Fred sintió una punzada en el corazón y a punto estuvo de tropezar.
—Juliet.
La mujer volvió la vista hacia él y se detuvo, abriendo los ojos como platos.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
A Fred se le paró el corazón. ¿Se pondría hecha una furia? Pero entonces ella le sonrió lentamente, con dulzura, y él se relajó.
Juliet se acercó a él, atravesando los escasos metros que los separaban, con una sonrisa deslumbrante. Se inclinó hacia él y le puso la mano sobre el brazo. Al notar sus dedos, a Fred lo recorrió un escalofrío. La fragancia de sus cabellos y el calor embriagador del cuerpo de Juliet lo aturdieron.
—Me has llamado Juliet —le murmuró al oído—. ¿Significa eso lo que creo? — preguntó, arqueando las cejas.
Por supuesto que la había llamado Juliet. ¿Cómo si no debía llamarla? ¿Tal vez hubiera preferido que la llamara «cariño» o «cielo»? Desde luego no iba a llamarla «gatita» o algo por el estilo a voz en grito en medio de aquel vestidor atestado de gente. Pero, claro está, con todo aquel tema de las fantasías no estaba seguro de no poder hacerlo. Lo que estaba claro es que Juliet sabía cómo desconcertarlo.
—¿Qué crees tú que significa? —le preguntó.
Juliet bajó la mirada hacia la mano de Fred y dio unos toquecitos a la tarjeta de su habitación, sonriendo abiertamente.
—Pues, según parece, significa exactamente lo que creo que significa —aclaró, cogiéndolo del brazo y dirigiéndose al ascensor—: una noche de sexo ardiente entre Juliet y Fred.
A Fred se le hinchó la polla al oír aquellas palabras.
Juliet le apretó el brazo mientras caminaban, rozándole con sus tentadores pechos.
—¡Eres tan considerado! ¡Era justo lo que necesitaba!
Así que ella también lo necesitaba.
Se le aceleró corazón, confiado en que aquello supusiera una oportunidad para convencerla de iniciar una relación con él. Le apretó el brazo.
—Me alegro —dijo.
Fred dio un paso al frente y pulsó el botón de llamada del ascensor, rezando. Al regresar junto a ella le rozó el pecho y eso le bastó para notar cómo se endurecía el pezón mientras se le escapaba un suave gemido de los labios. La miró a la cara. Tenía los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas. Lo buscó con los ojos, unos ojos oscuros e intensos que rezumaban sensualidad. Fred sintió una descarga de adrenalina al pensar en lo que ocurriría cuando entraran en la habitación. Rezó para que el ascensor llegara pronto. Juliet se le acercó y le propinó un beso en la mejilla mientras esperaban.
Sonó una campanilla: el ascensor había llegado. Se apartaron a un lado para dejar que salieran los cinco ocupantes. Una mujer con una adolescente y un niño de unos diez años a la zaga entraron en el ascensor, seguidos de Juliet y Fred. También entró una pareja de ejecutivos, justo antes de que las puertas se cerraran.
Fred miró la funda de su tarjeta para comprobar el número de su habitación, que estaba escrito a mano. Era la mil quinientos veinticinco. Pulsó el botón pertinente. Al notar el dulce cuerpo de Juliet apoyado en el suyo se excitó. Sólo el hecho de viajar con otras personas en aquel ascensor lo frenó de tomarla entre sus brazos y repetir su último trayecto en aquel cubículo. El recuerdo de penetrarla mientras observaba su rostro de placer en la pared de espejo lo incomodó, pues notó que su verga luchaba por escapar del pantalón. El ascensor se detuvo en la sexta planta y salió un hombre. La familia lo hizo en la décima. En la planta número quince, mientras la puerta se deslizaba, rodeó a Juliet con el brazo y salieron del ascensor. Las puertas se cerraron tras ellos.
Las suites estaban en los extremos del pasillo, pero había dos por planta, una a cada lado, y Fred comprobó en el letrero de la pared frente al ascensor hacia dónde debían dirigirse. La mil quinientos veinticinco estaba a la izquierda. Mientras avanzaban por el pasillo, se soltó el cuello de la camisa, sintiendo un súbito ataque de calor. Esta vez quería asegurarse de volver a verla.
Juliet lo cogió del brazo y él colocó su mano sobre la de ella.
—Hay algo de lo que necesito hablar contigo —le dijo.
