de Honoka, tanto ella como Nagisa aceptaron la ayuda para conseguir un nuevo sitio, un sitio propio y no rentado. Se tenían de mudar de ciudad una vez más, un sitio más conveniente para ambas, Nagisa estaría cerca de la cede del equipo que la reclutó y Honoka estaría a corta distancia de los laboratorios donde comenzaría a trabajar en un par de semanas más, suficiente tiempo para acomodarse en su nuevo hogar.
Y ese nuevo hogar también era un apartamento, gajes de estar en ciudades céntricas sobrepobladas, pero se trataría de un sitio bastante cómodo, más amplio que el piso que estaban dejando pero no tan grande como para que les quedase enorme y tuvieran gastos innecesarios. Tendrían una terraza amplia, una hermosa vista a las montañas lejanas y un poco más de espacio para recibir las constantes visitas de sus más cercanas amistades. Las chicas les hicieron prometer que harían una reunión en su nueva casa apenas terminaran de mudarse, y también se ofrecieron a ayudarlas a desempacar, pero la joven pareja se negó. Querían ese pequeño gusto de acomodar todo en su nuevo hogar por sí mismas. La única que tenía permitido ayudar un poco era Hikari, pero sólo ella y hasta que le llamaran.
También recibieron felicitaciones de parte de sus amigos Shougo y Kimata y prometieron una visita a futuro. Las amigas de universidad de Nagisa, ese ruidoso trío, seguiría cerca de Nagisa y molestándola, fueron reclutadas por el mismo equipo.
El asunto del papeleo era complicado en su caso ya que la ley no las reconocería como pareja con los mismos derechos y obligaciones, aplicaron otro registro donde alguien debía quedar como responsable de la propiedad y de la persona que vivía consigo. Según la ley, la persona mayor en el domicilio era la responsable. No tuvieron qué discutir mucho en ese aspecto, no tenían muchas opciones, así que la casa quedó registrada con el apellido de Honoka por ser ella la mayor de las dos, aunque fuera sólo por seis meses. A Nagisa no le molestó en lo absoluto, quedó acostumbrada, de buena manera, que la puerta de su casa tuviera el apellido "Yukishiro" en la placa.
Todo pintaba bien para esa nueva etapa de su vida.
Se miraron la una a la otra y sonrieron, ya llevaban las últimas cajas en sus brazos y sus pequeños compañeros mágicos volvieron a su forma de móviles, listos para partir. Nagisa y Honoka asintieron a la par y abandonaron el pequeño apartamento. Ya el camión les esperaba abajo, echaron lo que faltaba en la parte de atrás y se colocaron el equipo de seguridad para subir a la moto de Nagisa, seguirían el camión todo el camino. Era hora de partir.
─¿Lista para despedirte de Tokio? ─preguntó Nagisa mientras tomaba la mano de Honoka.
─Sí, estoy lista ─Honoka suspiró, estrechó la mano de Nagisa y le miró con dulzura─. Vivir aquí fue una gran aventura, ¿verdad, Nagisa?
─Lo fue. Y nos espera mucho más, Honoka. ¡Anda, vamos!
─¡Vamos!
FIN
