Fred sostuvo en la mano aquel gran sobre sellado de color marrón mientras su mirada se perdía en la vista panorámica que se disfrutaba desde la ventana de su ático.

Las luces de la ciudad titilaban a su alrededor.

No lograba dejar de pensar en aquella increíble mujer que lo había colmado de fantasías sexuales para toda una vida. Juliet.

Se le tensó el cuerpo al recordar el tacto de sus suaves manos sobre su torso y el brillo de deseo en sus ojos. Imaginó que la tenía delante, que se le acercaba, lo rodeaba con sus brazos y lo besaba. Al pensar en notar los carnosos labios de Juliet en contacto con los suyos, sus seductores senos apretados contra su pecho y sus pezones duros, se excitó. Sonrió al recordar la sonrisa picara de ella mientras descendía por su cuerpo y le desabrochaba los pantalones. Tuvo una erección al recordar sus deliciosos y pecaminosos labios rodeando su miembro, cada vez más abultado.

Maldita sea, cada vez que pensaba en ella, cosa que parecía incapaz de dejar de hacer, le ocurría lo mismo. Se sentía salvajemente excitado y terriblemente frustrado.

Quería volver a verla. Había estado a punto de desesperarse a medida que iban pasando las semanas tras su noche juntos. Tanto que al final se había rendido y había contratado a un detective privado para que la siguiera. Le había facilitado el número de la matrícula de Juliet. Hacía diez minutos, un mensajero le había entregado el primer informe.

Allí lo tenía, en la mano, en aquel sobre cerrado. Lo había esperado impacientemente, había soñado con desgarrarlo y arrancar el contenido de dentro, con abrir la carpeta y averiguar todo lo que necesitaba saber para ponerse en contacto con la mujer de sus sueños.

Clavó la mirada en el sobre, recorriendo el borde con los dedos.

Sin embargo, por alguna inexplicable razón, ahora que lo tenía delante no se atrevía a abrirlo. Se dio unos golpecitos con el sobre en la rodilla. Era una locura. Había pagado una buena suma por obtener aquel informe. Y lo que era más importante, iba a estallar de dolor. Nunca en su vida había deseado tanto a una mujer. La idea de no volverla a ver se le hacía insoportable, y no sólo por razones físicas. Cogió el abrecartas del escritorio, lo metió bajo la solapa del sobre y lo rasgó. Necesitaba encontrarla.

Puso bocabajo el sobre y asomó la punta de una carpeta de papel de manila de unos dos centímetros de grosor. La agarró con los dedos y tiró de ella. Una vez fuera, la depositó sobre el escritorio. Deslizó sus manos por encima de ella, saboreando aquel momento. En cuanto abriera aquella carpeta, podría levantar el auricular y telefonearla. La idea de volver a oír su voz lo removió por dentro. Mejor aún, podía subirse a su avión y volar a Londres aquella misma noche. Presentarse en su casa. Contemplar la mirada de sorpresa de ella.

Imaginó a Juliet abriendo la puerta y tropezando con él. Seguro que la sorprendería, pero ¿qué pasaría luego? ¿Se enfadaría? ¿Le molestaría? Quizá incluso se asustara y pensara que era un acosador.

Dio una palmada en la mesa. Se sentía frustrado. Le había dicho que no quería volver a verlo y, por mucho que detestara hacerlo, tenía que respetar sus deseos. Volvió a meter la carpeta en el sobre y empezó a dar vueltas por la habitación, con el informe en la mano. Al final, se desplomó en su sillón de piel, frente a la chimenea.

Dio otro puñetazo en la mesa. Maldita sea. No lo entendía. ¿Cómo podía no querer verlo? ¿Es que tan poco había significado aquella noche para ella?

