George llamó a la puerta del apartamento de Hermione. Se moría de ganas de verla, de volver a ver aquel rostro que poblaba sus sueños cada noche y sus ensoñaciones diarias.

Cuando Hermione abrió la puerta, a George lo invadió una sensación de calor. Los ojos le centelleaban y toda la cara parecía resplandecer. Definitivamente, había permanecido demasiado tiempo lejos de ella. El problema era que, si de él dependiera, estarían siempre juntos. Si se dejaría llevar por su corazón, estaría con ella a todas horas y abandonaría todo lo demás. Pero, si lo hacía, su empresa se iría a pique y el éxito que tanto sudor le había costado, se desvanecería sin más.

Hermione se había convertido en una obsesión peligrosa. Sin embargo, al contemplar su dulce y resplandeciente rostro, en aquellos momentos, pensó en tirarlo todo por la borda. Y eso era precisamente lo que más le aterraba.

—Hola —lo saludó con un aire un tanto reservado.

Hermione retrocedió para franquearle el paso. Cerró la puerta tras él y se quedó de pie, en silencio, observándolo. El jersey azul y los jeans negros que llevaba Hermione, acentuaban sus fantásticas curvas. George no se explicaba cómo una mujer tan guapa había escogido salir con él. La tomó de la mano y la atrajo hacia sí, luego le levantó la barbilla y la besó. Hermione le rodeó el cuello con las manos y le devolvió el beso.

Una sensación familiar lo recorrió, pero logró desembarazarse de ella. Había practicado mucho en los últimos meses. Si sucumbía a sus instintos, le arrancaría la ropa allí mismo y la tendría, en cuestión de segundos, tumbada bajo su cuerpo. La deseaba con todo su ser, deseaba tomarla, pero rendirse a la pasión no haría justicia a sus sentimientos y no sería justo para Hermione. Se merecía una sesión larga de amor. El reverenciaría su cuerpo de la cabeza a los pies, le haría sentirse mujer en cada poro de su piel y la complacería como merecía.

La apartó y le sonrió.

—¿Cómo está mi chica?

—Bien —contestó ella.

Pero George percibió una sombra de duda en su voz. ¿Seguiría estando enfadada porque había cancelado su cita? La abrazó, deleitándose en el placer de sentir sus cuerpos pegados. Hacía mucho tiempo que no notaba su cuerpo desnudo junto al suyo. Se excitó al pensarlo. Esta noche le haría el amor larga y pausadamente. Llevaba reprimiéndose mucho tiempo. Hacía mucho que había antepuesto su trabajo a ella, pero sólo porque tenía que demostrarse que podía hacerlo, tenía que saber que amarla no iba a acabar por completo con su modo de vida. Se había sentido mal por no haber ido a la boda. Había recapacitado mucho mientras había estado fuera y había llegado a la conclusión de que había sido injusto con ella. Tenía que encontrar un mejor equilibrio en su vida. Tenía que dar con una forma de quererla y encontrar tiempo para conseguir el éxito que tanto anhelaba para su empresa, un éxito al menos equiparable al de la empresa de su hermano Fred.

La llevó a un restaurante con decoración italiana. Mientras cenaban a la luz de las velas, charlaron sobre su viaje a Gales y él le preguntó cómo progresaba el proyecto de Salud y Bienestar en el que Hermione estaba embarcada. Ella le habló de los últimos cambios en el sistema prototipo para gestionar los números DIN de identificación de los nuevos medicamentos lanzados al mercado, pero parecía un tanto distraída.

Cuando la cena se aproximaba a su fin, George empezó a sentir la urgencia de marcharse de allí. La noche iba a ser larga y estaba ansioso por llegar a casa de Hermione y llevarla a la cama.

Al entrar en el apartamento, la siguió a la cocina y abrió el armario de encima de los fogones en el que Hermione guardaba el vino.

—¿Blanco o tinto? —preguntó.

—Escoge tú.

Eligió una botella de su Riesling preferido. Ella abrió el frigorífico y sacó una botella de zumo de cítricos y frutos del bosque.