Juliet lo miró y por un instante se apagó el brillo de sus ojos.
—¿En serio? ¿Algo que no puede esperar? —preguntó, mirándolo con aquellos ojos azules abiertos de par en par—. He estado muy tensa estos últimos días y me encantaría que simplemente disfrutáramos de la compañía mutua antes de solucionar algo.
Por primera vez, Fred observó que parecía cansada. Tenía la mandíbula tensa y ojeras. Se preguntó qué debía inquietarla, pero decidió dejar las preguntas para más tarde.
—De acuerdo —convino.
Se detuvieron frente a la puerta de la habitación
—Hace tanto que no nos vemos. Te he echado d menos —dijo Juliet, rodeándole la cintura con el brazo y apoyando la cabeza en su hombro mientras que él deslizaba la tarjeta por la ranura.
En el interior de Fred se desató un tornado. Las emociones se le arremolinaron. Juliet lo había echado de menos. Su confianza en que accediera a continuar su relación había pasado una nueva pantalla. Con un poco de suerte, incluso se embarcarían en una relación a largo plazo. Con mucha suerte, para siempre.
Abrió la puerta de un empujón. En cuanto entraron y cerraron la puerta, ella lo rodeó con los brazos. Él dejó la bolsa en el suelo y la atrajo hacia sí.
—Te he echado tanto de menos —repitió ella, tomándole el rostro entre las manos y besándolo intensamente.
Se acurrucó contra él. Fred se quedó de pie, acariciándole la espalda y sintiéndola entre sus brazos mientras ella lo abrazaba con fuerza por la cintura.
—¿Va todo bien, cariño?
Juliet lo miró y estuvo a punto de que se le saltaran las lágrimas. Asintió.
—Te quiero tanto.
Se le cortó la respiración. ¿Lo quería? Una enorme sonrisa iluminó su rostro. La mujer a quien amaba le correspondía. ¿Qué más podía pedirle a la vida? La estrechó contra sí con tanta fuerza, que de repente temió estrujarla. La soltó y miró su dulce rostro, ese rostro que lo había acechado en sus sueños.
—Amor mío, yo también te quiero.
Quería decirle que quería casarse con ella, que quería vivir con ella para siempre, pero se contuvo. Ahora tenía tiempo y lo emplearía en conocerla y construir una relación de confianza y amor entre ambos, que sirviera de base para una vida juntos.
Juliet se apartó de él. Tenía los ojos llorosos. ¿Lloraría acaso porque no había tenido medio de dar con él? ¿Habría pensado tal vez que nunca más volverían a verse? Lo embriagó una sensación de máxima satisfacción al pensar que Juliet lo había echado tanto de menos. Sacó su pañuelo y le secó las mejillas. Luego se lo entregó y Juliet se enjugó los ojos.
—Lo siento, estoy un poco sensible últimamente.
—No pasa nada —la reconfortó él, acariciándole con ternura la mejilla—. Tienes derecho a estarlo.
Juliet lo tomó de la mano. A Fred se le encogió el alma al verla mirarlo con aquel brillo en los ojos. Lo besó, con un delicado roce de labios, y luego le sonrió pícaramente. Deslizó sus manos hasta el botón superior de su chaqueta y lo desabrochó; continuó con el segundo, el tercero y, por fin, el último. Lo agarró por la corbata, justo por debajo del nudo, y lo arrastró hacia la cama.
—Y ahora, Fred... —dijo, desanudándole la corbata, quitándose la chaqueta y arrojándola al suelo—... vamos a divertirnos.
Hermione no podía creer que George le hubiera dado la sorpresa de regresar antes de París. Justo cuando empezaba a temer que volviera a descuidarla, hacía algo así. Y encima había vuelto a enfundarse en la piel de Fred. Era fantástico.
Se desabrochó el botón trasero de la falda y se deslizó por las caderas, dejando que cayera arruga en el suelo. Aunque «Fred» no era exactamente desconocido, tampoco era «el de siempre», de modo que ella podía comportarse de forma diferente. Ser atrevida y salvaje.
Jugó con el botón superior de su blusa, hasta desabrocharlo, al fin. Se abrió las solapas para dejar al descubierto parte de su escote, y luego se dio media vuelta y contoneó las caderas. Se inclinó hacia delante para recoger su falda, al tiempo que ofrecía a Fred una visión de su trasero, que empezó a menear provocadoramente.