Se pasó la mano por el pelo. No estaba siendo justo. Juliet le había dicho que el tiempo que habían pasado juntos había significado mucho para ella, pero que quería que quedara como un encuentro entre dos desconocidos que viven una noche de pasión. Sólo lo había utilizado para hacer realidad una fantasía sexual, pero lo cierto es que había sido franca en todo momento. No le había dado falsas esperanzas. El corazón se le encogió. Quizá aquello estuviera bien para ella, pero él la echaba muchísimo de menos. Recorrió con los dedos el borde dentado y abierto del sobre. Pensaba en ella día y noche. La deseaba en cuerpo y alma. Y lo único que tenía que hacer era abrir aquel sobre. Todos sus secretos estaban allí dentro.

Le vino a la mente una imagen de Juliet quitándose el vestido rojo ceñido que llevaba y dejando a la vista sus pechos redondos y turgentes. Tuvo una erección. Se le tensó la bragueta del pantalón. Recordó el tacto de sus senos sedosos, de su pubis aterciopelado y húmedo cuando lo había recorrido con su lengua y luego había encontrado el botón de su clítoris entre los pliegues.

Se reclinó en el sillón, se bajó la cremallera y recordó cómo lo había tocado ella. Recordó cómo lo había acariciado con sus delicados dedos. Se metió la mano por dentro de los calzoncillos y se sacó la verga, acariciándose tal como Juliet lo había hecho, pero sus dedos gruesos y ásperos no eran iguales que los de ella. Se cogió la polla con fuerza y se masturbó pensando en los cálidos labios y en la boca de Juliet envolviéndolo. Aceleró el ritmo al recordar cómo se había metido su polla hasta la garganta. La idea de deslizarse en su cálida y húmeda vagina lo hizo eyacular al tiempo que emitía un gemido.

Oh, era tan sexy. Y había sido tan dulce. Recordó la sensación de tenerla enroscada junto a él en la cama, acurrucándose contra él. Se acordó de la agradable fragancia de su cabello. A fresas y coco. Recordó el delicado contacto de sus dulces labios en su piel.

Cerró los puños. Obsesionado. Estaba obsesionado.

Sacó un puñado de pañuelos de papel de la caja que había en la mesilla lateral y se limpió. Luego se embutió el pene flácido en los calzoncillos y se abrochó la cremallera.

Maldita sea. Se había enamorado de ella.

Era un hombre que se guiaba por sus instintos. No debería sorprenderle ser víctima de un flechazo. O de un primer encuentro sumamente erótico. Pero no sólo la amaba por el sexo. Y lo sabía. Le había gustado su espontaneidad, su sensualidad y sus ganas de divertirse. Era el tipo de mujer que siempre lo mantendría alerta, que no dejaría nunca de sorprenderlo. Decididamente, era su tipo de mujer. Y, además, había percibido en ella una enorme capacidad de amar.

El hecho de que hubiera hecho realidad sus fantasías sexuales le había revelado que se sentía cómoda con su sexualidad y que ambos mantendrían una relación sexual emocionante y llena de nuevas experiencias. Haría todo lo posible para que no tuviera que ir en busca de desconocidos que satisficieran sus fantasías. El sería el último extraño con el que tendría una aventura.

Es posible que Juliet no quisiera verlo, pero sus sentimientos también contaban. Simplemente por haberse enamorado, tenía derecho a volver a hablar con ella. Aunque tras su encuentro, ella hubiera decidido no darle otra oportunidad, sentía que estaba en su derecho de intentar conseguirla.

Sonó el teléfono. Se acercó a zancadas hasta el escritorio y descolgó el auricular.

—Hola.

—Hola, hermanito. ¿Qué tal? George.

La mirada de Fred se posó en el sobre de lino gris, de George, que tenía apoyado contra la fotografía de la familia que había en su escritorio. Sonrió al caer en la cuenta de que iría a Londres aquel fin de semana para la boda. Podía ir a ver a Juliet entonces.

—¿Lo has organizado ya todo con mamá y papá? —preguntó George.

—Sí, ya he sacado los billetes. Los recogeré y los llevaré al aeropuerto.

Charlaron sobre detalles del fin de semana y el transporte. Su gata, Sam, subió de un brinco al escritorio y maulló, luego le buscó la mano con la cabeza, para que la acariciara. A medida que la conversación avanzaba, Fred decidió que no sería justo contactar con Juliet en breve.