—¿Te vas a preparar una sangría?

Si lo hubiera dicho, habría elegido un vino tinto. A veces Hermione mezclaba medio vaso de vino con medio de zumo (le gustaba aquella mezcla de frutas porque combinaba bien con el vino), pero sólo lo hacía con vino tinto.

—No, esta noche no me apetece beber vino, pero bebe tú.

George apoyó la botella en la isla de la cocina y ella le pasó el sacacorchos. Mientras descorchaba la botella, Hermione sacó dos copas de color azul claro de un armario y se sirvió zumo en una de ellas.

George llenó la suya de vino blanco y la siguió al salón. Encendió el equipo estéreo y eligió una emisora con música melódica. Luego se sentó al lado de Hermione en el sofá y le rodeó los hombros con el brazo.

Hermione se apartó ligeramente.

—George, tenemos que hablar.

Se le hizo un nudo en la garganta. La experiencia le decía que, cuando una mujer formula esa frase, lo que pretende es romper con uno. Le apartó el pelo del rostro.

—¿Qué ocurre, cariño?

—Quiero que sepas que la boda de Hannah significó mucho para mí. No puedes imaginar cuánto me decepcionó que no vinieras.

«Oh, no. Tenía que suceder...»

—Lo sé, cariño, y lo siento muchísimo, pero...

—Pero tu empresa es muy importante. Sí, ya lo sé —atajó ella, llevándose las manos al corazón—. Lo que ocurre es que yo también debería ser importante.

Al ver el brillo de las lágrimas que se agolpaban en los ojos de Hermione se le partió el corazón.

—Lo eres. Yo...

Hermione le hizo un gesto para que se callara.

—Espera, sé que quieres exponer tus argumentos y escucharé lo que tengas que decirme luego, pero primero escúchame tú. Tengo que decirte lo que siento.

George tomó las manos de Hermione entre las suyas.

—De acuerdo, adelante, Hermione. Te escucho.

—Me entristeció mucho que no vinieras. Estaba muy dolida, de verdad —dijo, con los ojos cada vez más brillantes, casi resplandecientes a la luz de la lámpara.

George tenía el corazón en un puño. No había pretendido hacerle daño. La verdad es que ni se le había ocurrido.

Hermione apartó las manos de él y se alejó un poco más, creando una cierta distancia entre ambos.

—Había..., había llegado a la conclusión de que..., bueno, de que lo nuestro no iba a funcionar. Era cierto. Iba a dejarlo. Sintió que todo se oscurecía. —Fue la gota que colmó el vaso. Siempre das prioridad al trabajo y, desde mi punto de vista, una relación no puede funcionar así —explicó, toqueteándose las manos sin atreverse a mirarlo—. Además, hacía más de tres meses que no hacíamos el amor.

Tres meses, dos semanas y cinco días. Como si él no hubiera llevado la cuenta...

—Pero aquella noche acabó siendo la mejor noche de mi vida. Hacer realidad mi fantasía sexual fue inmensamente estimulante.

—¿Qué fantasía?

¿De qué demonios estaba hablando? Hermione le sonrió pícaramente, con los ojos entrecerrados.

—La de tener un sexo absolutamente fantástico y tórrido con un completo desconocido en su habitación. Fue fabuloso.

La miró atónito. Debía de estar oyendo mal. Ella no era de las que se dejaba seducir por un desconocido. No era propio de Hermione. Entonces ella bajó la voz y añadió:

—Y luego lo del ascensor. Fue... increíble.

A George se le heló la sangre. Estaba aturdido. Hermione colocó su mano sobre la de él y le estrechó los dedos. El brillo de sus ojos le parecía una tortura. George recordó que ella le había explicado sus fantasías sexuales, aunque no se acordaba de nada relacionado con un ascensor, y estaba seguro de que algo así no le habría pasado por alto. Tuvo que esforzarse por contenerse, haciendo acopio de hasta el último gramo de compostura para no tumbarla en el sofá y tomarla en un arrebato de pasión. Estuvo a punto de no conseguirlo. Al final se inventó una excusa para marcharse temprano. No podía permitirse arrancarle la ropa y poseerla sin más. ¿Qué ocurriría si le hacía daño en un arrebato de locura?