Fred se puso en pie tras ella y colocó las palmas de sus manos sobre las nalgas de Juliet, cubiertas por unas braguitas de puntilla, pero ella se alejó de él contoneándose y lanzó su falda a la silla más cercana. Se dio media vuelta y se desabrochó el segundo botón y el tercero... mientras contemplaba cómo se intensificaba la mirada ardiente de Fred.
Finalmente se deslizó la blusa de seda por los hombros, la hizo girar rápidamente en alto y se la lanzó sobre la cabeza. El se la quitó lentamente, se la llevó a la nariz y la olió.
—Huele deliciosamente... a mujer dulce y sensual.
La arrojó a un lado y se acercó a ella, decidido. La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Notar sus fuertes manos en su talle, hizo que una ola de calor embriagara a Juliet, por dentro y por fuera. Se aproximó a él para devolverle el beso que le ofrecía. Sus labios se rozaron y la excitación estalló entre ambos. El beso se volvió cada vez más cálido y apasionado, tan distintos a los besos delicados, tiernos y casi temerosos que George le había dado desde que había descubierto que estaba embarazada.
El sexo con él había pasado a ser dulce y tierno. Mecánico. Casi aburrido. Hermione echaba de menos el sexo salvaje y emocionante que habían compartido cuando él había encarnado su fantasía..., tanto que había reunido el valor de preguntarle a su médico si podían tener relaciones sexuales un poco más... intensas.
El ginecólogo se había reído y le había asegurado que tener sexo apasionado no sólo no era perjudicial, sino que le sentaría magníficamente.
Y ésa era la respuesta que más habría podido complacerla, porque lo que más deseaba en aquellos momentos era tener sexo caliente, tórrido, sucio. Quería que George se sumiera tan dentro de ella que la sensación la acompañara hasta la semana siguiente. Quería que la penetrara hasta que todo el cuerpo se le estremeciera en un orgasmo que nunca olvidaría.
Le acarició el torso. Recordando la última sesión verdaderamente erótica que habían compartido, le agarró de la pechera de la camisa y se la desgarró. Los botones saltaron por los aires. A Hermione le había parecido tan sexy cuando George había hecho aquello la última vez. Fred sonrió.
—Vaya, cielo, eres una fierecilla.
—Hummm, ya lo sabes.
Le besó la base del cuello y luego descendió hasta su diminuto pezón. Jugueteó con él hasta que se le puso duro como un haba, describiendo círculos a su alrededor con la lengua. Deslizó las manos hasta su sólido abdomen de Fred y luego por dentro del elástico de sus calzoncillos. Fred se desabrochó apresuradamente el botón y la cremallera de los pantalones mientras los dedos de Juliet encontraban y rodeaban su tenso miembro. La hebilla del cinturón tintineo al chocar los pantalones contra el suelo. Juliet le lamió juguetonamente el otro pezón y luego deslizó la boca por el cuerpo de Fred hasta llegar a su pene, que crecía rápidamente, con la punta inflada y morada. Lo lamió, deslizando la lengua bajo la corona. Sonrió al oír su gemido. Lentamente, le rodeó la polla con los labios y fue deslizándolos hasta cubrirla por entero con su boca. La succionó y la apretó suavemente unas cuantas veces antes de continuar resbalando sus labios por su verga y metérsela hasta la garganta.
—Oh, sí —gimió él, acariciándole el cabello cariñosamente.
Juliet lo succionó, adelante y atrás, agarrándolo de las nalgas con fuerza. Le encantaba sentir sus músculos tensándose bajo sus manos. Continuó chupándolo hasta que Fred estuvo a punto de estallar y entonces lo soltó. Tomó entre sus manos su maravilloso pene y continuó masturbándolo mientras le besaba los testículos. Se los metió en la boca y los chupó. Fred no pudo reprimir los gemidos.
Juliet se detuvo, pues no quería que se corriera aún, le recorrió la verga con la lengua y le estampó un beso en la punta. El pene de Fred se agitó mecánicamente. Juliet se puso en pie lentamente, aplastando su cuerpo contra el abdomen y el torso de Fred, rozándolo con sus pechos. Los pezones le dolían de placer.
—Fred, te deseo. Quiero que me folles con fuerza ahora mismo.