George por fin había resuelto su vida y había encontrado a una mujer a quien amar. Llevaba un año sa liendo con su prometida, y Fred se había preguntad si esta vez llegaría a atar el nudo o también la perdería, como a tantas otras antes. George tenía tendencia concentrarse demasiado en el trabajo y no lo bastante en el amor.

La ironía no le pasó por alto. Allí estaba él reflexionando sobre los puntos flacos de George en sus relaciones amorosas. ¡Al menos su hermano no había tenido que contratar a un detective para localizar una aventura de una noche!

Se despidieron y colgaron. Fred sonrió. Tomó a Sam con una mano, la puso sobre su hombro y le acarició el lomo, de la cabeza a la cola, con delicadeza. Su hermano iba a casarse. Se alegraba por él. Ahora mismo, en eso era en lo que tenía que concentrarse, en la boda de su hermano, no en su inestable vida amorosa. George se merecía su atención sin paliativos, y si Fred se ponía a pensar en un futuro encuentro con Juliet, no estaría precisamente concentrado en su hermano y en la felicidad que había encontrado.

Esperaría hasta después de la boda. Fijó la vista en el sobre marrón que descansaba sobre la mesa y le dio unos golpecitos con el dedo índice.

—Pero ándate con cuidado, Juliet, porque después de la boda voy a ir en tu búsqueda. Abrió el cajón de su escritorio y guardó dentro el sobre.


Hermione aparcó su coche en Nicholas Street, a la vuelta de la esquina del hotel, y metió una moneda en el parquímetro. Se alzó el cuello para protegerse de la lluvia y se fue corriendo hacia el semáforo, esquivando los charcos más grandes. Cuando se puso verde, cruzó la ajetreada carretera y tomó rumbo oeste por Daly hasta la puerta del Westerly Inn. Al acercarse a la entrada, el portero le abrió y pudo ponerse por fin a cobijo. Se sacudió la cabeza y se ahuecó la melena, que se le había quedado un poco húmeda por la llovizna.

Atravesó el majestuoso vestíbulo, confundiéndose entre la multitud de huéspedes, hasta llegar a la oficina del director de catering, con un humor casi tan gris como el tiempo. Faltaban pocos días para la boda, y hacía tres semanas desde que no veía a George. Debería haber regresado de París hacía tres días, con tiempo de sobra para ayudarla con los imprevistos de última hora, pero había pospuesto su regreso y no llegaría hasta mañana.

Por suerte, ella había cerrado el contrato de asesoría para Sanidad y Bienestar antes de lo previsto, de modo que tenía unos días libres para ocuparse de ultimar los detalles. Tenía que cerrar otro contrato para organizar un curso de formación para instruir a los empleados de una empresa de software local sobre las nuevas herramientas de una aplicación, pero había decido no abordarlo hasta después de la luna de miel.

Era un proyecto muy interesante. La empresa, Quixote, conocía el trabajo de Hermione porque habían requerido sus servicios en varias ocasiones anteriormente y le habían permitido trabajar desde casa. No necesitaban el curso hasta dentro de seis meses y Hermione sabía que concebirlo no le llevaría más de dos, lo que le daba la oportunidad de tomarse las cosas con calma y tiempo libre si lo necesitaba. Y eso haría que no se sintiera estresada mientras que ella y George se acostumbraban a la convivencia y se preparaban para el nacimiento de su hijo.

El repicar de sus tacones en el suelo de mármol se detuvo cuando atravesó el vestíbulo y empezó a caminar por la alfombra del pasillo que había a la izquierda de la recepción. Al acercarse a la puerta de roble de color castaño donde podía leerse la palabra CATERING en letras doradas, un hombre corpulento con un bigote oscuro y el pelo rizado salió al pasillo, delante de ella. Lo reconoció. Era el director del caterig, el señor Lupin.

—Hola, señorita Granger. Puntual como un reloj —la saludo, dándole un apretón de manos—. Es un placer volver a verla —añadió, mirando detrás de ella—. ¿Viene el señor Weasley con usted?

—No, me temo que no. Está en París.