Maldita sea. Le embargó la ira al pensar que ella le había sido infiel, pero ni siquiera eso logró eclipsar la pesadumbre que sentía por haberla perdido. Su relación con Hermione era la cosa más importante de su vida y, sin embargo, había intentado controlarla, mantenerla confinada en un pequeño compartimento. Le había dado miedo que sus ganas de estar con ella eclipsaran todos los demás aspectos de su vida y, sin embargo, ahora que la había perdido caía en la cuenta de que nada era ni la mitad de importante que Hermione. La había abandonado hasta tal punto que ella se había sentido impulsada a buscar el amor en alguna otra parte. Lo cierto es que la culpa de haberla perdido era sólo suya.

—Lo que quiero decirte es que, después de aquello, decidí que quiero estar contigo.

La cabeza le daba vueltas. Entonces, ¿no lo estaba dejando? Una mezcla de sentimientos lo embriagó y se sintió mareado. Allí estaba Hermione explicándole que había mantenido relaciones sexuales con otro hombre, un completo desconocido, y, sin embargo, se sentía aliviado por no haberla perdido.

Hermione se inclinó hacia delante y lo besó. Lo abrazó y apoyó la cabeza en su pecho. George le rodeó la cintura con el brazo y se dejó invadir por la sensación de notar el cuerpo de ella apretado contra el suyo. Debería decir algo, protestar, explicarle lo enfadado que estaba por el hecho de que se hubiera acostado con otro hombre. Pero, en su lugar, la abrazó con fuerza. No quería perderla nunca. Había estado a punto de hacerlo y aquello cambió su perspectiva de todas las cosas.

—Hay álgo más que tengo que decirte, algo muy importante.

¿Algo muy importante?

¿Qué podría ser más importante que decidir dejarlo y luego acostarse con otro hombre?

Hermione se zafó de sus brazos y lo tomó de las manos. Lo miró y era tanto el temor que reflejaban sus ojos que George estuvo a punto de volverla a abrazar y asegurarle que todo iba a salir bien, al margen de lo que tuviera que decirle. La quería por encima de todas las cosas. La necesitaba por encima de todas las cosas.

—George, estoy... —dudó, se balanceó adelante y atrás, con la vista clavada en sus manos entrelazadas.

George le acarició los nudillos con los pulgares. Tanto suspense lo estaba volviendo loco. —Suéltalo ya, Hermione —la urgió.

Hermione lo miró a los ojos. —Estoy embarazada.

Embarazada. ¡Y de otro hombre! Se sintió palidecer. Hermione continuó con la vista clavada en él. Le brillaban los ojos. Cuando por fin logró asimilar lo que le había dicho cayó en la cuenta de que Hermione estaba llorando.

—Hermione, no. —La abrazó con fuerza—. Hermione, cariño, no llores. La besó en la cabeza, enterrando el rostro en su pelo.

Hermione debía de haber temido que la dejara después de descubrir que lo había engañado. A juzgar por las apariencias, había hecho un trabajo excelente ocultándole cuánto la quería. Y puesto que el padre de la criatura no era más que un polvo de una noche, probablemente tuviera miedo de encontrarse criando a un hijo sola.

—¿Y qué quieres hacer? —le preguntó.

—Quiero..., quiero que mi hijo tenga un padre.

¿Qué pensaría hacer? ¿Intentar dar con aquel desconocido, el padre de su hijo? O, peor aún, ¿habría pensado en casarse con ese indeseable? ¿Acaso había previsto que George, con toda su experiencia en informática, la ayudara a encontrar a aquel tipo?

No, Hermione le había aclarado que quería estar con él. Quizá simplemente pensara en compartir la custodia del niño con el padre. Sólo imaginar que otro hombre pudiera compartir algo tan importante e íntimo como criar a un hijo con Hermione, lo rompía por la mitad. Tal vez el comienzo hubiera sido inocente, pero compartir momentos vitales tan importantes como presenciar el nacimiento de un hijo, oírlo balbucear sus primeras palabras, verlo dar sus primeros pasos... George sabía que estas cosas tenían un profundo efecto en los padres. Y no sólo eso, sino que estaba claro que Hermione se sentía atraída por aquel tipo. Si pasaban mucho tiempo juntos quizá volviera a caer en sus brazos. A decir verdad, se había acostado con él por primera vez sin apenas conocerlo.