Fred le había dicho muchas veces cuánto le gustaba oírle decir aquellas cosas y Juliet se sentía muy sexy haciéndolo.
—Quiero que me metas esa polla tan enorme que tienes hasta el fondo.
Se quitó las braguitas, las arrojó a un lado y se tumbó en la cama boca arriba, con las piernas abiertas. Se deslizó las manos por el vientre y se cogió los pechos, aún cubiertos por el sujetador de encaje negro. El se arrodilló en el suelo, delante de ella. Le acarició los muslos, en sentido ascendente, rodeó con sus manos su húmeda y caliente vulva, y la agarró por la cintura. Juliet se desabrochó el broche delantero del sujetador y se lo abrió. Se buscó con los dedos los pezones, llamativamente erectos, y se los estiró.
Fred la observaba completamente fascinado.
—Oh, cariño, eres tan sexy.
Le besó la barriga, sin apartar ni un momento la vista de sus atareados dedos y luego le deslizó la lengua en el ombligo, dentro y fuera, como si estuviera penetrándola con ella. Juliet se estremeció al pensarlo. Se sentía sucia y salvaje sólo de pensar en las guarradas que se le ocurrían. Se llevó las manos al cabello, abandonando sus pechos. Entonces fue Fred quien los cubrió, apresando un pezón en su cálida y húmeda boca. Juliet sentía un anhelo embriagador.
—Oh, Dios, Fred —exclamó, con una voz teñida de desesperación. Estaba tan excitada...—. Follame, follame ya —suplicó, ruborizándose aún más.
No daba crédito a haber pronunciado aquellas palabras en voz alta, pero lo cierto es que la habían excitado y cada vez sentía una necesidad más apremiante de sentirlo dentro. Le cogió la polla y empezó a masturbarlo rápidamente. La suave piel de niño de Fred se deslizaba fácilmente sobre la barra de acero que recubría.
—Estoy tan caliente. Follame, por favor, cariño —gritó Juliet. A Fred se le hacía la boca agua ante la perspectiva. Trepó a la cama y le apartó los muslos con las rodillas.
—¿Cómo has dicho que querías que te follara?
—Con fuerza, ahora mismo.
Fred le besó el cuello y el lóbulo de la oreja. Juliet notó cómo buscaba con su pene erecto el orificio entre sus suaves pliegues.
—De hecho, me has pedido que te follara con fuerza y ahora mismo, y luego que te metiera mi enorme polla hasta el fondo —le susurró al oído, con el aliento entrecortado, haciéndola estremecerse por dentro.
—Sí, sí —murmuró ella, arqueando la pelvis y apresando su polla dentro de ella—. Hazlo.
El apartó su polla, le acarició la ranura con el dedo y luego se lo metió dentro.
—No te preocupes cariño. Estoy muy mojada.
Fred sonrió.
—Así que hoy estás siendo una chica mala, ¿no es verdad? —le dijo, besándola, antes de susurrarle— Me encanta.
Ella le tomó el rostro entre las manos, lo miró fijamente a los ojos y le dijo:
—Entonces dame lo que quiero.
Fred se rió. —Ahora mismo.
Juliet sintió que su pene volvía a entrar suavemente dentro de ella y contuvo el aliento al sentir cómo la empalaba de una fuerte embestida.
—Oh..., Dios mío...
Fred se dejó caer sobre ella, y Juliet notó la corona de su pene se frotaba contra las paredes de su vagina estimulando deliciosamente cada centímetro de su ser, en su avance. Volvió a embestirla y ella gimió mientras se arqueaba para acoplarse a su ritmo.
—Oh, Fred, follame rápido.
Volvió a penetrarla.
—Y con fuerza.
La penetró una y otra vez, con un vigor y una intensidad que Juliet no había experimentado nunca antes. Se prendió un fuego en su interior. Ardía. Estaba fuera de control. Aquel calor la embriagó hasta que finalmente la hizo gritar de placer, abrasándole el cuerpo. Pareció estallar en una catarata de chispas electrizadas y, justo cuando aquel orgasmo empezaba a desvanecerse, Fred volvió a embestirla, dibujando círculos con las caderas y penetrándola rápidamente hasta llevarla de nuevo al clímax.
Se combó mientras que el calor ardiente de sus orgasmos iba disminuyendo.