El señor Lupin arqueó las cejas. —¿Y no la ha llevado con él?

—Pues me habría encantado, pero nos casamos dentro de cuatro días... —contestó ella, encogiéndose de hombros.

—Claro, claro —convino el director del catering, haciéndole un gesto para que se sentara en una de las butacas de cuero de color granate que había frente a un escritorio—. Hay tantos detalles que ultimar. Pero no está bien...

No lo estaba. Le habría encantado ir. Y ni siquiera para ver París, sólo para volver a estar con George. Se había marchado hacía dos semanas, pero hacía mucho más tiempo que había vuelto a desaparecer.

Y por si eso no fuera poco, con el embarazo, su cuerpo había empezado a experimentar algunos cambios desconcertantes. Al principio, había notado que sus pezones se le habían vuelto extremadamente sensibles. El mero roce de la tela la excitaba obremanera. Un día, en el trabajo, se había rozado con el borde de una carpeta al ir a coger algo del estante superior de una estantería y se le habían puesto los pezones como pinchos. Había sentido un hormigueo intenso en los pechos y se había deslizado la mano bajo la chaqueta para acariciarse un pezón, imaginando que le hacía una felación a George mientras él estaba sentado a la mesa de su oficina. Se había ruborizado, cuando su colega Sal había salido de la oficina y le había preguntado en broma si estaba soñando despierta. Por suerte, Hermione estaba de espaldas a la puerta, de modo que Sal no la había visto acariciarse. Desde entonces, la cosa había ido a peor. Con la alteración de las hormonas en su organismo, parecía estar excitada en todo momento. En cuanto George regresara a casa iba a arrojarlo sobre la cama y follárselo como una loca.

—Nuestro chef de pastelería ha creado un nuevo postre que le gustaría que probara para incluirlo en el banquete. En unos momentos, nos enviará una porción para catarlo.

Hermione se revolvió en la butaca, luchando por quitarse de la cabeza las imágenes de George tumbado boca arriba en la cama y ella cabalgando sobre su gruesa y dura verga. Sin embargo, la sensación imaginaria de notar su barra de acero rozando sus sensibles paredes vaginales parecía no querer abandonarla.

El señor Lupin abrió el archivador que había sobre su escritorio, etiquetado con sus apellidos, Granger—Weasley. La miró.

—¿Se encuentra bien, señorita Granger? Está sonrojada. Al oír aquellas palabras, se puso como una grana.

—Estoy bien —farfulló. Las palabras del señor Lupin le cayeron como un jarro de agua fría y por fin consiguió expulsar de su cabeza aquellas distracciones sexuales.

El siguió mirándola unos instantes, con cara de preocupación, antes de dirigir sus claros ojos de nuevo a los papeles.

—He ordenado que dispongan una cesta de flores en la habitación de su madre, tal como solicitó el señor Weasley —continuó—. Estará allí cuando llegue esta noche. El chef está montando una bonita cesta de frutas selectas para la habitación de su padre, para mañana. Tiene un prometido muy considerado.

George era considerado, de eso no cabía duda..., siempre que estaba presente. Se encolerizó al pensar que George la había abandonado, haciendo que se sintiera sexualmente tan frustrada.

El señor Lupin rebuscó en el cajón archivador unos segundos y luego la miró con el rostro casi tan atribulado como el de la propia Hermione.

—Quería revisar con usted los diseños de los centros de mesa, pero parece ser que mi ayudante se ha llevado la carpeta. Discúlpeme un segundo, tenga la amabilidad.

Se puso en pie y salió apresuradamente de su despacho.

Hermione se ensimismó en sus pensamientos.

George había estado fabuloso las primeras semanas después de pedirle matrimonio. Se había mostrado sumamente atento, y habían pasado juntos todas las noches y los fines de semana. De hecho, casi había llegado a sentirse agobiada... Pero no realmente... No podía permitírselo, viéndole esforzarse tanto. Entonces se hizo evidente que había dejado de lado el trabajo en la oficina y las cosas habían empezado a descontrolarse.