Por primera vez.

Pero ¿qué demonios le pasaba? Ya estaba imaginándose a Hermione manteniendo una relación permanente con aquel tipo.

Hermione le recorrió el brazo con los dedos. —Espero..., espero que quieras criar al niño conmigo. Espero que quieras que estrechemos lazos de forma más permanente.

Sintió un alivio inmenso y el corazón henchido. Le levantó el rostro y dejó que su mirada se perdiera en aquellos ojos castaños llorosos.

—Hermione, ¿me estás diciendo que, si te pido que te cases conmigo, aceptarás?

Hermione lo miró y asintió con un ligero mohín de incertidumbre.

George la estrechó con más fuerza entre sus brazos. Luego la soltó y se puso en pie. Iba a hacerlo como era debido. Se arrodilló, tomó su mano derecha y la besó.

—Hermione, amor mío —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Quieres casarte conmigo?

Hermione rompió a llorar, ahora ya sin tapujos. Asintió con la cabeza y por fin consiguió articular una respuesta:

—Sí —contestó, abalanzándose en sus brazos y fundiéndose en un fuerte abrazo con él—. Sí, quiero casarme contigo —le susurró al oído, haciendo que George sintiera cómo un escalofrío le recorría el cuerpo.

La tuvo abrazada un rato, deleitándose con su cercanía. Finalmente la apartó y le tocó la barriga con una mano, pensando en esa pequeña chispa de vida que crecía dentro de ella. Quizá fuera hijo de otro hombre, pero él lo cuidaría como si fuera suyo y lo querría tanto como quería a su madre. A su preciosa Hermione. Nunca más volvería a darle motivos para que cayera en los brazos de otro hombre.

—Mañana saldremos a buscarte un anillo. El anillo de compromiso más bonito que encontremos. Podemos programar la boda para el mes que viene para que no se te note aún la barriga y...

Sonriéndole, se apartó de él y le puso un dedo en los labios para que se callase. George sintió una oleada de calor en todo el cuerpo. —Vale, Sr. Organización, todo eso suena genial, pero ahora preferiría hacer otra cosa en lugar de planear nuestra boda.

—¿En serio? Pensaba que organizar su boda era el sueño de toda mujer —bromeó él.

—Bueno, yo considero que hay otras cosas más emocionantes —apostilló ella, tirándole del cuello de la camisa y comenzando a desabrochársela por el botón superior.

George sintió prenderse un incendio en su entrepierna y notó cómo su pene iba poniéndose erecto. Quería deslizar sus manos sobre el suave jersey azul de Hermione y sentir sus pechos aún más suaves bajo la delicada lana. Sentía unas ganas terribles de meterle las manos bajo aquella prenda y tocar su piel desnuda, encontrar sus pezones y acariciárselos con los dedos hasta que se endurecieran y se agrandaran.

—Me pregunto qué será —dijo, remetiéndole el pelo por detrás de las orejas y tomando medidas drásticas para refrenar el deseo que sentía en su interior.

Hermione se inclinó hacia él y le rozó la clavícula con los labios. Su sensual boca casi le hizo perder el sentido. El incendio que había prendido en su entrepierna quemaba con más fuerza aún. Su pene erecto rogaba por ser liberado de los confines de sus pantalones de pana. Mientras Hermione ascendía por su cuello y le recorría la barbilla, besándolo, una oleada de deseo más poderosa que un tsunami arrasó el último ápice de control que le quedaba. Se agarró la camisa por ambos lados y la rasgó. Los botones salieron volando por todos sitios. Hermione lanzó un gritito de sorpresa y luego soltó una carcajada.

—Vaya, George, estás aprendiendo a soltarte...


Pidan y se les dará