Hermione se quedó tumbada, acurrucada entre los brazos de Fred, saboreando la sensación de sentirse abrazada por su prometido. Había estado haciéndole arrumacos un largo rato, besándola, acariciándola y disfrutando del arrebol hasta que al final se había quedado dormido. A Hermione le encantaba escuchar el ritmo profundo y lento de su respiración. Al final, se había zafado del brazo con el que le había rodeado las caderas y había logrado ponerse de pie sin despertarlo.
Fue al baño, se lavó y se cepilló el cabello. Después, recogió su ropa y fue alisándosela a medida que se la iba poniendo. Al avanzar sigilosamente hacia la puerta vio una bonita cesta con frutas sobre el tocador, junto al televisor. Era exactamente igual que la que George había solicitado para su padre y su hermano, que llegaban ese mismo día de Montreal. Vio una copia de la invitación a la cena de ensayo enganchada a la cinta con la cara del mapa hacia arriba. Le dio la vuelta. ¿Por qué tendría aquello allí? Cogió la tarjeta y, justo cuando iba a darle la vuelta, el frufrú de las sábanas llamó su atención.
Fred se sentó en el borde de la cama, con los pies en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Tengo que irme —respondió ella, calzándose los zapatos.
—No, espera. No te me escapes —le suplicó él, poniéndose en pie y acercándose a ella, con la luz de la lámpara refulgiendo sobre su cuerpo desnudo—. Teníamos que hablar. Hermione frunció el ceño.
—Es verdad. Se me había olvidado —dijo, consultando la hora en su reloj: eran las seis y treinta y cuatro—. Lo siento mucho, pero tengo que irme ahora mismo. Voy a recoger a mi madre al aeropuerto. Le prometí que cenaría con ella esta noche.
—Está bien —dijo él, rascándose la cabeza—. ¿Y podemos vernos mañana?
Juliet sonrió. Era tan mono... Seguía interpretando su personaje.
—Claro.
A menos que se le hubiera olvidado que la cena de ensayo era al día siguiente.
—¿Por qué no cenamos? —insinuó ella.
—Hummm. Tengo la cena de ensayo de la boda de mi hermano mañana. Se casa el sábado.
Era tan mono...
—¿En serio? ¿Tu hermano?
—Supongo que no le importará que vaya acompañado.
Juliet dio un paso hacia él y le acarició el torso desnudo. Se detuvo en el vello del pecho y luego descendió, deleitándose en la turgencia de sus definidos abdominales.
El hotel de París debía de tener un gimnasio excelente. Sonrió. Quizá había hecho ejercicio cada día para aliviar la tensión de no estar con ella.
—Estoy segura de que a nadie le importará que aparezcas acompañado —susurró, dándole un mordisquito en el lóbulo de la oreja, y añadió en un susurro—: De hecho, estoy segura de que esperan que lo hagas.
—Desde luego, mi madre se sentiría muy feliz.
Hermione soltó una carcajada. Todavía no conocía a su madre. Lo haría mañana, durante el ensayo general. Esperaba causarle una buena impresión. Al pensar en madres, le dio un beso en la mejilla y se apresuró hacia la puerta.
—Tengo que irme. De verdad.
—Espera, necesito que me des tu dirección para pasar a recogerte. Soltó otra carcajada.
—No, está bien. Vendré directamente después de la reunión —indicó, abriendo la puerta—. Quedamos aquí, en la sala de baile de otoño a las seis —aclaró, cerrando la puerta al salir.
Fred permaneció incrédulo con la mirada clavada en la puerta. ¿Cómo diantre lo sabía? Entonces posó la vista en la cesta que Juliet había estado mirando. Cogió el pequeño sobre del pisapapeles y extrajo la tarjeta.
Querido Fred:
Puesto que no vas a estar en mi casa, he pensado que esto podría hacer tu habitación más hogareña. En la invitación encontrarás las indicaciones del lugar y la hora para mañana.
George
Leyó por encima la tarjeta de color rosa pálido atada a la cinta. Por eso lo sabía. Había leído la invitación. Era una chica lista. Se moría de ganas de presentársela a su madre. Estaba convencido de que le encantaría.
¿Qué tan idénticos deben ser unos gemelos para que tengas sexo con ambos y no sospeches las diferencias?
En fin... Exijo que si leen me dejen aunque sea un Review para saber si a alguien les gusta, sino tengo esa información me desmotivare y dejaré de actualizar.