El ayudante de George lo había llamado una noche mientras él había salido a comprar una pizza. Según parecía, George había estado posponiendo sus viajes a Gales, donde necesitaba concretar los planes para otro proyecto de desarrollo de software para Hogwarts Associates, y tenía un archivador lleno de informes que había de leer y a los que debía responder para que el personal pudiera seguir trabajando como era debido. Además, tenía un nuevo encargo que requería su atención y le exigía viajar a París. Hermione no conocía todos los detalles, pero estaba segura de que ella tenía que ver con todo aquel desbarajuste. Cuando George había regresado con la cena le había dicho que tenía que ocuparse de su empresa. No quería que todo su proyecto se hundiera por culpa de ella. No sería bueno para ninguno de los dos. Por desgracia, George se tomó aquella recomendación como un permiso para ignorarla por completo.

Se detuvo al pensarlo, pues sabía que no estaba siendo del todo justa. George estaba intentando atar un montón de cabos sueltos y arrancar el tema de París a tiempo para que su ayudante y el personal pudiera ocuparse del asunto. De ese modo, no requeriría toda su atención después, y él podría concentrarse en ella y el bebé. El plan era que, para la fecha de la boda George se hubiera desembarazado de una cantidad d trabajo considerable y realizara una jornada laboral normal, una jornada que le permitiera tomarse libre las noches y los fines de semana para pasar tiempo con ella y el bebé, una vez naciera. Hermione esperaba que todo saliera según lo planeado.


Fred cogió la tarjeta electrónica que le entregó el recepcionista del hotel y se dirigió a los ascensores. Le hizo señas para que se fuera al botones que se había ofrecido a llevar su equipaje. Sólo tenía una pequeña maleta de cabina. Le habían perdido el equipaje en el avión. Ése era uno de los motivos por los que prefería volar en su jet privado cuando venía a Londres. Sólo que esta vez había volado con sus padres, y bajo ninguna circunstancia su madre habría subido a su pequeño avión privado, pues prefería la comodidad y la estabilidad de los vuelos comerciales.

Fred le pidió al taxista que dejara a sus padres en casa de George y luego continuó su trayecto hasta el hotel. George seguía en París, pero sus padres tenían una llave de su casa. Era curioso que George no le hubiera invitado a hospedarse allí, como solía hacer. Probablemente se debiera a los nervios previos a la boda. Aunque quizá la razón fuera que Fred siempre había declinado educadamente su oferta y se había alojado en un hotel. No era que no quisiera a su hermano, pero prefería contar con su propio espacio.

En cualquier caso, con sus padres allí, acabarían volviéndose todos locos, especialmente si su madre empezaba a explicarle con todo lujo de detalles a George los éxitos de Fred, cosa que seguro que haría. Fred sabía que George era consciente de lo bien que le había ido con el Diagon Alley, el juego informático de rol que Fred había programado por diversión y que se había hecho sumamente popular. De hecho, se había convertido en el juego de ordenador más vendido de toda Norteamérica. Fred sabía que había sido un golpe de suerte, pero George parecía creer que Fred tenía una experiencia empresarial o un conocimiento del mercado superior, o algo por el estilo. Fred sabía que había sido una cuestión de instinto, un instinto que su hermano también poseía, aunque no fuera consciente de ello. De hecho, lo único que George tenía que hacer era dejar de darle mil vueltas a todo y seguir los dictámenes de su corazón.

Al atravesar el vestíbulo en dirección a los ascensores divisó a una joven vestida con un traje chaqueta azul. Clavó la mirada en sus largas y torneadas piernas, que alcanzaba a ver fugazmente a través de la raja central de su larga y recta falda al caminar. La recorrió con la mirada de pies a cabeza, siguiendo el contorno de su falda, la línea de su chaqueta sastre, deteniéndose un instante en su esbelta cintura y luego deleitándose en sus generosos pechos. Era sensacional. Continuó repasándola, siguiendo la suave línea que su melena morena y brillante dibujaba en sus hombros, y llegó a su rostro.


Bendita cuarentena...

Cuidense, lean fanfics, no salgan de casa.